Es verdad que los gobiernos deberían andar muy detenidos en esto de

juramentos, especialmente en lo que toca a reconocer principios. Casi

siempre hasta las conciencias más timoratas hallan fácil salida a

tales compromisos. Lo que importa es exigir obediencia a la autoridad

establecida, y no juramentos de cosas abstractas que unos ignoran y

otros interpretan a su manera. En todos tiempos, y sobre todo en el

nuestro, ¿quién no ha quebrantado, aun entre las personas más augustas,

las más solemnes y más sagradas promesas? Pero las cortes obraban como

los demás gobiernos, con la diferencia, sin embargo, de que en el caso

de España, no era, repetimos, ni tan fuera de propósito ni tan ocioso

declarar que la nación era soberana. El mismo obispo de Orense había

proclamado este principio cuando se negó a ir a Bayona. Porque si la

nación, como ahora sostenía, hubiese sido soberana solo con el rey,

¿qué se hubiera hecho en caso que Fernando, concluyendo un tratado

con su opresor, y casándose con una princesa de aquella familia, se

hubiese presentado en la raya después de estipular bases opuestas a los

intereses de España? No eran sueños semejantes suposiciones, merced

para que no se verificasen al inflexible orgullo de Napoleón, pues

Fernando no estaba vaciado en el molde de la fortaleza.

Insistieron las cortes en su primera determinación, y sin convertir el

asunto en polémico, ajeno de su dignidad y cual deseaba el prelado,

mandaron a este que jurase lisa y llanamente. Hasta aquí procedieron

los diputados conformes con su anterior resolución, pero se deslizaron

en añadir que, «se abstuviese el obispo de hablar o escribir de

manera alguna sobre su modo de pensar en cuanto al reconocimiento

que se debía a las cortes.» También se le mandó que permaneciese en

Cádiz hasta nueva orden. Eran estos resabios del gobierno antiguo, y

consecuencia asimismo del derecho peculiar que daban a la autoridad

soberana, respecto al clero, las leyes vigentes del reino, derecho no

tan desmedido como a primera vista parece en países exclusivamente

católicos, en donde necesario es balancear con remedios temporales el

inmenso poder del sacerdocio y su intolerancia.

Enmarañándose más y más el asunto, empezose a convertir en judicial,

y se nombró una junta mixta de eclesiásticos y seculares, escogidos

por la regencia, para calificar las opiniones del obispo. En tanto,

diputados moderados procuraban concertar los ánimos, señaladamente D.

Antonio Oliveros, canónigo de San Isidro de Madrid, varón ilustrado,

tolerante, de bella y candorosa condición, que al efecto entabló con su

ilustrísima una correspondencia epistolar. Estuvo, sin embargo, dicho

diputado a pique de comprometerse, tratando de abusar de su sencillez

los que so capa inflamaban las humanas pasiones del pío mas orgulloso

prelado.

En fin, malográndose todas las maquinaciones, reconociendo las

provincias con entusiasmo a las cortes, no respondiendo nadie a la

especie de llamamiento que con su resistencia a jurar hizo el de

Orense, cansado este, desalentados los incitadores, y temiendo todos

las resultas del proceso que, aunque lentamente, seguía sus trámites,

amilanáronse y resolvieron no continuar adelante en su porfía.

[Sidenote: Sométese al fin el obispo.]

El prelado, sometiéndose, pasó a las cortes el 3 de febrero inmediato,

y prestó el juramento requerido sin limitación alguna. Permitiósele

en seguida volver a su diócesis, y se sobreseyó en los procedimientos

judiciales.

Tal fue el término de un negocio que, si bien importante con relación

al tiempo, no lo era ni con mucho tanto como el otro que también

se ventilaba en secreto, y que perteneciendo a las revoluciones de

América, interesaba al mundo.

Apartaríase de nuestro propósito entrar circunstanciadamente en la

narración de acontecimiento tan grave e intrincado, para lo que se

requiere diligentísimo y especial historiador.

