8.º en San Felices y su vecindad, y se extendió la caballería por ambas
orillas del Águeda. Pasose el mes de mayo en escaramuzas y choques,
distinguiéndose varios oficiales, y sobre todos D. Julián Sánchez.
[Sidenote: Don Julián Sánchez.] Maravillose de las buenas disposiciones
y valor de este el comandante de la brigada británica Craufurd, que
desde Gallegos había pasado a Ciudad Rodrigo a conferenciar con el
gobernador. Era el 17 de mayo, y de vuelta a su campo escoltaba al
inglés Sánchez, cuando se agolpó contra ellos un grueso trozo de
enemigos. Juzgaba Craufurd prudente retroceder a la plaza, mas Don
Julián, conociendo el terreno, disuadiole de tal pensamiento, y con
impensado arrojo, acometiendo al enemigo en vez de aguardarle, le
ahuyentó, y llevó salvo a sus cuarteles al general inglés.
Intimaron el 12 de nuevo los franceses la rendición, y Herrasti, sin
leer el pliego, contestó que excusaban cansarse, pues ahora no trataría
sino a balazos.
Los enemigos, después de haber echado dos puentes de comunicación entre
ambas orillas y completado sus aprestos, avivaron los trabajos de sitio
al principiar junio.
El 6 verificaron los cercados una salida, mandada por el valiente
oficial Don Luis Minayo, que causó bastante daño a los franceses,
e hicieron hoyos en las huertas llamadas de Samaniego, en donde
se escondían sus tiradores, incomodando con sus fuegos a nuestras
avanzadas. Continuaron adelantando los franceses sus apostaderos, y a
su abrigo, en la noche del 15 al 16 de junio abrieron la trinchera que
arrancaba en el mencionado teso, y que los enemigos dilataron aunque a
costa de mucha sangre por su derecha y por el frente de la plaza. 400
hombres de las compañías de cazadores y el batallón de voluntarios de
Ávila, capitaneados por el entendido y valeroso oficial Don Antonio
Vicente Fernández, se señalaron en los muchos reencuentros que hubo
sostenidos siempre por nuestra parte con gloria.
Teniendo ya los enemigos el 22 muy adelantadas sus líneas, y de modo
que imposibilitaban el maniobrar de la caballería, resolviose que Don
Julián Sánchez saliese del recinto con sus lanceros y se uniese a Don
Martín de la Carrera. Ejecutose la operación con intrepidez, y el
denodado Sánchez, a la cabeza de los suyos, dirigiéndose a las once de la
noche por la dehesa de Martín Hernando, forzó tres líneas enemigas con
que encontró, y matando y atropellando logró gallardamente su intento.
Acometieron los sitiadores en la noche del 23 el arrabal de San
Francisco y, en especial, los conventos de Santo Domingo y Santa Clara,
pero fueron rechazados. Lo mismo practicaron en el arrabal del Puente,
si bien tuvieron igual o semejante suerte. A la verdad no fueron estos
sino simulados ataques.
Apareció como verdadero el que dieron contra el convento de Santa Cruz,
situado, según queda dicho, al noroeste de la plaza. Cercáronle en efecto
por todos lados, de noche, escalaron las tapias de su frente, y quemando
la puerta principal se metieron en la iglesia, a cuyas paredes aplicaron
camisas embreadas. Pensaron en seguida asaltar el cuerpo del edificio,
en donde se alojaba la tropa que guarnecía el puesto y que constaba
de 100 soldados, a las órdenes de los capitanes Don Ildefonso Prieto y
Don Ángel Castellanos. Los defensores repelieron diversas acometidas,
y habiendo de antemano y con maña practicado una cortadura en la
escalera de subida, al trepar por ella con esfuerzo los granaderos
franceses, quitaron los nuestros unos tablones que cubrían la trampa y
cayeron los acometedores precipitados en lo hondo, en donde perecieron
miserablemente, junto con un brioso oficial que los capitaneaba, el
sable en una mano y en la otra una hacha de viento encendida. Duró la
pelea cerca de tres horas, firmes los españoles, aunque rodeados de
enemigos y casi chamuscados con las llamas que consumían la iglesia
contigua. Recelosos los franceses con lo acaecido en la escalera, no
osaban penetrar dentro, y al fin, fatigados de tal porfía, y expuestos
también al fuego continuo de la plaza, se retiraron, dejando el terreno
bañado en sangre. Honraron a nuestras armas con su defensa las tropas
del convento de Santa Cruz: fue su acción de las más distinguidas de
este sitio.
