tanto grado que con nombre de reglamento dio el 9 de mayo un decreto
ajeno de naciones cultas. En su contexto notábase, entre otras bárbaras
disposiciones, una que se aventajaba a todas concebida en estos
términos: «No hay ningún ejército español, fuera del de S. M. C. Don
José Napoleón; así, todas las partidas que existan en las provincias,
cualquiera que sea su número, y sea quien fuere su comandante, serán
tratadas como reuniones de bandidos... Todos los individuos de estas
compañías que se cogieren con las armas en la mano, serán al punto
juzgados por el preboste y fusilados; sus cadáveres quedarán expuestos
en los caminos públicos.»
Así quería tratar el mariscal Soult a generales y oficiales, así a
soldados, cuyos pechos quizá estaban cubiertos de honrosas cicatrices,
así a los que vencieron en Bailén y Tamames, confundiéndolos con
forajidos. La regencia del reino tardó algún tiempo en darse por
entendida de tan feroz decreto con la esperanza de que nunca se
llevaría a efecto. [Sidenote: Otro en respuesta de la regencia de
España.] Pero, víctimas de él algunos españoles, publicó al fin en
contraposición otro en 15 de agosto, expresando que por cada español
que así pereciese, se ahorcarían tres franceses; y que «mientras
el duque de Dalmacia no reformase su sanguinario decreto... sería
considerado personalmente como indigno de la protección del derecho
de gentes, y tratado como un bandido si cayese en poder de las tropas
españolas.» Dolorosa y terrible represalia, pero que contuvo al
mariscal Soult en su desacordado enojo.
[Sidenote: Decreto de Napoleón sobre gobiernos militares.]
Entibiaban tales providencias las voluntades aun de los más afectos
al gobierno intruso, coadyuvando también a ello en gran manera los
yerros que Napoleón prosiguió cometiendo en su aciaga empresa contra
la península. De los mayores, por aquel tiempo, fue un decreto que
dio en 8 de febrero,[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-5.)] según el cual
se establecían en varias provincias de España gobiernos militares.
Encubríase el verdadero intento so capa de que, careciendo de energía
la administración de José, era preciso emplear un medio directo
para sacar los recursos del país, y evitar así la ruina del erario
de Francia, exhausto con las enormes sumas que costaba el ejército
de España. Todos, empero, columbraron en semejante resolución el
pensamiento de incorporar al imperio francés las provincias de la
orilla izquierda del Ebro, y aun otras si las circunstancias lo
permitiesen.
El tenor mismo del decreto lo daba casi a entender. Cataluña, Aragón,
Navarra y Vizcaya se ponían bajo el gobierno de los generales
franceses, los cuales, entendiéndose solo para las operaciones
militares con el estado mayor del ejército de España, debían «en cuanto
a la administración interior y policía, rentas, justicia, nombramiento
de empleados y todo género de reglamentos, entenderse con el emperador
por medio del príncipe de Neufchatel, mayor general.» Igualmente los
productos y rentas ordinarias y extraordinarias de todas las provincias
de Castilla la Vieja, reino de León y Asturias, se destinaban a la
manutención y sueldos de las tropas francesas, previniéndose que con
sus entradas hubiera bastante para cubrir dichas atenciones.
[Sidenote: Une a su imperio los Estados Pontificios y la Holanda.]
Ya que tales providencias no hubiesen por sí mostrado a las claras
el objeto de Napoleón, los procedimientos de este a la propia sazón
respecto de otras naciones de Europa, probaban con evidencia que
su ambición no conocía límites. Los estados del papa, en virtud de
un senado-consulto, se unieron a la Francia, declarando a Roma
segunda ciudad del imperio, y dando el título de rey suyo al que
fuese heredero imperial. Debían además los emperadores franceses
coronarse en adelante en la iglesia de San Pedro, después de haberlo
sido en la de _Notre Dame_ de París. El senado-consulto, ostentoso
en sus términos, anunciaba el renacimiento del imperio de occidente,
y decía: «mil años después de Carlomagno se acuñará una medalla con
la inscripción _Renovatio imperii_.» Agregose también a la Francia
en este año la Holanda, aunque regida por un hermano de Napoleón, y
ocupó su territorio un ejército francés, imaginando el emperador, en
su desvarío, pues no merece otro nombre, que países tan diversos en
idioma y costumbres, tan distantes unos de otros, y cuya voluntad no
era consultada para tan monstruosa asociación, pudieran largo tiempo
permanecer unidos a un imperio cimentado solo en la vida de un hombre.
