El 19 de abril de 1810 apareció amotinado el pueblo de aquella ciudad,

capital de Venezuela, al que se unió la tropa; y el cabildo, o sea

ayuntamiento, agregando a su seno otros individuos, erigiose en junta

suprema, mientras que conforme anunció, se convocaba un congreso. El

capitán general, Don Vicente Emparan, sobrecogido y hombre de ánimo

cuitado, no opuso resistencia alguna, y en breve desposeyéronle y le

embarcaron en La Guaira con la audiencia y principales autoridades

españolas. Siguieron el impulso de Caracas las otras provincias de

Venezuela, excepto el partido de Coro y Maracaibo, en cuya ciudad

mantuvo la tranquilidad y buen orden la firmeza del gobernador Don

Fernando Miyares.

El haberse en Caracas unido la tropa al pueblo decidió la querella

en favor de los amotinados. Ayudaba mucho, para la determinación del

soldado, el sistema militar que se había introducido en América en

el último tercio del siglo XVIII, en cuyo tiempo se crearon cuerpos

veteranos de naturales del país, que, si bien en gran parte eran

mandados por coroneles y comandantes europeos, tenían también en sus

filas oficiales subalternos, sargentos y cabos americanos. Del mismo

modo se organizaron milicias de infantería y caballería, a semejanza

las primeras de las de España, y en ellas se apoyó principalmente la

insurrección. Cierto es que, al principio, solo la menor parte de las

tropas se declaró en favor de las novedades, y que hubo parajes,

particularmente en Méjico y en el Perú, en donde los militares

contribuyeron a sofocar las conmociones; mas con el tiempo, cundiendo

el fuego, llegó hasta las tropas de línea.

El motivo principal que alegó Caracas para erigir una junta suprema

e independiente fundose en estar casi toda España sujeta ya a una

dinastía extranjera y tiránica, añadiendo que solo haría uso de la

soberanía hasta que volviese al trono Fernando VII, o se instalase

solemne y legalmente un gobierno constituido por las cortes, a que

concurriesen legítimos representantes de los reinos, provincias y

ciudades de Indias. Entre tanto, ofrecía la nueva junta a los españoles

que aún peleasen por la independencia peninsular, amistad y envío de

socorros. El nombre de Fernando tuvo que sonar a causa del pueblo,

muy adicto al soberano desgraciado; esperanzados los promovedores

del alzamiento que, conllevando así las ideas de la mayoría, la

traerían por sus pasos contados adonde deseaban, mayormente si se

introducían luego innovaciones que le fueran gratas. No tardaron

estas en anunciarse, pues se abolió en breve el tributo de los

indios, repartiéronse los empleos entre los naturales, y se abrieron

los puertos a los extranjeros. La última providencia halagaba a los

propietarios que veían en ella crecer el valor de sus frutos, y ganaban

al propio tiempo la voluntad de las naciones comerciantes, codiciosas

siempre de multiplicar sus mercados.

Así fue que el ministerio inglés, poco explícito en sus declaraciones

al reventar la insurrección, no dejó pasar muchos meses sin expresar,

por boca de Lord Liverpool, «que S. M. B. no se consideraba ligado

por ningún compromiso a sostener un país cualquiera de la monarquía

española contra otro por razón de diferencias de opinión, sobre el modo

con que se debiese arreglar su respectivo sistema de gobierno; siempre

que conviniesen en reconocer al mismo soberano legítimo, y se opusiesen

a la usurpación y tiranía de la Francia...» No se necesitaba testimonio

tan público para conocer que forzoso le era al gabinete de la Gran

Bretaña, aunque hubieran sido otras sus intenciones, usar de semejante

lenguaje, teniendo que sujetarse a la imperiosa voz de sus mercaderes y

fabricantes.

[Sidenote: Levantamiento de Buenos Aires.]

