establecer de trecho en trecho puestos fortificados, valiéndose de
antiguos castillos de moros, o de conventos y casas-palacio. Por este
medio aseguraban sus caminos militares, la línea de sus operaciones,
y formaban depósitos de víveres y aprestos de guerra. Su dominio no
se extendía generalmente fuera del recinto fortalecido, teniendo a
veces que oír, mal de su grado y sin poder estorbarlo, las jácaras
patrióticas que en su derredor venían a entonar, con los habitantes,
los atrevidos partidarios.
Al viajante presentaban por lo común aquellos caminos triste y
desoladora vista: pueblos desiertos, arruinados, continua soledad que
interrumpían de tarde en tarde escoltados convoyes, o la aparición de
los puestos franceses, cuyos soldados recelosamente salían de entre sus
empalizadas. Resultas precisas, pero lastimosas, de tan cruda y bárbara
guerra.
Conservar de este modo las comunicaciones exigía de los franceses
suma vigilancia y mucha gente. Así, en las provincias de que vamos
hablando, nada menos contaban que unos 70.000 hombres, 24.000 en Madrid
y lo restante de Castilla la Nueva. En la Vieja, además de Segovia y
Ávila, y de otros puntos de inmediato enlace con las operaciones de
Portugal y Asturias, había en Valladolid de 6 a 7000 hombres, y 10.000
en Burgos, Soria y sus contornos; 7000 se esparcían por Álava, Vizcaya
y Guipúzcoa, y 22.000 se alojaban en Navarra. Distribuíase toda esta
gente en columnas móviles, o se juntaba, según los casos, en cuerpos
más numerosos y compactos.
En orden a los partidarios, causadores de tanto afán, no nos es dado
hacer de todos particular especificación, y menos de sus hechos, como
ajena de una historia general. Subía a 200 la cuenta de los caudillos
más conocidos, apareciendo y desapareciendo otros muchos con las
oleadas de los sucesos.
Los que andaban cerca de los ejércitos en la circunferencia peninsular,
y de que ya hemos hablado, permanecían más fijos en sus respectivos
lugares, como dependientes de cuerpos reglados. Los que ahora nos
ocupan, si bien de preferencia tenían, digámoslo así, determinada
vivienda, trasladábanse de una provincia a otra al son de las
alternativas y vueltas de la guerra, o según el cebo que ofrecía alguna
lucrativa o gloriosa empresa.
[Sidenote: En Andalucía.]
En Andalucía, aparte de las guerrillas nombradas y que recorrían las
sierras de Granada y Ronda, diéronse a conocer bastante las de Don
Pedro Zaldivia, Don Juan Mármol y Don Juan Lorenzo Rey, habiendo una,
que apellidaron del Mantequero, metídose en el barrio de Triana un día
de los del mes de septiembre, con gran sobresalto de los franceses de
Sevilla.
[Sidenote: En Castilla la Nueva.]
Continuaban en la Mancha haciendo sus excursiones Francisquete y los ya
insinuados en otro libro. Oyéronse ahora los nombres de Don Miguel Díaz
y de Don Juan Antonio Orobio, juntamente con los de Don Francisco Abad
y Don Manuel Pastrana, el primero bajo el mote de Chaleco, y el último
bajo el de Chambergo. Usanza esta general entre el vulgo, no olvidada
ahora con caudillos que por la mayor parte salían de las honradas pero
humildes clases del pueblo.
Apareció en la provincia de Toledo Don Juan Palarea, médico de
Villaluenga, y en la misma murió el famoso partidario Don Ventura
Jiménez, de resultas de heridas recibidas el 17 de junio en un empeñado
choque junto al puente de San Martín. Igual y gloriosa suerte cupo
a Don Toribio Bustamante, alias el Caracol, que recorría aquella
provincia y la de Extremadura. Tomó las armas después de la batalla
de Rioseco, en donde era administrador de correos, para vengar la
muerte de su mujer y de un tierno hijo, que perecieron a manos de los
franceses en el saco de aquella ciudad. Finó el 2 de agosto, lidiando
en el puerto de Miravete.
