José había en todo este tiempo recorrido las ciudades y pueblos

principales de las Andalucías, recreándose tanto en su estancia que

la prolongó hasta entrado mayo. Cuidaba Soult del mando supremo

del ejército que apellidaron del mediodía, el cual constaba de

las fuerzas ya indicadas al hablar del paso de la Sierra Morena.

[Sidenote: Modo con que le reciben.] Acogieron los andaluces a José

mejor que los moradores de las demás partes del reino, y festejáronle

bastantemente, por cuyo buen recibimiento premió a muchos con destinos

y condecoraciones, y expidió varios decretos en favor de la enseñanza

y de la prosperidad de aquellos pueblos. Nombró para establecer su

gobierno y administración en las provincias recién conquistadas

comisarios regios, cuyas facultades a cada paso eran restringidas

por el predominio y arrogancia de los generales franceses. Manifestó

José en Sevilla su intención de convocar cortes en todo aquel año de

1810, para lo que en decreto de 18 de abril dispuso que se tomase

conocimiento exacto de la población de España. [Sidenote: Sus

providencias.] Por el mismo tiempo trató igualmente de arreglar el

gobierno interior de los pueblos, y distribuyó el reino en treinta y

ocho prefecturas, las cuales se dividían a su vez en subprefecturas y

municipalidades, remedando o más bien copiando, en esto y en lo demás

del decreto publicado al efecto, la administración departamental de

Francia. Providencia que, habiendo tomado arraigo, hubiera podido

mejorar la suerte de los pueblos; pero que en algunos no se estableció,

desapareciendo en los más lo benéfico de la medida con los continuos

desmanes de las tropas extranjeras. La milicia cívica, ya decretada por

José en julio de 1809, y en la que se negaban por lo general a entrar

los habitantes de otras partes, disgustó menos en Andalucía donde hubo

ciudades que se prestaron sin repugnancia a aquel servicio.

Por ello, y por el modo con que en aquellos reinos había sido recibido

el intruso, motejaron acerbamente a sus habitadores los de las otras

provincias de España, tachando a aquellos naturales de hombres escasos

de patriotismo y de condición blanda y acomodaticia. Censura infundada,

porque las Andalucías, singularmente el reino de Granada, no solo

habían hecho grandes sacrificios en favor de la causa común, sino

que, igualmente al tiempo de la invasión, estuvieron muy dispuestos a

repelerla. Faltoles buena guía, estando abatidas y siendo de menguado

ánimo sus propias autoridades. Cierto es que en estas provincias era

mayor que en otras el número de indiferentes y de los que anhelaban

por sosiego, lo cual en gran parte pendía de que, atacado tarde aquel

suelo, considerábase a España como perdida, y también de que, habiendo

los habitantes sido de cerca testigos de los errores y aun injusticias

de los gobiernos nacionales, ignoraban los perjuicios y destrozos de la

irrupción y conquista extranjera, males que no habían por lo general

experimentado, como lo demás del reino. Desengañados pronto, empezaron

a rebullir, y las montañas de Ronda y otras comarcas mostraron no menos

bríos contra los invasores que las riberas del Llobregat y del Miño.

[Sidenote: Vuelve a Madrid.]

Las delicias y el temple de Andalucía, que recordaban a José su mansión

en Nápoles, hubieran tal vez diferido su vuelta a Madrid, si ciertas

resoluciones del gabinete de Francia no le hubiesen impelido a regresar

a la capital, en donde entró el 13 de mayo: resoluciones importantes, y

en cuyo examen nos ocuparemos luego que hayamos contado los movimientos

que hicieron los franceses en otras provincias de España, algunos de

los cuales concurrieron con los de las Andalucías.

[Sidenote: Nueva invasión de Asturias.]

Tales fueron los que ejecutaron sobre Asturias y Valencia, juntamente

con el sitio de Astorga. Tomó el primero a su cargo el general Bonnet.

Manteníase aquel principado como desguarnecido, después que, al mando

de Don Francisco Ballesteros, se alejó de sus montañas la flor de sus

tropas. Quedaban 4000 soldados escasos en la parte oriental, hacia

Colombres, y 2000 de reserva en las cercanías de Oviedo; sin contar

con unos 1000 hombres de Don Juan Díaz Porlier, quien antes de esta

invasión de Asturias, abriendo portillo por medio de los enemigos,

recorrió el país llano de Castilla, tocó en La Rioja, y divirtiendo

grandemente la atención de los franceses, tornó en seguida a buscar

abrigo en las asperezas de donde se había descolgado. Linaje de

empresas que perturbaban al enemigo, y diferían por lo menos, si no

trastrocaban, sus premeditados planes.

