Según se iban los franceses aproximando a la ciudad, crecía en ella la

fermentación, y más se desbocaba Don José Caro en cometer tropelías.

Envió a San Felipe de Játiva la junta superior, y creó una comisión

militar de policía, instrumento de sus venganzas. Cierto que para

ellas había un pretexto honroso en secretos tratos que el enemigo

mantenía dentro de Valencia; pero en vez de solo descargar sobre los

culpados la justicia de las leyes, arrestáronse indistintamente y para

satisfacer enemistades buenos y malos patriotas.

[Sidenote: Malógrasele a Suchet su expedición.]

En tal estado, presentáronse los franceses delante de Valencia el 5 de

marzo, estableciendo Suchet en el Puig su cuartel general. Ocuparon

fuera de los muros, y a la izquierda del Guadalaviar, el arrabal de

Murviedro, el colegio de San Pío V, el palacio real, el convento de la

Zaidía y otros, extendiéndose al Grao y su comarca en gran detrimento

de los pueblos. Intimó el 7 el general Suchet a Don José Caro la

rendición, quien en este caso respondió cual debía. Se mantuvo Suchet

hasta el 10 en las cercanías esperando a que estallase en su favor

dentro de la ciudad una conmoción, mas saliendo fallida su esperanza y

temeroso de las guerrillas que se formaban en su derredor, levantó el

campo en la noche del 10 al 11 y retrocedió por donde había venido.

[Sidenote: Pozoblanco.]

Grande algazara y justa alegría se manifestó en Valencia al saberse el

alejamiento del enemigo. Mas no por eso cesó Caro en sus persecuciones.

Varios de los presos, aunque inocentes, continuaron encarcelados, y

fue ahorcado el barón de Pozoblanco. Dudamos aún si este infeliz era o

no delincuente, y si en realidad había seguido correspondencia con el

enemigo. Natural de la isla de la Trinidad, unían en otro tiempo a él

y a Caro estrechos vínculos, que tuvieron principio cuando el último

visitaba como marino las costas americanas. Convirtiose después en odio

la antigua amistad, y se acusó a Caro de haber usado en aquel lance de

la potestad suprema no imparcial ni desapasionadamente.

[Sidenote: Ventajas de los españoles en Aragón.]

Suchet, al retirarse, se encontró con muchos paisanos armados que se

habían levantado a su espalda, y también con la noticia de que el reino

de Aragón, aprovechándose de su ausencia, comenzaba de nuevo a estar

muy movido. En efecto, Don Pedro Villacampa, revolviendo el 7 de marzo

sobre Teruel, había entrado la ciudad y obligado al coronel Plicque a

encerrarse con su guarnición en el seminario, ya de antes fortificado.

No contento aun así el español, había salido a esperar y cogido en la

venta de Malamadera, a corta distancia de Teruel, un convoy enemigo

procedente de Daroca. Apoderose de 4 piezas, de unos 200 hombres y de

muchas municiones. Otro tanto hizo por opuesto lado con una compañía

de polacos avanzada en Alventosa. El seminario, estrechado por los

nuestros y próximo a caer en sus manos, se libertó el 12 de marzo con

la llegada del ejército de Suchet, que forzó a Villacampa a alejarse.

D. Felipe Perena también por el Cinca había hecho sus correrías,

destruyendo en Fraga el puente y los atrincheramientos enemigos.

El 17 volvió Suchet a Zaragoza, y quiso ante todo acabar con Mina

el mozo, que por su lado se había igualmente adelantado a las Cinco

Villas. Inquietó bastante este caudillo en aquellos días a los

franceses, [Sidenote: Cae prisionero Mina el mozo.] mas, perseguido en

Aragón por el gobernador de Jaca y el general Harispe, y en Navarra por

Dufour, cayó desgraciadamente el 31 en poder de los puestos franceses,

que al cogerle le maltrataron. Sin detención lleváronsele a Francia,

y le encerraron en el castillo de Vincennes, donde permaneció, como

tantos otros españoles, hasta 1814. [Sidenote: Sucédele su tío Espoz

y Mina.] Sucediole su tío, el renombrado Don Francisco Espoz y Mina,

quien con sus hechos y mejor fortuna oscureció las breves glorias de su

sobrino.