En las cercanías de Madrid hervían las partidas, a pesar de las fuerzas
respetables que custodiaban la capital; bien es verdad que dentro tenía
la causa nacional firmes parciales, y auxilios y pertrechos, y hasta
insignias honoríficas recibían de su adhesión y afecto los caudillos de
las guerrillas.
Don Juan Martín [el Empecinado], que por lo común peleaba en la
provincia vecina de Guadalajara, era a quien especialmente se dirigían
los envíos y obsequiosos rendimientos. Cuerpos suyos destacados
rondaban a menudo no lejos de Madrid, y el 13 de julio hasta se
metieron en la Casa de Campo, tan inmediata a la capital y sitio de
recreo de José. A tal punto inquietaban estos rebatos a los enemigos,
y tanto se multiplicaban, que el conde de Laforest, embajador de
Napoleón cerca de su hermano, después de hablar en un pliego, escrito
en 5 de julio al ministro Champagny, de que las «sorpresas que hacían
las cuadrillas españolas de los puestos militares, de los convoyes y
correos, eran cada día más frecuentes», añadía, «que en Madrid nadie
se podía, sin riesgo, alejar de sus tapias.»
Mirando los franceses al Empecinado como principal promovedor de
tales acometidas, quisieron destruirle, y ya en la primavera habían
destacado contra él, a las órdenes del general Hugo, una columna
volante de 3000 infantes y caballos, en cuyo número había españoles de
los enregimentados por José, pero que comúnmente solo sirvieron para
engrosar las filas del Empecinado.
El general Hugo, aunque al principio alcanzó ventajas, creyó oportuno,
para apoyar sus movimientos, fortalecer en fines de junio a Brihuega
y Sigüenza. No tardó el Empecinado en atacar a esta ciudad, constando
ya su fuerza de 600 infantes y 400 caballos. Se agregó a él, con
100 hombres, Don Francisco de Palafox, que vimos antes en Alcañiz,
y que luego pasó a Mallorca, donde murió. Juntos ambos caudillos,
obligaron a los franceses a encerrarse en el castillo, y entraron en
la ciudad. Abandonáronla pronto. Mas desde entonces el Empecinado no
cesó de amenazar a los franceses en todos los puntos, y de molestarlos
marchando y contramarchando, y ora se presentaba en Guadalajara, ora
delante de Sigüenza, y ora, en fin, cruzaba el Jarama y ponía en
cuidado hasta la misma corte de José.
Servíale de poco a Hugo su diligencia, pues Don Juan Martín, si se veía
acosado, presto a desparcir su gente, juntábala en otras provincias, e
iba hasta las de Burgos y Soria, de donde también venían a veces en su
ayuda Tapia y Merino.
El 18 de agosto trabó en Cifuentes, partido de Guadalajara, una
porfiada refriega, y aunque de resultas tuvo que retirarse, apareció
otra vez el 24 en Mirabueno, y sorprendió una columna enemiga
cogiéndole bastantes prisioneros. Volvió en 14 de septiembre a empeñar
otra acción, también reñida, en el mismo Cifuentes, la cual duró
todo el día, y los franceses, después de poner fuego a la villa, se
recogieron a Brihuega.
Ascendió en octubre la fuerza del Empecinado a 600 caballos y 1500
infantes, con lo que pudo destacar partidas a Castilla la Vieja y otros
lugares, no solo para pelear contra los franceses sino también para
someter algunas guerrillas españolas que, so color de patriotismo,
oprimían los pueblos y dejaban tranquilos a los enemigos.
No le estorbó esta maniobra hostilizar al general Hugo, y el 18 de
octubre escarmentó a algunas de sus tropas en las Cantarillas de
Fuentes, apresando parte de un convoy.
Con tan repetidos ataques desflaquecía la columna del general Hugo,
y menester fue que le enviasen de Madrid refuerzos. Luego que se le
juntaron, se dirigió a Humanes, y allí en 7 de diciembre escribió al
Empecinado, ofreciéndole para él y sus soldados servicio y mercedes
bajo el gobierno de José. Replicó el español briosamente y como
honrado, de lo cual enfadado Hugo, cerró con los nuestros dos días
después en Cogolludo, teniendo el jefe español que retirarse a Atienza,
sin que por eso se desalentase; pues a poco se dirigió a Jadraque y
recobró varios de sus prisioneros. «Tal era, dice el general Hugo en
sus memorias, la pasmosa actividad del Empecinado, tal la renovación
y aumento de sus tropas, tales los abundantes socorros que de todas
partes le suministraban, que me veía forzado a ejecutar continuos
movimientos.» Y más adelante concluye con asentar: «Para la completa
conquista de la península se necesitaba acabar con las guerrillas...