[Sidenote: Llano Ponte.]

Continuaban mandando en el principado el general Don Antonio Arce y

la junta nombrada por Romana; permaneciendo al frente de la línea de

Colombres D. Nicolás de Llano Ponte. Este, no más afortunado ahora

que lo había sido en la campaña de Vizcaya, cejó sin gran resistencia

cuando, en 25 de enero, le atacaron 6000 franceses a las órdenes del

general Bonnet. Los españoles, en verdad inferiores en número, solo

hubieran podido sacar ventaja de algunos sitios favorables por su

naturaleza. Forzaron los enemigos el puente de Purón, en donde nuestra

artillería, bien servida, les causó estrago. Llano Ponte replegose

precipitadamente hacia el Infiesto, y el general Arce con las demás

autoridades evacuaron a Oviedo, haciendo alto por de pronto en las

orillas del Nalón.

[Sidenote: Porlier.]

Alteró algún tanto el gozo de los invasores la intrepidez de Don Juan

Díaz Porlier, quien, noticioso de la irrupción francesa en Asturias,

metiose en lo interior del Principado, viniendo de las faldas

meridionales de sus montañas, en donde estaba apostado. Atacó por la

espalda las partidas sueltas de los enemigos, cogió a estos bastantes

prisioneros, y caminando la vuelta de la costa por Gijón y Avilés,

se situó descansadamente en Pravia, a la izquierda de las tropas y

dispersos que se habían retirado con el general Arce. Imitaron a

Porlier Don Federico Castañón y otros partidarios que se colocaron en

el camino real de León, por cuyo paraje con sus frecuentes acometidas

molestaban a los contrarios.

[Sidenote: Entra Bonnet en Oviedo.]

El general Bonnet ocupó a Oviedo el 30 de enero, de cuya ciudad, como

en la primera invasión, habían salido las familias más principales.

En esta entrada se portó aquel general con sobrada dureza, habiendo

ejecutado algunos actos inhumanos: amansose después y gobernó con

bastante justicia, en cuanto cabe al menos en un conquistador hostigado

incesantemente por una población enemiga.

[Sidenote: Evacúa la ciudad.]

A pocos días de estar en Oviedo, temeroso Bonnet de los movimientos de

Porlier y demás partidarios, desamparó la ciudad y se reconcentró en

la Pola de Siero. Confiados demasiadamente los jefes españoles con tan

repentina retirada, avanzaron de sus puestos del Nalón, se posesionaron

de Oviedo, y apostaron en el puente de Colloto la vanguardia mandada

por Don Pedro Bárcena. Los franceses, que no deseaban sino ver

reunidos a los nuestros, para acabar con ellos más fácilmente por la

superioridad que les daba en ordenada batalla su práctica y disciplina,

[Sidenote: Ocúpala de nuevo.] revolvieron el 14 de febrero sobre las

tropas españolas, y atropellándolo todo recuperaron a Oviedo y asomaron

el 15 a Peñaflor, en cuyo puente los detuvieron algunos paisanos,

[Sidenote: Castellar y defensa del Puente de Peñaflor.] mandados

animosamente por el oficial de estado mayor Don José Castellar, que ya

se señaló allá, en San Payo, y ahora quedó aquí herido.

[Sidenote: Bárcena. Retíranse los españoles al Narcea.]

Don Pedro Bárcena, volviendo también a reunir su gente, a la que se

agregaron otros dispersos, rechazó a los franceses en Puentes de Soto,

y se sostuvo allí algún tiempo. Pero al fin, amenazándole continuamente

enemigos numerosos, juzgó prudente recogerse a la línea del Narcea,

quedando solo sobre la izquierda, en Pravia, orillas del Nalón, Don

Juan Díaz Porlier. Encomendose entonces el mando del ejército de

operaciones al mencionado Bárcena, hombre sereno y de gran bizarría.

[Sidenote: Don Juan Moscoso.] Ayudaba en todo con sus consejos y

ejemplo el coronel Don Juan Moscoso, jefe de estado mayor, que en el

arte de la guerra era entendido y aun sabio.

