En los primeros días de julio, la división que mandaba el general

Habert dirigiose, partiendo de cerca de Lérida, por la izquierda del

Ebro, y llegó a García, estando pronto a caer sobre Tivenys y Tortosa.

Poco antes salió de Alcañiz la división de Laval, y después de haberse

movido la vuelta de Valencia, retrocedió, y se colocó el 3 de julio

a la derecha del Ebro, delante del puente de Tortosa, prolongando su

derecha a Amposta y destacando tropas que observasen el Cenia, siendo

esta división, o parte de ella, la que tuvo que habérselas con los

valencianos en los combates parciales acaecidos allí por este tiempo,

y ya relatados. Suchet mantuvo a su lado la brigada del general Paris,

y sentó el 7 sus reales en Mora, dándose la mano con los dos generales

Laval y Habert, y echando para la comunicación de ambas orillas

del Ebro dos puentes, sin que sus soldados consiguiesen, como lo

intentaron, quemar el de barcas de Tortosa.

[Sidenote: Salidas de la plaza y combates parciales.]

La guarnición de esta plaza hizo desde el principio varias salidas e

incomodó a Laval, que se atrincheraba en su campo. Igualmente parte

de la división española que se alojaba en Falset atacó con vigor los

puestos enemigos en Tivisa, y el 15 toda ella, teniendo al frente al

marqués de Campoverde, rechazó una acometida de los enemigos y aun

siguió el alcance.

Eran tales maniobras precursoras de otras que ideaba O’Donnell, quien

el 29 acometió en persona al general Habert. No pudo el español

desalojar de Tivisa a su contrario, mas el 1.º de agosto se metió en

Tortosa y dispuso para el 3 una salida contra Laval. La mandaba Don

Isidoro Uriarte, y embistiendo los nuestros intrépidamente al enemigo,

le rechazaron al principio y destruyeron varias de sus obras. La

población sirvió de mucho, pues llena de entusiasmo auxiliaba a los

combatientes, aun en los parajes en que había peligro, con abundantes

refrescos, y aliviaba a los heridos con prontos y acomodados socorros.

Reforzados al cabo los franceses, tuvieron los españoles que recogerse

a la plaza, dejando algunos prisioneros, entre ellos al coronel Don

José María Torrijos. Semejantes operaciones hubieran sido más cumplidas

si D. José Caro, con quien se contaba, no hubiera por su parte

procedido, según hemos visto, tarde y malamente.

[Sidenote: Adelanta Macdonald a Tarragona.]

También Don Enrique O’Donnell se vio obligado a retroceder en breve a

Tarragona, adonde le llamaban otros cuidados. El mariscal Macdonald,

después de haber introducido en Barcelona el convoy mencionado de

agosto, se adelantó vía de Tarragona ya para cercar si podía esta

plaza, ya para coadyuvar en caso contrario al asedio de Tortosa.

Desistió de lo primero, falto de almacenes y escasos los víveres

en aquella comarca, cuyos granos de antemano recogiera O’Donnell.

Este, además, se apostó de suerte que, guarecido de ser atacado

con buen éxito, trató de reducir a hambre el cuerpo de Macdonald,

situado desde el 18 de agosto en Reus y sus contornos. Frustrósele

el 21 al mariscal francés un reconocimiento que tentó del lado de

Tarragona, escarmentándole los nuestros en la altura de La Canonja.

[Sidenote: Se retira.] Para evitar mayor desastre, retirose Macdonald

el 25 de Reus, pidiendo antes la exorbitante contribución de 136.000

duros, e imponiendo otra también muy pesada sobre géneros ingleses y

ultramarinos.

[Sidenote: Dificultades con que tropieza.]

El camino que tomó fue el de Lérida, para abocarse en esta ciudad con

el general Suchet, y desde Alcover, dirigiéndose a Montblanch, pasaron

sus tropas por el estrecho de la Riba. Aquí las detuvo por su frente

la división que mandaba el brigadier Georget, que de antemano había

dispuesto O’Donnell viniese de hacia Urgel, en donde estaba. Al mismo

tiempo, D. Pedro Sarsfield las atacó por flanco y retaguardia en las

alturas de Picamoixons y Coll de las Molas, maniobrando a la izquierda

varias partidas. Los enemigos, con tan impensado ataque y las asperezas

del camino, se vieron muy comprometidos, pero siendo numerosas sus

fuerzas, alcanzaron, por último, forzar el paso y ganar las cumbres,

ayudándoles mucho una salida que hizo, a espaldas de Georget, la

guarnición de Lérida. Con todo, perdieron los franceses unos 400

hombres, entre muertos y heridos, y 150 prisioneros.