En España, muy en breve se empezaron a sentir las consecuencias del
establecimiento de los gobiernos militares. Procuró ocultar aquella
medida, en tanto que pudo, el gabinete de José, conociendo su mal
influjo. Los generales franceses, aun en las provincias no comprendidas
en el decreto, «dispusieron luego a su arbitrio [*] [Sidenote: (* Ap.
n. 11-6.)] [como afirman Azanza y Ofarrill], o sin otra dependencia
directa que la del emperador, de todos los recursos del país. Por
consecuencia de esto, las facultades del rey José [añaden los mismos]
fueron disminuyendo hasta quedarse en una mera sombra de autoridad.»
[Sidenote: Inútil embajada a París de Azanza.]
Sumamente incomodó a José la inoportuna y arbitraria resolución de
su hermano, concebida en menoscabo de su poder y aun en desprecio de
su persona. Trastornáronse también los ánimos de los españoles, sus
adherentes, quienes además de ver en tal desacuerdo la prolongación de
la guerra, dolíanse de que España pudiese como nación desaparecer de
la lista de las de Europa. Porque entre los de este bando, no obstante
sus compromisos, conservaban muchos el noble deseo de que su patria se
mantuviese intacta y floreciente.
Menester pues era que por parte de ellos se pusiese gran conato en que
el emperador revocase su decreto. Creyeron así oportuno enviar a París
una persona escogida y de toda confianza, y nadie les pareció más al
caso que Don Miguel José de Azanza, conocido de Napoleón ya en Bayona,
y ministro de genio suave y de índole conciliadora.[*] [Sidenote: (*
Ap. n. 11-7.)] Hemos leído la correspondencia que con este motivo
siguió Azanza; y nada mejor que ella prueba el desdén y desprecio con
que trataba al de Madrid el gabinete de Francia.
En principios de mayo llegó a París como embajador extraordinario
el mencionado Don Miguel. Tardó en presentar sus credenciales, y a
mediados de junio de vuelta ya Napoleón desde 1.º del mes de un viaje
a la Bélgica, no había aún tenido el ministro español ocasión de ver
al emperador más que una vez cuando le presentaron. Pasados algunos
días mirábase Azanza como muy dichoso solo porque _ya le hablaban_
[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-8.)] [son sus palabras]. Satisfacción
poco duradera y de ninguna resulta. Prolongó su estancia en París
hasta octubre, y nada logró, como tampoco el marqués de Almenara que
de Madrid corrió en su auxilio por el mes de agosto. Hubo momentos en
que ambos vivieron muy esperanzados; hubo otros en que por lo menos
creyeron que se daría a España en trueque de las provincias del Ebro
el reino de Portugal: ilusiones que al fin se desvanecieron diciendo
Azanza al rey José en uno de sus últimos oficios [24 de septiembre]:[*]
[Sidenote: (* Ap. n. 11-9.)] «El duque de Cadore [Champagny], en una
conferencia que tuvimos el miércoles, nos dijo expresamente que el
emperador exigía la cesión de las provincias de más acá del Ebro por
indemnización de lo que la Francia ha gastado y gastará en gente y
dinero para la conquista de España. No se trata de darnos a Portugal en
compensación. El emperador no se contenta con retener las provincias de
más acá del Ebro, quiere que le sean cedidas.»
Fuéronse, por lo mismo, estas organizando a la manera de Francia
en cuanto permitían las vicisitudes de la guerra, y cierto que la
providencia de su incorporación al imperio se hubiera mantenido
inalterable si las armas no hubieran trastrocado los designios de
Napoleón. Suerte aquella fácil de prever después de los acontecimientos
de Bayona en 1808, según los cuales, y atendiendo a la ambición y
poderío del emperador de los franceses, necesariamente el gobierno
de José, privado de voluntad propia, tenía que sujetarse a fatal
servidumbre de nación extraña.
[Sidenote: Tentativa para libertar al rey Fernando. (* Ap. n. 11-10.)]