Arregladas las cosas de Aragón, trató Suchet de cumplir con lo que se

le había mandado de París, sitiando a Lérida. No por eso estaba bajo su

dependencia Cataluña, encomendada al mariscal Augereau, dejando solo

a cargo del primero el asedio de las plazas que formaban, por decirlo

así, cordón entre aquel principado y las provincias rayanas.

[Sidenote: Estado de Cataluña.]

De luto había cubierto a Cataluña la caída de Gerona. Don Joaquín

Blake, por su parte, no admitiéndole la central la dejación que

repetidamente había hecho de su mando, se separó de autoridad propia

en 10 de diciembre de su ejército, poniendo interinamente a su cabeza

al marqués de Portago. Motivó semejante resolución haber aprobado la

central, contra el dictamen de dicho general, lo determinado por el

congreso catalán de levantar 40.000 hombres de somatén. Blake quería

crear cuerpos de línea y no reuniones informes de indisciplinados

paisanos. Pero los catalanes, apegados a su antigua manera de guerrear,

hallaron arrimo en el gobierno supremo, desatendiéndose las reflexiones

juiciosas y militares de Blake, quien, en medio de sus conocimientos,

no gozaba de popularidad a causa de su mala estrella.

Ausente este general, no quedó Portago largo tiempo en el mando, pues

cayendo enfermo, dejó en su lugar a Don Jaime García Conde, sustituido

también en breve por el general más antiguo Don Juan Henestrosa. El

congreso catalán, después de expedir varias providencias en favor de la

defensa del principado, tomando para darlas más bien consejo de los

falsos conceptos del provincialismo que de atento e imparcial juicio,

se disolvió y quedó solo para el despacho de los negocios la junta

superior.

El somatén que se había levantado no produjo el efecto que esperaban

los catalanes. Apareció tarde y al caer Gerona, y no queriendo tampoco

los partidos desprenderse de sus respectivos contingentes para

prestarse mutuo auxilio, faltó el necesario concierto. Permaneció en

Vic el grueso del ejército español, teniendo apostado en el Grao de

Olot un cuerpo volante. Clarós estaba hacia Besalú, y Rovira camino de

Figueras, ambos con bastante fuerza a causa de los somatenes que se

les agregaron. Para despejar el país y asegurar las comunicaciones con

Francia marcharon contra ellos los generales Souham y Verdier. Hubo

con este motivo varios reencuentros de los que se contaron algunos

favorables para los somatenes. En los mismos días, el enemigo, que de

todos lados acometía, hizo de Francia inútiles esfuerzos contra el

valle de Arán.

Dispuso en seguida Augereau que 10.000 hombres suyos, yendo sobre Vic,

atacasen el ejército español. Trabáronse por aquella parte desde 1.º

de enero frecuentes y reñidos combates, honrosos para los españoles,

pues con fuerza inferior hicieron rostro a contrarios aguerridos. Pero

viendo los nuestros la superioridad de los franceses, celebraron el 12

consejo de guerra y determinaron replegarse hacia Manresa y Tarrasa,

dejando en Tona una división, al mando del general Porta. [Sidenote:

Varias acciones.] Siguieron aun entonces las refriegas. Los franceses

entraron en Vic, y avanzando se encontraron con los nuestros el 14 y

15, siendo de notar la acción habida en Moya, en la que los generales

O’Donnell y Porta rechazaron a los enemigos, de los que perecieron más

de 200. El primero peleó con ventaja, hasta como soldado y cuerpo a

cuerpo.

Urgíale en tanto al mariscal Augereau, aseguradas en algún modo sus

comunicaciones con Francia, abrir las de Barcelona, plaza que empezaba

a estar apurada por falta de bastimentos. Conveniente era para ello la

toma de Hostalrich, pero no cediendo el gobernador a las intimaciones,

[Sidenote: Bloqueo de Hostalrich.] Augereau, así que ocupó la villa,

dejó al coronel Mazzuchelli encargado de bloquear el castillo. Arrimó

también allí las fuerzas de Souham para alejar a los somatenes, y él en

persona dispúsose a marchar prontamente sobre Barcelona.

