No detuvo a Massena semejante contratiempo, ni tampoco las lluvias,

que empezaron a ser muy copiosas. En nada reparaba la impetuosidad

francesa, [Sidenote: Alcoentre.] y el 9, en Alcoentre, viose

sorprendida una brigada de artillería inglesa, y hasta perdió sus

cañones. Costó mucho recobrarlos. Parecida desgracia ocurrió el 10 a la

división de Craufurd en Alenquer, [Sidenote: Alenquer.] permaneciendo

este general muy descuidado cuando tenía cerca un enemigo tan

diligente. El terror fue grande, y aunque se disipó, no por eso dejó de

correr la voz de que aquella división había sido cortada; por lo cual,

temeroso Hill de la suerte de la 2.ª línea, que era la más importante,

se echó atrás para cubrirla, y dejó desamparada la primera desde

Alhandra a Sobral, cosa de dos leguas. Felizmente los enemigos no lo

notaron, y antes de la madrugada del 11 tornó Hill a sus anteriores

puestos. Infiérese de aquí lo poco firme que todavía andaba el ánimo

del ejército inglés.

[Sidenote: Los ingleses en las líneas.]

Había este ido entrando sucesivamente en las líneas de Torres Vedras, y

admirábase, no teniendo de ellas cumplida idea. No menos se maravilló, al

acercarse, el mariscal Massena, quien hasta pocos días antes ni siquiera

sabía que existiesen. Ignorancia pasmosa, ya dimanase del sigilo con

que se habían construido obras de tal importancia, ya de la falta de

secretas correspondencias de los enemigos en el campo aliado.

Massena gastó algunos días en reconocer y tantear las líneas; se

trabaron varias escaramuzas, la más seria el 14, cerca de Sobral. Fue

herido el general inglés Harvey, y en Villafranca mató el fuego de una

cañonera al general francés Sainte-Croix.

[Sidenote: Massena no las ataca.]

No vislumbrando Massena, después de su examen, probabilidad de forzar las

líneas, consultó con los otros jefes principales del ejército, y juntos

decidieron pedir refuerzos a Napoleón, y reducir en cuanto fuese dado a

bloqueo las operaciones. Estableció, de consiguiente, Massena su cuartel

general en Alenquer, situó el cuerpo de Reynier en Villafranca, el de

Junot mirando a Sobral, y mantuvo el de Ney en Ota, a retaguardia.

[Sidenote: Formidable fuerza y posición de Wellington.]

Por su parte, el ejército de Lord Wellington estaba distribuido así: la

derecha, a las órdenes de Hill, en Alhandra; la izquierda, que mandaba

Picton, en Torres Vedras; Wellington mismo y Beresford en el centro, el

último tenía su cuartel general en Monte Agraço, el primero en Quinta de

Peronegro, cerca de Enxara dos Cavaleiros. Fuese el ejército británico

reforzando, y cubriéronse sus huecos con tropas de Inglaterra y Cádiz;

[Sidenote: Únesele con dos divisiones Romana.] también se le unió

de Badajoz, antes de acabar octubre, el marqués de la Romana, con dos

divisiones mandadas por los generales Carrera y Don Carlos O’Donnell,

que ambas componían unos 8000 hombres.

Juzgó conveniente, además, Lord Wellington no solo tener a su disposición

fuerza real y efectiva bien organizada, sino igualmente gran avenida

de hombres que aumentasen el número y las apariencias. Así la milicia

cívica de Lisboa, la de la provincia de la Extremadura portuguesa y sus

ordenanzas se metieron en el recinto de las líneas, pues allí podían

ser útiles y representar aventajado papel. Creció tanto la gente que,

al rematar octubre, recibían raciones dentro de dichas líneas 130.000

hombres, de los que 70.000 pertenecían a cuerpos regulares y dispuestos

a obrar activamente; guardaban casi todos los castillos y fuertes de la

primera y segunda línea la milicia y artillería portuguesas; la tercera,

que era la última y más reducida, la tropa de marina inglesa.

Tan enorme masa de gente, abrigada en estancias tan formidables,

teniendo a su espalda el espacioso y seguro puerto de Lisboa, y con

el apoyo y los socorros que prestaban el inmenso poder marítimo y la

riqueza de la gran Bretaña, ofrece a la memoria de los hombres un caso

de los más estupendos que recuerdan los anales militares del mundo.