[Sidenote: Avístase en Lérida con Suchet.]

Llegado a Lérida el mariscal Macdonald, se avistó el 29 con el general

Suchet, que ya le aguardaba. Convinieron ambos en limitar ahora sus

operaciones al sitio de Tortosa, emprendiéndole el último por sí y con

sus propios medios, al paso que el primero debía protegerle, con tal

que tuviese víveres, los que le suministró Suchet en cuanto le fue

dable. Entonces creyó este que podría obrar activamente y apoderarse en

breve de Tortosa, sobre todo habiendo empezado a acercar a la plaza,

favorecido de una crecida del Ebro, piezas de grueso calibre. Pero sus

esperanzas no estaban todavía próximas a realizarse.

[Sidenote: Macdonald incomodado siempre por los españoles.]

El ejército francés de Cataluña continuó siempre escaso de granos y

embarazado para menearse, a pesar de los grandes esfuerzos de Suchet

y de Macdonald, pues las partidas, la oposición de los pueblos, la

cuidadosa diligencia de O’Donnell y sus movimientos desbarataban o

detenían los planes más bien combinados. Se colocó, en los primeros

días de septiembre, en Cervera, el mariscal Macdonald: y el general

español vislumbró desde luego que su enemigo tomaba aquellas estancias

para cubrir las operaciones de Suchet, amenazar por retaguardia la

línea del Llobregat, y enseñorearse de considerable extensión de país

que le facilitase subsistencias. Prontamente determinó O’Donnell

suscitar al francés nuevos estorbos, continuando en su primer propósito

de esquivar batallas campales.

Nada le pareció para conseguirlo tan oportuno como atacar los puestos

que el enemigo tenía a retaguardia, cuyos soldados se juzgaban

seguros, fuera del alcance del ejército español, y bastante fuertes

y bien situados para resistir a las partidas. O’Donnell, firme en

su resolución, ordenó que se embarcasen en Tarragona pertrechos,

artillería y algunas tropas, yendo todo convoyado por cuatro faluchos

y dos fragatas, una inglesa y otra española. Partió él en persona, el

6 de septiembre, por tierra, poniéndose en Villafranca al frente de la

división de Campoverde, que de intento había mandado venir allí. En

seguida dirigiose hacia Esparraguera, colocó fuerzas que observasen

al mariscal Macdonald, y otras que atendiesen a Barcelona, y uniendo

a su tropa la caballería de la división de Georget, prosiguió su ruta

por San Cugat, Mataró y Pineda. Salió de aquí el 12, envió por la

costa a Don Honorato de Fleyres con dos batallones y 60 caballos, y él

se encaminó a Tordera. Marchó Fleyres contra Palamós y San Feliú de

Guíxols, y O’Donnell, después de enviar exploradores hacia Hostalrich

y Gerona, avanzó a Vidreras. Para obrar con rapidez, tomó el último

consigo, al amanecer del 14, el regimiento de caballería de Numancia,

60 húsares y 100 infantes, que fueron tan de priesa que las ocho horas

de camino que se cuentan de Vidreras a La Bisbal, las anduvieron en

poco más de cuatro. Siguió detrás, y más despacio, el regimiento de

infantería de Iberia, situándose Campoverde con lo demás de la división

en el valle de Aro, a manera de cuerpo de reserva.

[Sidenote: Sorpresa gloriosa de La Bisbal.]

Luego que O’Donnell llegó enfrente de La Bisbal, ocupó todas las

avenidas, y diose tal maña que no solo cogió piquetes de coraceros que

patrullaban y un cuerpo de 130 hombres que venía de socorro, sino que

en la misma noche del 14 obligó a capitular al general Schwartz con

toda su gente que juntos se habían encerrado en un antiguo castillo

del pueblo. Desgraciadamente, queriendo poco antes reconocer por sí

O’Donnell dicho fuerte, con objeto de quemar sus puertas, fue herido de

gravedad en la pierna derecha, cuyo accidente enturbió la común alegría.

