Copons, al desembarcar Lacy, se hallaba en Castillejos, 12 leguas

distante, y habiéndose por desgracia retardado el pliego que le

anunciaba el arribo, no pudo acudir a la costa con la puntualidad

deseada, malográndose así el coger entre dos fuegos a los franceses que

estaban avanzados. Vino Copons, sin embargo, a Niebla, y se puso luego

en comunicación con Lacy. Los pueblos recibieron a este con el júbilo

más colmado, y fiados en su apoyo dieron a los enemigos terrible caza.

Pero no teniendo otra mira la expedición de Don Luis Lacy sino la de

divertir al francés de Extremadura, en tanto que el ejército de Romana

también por su lado se movía, miró aquel general como concluido su

encargo luego que le amenazaron superiores fuerzas, y de consiguiente

se reembarcó el 26 del mismo agosto. Desagradó en el condado lo rápido

de la excursión, y muchos pensaron que, sin comprometer su gente,

hubiera podido Lacy permanecer allí más tiempo, y maniobrar en unión

con el general Copons. Desamparados los pueblos, padecieron nuevas

molestias del enemigo, en especial Moguer, que se había declarado

y tomado parte desembozadamente. Quiso en seguida Lacy acometer a

Sanlúcar de Barrameda, pero los franceses, ya sobre aviso, frustráronle

el proyecto.

[Sidenote: Operaciones de Cádiz.]

De vuelta a Cádiz el mismo general, estimulado por el gobierno y de

acuerdo con él y los otros jefes, verificó el 29 de septiembre una

salida camino del puente de Suazo, consiguiendo con ella destruir

algunas obras del enemigo, siendo esta la sola operación digna de

mentarse que, hasta finalizar el presente año de 1810, practicaron en

la Isla gaditana las tropas de tierra.

Pudieron las de mar haber tenido ocasión de señalarse, a no

estorbárselo tiempos contrarios. El mariscal Soult, convencido de que

para cualquiera empresa contra Cádiz y la Isla de León, si había de

ser fructuosa, era indispensable fuerza sutil, [Sidenote: Fuerza sutil

de los enemigos.] ideó que se construyesen buques al caso en Sanlúcar

y en Sevilla. Para ello valiose de barcos de aquellos puertos, ordenó

una tala en los montes inmediatos, y recibió de Francia carpinteros,

marinos y calafates. En octubre, dispuesta ya una flotilla, se trasladó

en persona a Sanlúcar dicho mariscal a fin de presenciar desde la

costa la dificultosa travesía que tenían que emprender los referidos

buques desde la boca del Guadalquivir hasta lo interior de la bahía de

Cádiz. Empezose a poner en obra el proyecto en la noche del 31, pasando

la flotilla por entre los bajos de Punta Candor, y atracando siempre a

la costa. Se componía en todo de unos 26 cañoneros: dos vararon, nueve

se metieron la misma noche en el puerto de Santa María, y los otros

anclaron en Rota, de donde, aprovechando vientos frescos y favorables,

se juntaron a los que habían ya entrado, sin que les hubiese sido dable

impedirlo a las fuerzas de mar anglo-españolas. Pero de nada sirvió

a los franceses suceso en su entender tan dichoso. En balde después

quisieron que su flotilla doblase la punta del Trocadero, en balde

trasladaron por tierra los barcos a Puerto Real. Durante el sitio ya no

se menearon de allí, obligándolos a permanecer quedos las superiores y

mejor marineras fuerzas de los aliados.

No por eso dejaron los franceses de perfeccionar las obras de tierra,

y de establecer una cadena de fuertes que se dilataba desde la entrada

de la bahía hasta Chiclana, por cuya parte, y en una batería inmediata

al cerro de Santa Ana, perdieron, muerto de una granada, al distinguido

general de artillería Senarmont.

[Sidenote: Fuerzas de los aliados en Cádiz y la Isla.]

Los aliados tampoco se mantuvieron ociosos. Mejoraron cada vez más

las fortificaciones, y las tropas se engrosaron y adquirieron buena

disciplina. De las inglesas se contaron en julio 8500 hombres;

volviéronse a reducir a 5000 por los refuerzos que se enviaron a

Portugal; mas antes de fines de año crecieron otra vez a 7000 con gente

que llegó de Sicilia y Gibraltar. Las tropas españolas de línea pasaban

de 18.000 hombres. Don Joaquín Blake continuó a su cabeza hasta 23 de

julio, en cuyo tiempo se transfirió a Murcia, extendiéndose su mando,

conforme apuntamos, a las divisiones existentes en aquel reino, las

cuales formaban con las de la Isla de León el ejército llamado del

centro.