Ocupados hasta ahora los franceses en los ataques exteriores y en sus
preparativos contra la plaza, molestados asimismo y continuamente por
los sitiados, y prevenidos a veces en sus tentativas, no habían aún
establecido sus baterías de brecha. Atrasó también las operaciones
el haberse retardado la llegada de la artillería gruesa, detenida en
su viaje a causa del tiempo que, lluviosísimo, puso intransitables los
caminos.
Por fin, listos ya los franceses, descubrieron el 25 de junio 7
baterías de brecha coronadas de 46 cañones, morteros y obuses, que
con gran furia empezaron a disparar contra la ciudad balas, bombas y
granadas. Se extendía la línea enemiga desde el teso de San Francisco
hasta el jardín de Samaniego.
Respondió la plaza con no menor braveza, acudiendo en ayuda de la tropa
el vecindario sin distinción de clase, edad ni sexo. Entre las mujeres
sobresalió una del pueblo, de nombre Lorenza, herida dos veces, y hasta
dos ciegos, guiado uno por un perro fiel que le servía de lazarillo,
se emplearon en activos y útiles trabajos, y tan joviales siempre y
risueños entre el silbar y granizar de las balas, que gritaban de
continuo en los parajes más peligrosos: «Ánimo muchachos; viva Fernando
VII, viva Ciudad Rodrigo.»
Los enemigos dirigieron el primer día sus fuegos contra la ciudad para
aterrarla, y empezaron el 26 a batir en brecha el torreón del Rey,
que del todo quedó derribado en la mañana siguiente. Hiciéronles los
españoles, por su parte, grande estrago, bien manejada su artillería,
cuyo jefe era el brigadier Don Francisco Ruiz Gómez.
El 28 intimó de nuevo el mariscal Ney la rendición a la plaza, y
habiendo ya entonces llegado al campo francés el mariscal Massena,
que antes había pasado por Madrid a visitar a José, hízose a su
nombre dicha intimación, honorífica sí, aunque amenazadora. Contestó
dignamente Herrasti diciendo, entre otras cosas: «Después de 49 años
que llevo de servicios, sé las leyes de la guerra y mis deberes
militares... Ciudad Rodrigo no se halla en estado de capitular.»
Sin embargo, imaginándose el oficial parlamentario que parte de la
confianza del gobernador pendía de la esperanza de que le socorriese
Lord Wellington, propúsole entonces de palabra despachar a los reales
ingleses un correo, por cuyo medio se cerciorase de cuál era el intento
del general aliado. Convino Herrasti, mas Ney, sin cumplir lo ofrecido
por su parlamentario, renovó el fuego y adelantó sus trabajos hasta 60
toesas de la plaza.
Descontento el mariscal Massena con el modo adoptado para el ataque,
mejorole y trazó dos ramales nuevos hacia el glacis y enfrente de
la poterna del Rey, rematándolos en la contraescarpa del foso de
la falsabraga. Desde allí socavaron sus soldados unas minas para
volar el terreno y dar proporción más acomodada al pie de la brecha.
Contuviéronlos algún tanto los nuestros, y los ingenieros, bien
dirigidos por el teniente coronel Don Nicolás Verdejo, abrieron una
zanja y practicaron otros oportunos trabajos, contrarrestando al mismo
tiempo la plaza con todo género de proyectiles los esfuerzos de los
enemigos.
En el intermedio, en vano estos habían acometido repetidas veces el
arrabal de San Francisco. Constantemente rechazados, solo le ocuparon
el 3 de julio, en que los nuestros, para reforzar los costados de la
brecha, le habían ya evacuado, excepto el convento de Santo Domingo.
El gobernador, siempre diligente, velaba por todas partes, y el 5
ideó una salida a cargo de los capitanes Don Miguel Guzmán y Don José
Robledo, cuyas resultas fueron gloriosas. Empezaron los nuestros su
acometida por el arrabal del Puente, y después, corriéndose al de San
Francisco por la derecha del convento de Santo Domingo, sorprendieron a
los enemigos, les mataron gente y destruyeron muchos de sus trabajos.