[Sidenote: Y de varios puntos de la costa.]

Fleyres, afortunado en su empresa, se apoderó de San Feliú de Guíxols,

y el teniente coronel Don Tadeo Aldea de Palamós, teniendo este la

gloria de haber subido el primero al asalto. Entre ambos puntos, el de

La Bisbal y otros de la costa tomaron los españoles 1200 prisioneros,

sin contar al general Schwartz y 60 oficiales, habiendo también cogido

17 piezas. Mereció más adelante Don Enrique O’Donnell, por expedición

tan bien dirigida y acabada, el título de conde de La Bisbal.

[Sidenote: Guerra en el Ampurdán.]

Posteriormente a este suceso creció la guerra contra los franceses en

el norte de Cataluña. Don Juan Clarós los molestaba hacia Figueras y

el coronel Don Luis Creeft, con los húsares de San Narciso, por Besalú y

Bañolas. Marchó a Puigcerdá el marqués de Campoverde, acosó un trozo

de enemigos hasta Montluis y exigió contribuciones en la misma Cerdaña

francesa, de donde revolviendo sobre Calaf, estrechó de aquel lado al

mariscal Macdonald, al paso que el brigadier Georget le observaba por

Igualada.

[Sidenote: Eroles manda allí.]

El barón de Eroles, que ya se había distinguido en el sitio de Gerona,

se encargó, después de Campoverde, del mando de los distritos del

norte de Cataluña, bajo el título de comandante general de las tropas

y gente armada del Ampurdán. Empezó luego a hacer grave daño a los

enemigos, y al promediar de octubre les apresó un convoy cerca de la

Junquera, acometiéndolos el 21, con ventaja, en su campamento de Lladó.

[Sidenote: Campoverde en Cardona.]

El propio día, junto a Cardona, hizo asimismo frente el marqués de

Campoverde a las tropas del mariscal Macdonald. Vinieron estas de hacia

Solsona, cuya catedral habían quemado pocos días antes, y, encontrando

resistencia, tornaron a sus anteriores puestos: con la noche también se

recogieron los españoles a Cardona.

No eran decisivas, ni a veces de importancia, las más de dichas acciones

ni otras refriegas que omitimos; pero con ellas embarazábanse los

franceses, y se retardaban sus operaciones, renovándose la escasez de

víveres y creciendo la dificultad de su recolección.

[Sidenote: Otro convoy para Barcelona.]

Motivo por el que volvió Barcelona a dar a los enemigos fundados

temores. Dos meses eran ya corridos después de la entrada en la plaza

del último socorro, y los apuros se reproducían en su recinto. Se

esperaba el alivio de un convoy que partiera de Francia; mas como no

bastaban para custodiarle las fuerzas que regía en el Ampurdán el

general D’Hilliers, tuvo Macdonald que ir en noviembre camino de Gerona

para conducir salvo dicho convoy hasta la capital del principado.

[Sidenote: No adelantan los enemigos en el sitio de Tortosa.]

Así el cerco de Tortosa, suspendido en los meses de septiembre y

octubre, continuó del mismo modo durante el noviembre. No había

aquella interrupción pendido solamente de las razones que estorbaron

al mariscal Macdonald cooperar a aquel objeto, según había ofrecido,

sino también de los obstáculos que se presentaron al general Suchet,

nacidos unos de la naturaleza, otros del hombre. Los primeros parecían

vencidos con las lluvias del equinoccio, que empezaron a hinchar

el Ebro, y con lo que se adelantaba en el camino de ruedas arriba

indicado; no así los segundos, que llevaban traza de crecer en lugar de

allanarse.

[Sidenote: Convoyes que van allí de Mequinenza.]

Resueltos, sin embargo, los franceses a proseguir en su intento, habían

tratado ya en septiembre de enviar desde Mequinenza convoyes por agua,

y de asegurar el tránsito haciendo el 17 pasar de Flix a la otra orilla

del Ebro un batallón napolitano. El barón de La Barre, que mandaba una

división española en Falset (punto que los nuestros volvieron a ocupar

luego que Macdonald en agosto se dirigió a Lérida), [Sidenote: Los

atacan los españoles.] destacó un trozo de gente, a las órdenes del

teniente coronel Villa, contra el mencionado batallón, al cual este

jefe sorprendió y cogió entero. Afortunadamente para los franceses,

el convoy que debió partir retardó su salida, escaso todavía de agua

el río Ebro, sin lo cual hubiera aquel tenido la misma suerte que los

napolitanos. No solo en este sino también en otros lances prosiguió el

barón de La Barre incomodando al enemigo lo largo de aquella orilla.

