Molestaba la pertinaz resistencia de los españoles al mariscal Soult en

tanto grado que con nombre de reglamento dio el 9 de mayo un decreto

ajeno de naciones cultas. En su contexto notábase, entre otras bárbaras

disposiciones, una que se aventajaba a todas concebida en estos

términos: «No hay ningún ejército español, fuera del de S. M. C. Don

José Napoleón; así, todas las partidas que existan en las provincias,

cualquiera que sea su número, y sea quien fuere su comandante, serán

tratadas como reuniones de bandidos... Todos los individuos de estas

compañías que se cogieren con las armas en la mano, serán al punto

juzgados por el preboste y fusilados; sus cadáveres quedarán expuestos

en los caminos públicos.»

Así quería tratar el mariscal Soult a generales y oficiales, así a

soldados, cuyos pechos quizá estaban cubiertos de honrosas cicatrices,

así a los que vencieron en Bailén y Tamames, confundiéndolos con

forajidos. La regencia del reino tardó algún tiempo en darse por

entendida de tan feroz decreto con la esperanza de que nunca se

llevaría a efecto. [Sidenote: Otro en respuesta de la regencia de

España.] Pero, víctimas de él algunos españoles, publicó al fin en

contraposición otro en 15 de agosto, expresando que por cada español

que así pereciese, se ahorcarían tres franceses; y que «mientras

el duque de Dalmacia no reformase su sanguinario decreto... sería

considerado personalmente como indigno de la protección del derecho

de gentes, y tratado como un bandido si cayese en poder de las tropas

españolas.» Dolorosa y terrible represalia, pero que contuvo al

mariscal Soult en su desacordado enojo.

[Sidenote: Decreto de Napoleón sobre gobiernos militares.]

Entibiaban tales providencias las voluntades aun de los más afectos

al gobierno intruso, coadyuvando también a ello en gran manera los

yerros que Napoleón prosiguió cometiendo en su aciaga empresa contra

la península. De los mayores, por aquel tiempo, fue un decreto que

dio en 8 de febrero,[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-5.)] según el cual

se establecían en varias provincias de España gobiernos militares.

Encubríase el verdadero intento so capa de que, careciendo de energía

la administración de José, era preciso emplear un medio directo

para sacar los recursos del país, y evitar así la ruina del erario

de Francia, exhausto con las enormes sumas que costaba el ejército

de España. Todos, empero, columbraron en semejante resolución el

pensamiento de incorporar al imperio francés las provincias de la

orilla izquierda del Ebro, y aun otras si las circunstancias lo

permitiesen.

El tenor mismo del decreto lo daba casi a entender. Cataluña, Aragón,

Navarra y Vizcaya se ponían bajo el gobierno de los generales

franceses, los cuales, entendiéndose solo para las operaciones

militares con el estado mayor del ejército de España, debían «en cuanto

a la administración interior y policía, rentas, justicia, nombramiento

de empleados y todo género de reglamentos, entenderse con el emperador

por medio del príncipe de Neufchatel, mayor general.» Igualmente los

productos y rentas ordinarias y extraordinarias de todas las provincias

de Castilla la Vieja, reino de León y Asturias, se destinaban a la

manutención y sueldos de las tropas francesas, previniéndose que con

sus entradas hubiera bastante para cubrir dichas atenciones.

[Sidenote: Une a su imperio los Estados Pontificios y la Holanda.]

Ya que tales providencias no hubiesen por sí mostrado a las claras

el objeto de Napoleón, los procedimientos de este a la propia sazón

respecto de otras naciones de Europa, probaban con evidencia que

su ambición no conocía límites. Los estados del papa, en virtud de

un senado-consulto, se unieron a la Francia, declarando a Roma

segunda ciudad del imperio, y dando el título de rey suyo al que

fuese heredero imperial. Debían además los emperadores franceses

coronarse en adelante en la iglesia de San Pedro, después de haberlo

sido en la de _Notre Dame_ de París. El senado-consulto, ostentoso

en sus términos, anunciaba el renacimiento del imperio de occidente,

y decía: «mil años después de Carlomagno se acuñará una medalla con

la inscripción _Renovatio imperii_.» Agregose también a la Francia

en este año la Holanda, aunque regida por un hermano de Napoleón, y

ocupó su territorio un ejército francés, imaginando el emperador, en

su desvarío, pues no merece otro nombre, que países tan diversos en

idioma y costumbres, tan distantes unos de otros, y cuya voluntad no

era consultada para tan monstruosa asociación, pudieran largo tiempo

permanecer unidos a un imperio cimentado solo en la vida de un hombre.