¡Qué recursos asistían al dominador de Francia para superar tantos y

tantos impedimentos!

[Sidenote: Moléstase también al enemigo fuera de las líneas.]

Por de fuera de las líneas no descuidó Wellington el que se hostilizase

al enemigo. La milicia del norte de Portugal le punzaba por la espalda

y se comunicaba con Peniche, hacia donde se destacó un batallón español

de tropas ligeras y un cuerpo de caballería inglesa, también sostenidos

por una columna volante que salía de Torres Vedras a hacer sus

excursiones, y por el pueblo de Óbidos en estado de defensa. Del otro

lado maniobraba la milicia de la Beira baja, dándose la mano con la del

norte y apoyada por [Sidenote: Don Carlos España.] Don Carlos España

que, con una columna móvil, había pasado el Tajo y obraba la vuelta de

Abrantes, villa esta en poder de los aliados y fortificada. De suerte

que los franceses estaban metidos como en una red, costándoles mucho

avituallarse y formar almacenes.

[Sidenote: Situación crítica de los franceses.]

En la lejanía dañábales igualmente el continuo pelear de los

partidarios españoles de León, Castilla y provincias vascongadas, que

dificultaban los convoyes y socorros e interrumpían la correspondencia

con Francia. No menos los desfavoreció la guerra que por las alas

hacían las tropas españolas, ya en la frontera de Galicia, ya en

Asturias y también en Extremadura.

[Sidenote: Galicia.]

De las primeras, Galicia, aunque libre, ceñía sus operaciones a hacer

de cuando en cuando correrías hasta el Órbigo y el Esla, de donde,

según ya quedó apuntado, solían los enemigos arrojar a los nuestros,

obligándolos a replegarse a los puertos de Manzanal y Foncebadón,

y aun al Bierzo. El general Mahy continuaba mandando, como antes,

aquel ejército, cuyas fuerzas apenas llegaban a 12.000 hombres y

pocos caballos, todo no muy arreglado. Y, ¡cosa de admirar!, los

gallegos, que se habían esmerado tanto en defender sus propios hogares,

mostráronse perezosos en cooperar fuera de su suelo al triunfo de la

buena causa. Mas esto pendió mucho, aquí como en las demás partes,

de las autoridades, y no de reprensible falta en el carácter de los

habitantes. Aquellas, por lo general, eran flojas y adolecían de los

vicios de los gobiernos anteriores, careciendo de la previsión y bien

entendida energía que da la ciencia práctica del gobierno.

Las operaciones, pues, del general Mahy fueron muy limitadas. Ocuparon,

sin embargo, sus tropas por dos veces a León, e inquietaron con

frecuencia, y a veces con ventaja, a los franceses. Distinguiéronse

en semejantes reencuentros los oficiales superiores Meneses y Evia.

Diósele después a Mahy el mando de las tropas de Asturias, para que,

reuniendo este al que ya tenía, se procediese más de concierto. Al

fin, autorizósele también con la capitanía general de Galicia, y se

creyó de este modo que, poniendo en una mano la supremacía militar del

distrito y la de las fuerzas activas de ambas provincias, tomarían los

movimientos de la guerra rumbo más fijo. Mahy, en consecuencia, y para

obrar de acuerdo con la junta de Galicia y hacer que de un solo centro

partiesen las providencias convenientes, pasó a la Coruña en 2 de

septiembre, y dejó en su lugar, al frente del ejército, a Don Francisco

Taboada y Gil, que vimos en Sanabria. Colocó este general las tropas

en Manzanal y Foncebadón, con puestos destacados sobre las avenidas

de la Puebla de Sanabria por un lado, y por otro sobre Asturias, vía

de las Babias. Formose asimismo una columna volante de 2000 hombres,

al mando del coronel Mascareñas, que particularmente maniobraba hacia

León, la cual desbarató algunas tropas del enemigo en la Robla antes de

acabar octubre, y en San Feliz de Órbigo al empezar noviembre. También

el 26 de aquel mes, en Tábara, Don Manuel de Nava sorprendió a los

franceses y les hizo algunos prisioneros. Mas el único beneficio que de

tales operaciones resultó, ciñose a obligar al enemigo a que mantuviese

fuerzas bastantes en las riberas del Órbigo y del Esla.

