Así iban de caída las cosas de Cataluña, no habiendo acontecido en lo

restante de mayo y en el inmediato junio sino acometidas parciales

de somatenes y guerrilleros, que siempre hostigaban al enemigo. Don

Enrique O’Donnell, molestado de sus heridas, dejó por unos pocos días

su puesto a Don Juan María de Villena. Contaba el ejército a pesar de

sus pérdidas 21.798 hombres, inclusas las guarniciones de las plazas,

entre las que Tarragona se miraba como la base de las operaciones. En

esta ciudad volvió O’Donnell a empuñar el 1.º de julio el bastón del

mando, con objeto de instalar allí el 17 del mismo mes un congreso

catalán, que de nuevo había convocado para reanimar el espíritu algo

abatido de los naturales, y buscar medio de oponerse con fuerza al

mariscal Macdonald, quien daba muestras de obrar activamente.

[Sidenote: Sucesos de Aragón.]

Por su parte el general Suchet, terminada la expedición de Lérida,

pensó en poner sitio a la plaza de Mequinenza. Mientras duró el de

la primera hubo muchos y parciales combates, ya en las comarcas

septentrionales de Cataluña que lindan con Aragón, y ya en Aragón

mismo. Aquí hizo contra los franceses de Alcañiz una tentativa

infructuosa Don Francisco de Palafox, destinado por la regencia a

aquellas partes, siendo más afortunado Don Pedro Villacampa en una

sorpresa que dio el 13 de mayo a los enemigos en Purroy, partido de

Calatayud, en donde cogió al comandante Petit con un convoy y más de

100 hombres.

Las ventajas conseguidas por aquel caudillo irritaron a los franceses,

quienes desde el 14 de mayo se pusieron a perseguirle, partiendo de

Daroca el general Chlopicki. Fuese retirando Villacampa, y no paró

hasta Cuenca. Siguieron de cerca su huella los enemigos, sin llegar

a aquella ciudad, pero dejando rastra de su paso en Molina y demás

pueblos del camino. Diversos choques de menor importancia acaecieron

también en otros puntos de Aragón, porfiado pelear que cansaba

sobremanera a los franceses.

[Sidenote: Sitio de Mequinenza.]

Del 15 al 20 de mayo embistió el general Musnier la plaza de

Mequinenza, importante por su situación y necesaria para enseñorear

el Ebro. Villa esta de 1500 vecinos, estriba su principal defensa en

el castillo, antigua casa fuerte de los marqueses de Aytona, colocado

en lo alto de una elevada montaña, de áspera e inaccesible subida por

todos lados, excepto por el de poniente, que se dilata en planicie,

cuyo frente amparan un camino cubierto, foso y terraplén abaluartado

revestido de mampostería. Guarnecían la plaza 1200 hombres. Gobernábala,

como antes, el coronel Don Manuel Carbón, y dirigía la artillería Don

Pascual Antillón, ambos oficiales muy distinguidos.

No tenía el castillo otros aproches sino los que ofrecía a la parte

occidental la planicie mencionada, y no era cosa fácil traer hasta

ella artillería. Pronto discurrió la diligencia francesa medio de

conseguirlo, abriendo desde Torriente y por la cima de las montañas

un camino que viniese a dar al punto indicado. Tuvieron los enemigos

concluida su obra el 1.º de junio, y en el intermedio no descuidaron

tomar en rededor y en ambas orillas del Ebro, y en las del Segre

su tributario, los puestos importantes. [Sidenote: La toman los

franceses.] Entraron los sitiadores la villa en la noche del 4 al 5, la

saquearon y prendieron fuego a muchas casas. Las tropas se refugiaron

en el castillo. El gobernador resistió allí cuanto pudo los ataques

de los franceses, mas, arruinadas ya las principales defensas y no

habiendo abrigo alguno contra los fuegos enemigos, se entregó el 8,

quedando la guarnición prisionera de guerra.

[Sidenote: Toman también el castillo de Morella.]

La víspera de la rendición había llegado a Mequinenza el general

Suchet, quien deseando sacar de su triunfo la mayor ventaja, despachó

dos horas después de la entrega al general Montmarie para que se

apoderase del castillo de Morella, lo que ejecutó dicho general sin

obstáculo el 13 de junio. Posesión que, aunque no tan importante como

la de Mequinenza, éralo bastante por estar situado aquel fuerte en

los confines de Aragón y Valencia, y porque así iban los franceses

preparándose a nuevas empresas, y afianzaban poco a poco y de un modo

sólido su dominación.