Pero su destrucción presentaba la imagen de la hidra fabulosa.»
Testimonio imparcial, y que añade nuevas pruebas en favor del raro
y exquisito mérito de los españoles en guerra tan extraordinaria y
hazañosa.
Don Luis de Bassecourt, conforme apuntamos, mandaba en Cuenca antes
de pasar a Valencia. Entraron los franceses en aquella ciudad el 17
de junio, y hallándola desamparada cometieron excesos parecidos a los
que allí deshonraron sus armas en las anteriores ocupaciones. Quemaron
casas, destruyeron muebles y ornamentos, y hasta inquietaron las
cenizas de los muertos desenterrando varios cadáveres en busca, sin
duda, de alhajas y soñados tesoros.
Evacuaron luego la ciudad, y en agosto sucedió a Bassecourt en el
mando Don José Martínez de San Martín, que también de médico se había
convertido en audaz partidario. Recorría la tierra hasta el Tajo, en
cuyas orillas escarmentó a veces la columna volante que capitaneaba en
Tarancón el coronel francés Forestier.
[Sidenote: En Castilla la Vieja.]
Cundía igualmente voraz el fuego de la guerra al norte de las sierras
de Guadarrama. Sosteníanse los más de los partidarios en otro libro
mencionados, y brotaron otros muchos. De ellos, en Segovia, Don Juan
Abril; en Ávila, Don Camilo Gómez; en Toro, Don Lorenzo Aguilar; y
distinguiose en Valladolid la guerrilla de caballería, llamada de
Borbón, que acaudillaba Don Tomás Príncipe.
Aquí mostrábase el general Kellermann contra los partidarios tan
implacable y severo como antes, portándose, a veces, ya él o ya los
subalternos, harto sañudamente. Hubo un caso que aventajó a todos
en esmerada crueldad. Fue, pues, que preso el hijo de un latonero
de aquella ciudad, de edad de doce años, que llevaba pólvora a las
partidas, no queriendo descubrir la persona que le enviaba, aplicáronle
fuego lento a las plantas de los pies y a las palmas de las manos para
que con el dolor declarase lo que no quería de grado. El niño, firme
en su propósito, no desplegó los labios, y conmoviéronse, al ver tanta
heroicidad, los mismos ejecutores de la pena, mas no sus verdaderos
y empedernidos verdugos. ¿Y quién, después de este ejemplo y otros
semejantes, solo propios de naciones feroces y de siglos bárbaros,
extrañará algunos rigores, y aun actos crueles de los partidarios?
Don Juan Tapia, en Palencia; Don Jerónimo Merino, en Burgos; Don
Bartolomé Amor, en La Rioja, y en Soria Don José Joaquín Durán, ya
unidos, ya separadamente, peleaban en sus respectivos territorios,
o batían la campaña en otras provincias. Eligió la junta de Soria a
Durán, comandante general de su distrito. Siendo brigadier fue hecho
prisionero en la acción de Bubierca, y habiéndose luego fugado,
se mantenía oculto en Cascante, pueblo de su naturaleza. Resolvió
dicha junta este nombramiento [que mereció en breve la aprobación
del gobierno] de resultas de un descalabro que el 6 de septiembre
padecieron en Yanguas sus partidas, unidas a las de La Rioja. Causolo
una columna volante enemiga que regía el general Roguet, quien
inhumanamente mandó fusilar 20 soldados españoles prisioneros, después
de haberles hecho creer que les concedía la vida.
Durán se estableció en Berlanga. Su fuerza, al principio, no era
considerable; pero aparentó de manera que el gobernador francés de
Soria, Duvernet, si bien a la cabeza de 1600 hombres de la guardia
imperial, no osó atacarle solo, y pidió auxilio al general Dorsenne,
residente en Burgos. Por entonces ni uno ni otro se movieron, y dejaron
a Durán tranquilo en Berlanga.