[Sidenote: Carvajal en Aragón.]

Por la derecha desempeñaron igual faena los aragoneses. Gobernábalos

en jefe desde agosto Don José María de Carvajal, a quien la regencia

de Cádiz había nombrado con objeto de que obedeciesen a una sola

mano las diversas partidas y cuerpos que recorrían aquel reino.

Pensamiento loable, pero cuya ejecución se encomendó a hombre de

limitada capacidad. Carvajal paró solo mientes en lo accesorio del

mando, y descuidó lo más principal. Estableció en Teruel grande aparato

de oficinas, con poca previsión almacenes, y dio ostentosas proclamas.

En vez de ayudar, embarazaba a los jefes subalternos, y mostrábase

quisquilloso con sus puntas de celos.

[Sidenote: Villacampa infatigable en guerrear.]

Importunaba más que a los otros a Don Pedro Villacampa, como quien

descollaba sobre todos. Este caudillo, sin embargo, continuando

infatigable la guerra, cogió el 6 de septiembre, en Andorra, [Sidenote:

Andorra.] un destacamento enemigo, y al siguiente día, en Las Cuevas

de Cañart, [Sidenote: Las Cuevas.] un convoy con 136 soldados y 3

oficiales. El coronel Plicque, que lo mandaba, logró escaparse,

achacándose a Carvajal la culpa por haber retenido lejos, so pretexto

de revista, parte de las tropas. Desazonado Suchet con tales pérdidas,

envió de Mora para ahuyentar a Villacampa alguna fuerza a las órdenes

del general Habert, que, reunido a los coroneles Plicque y Kliski, que

estaban hacia Alcañiz, obligó al español a enmarañarse en las sierras.

Mas pasado un mes, volviendo Villacampa a avanzar, resolvió de nuevo

Suchet que le atacasen sus tropas, y destacó a Chlopicki del bloqueo

de Tortosa, con 7 batallones y 400 caballos. Villacampa retrocedió, y

Carvajal evacuó a Teruel, donde entraron los franceses el 30. Siguieron

estos de cerca a los españoles, [Sidenote: Alventosa.] y en la mañana

siguiente alcanzaron su retaguardia más allá de la quebrada de

Alventosa, y cogieron 6 piezas, varios caballos y carros de municiones.

[Sidenote: Combate de la Fuensanta.]

Chlopicki creyó con esto haber dispersado del todo a los españoles; pero

luego se desengañó, quedando en pie la mayor parte de la fuerza del

general Villacampa. Por lo mismo trató de aniquilarla, y se encontró

con ella apostada, el 12 de noviembre, en las alturas inmediatas al

santuario de la Fuensanta, espaldas de Villel. Don Pedro Villacampa

tenía unos 3000 hombres, manteniéndose Carvajal con alguna gente en

Cuervo, a una legua del campo de batalla. La posición española era

fuerte, aunque algo prolongada, y la defendieron los nuestros dos horas

porfiadamente, hasta que la izquierda fue envuelta y atropellada.

Perecieron de los españoles unos 200 hombres, ahogándose bastantes en

el Guadalaviar al cruzar el puente de Libros, que con el peso se hundió.

Chlopicki tornó después al sitio de Tortosa, y dejó a Kliski con 1200

hombres para defender por aquella parte contra Villacampa la orilla

derecha del Ebro.

[Sidenote: Nuevos convoyes para Tortosa.]