[Sidenote: Cádiz.]

No obstante, hallábase esta lejos de arraigarse. Los pueblos

continuaban casi por todas partes haciendo guerra a muerte a los

invasores, y la Isla gaditana, punto céntrico de la resistencia, no

solo mantenía la llama sagrada del patriotismo, sino que la fomentaba

procurando además acrecer y mejorar en su recinto las fortificaciones.

[Sidenote: Toman los franceses a Matagorda.]

De nada influyó para no llevar adelante semejante propósito la pérdida

de Matagorda, acaecida el 22 de abril. Situado aquel castillo no

lejos de la costa del caño del Trocadero, sostuviéronle con tenacidad

los ingleses, encargados de su defensa, y solo le abandonaron ya

convertido en ruinas. Luego mostró la experiencia lo poco que sus

fuegos perjudicaban a las comunicaciones por agua, y sus proyectiles a

la plaza.

[Sidenote: Manda Blake el ejército de la Isla.]

El mismo día de la evacuación del mencionado fuerte fondeó en bahía,

viniendo del reino de Murcia, Don Joaquín Blake, nombrado por la

regencia para suceder al de Alburquerque en el mando de la Isla

gaditana, cuyas fuerzas, sin contar las de los aliados ni la milicia

armada, ascendían de 17 a 18.000 hombres, engrosado el ejército con

los dispersos y reliquias que de la costa aportaban, y con nuevos

alistados, que acudían hasta de Galicia. A la llegada de Blake

considerose dicho ejército como parte integrante del denominado del

centro, que se alojaba en el reino de Murcia, repartiéndose entre

ambos puntos las divisiones en que se distribuía.

[Sidenote: Trasládase a Cádiz la regencia.]

El consejo de regencia trasladose el 29 de mayo de la Isla de León a

Cádiz, y escogió para su morada el vasto edificio de la aduana. Se le

reunió por aquellos días el obispo de Orense, que no había hasta el 26

arribado al puerto, retardado su viaje por la distancia, ocupaciones

diocesanas y malos tiempos.

[Sidenote: Varan en la costa dos pontones de prisioneros.]

En este mes nada muy importante en lo militar avino en Cádiz, sino

el haber varado en la costa de enfrente los pontones _Castilla_ y

_Argonauta_, llenos de prisioneros franceses. Aprovecháronse los que

estaban a bordo del primero de un furioso huracán que sopló en la noche

del 15 al 16 para desamarrar el buque y dar a la costa; eran unos

700, los más oficiales. Imitáronlos el 26 los del _Argonauta_, 600 en

número, sin que pudiesen estorbar su desembarco nuestras baterías y

cañoneras.

[Sidenote: Trato de estos.]

Con este motivo han clamoreado muchos extranjeros, y lo que es más

raro, ingleses, contra el mal trato dado a los prisioneros, y sobre

todo contra la dureza de mantenerlos tanto tiempo en la estrechura de

unos pontones. Nos lastimamos del caso y reprobamos el hecho, pero

ocupadas o invadidas a cada paso las más de nuestras provincias,

imposible era para custodia de aquellos buscar dentro de la península

paraje seguro y acomodado. La Gran Bretaña, libre y poderosa, permitió

también que en pontones gimiesen largos años sus muchos prisioneros.

Quisiéramos que nuestro gobierno no hubiese seguido tan deplorable

ejemplo, dando así justa ocasión de censura a ciertos historiadores de

aquella nación, tan prontos a tachar excesos de otros como lentos en

advertir los que se cometen en su mismo suelo.

[Sidenote: Pasan a las Baleares, su trato allí.]

El gobierno español, sin embargo, había resuelto suavizar la suerte de

muchos de aquellos desgraciados, enviando a unos a las islas Canarias

y a otros a las Baleares. Dichosos los primeros, no cupo a los últimos

igual ventura. Alborotados contra ellos los habitantes de Mallorca y

Menorca, a causa de la relación que de las demasías del ejército francés

les venían de la península, necesario fue conducirlos a la isla de

Cabrera, siendo al embarco maltratados muchos, y aun algunos muertos.