La población de esta ciudad había disminuido, careciendo de trabajo

los fabricantes y sus operarios, y avergonzada la mocedad de no acudir

al llamamiento que por medio de su congreso y junta continuamente

les hacía la provincia. El general Duhesme mandaba, como antes en

Barcelona, y con frecuencia se veía obligado a ir en busca de víveres,

teniendo que atacar a los somatenes y a una división que siempre

permaneció en el Llobregat, cuyas fuerzas reunidas estrechaban la

plaza, acorralando a veces dentro de ella a las tropas francesas.

[Sidenote: Va Augereau al socorro de Barcelona.]

Augereau, aunque hostigado por las guerrillas, se adelantó con el

convoy y 9000 hombres, y Duhesme, seguido de unos 2000, salió de

Barcelona hasta Granollers a su encuentro. De hacia Tarrasa desembocó,

para interceptar el socorro, el marqués de Campoverde, al paso que

Orozco, comandante de la división del Llobregat, llamaba de aquel lado

la atención.

[Sidenote: Descalabro de Duhesme en Santa Perpetua y en Mollet.]

Campoverde atacó el 20 en Santa Perpetua a Duhesme, haciéndole 400

prisioneros; juntósele después Porta, que acudió por Casteltersoll,

y ambos en Mollet cayeron sobre el 2.º escuadrón de coraceros y le

cogieron casi entero. Felizmente para la demás tropa del general

Duhesme, llegó a tiempo Augereau, libertando a un batallón que se

defendía en Granollers. En seguida pudieron los franceses sin obstáculo

meter el convoy en Barcelona.

[Sidenote: Entra Augereau en Barcelona.]

Aquel mariscal, cumpliendo de este modo con el principal objeto de su

expedición, quitó a Duhesme el gobierno de aquella plaza, nombró en su

lugar a Mathieu, y se replegó a Hostalrich, temiendo que de nuevo se le

estorbara el paso.

[Sidenote: O’Donnell nombrado general de Cataluña.]

Con tanta mayor razón se mostraba desconfiado, cuanto Don Enrique

O’Donnell iba a capitanear las tropas de Cataluña. Así lo ansiaba el

principado, y el 21 de enero se recibió la orden de la junta central,

a la sazón todavía existente, confiriendo a aquel general el mando

supremo.

O’Donnell, mozo activo y valiente, codicioso de gloria aunque algo

atropellado, se había atraído las voluntades de los catalanes con su

adhesión a la causa de la independencia y su gran intrepidez, mostrada

ya en el primer cerco de Gerona. Ahora, autorizado, empezó a obrar con

diligencia y a mejorar la disciplina. Distribuyó igualmente su ejército

en nuevas brigadas y divisiones, reconcentrando el 6 de febrero en

Manresa casi toda la fuerza disponible. Solo dejó en Martorell y línea

del Llobregat la 3.ª división, a las órdenes del brigadier Martínez.

[Sidenote: Ejército que junta.]

El nuevo general llegó pronto a tener consigo 8000 infantes y 1000

caballos bien dispuestos. El 14 de febrero atacó con feliz éxito a

los enemigos cerca de Moya, y el 19 se aproximó a Vic con ánimo de

desalojarlos. Siguió lo principal de su fuerza el camino que de Tona se

dirige a aquella ciudad, marchando una columna vía de San Cugat hasta

la altura del Vendrell, [Sidenote: Acción de Vic el 19 de febrero.]

donde se paró. A las nueve de la mañana la vanguardia, o sea cuerpo

volante mandado por Sarsfield, rompió el fuego. Una hora después

cundió por toda la línea, sostenido con tenacidad de ambas partes.

Mandaba a los franceses el general Souham. Carecían los nuestros de

cañones, no habiendo podido traerlos por lo fragoso de la tierra; no

más de dos tenían los contrarios. A las doce se reforzaron los últimos

con 2500 hombres que se les juntaron de Vic. Entonces O’Donnell, que

conservaba a sus inmediatas órdenes la división situada en las alturas

del Vendrell, bajó con ella al llano. Avivose el fuego y continuó

reciamente hasta las tres de la tarde, en cuya hora, flanqueado Porta,

que regía el ala izquierda, a pesar de los esfuerzos de O’Donnell

quedaron desbaratados los nuestros y se retiraron a Tona y Collsuspina.