[Sidenote: Blake en Murcia.]

Llegado que hubo el general Blake a su nuevo destino, restableció paz

y armonía, que andaba escasa entre algunos jefes. El ejército se había

aumentado a punto que poco antes enviara a Cádiz una división de 4000

hombres al mando del general Vigodet. Blake llegó el 2 de agosto, y la

fuerza disponible era de unos 14.000 soldados, 2000 de caballería.

Alrededor de este ejército revoloteaban, por decirlo así, muchos

partidarios, en especial del lado de Jaén y de Granada. Entre los

primeros sobresalían los nombrados Uribe, Alcalde y Moreno, puestos a

las órdenes del comandante Bielsa; entre los otros, el coronel Don José

de Villalobos.

Cuando Blake se incorporó al ejército, se hallaba este repartido en

Murcia, Elche, Alicante, Cartagena y pueblos de los contornos: algunos

batallones estaban destacados en la Mancha, sierra de Segura y frontera

de Granada, en donde permanecía la caballería, extendiéndose hasta

cerca de Huéscar.

[Sidenote: Sebastiani se dirige a Murcia.]

Fijó la idea de Blake la atención de los franceses, y desde luego

resolvió Sebastiani hacer otra excursión la vuelta de Murcia,

lisonjeándose que de ella saldría tan airoso como la vez primera, y aun

también de que disiparía como humo el ejército de los españoles.

[Sidenote: Medidas que toma Blake.]

Informado Blake de los intentos del enemigo, preparose a recibirle.

Agrupó sucesivamente en la huerta de Murcia sus tropas, y las colocó

de esta manera: la 5.ª división, al mando del brigadier Creagh, ocupó

la derecha en Añora; detrás, guarnecía un batallón el monasterio de

jerónimos, teniendo apostaderos por la izquierda hasta el río; delante,

se plantaron cuatro piezas de artillería. Alojábase la izquierda del

ejército en el lugar de Don Juan, y la componía la 3.ª división, del

cargo del brigadier Sanz, teniendo un destacamento por su siniestro

costado. Enlazábase esta posición con la del centro por medio de un

molino aspillerado y de una batería circular, colocada en donde una

de las acequias mayores se distribuye en dos atajeas. Dicho centro,

que cubría la 1.ª división, al mando del general Elío, estaba cerca de

Alcántara, en la Puebla.

Dispúsose además la inundación de la huerta; medio oportuno pero no

del todo hacedero, ya por no ser nunca, y menos en aquella estación,

muy caudaloso el Segura, ya también porque, aun en caso de una rápida

avenida, las obras allí practicadas estanlo en términos que solo sirven

para sangrar el río, y no para favorecer estragos, como construidas

con el único objeto de dar a los campos el necesario y fecundante

beneficio del riego. Sin embargo, se inundaron los caminos y una faja

de bancales por la orilla, amparando lo demás de la huerta sus naranjos

y sus cidros, sus limoneros y moreras, en fin toda su intrincada y

lozana frondosidad.

Siguiose en esto, y en lo de armar al paisanaje, la conducta del

obispo Don Luis Belluga en la guerra de sucesión. Ahora, como

entonces, acudieron todos los partidos, hasta el de Orihuela, aunque

perteneciente a Valencia, y se distribuyeron en compañías y secciones,

incorporándose al ejército. Manifestaron los paisanos grande entusiasmo

y mucha docilidad; perfecta armonía reinó entre ellos y los soldados.

Blake, declarando a Murcia amenazada de inmediato ataque, la sometió

al solo y puro gobierno militar; providencia que las autoridades

respetaron, y que en aquel lance obedecieron con gusto.

En el intermedio se había ido acercando el general Sebastiani, y

echádose atrás nuestra caballería, a las órdenes de Don Manuel Freire,

que sustentó con destreza varios reencuentros. Según los enemigos

se aproximaban, daban aviso de todos sus pasos al general Blake los

alcaldes de los pueblos y muchos particulares con rara puntualidad,

llegando a su colmo la diligencia de todos. Los franceses aparecieron

el 28 de agosto en Librilla, a 4 leguas de Murcia, y nuestros jinetes

se situaron en Espinardo, con puestos avanzados sobre el río Segura.