Mahy no alcanzó nada importante con su ida a la Coruña. Habían traído

allí fusiles de Inglaterra y otros auxilios, de que no se sacó gran

fruto. Las autoridades discurrían, es cierto, mucho entre sí, y aun

ideaban planes, pero casi todos ellos o no llegaron a plantearse o se

frustraron. Hombre de sanas intenciones, escaseaba Mahy de nervio y de

aquella voluntad firme que imprime en la mente de los demás respeto y

sumisión.

[Sidenote: Asturias.]

Dejamos en abril las tropas de Asturias colocadas en la Navia y en el

país montuoso que sigue casi la misma línea. Las primeras se componían

de la división de Galicia, y las mandaba Don Juan Moscoso: las otras,

que eran las asturianas, Don Pedro de la Bárcena, a quien se había

agregado con su cuerpo franco Don Juan Díaz Porlier. Atacó Moscoso el

17 de mayo en Luarca a los franceses. Por desgracia nuestras tropas

flaquearon, y con pérdida volvieron a ocupar su primera línea. A

Bárcena, acometido al mismo tiempo, sucediole igual fracaso. Conservose

íntegro el cuerpo de Porlier, que en seguida se situó en el puente de

Salime, a la derecha de Moscoso.

Se retiró a poco este del principado, cuyo mando supremo militar

confirió la regencia de Cádiz a Don Ulises Albergotti, hombre muy

anciano e incapaz de desempeñar encargo que en aquel tiempo requería

gran diligencia. El nuevo general permaneció en Navia, y allí, en 5 de

julio, acometiéronle los franceses, penetrando por el lado de Trelles.

Estaba Albergotti desprevenido, y con el sobresalto no paró hasta Meira

en Galicia. Los enemigos extendieron sus correrías a Castropol, límite

de aquel reino y de Asturias. Dos días antes, el 3, Bárcena, que había

avanzado hacia Salas, también fue atacado y se recogió a la Pola de

Allande.

Mahy entonces, como general en jefe de todas las fuerzas de Galicia y

Asturias, quiso poner remedio a tan repetidas desgracias, hijas las

más de descuido en algunos jefes y de mala inteligencia entre ellos,

y meditó un plan para desembarazar de enemigos el principado. Envió,

pues, 600 hombres que reforzasen la división gallega, mandó que esta

partiese a Salime y comunicase con Bárcena, y además destacó del grueso

del ejército de Galicia, que estaba en el Bierzo, un trozo de 1500

hombres al cargo de D. Esteban Porlier, el cual, cruzando el puerto

de Leitariegos, debía obrar mancomunadamente con las fuerzas de

Asturias. [Sidenote: Expediciones de Porlier por la costa.] Al propio

tiempo, el otro Porlier [Don Juan Díaz] estaba destinado a llamar, con

la infantería de su cuerpo franco, la atención de los franceses del

lado de Santander, embarcándose a este propósito en Ribadeo a bordo, y

escoltado de cinco fragatas inglesas.

Semejante plan hubiera podido realizarse con buen éxito si Mahy,

usando de su autoridad, hubiera hecho que todos los jefes concurriesen

prontamente a un mismo fin. Porlier dio la vela de Ribadeo, dirigiendo

la expedición marítima el Comodoro inglés Roberto Mends. Amagaron

los aliados varios puntos de la costa y tomaron tierra en Santoña,

puerto que, bien fortificado, hubiera sido en el norte de España un

abrigo tan inexpugnable como lo eran en el mediodía las plazas de

Gibraltar y Cádiz. Tal deseo asistía a Porlier, pero su expedición,

puramente marítima, no llevaba consigo los medios necesarios para

fortificar y poner en estado de defensa un sitio cualquiera de la

marina. Desembarcó, sin embargo, en varios parajes además de Santoña,

cogió 200 prisioneros, desmanteló las baterías de la costa, alistó en

sus banderas bastantes mozos del país ocupado, y felizmente tornó a la

Coruña con la expedición el 22 de julio.