[Sidenote: Revueltas de América. Sus causas.]

Tuvieron principio las alteraciones de América al saberse en aquellos

países la invasión de los franceses en las Andalucías, y el malhadado

deshacimiento de la junta central. Causas generales y lejanas habían

preparado aquel suceso, acelerando el estampido otras particulares e

inmediatas.

En nada han sido los extranjeros tan injustos, ni desvariado tanto,

como en lo que han escrito acerca de la dominación española en las

regiones de ultramar. A darles crédito, no parecería sino que los

excelsos y claros varones que descubrieron y sojuzgaron la América

habían solo plantado allí el pendón de Castilla para devastar la tierra

y yermar campos, ricos antes y florecientes; como si el estado de

atraso de aquellos pueblos hubiese permitido civilización muy avanzada.

Los españoles cometieron, es verdad, excesos grandes, reprensibles,

pero excesos que casi siempre acompañan a las conquistas, y que no

sobrepujaron a los que hemos visto consumarse en nuestros días por los

soldados de naciones que se precian de muy cultas.

Mas al lado de tales males no olvidaron los españoles trasladar

allende el mar los establecimientos políticos, civiles y literarios

de su patria, procurando así pulir y mejorar las costumbres y el

estado social de los pueblos indianos. Y no se oponga que entre dichos

establecimientos los había que eran perjudiciales y ominosos. Culpa

era esa de las opiniones entonces de España y de casi toda Europa; no

hubo pensamientos torcidos de los conquistadores, los cuales presumían

obrar rectamente, llevando a los países recién adquiridos todo cuanto

en su entender constituía la grandeza de la metrópoli, gigantea en era

tan portentosa.

Dilatábanse aquellas vastas posesiones por el largo espacio de 92

grados de latitud, y abrazaban entre sus más apartados establecimientos

1900 leguas. Extensión maravillosa cuando se considera que sus

habitantes obedecieron durante tres siglos a un gobierno que residía a

enorme distancia, y que estaba separado por procelosos mares.

Ascendía la población, sin contar las islas Filipinas, a 13 millones

y medio de almas, cuyo más corto número era de europeos, únicos que

estaban particularmente interesados en conservar la unión con la

madre patria. En el origen contábanse solamente dos distintas razas o

linajes, la de los conquistadores y la de los conquistados, esto es,

españoles e indios. Gozaron los primeros de los derechos y privilegios

que les correspondían, y se declaró a los segundos, conforme a las

expresiones de la recopilación de Indias, «...libres y no sujetos a

servidumbre de manera alguna.» Sabido es el tierno y compasivo afán

que por ellos tuvo la reina Doña Isabel la Católica hasta en sus

postrimeros días, encargando en su testamento «que no recibiesen

los indios agravio alguno en sus personas y bienes, y que fuesen

bien tratados.» No por eso dejaron de padecer bastante, extrañando

Solórzano que «cuanto se hacía en beneficio de los indios resultase

en perjuicio suyo»; sin advertir que el mismo cuidado de segregarlos

de las demás razas para protegerlos, excitaba a estas contra ellos, y

que el alejamiento en que vivían, bajo caciques indígenas, dificultaba

la instrucción, perpetuaba la ignorancia, y los exponía a graves

vejaciones, apartándolos del contacto de las autoridades supremas, por

lo general más imparciales.

Se multiplicó infinito en seguida la división de castas. Preséntase

como primera la de los hijos de los peninsulares nacidos en aquellos

climas de estirpe española, que se llamaron _criollos_. Vienen después

los _mestizos_, o descendientes de españoles e indios, terminándose

la enumeración por los _negros_, que se introdujeron de África, y

las diversas tintas que resultaron de su ayuntamiento con las otras

familias del linaje humano allí radicadas.

Los criollos conservaron igualdad de derechos con los españoles: lo

mismo, con cortísima diferencia, los mestizos, si eran hijos de español

y de india; mas no si el padre pertenecía a esta clase y la madre a

la otra, pues entonces quedaba la prole en la misma línea del de los

puramente indios; a los negros y sus derivados, a saber, mulatos,

zambos, etc., reputábalos la ley y la opinión inferiores a los demás,

si bien la naturaleza los había aventajado en las fuerzas físicas y

facultades intelectuales.