El partidario Villalobos, que había acompañado a Freire, se colocó en

Molina.

[Sidenote: Se retira Sebastiani.]

Luego que el general Sebastiani llegó a Librilla hizo varios

reconocimientos; y arredrado del modo con que los nuestros le

aguardaban, se apartó del intento de penetrar en Murcia, y en la noche

del 29 al 30 se replegó a Totana. Hostilizáronle en la retirada los

paisanos, particularmente los de Lorca, y en esta ciudad y en otros

pueblos cometió el francés mil tropelías. Bien le vino a este no

insistir en la empresa proyectada, pues a haber padecido descalabro,

como era probable, en los laberintos de la huerta de Murcia, toda su

gente hubiera sido muy maltratada, ya por los habitantes de este reino,

ya por los de Granada, cuyos ánimos se encrespaban acechando la ocasión

de escarmentar a sus opresores. Haberse expuesto a tal riesgo y cansado

inútilmente la tropa, con marchas y contramarchas de más de cien leguas

en estación tan calurosa, fueron los frutos que reportó Sebastiani de

una expedición que de antemano había pregonado como fácil.

[Sidenote: Insurrecciones en el reino de Granada.]

Entre los que empezaron en el reino de Granada a levantar cabeza

durante la ausencia del general francés, señalose el alcalde de

Otívar, de nombre Fernández, quien entró en Almuñecar y Motril, y aun

se apoderó de sus castillos. Estas y otras empresas que propagaron

la llama de la insurrección por las sierras y por varios pueblos de

la costa, a pesar de algunos amigos y parciales que tuvieron allí

los enemigos, impulsó a los ingleses a dar cierto apoyo a aquellos

movimientos. Decidiéronse, sobre todo, a atacar a Málaga, guarida

entonces de corsarios, y en cuyo puerto también fondeaba una flotilla

enemiga de lanchas cañoneras. [Sidenote: Expedición contra Fuengirola y

Málaga.] Al efecto se preparó en Ceuta una expedición de 2500 hombres

españoles e ingleses, a las órdenes de Lord Blayney, la cual dio la

vela el 13 de octubre con dirección a Fuengirola. Empezaron luego los

aliados a embestir este castillo, guarnecido por 150 polacos, con

esperanza de que así llamarían hacia aquel punto las fuerzas enemigas,

y podrían, reembarcándose, caer repentinamente sobre Málaga que se

vería desprovista de gente. Pero dándose Lord Blayney torpe maña,

en vez de sorprender a sus contrarios, él fue, por decirlo así, el

sorprendido, acometiéndole de improviso el general Sebastiani con 5000

hombres. Al querer retirarse, fue dicho Lord cogido prisionero, y las

tropas inglesas volvieron en confusión a sus barcos; solo un regimiento

español, el Imperial de Toledo, único de los nuestros que allí iba,

tornó a bordo sin pérdida y en buena ordenanza.

[Sidenote: Avanza Blake a Granada.]

El ruido de semejantes acontecimientos y el deseo de ensanchar los

límites de su territorio, estimularon al general Blake a avanzar a

la frontera de Granada, habiéndose ocupado todo aquel tiempo, desde

agosto, en mejorar la disciplina de su ejército y en adiestrarle, como

igualmente en asegurar sus estancias de Murcia. Envió asimismo a la

Mancha, con un trozo de 300 caballos, a Don Vicente Osorio, queriendo

extraer granos de aquella provincia para la manutención de su ejército.

Las partidas, si bien fomentadas por Blake en todas partes, fuéronlo

en especial del lado de Jaén, en donde Don Antonio Calvache sucedió a

Bielsa en el mando de ellas. Mas los enemigos, persiguiendo de cerca al

nuevo jefe, después de haber quemado casi toda la villa de Segura, le

mataron el 24 de octubre en Villacarrillo.

Don Joaquín Blake, reuniendo sus tropas, distribuidas por la mayor parte,

sin contar las de las plazas, en Murcia, Caravaca y Lorca, se puso el

2 de noviembre sobre Cúllar, movimiento hecho a las calladas y del que

los franceses estaban ignorantes. Dejó Blake 2000 hombres en dicho

Cúllar, y a las doce de la mañana del 3 se colocó con 7000, de los que

unos 1000 eran de caballería, en las lomas que dominan la hoya de Baza,

y que lame el río Guadalquitón.