Repitió este activo e infatigable jefe otra tentativa del mismo género

el 3 de agosto, y aportó a la ensenada de Cuevas, entre Llanes y

Ribadesella. Dirigiose a Potes, deshizo en las montañas de Santander

algunas partidas enemigas, y retrocediendo a Asturias obró de consuno

con Don Salvador Escandón y otros jefes de guerrillas que lidiaban al

oriente del principado.

Bárcena, por su parte, también avanzó, y el 15 de agosto tuvo en

Linares de Cornellana un reencuentro con los franceses. Siguiéronse

otros, y parecía que pronto se vería Oviedo libre de enemigos,

favoreciendo las empresas de la tropa reglada las alarmas de varios

concejos, nombre que, como dijimos, se daba al paisanaje armado de la

provincia. Pero no fue así: cuando unos jefes avanzaban, se retiraban

otros, y nunca se llevó a cabo un plan bien concertado de campaña.

Teníase, sí, en sobresalto al enemigo, forzábaselo a conservar en

aquellas partes considerable número de gente, mas la guerra, yendo al

mismo son en el principado de Asturias que en la frontera de Galicia,

no reportó las ventajas que se hubieran sacado con mayor unión y vigor

en las autoridades y ciertos caudillos.

[Sidenote: Extremadura.]

Fue importante, si no siempre favorable en sus resultas, la asistencia

que dio Extremadura a la campaña de Portugal, pues por lo menos se

entretuvo el cuerpo del mariscal Mortier, y se impidió que, metiéndose

en el Alentejo, quitase a Lisboa los auxilios que aquel territorio

suministraba.

Dimos cuenta hasta entrado julio de las operaciones más principales

del ejército de dicha provincia de Extremadura, que se llamaba de la

izquierda. Privado este del apoyo del general Hill, había puesto Lord

Wellington en manos del general en jefe, marqués de la Romana, la plaza

de Campomayor, y enviádole a mediados de agosto una brigada portuguesa,

a las órdenes de Madden.

Aun sin tales arrimos continuaban las tropas de Extremadura

incomodando con mayor o menor ventura al enemigo. Ya al retirarse

Reynier le siguieron la huella los soldados de Don Carlos O’Donnell,

cogieron a los que se rezagaban, y el 31 de julio el jefe España se

apoderó de 100 hombres que guardaban una torre y casa fuerte sita

en la confluencia del Almonte y Tajo, cerca de donde se divisan los

famosos restos del puente romano de Alconétar, que el vulgo apellida de

Mantible, nombre célebre en algunas historias españolas de caballería.

Mas por este lado hubo la desgracia de que en Alburquerque, con la

caída de un rayo se volase, casi al mismo tiempo que en Almeida, un

almacén de pólvora, accidente que causó daños y ruinas.

La guerra que hasta aquí había hecho el ejército de Extremadura no

dejó de ser prudente y acomodada a las circunstancias y a la calidad

de sus tropas, si bien se quejaban todos de la indolencia y dejadez

del general en jefe. Y así, más bien que por premeditado plan de este,

dirigiéronse las operaciones según el valor o el buen sentido de los

generales subalternos, los cuales evitaban grandes choques, y solo

parcialmente hostigaban al enemigo y le traían en continuo movimiento.

Quiso Romana en agosto probar por sí fortuna y dar a la campaña nuevo

impulso y mayor ensanche. En consecuencia, saliendo de Badajoz el 5,

se unió a las divisiones de los generales Ballesteros y La Carrera

que se hallaban en Salvatierra, ambas a las órdenes de Don Gabriel de

Mendizábal, y juntos se adelantaron, recogiéndose atrás a Llerena los

franceses que había en Zafra. [Sidenote: Refriega en Cantaelgallo.]

Aguardaron estos en las alturas de Villagarcía, y los nuestros se

colocaron en las de Cantaelgallo, separadas de las primeras por un

valle. Los enemigos atacaron el 11, y valiéndose de diestras maniobras,

estuvieron próximos a envolver a los infantes españoles si La Carrera,

con la caballería, no los hubiera sacado de tan mal paso. Portose

asimismo con habilidad y honra la artillería. Se retiró Romana a

Almendralejo, y los franceses volvieron a Zafra.

No pasaron por entonces más adelante porque, como en aquella guerra

tenían a un tiempo que acudir a tantas partes, luego que en una

triunfaban los llamaba a otra algún suceso desagradable o inesperado.