Perdimos, entre muertos y heridos, 900 hombres, otros tantos

prisioneros; no fue corto el daño que experimentaron los franceses,

siendo reñida la acción aunque malograda para los españoles.

[Sidenote: Pertinaz defensa de Hostalrich.]

Aguardaba en el intermedio el mariscal Augereau a orillas del Tordera

refuerzos de Francia, y apretaba la división de Pino el bloqueo de

Hostalrich. Situado este castillo en una elevada cima, enseñorea

el camino de Barcelona, obstruyendo, de consiguiente, en tiempo

de guerra, las comunicaciones. Don Julián de Estrada, entonces

gobernador, resuelto a defenderle hasta el último trance, decía: «Hijo

Hostalrich de Gerona, debe imitar el ejemplo de su madre.» Cumplió

Estrada su palabra, desoyendo cuantas proposiciones se le hicieron de

acomodamiento. Desde el 13 de enero hasta el 20 del mes inmediato,

limitáronse los franceses a bloquear el castillo, mas en aquel día

comenzó horroroso bombardeo.

[Sidenote: Socorre de nuevo Augereau a Barcelona.]

Al propio tiempo fueron llegando a Augereau los refuerzos de Francia

que hicieron ascender su ejército al comenzar marzo a 30.000

combatientes, sin contar la guarnición de Barcelona. Escasa nuevamente

esta plaza de medios, tuvo Augereau que volver a su socorro, y

consiguió, no obstante pérdidas y tropiezos, meter dentro un convoy.

[Sidenote: Retírase O’Donnell a Tarragona.]

Semejante movimiento obligó a O’Donnell a replegarse, mayormente

coincidiendo con la correría que por aquel tiempo hizo Suchet sobre

Valencia. El 21 entró en Tarragona el general español, y acampó en las

cercanías el grueso de su ejército. Juntósele la división aragonesa del

Algas, o sea de Tortosa, compuesta de unos 7000 hombres. No se estuvo

O’Donnell quieto allí sino que luego ejecutó otros movimientos.

[Sidenote: Feliz ataque de D. Juan Caro.]

Tal fue el que verificó al concluirse marzo, noticioso de que en

Villafranca de Panadés se alojaba un trozo bastante considerable de

franceses. Envió, pues, contra ellos a Don Juan Caro, asistido de

6000 hombres. Viendo los enemigos que los nuestros se aproximaban,

se encerraron en el cuartel de aquella villa, fuerte edificio sito a

la entrada, pero en breve, a pesar de su precaución y resistencia,

tuvieron que capitular, cayendo prisioneros 700 hombres. Portose Caro

con destreza y bizarría, y quedó herido.

Sucediole en el mando Campoverde, quien marchó sobre Manresa para darse

la mano con Rovira, siendo el intento de O’Donnell distraer al enemigo,

y si era posible auxiliar a Hostalrich. El general Schwartz hacía por

aquellas partes frente a los somatenes, cuya tenacidad desconcertaba al

francés, y aun le causaba a veces descalabros. En principios de abril

tomó la resistencia tal incremento que, asustado Augereau, salió el

11 de Barcelona y se dirigió a Hostalrich, para impedir los socorros

que los españoles querían introducir en el castillo, como ya lo habían

conseguido una vez, guiados por el coronel Don Manuel Fernández

Villamil.

[Sidenote: Evacúan los españoles a Hostalrich.]