De los diversos linajes nacidos en ultramar, era el de los criollos el

más dispuesto a promover alteraciones. Creíase agraviado, le adornaban

conocimientos, y superaba a los demás naturales en riqueza e influjo. A

los indios, aunque numerosos e inclinados en algunas partes a suspirar

por su antigua independencia, faltábales en general cultura, y carecían

de las prendas y medios requeridos para osadas empresas. No les era

dado a los oriundos de África entrar en lid sino de auxiliadores, a lo

menos en un principio; pues la escasez de su gente en ciertos lugares,

y sobre todo el ceño que les ponían las demás clases, estorbábalos

acaudillar particular bandería.

Comenzó a mediados del siglo XVIII a crecer grandemente la América

española. Hasta entonces la forma del gobierno interior, los

reglamentos de comercio y otras trabas habían retardado que se

descogiese su prosperidad con la debida extensión.

Bajo los diversos títulos de virreyes, capitanes generales y

gobernadores, ejercían el poder supremo jefes militares, quienes solo

eran responsables de su conducta al rey y al consejo de Indias que

residía en Madrid. Contrapesaban su autoridad las audiencias, que,

además de desempeñar la parte judicial, se mezclaban, con el nombre de

acuerdo, en lo gubernativo, y aconsejaban a los virreyes o les sugerían

las medidas que tenían por convenientes. No hubo en esto alteración

sustancial, fuera de que en ciertas provincias, como en Buenos Aires,

se crearon capitanías generales o virreinatos independientes, en gran

beneficio de los moradores, que antes se veían obligados a acudir para

muchos negocios a grandes distancias.

En la administración de justicia, después de las audiencias, que eran

los tribunales supremos, y de las que también en determinados casos

se recurría al consejo de Indias, venían los alcaldes mayores y los

ordinarios, a la manera de España, los cuales ejercían respectivamente

su autoridad, ya en lo judicial, ya en lo económico, presidiendo a

los ayuntamientos, cuerpos que se hallaban establecidos en los mismos

términos que los de la península, con sus defectos y ventajas.

Los alcaldes mayores, al tiempo de empuñar la vara, practicaban una

costumbre abusiva y ruinosa; pues so pretexto de que los indígenas

necesitaban para trabajar de especial aguijón, ponían por obra lo

que se llamaba _repartimientos_. Palabra de mal significado, y que

expresaba una entrega de mercadurías que el alcalde mayor hacía a cada

indio para su propio uso y el de su familia, a precios exorbitantes.

Dábanse los géneros al fiado y a pagar dentro de un año en productos

de la agricultura del país, estimados según el antojo de los alcaldes,

quienes, jueces y parte en el asunto, cometían molestas vejaciones,

saliendo en general muy ricos al cumplirse los cinco años de su

magistratura, señaladamente en los distritos en que se cosechaba grana.

Don José de Gálvez, después marqués de Sonora, que de cerca había

palpado los perjuicios de tamaño escándalo, luego que se le confió, en

el reinado de Carlos III, el ministerio general de Indias, abolió los

repartimientos y las alcaldías mayores, sustituyendo a esta autoridad

la de las intendencias de provincia y subdelegación de partido, mejora

de gran cuantía en la administración americana, y contra la que, sin

embargo, exclamaron poderosamente las corporaciones más desinteresadas

del país, afirmando que sin la coerción se echaría a vaguear el indio

en menoscabo de la utilidad pública y privada, así como de las buenas

costumbres. Juicio errado nacido de preocupación arraigada, lo que en

breve manifestó la experiencia.