En una de las primeras cartas de la citada correspondencia [*] de Don
Miguel de Azanza, háblase de un suceso que por entonces hizo gran ruido
en Francia, y cuyo relato también es de nuestra incumbencia. Fue pues
una tentativa hecha en vano para que pudiese el rey Fernando escaparse
de Valençay. Habíanse propuesto varios de estos planes al gobierno
español, los cuales no adoptó este por inasequibles, o por lo menos no
tuvieron resulta. En la actual ocasión, tomó origen semejante proyecto
en el gabinete británico, siendo móvil y principal actor el barón de
Kolly, empleado ya antes en otras comisiones secretas. Muchos han
tenido a este por irlandés, y así lo declaró él mismo; pero el general
Savary, bien enterado de tales negocios, nos ha asegurado que era
francés y de la Borgoña.
[Sidenote: Barón de Kolly.]
Kolly pasó a Inglaterra para ponerse de acuerdo con aquel ministerio,
del que era individuo el marqués de Wellesley, después de su vuelta de
España. Diéronsele a Kolly los medios necesarios para el logro de su
empresa y papeles que acreditasen su persona y comprobasen la veracidad
de sus asertos. Desembarcó en la bahía de Quiberon, acercándose también
a la costa una escuadrilla inglesa destinada a tomar a su bordo a
Fernando. En seguida partió Kolly a París para dar comienzo a la
ejecución de su plan, de difícil éxito, ya por la extrema vigilancia
del gobierno francés, ya por el poco ánimo que para evadirse tenían el
rey y los infantes.
[Sidenote: Vida de los príncipes en Valençay.]
No hemos hablado de aquellos príncipes después de su confinamiento
en Valençay. Su estancia no había hasta ahora ofrecido hecho alguno
notable. Apenas en su vida diaria se habían desviado de la monótona y
triste que llevaban en la corte de España. Divertíanse a veces en obras
de manos, particularmente el infante Don Antonio, muy aficionado a las
de torno, y de cuando en cuando la princesa de Talleyrand los distraía
con saraos u otros entretenimientos. No les agradaba mucho la lectura y
como en la biblioteca del palacio se veían libros que, en el concepto
del citado infante, eran peligrosos, permanecía este continuamente en
acecho para impedir que sus sobrinos entrasen en aposentos henchidos a
su entender de oculta ponzoña. Así nos lo ha contado el mismo príncipe
de Talleyrand. Salían poco del circuito del palacio y las más veces
en coche, llegando a punto la desconfianza de la policía francesa que,
con tretas indignas de todo gobierno, casi siempre les estorbaba el
ejercicio de a caballo.
La familia que los acompañó en su destierro antes de cumplirse el
año fue separada de su lado, y confinados algunos de sus individuos
a varias ciudades de Francia, entre ellos el duque de San Carlos y
Escóiquiz. Quedó solo Don Juan Amézaga, pariente del último, hombre
con apariencias de honrado, de ocultos manejos, y harto villano para
hacerse confidente y espía de la policía francesa.
[Sidenote: Préndese a Kolly.]
En tal situación y con tantas trabas, dificultoso era acercarse a los
príncipes sin ser descubierto, y más que todo llevar a feliz término el
proyecto mencionado. Ni tanto se necesitó para que se malograse. Kolly,
a pocos días de llegar a París, fue preso, habiendo sido vendido por
un pseudo-realista, y por un tal Richard, de quien se había fiado.
Metiéronle en Vincennes el 24 de marzo, y no tardó en tener un coloquio
con Fouché, ministro de la policía general. Admirábase este de que
hombres de buen seso hubiesen emprendido semejante tentativa, imposible
[decía] de realizarse, no solo por las dificultades que en sí misma
ofrecía, sino también porque Fernando no hubiera consentido en su fuga.
[Sidenote: Insidiosa conducta de la policía francesa.]