Tampoco pensaba este en hacer tentativa alguna hasta que su gente
fuese más numerosa y estuviese mejor disciplinada. Pero habiéndosele
presentado en diciembre los partidarios Merino y Tapia, con 600
hombres, los más de caballería, no quiso desaprovechar tan buena
ocasión, y les propuso atacar a Duvernet, que a la sazón se alojaba,
con 600 soldados, en Calatañazor, camino del Burgo de Osma. Aprobaron
Merino y Tapia el pensamiento, y todos convinieron en aguardar a los
franceses el 11, a su paso por Torralba. Apareció Duvernet, trabose la
pelea, y ya iba aquel de vencida cuando de repente la caballería de
Merino volvió grupa y desamparó a los infantes. Dispersáronse estos,
tornaron Tapia y su compañero a sus provincias, y Durán a Berlanga,
en donde sin ser molestado continuó hasta finalizar el año de 10,
procurando reparar sus pérdidas y mejorar la disciplina.
[Sidenote: Santander y provincias vascongadas.]
Tomó a su cargo la Montaña de Santander el partidario Campillo,
aproximándose unas veces a Asturias, y otras a Vizcaya, mas siempre con
gran detrimento del enemigo. Mereció por ello gran loa, y también por
ser de aquellos lidiadores que, sirviendo a su patria, nunca despojaron
a los pueblos.
La misma fama adquirió en esta parte Don Juan de Aróstegui, que
acaudillaba en Vizcaya una partida considerable con el nombre de
Bocamorteros. Sonaba en Álava desde principios de año Don Francisco
Longa, de la Puebla de Arganzón, quien en breve contó bajo su mando unos
500 hombres. Pronto rebulló también en Guipúzcoa Don Gaspar Jáuregui,
llamado el Pastor porque soltó el cayado para empuñar la espada.
[Sidenote: Expedición de Renovales a la costa cantábrica.]
Estas provincias vascongadas, así como toda la costa cantábrica, de
suma importancia para divertir al enemigo y cortarle en su raíz las
comunicaciones, habían llamado particularmente la atención del gobierno
supremo, y por tanto, además de las expediciones referidas de Porlier,
se idearon otras. Fue de ellas la primera una que encomendó la regencia
a Don Mariano Renovales. Salió este al efecto de Cádiz, aportó a la
Coruña, y hechos los preparativos, dio de aquí la vela el 14 de octubre
con rumbo al este. Llevaba 1200 españoles y 800 ingleses, convoyados
por 4 fragatas de la misma nación y otra de la nuestra, con varios
buques menores. Mandaba las fuerzas de mar el comodoro Mends.
Fondeó la expedición en Gijón el 17, a tiempo que Porlier peleaba
en los alrededores con los franceses; mas no pudiendo Renovales
desembarcar hasta el 18, diose lugar a que los enemigos evacuasen
aquella villa, y que Porlier, atacado por estos, unidos a los de
afuera, se alejase. Renovales se reembarcó, y el 23 surgió en Santoña;
vientos contrarios no le permitieron tomar tierra hasta el 28; espacio
de tiempo favorable a los franceses que, acudiendo con fuerzas
superiores en auxilio del punto amagado, obligaron a los nuestros
a desistir de su intento. Además, la estación avanzaba y se ponía
inverniza, con anuncios de temporales peligrosos en costa tan brava;
por lo mismo, pareciendo prudente retroceder a Galicia, aportaron los
nuestros a Vivero. Allí, arreciando los vientos, se perdió la fragata
española Magdalena y el bergantín Palomo, con la mayor parte de sus
tripulaciones. Grande desdicha que si en algo pendió de los malos
tiempos, también hubo quien la atribuyese a imprevisión y tardanzas.
[Sidenote: Navarra. Espoz y Mina.]
Causó al principio desasosiego a los franceses esta expedición, que
creyeron más poderosa; pero tranquilizándose después al verla alejada,
pusieron nuevo conato, aunque inútilmente, en despejar el país de las
partidas, perturbándolos en especial Don Francisco Espoz y Mina, que
sobresalió por su intrepidez y no interrumpidos ataques.