[Sidenote: El general Arce.]

El general Arce, amilanado a la vista de los peligros de una invasión

que le cogía desprevenido, resolviose a dejar el mando de la provincia;

mas antes, con intento de poder alegar que estaba concluida la

comisión que le había llevado allí, determinó restablecer la junta

constitucional que Romana a su antojo había destruido, y para ello

ordenó que los concejos nombrasen, según lo hicieron, diputados que

concurriesen a formar la citada corporación; desmoronándose de este

modo la obra levantada por Romana, obra de desconcierto y arbitrariedad.

[Sidenote: Conducta escandalosa de Arce y del consejero Leiva.]

Como quiera que fuese loable la medida de Arce, mirose esta como nacida

de las circunstancias, más bien que del buen deseo de deshacer una

injusticia y de granjearse las voluntades de los asturianos. Dio fuerza

a la opinión que acerca de su partida enunciamos, el que dicho general

y su compañero de comisión, el consejero Leiva, se llevaron consigo, so

color de sueldos atrasados, 16.000 duros. Paso que debe severamente

condenarse en un tiempo en que el hacendado y hasta el hombre del

campo, se privaban de sus haberes por alimentar al soldado, a veces en

apuros y en extrema desdicha.

[Sidenote: Nueva instalación de la junta general del Principado.]

La nueva junta se instaló en Luarca el 4 de marzo, y no desmayando

con la ausencia de Don Antonio Arce, nombró en su lugar a Don José

Cienfuegos, general de la provincia e hijo suyo; formando al mismo

tiempo un consejo de guerra, con cuyo acuerdo se dirigiesen las

operaciones militares.

[Sidenote: Auxilio de Galicia.]

De Galicia llegó luego, en auxilio de Asturias, una corta división de

2000 hombres, con lo que, alentados los jefes, determinaron atacar el

19 de marzo a las tropas francesas. Hízose así acometiendo el grueso

de nuestra fuerza del lado del puente de Peñaflor al mismo tiempo que

se llamaba por la derecha la atención del enemigo, y que Porlier por

la izquierda, embarcándose en la costa, caía sobre las espaldas a

la orilla opuesta del Nalón. [Sidenote: Desampara Bonnet a Oviedo.]

Ejecutada con ventura la maniobra, evacuó Bonnet a Oviedo y no paró

hasta Cangas de Onís; así para reforzarse, como también para ir en

busca de acopios y pertrechos de guerra, que solo muy escoltados podían

llegar a su ejército.

[Sidenote: Se enseñorea por tercera vez de la ciudad.]

Con mayor circunspección que en la ocasión anterior se adelantaron

esta vez los nuestros, sacando además de Oviedo todos los útiles de

la fábrica de armas. Precaución tanto más oportuna, cuanto Bonnet

engrosado y de refresco tornó en breve y obligó a los nuestros a

retirarse, enseñoreándose por tercera vez de la capital el 29 del mismo

marzo. Los españoles se recogieron entonces a su antigua línea del

Nalón, poniendo su derecha en el Padrún, camino real de León, y su

izquierda en Pravia.

Ni aun allí los dejaron quietos por largo tiempo los franceses,

teniendo que refugiarse, después de varios y reñidos choques, las tropas

de Asturias y Porlier a Tineo y Somiedo, y la división gallega al

Navia. Prosiguieron durante abril los reencuentros, sin que les fuese

dable a los enemigos dominar del todo el Principado.

[Sidenote: Estado de Galicia.]

La ocupación de este no se hubiera prolongado a haber puesto la junta

del reino de Galicia mayor esmero en cooperar a que se evacuase.

Dicha autoridad se hallaba instalada desde el mes de enero, y si bien

contaba entre sus individuos hombres de conocido celo e ilustración,

no desplegó sin embargo la conveniente energía, desaprovechando los

muchos recursos que ofrecía provincia tan populosa. Así, ni aumentó en

estos meses considerablemente su ejército, ni tampoco se atrevió al

principio a poner debido coto a los atrevimientos y oposición de la

junta subalterna de Betanzos, harto desmandada.

[Sidenote: Alboroto del Ferrol. Muerte de Vargas.]