Sin embargo, aunque estuviese de ello bien persuadida la policía
francesa, quisieron sus empleados asegurarse aún más, ya fuera para
sondear el ánimo de los príncipes, o ya quizá para tener motivo de
tomar con sus personas alguna medida rigurosa. En consecuencia, se
propuso a Kolly el ir a Valençay y hablar a Fernando de su proyecto,
dorando la policía lo infame de tal comisión con el pretexto de que
así se desengañaría Kolly, y vería cuál era la verdadera voluntad del
príncipe. Prometiósele en recompensa la vida y asegurar la suerte de
sus hijos. Desechó honradamente Kolly propuesta tan insidiosa e inicua,
y de resultas volviéronle a Vincennes donde continuó encerrado hasta la
caída de Napoleón, siendo de admirar no pasase más allá su castigo.
La policía, no obstante la repulsa del barón, no desistió de su
intento, y queriendo probar fortuna, envió a Valençay al bellaco de
Richard, haciéndole pasar por el mismo Kolly. Abocose primero en 6 de
abril con Amézaga el disfrazado espía; mas los príncipes, rehusando dar
oídos a la proposición, denunciaron a Richard, como emisario inglés,
al gobernador de Valençay Mr. Berthemy, ora porque en realidad no se
atrevieran a arrostrar los peligros de la huida, ora más bien porque
sospecharan ser Richard un echadizo de la policía. Terminose aquí
este negocio, en el que no se sabe si fue más de maravillar la osadía
de Kolly, o la confianza del gobierno inglés en que saliera bien una
empresa rodeada de tantas dificultades y escollos.
[Sidenote: Cartas de Fernando.]
Publicose en el _Monitor_, con la mira sin duda de desacreditar a
Fernando, una relación del hecho acompañada de documentos, y antes en
el mismo año se habían ya publicado otros, de que insertamos parte en
un apéndice de los libros anteriores. Entre aquellos de que aún no
hemos hablado, pareció notable una carta [Sidenote: (* Ap. n. 11-11.)]
que Fernando había escrito a Napoleón en 6 de agosto de 1809,[*]
felicitándole por sus victorias. Notable también fue otra de 4 de
abril de 1810,[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-12.)] del mismo príncipe a
Mr. Berthemy, en que decía: «lo que ahora ocupa mi atención es para
mí un objeto del mayor interés. Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo
de S. M. el emperador, nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta
adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por
mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y
entera obediencia a sus intenciones y deseos.» No se esparcían mucho
por España estos papeles, y aun los que los leían considerábanlos como
pérfido invento de Napoleón. A no ser así, ¡qué terrible contraste
no hubiera resaltado entre la conducta del rey, y el heroísmo de la
nación!
RESUMEN
DEL
LIBRO DUODÉCIMO.
_Ejército francés que se destina a Portugal. Mariscal Massena, general
en jefe. — Sitio de Ciudad Rodrigo. — Herrasti, su gobernador. —
Situación de Wellington. — Don Julián Sánchez. — Capitula la plaza. —
Gloriosa defensa. — Clamores contra los ingleses por no haber socorrido
la plaza. — Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices. —
Toman la Puebla de Sanabria. — La pierden. — La ocupan de nuevo. —
Campaña de Portugal. — Estado de este reino y de su gobierno. — Plan de
Lord Wellington. — Fuerza que mandaba. — Subsidios que da Inglaterra.
— Posición de Wellington. Devastación del país. — Líneas de Torres
Vedras. — Dicho de Wellington a Álava. — Preparativos y fuerza de
los franceses. — Escaramuzas. Fuerte de la Concepción. — Combate
del Coa. — Sitio de Almeida. — Vuélase. — Capitula. — Proscripciones
y prisiones en Lisboa. — Temores de los ingleses. — Repliégase
Wellington. — Dificultades que tiene Massena. — Aguíjale Napoleón.
— Empieza Massena la invasión. — Posición de Wellington y medidas
que toma. — Descripción del valle de Mondego. — Distribución de los
cuerpos de Massena. — Muévese sobre Celórico y Viseo. — Entran sus
avanzadas en Viseo. — Continúa Wellington su retirada. — Ataca Trant
la artillería y equipajes franceses. — Detiénese Wellington en Buçaco.
— Acción de Buçaco. — Cruza Massena la sierra de Caramula. — Los
franceses en Coimbra. — Condeixa. — Desórdenes en el ejército inglés.
— Sorprende Trant a los franceses de Coimbra. — Alcoentre. — Alenquer.