Alzó también Buenos Aires el grito de independencia al saber allí, por

un barco inglés que arribó a Montevideo el 13 de mayo, los desastres de

las Andalucías. Era capitán general Don Baltasar Hidalgo de Cisneros,

hombre apocado y sin cautela, quien, a petición del ayuntamiento,

consintió en que se convocase un congreso, imaginándose que aun después

proseguiría en el gobierno de aquellas provincias. Instalose dicho

congreso el 22 de mayo, y, como era de esperar, fue una de sus primeras

medidas la deposición del inadvertido Cisneros, eligiendo también, a la

manera de Caracas, una junta suprema que ejerciese el mando en nombre

de Fernando VII. Conviene notar aquí que la formación de juntas en

América nació por imitación de lo que se hizo en España en 1808, y no

de otra ninguna causa.

Montevideo, que se disponía a unir su suerte con la de Buenos Aires,

detúvose, noticioso de que en la península todavía se respiraba, y de

que existía en la Isla de León, con nombre de regencia, un gobierno

central.

No así el nuevo reino de Granada, que siguió el impulso de Caracas,

creando una junta suprema el 20 de julio. Apearon del mando los nuevos

gobernantes a Don Antonio Amat, virrey semejante en lo quebradizo de

su temple a los jefes de Venezuela y Buenos Aires. Acaecieron luego

en Santa Fe, en Quito y en las demás partes altercados, divisiones,

muertes, guerra y muchas lástimas, que tal esquilmo coge de las

revoluciones la generación que las hace.

Entonces, y largo tiempo después, se mantuvo el Perú quieto y fiel a

la madre patria, merced a la prudente fortaleza del virrey, Don José

Fernando de Abascal, y a la memoria aún viva de la rebelión del indio

Tupac Amaru y sus crueldades.

Tampoco se meneaba Nueva España, aunque ya se habían fraguado varias

maquinaciones y se preparaban alborotos, de que más adelante daremos

noticia.

[Sidenote: Juicio acerca de estas revueltas.]

Por lo demás, tal fue el principio de irse desgajando del tronco

paterno, y una en pos de otra, ramas tan fructíferas del imperio

español. ¿Escogieron los americanos para ello la ocasión más digna y

honrosa? A medir las naciones por la escala de los tiernos y nobles

sentimientos de los individuos, abiertamente diríamos que no, habiendo

abandonado a la metrópoli en su mayor aflicción, cuando aquella

decretara igualdad de derechos, y cuando se preparaba a realizar en

sus cortes el cumplimiento de las anteriores promesas. Los Estados

Unidos separáronse de Inglaterra en sazón en que esta descubría su

frente serena y poderosa, y después que reiteradas veces les había

su metrópoli negado peticiones moderadas en un principio. Por el

contrario, los americanos españoles cortaban el lazo de unión, abatida

la península, reconocidas ya aquellas provincias como parte integrante

de la monarquía, y convidados sus habitantes a enviar diputados a las

cortes. No; entre individuos graduaríase tal porte de ingrato y aun

villano. Las naciones, desgraciadamente, suelen tener otra pauta, y los

americanos quizá pensaron lograr entonces con más certidumbre lo que, a

su entender, fuera dudoso y aventurado, libre la península y repuesto

en el solio el cautivo Fernando.

Controvertible igualmente ha sido si la América había llegado al

punto de madurez e instrucción que eran necesarias para desprenderse

de los vínculos metropolitanos. Algunos han decidido ya la cuestión

negativamente, atentos a las turbulencias y agitación continua de

aquellas regiones, en donde mudando a cada paso de gobierno y leyes,

aparecen los naturales no solo como inhábiles para sostener la libertad

y admitir un gobierno medianamente organizado, pero aun también como

incapaces de soportar el estado social de los pueblos cultos. Nosotros,

sin ir tan allá, creemos, sí, que la educación y enseñanza de la

América española será lenta y más larga que la de otros países; y solo

nos admiramos de que haya habido en Europa hombres, y no vulgares, que

al paso que negaban a España la posibilidad de constituirse libremente,

se la concedieran a la América, siendo claro que en ambas partes

habían regido idénticas instituciones, y que idénticas habían sido las

causas de su atraso; con la ventaja para los peninsulares de que entre

ellos se desconocía la diversidad de castas, y de que el inmediato

roce con las naciones de Europa les había proporcionado hacer mayores

progresos en los conocimientos modernos, y mejorar la vida social. Mas

si personas entendidas y gobiernos sabios olvidaban reflexiones tan

obvias, ¿qué no sería de ávidos especuladores que soñaban montes de oro

con la franquicia y amplia contratación de los puertos americanos?