En España, muy en breve se empezaron a sentir las consecuencias del

establecimiento de los gobiernos militares. Procuró ocultar aquella

medida, en tanto que pudo, el gabinete de José, conociendo su mal

influjo. Los generales franceses, aun en las provincias no comprendidas

en el decreto, «dispusieron luego a su arbitrio [*] [Sidenote: (* Ap.

n. 11-6.)] [como afirman Azanza y Ofarrill], o sin otra dependencia

directa que la del emperador, de todos los recursos del país. Por

consecuencia de esto, las facultades del rey José [añaden los mismos]

fueron disminuyendo hasta quedarse en una mera sombra de autoridad.»

[Sidenote: Inútil embajada a París de Azanza.]

Sumamente incomodó a José la inoportuna y arbitraria resolución de

su hermano, concebida en menoscabo de su poder y aun en desprecio de

su persona. Trastornáronse también los ánimos de los españoles, sus

adherentes, quienes además de ver en tal desacuerdo la prolongación de

la guerra, dolíanse de que España pudiese como nación desaparecer de

la lista de las de Europa. Porque entre los de este bando, no obstante

sus compromisos, conservaban muchos el noble deseo de que su patria se

mantuviese intacta y floreciente.

Menester pues era que por parte de ellos se pusiese gran conato en que

el emperador revocase su decreto. Creyeron así oportuno enviar a París

una persona escogida y de toda confianza, y nadie les pareció más al

caso que Don Miguel José de Azanza, conocido de Napoleón ya en Bayona,

y ministro de genio suave y de índole conciliadora.[*] [Sidenote: (*

Ap. n. 11-7.)] Hemos leído la correspondencia que con este motivo

siguió Azanza; y nada mejor que ella prueba el desdén y desprecio con

que trataba al de Madrid el gabinete de Francia.

En principios de mayo llegó a París como embajador extraordinario

el mencionado Don Miguel. Tardó en presentar sus credenciales, y a

mediados de junio de vuelta ya Napoleón desde 1.º del mes de un viaje

a la Bélgica, no había aún tenido el ministro español ocasión de ver

al emperador más que una vez cuando le presentaron. Pasados algunos

días mirábase Azanza como muy dichoso solo porque _ya le hablaban_

[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-8.)] [son sus palabras]. Satisfacción

poco duradera y de ninguna resulta. Prolongó su estancia en París

hasta octubre, y nada logró, como tampoco el marqués de Almenara que

de Madrid corrió en su auxilio por el mes de agosto. Hubo momentos en

que ambos vivieron muy esperanzados; hubo otros en que por lo menos

creyeron que se daría a España en trueque de las provincias del Ebro

el reino de Portugal: ilusiones que al fin se desvanecieron diciendo

Azanza al rey José en uno de sus últimos oficios [24 de septiembre]:[*]

[Sidenote: (* Ap. n. 11-9.)] «El duque de Cadore [Champagny], en una

conferencia que tuvimos el miércoles, nos dijo expresamente que el

emperador exigía la cesión de las provincias de más acá del Ebro por

indemnización de lo que la Francia ha gastado y gastará en gente y

dinero para la conquista de España. No se trata de darnos a Portugal en

compensación. El emperador no se contenta con retener las provincias de

más acá del Ebro, quiere que le sean cedidas.»

Fuéronse, por lo mismo, estas organizando a la manera de Francia

en cuanto permitían las vicisitudes de la guerra, y cierto que la

providencia de su incorporación al imperio se hubiera mantenido

inalterable si las armas no hubieran trastrocado los designios de

Napoleón. Suerte aquella fácil de prever después de los acontecimientos

de Bayona en 1808, según los cuales, y atendiendo a la ambición y

poderío del emperador de los franceses, necesariamente el gobierno

de José, privado de voluntad propia, tenía que sujetarse a fatal

servidumbre de nación extraña.