Creados los intendentes, ganó también mucho el ramo de hacienda. Antes,

oficiales reales, por sí o por medio de comisionados, recaudaban las

contribuciones, entendiéndose con el superintendente general, que

residía lejos de la capital de los gobiernos respectivos. Fijado

ahora en cada provincia un intendente, creció la vigilancia sobre los

partidos, de donde los subdelegados y oficiales reales tenían que

enviar con puntualidad a sus jefes las sumas percibidas y estados

individuales de cuenta y razón, asegurando, además, por medio de

fianzas el bueno y fiel desempeño de sus cargos. Con semejantes

precauciones tomaron las rentas increíble aumento.

Eran las contribuciones en menor número, y no tan gravosas como las de

España. Pagábase la alcabala de todo lo que se introducía y vendía, el

10 por 100 de la plata y el 5 del oro que se sacaba de las minas, con

algunos otros impuestos menos notables. El conocido bajo el nombre de

_tributo_ recaía solo sobre los indios, en compensación de la alcabala

de que estaban exentos: era una capitación en dinero, pesada en sí

misma y de cobranza muy arbitraria.

Al tiempo de formar las intendencias, hízose una división de territorio

que no poco coadyuvó al bienestar de los naturales. Y del mismo

modo que con la cercanía de magistrados respetables se había puesto

mayor orden en el ramo de contribuciones, así también con ella se

introdujeron otras saludables reformas. Desde luego rigiéronse con

mayor fidelidad los fondos de propios; hubo esmero en la policía y

ornato de los pueblos, se administró la justicia sin tanto retraso y

más imparcialmente; y por fin se extinguió el pernicioso influjo de los

partidos, terrible azote, y causador allí de riñas y ruidosos pleitos.

Con haber perfeccionado de este modo la gobernación interior, se dio

gran paso para la prosperidad americana.

Aviváronla también los adelantamientos que se hicieron en la

instrucción pública. Ya cuando la conquista empezaron a propagarse las

escuelas de primeras letras y los colegios, fundándose universidades

en varias capitales. Y si no se siguieron los mejores métodos, ni

se enseñaron las ciencias y doctrinas que más hubiera convenido,

dolencia fue común a España, de que se lamentaban los hombres de

ingenio y doctos que en todos tiempos honraron a nuestra patria.

Pero luego que en la península profesores hábiles dieron señales de

desterrar vergonzosos errores, y de modificar en cuanto podían rancios

estatutos, lo propio hicieron otros en América, particularmente en las

universidades de Lima y Santa Fe. Tampoco el gobierno español en muchos

casos se mostró hosco a las luces del siglo. Diéronse en ultramar,

como en España, ensanches al saber, y aun allí se erigieron escuelas

especiales: fue la más célebre el colegio de minería de Méjico, sobre

el pie del de Freiberg de Sajonia, teniendo al frente maestros que

habían cursado en Alemania, y los cuales perfeccionaron el estudio de

las ciencias exactas y naturales, sobre todo el de la mineralogía,

provechoso y necesario en un país tan abundante de metales preciosos.

Deplorable legislación se adoptó desde el descubrimiento para el

comercio externo, mantenida en vigor hasta mediados del siglo

XVIII. Porque, además de solo permitirse por ella el tráfico con

la metrópoli [falta en que incurrieron todos los otros estados de

Europa], circunscribiose también a los únicos puertos de Sevilla

primero, y después de Cádiz, adonde venían y de donde partían las

flotas y galeones en determinada estación del año; sistema que privaba

al norte y levante de España y a varias provincias americanas de

comerciar directamente entre sí, cortando el vuelo a la prosperidad

mercantil, sin que por eso se remontase, cual debiera, la de las

ciudades privilegiadas. Carlos V había pensado extender a los puertos

principales de las otras costas la facultad del libre y directo

tráfico; pero obligado a condescender con los deseos de compañías de

genoveses y otros extranjeros avecindados en Sevilla, cuyas casas le

anticipaban dinero para las empresas y guerras de afuera, suspendió

resolución tan sabia, despojando así a la periferia de la península de

los beneficios que le hubieran acarreado los nuevos descubrimientos.