Sin embargo, todo ya era demás. La penuria del fuerte tocaba en su

último punto, faltando hasta el agua de los aljibes, única que surtía a

la guarnición. El bizarro gobernador, los oficiales y soldados habían

todos sobrellevado de un modo el más constante la escasez y miseria

que igualó, si no sobrepasó, la de Gerona. Mas desesperanzado Estrada

de recibir auxilio alguno, y prefiriendo correr los mayores riesgos a

capitular, resolvió salvarse con su gente de la que aún le quedaban

1200 hombres. A las diez de la noche del 12 púsose en movimiento, y

salió por el lado de poniente, descendiendo la colina de carrera. Cruzó

en seguida el camino real, y atravesando la huerta llegó, repelidos los

puestos franceses, a las montañas detrás de Masanas y a Arbucias. Mas

en aquel paraje, descarriado el valiente Estrada, tuvo la desgracia

de caer prisionero, con tres compañías. El resto, que ascendía a 800

hombres, sacole a buen puerto el teniente coronel de artillería Don

Miguel López Baños, quien el 14 entró en Vic, ciudad libre entonces

de franceses. Estrada no se rindió sino después de viva refriega, y

Augereau, aunque incomodado con que se le escapase la mayor parte de

la guarnición, hizo alarde en gran manera de haberse hecho dueño de

su gobernador. [Sidenote: El mariscal Macdonald sucede a Augereau

en Cataluña.] De poco le sirvió tan feliz acaso, pues no tardó en

desgraciarse con Napoleón, quien nombró para sucederle al mariscal

Macdonald. Dícese que contribuyeron a su remoción quejas de Suchet,

desazonado porque no le ayudaba debidamente en sus empresas.

[Sidenote: Parte Suchet a Lérida.]

De estas, una de las principales era la que por entonces, y después de

su retirada de Valencia, intentaba contra Lérida, conformándose con

la orden que se le dio de París. Así después de dejar un tercio de

su fuerza en Aragón, a las órdenes del general Laval, se enderezó con

lo restante a Cataluña. Pero destruido por los españoles el puente

de Fraga, y estando de aquel lado próximo el castillo de Mequinenza,

prefirió Suchet al camino más directo, el de Alcubierre, y estableció

en Monzón sus almacenes y hospitales.

[Sidenote: Entran sus tropas en Balaguer.]

Se hallaba a la sazón en Balaguer Don Felipe Perena con alguna fuerza,

y aunque es ciudad en que no quedan sino reliquias de sus antiguos

muros, interesaba a los franceses su posesión a causa de un famoso

puente de piedra que tiene sobre el Segre. Atento a ello, ordenó Suchet

al general Habert que atacase a los españoles. Mas Perena, creyendo

ser desacuerdo resistir a fuerzas tan superiores, cejó a Lérida, y los

franceses entraron en Balaguer el 4 de abril.

[Sidenote: Sitio de Lérida.]

El 13 embistió Suchet aquella plaza. Asentada Lérida a la derecha del

Segre, río que también allí se cruza por hermoso puente, ha sido desde

tiempos remotos ciudad muy afamada. En sus alrededores acabó César con

Afranio y Petreyo, del partido pompeyano, y antes, cuando estos ocupaban

la ciudad, pasó aquel caudillo grandes angustias, acampado en la altura

en donde ahora se divisa el fuerte de Garden. En la defensa de este,

y sobre todo en la del castillo, colocado al extremo opuesto del lado

del norte, en la cumbre de un cerro, consiste la principal fortaleza de

Lérida, si bien ambos no se prestan entre sí grande ayuda. Muro sin

foso ni camino cubierto, parte con baluartes, parte con torreones,

rodea lo demás del recinto. Algunas obras nuevas se habían ejecutado, a

saber: una a la entrada del puente, y también dos reductos, llamados del

Pilar y San Fernando, en la meseta de Garden, en el paraje opuesto a la

plaza, fuera de cuyos muros está situado aquel fuerte. La población, que

ya ascendía a más de 12.000 almas, se hallaba aumentada con los paisanos

que del campo se habían refugiado dentro. Contaba la guarnición 8000

hombres, inclusa la tropa de Perena. Mandaba como gobernador Don Jaime

García Conde.

Todavía los franceses no habían empezado los trabajos del sitio, y ya

Don Enrique O’Donnell pensó en hacer levantarle, o por lo menos en

socorrer la plaza. Ignoraba su intento el general francés, por lo que

el 21 de abril avanzó este hasta Tárrega, temiendo solo a Campoverde,

que vimos se adelantara hacia Manresa; tanto sigilo guardaban los

catalanes, de rara y laudable fidelidad.

[Sidenote: Desgraciada tentativa de O’Donnell para socorrer la plaza.]