Los enemigos tenían en el llano una división de caballería, que

acaudillaba el general Milhaud, asistida de artillería volante: además

habían situado de 2 a 3000 infantes en las inmediaciones de la ciudad,

bajo la guía del general Rey. No acudió allí Sebastiani hasta después

de concluida la acción que ahora iba a trabarse.

[Sidenote: Acción de Baza, 3 de noviembre.]

Empezó esta a las dos de la tarde, desembocando la caballería española,

a las órdenes de Don Manuel Freire, por el camino real que de Cúllar va

a Baza. Nuestros jinetes tiraron por la derecha, y formaron en batalla

en dos líneas, sosteniendo sus costados artillería y guerrillas de

fusileros. Los enemigos ciaron hacia sus peones, y entonces el general

Blake, dejando apostados en las lomas la mitad de sus infantes, se

adelantó con los otros y 3 piezas en 4 columnas cerradas, repartidas en

ambos lados del camino.

Nuestros caballos proseguían confiadamente su marcha; mas al querer

efectuar un movimiento, se embarazaron algunos, y el enemigo,

descargando sobre ellos con impetuoso arranque, los desordenó

lastimosamente. Tras su ruina vino la de los infantes que habían

avanzado, y solo consiguieron unos y otros rehacerse al abrigo de las

tropas que habían quedado en las lomas. El enemigo no persistió mucho

en el alcance. Quedaron en el campo 5 piezas; y se perdieron entre

muertos, heridos y prisioneros 1000 hombres. De los franceses muy pocos.

Descalabro fue el de Baza que causó desmayo y contuvo en cierto modo

el vuelo de la insurrección de aquellas comarcas. Adverso era, en esto

de batallar, el hado de Don Joaquín Blake, y vituperable su empeño en

buscar las acciones que fuesen campales antes que limitarse a parciales

sorpresas y hostigamientos. No permaneció después largo espacio al

frente de aquel ejército, llamado a desempeñar cargo de mayor alteza.

Por lo demás, y en medio de reveses y contratiempos, la tenacidad

española, la serie innumerable de combates en tantos puntos y a la

vez, fatigaban a los franceses, y su ejército de las Andalucías no

gozó en todo el año de 1810 de mucha mayor ventura que la que tenían

los de las otras provincias. Y si bien ordenadas batallas no menguaban

extremadamente las filas enemigas, aniquilábanse aquí, como en lo

demás del reino, en marchas y contramarchas, y en apostaderos y guerra

de montaña.

[Sidenote: Provincias de Levante.]

Del lado de Levante las provincias de Valencia, Cataluña y aun lo que

restaba libre de la de Aragón, hubieran, obrando unidas, entorpecido

muy mucho los intentos del enemigo, siendo entre ellas tanto más

necesaria buena hermandad cuanto para sojuzgarlas estaban de concierto

el tercero y el primer cuerpo francés. Pero la multiplicidad de

autoridades, su diversa condición, los obstáculos mismos que nacían

de la naturaleza de la actual guerra estorbaban completa concordia y

adecuada combinación. Por fortuna, los caudillos enemigos, aunque no

menos interesados en aunarse, y aquí más que en otras partes, a duras

penas lo conseguían, no ya por las rivalidades personales que a veces

se suscitaban, sino principalmente por lo dificultoso de acudir al

cumplimiento de un plan convenido.

[Sidenote: Valencia.]

En Valencia Don José Caro, más bien que en la guerra pensaba en ir

adelante con sus desafueros. Dejó que se perdiesen Lérida, Mequinenza

y hasta el castillo de Morella, sin dar señales de oponerse al enemigo,

ni siquiera de distraerle. Al fin, viendo Caro que se aproximaban

los franceses y que la voz pública se acedaba contra tan culpable

abandono, mandó a D. Juan Odonojú, prisionero en la batalla de María

y ahora libre, que se adelantase con 4000 hombres. El 24 de junio

arrojaron estos de Villabona a los enemigos, que se abrigaron a Morella,

[Sidenote: Choques en Morella y Albocácer.] delante de cuyo pueblo se

trabó el 25 un choque muy vivo retirándose después los nuestros en

vista de haberse reforzado los contrarios. Por segunda vez avanzó en

julio el mismo Odonojú, y aun llegó el 16 a intimar la rendición al

castillo de Morella, pero revolviendo sobre él prontamente el general

Montmarie, le obligó a alejarse y causole en Albocácer un descalabro.

[Sidenote: Avanza Caro y se retira.]