[Sidenote: Medidas tomadas por el gobierno español.]

La regencia, al instalarse, había nombrado sujetos que llevasen a

las provincias de ultramar las noticias de lo ocurrido en principios

de año, recordando al propio tiempo en una proclama la igualdad de

condición otorgada a aquellos naturales, e incluyendo la convocatoria

para que acudiesen a las cortes por medio de sus diputados. Fuera de

eso, no extendió la regencia sus providencias más allá de lo que lo

había hecho la central, si bien es cierto que ni la situación actual

permitía el mismo ensanche, ni tampoco era político anticipar en muchos

asuntos el juicio de las cortes, cuya reunión se anunciaba cercana.

[Sidenote: Providencia fraguada acerca del comercio libre.]

Sin embargo, publicose en 17 de mayo de 1810, a nombre de dicha

regencia, una real orden de la mayor importancia, y por la que se

autorizaba el comercio directo de todos los puertos de Indias con las

colonias extranjeras y naciones de Europa. Mudanza tan repentina y

completa en la legislación mercantil de Indias, sin previo aviso ni

otra consulta, saltando por encima de los trámites de estilo aún usados

durante el gobierno antiguo, pasmó a todos y sobrecogió al comercio de

Cádiz, interesado más que nadie en el monopolio de ultramar.

Sin tardanza reclamó este contra una providencia en su concepto

injustísima y en verdad muy informal y temprana. La regencia ignoraba,

o fingió ignorar, la publicación de la mencionada orden, y en virtud

de examen que mandó hacer, resultó que sobre un permiso limitado al

renglón de harinas, y al solo puerto de la Habana, había la secretaría

de hacienda de Indias extendido por sí la concesión a los demás frutos

y mercaderías procedentes del extranjero, y en favor de todas las

costas de la América. ¿Quién no creyera que al descubrirse falsía tan

inaudita, abuso de confianza tan criminal y de resultas tan graves,

no se hubiese hecho un escarmiento que arredrase en lo porvenir a los

fabricadores de mentidas providencias del gobierno? Formose causa; mas

causa al uso de España en tales materias, encargando a un ministro del

consejo supremo de España e Indias que procediese a la averiguación del

autor o autores de la supuesta orden.

Se arrestó en su casa al marqués de las Hormazas, ministro de

hacienda, prendiose también al oficial mayor de la misma secretaría

en lo relativo a Indias, Don Manuel Albuerne, y a algunos otros que

resultaban complicados. El asunto prosiguió pausadamente, y después

de muchas idas y venidas, empeños, solicitaciones, todos quedaron

quitos. Hormazas había firmado a ciegas la orden sin leerla, y como si

se tratase de un negocio sencillo. El verdadero culpado era Albuerne,

de acuerdo con el agente de la Habana Don Claudio María Pinillos,

y Don Esteban Fernández de León, siendo sostenedor secreto de la

medida, según voz pública, uno de los regentes. Tal descuido en unos,

delito en otros, e impunidad ilimitada para todos, probaban más y

más la necesidad urgente de purgar a España de la maleza espesa que

habían ahijado en su gobierno, de Godoy acá, los patrocinadores de la

corrupción más descarada.

La regencia, por su parte, revocó la real orden, y mandó recoger los

ejemplares impresos. Pero el tiro había ya partido, y fácil es

adivinar el mal efecto que produciría, sugiriendo a los amigos de las

alteraciones de América nueva y fundada alegación para proseguir en su

comenzado intento.