O’Donnell se había el día antes puesto en marcha con 6000 infantes

y 600 caballos, y el 22, sabiendo por el gobernador de Lérida que

parte del ejército francés se había alejado de la plaza, miró como

asegurada su empresa. Empezó, pues, O’Donnell en la mañana del 23 a

aproximarse a la ciudad, siguiendo el llano de Margalef, repartida

su fuerza en tres columnas, una más avanzada por el camino real, las

otras dos por los costados. Desgraciadamente, sabedor al fin Suchet de

la salida de O’Donnell de Tarragona, tornó de priesa hacia Lérida, y

tomó oportunas disposiciones para que se malograse el plan del general

español. Caminaba este confiado en su triunfo, cuando de repente se vio

arremetido por fuerzas considerables. El general Harispe trabó luego

pelea con la 1.ª columna, y Musnier, saliendo de Alcoletge, acometió

a la que iba por la derecha del camino. Los nuestros se desordenaron,

principalmente la caballería, arrollada por un regimiento de coraceros.

O’Donnell, aunque sobrecogido con tal contratiempo, pudo juntar parte

de su gente, y antes de anochecer retirarse con ella en buen orden

camino de Montblanch. La pérdida de las dos columnas atacadas fue sin

embargo considerable, quedando prisioneros batallones enteros.

Los franceses, queriendo aprovecharse del terror que aquel descalabro

infundiría en los leridanos, embistieron en la misma noche los reductos

del fuerte de Garden. Dichosos los enemigos al principio en el ataque

del Pilar, salieron mal en el de San Fernando, teniendo que retirarse,

y aun evacuar el primero que ya habían ocupado.

Al día siguiente tanteó el general Suchet el ánimo del gobernador,

proponiendo a este, para hacerle ver lo inútil de la defensa, que

enviase personas de su confianza que por sí mismos examinasen la

pérdida que en el día anterior habían los españoles padecido en

Margalef. La réplica de García Conde fue enérgica y concisa. «Señor

general, dijo, esta plaza nunca ha contado con el auxilio de ningún

ejército.» Lástima que a las palabras no correspondiesen los hechos,

como en Zaragoza y Gerona.

Empezaron los franceses el 29 de abril los trabajos de trinchera,

escogiendo por frente de ataque el espacio que media entre el baluarte

de la Magdalena y el del Carmen, que era por donde embistió la plaza

el duque de Orleans en la guerra de sucesión.

Los sitiados no repelieron con grande empeño los aproches del enemigo.

Así, esta defensa no fue larga ni digna de memoria. Merece, no obstante,

honrosa excepción la resistencia que hizo, en la noche del 12 al 13 de

mayo, el reducto de San Fernando, ya bien sostenido, como arriba hemos

dicho, en una primera acometida. En la última se defendió con tal

tenacidad que de 300 hombres que le guarnecían apenas sobrevivieron 60.

Los franceses asaltaron el 13 del mismo mes la ciudad, y la entraron

sin tropezar con extraordinarios impedimentos. La guarnición se recogió

al castillo, en donde también se metieron casi todos los habitantes,

viendo que los acometedores no les daban cuartel. Crueldad ejecutada

de intento, para que hacinados muchos individuos en corto recinto

obligaran al gobernador a rendirse. Hubiera sin embargo García Conde

podido despejar aquella fortaleza echando fuera la gente inútil; pero

Suchet, para no desaprovechar la ocasión de acabar en breve el sitio,

empezó desde luego a tirar bombas, las cuales cayendo sobre tantas

personas apiñadas en reducido espacio, causaron en poco tiempo el

mayor estrago. [Sidenote: Entran los franceses en Lérida y ríndese su

castillo.] Blandeando el ánimo de García Conde con los lamentos de

mujeres, niños y ancianos, y forzado hasta cierto punto por la junta

corregimental, que creía que nada importaba la defensa del castillo si

la ciudad perecía, capituló el 14, habiendo los franceses concedido a

la guarnición los honores de la guerra. Ejemplo que siguió el fuerte

de Garden. Pérdida sensible la de Lérida, conquista que abría a los

invasores las comunicaciones entre Aragón y Cataluña.

Tachose a García Conde de traidor, opinión que adquirió crédito con

haber después abrazado el partido del gobierno intruso. Lo cierto es

que era hombre de limitados alcances, y juzgamos que su conducta más

bien dimanó de esto y de fatal desdicha que de premeditada maldad.

[Sidenote: También el fuerte de las Medas.]

Por entonces, para que las desgracias vinieran juntas, ocuparon también

los franceses el fuerte de la isla de las Medas, al embocadero del Ter,

puesto importante malamente entregado por el gobernador español, Don

Agustín Cailleaux.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 15 / 35 段