Entre tanto, sosteniéndose altas con mayor constancia las aguas de

este río, apresuráronse los enemigos a transportar lo que exigía el

entero complemento del asedio de aquella plaza. Mas no lo ejecutaron

sin tropiezos y contratiempos. [Sidenote: Combates parciales.] El 3 de

noviembre, diecisiete barcas partieron de Mequinenza, escoltadas con

tropa francesa que las seguían por las márgenes del Ebro; la rapidez

de la corriente hizo que aquellas tomasen la delantera. Aprovechose de

tal acaso el teniente coronel Villa, puesto en emboscada entre Fayón

y Ribarroja, y atacando el convoy cogió varias barcas, salvándose las

otras al abrigo de refuerzos que acudieron. No les faltaron tampoco,

antes de llegar a su destino, nuevas refriegas. Lo mismo sucedió el 27

de noviembre a otro convoy, con la diferencia de que en este caso las

barcas se habían retrasado, anticipándose las escoltas, y catalanes en

acecho acometieron aquellas, las hicieron varar, y cogieron 70 hombres

de la guarnición de Mequinenza que habían salido a socorrerlas.

[Sidenote: Los españoles desalojados de Falset.]

Como semejantes tentativas y correrías o eran proyectadas por la

división española alojada en Falset, o por lo menos las apoyaba, había

ya determinado Suchet, tanto para escarmentarla, cuanto para facilitar

la aproximación del 7.º cuerpo, al que siempre aguardaba, atacar a los

españoles en aquel puesto. Verificolo así el 19 de noviembre por medio

del general Habert, quien, no obstante una viva resistencia de los

nuestros, regidos por el barón de La Barre, se enseñoreó del campo y

cogió 300 prisioneros, de cuyo número fue el general García Navarro, si

bien luego consiguió escaparse.

[Sidenote: Movimiento de Bassecourt.]

Don Luis de Bassecourt, por el lado de Valencia, también tentó molestar

a los franceses, y aun divertirlos del sitio de Tortosa. En la noche

del 25 de noviembre partió de Peñíscola la vuelta de Ulldecona, con

8000 infantes y 800 caballos distribuidos en tres columnas: la del

centro la mandaba el mismo Bassecourt; la de la derecha, que se dirigía

camino de Alcanar, Don Antonio Porta; y la de la izquierda, Don Melchor

Álvarez. Al llegar el primero cerca de Ulldecona, [Sidenote: Acción de

Ulldecona.] perdió tiempo aguardando a Porta; pero, impaciente, ordenó al

fin que avanzasen guerrillas de infantería y caballería, y que al oír

cierta señal atacasen. Hízose así, sustentando Bassecourt la acometida

por el centro con el grueso de los jinetes, y por los flancos con los

peones. Hasta tercera vez insistieron los nuestros en su empeño, en

cuya ocasión no descubriéndose todavía ni a Porta, ni a Don Melchor

Álvarez, tuvieron que cejar con quebranto, en especial el escuadrón de

la Reina, cuyo coronel, Don José Velarde, quedó prisionero. Bassecourt

se retiró por escalones y en bastante orden hasta Vinaroz, donde

se le juntó Don Antonio Porta. Los franceses vinieron luego encima,

habiendo juntado todas sus fuerzas el general Musnier, que los mandaba,

con lo que los nuestros, ya desanimados, se dispersaron. Recogiose

Bassecourt a Peñíscola, en donde se volvió a reunir su gente, y llegó

noticia de haberse mantenido salva la izquierda que capitaneaba Don

Melchor Álvarez, ya que no acudiese con puntualidad al sitio que se le

señalara. Corta fue de ambos lados la pérdida; los prisioneros por el

nuestro, bastantes, aunque después se fugaron muchos. Achacose en parte

la culpa de este descalabro a la lentitud de Porta: otros pensaron que

Bassecourt no había calculado convenientemente los tropiezos que en la

marcha encontrarían las columnas de derecha e izquierda.

Al mismo tiempo que se avanzó hacia Ulldecona, dio la vela de Peñíscola

una flotilla, con intento de atacar los puestos franceses de la Rápita

y los Alfaques; mas, estando sobre aviso el general Harispe, que había

sucedido en el mando de la división a Laval, muerto de enfermedad, tomó

sus precauciones y estorbó el desembarco.

[Sidenote: Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a Tortosa.]