Con las reyertas que de aquí y de otras partes nacían, no solo se

descuidaban los asuntos de la guerra, únicos entonces de urgencia, sino

que se dio margen a que en el mes de febrero gente aviesa suscitase

en el Ferrol un alboroto. Fue en él víctima del furor popular el

comandante de arsenales Don José María de Vargas, sirviendo de pretexto

para el motín los atrasos que se debían a la maestranza. Restablecido

el sosiego, formose causa a algunas personas, y castigose con el último

suplicio a una mujer del pueblo que se probó haber sido la que primero

acometió e hirió al desgraciado Vargas.

La junta de Galicia, disculpándose además, para no ayudar a Asturias,

con los temores de que los franceses invadiesen su propio suelo por el

lado de Astorga, cuya ciudad amenazaban y sitiaron luego, desatendió

las reclamaciones de aquella provincia, ni convino tampoco en adoptar

la proposición que su junta le hizo de nombrar de acuerdo ambas

corporaciones un mismo jefe militar; puesto que la regencia a causa de

la distancia no podía con prontitud acudir al remedio de los males que

causaba la división.

[Sidenote: Mahy, general de las tropas de aquel reino.]

Solo el general Mahy, a quien se había confiado el mando superior de

las tropas de Galicia, procuró por sí y en cuanto pudo auxiliar al

principado. Mas el asedio de Astorga, y tener que cubrir el Bierzo,

obligábanle a permanecer en Lugo y Villafranca con las principales

fuerzas de su ejército, que eran poco considerables.

[Sidenote: Sitio de Astorga.]

No le incomodaron, sin embargo, tanto como temiera los franceses,

cuya mira se enderezaba a Portugal; habiéndolos también detenido la

defensa de Astorga, más porfiada de lo que permitía la flaqueza de sus

fortificaciones. Ciudad aquella antigua, nunca fue plaza en los tiempos

modernos, cercándola un muro viejo flanqueado de medios torreones. Tres

arrabales facilitaban su acceso, careciendo de foso, estacada y de

toda obra exterior. La población, antes de 600 vecinos, ahora menguada

con sus muchos padecimientos. En el intermedio que corrió desde el

anterior ataque del pasado octubre hasta el de esta primavera del año

de 1810, se trató de mejorar el estado de sus defensas, fortaleciendo

principalmente el arrabal de Reitibia con fosos, estacadas, cortaduras

y pozos de lobo. Se formaron cuadrillas de paisanos, y la guarnición

ascendía a unos 2800 hombres. Continuaba siendo gobernador Don José

María de Santocildes.

En febrero estaban los franceses alojados en las riberas del Órbigo,

hacia donde los nuestros, para aumentar el repuesto de sus víveres,

extendían las correrías. El 11 del mes el general Loison, con 9000

hombres y seis piezas de campaña, se presentó delante de la ciudad,

haciendo el 16 intimación de rendirse. Contestó a ella negativamente

Santocildes, y entonces el general francés se alejó de la plaza, sin

que por eso cesasen sus guerrillas de tirotearse diariamente con las

nuestras. Así se prosiguió hasta que el 21 de marzo pensaron los

franceses en formalizar el sitio.

Habíase arrimado hacia aquella parte el general Junot, duque de

Abrantes, encargado del mando del 8.º cuerpo, vuelto a formar de nuevo,

y uno de los que habían de componer el ejército que Napoleón destinaba

contra los ingleses de Portugal. Habiéndose Santocildes opuesto a

recibir un pliego que Junot le expidiera, comenzó desde luego este

los trabajos del sitio. Impidieron su progreso los cercados, y aun

el 26 rechazaron una tentativa de los sitiadores sobre el arrabal de

Reitibia. Escaseaban los españoles de cañones, y los que había solo

eran de menor calibre; carecíase también de municiones; abundaba,

sí, el entusiasmo de la tropa y del paisanaje. Por ambos lados se

escaramuzaba sin cesar, manteniendo los sitiados la esperanza de ser

socorridos por el general Mahy, que permanecía en el Bierzo, cuyas

avenidas observaban atentamente los franceses, trabándose a veces pelea

entre unos y otros.