Con esto, enardecidos los españoles, cada día se empeñaban más en la
defensa. Sustentábalos también todavía la esperanza de que viniese a
su socorro el ejército inglés, no pudiendo comprender que los jefes de
este, tan numeroso y tan inmediato, dejasen a sangre fría caer en poder
de los franceses plaza que se sostenía con tan honroso denuedo. Salió
no obstante fallida su cuenta.
Las baterías enemigas crecieron grandemente, y el 8 algunas de ellas
enfilaban ya nuestras obras. La brecha abierta en la falsabraga y en
la muralla alta de la plaza ensanchose hasta 20 toesas, con lo que, y
noticioso el gobernador de que los ingleses, en vez de aproximarse, se
alejaban, resolvió el 10 capitular de acuerdo con todas las autoridades.
[Sidenote: Capitula la plaza.]
A la sazón preparábanse los enemigos a dar el asalto, y tres de sus
soldados arrojadamente se habían ya encaramado para tantear la brecha.
Enarbolada por los nuestros bandera blanca, salió de la plaza un
oficial parlamentario, quien encontrándose con el mariscal Ney, volvió
luego con encargo de este de que se presentase el gobernador en persona
para tratar de la capitulación. Condescendió en ello Herrasti, y Ney,
recibiéndole bien y elogiándole por su defensa, añadió que era excusado
extender por escrito la capitulación, pues desde luego la concedía
amplia y honorífica, quedando la guarnición prisionera de guerra.
El mariscal Ney dio su palabra en fe de que se cumpliría lo pactado, y
según la noticia que del sitio escribió el mismo Herrasti, llevose a
efecto con puntualidad. Fueron sin embargo tratados rigorosamente los
individuos de la junta, porque, encarcelados con ignominia y llevados a
pie a Salamanca, trasladáronlos después a Francia.
En este asedio quedaron de los españoles fuera de combate 1400
soldados; del pueblo, unos 100. Perdieron por lo menos 3000 los
franceses. [Sidenote: Gloriosa defensa.] Massena encomió la defensa,
pintándola como de las más porfiadas. «No hay idea [decía en su
relación] del estado a que está reducida la plaza de Ciudad Rodrigo,
todo yace por tierra y destruido, ni una sola casa ha quedado intacta.»
[Sidenote: Clamores contra los ingleses por no haber socorrido la
plaza.]
Enojó a los españoles el que el ejército inglés no socorriese la plaza.
Lord Wellington había venido allí desde el Guadiana, dispuesto y aun
como comprometido a obligar a los franceses a levantar el sitio. No
podía, en este caso, alegarse la habitual disculpa de que los españoles
no se defendían, o de que estorbaban con sus desvaríos los planes bien
meditados de sus aliados. El marqués de la Romana pasó de Badajoz al
cuartel general de Lord Wellington y unió sus ruegos a los de los
moradores y autoridades de Ciudad Rodrigo, a los del gobierno español
y aun a los de algunos ingleses. Nada bastó. Wellington, resuelto a
no moverse, permaneció en su porfía. Los franceses, aprovechándose de
la coyuntura, procuraron sembrar cizaña, y el _Monitor_ decía: «Los
clamores de los habitantes de Ciudad Rodrigo se oían en el campo de
los ingleses, seis leguas distante, pero estos se mantuvieron sordos.»
Si nosotros imitásemos el ejemplo de ciertos historiadores británicos,
abríasenos ahora ancho campo para corresponder debidamente a las
injustas recriminaciones que con largueza y pasión derraman sobre las
operaciones militares de los españoles. Pero, más imparciales que
ellos, y no tomando otra guía sino la de la verdad, asentaremos, al
contrario, prescindiendo de la vulgar opinión, que Lord Wellington
procedió entonces como prudente capitán, si para que se levantase
el sitio era necesario aventurar una batalla. Sus fuerzas no eran
superiores a las de los franceses, carecían sus soldados de la
movilidad y presteza convenientes para maniobrar al raso y fuera
de posiciones, no teniendo tampoco todavía los portugueses aquella
disciplina y costumbre de pelear que da confianza en el propio valer.