Felipe II y sus sucesores hallaron las arcas reales en idéntica o

mayor penuria que Carlos, y con desafición a innovar reglas ya

más arraigadas, pretextaron igualmente, para conservar estas, el

aparecimiento de los filibusteros, como si convoyes que navegaban en

invariables tiempos, con rumbo a puntos fijos, no facilitasen las

acometidas y rapiñas de aquellos audaces y numerosos piratas.

Diose traza de modificar legislación tan perjudicial en los reinados

de Fernando VI y Carlos III, aprobándose al intento y sucesivamente

diferentes reglamentos que acabaron de completarse en 1789. Permitiose

por ellos el comercio de América desde diversos puertos y con todas

las costas de la península, siempre que fuesen súbditos, los que lo

hiciesen, de la corona de España. Tan rápidamente creció el tráfico

que se dobló en pocos años, esparciéndose las ganancias por las varias

provincias de ambos hemisferios.

Con tales mejoras de administración y el aumento de riqueza,

enrobustecíanse las regiones de ultramar, y se iban preparando a

caminar solas y sin los andadores del gobierno español. No obstante

eso, el vínculo que las unía era todavía fuerte y muy estrecho.

Otras causas concurrieron a aflojarle paulatinamente. Debe

contarse entre las principales la revolución de los Estados Unidos

anglo-americanos. Jefferson en sus cartas asevera que ya entonces

dieron pasos los criollos españoles para lograr su independencia. Si

fue así, debieron provenir tales gestiones de particulares proyectos,

no de la mayoría de la población ni de sus corporaciones adictas a la

metrópoli con inveterados y apegados hábitos. Incurrió en error grave

la corte de Madrid en favorecer la cansa anglo-americana, mayormente

cuando no la impelían a ello filantrópicos pensamientos, sino personal

pique de Carlos III contra los ingleses, y consecuencias del desastrado

pacto de familia. Diose de ese modo un punto en que con el tiempo se

había de apoyar la palanca destinada a levantar los otros pueblos del

continente americano. Lo preveía el ilustre conde de Aranda cuando,

precisado a firmar el tratado de Versalles, aconsejó que se enviasen a

aquellas provincias infantes de España, quienes al menos mantuviesen

con su presencia y dominación, las relaciones mercantiles y de buena

amistad en que se interesaban la prosperidad y riqueza peninsulares.

Tras lo acaecido en las márgenes del Delaware, sobrevino la revolución

francesa, estímulo nuevo de independencia, sembrando en América

como en Europa ideas de libertad y desasosiego. Hasta entonces los

alborotos ocurridos habían sido parciales, y nacidos solo de tropelías

individuales o de vejaciones en algunas comarcas. Graves aparecieron

las turbulencias del Perú, acaudilladas por Tupac Amaru; mas como

los indios que tomaron parte cometieron grandes crueldades, lo mismo

con criollos que con españoles, obligaron a unos y a otros a unirse

para sofocar insurrecciones difíciles de cuajar sin su participación.

Quiso conmoverse Caracas en 1796, luego que se encendió la guerra con

los ingleses. Pero aun entonces fueron principales promovedores el

español Picornel y el general Miranda, forasteros ambos, por decirlo

así, en el país. Pues el primero, corazón ardiente y comprometido en

la conspiración tramada en Madrid en 1795 contra el poder absoluto,

hijo de Mallorca, no conocía bastantemente la tierra; y el segundo,

aunque nacido en Venezuela, ausente años de allí, y general de la

república francesa, amamantado con sus doctrinas, tenía ya estas más

presentes que la situación y preocupaciones de su primitiva patria.

Por consiguiente se malogró la empresa intentada, permaneciendo aún

muy hondas las raíces del dominio español para que se las pudiera

arrancar de un solo y primer golpe. Mr. de Humboldt, nada desafecto a

la independencia americana, confiesa «que las ideas que tenían en las

provincias de Nueva España acerca de la metrópoli eran enteramente

distintas de las que manifestaban las personas que en la ciudad de

Méjico se habían formado por libros franceses e ingleses.»