Verificose particularmente en Extremadura este trasiego, este

continuado ir y venir, distrayendo la atención de las tropas de Mortier

ya las ocurrencias del condado de Niebla, ya las de Ronda u otros

lugares.

[Sidenote: En Fuente de Cantos.]

Después de lo que aconteció en Cantaelgallo, fueron reforzadas las

tropas españolas con los jinetes del general Butrón que ocupaban otros

sitios, y con los portugueses ya indicados, al mando de Madden. Quietos

los franceses y aun replegados de nuevo, avanzó Butrón a Monesterio,

y se colocó La Carrera, con su división de caballería y la artillería

volante, en Fuente de Cantos. Vinieron los enemigos sobre ellos el 15

de septiembre, en número de 13.000 infantes y 1800 caballos. Butrón

se incorporó a Carrera y ambos pelearon bien hasta que, oprimidos por

la superioridad enemiga, empezaron a retirarse. Los franceses tenían

oculta parte de su tropa, casi a espaldas de los nuestros, y cargando

de improviso, introdujeron desorden y se apoderaron de algunos cañones.

Mayor hubiera sido la desgracia de los españoles a no haber acudido

pronto en su favor el inglés Madden, apostado con los portugueses en

Calzadilla, quien contuvo a los jinetes franceses y aun los escarmentó.

El general Butrón también después, en Azuaga, les cogió 100 hombres.

Paráronse los nuestros en Almendralejo, y los enemigos no pasaron de

Zafra y de los Santos de Maimona.

Prosiguió de este modo la guerra sin ningún considerable empeño, y

Romana saliendo, como hemos dicho, para Lisboa, se juntó en octubre

con el ejército inglés. Determinación que tomó de propia autoridad,

y no de acuerdo con el gobierno supremo. Cierto es que no hubiera

obtenido Romana la aprobación de aquel a haberle consultado, pues claro

era que las tropas que llevó consigo hacían más falta para cubrir la

Extremadura española, y aun para impedir la entrada de los franceses

en el Alentejo, que en las líneas de Torres Vedras, abundantemente

provistas de gente y de medios de defensa. Antes de partir nombró

Romana, para que le reemplazase en el mando en jefe, a Don Gabriel de

Mendizábal, puso a Badajoz como si estuviera amagado de sitio, y mandó

que la junta y demás autoridades se trasladasen a Valencia de Alcántara.

Tenía inmediata correlación con las operaciones del ejército de

Extremadura la guerra que se hacía en el condado de Niebla, en la

serranía de Ronda y en otros lugares de la Andalucía.

[Sidenote: Expedición de Lacy a Ronda.]

Se daba desde Cádiz pábulo a semejante lucha por medio de auxilios y de

algunas expediciones marítimas. Hízose a la vela la primera de estas el

17 de junio, compuesta de 3189 hombres de buenas tropas, a las órdenes

del general Don Luis Lacy, y dirigió su rumbo a Algeciras, en donde

desembarcó. Tenía por objeto dicha empresa fomentar la insurrección

de la serranía de Ronda, adoptando un plan que constantemente

mantuviese allí la guerra. El que proponía Lacy, siguiendo en parte los

pensamientos del general Serrano Valdenebro, comandante de la sierra,

se presentaba como el más adecuado y consistía en establecer de mar a

mar, quedando Gibraltar a la espalda, una línea de puntos fortificados

que abrigasen respectivamente ambos flancos cuando se obrase ya en uno

o ya en otro de ellos. Se habilitaban también en lo interior de la

sierra varios castillejos, antiguos vestigios de los moros, colocados

los más en parajes casi inaccesibles. El ejército había de obrar no

en masa sino en trozos, reuniéndose solo en determinadas ocasiones, y

se dejaba a cargo del paisanaje guarnecer los castillos, y suplir con

reclutas las bajas del ejército en Cádiz. Mas para realizar este plan

necesitábase tiempo, y no era probable que los franceses se descuidasen

y permitiesen el que se llevara a efecto.

Lacy, luego que hubo desembarcado, se encaminó a Gaucín, desde donde

quiso acercarse a Ronda. En esta ciudad se habían los franceses

fortalecido en el antiguo castillo y formado varios atrincheramientos:

tomar uno y otro a viva fuerza no era maniobra fácil ni pronta,

principalmente conservando los enemigos en Grazalema una columna móvil.