Supo la regencia, el 4 de julio, las revueltas de Caracas, y al

concluirse agosto, las de Buenos Aires. Apesadumbráronla noticias para

ella tan impensadas, y para la causa de España tan funestas, mas vivió

algún tiempo con la esperanza de que cesarían los disturbios, luego que

allá corriese no haber la península rendido aún su cerviz al invasor

extranjero. ¡Vana ilusión! Alzamientos de esta clase o se ahogan al

nacer, o se agrandan con rapidez. La regencia, indecisa y sin mayores

medios, consultó al consejo, no tomando de pronto resolución que

pareciera eficaz.

[Sidenote: Nómbrase a Cortavarría para ir a Caracas.]

Aquel cuerpo opinó que se enviase a ultramar un sujeto condecorado y

digno, asistido de algunos buques de guerra y con órdenes para reunir

las tropas de Puerto Rico, Cuba y Cartagena, previniéndole que solo

emplease el medio de la fuerza cuando los de persuasión no bastasen. La

regencia se conformó en un todo con el dictamen del consejo, y nombró

por comisionado, revestido de facultades omnímodas, a Don Antonio

Cortavarría, individuo del consejo real, magistrado respetable por

su pureza, pero anciano y sin el menor conocimiento de lo que era la

América. Figurábase el gobierno español, equivocadamente, que no eran

pasados los días de los Mendozas y los Gascas, y que a la vista del

enviado peninsular se allanarían los obstáculos y se remansarían los

tumultos populares. Llevaba Cortavarría instrucciones que no solo se

extendían a Venezuela, sino que también abrazaban las islas, Santa

Fe y aun la Nueva España, debiendo obrar con él mancomunadamente el

gobernador de Maracaibo Don Fernando Miyares, electo capitán general de

Caracas, en recompensa de su buen proceder.

[Sidenote: Jefes y pequeña expedición enviada al Río de la Plata.]

Respecto de Buenos Aires, ya antes de saberse el levantamiento

había tomado la regencia algunas medidas de precaución, advertida

de tratos que la infanta Doña Carlota traía allí desde el Brasil; y

como Montevideo era el punto más a propósito para realizar cualquiera

proyecto que dicha señora tuviese entre manos, se había nombrado, para

provenir toda tentativa, por gobernador de aquella plaza a Don Gaspar

de Vigodet, militar de confianza.

Mas, después que la regencia recibió la nueva de la conmoción de Buenos

Aires, no limitó a eso sus providencias, sino que también resolvió

enviar de virrey de las provincias del Río de la Plata a Don Francisco

Javier de Elío, acompañado de 500 hombres, de una fragata de guerra y de

una urca, con orden de partir de Alicante y de ocultar el objeto del

viaje hasta pasadas las islas Canarias. Se le recomendó asimismo lo

que a Cortavarría en cuanto a que no emplease la fuerza antes de haber

tentado todos los medios de conciliación.

He aquí lo que por mayor se sabía en Europa de las turbulencias

de América, y lo que para cortarlas había resuelto la regencia al

tiempo de instalarse las cortes. [Sidenote: Ocúpanse las cortes en

la materia.] Hallándose en el seno de estas diputados naturales de

ultramar, concíbese fácilmente que no dejarían huelgo a sus compañeros

antes de conseguir que se ocupasen en tan graves cuestiones. Las

propuestas fueron muchas y varias, y ya el 25 de septiembre, tratándose

de expedir el decreto del 24, expuso la diputación americana que al

mismo tiempo que se remitiese aquel a Indias, era necesario hablar a

sus habitantes de la igualdad de derechos que tenían con los de Europa,

de la extensión de la representación nacional como parte integrante

de la monarquía, y conceder una amnistía u olvido absoluto por los

extravíos ocurridos en las desavenencias de algunos de aquellos países.

La discusión comenzó a encresparse, y Don José Mejía, suplente por

Santa Fe de Bogotá y americano de nacimiento, fuese prudencia, fuese

temor de que resonasen en ultramar las palabras que se pronunciaban en

las cortes, palabras que pudieran ser funestas a los independientes,

apoyados todavía en terreno poco firme, pidió que se ventilase el

asunto en secreto. Accedió el congreso a los deseos de aquel señor

diputado, si bien por incidencia se tocaron a veces en público, en las

primeras sesiones, algunos de los muchos puntos que ofrecía materia tan

espinosa.