[Sidenote: Tentativa para libertar al rey Fernando. (* Ap. n. 11-10.)]

En una de las primeras cartas de la citada correspondencia [*] de Don

Miguel de Azanza, háblase de un suceso que por entonces hizo gran ruido

en Francia, y cuyo relato también es de nuestra incumbencia. Fue pues

una tentativa hecha en vano para que pudiese el rey Fernando escaparse

de Valençay. Habíanse propuesto varios de estos planes al gobierno

español, los cuales no adoptó este por inasequibles, o por lo menos no

tuvieron resulta. En la actual ocasión, tomó origen semejante proyecto

en el gabinete británico, siendo móvil y principal actor el barón de

Kolly, empleado ya antes en otras comisiones secretas. Muchos han

tenido a este por irlandés, y así lo declaró él mismo; pero el general

Savary, bien enterado de tales negocios, nos ha asegurado que era

francés y de la Borgoña.

[Sidenote: Barón de Kolly.]

Kolly pasó a Inglaterra para ponerse de acuerdo con aquel ministerio,

del que era individuo el marqués de Wellesley, después de su vuelta de

España. Diéronsele a Kolly los medios necesarios para el logro de su

empresa y papeles que acreditasen su persona y comprobasen la veracidad

de sus asertos. Desembarcó en la bahía de Quiberon, acercándose también

a la costa una escuadrilla inglesa destinada a tomar a su bordo a

Fernando. En seguida partió Kolly a París para dar comienzo a la

ejecución de su plan, de difícil éxito, ya por la extrema vigilancia

del gobierno francés, ya por el poco ánimo que para evadirse tenían el

rey y los infantes.

[Sidenote: Vida de los príncipes en Valençay.]

No hemos hablado de aquellos príncipes después de su confinamiento

en Valençay. Su estancia no había hasta ahora ofrecido hecho alguno

notable. Apenas en su vida diaria se habían desviado de la monótona y

triste que llevaban en la corte de España. Divertíanse a veces en obras

de manos, particularmente el infante Don Antonio, muy aficionado a las

de torno, y de cuando en cuando la princesa de Talleyrand los distraía

con saraos u otros entretenimientos. No les agradaba mucho la lectura y

como en la biblioteca del palacio se veían libros que, en el concepto

del citado infante, eran peligrosos, permanecía este continuamente en

acecho para impedir que sus sobrinos entrasen en aposentos henchidos a

su entender de oculta ponzoña. Así nos lo ha contado el mismo príncipe

de Talleyrand. Salían poco del circuito del palacio y las más veces

en coche, llegando a punto la desconfianza de la policía francesa que,

con tretas indignas de todo gobierno, casi siempre les estorbaba el

ejercicio de a caballo.

La familia que los acompañó en su destierro antes de cumplirse el

año fue separada de su lado, y confinados algunos de sus individuos

a varias ciudades de Francia, entre ellos el duque de San Carlos y

Escóiquiz. Quedó solo Don Juan Amézaga, pariente del último, hombre

con apariencias de honrado, de ocultos manejos, y harto villano para

hacerse confidente y espía de la policía francesa.

[Sidenote: Préndese a Kolly.]

En tal situación y con tantas trabas, dificultoso era acercarse a los

príncipes sin ser descubierto, y más que todo llevar a feliz término el

proyecto mencionado. Ni tanto se necesitó para que se malograse. Kolly,

a pocos días de llegar a París, fue preso, habiendo sido vendido por

un pseudo-realista, y por un tal Richard, de quien se había fiado.

Metiéronle en Vincennes el 24 de marzo, y no tardó en tener un coloquio

con Fouché, ministro de la policía general. Admirábase este de que

hombres de buen seso hubiesen emprendido semejante tentativa, imposible

[decía] de realizarse, no solo por las dificultades que en sí misma

ofrecía, sino también porque Fernando no hubiera consentido en su fuga.

[Sidenote: Insidiosa conducta de la policía francesa.]