No había Don José Caro tomado parte personalmente en ninguna de

semejantes refriegas, hasta que en agosto, pidiendo su cooperación el

general de Cataluña para aliviar a Tortosa, amenazada de sitio, se

movió aquel por la costa lentamente y más tarde de lo que conviniera.

Llevó consigo 10.000 hombres de línea y otros tantos paisanos, y se

situó en Benicarló y San Mateo. El general Suchet vino por Cálig a su

encuentro con diez batallones y también con artillería y caballería.

Caro no le aguardó, replegándose, después de ligeras escaramuzas, a

Alcalá de Chivert, y de allí el 16 de agosto a Castellón de la Plana y

Murviedro. No retrocedió en desorden el ejército valenciano, si bien

su jefe Don José Caro dio el triste y criminal ejemplo de ser de los

primeros y aun de los pocos que desaparecieron del campo. Zahiriole por

ello agriamente su hermano Don Juan, hombre ligero pero arrojado, de

quien hablamos allá en Cataluña.

[Sidenote: Caro huye de Valencia.]

Con la conducta que en esta ocasión mostró el general de Valencia

se acreció el odio contra su persona, y lo que aún es peor,

menospreciósele en gran manera. Se descubrieron asimismo tramas que

urdía y proscripciones que intentaba, propalándose en el público sus

proyectos con tintas que entenebrecían el cuadro. Temeroso, por

tanto, se escabulló disfrazado de fraile [traje harto extraño para un

general], y pasó luego a Mallorca, sin cuya precaución hubiera tal vez

sido blanco de las iras del pueblo.

[Sidenote: Le sucede Bassecourt.]

Sucediole inmediatamente en el mando Don Luis de Bassecourt, que estaba

a la cabeza de una división volante en Cuenca, hombre que si bien

alabancioso al dar sus partes y no de grande capacidad, aventajábase

en valor y otras prendas a su antecesor, procurando también con

mayor ahínco acordar sus operaciones con los generales de los demás

distritos, en especial con los de Aragón y Cataluña.

[Sidenote: Cataluña. Su congreso.]

En este principado hacíase la guerra con otra eficacia y obstinación

que en Valencia, merced al celo de su congreso y a la pronta diligencia

y esmero de su general Don Enrique O’Donnell. [Sidenote: O’Donnell.]

Luego que en 17 de julio estuvo reunida aquella corporación, tomó

varias resoluciones, algunas bastantemente acertadas. En la milicia

acomodó los alistamientos a la índole de los naturales, imponiendo solo

la obligación de un enganche de dos años, con facultad de gozar cada

seis meses de una licencia de 15 días. Sin embargo, los catalanes, tan

dispuestos a pelear como somatenes, repugnaban a tal punto el servicio

de tropa reglada que tuvo su congreso que establecer comisiones

militares para castigar a los desertores, y aun a los distritos que

no aprontasen su contingente. Recaudáronse con mayor regularidad los

impuestos y se realizó, a pesar de lo exhausto que ya estaba el país,

un empréstito de medio millón de duros. Aplicáronse a los hospitales

los productos que antes percibía la curia romana, y ahora los obispos,

por dispensas y otras gracias o exenciones. El alma de muchas de

estas providencias era el mismo Don Enrique O’Donnell, quien puso

además particular conato en adiestrar sus tropas, en inculcar en ellas

emulación y buen ánimo, y también en mejorar la instrucción de los

oficiales.

[Sidenote: Macdonald.]

Por su parte, el mariscal Macdonald apenas podía ocuparse en otras

operaciones que en las de avituallar a Barcelona: los convoyes de

mar estaban interrumpidos, y los de tierra, escasos y lentos, tenían

con frecuencia que repetirse y ser escoltados con la mayor parte del

ejército si no se quería que fuesen presa de los somatenes y de las

tropas españolas. Macdonald trató en un principio de granjearse las

voluntades de los habitantes, contrastando su porte con la ferocidad

del mariscal Augereau, que había, por decirlo así, guarnecido las

orillas de algunos caminos con patíbulos y cadáveres. Estaban los

ánimos sobradamente lastimados de ambas partes para que pudiesen

olvidarse antiguas y recíprocas ofensas. Así, no surtieron grande

efecto las buenas intenciones, y aun medidas, del mariscal Macdonald,

acabando también él mismo por adoptar a veces resoluciones rigurosas.

[Sidenote: Convoyes que lleva a Barcelona.]