Ganar una batalla pudiera haber salvado a Ciudad Rodrigo, pero no
decidía del éxito de la guerra: perderla destruía del todo el ejército
inglés, facilitaba a los enemigos el avanzar a Lisboa, y dábase a la
causa española un terrible, ya que no un mortal, golpe. Con todo, la
voz pública atronó con sus quejas los oídos del gobierno, calificando,
por lo menos, de tibia indiferencia la conducta de los ingleses. Don
Martín de la Carrera, participando del común enfado, se separó, al
rendirse Ciudad Rodrigo, del ejército aliado y se unió al marqués de la
Romana.
[Sidenote: Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices.]
Envió en seguida el mariscal Massena algunas fuerzas que arrojasen
allende las montañas al general Mahy, que había avanzado y estrechaba
a Astorga. Retirose el español, y el general Sainte-Croix atacó en
Alcañices a Echevarría, que de intendente se había convertido en
partidario y tenido ya anteriormente reencuentros con los franceses.
Defendiose dicho Echevarría en el pueblo con tenacidad y de casa en
casa. Arrojado, en fin, perdió en su retirada bastante gente que le
acuchilló la caballería enemiga.
[Sidenote: Toman la Puebla de Sanabria.]
Por entonces quisieron también los franceses apoderarse de la Puebla
de Sanabria, que ocupaba con alguna tropa Don Francisco Taboada y Gil.
Aquella villa, solo rodeada de muros de corto espesor y guarecida de
un castillo poco fuerte, ya vimos como la entraron sin tropiezo los
franceses al retirarse de Galicia, habiéndola después evacuado. Su
conquista no les fue ahora más difícil. Taboada la desamparó, de acuerdo
con el general Silveira, que mandaba en Braganza. Enseñoreose por tanto
de ella el general Serras, y creyendo ya segura su posesión, se retiró
con la mayor parte de su gente y solo dejó dentro una corta guarnición.
[Sidenote: La pierden.]
Enterados de su ausencia los generales portugués y español, revolvieron
sobre la Puebla de Sanabria el 3 de agosto, y después de algunas
refriegas y acometidas, la recuperaron en la noche del 9 al 10. Cayó
prisionera la guarnición, compuesta de suizos, a los que se les
prometió embarcarlos en la Coruña bajo condición de que no volverían a
tomar las armas contra los aliados.
[Sidenote: La ocupan de nuevo.]
En breve tornó, y de priesa, en auxilio de la plaza el general Serras,
con 6000 hombres. A su llegada estaba ya rendida, pero Taboada y
Silveira juzgaron prudente abandonarla, no teniendo bastantes fuerzas
para resistir a las superiores de los enemigos. Lleváronse los
prisioneros, y Serras de nuevo se posesionó de la villa y su castillo,
cuya anterior toma, con la pérdida de los suizos, le costaba más de lo
que militarmente valía.
[Sidenote: Campaña de Portugal.]
Comenzó, entre tanto, el mariscal Massena la invasión de Portugal.
Pasaremos a hablar, aunque con rapidez, de acontecimiento de tanta
importancia, refiriendo antes los preparativos y medios de defensa que
allí había, como también la situación de aquel reino.
[Sidenote: Estado de este reino y de su gobierno.]
Después de la evacuación que en el año pasado de 1809 efectuó el
mariscal Soult de las provincias septentrionales de Portugal, puede
aseverarse que ni esta nación ni su ejército habían tomado parte
activa o directa en la lucha peninsular. Achacaron algunos la culpa a
la flojedad del gobierno de Lisboa, y muchos al influjo que ejercía
la Inglaterra, cuyo gabinete acabó por ser árbitro de la suerte de
aquel país, no conviniendo a la política británica, según se creía,
el que se estableciese íntima unión entre Portugal y España. Hubo de
los gobernadores del reino [nombre que se daba a los individuos de la
regencia portuguesa] quien se disgustó de tal predominio, y así se
verificaron por este tiempo mudanzas en las personas que componían
aquella corporación. El marqués de las Minas se retiró, y se agregaron
a los que quedaban otros gobernadores, de los que fue el más notable
y principal Sousa, hermano de los embajadores portugueses residentes
en el Brasil y en Londres. Poco después, en septiembre, entró también
en la regencia Sir Carlos Stuart, a la sazón embajador de Inglaterra
en Lisboa. Del ejército, además del mando inmediato dado a Beresford,
disponía en jefe, como mariscal general de Portugal, Lord Wellington,
independiente del gobierno y absoluto en todo lo relativo a la
fuerza combinada anglo-portuguesa, de cualquiera clase que fuese.