Sin embargo, aunque estuviese de ello bien persuadida la policía

francesa, quisieron sus empleados asegurarse aún más, ya fuera para

sondear el ánimo de los príncipes, o ya quizá para tener motivo de

tomar con sus personas alguna medida rigurosa. En consecuencia, se

propuso a Kolly el ir a Valençay y hablar a Fernando de su proyecto,

dorando la policía lo infame de tal comisión con el pretexto de que

así se desengañaría Kolly, y vería cuál era la verdadera voluntad del

príncipe. Prometiósele en recompensa la vida y asegurar la suerte de

sus hijos. Desechó honradamente Kolly propuesta tan insidiosa e inicua,

y de resultas volviéronle a Vincennes donde continuó encerrado hasta la

caída de Napoleón, siendo de admirar no pasase más allá su castigo.

La policía, no obstante la repulsa del barón, no desistió de su

intento, y queriendo probar fortuna, envió a Valençay al bellaco de

Richard, haciéndole pasar por el mismo Kolly. Abocose primero en 6 de

abril con Amézaga el disfrazado espía; mas los príncipes, rehusando dar

oídos a la proposición, denunciaron a Richard, como emisario inglés,

al gobernador de Valençay Mr. Berthemy, ora porque en realidad no se

atrevieran a arrostrar los peligros de la huida, ora más bien porque

sospecharan ser Richard un echadizo de la policía. Terminose aquí

este negocio, en el que no se sabe si fue más de maravillar la osadía

de Kolly, o la confianza del gobierno inglés en que saliera bien una

empresa rodeada de tantas dificultades y escollos.

[Sidenote: Cartas de Fernando.]

Publicose en el _Monitor_, con la mira sin duda de desacreditar a

Fernando, una relación del hecho acompañada de documentos, y antes en

el mismo año se habían ya publicado otros, de que insertamos parte en

un apéndice de los libros anteriores. Entre aquellos de que aún no

hemos hablado, pareció notable una carta [Sidenote: (* Ap. n. 11-11.)]

que Fernando había escrito a Napoleón en 6 de agosto de 1809,[*]

felicitándole por sus victorias. Notable también fue otra de 4 de

abril de 1810,[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-12.)] del mismo príncipe a

Mr. Berthemy, en que decía: «lo que ahora ocupa mi atención es para

mí un objeto del mayor interés. Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo

de S. M. el emperador, nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta

adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por

mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y

entera obediencia a sus intenciones y deseos.» No se esparcían mucho

por España estos papeles, y aun los que los leían considerábanlos como

pérfido invento de Napoleón. A no ser así, ¡qué terrible contraste

no hubiera resaltado entre la conducta del rey, y el heroísmo de la

nación!

RESUMEN

DEL

LIBRO DUODÉCIMO.

_Ejército francés que se destina a Portugal. Mariscal Massena, general

en jefe. — Sitio de Ciudad Rodrigo. — Herrasti, su gobernador. —

Situación de Wellington. — Don Julián Sánchez. — Capitula la plaza. —

Gloriosa defensa. — Clamores contra los ingleses por no haber socorrido

la plaza. — Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices. —

Toman la Puebla de Sanabria. — La pierden. — La ocupan de nuevo. —

Campaña de Portugal. — Estado de este reino y de su gobierno. — Plan de

Lord Wellington. — Fuerza que mandaba. — Subsidios que da Inglaterra.

— Posición de Wellington. Devastación del país. — Líneas de Torres

Vedras. — Dicho de Wellington a Álava. — Preparativos y fuerza de

los franceses. — Escaramuzas. Fuerte de la Concepción. — Combate

del Coa. — Sitio de Almeida. — Vuélase. — Capitula. — Proscripciones

y prisiones en Lisboa. — Temores de los ingleses. — Repliégase

Wellington. — Dificultades que tiene Massena. — Aguíjale Napoleón.

— Empieza Massena la invasión. — Posición de Wellington y medidas

que toma. — Descripción del valle de Mondego. — Distribución de los

cuerpos de Massena. — Muévese sobre Celórico y Viseo. — Entran sus

avanzadas en Viseo. — Continúa Wellington su retirada. — Ataca Trant

la artillería y equipajes franceses. — Detiénese Wellington en Buçaco.

— Acción de Buçaco. — Cruza Massena la sierra de Caramula. — Los

franceses en Coimbra. — Condeixa. — Desórdenes en el ejército inglés.

— Sorprende Trant a los franceses de Coimbra. — Alcoentre. — Alenquer.