A poco de la desgracia de su sobrino, había allegado bastante gente,
que todos los días se aumentaba. Sin aguardar a que fuese muy numerosa,
emprendió ya en abril frecuentes acometidas, y prosiguió los meses
adelante atajando las escoltas y combatiendo los alojamientos
enemigos. Impacientes estos y enfurecidos del fatigoso pelear,
determinaron en septiembre destruir a tan arrojado partidario. Valiose
para ello el general Reille, que mandaba en Navarra, de las fuerzas que
allí había y de otras que iban de paso a Portugal, juntando de este
modo unos 30.000 hombres.
Mina, acosado, para evitar el exterminio de su gente, la desparramó
por diversos lugares, encaminándose parte de ella a Castilla y parte a
Aragón. Guardó él consigo algunos hombres, y más desembarazado, no cesó
en sus ataques, si bien tuvo luego que correrse a otras provincias.
Herido de gravedad, tornó después a Navarra para curarse, creyéndose
más seguro en donde el enemigo más le buscaba. ¡Tal y tan en su favor
era la opinión de los pueblos, tanta la fidelidad de estos!
Antes de ausentarse dio en Aragón nueva forma a sus guerrillas, vueltas
a reunir en número de 3000 hombres, y las repartió en tres batallones y
un escuadrón: confirió el mando de dos de ellos a Curuchaga y a Górriz,
jefes dignos de su confianza. La regencia de Cádiz le nombró entonces
coronel y comandante general de las guerrillas de Navarra; pues estos
caudillos, en medio de la independencia de que disfrutaban, hija de
las circunstancias y de su posición, aspiraban todos a que el gobierno
supremo confirmase sus grados y aprobase sus hechos, reconociéndole
como autoridad soberana y único medio de que se conservase buena
armonía y unión entre las provincias españolas.
Recobrado Mina de su herida, comenzó, al finalizar octubre, otras
empresas, y su gente recorrió de nuevo los campos de Aragón y Castilla
con terrible quebranto de los enemigos. Restituyose en diciembre a
Navarra, atacó a los franceses en Tievas, Monreal y Aibar, y cerrando
dichosamente la campaña de 1810, se dispuso a dar a su nombre, en las
sucesivas, mayor fama y realce.
Júzguese por lo que hemos referido cuantos males no acarrearían las
guerrillas al ejército enemigo. Habíalas en cada provincia, en cada
comarca, en cada rincón: contaban algunas 2000 y 3000 hombres, la
mayor parte 500 y aun 1000. Se agregaron las más pequeñas a las más
numerosas, o desaparecieron, porque como eran las que por lo general
vejaban los pueblos, faltábales la protección de estos, persiguiéndolas
al propio tiempo los otros guerrilleros, interesados en su buen
nombre y a veces también en el aumento de su gente. No hay duda que
en ocasiones se originaron daños a los naturales, aun de las grandes
partidas; pero los más eran inherentes a este linaje de guerra,
pudiéndose resueltamente afirmar que, sin aquellas, hubiera corrido
riesgo la causa de la independencia. Tranquilo poseedor el enemigo de
extensión vasta de país, se hubiera entonces aprovechado de todos sus
recursos transitando por él pacíficamente, y dueño de mayores fuerzas,
ni nuestros ejércitos, por más valientes que se mostrasen, hubieran
podido resistir a la superioridad y disciplina de sus contrarios,
ni los aliados se hubieran mantenido constantes en contribuir a la
defensa de una nación cuyos habitantes doblaban mansamente la cerviz a
la coyunda extranjera.
[Sidenote: Cortes.]
Tregua ahora a tanto combate, y lanzándonos en el campo no menos vasto
de la política, hablemos de lo que precedió a la reunión de cortes, las
cuales, en breve congregadas, haciendo bambolear el antiguo edificio
social, echaron al suelo las partes ruinosas y deformes, y levantaron
otro que si no perfecto, por lo menos se acomodaba mejor al progreso
de las luces del siglo, y a los usos, costumbres y membranzas de las
primitivas monarquías de España.
[Sidenote: Remisa la regencia en convocarlas.]