Igualmente se confirió la dirección suprema de la marina al almirante
inglés Berkeley. En fin, el gabinete del Brasil, o por mejor decir,
las circunstancias, arreglaron de modo la administración pública de
Portugal que, conforme a la expresión de un historiador inglés, en esta
parte nada sospechoso, aquel reino [*] [Sidenote: (* Ap. n. 12-1.)]
«fue reducido a la condición de un estado feudatario.»
Por lo mismo, no con mayor resignación que el marqués de las Minas,
se sometían algunos de los otros gobernadores del reino, aun de los
nuevos, a la intervención extraña. Las reyertas eran frecuentes y
vivas, echando los ingleses en cara al gobierno de Lisboa que, en
vez de remover obstáculos, los aumentaba, entorpeciendo la ejecución
de medidas las más cumplideras. Pero tales quejas partían a veces
de apasionada irreflexión, pues si bien ciertas resoluciones de los
comandantes británicos solían ser eficaces para el éxito final de
la buena causa, producían por el momento incalculables males, poco
sentidos por extranjeros que solo miraban los campos lusitanos como
teatro de guerra, y desoían los clamores de un país que no era su
patria.
Lord Wellington, para hacer frente a tantas dificultades, y no abrumado
con la grave carga que pesaba sobre sus hombros, desplegó asombrosa
firmeza y se mostró invariable en sus determinaciones. Ministrole
gran sostenimiento la suprema autoridad de que estaba proveído, y los
socorros y dinero que la Inglaterra profusamente derramaba en Portugal.
[Sidenote: Plan de Lord Wellington.]
De antemano había Lord Wellington meditado un plan de defensa y
elevádole al conocimiento del gobierno británico, después de examinar
detenidamente los medios económicos y militares que para ello
deberían emplearse. Extendió su dictamen en un oficio dirigido a Lord
Liverpool, obra maestra de previsión y maduro juicio. El gabinete
inglés, descorazonado con la paz de Austria y el desastrado remate
de la expedición de Walcheren, había vacilado en si continuaría o no
protegiendo con esfuerzo la causa peninsular. Pero arrastrado de las
razones de Wellington, apoyadas con elocuencia y saber por su hermano
el marqués de Wellesley, miembro ahora de dicho gabinete, accedió
al fin a las propuestas del general británico. Según ellas, debiendo
aumentarse el ejército anglo-portugués, tenían que ser mayores los
gastos y concederse nuevos subsidios al gobierno de Lisboa.
[Sidenote: Fuerza que mandaba.]
Aprobado, pues, en Londres el plan de Wellington, en breve contó
este con una fuerza armada bastante numerosa. Había en la península,
no incluyendo los de Gibraltar, cerca de 40.000 ingleses, y dejando
aparte los enfermos y los cuerpos que contribuían a guarnecer a Cádiz,
quedábanle por lo menos al general británico de 26 a 27.000 hombres de
su nación. Dividíase la gente portuguesa en reglada, de milicias y en
ordenanzas, las últimas mal pertrechadas y compuestas de paisanaje.
Los estados que de toda la fuerza se formaron tuviéronse por muy
exagerados, y según un cómputo prudente no pasaba la milicia arriba
de 26.000 hombres, y el ejército de 30.000. No es fácil enumerar con
puntualidad la fuerza real de las ordenanzas. Por manera que casi al
comenzarse la campaña hallábanse ya bajo el mando de Lord Wellington
unos 80.000 hombres bien mantenidos, armados y dispuestos, con los que,
apoyados por las ordenanzas, o sea la población, debía defenderse el
reino de Portugal.
[Sidenote: Subsidios que da Inglaterra.]
El subsidio con que a este acudía la gran Bretaña llegó a ascender
por año a cerca de 1.000.000 de libras esterlinas. Rayaba el costo del
ejército puramente británico en la suma de 1.800.000 libras de la misma
moneda, 500.000 más de las que hubiera consumido en su propio país.
Encareciose sobre manera el enganche de soldados, no permitiendo las
leyes inglesas en el reemplazo de las tropas de tierra conscripciones
forzadas. Se pagaban once guineas de premio por cada hombre que pasase
de la milicia a la línea, y diez por los que se alistasen en la primera.