En junio, y poco después de tomar el mando, acompañó no sin tropiezos

un convoy a Barcelona. Volvió después a Gerona y preparose a conducir

otro en mediados de julio a la misma ciudad. O’Donnell trató de

estorbarlo, y destacó a Granollers 6500 infantes y 700 caballos, unidos a

2500 paisanos bajo las órdenes de D. Miguel Iranzo. Trabose un reñido

choque entre los nuestros y los franceses, pero mientras tanto pasó a

la deshilada el convoy y se metió en Barcelona.

[Sidenote: Ejército español de Cataluña.]

Doliose mucho O’Donnell del malogro de aquella empresa, y no faltó

quien lo atribuyese a desmaño del general que en Granollers mandaba.

El plan que O’Donnell había resuelto seguir en Cataluña pareció el más

acertado. Evitando batallas generales, quería por medio de columnas

volantes sorprender los destacamentos enemigos, interceptar o molestar

sus convoyes y aniquilar así sucesivamente la fuerza de aquellos. Por

tanto, el ejército español de Cataluña que, según dijimos, constaba en

julio de unos 22.000 hombres, sin contar somatenes ni guerrilleros,

estaba colocado al principiar agosto del modo siguiente: la 1.ª

división ocupaba las orillas del Llobregat y observaba a Barcelona,

estando también fortificada la montaña de Montserrat; la 2.ª acampaba

en Falset y no perdía de vista a Suchet que, como poco hace apuntamos,

intentaba sitiar a Tortosa; parte de la 3.ª cubría en Esterri las

avenidas del valle de Arán; la reserva, distribuida en dos trozos,

mantenía uno en el Coll del Alba, próximo a Tortosa, y el otro en

Arbeca y Borjas Blancas, para enfrenar la guarnición de Lérida. Un

cuerpo de húsares y tropas ligeras se alojaban en Olot y acechaban

las comarcas de Besalú y Bañolas; varios guerrilleros recorrían la

demás tierra, aprovechándose todos de las ocasiones que se presentaban

para desvanecer los intentos del enemigo e incomodarle continuamente.

El cuartel general permanecía en Tarragona, desde donde O’Donnell

gobernaba las maniobras más notables, tomando a veces en ellas parte

muy principal. Con esta distribución, creyó el general de Cataluña que,

vigilando las plazas y puntos más señalados, llevaría a cumplido efecto

su plan, y que el ejército francés se rehundiría poco a poco, y en

combates parciales.

Si en todo no se llenaron los deseos de D. Enrique O’Donnell, se

lograron en parte. El mariscal Macdonald, afanado siempre con el

abastecimiento de Barcelona, no pudo, desde el segundo convoy que

metió allí en julio, pensar en cosa importante sino en preparar otro

tercero, que consiguió introducir el 12 de agosto. Entonces, más

libre, resolvió, aunque todavía en balde, favorecer directamente las

operaciones del general Suchet.

[Sidenote: Intenta Suchet sitiar a Tortosa.]

No desistía este general del indicado propósito de sitiar a Tortosa,

lo que dio ocasión a varios combates y reencuentros, algunos ya

referidos, con las tropas españolas de Cataluña, Aragón y Valencia,

que precedieron a la formalización del cerco, ligándose de parte de

los franceses las más de las operaciones, aun las lejanas de aquel

principado, con tan primario objeto, por lo que a una y en el mejor

orden que nos sea posible, si bien brevemente, daremos de ellas cuenta.

[Sidenote: Sus disposiciones.]

Suchet, para emprender el sitio, estableció en Mequinenza un depósito

de municiones de guerra y boca: transportarlas de allí a Tortosa

era grande dificultad. Ofrecía el Ebro comunicación por agua; pero,

interrumpida en partes con varias cejas o bajos, solo se podían estos

salvar en las crecidas, y rara vez en los tiempos secos del estío. Del

lado de tierra era aún más trabajoso y aun impracticable el tránsito,

encallejonándose los caminos que van desde Caspe a Mequinenza entre

montañas cada vez más escarpadas según avanzan a Mora, las Armas, Jerta

y Tortosa, por lo que ya en 21 de julio empezaron los franceses a

componer uno antiguo de ruedas, cuyos rastros al parecer se conservaban

del tiempo de la guerra de sucesión. Suchet, antes de que la ruta se

concluyese, fue arrimando fuerzas a la plaza.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 21 / 35 段