Limitose, pues, Lacy a hacer algunos movimientos, y a contener a veces

los ímpetus del enemigo. Le ayudaban los partidarios, favorecidos del

conocimiento que tenían del terreno, siendo los de más nombre Don José

de Aguilar, Don Juan Becerra y Don José Valdivia. También los ingleses,

de acuerdo con el general español, enviaron al este de la sierra 800

hombres que sirviesen de apoyo en cualquier desmán.

Inquietos los franceses con la expedición, y persuadidos de que si se

mantenía firme en los montes de Ronda, desasosegaría continuamente las

fuerzas que sitiaban a Cádiz, y aun las de Sevilla y Málaga, diéronse

priesa a frustrar tales intentos. Y así, al paso que el general Girard

buscaba a Lacy hacia el frente, destacó el mariscal Victor tropas del

primer cuerpo por el lado de poniente, y Sebastiani otras del 4.º por

el de levante. De manera que, temeroso Don Luis Lacy de ser envuelto,

se trasladó a la fuerte posición de Casares, embarcándose después en

Estepona y Marbella. Tomó a poco tierra en Algeciras, y tornando a

San Roque se corrió otra vez a la banda de Marbella, a fin de alentar

y socorrer la guarnición de aquel castillo que, bajo el mando de Don

Rafael Cevallos Escalera, burló diversas tentativas que para ocuparle

hizo el enemigo. Don Francisco Javier Abadía, comandante de San Roque,

aunque asistido de escasa fuerza, cooperó igualmente a los movimientos

de Lacy, y llamó por Algeciras la atención de los franceses.

Pero al fin, agolpándose estos en gran número a la sierra, se reembarcó

la expedición, y regresó a Cádiz el 22 de julio. No se sacaron de ella

más ventajas que la de molestar a los enemigos y divertirlos de otras

operaciones, particularmente de las que intentaba en Extremadura,

tan conexas con las de Portugal. Poca o mala inteligencia entre las

tropas de línea y los paisanos desfavoreció la empresa. Para aquellas

había oscura gloria y mucho trabajo en la guerra de partidarios, única

que convenía en la sierra; no así para los otros, habituados a tales

peleas, y cuya ambición de fama estaba satisfecha con que se pregonasen

sus hazañas en el ejido de sus pueblos.

[Sidenote: Al Condado de Niebla.]

Ni un mes se pasó sin que el mismo Don Luis Lacy, con otra expedición,

saliese de Cádiz llevando rumbo opuesto al anterior de Ronda, esto es,

al condado de Niebla. [Sidenote: Situación de esta comarca.] En dicha

comarca proseguía el general Copons entreteniendo al enemigo, que, bajo

el mando del duque de Aremberg, hacía con una columna móvil excursiones

en el país, y le molestaba. La junta de Sevilla contribuía desde

Ayamonte al buen éxito de las operaciones de Copons, y oportunamente

formó de la isla llamada Canela, en el Guadiana, un lugar de depósito

resguardado de los ataques repentinos del enemigo. En breve aquel

terreno, antes arenoso y desierto, se convirtió en una población donde

se albergaron muchas familias, refugiándose a veces los habitantes

de aldeas enteras y villas invadidas. Construyéronse allí barracas,

almacenes, pozos, hornos, y se fabricaron en sus talleres monturas,

cartuchos y otros pertrechos de guerra. Al fin, fortificáronse también

sus avenidas, de manera que se hizo el punto casi inexpugnable.

Constaba la expedición de Lacy de unos 3000 hombres, y escoltábala

fuerza sutil, española e inglesa, al mando la primera de Don Francisco

Maurelle, y la segunda al del capitán Jorge Cockburn. Desembarcó la

gente el 23 de agosto, a dos leguas de la barra de Huelva, entre las

Torres del Oro y de la Arenilla. La fuerza sutil se metió por la ría

que forman a su embocadero las corrientes del Odiel y el Tinto, con

propósito de ayudar la evolución de tierra y atacar por agua a Moguer.

En este sitio tenían los franceses 500 infantes y 100 caballos que,

sorprendidos, se retiraron, no asistiendo mayor dicha a otros tantos

que corrieron a su socorro de San Juan del Puerto.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 20 / 35 段