— Los ingleses en las líneas. — Massena no las ataca. — Formidable
fuerza y posición de Wellington. — Únesele con dos divisiones Romana.
— Moléstase también al enemigo fuera de las líneas. — Don Carlos de
España. — Situación crítica de los franceses. — Galicia. — Asturias.
— Expediciones de Porlier por la costa. — Extremadura. — Refriega en
Cantaelgallo. — En Fuente de Cantos. — Expedición de Lacy a Ronda. — Al
condado de Niebla. — Situación de esta comarca. — Operaciones en Cádiz.
— Fuerza sutil de los enemigos. — Fuerzas de los aliados en Cádiz y la
Isla. — Blake en Murcia. — Sebastiani se dirige a Murcia. — Medidas
que toma Blake. — Se retira Sebastiani. — Insurrecciones en el reino
de Granada. — Expedición contra Fuengirola y Málaga. — Avanza Blake a
Granada. — Acción de Baza, 3 de noviembre. — Provincias de Levante. —
Valencia. — Choques en Morella y Albocácer. — Avanza Caro y se retira.
— Caro huye de Valencia. — Le sucede Bassecourt. — Cataluña. — Su
congreso. — O’Donnell. — Macdonald. — Convoyes que lleva a Barcelona. —
Ejército español de Cataluña. — Intenta Suchet sitiar a Tortosa. — Sus
disposiciones. — Salidas de la plaza y combates parciales. — Adelanta
Macdonald a Tarragona. — Se retira. — Dificultades con que tropieza. —
Avístase en Lérida con Suchet. — Macdonald incomodado siempre por los
españoles. — Sorpresa gloriosa de La Bisbal. — Y de varios puntos de
la costa. — Guerra en el Ampurdán. — Eroles manda allí. — Campoverde
en Cardona. — Otro convoy para Barcelona. — No adelantan los enemigos
en el sitio de Tortosa. — Convoyes que van allí de Mequinenza. — Los
atacan los españoles. — Carvajal en Aragón. — Villacampa infatigable
en guerrear. — Andorra. — Las Cuevas. — Alventosa. — Combate de la
Fuensanta. — Nuevos convoyes para Tortosa. — Combates parciales. —
Los españoles desalojados de Falset. — Movimiento de Bassecourt. —
Acción de Ulldecona. — Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a
Tortosa. — Formaliza el sitio Suchet. — Deja O’Donnell el mando. —
Partidas en lo interior de España. — En Andalucía. — En Castilla la
Nueva. — En Castilla la Vieja. — Santander y provincias Vascongadas.
— Expedición de Renovales a la costa Cantábrica. — Navarra. Espoz y
Mina. — Cortes. — Remisa la regencia en convocarlas. — Clamor general
por ellas. — Las piden diputados de las juntas de provincia. — Decreto
de convocación. — Júbilo general en la nación. — Dudas de la regencia
sobre convocar una segunda cámara. — Costumbre antigua. — Opinión común
en la nación. — Consulta la regencia al consejo reunido. — Respuesta
de este. — Voto particular. — Consulta del consejo de estado. — No se
convoca segunda cámara. — Modo de elección. — El antiguo de España. —
Poderes que se dan a los diputados. — Llámanse a las cortes diputados
de las provincias de América y Asia. — Elección de suplentes. — Opinión
sobre esto en Cádiz. — Parte que toma la mocedad. — Enojo de los
enemigos de reformas. — Número que acude a las elecciones. — Temores
de la regencia. — Restablece todos los consejos. — Quiere el consejo
real intervenir en las cortes. — No lo consigue. — Señálase el 24 de
septiembre para la instalación de cortes. — Comisión de poderes. —
Congojosa esperanza de los ánimos._
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
LIBRO DUODÉCIMO.
[Sidenote: Ejército francés que se destina a Portugal: mariscal Massena
general en jefe.]
Proseguían los franceses en su intento de invadir el reino de Portugal
y de arrojar de allí al ejército inglés, operación no menos importante
que la de apoderarse de las Andalucías, y de más dificultosa ejecución,
teniendo que lidiar con tropas bien disciplinadas, abundantemente
provistas y amparadas de obstáculos que a porfía les prestaban la
naturaleza y el arte. Destinaron los franceses para su empresa los
cuerpos 6.º y 8.º, ya en Castilla, y el 2.º, que luego se les juntó
yendo de Extremadura. Formaban los tres un total de 66.000 infantes y
unos 6000 caballos. Nombrose para el mando en jefe al duque de Rívoli,
el célebre mariscal Massena.