Requeríase, pues, algún nuevo suceso, grande, extraordinario, que

tocara inmediatamente a las Américas y a España, para romper los lazos

que unían a entrambas, no bastando a efectuar semejante acontecimiento

ni lo apartado y vasto de aquellos países, ni la diversidad de castas y

sus pretensiones, ni las fuerzas y riqueza, que cada día se aumentaban,

ni el ejemplo de los Estados Unidos, ni tampoco los terribles y más

recientes que ofrecía la Francia; cosas todas que colocamos entre las

causas generales y lejanas de la independencia americana, empezando

las particulares y más próximas en las revueltas y asombros que se

agolparon en el año de 1808.

En un principio, y al hundirse el trono de los Borbones, manifestaron

todas las regiones de ultramar en favor de la causa de España verdadero

entusiasmo, conteniéndose, a su vista, los pocos que anhelaban

mudanzas. Vimos en su lugar la irritación que produjeron allí las

miserias de Bayona, la adhesión mostrada a las juntas de provincia y a

la central, los donativos, en fin, y los recursos que con larga mano

se suministraron a los hermanos de Europa. Mas, apaciguado el primer

hervor, y sucediendo en la península desgracias tras de desgracias,

cambiose poco a poco la opinión, y se sintieron rebullir los deseos

de independencia, particularmente entre la mocedad criolla de la

clase media y el clero inferior. Fomentaron aquella inclinación los

ingleses, temerosos de la caída de España; fomentáronla los franceses

y emisarios de José, aunque en otro sentido y con intento de apartar

aquellos países del gobierno de Sevilla y Cádiz, que apellidaban

insurreccional; fomentáronla los anglo-americanos, especialmente en

Méjico; fomentáronla, por último, en el Río de la Plata los emisarios

de la infanta Doña Carlota, residente en el Brasil, cuyo gobierno,

independiente de Europa, no era para la América meridional de mejor

ejemplo que lo había sido para la septentrional la separación de los

Estados Unidos.

A tantos embates necesario era que cediese y empezase a crujir el

edificio levantado por los españoles más allá de los mares, cuya

fábrica hubo de ser bien sólida y compacta para que no se resquebrajase

antes y viniese al suelo.

Contrarrestar tamaños esfuerzos parecía dificultoso, si no imposible,

abrumado el reino bajo el peso de una guerra desoladora y exhausto

de recursos. La junta central, no obstante, hubiera quizá podido

tomar providencias que sostuviesen por más tiempo la dominación

peninsular. Limitose a hacer declaraciones de igualdad de derechos, y

omitió medidas más importantes. Tales hubieran sido, en concepto de

los inteligentes, mejorar la suerte de las clases menesterosas con

repartimiento de tierras; halagar más de lo que se hizo la ambición de

los pudientes y principales criollos con honores y distinciones, a que

eran muy inclinados; reforzar con tropa algunos puntos, pues hombres

no escaseaban en España, y el soldado mediano acá era para allá muy

aventajado, y finalmente, enviar jefes firmes, prudentes y de conocida

probidad. Y ora fueran las circunstancias, ora descuido, no pensó la

central como debiera en materia de tanta gravedad, y al disolverse,

contenta con haber hecho promesas, dejó la América trabajada ya de mil

modos, con las mismas instituciones, desatendidas las clases pobres y

al frente autoridades por lo general débiles e incapaces, y sospechadas

algunas de connivencia con los independientes.

Verificose el primer estallido sin convenio anterior entre las diversas

partes de la América, siendo difíciles las comunicaciones y no estando

entonces extendidas ni arregladas las sociedades secretas, que después

tanto influjo tuvieron en aquellos sucesos. El movimiento rompió por

Caracas, tierra acostumbrada a conjuraciones; y rompió, según ya

insinuamos, al llegar la noticia de la pérdida de las Andalucías y

dispersión de la junta central.

[Sidenote: Levantamiento de Venezuela.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 27 / 35 段