Aquella isla al sur de Mallorca, si bien de sano temple y no escasa de

manantiales, estaba solo poblada de árboles bravíos sin otro albergue

más que el de un castillo. Suministráronse tiendas a los prisioneros,

pero no las bastantes para su abrigo, como tampoco instrumentos con

que pudiesen suplir la falta de casas, fabricando chozas. Unos 7000 de

ellos la ocuparon, y llegó a colmo su miseria, careciendo a veces hasta

del preciso sustento, ora por temporales que impedían o retardaban los

envíos, ora también por flojedad y descuido de las autoridades. Feo

borrón que no se limpia con haber en ello puesto al fin las cortes

conveniente remedio, ni menos con el bárbaro e inhumano trato que

al mismo tiempo daba el gobierno francés a muchos jefes e ilustres

españoles, sumidos en duras prisiones y castillos, pues nunca la

crueldad ajena disculpó la propia.

[Sidenote: Resistencia en las Andalucías.]

Entre tanto el gobierno español no solo atendió en su derredor a

la defensa de la Isla gaditana, sino que también pensó en divertir

la atención del enemigo, molestándole en las mismas Andalucías y

provincias aledañas. Dos de los puntos que para ello se presentaban

más cercanos e importantes, eran, al ocaso, el condado de Niebla, y

al levante, la Serranía de Ronda. El primero, además de ser tierra

costanera y en partes montuosa, respaldábase en Portugal, para cuya

invasión tenían los enemigos que prepararse de intento; y por lo que

respecta a Ronda, favorecía sus operaciones y alzamiento la vecina

e inexpugnable plaza de Gibraltar, depósito de grandes recursos,

principalmente de pertrechos de guerra.

[Sidenote: Condado de Niebla.]

La regencia, para dar mayor estímulo a la defensa, encargó el mando de

aquellos distritos a jefes de su confianza. Para el condado escogió

a Don Francisco de Copons y Navia, que permanecía en Cádiz después

que en febrero arribó allí con su división. Partió pues el general

nombrado, y el 14 de abril tomó el mando de aquel país, muy trabajado

con las vejaciones del enemigo, y solo defendido por unos 700 hombres,

remanente de cuerpos dispersos o situados en otras partes. Procuró

Copons unir y aumentar esta masa bastante informe, recoger los caudales

públicos, mantener libre la comunicación de la costa con Cádiz, y

hostigar con frecuencia a los franceses. Consiguió su objeto, si bien

con suerte varia, teniendo a veces que replegarse a Portugal.

[Sidenote: Serranía de Ronda.]

Del lado de Ronda la resistencia fue mayor, mas empeñada y duradera.

Partido occidental esta serranía de la provincia de Málaga, y

cordillera de montes elevados que arrancan desde cerca de Tarifa,

extendiéndose al este, se compone de muchos pueblos ricos en

producciones y dados al contrabando, a que los convida la vecindad

de Gibraltar. Sus moradores, avezados a prohibido tráfico, conocen

a palmos el terreno, sus angosturas y desfiladeros, sus cuevas, las

más escondidas, y teniendo a cada paso que lidiar con los aduaneros

y las tropas enviadas en persecución suya, están familiarizados con

riesgos que son imagen de los de la guerra. Empléanse las mujeres en

los trabajos del campo, y en otros no menos penosos inherentes a la

profesión de los hombres, y así son de robustos miembros y de condición

asemejada a la varonil. Llena, pues, de bríos población tan belicosa, y

previendo los obstáculos que recrecerían a su comercio si los franceses

afianzaban su imperio, rehusó someterse al yugo extranjero.

Ya dieron aquellos habitantes señales de desasosiego al tiempo de

la ocupación de Sevilla. José pensó que los tranquilizaría con su

presencia y discursos, para lo cual pasó a Ronda antes de concluir

febrero. Satisfecho quizá de su excursión, o temiendo más bien otras

resultas, no se detuvo allí muchos días, dejando solamente alguna

fuerza y un gobernador con extensas facultades. Pero la autoridad del

francés redújose pronto a estrechos límites, ciñéndola a la ciudad la

insurrección de los serranos. Acaudillaron a estos varias cabezas,

siendo uno de los que más promovieron el alzamiento Don Andrés Ortiz

de Zárate, que los naturales denominaron el Pastor.