Se acercaba, en tanto, el día en que Macdonald, después de largo

esperar, ayudase de veras a la completa formalización del sitio de

Tortosa. Permitióselo el haber podido meter en Barcelona el convoy

que insinuamos fue a buscar vía del Ampurdán. Aseguradas de este modo

por algún tiempo las subsistencias en dicha plaza, dejó en ella 6000

hombres; 14.000 a las órdenes del general Baraguey D’Hilliers en Gerona

y Figueras, de que la mayor parte quedaba disponible para guerrear

en el campo y mantener las comunicaciones con Francia, y con 15.000

restantes marchó el mismo Macdonald la vuelta del Ebro, entrando en

Mora el 13 de diciembre. Concertáronse él y Suchet, y sentando este en

Jerta su cuartel general, [Sidenote: Formaliza el sitio Suchet.] ocupó

el otro los puestos que antes cubría la división de Habert, y se dio

principio a llevar con rapidez los trabajos del sitio de Tortosa, del

que hablaremos en uno de los próximos libros.

A la propia sazón el ejército español de Cataluña, dejando una división

que observase el Llobregat, y continuando el Ampurdán al cuidado del

barón de Eroles, se colocó en su mayor parte frontero a Macdonald, en

figura de arco, alrededor de Lent, y apoyada la derecha en Montblanch.

[Sidenote: Deja O’Donnell el mando.] Faltole luego el brazo activo

y vigoroso de Don Enrique O’Donnell, quien debilitado a causa de su

herida, empeorada con los cuidados, tuvo que embarcarse para Mallorca

antes de acabar diciembre, recayendo el mando interinamente, como más

antiguo, en Don Miguel de Iranzo.

Por la relación que acabamos de hacer de las operaciones militares de

estos meses en Cataluña, Aragón y Valencia, harto enmarañadas, y quizá

enojosas por su menudencia, habrá visto el lector cómo, a pesar de

haber escaseado en ellas trabazón y concierto, fueron para el enemigo

incómodas y ominosas; pues desde principio de julio que embistió a

Tortosa, no pudo hasta diciembre formalizar el sitio. Nuevo ejemplo de

lo que son estas guerras. Sesenta mil franceses, no obstante los yerros

y la mala inteligencia de nuestros jefes, nada adelantaron por aquella

parte durante varios meses en la conquista, estrellándose sus esfuerzos

contra el tropel de refriegas y pertinacia de los pueblos.

[Sidenote: Partidas en lo interior de España.]

En el riñón de España, junto con las provincias vascongadas y Navarra,

se aumentaban las partidas, y en este año de 10 llegaron a formar

algunas de ellas cuerpos numerosos y mejor disciplinados; pues en

tales lides, como decía Fernando del Pulgar, «crece el corazón con

las hazañas, y las hazañas con la gente, y la gente con el interés.»

Proseguían también allí, en algunos parajes, gobernando las juntas,

las cuales, sin asiento fijo, mudaban de morada según la suerte de

las armas, y ya se embreñaban en elevadas sierras, o ya se guarecían

en recónditos yermos. La regencia de Cádiz nombraba a veces generales

que tuviesen bajo su mando los diversos guerrilleros de un determinado

distrito, o ensalzaba a los que de entre ellos mismos sobresalían,

autorizándolos con grados y comandancias superiores. Igualmente

envió intendentes u otros empleados de hacienda que recaudasen las

contribuciones y llevasen, en lo posible, la correspondiente cuenta y

razón, invirtiéndose los productos en las atenciones de los respectivos

territorios. Y si no se estableció en todas partes entero y cumplido

orden, incompatible con las circunstancias y la presencia del enemigo,

por lo menos adoptose un género de gobernación que, aunque llevaba

visos de solo concertado desorden, remedió ciertos males, evitó otros,

y mantuvo siempre viva la llama de la insurrección.

No poco por su lado contribuían los franceses al propio fin. Sus

extorsiones pasaban la raya de lo hostigoso e inicuo. Vivían, en

general, de pesadísimas derramas y de escandaloso pillaje, cuyos

excesos producían en los pueblos venganzas, y estas crueles y

sanguinarias medidas del enemigo. Los alcaldes de los pueblos, los

curas párrocos, los sujetos distinguidos, sin reparar en edad ni

aun en sexo, tenían que responder de la tranquilidad pública, y

con frecuencia, so pretexto de que conservaban relaciones con los

partidarios, se los metía en duras prisiones, se los extrañaba a

Francia, o eran atropelladamente arcabuceados. ¡Qué pábulo no daban

tales arbitrariedades y demasías al acrecentamiento de las guerrillas!

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 22 / 35 段