Mientras tanto, concluida el 19 de abril la batería de brecha,

rompieron los enemigos el fuego en el siguiente día con piezas de

grueso calibre, y se dirigieron contra la puerta de Hierro, por donde

aportillaron el muro. Con las granadas se incendió la catedral,

quemándose parte de ella y varias casas contiguas. El vecindario y la

guarnición se defendían con serenidad y denuedo. Practicable a poco

tiempo la brecha, aunque Junot intimó por segunda vez la rendición,

amenazando pasar a cuchillo soldados y moradores, se desechó su

propuesta y se prepararon todos a repeler el asalto. Emprendiéronle

los enemigos, embistiendo a la misma sazón que la brecha abierta en

la puerta de Hierro, el arrabal de Reitibia. Duró el ataque desde la

mañana hasta después de oscurecido. Los sitiados rechazaron con el

mayor valor todas las acometidas sin que los franceses consiguiesen

entrar la ciudad. [Sidenote: Capitula.] Vecinos y militares se

mostraban resueltos a insistir en la defensa, mas desgraciadamente

era imposible. Ya no quedaban sino 24 tiros de cañón, pocos de fusil;

estando además desfogonadas las piezas y rotas sus cureñas. En tal

angustia, reunidas las autoridades, determinaron la entrega. Solo

en el ayuntamiento hubo un anciano de más de 60 años, y de nombre

el licenciado Costilla, [Sidenote: Licenciado Costilla.] imagen por

su esfuerzo de los antiguos varones de León, que levantándose de su

asiento prorrumpió en las siguientes y enérgicas palabras: «Muramos

como numantinos.»

Decidida la rendición, se posesionaron los enemigos de Astorga el 22

de abril, en virtud de capitulación honrosa. Computose la pérdida que

experimentamos en aquel sitio en 200 hombres; superior la de los

contrarios.

De esta manera, los franceses de Castilla asegurando poco a poco su

flanco derecho, y teniendo en suspenso las provincias del norte

mientras José ocupaba las Andalucías, se disponían al propio tiempo,

según veremos en el libro próximo, a invadir a Portugal.

[Sidenote: Aragón.]

Por su lado Suchet trató en Aragón de llamar igualmente la atención

de los españoles moviéndose hacia Valencia. Antes había este general

ocupádose en sosegar su provincia y sobre todo Navarra, cuyo reino

bastantemente tranquilo en un principio, comenzó a rebullir en tanto

grado que con trabajo transitaban los correos franceses, y apenas

era reconocida la autoridad intrusa fuera de la plaza de Pamplona.

[Sidenote: Mina el mozo.] Mina el mozo causaba tamaña mudanza.

Obedecido por todas partes, y nunca descubierto ni vendido, dominaba la

comarca y aun obligó en enero al gobernador de Navarra a entrar con él

en tratos para el canje de prisioneros.

Disgustado el gobierno francés con tener a sus puertas tan osado

enemigo, encomendó al general Suchet el restablecimiento de la

tranquilidad en Navarra. Burló Mina por algún tiempo con su diligencia

y maña los intentos de los franceses, y especialmente los del general

Harispe, encargado en particular de perseguirle. Acosado al fin, no

solo por este, sino también por tropas que se destacaron de hacia

Logroño, y otras que salieron de Pamplona, desbandó su gente y ocultó

sus armas, aguardando reunir de nuevo aquella luego que los enemigos

le dejasen algún respiro. La osadía de Mina era tal que, aun después,

yendo Suchet a Pamplona con objeto de arreglar la administración

francesa, bastante desordenada, disfrazose de paisano y se metió cerca

de Olite en un grupo deseoso de ver pasar en el tránsito al general su

contrario. Arrojo a que también impelía la seguridad con que era dado

recorrer la tierra a los españoles que guerreaban contra los franceses.

[Sidenote: Expedición de Suchet sobre Valencia.]

El general Suchet, compuestas las cosas de Navarra, y llegando allí

de Francia nuevas tropas, tornó a Aragón disponiéndose a invadir

el reino de Valencia. Proyecto que le fue indicado por el príncipe

de Neufchatel, quien, finalizada la campaña de Austria, volvió a

desempeñar el empleo de mayor general de los ejércitos franceses en

España, no obstante el mando en jefe dado al rey José: complicación de

supremacías que causaba, por decirlo de paso, encontradas resoluciones,

señaladamente en las provincias rayanas de Francia. Modificáronse, al

parecer, por otras posteriores las primeras insinuaciones que respecto

a Valencia había hecho el príncipe de Neufchatel; pero no pudiendo

tampoco las últimas calificarse de órdenes positivas, prefirió Suchet

someterse a una terminante y clara que recibió del intruso, escrita

en Córdoba el 27 de enero, según la cual se le prevenía que marchase

rápidamente la vuelta del Guadalaviar. No llegó el pliego a manos de

Suchet hasta el 15 de febrero, siendo dificultosa la travesía por

hormiguear los guerrilleros.