[Sidenote: Posición de Wellington. Devastación del país.]
Lord Wellington, colocado ya en el valle del Mondego, o ya avanzando
hacia la frontera de España, estaba como en el centro de la defensa,
formando las alas la milicia y ordenanzas portuguesas. Todo el
territorio hasta cerca de Coimbra, por donde se pensaba había de invadir
Massena, fue destruido. Arruináronse los molinos, rompiéronse los
puentes, quitáronse las barcas, devastáronse los campos, y obligando
a los habitantes a que levantasen sus casas y llevasen sus haberes,
se ordenó que la población entera, del modo que pudiese, hostigase al
enemigo por los costados y espalda y le cortase los víveres, mientras
que el ejército aliado por su frente le traía a estancias en que fuese
probable batallar con ventaja.
[Sidenote: Líneas de Torres Vedras.]
De aquellas se contaban a retaguardia de los anglo-portugueses varias
que eran muy favorables, sobrepujando a todas las que se conocieron
después con el nombre de líneas de Torres Vedras. Fortaleciéronse
estas cuidadosamente, proviniendo la primera idea de mantenerlas y
asegurarlas de planos que de todos sus puestos mandó levantar en
1799 el general Sir Carlos Stuart [padre del Stuart por este tiempo
embajador en Lisboa], trabajo que ya entonces se hizo con el objeto
de cubrir la capital de Portugal de una invasión francesa. Wellington,
desde muy temprano, concibió el designio de realizar pensamiento tan
provechoso.
Dos fueron las principales líneas que se fortificaron. Partía la
primera de Alhandra, orillas del Tajo, y corría por espacio de siete
leguas, siguiendo la conformación sinuosa de las montañas hasta el
mar y embocadero del Sizandro, no lejos de Torres Vedras. La segunda
que era la más fuerte y que distaba de la primera de dos a tres
leguas, según la irregularidad del terreno, arrancaba en Quintela, y
dilatándose cosa de seis leguas remataba en el paraje en donde desagua
el río llamado San Lorenzo. Había además, pasado Lisboa, al desembocar
del Tajo, otra tercera línea, en cuyo recinto quedaba encerrado el
castillo de San Julián, no teniendo la última más objeto que el de
favorecer, en caso de necesidad, el embarco de los ingleses. Contábanse
en tan formidables líneas 150 fuertes y unos 600 cañones. Se habían
construido las obras bajo la dirección del teniente coronel de
ingenieros Fletcher, a quien auxilió el capitán Chapman.
[Sidenote: Dicho de Wellington a Álava.]
Puso Lord Wellington particular ahínco en que se fortificasen estas
líneas cumplida y prontamente, pues como decía al digno oficial Don
Miguel de Álava, comisionado por el gobierno español cerca de su
persona, «no ha podido cabernos mayor fortuna que el haber asegurado
el punto en la Isla gaditana y este de Torres Vedras, inexpugnables
ambos, y en los que, estrellándose los esfuerzos del enemigo, daremos
lugar a otros acontecimientos, y nos prepararemos con nuevos bríos a
ulteriores y más brillantes empresas.»
[Sidenote: Preparativos y fuerza de los franceses.]
Los franceses, por su parte, habían preparado grandes fuerzas, para que
no se les malograse la expedición de Portugal. El mariscal Massena no
solo tenía a su disposición los tres cuerpos indicados y la caballería
de Montbrun, sino que, comprendiéndose igualmente en su mando las
provincias de Castilla la Vieja y las Vascongadas, el reino de León y
Asturias, de su arbitrio pendía sacar de allí las fuerzas que hubiese
disponibles. Además, se alojaba entre Zamora y Benavente, a las órdenes
del general Serras, una columna móvil de 8000 hombres que amenazaba a
Tras-os-Montes, y en agosto entró en España un 9.º cuerpo de ejército
de 20.000 hombres, formado en Bayona y regido por el general Drouet;
a mayor abundamiento, en la misma ciudad se juntaba otro, al cargo del
general Caffarelli. No eran inútiles semejantes precauciones si querían
los enemigos conservar firme su base y evitar el que se interrumpiesen
las comunicaciones por las partidas españolas.