El consejo de regencia, por su lado, envió de comandante al campo de

San Roque, cuyas líneas enfrente de Gibraltar se habían destruido,

de acuerdo con el gobernador inglés Campbell, a Don Adrián Jácome,

con encargo de recoger dispersos y de soplar el fuego en la serranía.

Hombre Jácome pacato e irresoluto, de poco sirvió a la buena causa.

Afortunadamente los serranos, siguiendo los ímpetus de su propio

instinto, solían a veces obrar con más acierto que algunos jefes que

presumían de entendidos.

Al ánimo de aquellos debiose en breve que el levantamiento tomase tal

vuelo que ya el 12 de marzo se presentaron numerosas bandas delante de

Ronda, capitaneadas por Don Francisco González. Los franceses, viendo

el tropel de gente que venía sobre ellos, evacuaron de noche la ciudad

y se retiraron a Campillos. Penetraron luego los paisanos por las

calles de Ronda, y comenzó gran desorden, y aun hubo pillaje y otros

destrozos. Contuviéronlos algún tanto patriotas de influjo que llegaron

oportunamente.

A poco se reforzaron también los enemigos con tropa que llevó de

Málaga el general Peyremont, y el 21 recobraron a Ronda. No permaneció

allí largo tiempo dicho general, pues entrada en su ausencia por

los paisanos la ciudad de Málaga, tuvo que volar a su socorro. La

guerra continuó por toda la sierra sin que los franceses pudiesen

solos dar un paso, y no transcurriendo día en que sus puestos no

fuesen inquietados. Formose en Jimena una junta, y nombró el gobierno

comandante del distrito a Don José Serrano Valdenebro, bajo la

inspección de Don Adrián Jácome. Creciendo los jefes, crecieron los

celos y las competencias, y se suscitaron trastornos y mudanzas.

[Sidenote: D. José Romero: acción notable.]

Por tristes que fuesen tales ocurrencias, inevitables en guerra de esta

clase, no por eso se cedía en la lucha, llevando a cumplido remate

proezas que recuerdan las del tiempo de la caballería. Fue una de las

más memorables la que avino en Montellano, pueblo de 4000 habitantes

inmediato a la sierra. Era alcalde Don José Romero, y ya el 14 de

abril, al frente del vecindario, había repelido de sus calles a 300

franceses. Tornaron estos el 22, reforzados con otros 1000, para vengar

la primera afrenta. Encontraron a su paso obstáculos en Grazalema;

pero llegando al fin a Montellano tuvieron allí que vencer la braveza

de los moradores, lidiando con ellos de casa en casa. Impacientados

los franceses de tamaña obstinación recurrieron al espantoso medio de

incendiar el pueblo. Redujéronle casi todo él a pavesas, excepto el

campanario, en que se defendían unos cuantos paisanos, y la casa de

Romero. Este varón tan esforzado como Villandrando, haciendo de sus

hogares formidable palenque y ayudado de su mujer y sus hijos, continuó

por mucho tiempo con terrible puntería causando fiero estrago en los

enemigos, y tal que, no atreviéndose ya estos a acercarse, resolvieron

derribar a cañonazos paredes para ellos tan fatales. Grande entonces

el aprieto de Romero, inevitable fuera su ruina si no le salvara de

ella la repentina retirada de los franceses, que se alejaron temerosos

de gente que acudía de Puerto Serrano y otras partes. Libre Romero,

a duras penas pudo arrancársele de los escombros de Montellano,

respondiendo a las instancias que se le hacían: «Alcalde de esta villa,

este es mi puesto.»

[Sidenote: Tarifa.]

Imitaban al mismo tiempo en Tarifa la conducta de los serranos. No

habían los enemigos ocupado antes esta plaza, situada en el extremo

meridional de España, contentándose con sacar de ella raciones en

una ocasión en que se aproximaron a sus muros. Pudieran entonces

haberla fácilmente tomado, pero no juzgaron prudente exponerse a ello

sin mayores fuerzas. Los españoles después aumentaron los medios de

defensa, y aun vinieron en su ayuda algunos ingleses mandados por el

mayor Brown. Ignorábanlo los franceses, y el 21 de abril intentaron

entrar la plaza de rebate. Salioles mal la empresa, rechazados con

pérdida por el paisanaje y sus aliados.