[Sidenote: Decreto de 15 de octubre. (* Ap. n. 13-7.)]

Después de reñidos debates, aprobaron las cortes los términos de un

decreto que se promulgó con fecha de 15 de octubre,[*] en el que

aparecieron como esenciales bases: 1.º, la igualdad de derechos, ya

sancionada; 2.º, una amnistía general, sin límite alguno.

En pos de esta resolución vinieron, a manera de secuela, otras

declaraciones y concesiones muy favorables a la América, de las que

mencionaremos las más principales en el curso de esta historia. Por

ellas se verá cuánto trabajaron las cortes para grangearse el ánimo de

aquellos habitantes y acallar los motivos que hubiera de justa queja,

debiendo haber finalizado las turbulencias, si el fuego de un volcán de

extensa crátera pudiera apagarse por la mano del hombre.

[Sidenote: Discusión sobre la libertad de la imprenta.]

La víspera de la promulgación del decreto sobre América entablose en

público la discusión de la libertad de la imprenta. Don Agustín de

Argüelles era quien primero la había provocado, indicando en la sesión

de la tarde del 27 de septiembre la necesidad de ocuparse a la mayor

brevedad en materia tan grave. Sostuvo su dictamen Don Evaristo Pérez

de Castro, y aun insistió en que desde luego se formase para ello una

comisión, cuya propuesta aprobaron las cortes inmediatamente, sin

obstáculo alguno.

Dedicose con aplicación continua a su trabajo la comisión nombrada,

y el 14 de octubre, cumpleaños del rey Fernando VII, leyó el informe

en que habían convenido los individuos de ella; casual coincidencia

o modo nuevo de celebrar el natalicio de un príncipe, cuyo horóscopo

viose después no cuadraba con el festejo. Al día siguiente se trabó

la discusión, una de las más brillantes que hubo en las cortes, y

de la que reportaron estas fama esclarecida. Lástima ha sido que no

se hayan conservado enteros los discursos allí pronunciados, pues

todavía no se publicaban de oficio las sesiones, según comenzó a usarse

en el promedio de diciembre, habiéndose desde entonces establecido

taquígrafos que siguiesen literalmente la palabra del orador. Sin

embargo, algunos curiosos, y entre ellos ingleses, tomaron nota

bastante exacta de las discusiones más principales, y eso nos habilita

para dar una razón algo circunstanciada de lo que ocurrió en aquella

ocasión.

Antes de reunirse las cortes, la libertad de la imprenta apenas contaba

otros enemigos sino algunos de los que gobernaban; mas después que

el congreso mostró querer proseguir su marcha con hoz reformadora,

despertose el recelo de las clases y personas interesadas en los

abusos, que empezaron a mirar con esquivez medida tan deseada. No

pareciéndoles, con todo, discreto impugnarla de frente, idearon los

que pertenecieron a aquel número y estaban dentro de las cortes, pedir

que se suspendiese la deliberación.