Desaficionada la regencia a la institución de cortes, había postergado
el reunirlas, no cumpliendo debidamente con el juramento que había
prestado al instalarse «de contribuir a la celebración de aquel augusto
congreso en la forma establecida por la suprema junta central, y en
el tiempo designado en el decreto de creación de la regencia.» Cierto
es que en este decreto aunque se insistía en la reunión de cortes ya
convocadas para el 1.º de marzo de 1810, se añadía: «si la defensa del
reino... lo permitiere.» Cláusula puesta allí para el solo caso de
urgencia, o para diferir cortos días la instalación de las cortes; pero
que abría ancho espacio a la interpretación de los que procediesen con
mala o fría voluntad.
[Sidenote: Clamor general por ellas.]
Descuidó pues la regencia el cumplimiento de su solemne promesa, y
no volvió a mentar ni aun la palabra cortes sino en algunos papeles
que circuló a América, las más veces no difundidos en la península,
y cortados a traza de entretenimiento para halagar los ánimos de los
habitantes de ultramar. Conducta extraña que sobremanera enojó, pues
entonces ansiaban los más la pronta reunión de cortes, considerando
a estas como áncora de esperanza en tan deshecha tormenta. Creciendo
los clamores públicos, se unieron a ellos los de varios diputados de
algunas juntas de provincia, los cuales residían en Cádiz, y trataron
de promover legalmente asunto de tanta importancia. Temerosa la
regencia de la común opinión, y sabedora de lo que intentaban los
referidos diputados, resolvió ganar a todos por la mano, suscitando
ella misma la cuestión de cortes, ya que contase deslumbrar así y dar
largas, o ya que, obligada a conceder lo que la generalidad pedía,
quisiese aparentar que solo la estimulaba propia voluntad y no ajeno
impulso. A este fin, llamó el 14 de junio a Don Martín de Garay, y le
instó a que esclareciese ciertas dudas que ocurrían en el modo de la
convocación de cortes, no hallándose nadie más bien enterado en la
materia que dicho sujeto, secretario general e individuo que había sido
de la junta central.
[Sidenote: Las piden diputados de las juntas de provincia.]
No por eso desistieron de su intento los diputados de las provincias,
y el 17 del propio junio comisionaron a dos de ellos para poner en
manos de la regencia una exposición enderezada a recordar la prometida
reunión de cortes. Cupo el desempeño de este encargo a Don Guillermo
Hualde, diputado por Cuenca, y al conde de Toreno [autor de esta
historia], que lo era por León. Presentáronse ambos, y después de haber
el último obtenido venia, leído el papel de que eran portadores,
alborotose bastantemente el obispo de Orense, no acostumbrado a oír y
menos a recibir consejos. Replicaron los comisionados, y comenzaban
unos y otros a agriarse, cuando, terciando el general Castaños,
amansáronse Hualde y Toreno, y templando también el obispo su ira
locuaz y apasionada, humanose al cabo; y así él como los demás regentes
dieron a los diputados una respuesta satisfactoria. Divulgado el
suceso, remontó el vuelo la opinión de Cádiz, mayormente habiendo su
junta aprobado la exposición hecha al gobierno, y sostenídola con otra
que a su efecto elevó a su conocimiento en el día siguiente.
[Sidenote: Decreto de convocación. (* Ap. n. 12-2.)]
Amedrentada la regencia con la fermentación que reinaba, promulgó
el mismo 18 un decreto,[*] por el que, mandando que se realizasen
a la mayor brevedad las elecciones de diputados que no se hubiesen
verificado hasta aquel día, se disponía además que en todo el próximo
agosto concurriesen los nombrados a la Isla de León, en donde luego
que se hallase la mayor parte, se daría principio a las sesiones.
Aunque en su tenor parecía vago este decreto, no fijándose el día de
la instalación de cortes, sin embargo la regencia soltaba prendas que
no podía recoger, y a nadie era ya dado contrarrestar el desencadenado
ímpetu de la opinión.
[Sidenote: Júbilo general en la nación.]
Produjo en Cádiz, y seguidamente en toda la monarquía, extremo
contentamiento semejante providencia, y apresuráronse a nombrar
diputados las provincias que aún no lo habían efectuado, y que gozaban
de la dicha de no estar imposibilitadas para aquel acto por la
ocupación enemiga. En Cádiz empezaron todos a trabajar en favor del
pronto logro de tan deseado objeto.
[Sidenote: Dudas de la regencia sobre convocar una segunda cámara.]