Vemos así cuánto distraían a los franceses las conmociones e incesante

guerrear de los puntos más inmediatos a Cádiz. Tampoco se los dejaba

tranquilos en otros más distantes de las mismas Andalucías, ya por la

parte de Murcia, en que permanecía el ejército del centro, ya por la de

Extremadura, en que estaba el de la izquierda.

[Sidenote: Ejército del centro en Murcia.]

Puesto aquel a últimos de enero, según queda referido, bajo las órdenes

del general Blake, fue creciendo y disciplinándose en cuanto las

circunstancias lo permitían, y fomentó con su presencia partidas que

se levantaron en las montañas del lado de Cazorla y Úbeda, y en las

Alpujarras.

A principios de marzo, Don Joaquín Blake, con motivo de la entrada

de Suchet en el reino de Valencia, moviose hacia aquella parte; mas,

enterado luego de la retirada de los franceses, retrocedió a sus

cuarteles, volviendo a unirse al general Freire, a quien con alguna

tropa había dejado en la frontera de Granada. Entonces fue cuando Blake

recibió la orden de pasar a la Isla, quedando en ausencia suya Don

Manuel Freire al frente del ejército, cuya fuerza constaba de 12.000

infantes y cerca de 2000 caballos, con 14 piezas de artillería.

[Sidenote: Correría de Sebastiani en aquel reino.]

Hizo a poco una correría la vuelta de aquel punto el general Sebastiani,

acompañado de 8000 hombres. Enderezose por Baza a Lorca, y Freire se

replegó sobre Alicante, metiendo en Cartagena la 3.ª división de su

ejército al mando de Don Pedro Otedo. Los franceses se adelantaron sin

oposición, y el 23 de abril se posesionaron de la ciudad de Murcia,

siendo aquella la vez primera que pisaban su suelo. Los vecinos de más

cuenta y las autoridades se habían ausentado la víspera. Sebastiani

anunció a su entrada que se respetarían las personas y las propiedades;

pero no se conformó su porte con tan solemnes promesas.

[Sidenote: Su conducta.]

En la mañana del 24 fue a la catedral, y después de mandar que se

llevase preso a un canónigo revestido con su traje de coro, hizo que se

interrumpiesen los divinos oficios, obligando al cabildo eclesiástico

a que inmediatamente se le presentase en el palacio episcopal.

Provenía su enojo de que no se le hubiese cumplimentado al presentarse

en la iglesia. Maltrató de palabra a los canónigos, y ordenó que en

el término de dos horas le entregasen todos sus fondos. Pidiéndole el

cabildo que por lo menos alargase el plazo a cuatro horas, respondió

altaneramente: «Un conquistador no deshace lo que una vez manda.»

Con no menos despego y altivez trató Sebastiani a los individuos de

un ayuntamiento que se había formado interinamente. Reprendioles por

no haberle recibido con salvas de artillería y repique de campanas,

imponiendo al vecindario en castigo 100.000 duros, suma que a muchos

ruegos rebajó a la mitad. Tomaron además el general francés y los

suyos, no contando las raciones y otros suministros, todo el dinero de

los establecimientos públicos, y la plata y alhajas de los conventos,

sin que se libertasen del saqueo varias casas principales.

[Sidenote: Evacúalo.]

Esta correría ejecutada, al parecer, más bien con intento de esquilmar

el reino de Murcia, aún intacto de la rapacidad enemiga, que de

afianzar el imperio del intruso, fue muy pasajera. El 26 del mismo

abril ya todos los franceses habían evacuado la ciudad, y bien les

vino, empezando a reinar grande efervescencia en la huerta y contornos.

Idos los invasores, se ensañaron los paisanos en las personas y

haciendas de los que graduaron de afectos a los enemigos, y mataron

al corregidor interino Don Joaquín Elgueta, el cual había también

corrido gran peligro de parte de los franceses queriendo amparar a los

vecinos. ¡Triste y no merecida suerte! Mejor hubieran los murcianos

empleado sus puños en defenderse contra el común enemigo que haberse

manchado con la sangre inocente de sus conciudadanos.

[Sidenote: Partidas de Cazorla y de las Alpujarras.]