Escogieron para hacer la propuesta al diputado que entre los suyos

juzgaron más atrevido, a Don Joaquín Tenreiro, quien, después de

haber el día 14 procurado infructuosamente diferir la lectura del

informe de la comisión, persistió el 15 en su propósito de que se

dejase para más adelante la discusión, alegando que se debería pedir

con antelación el parecer de ciertas corporaciones, en especial el

de las eclesiásticas, y sobre todo aguardar la llegada de diputados

próximos a aportar de las costas de Levante. Manifestó su opinión el

señor Tenreiro acaloradamente, y excitó la réplica de varios señores

diputados que demostraron haber seguido el expediente, no solo los

trámites de costumbre, sino que también, viniendo ya instruido desde el

tiempo de la junta central, había recibido con el mayor detenimiento

la dilucidación necesaria. Reprodujo no obstante sus argumentos el

señor Tenreiro, pero no por eso pudo estorbar que empezase de lleno

la discusión. El señor Argüelles fue de los primeros que entrando

en materia hizo palpables los bienes que resultan de la libertad

de la imprenta. «Cuantos conocimientos, dijo, se han extendido por

Europa han nacido de esta libertad, y las naciones se han elevado a

proporción que ha sido más perfecta. Las otras, oscurecidas por la

ignorancia y encadenadas por el despotismo, se han sumergido en la

proporción contraria. España, siento decirlo, se halla entre las

últimas: fijemos la vista en los postreros 20 años, en ese periodo

henchido de acontecimientos más extraordinarios que cuantos presentan

los anteriores siglos, y en él podremos ver los portentosos efectos de

esa arma, a cuyo poder casi siempre ha cedido el de la espada. Por su

influjo vimos caer de las manos de la nación francesa las cadenas que

la habían tenido esclavizada. Una facción sanguinaria vino a inutilizar

tan grande medida, y la nación francesa, o más bien su gobierno, empezó

a obrar en oposición a los principios que proclamaba... El despotismo

fue el fruto que recogió... Hubiera habido en España una arreglada

libertad de imprenta, y nuestra nación no hubiera ignorado cual fuese

la situación política de la Francia al celebrarse el vergonzoso tratado

de Basilea. El gobierno español, dirigido por un favorito corrompido y

estúpido, incapaz era de conocer los verdaderos intereses del estado.

Abandonose ciegamente y sin tino a cuantos gobiernos tuvo la Francia,

y desde la convención hasta el imperio seguimos todas las vicisitudes

de su revolución, siempre en la más estrecha alianza, cuando llegó el

momento desgraciado en que vimos tomadas nuestras plazas fuertes y el

ejército del pérfido invasor en el corazón del reino. Hasta entonces a

nadie le fue lícito hablar del gobierno francés con menos sumisión que

del nuestro, y no admirar a Bonaparte fue de los más graves delitos. En

aquellos días miserables se echaron las semillas cuyos amargos frutos

estamos cogiendo ahora. Extendamos la vista por el mundo: Inglaterra

es la sola nación que hallaremos libre de tal mengua. ¿Y a quién lo

debe? Mucho hizo en ella la energía de su gobierno, pero más hizo la

libertad de la imprenta. Por su medio pudieron los hombres honrados

difundir el antídoto con más presteza que el gobierno francés su

veneno. La instrucción que por la vía de la imprenta logró aquel pueblo

fue lo que le hizo ver el peligro y saber evitarlo...»

El señor Morros, diputado eclesiástico, sostuvo con fuerza «ser la

libertad de la imprenta opuesta a la religión católica apostólica

romana, y ser, por tanto, detestable institución.» Añadió: «que, según

lo prevenido en muchos cánones, ninguna obra podía publicarse sin la

licencia de un obispo o concilio, y que todo lo que se determinase en

contra, sería atacar directamente la religión.»

Aquí notará el lector que desesperanzados los enemigos de la libertad

de la imprenta de impedir los debates, trataron ya de impugnarla sin

disfraz alguno y fundamentalmente.

Fácil fue al señor Mejía rebatir el dictamen del señor Morros,

advirtiendo «que la libertad de que se trataba, limitábase a la parte

política y en nada se rozaba con la religión ni la potestad de la

iglesia... Observó también la diferencia de tiempos, y la errada

aplicación que había hecho el señor Morros de sus textos, los cuales

por la mayor parte se referían a una edad en que todavía no estaba

descubierta la imprenta...» Y continuando después dicho señor Mejía

en desentrañar con sutileza y profundidad toda la parte eclesiástica

en que, aunque seglar, era muy versado, terminó diciendo: «que en las

naciones en donde no se permitía la libertad de imprenta, el arte de

imprimir había sido perjudicial, porque había quitado la libertad

primitiva que existía de escribir y copiar libros sin particulares

trabas, y que si bien entonces no se esparcían las luces con tanta

rapidez y extensión, a lo menos eran libres. Y más vale un pedazo de

pan comido en libertad que un convite real con una espada que cuelga

sobre la cabeza, pendiente del hilo de un capricho.»

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 28 / 35 段