— Los ingleses en las líneas. — Massena no las ataca. — Formidable

fuerza y posición de Wellington. — Únesele con dos divisiones Romana.

— Moléstase también al enemigo fuera de las líneas. — Don Carlos de

España. — Situación crítica de los franceses. — Galicia. — Asturias.

— Expediciones de Porlier por la costa. — Extremadura. — Refriega en

Cantaelgallo. — En Fuente de Cantos. — Expedición de Lacy a Ronda. — Al

condado de Niebla. — Situación de esta comarca. — Operaciones en Cádiz.

— Fuerza sutil de los enemigos. — Fuerzas de los aliados en Cádiz y la

Isla. — Blake en Murcia. — Sebastiani se dirige a Murcia. — Medidas

que toma Blake. — Se retira Sebastiani. — Insurrecciones en el reino

de Granada. — Expedición contra Fuengirola y Málaga. — Avanza Blake a

Granada. — Acción de Baza, 3 de noviembre. — Provincias de Levante. —

Valencia. — Choques en Morella y Albocácer. — Avanza Caro y se retira.

— Caro huye de Valencia. — Le sucede Bassecourt. — Cataluña. — Su

congreso. — O’Donnell. — Macdonald. — Convoyes que lleva a Barcelona. —

Ejército español de Cataluña. — Intenta Suchet sitiar a Tortosa. — Sus

disposiciones. — Salidas de la plaza y combates parciales. — Adelanta

Macdonald a Tarragona. — Se retira. — Dificultades con que tropieza. —

Avístase en Lérida con Suchet. — Macdonald incomodado siempre por los

españoles. — Sorpresa gloriosa de La Bisbal. — Y de varios puntos de

la costa. — Guerra en el Ampurdán. — Eroles manda allí. — Campoverde

en Cardona. — Otro convoy para Barcelona. — No adelantan los enemigos

en el sitio de Tortosa. — Convoyes que van allí de Mequinenza. — Los

atacan los españoles. — Carvajal en Aragón. — Villacampa infatigable

en guerrear. — Andorra. — Las Cuevas. — Alventosa. — Combate de la

Fuensanta. — Nuevos convoyes para Tortosa. — Combates parciales. —

Los españoles desalojados de Falset. — Movimiento de Bassecourt. —

Acción de Ulldecona. — Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a

Tortosa. — Formaliza el sitio Suchet. — Deja O’Donnell el mando. —

Partidas en lo interior de España. — En Andalucía. — En Castilla la

Nueva. — En Castilla la Vieja. — Santander y provincias Vascongadas.

— Expedición de Renovales a la costa Cantábrica. — Navarra. Espoz y

Mina. — Cortes. — Remisa la regencia en convocarlas. — Clamor general

por ellas. — Las piden diputados de las juntas de provincia. — Decreto

de convocación. — Júbilo general en la nación. — Dudas de la regencia

sobre convocar una segunda cámara. — Costumbre antigua. — Opinión común

en la nación. — Consulta la regencia al consejo reunido. — Respuesta

de este. — Voto particular. — Consulta del consejo de estado. — No se

convoca segunda cámara. — Modo de elección. — El antiguo de España. —

Poderes que se dan a los diputados. — Llámanse a las cortes diputados

de las provincias de América y Asia. — Elección de suplentes. — Opinión

sobre esto en Cádiz. — Parte que toma la mocedad. — Enojo de los

enemigos de reformas. — Número que acude a las elecciones. — Temores

de la regencia. — Restablece todos los consejos. — Quiere el consejo

real intervenir en las cortes. — No lo consigue. — Señálase el 24 de

septiembre para la instalación de cortes. — Comisión de poderes. —

Congojosa esperanza de los ánimos._

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO DUODÉCIMO.

[Sidenote: Ejército francés que se destina a Portugal: mariscal Massena

general en jefe.]

Proseguían los franceses en su intento de invadir el reino de Portugal

y de arrojar de allí al ejército inglés, operación no menos importante

que la de apoderarse de las Andalucías, y de más dificultosa ejecución,

teniendo que lidiar con tropas bien disciplinadas, abundantemente

provistas y amparadas de obstáculos que a porfía les prestaban la

naturaleza y el arte. Destinaron los franceses para su empresa los

cuerpos 6.º y 8.º, ya en Castilla, y el 2.º, que luego se les juntó

yendo de Extremadura. Formaban los tres un total de 66.000 infantes y

unos 6000 caballos. Nombrose para el mando en jefe al duque de Rívoli,

el célebre mariscal Massena.