Envió después Freire la caballería y algunos infantes a la frontera

de Granada, quedándose él en Elche. Con tal apoyo, volvieron a

fomentarse las partidas por el lado de Cazorla, y por el opuesto de

las Alpujarras, y hubo muchos reencuentros entre ellas y cuerpos

destacados del enemigo, compuestos de 200 a 400 hombres. La conducta

de algunas tropas francesas contribuía también no poco a la irritación

de los habitantes, habiéndose mostrado feroces en Vélez Rubio y otros

pueblos, por lo que los vecinos defendían sus hogares de consuno,

tocando a rebato y a manera de leones bravos. En las Alpujarras,

ásperas pero deliciosas sierras, y en cuyas vertientes a la mar se dan

las producciones del trópico, señaláronse varios partidarios como Mena,

Villalobos, García y otros, aspirando los moradores, como ya en su

tiempo decía Mármol, a que se les tuviese por invencibles.

[Sidenote: Extremadura: ejército de la izquierda.]

Andaba también a veces la guerra bastante viva en la parte de las

Andalucías que linda con Extremadura. La junta de Badajoz, luego que

Mortier se retiró el 12 de febrero de enfrente de la plaza, puso gran

conato en derramar guerrillas hacia el reino de Sevilla y riberas del

Tajo. Caminó luego hacia las del Guadiana desde San Martín de Trevejo

el ejército de la izquierda, excepto la división de La Carrera, que

quedó apostada para impedir las comunicaciones entre Extremadura y

el país allende la Sierra de Baños. Este ejército, unido a la fuerza

que había en Badajoz, constaba de unos 26.000 infantes y de más de

2000 hombres de caballería, la mitad desmontados. [Sidenote: Romana.]

El marqués de la Romana le distribuyó colocando en su izquierda

cerca de Castelo de Vide y en Alburquerque, dos divisiones al mando

de Don Gabriel de Mendizábal y de Don Carlos O’Donnell [hermano de

Don Enrique] una, y su cuartel general en Badajoz mismo, y otras dos

a su derecha en Olivenza y camino de Monesterio, a las órdenes de los

generales Ballesteros [Sidenote: Ballesteros.] y Senén de Contreras.

Servía de arrimo al ejército de Romana, además de Badajoz, la plaza de

Elvas y otras no tan importantes que guarnecen ambas fronteras española

y portuguesa, en donde también había una división aliada que regía el

general Hill. Se trabaron así de ambas partes continuos choques, ya

que no batallas, y en algunos sostuvieron los españoles con ventaja

la gloria de nuestras armas. Ballesteros, por la derecha, fue quien más

lidió, siendo notables los combates de 25 y 26 de marzo en Santa Olalla

y el Ronquillo, los del 15 de abril y 26 de mayo en Zalamea y Aracena,

junto con los de Burguillos y Monesterio que se dieron al finalizar

junio, todos contra las tropas del mariscal Mortier. Era el principal

campo de Ballesteros y su acogida el país montuoso que se eleva entre

Extremadura, Portugal y reino de Sevilla, desde donde igualmente se

daba la mano con los españoles del condado de Niebla. Sus servicios

fueron dignos de loa, si bien a veces ponderaba sobradamente sus

hechos.

[Sidenote: Don Carlos O’Donnell.]

Don Carlos O’Donnell no dejaba tampoco de hostigar al enemigo por el

lado izquierdo. Tenía allí que habérselas con el 2.º cuerpo, a cargo

del general Reynier, quien, en principios de marzo, viniendo del

Tajo, sentó sus reales en Mérida. [Sidenote: Varias refriegas.] Se

escaramuzó con frecuencia entre unos y otros, y Reynier también hacía

correrías contra las demás divisiones españolas, formalizándose en

ocasiones las refriegas. Tal fue la que se trabó en 5 de julio entre él

y los jefes Imaz y Morillo, en Jerez de los Caballeros: los españoles

se defendieron desde por la mañana hasta la caída de la tarde, y se

retiraron con orden cediendo solo al número. Permaneció Reynier en

aquellas partes hasta el 12 de julio, en cuyo tiempo repasó el Tajo

aproximándose a los cuerpos de su nación que iban a emprender, camino

de Ciudad Rodrigo, la conquista de Portugal. Observole en su marcha,

moviéndose paralelamente, la división del general Hill.

Siguió haciendo siempre la guerra en el mediodía de Extremadura el

cuerpo del mariscal Mortier; mas este jefe, disgustado con Soult,

anhelaba por alejarse, y aun pidió licencia para volver a Francia.

[Sidenote: Decreto de Soult de 9 de mayo.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 16 / 35 段