Antes de pisar el territorio portugués, forzoso les era a los franceses
no solo asegurar algún tanto su derecha, como ya lo habían practicado
metiéndose en Asturias y ocupando a Astorga, sino también enseñorearse
de las plazas colocadas por su frente. [Sidenote: Sitio de Ciudad
Rodrigo.] Ofrecíase la primera a su encuentro Ciudad Rodrigo, la cual,
después de varios reconocimientos anteriores y de haber hecho a su
gobernador inútiles intimaciones, embistieron de firme en los últimos
días del mes de abril.
A la derecha del Águeda y en paraje elevado, apenas se puede contar
a Ciudad Rodrigo entre las plazas de tercer orden. Circuida de un
muro alto antiguo y de una falsabraga, domínala al norte, y distante
unas 290 toesas, el teso llamado de San Francisco, habiendo entre
este y la ciudad otro más bajo con nombre del Calvario. Cuéntanse dos
arrabales, el del Puente, al otro lado del río, y el de San Francisco,
bastante extenso, y el cual, colocado al nordeste, fue protegido con
atrincheramientos; se fortalecieron, además, en su derredor varios
edificios y conventos como el de Santo Domingo, y también el que se
apellida de San Francisco. Otro tanto se practicó en el de Santa Cruz,
situado al noroeste de la ciudad, y por la parte del río se levantaron
estacadas y se abrieron cortaduras y pozos de lobo. Despejáronse los
aproches de la plaza y se construyeron algunas otras obras. Se carecía
de almacenes y de edificios a prueba de bomba, por lo que hubo de
cargarse la bóveda de la torre de la catedral y depositar allí y en
varias bodegas la pólvora, como sitios más resguardados. La población
constaba entonces de unos 5000 habitantes, y ascendía la guarnición
a 5498 hombres, incluso el cuerpo de urbanos. Se metió también en la
plaza, con 240 jinetes, Don Julián Sánchez, e hizo el servicio de
salidas. [Sidenote: Herrasti, su gobernador.] Era gobernador Don Andrés
Pérez de Herrasti, militar antiguo, de venerable aspecto, honrado y de
gran bizarría, natural de Granada, como Álvarez el de Gerona, y que
así como él, había comenzado la carrera de las armas en el cuerpo de
Guardias españolas.
[Sidenote: Situación de Wellington.]
Confiaban también los defensores de Ciudad Rodrigo en el apoyo que
les daría Lord Wellington, cuyo cuartel general estaba en Viseo y se
adelantó después a Celórico. Su vanguardia, a las órdenes del general
Craufurd, se alojaba entre el Águeda y el Coa, y el 19 de marzo,
en Barba del Puerco, hubo, entre cuatro compañías suyas y unos 600
franceses que cruzaron el puente de San Felices, un reñido choque, en
el que, si bien sorprendidos al principio los aliados, obligaron, no
obstante, en seguida a los enemigos a replegarse a sus puestos. Uniose
en mayo a la vanguardia inglesa la división española de Don Martín de
la Carrera, apostada antes hacia San Martín de Trevejo.
Viniendo sobre Ciudad Rodrigo, apareciéronse los franceses el 25 de
abril vía de Valdecarros, y establecieron sus estancias desde el cerro
de Matahijos hasta la Casablanca. Descubriéronse igualmente gruesas
partidas por el camino de Zamarra, y continuando en acudir hasta junio
tropas de todos lados, llegáronse a juntar más de 50.000 hombres, que
se componían de los ya nombrados 6.º y 8.º cuerpos y de una reserva
de caballería, que guiaban el mariscal Ney y los generales Junot y
Montbrun. El primero había vuelto de Francia y tomado el mando de su
cuerpo, con la esperanza de ser el jefe de la expedición de Portugal.
Por demás hubiera sido emplear tal enjambre de aguerridos soldados
contra la sola y débil plaza de Ciudad Rodrigo, si no hubiera estado
cerca el ejército anglo-portugués.