Antes de pisar el territorio portugués, forzoso les era a los franceses

no solo asegurar algún tanto su derecha, como ya lo habían practicado

metiéndose en Asturias y ocupando a Astorga, sino también enseñorearse

de las plazas colocadas por su frente. [Sidenote: Sitio de Ciudad

Rodrigo.] Ofrecíase la primera a su encuentro Ciudad Rodrigo, la cual,

después de varios reconocimientos anteriores y de haber hecho a su

gobernador inútiles intimaciones, embistieron de firme en los últimos

días del mes de abril.

A la derecha del Águeda y en paraje elevado, apenas se puede contar

a Ciudad Rodrigo entre las plazas de tercer orden. Circuida de un

muro alto antiguo y de una falsabraga, domínala al norte, y distante

unas 290 toesas, el teso llamado de San Francisco, habiendo entre

este y la ciudad otro más bajo con nombre del Calvario. Cuéntanse dos

arrabales, el del Puente, al otro lado del río, y el de San Francisco,

bastante extenso, y el cual, colocado al nordeste, fue protegido con

atrincheramientos; se fortalecieron, además, en su derredor varios

edificios y conventos como el de Santo Domingo, y también el que se

apellida de San Francisco. Otro tanto se practicó en el de Santa Cruz,

situado al noroeste de la ciudad, y por la parte del río se levantaron

estacadas y se abrieron cortaduras y pozos de lobo. Despejáronse los

aproches de la plaza y se construyeron algunas otras obras. Se carecía

de almacenes y de edificios a prueba de bomba, por lo que hubo de

cargarse la bóveda de la torre de la catedral y depositar allí y en

varias bodegas la pólvora, como sitios más resguardados. La población

constaba entonces de unos 5000 habitantes, y ascendía la guarnición

a 5498 hombres, incluso el cuerpo de urbanos. Se metió también en la

plaza, con 240 jinetes, Don Julián Sánchez, e hizo el servicio de

salidas. [Sidenote: Herrasti, su gobernador.] Era gobernador Don Andrés

Pérez de Herrasti, militar antiguo, de venerable aspecto, honrado y de

gran bizarría, natural de Granada, como Álvarez el de Gerona, y que

así como él, había comenzado la carrera de las armas en el cuerpo de

Guardias españolas.

[Sidenote: Situación de Wellington.]

Confiaban también los defensores de Ciudad Rodrigo en el apoyo que

les daría Lord Wellington, cuyo cuartel general estaba en Viseo y se

adelantó después a Celórico. Su vanguardia, a las órdenes del general

Craufurd, se alojaba entre el Águeda y el Coa, y el 19 de marzo,

en Barba del Puerco, hubo, entre cuatro compañías suyas y unos 600

franceses que cruzaron el puente de San Felices, un reñido choque, en

el que, si bien sorprendidos al principio los aliados, obligaron, no

obstante, en seguida a los enemigos a replegarse a sus puestos. Uniose

en mayo a la vanguardia inglesa la división española de Don Martín de

la Carrera, apostada antes hacia San Martín de Trevejo.

Viniendo sobre Ciudad Rodrigo, apareciéronse los franceses el 25 de

abril vía de Valdecarros, y establecieron sus estancias desde el cerro

de Matahijos hasta la Casablanca. Descubriéronse igualmente gruesas

partidas por el camino de Zamarra, y continuando en acudir hasta junio

tropas de todos lados, llegáronse a juntar más de 50.000 hombres, que

se componían de los ya nombrados 6.º y 8.º cuerpos y de una reserva

de caballería, que guiaban el mariscal Ney y los generales Junot y

Montbrun. El primero había vuelto de Francia y tomado el mando de su

cuerpo, con la esperanza de ser el jefe de la expedición de Portugal.

Por demás hubiera sido emplear tal enjambre de aguerridos soldados

contra la sola y débil plaza de Ciudad Rodrigo, si no hubiera estado

cerca el ejército anglo-portugués.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 17 / 35 段