Resuelto el general francés a la empresa, dejó en Aragón alguna

fuerza que amparase las comarcas más amenazadas por los partidarios,

y fortaleció varios puntos. Tres divisiones, en que se distribuían

las reliquias del ejército español de Aragón después de la dispersión

de Belchite, llamaban con particularidad su atención. Era una la que

estaba a las órdenes de Don Pedro Villacampa, situada cerca de Villel,

partido de Teruel, en un campo atrincherado, del que no sin trabajo la

desalojó el general polaco Chlopicki; otra, la que cubría la línea del

Algas, regida por Don Pedro García Navarro, que luego pasó a Cataluña;

y la última, la que andaba entre el Cinca y Segre a cargo de Don Felipe

Perena; divisiones todas no muy bien pertrechadas, pero que contaban

unos 13.000 hombres.

Ascendiendo ahora el primer cuerpo enemigo, con los refuerzos venidos

de Francia, a 30.000 combatientes, érale a Suchet más fácil tener en

respeto a los aragoneses, asegurar las diversas comunicaciones y partir

a su expedición de Valencia, para la cual llevó de 12 a 14.000 soldados

escogidos.

Empezó pues a realizar su plan, y el 25 de febrero llegó en persona a

Teruel. En consecuencia, el general Habert, con una columna de cerca de

5000 hombres, se dirigió el 27 sobre Morella, debiendo continuar por

San Mateo y la costa, y casi al propio tiempo, con la división de Laval

y la brigada de Paris, componiendo en todo unos 9000 soldados, partió

de Teruel, siguiendo la ruta de Segorbe, el mismo Suchet. Al ponerse

en marcha, recibió de París la orden por duplicado [habiendo sido

interceptada la primera] de desistir de la expedición de Valencia y

formalizar los sitios de Lérida y Mequinenza; pero tarde ya para variar

de rumbo, a pesar de la responsabilidad en que incurría, llevó adelante

su propósito.

[Sidenote: Estado de este reino y de la ciudad.]

La fama de la inminente invasión llegó muy en breve a la ciudad de

Valencia, en donde con el temor se desencadenaron las pasiones. El

general Don José Caro, en lugar de dirigirlas al único y laudable

fin de la defensa, fuese miedo, fuese deseo de satisfacer odios y

personales rivalidades, dio rienda suelta a todo linaje de excesos y

a enojosas venganzas. No compensó hasta cierto punto tan reprensible

conducta con activas y oportunas providencias militares: medio seguro

de reprimir los malévolos, y de tener en su favor la gran mayoría de

los honrados ciudadanos. Un año era corrido desde que Caro mandaba, y

ni se había fortificado Murviedro ni otros puntos importantes, ni el

ejército de línea se había aumentado más allá de 11.000 hombres. La

población en parte se encontraba armada, mas tan oportuna providencia

antes bien había nacido de la espontaneidad de los habitantes, que de

disposición enérgica de la autoridad superior; flojedad común a casi

todos los jefes y juntas de España, suplida, en cuanto era dado, por

el buen seso y ánimo de los naturales.

En tanto, las dos columnas francesas avanzaban. La de Morella entró sin

resistencia en la villa y ocupó el castillo, abandonado por el coronel

Miedes. La de Teruel se aproximó a Alventosa, en donde la vanguardia

del ejército valenciano estaba colocada detrás del barranco por donde

corre el Mijares. Al principio, las guerrillas, capitaneadas por Don

José Lamar, alcanzaron ventajas; mas luego, recibida orden de Caro de

replegarse sobre Valencia, y al tiempo que los franceses trataban ya

de envolver la izquierda española, se retiraron los nuestros el 2 de

marzo sobradamente de prisa, pues dejaron abandonados cuatro cañones de

campaña. Entraron después los franceses en Segorbe, ciudad que pillaron

desamparada por los habitadores.

Llegó el 3 a Murviedro el general Suchet, en donde se le juntó con su

columna el general Habert. No estando todavía fortificado aquel sitio,

que lo fue de la antigua y célebre Sagunto, se sometió la ciudad;

encaminándose en seguida a Valencia los enemigos, ya más gozosos por

comenzar a competir desde allí el cultivo del hombre con la lozanía de

la vegetación.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 14 / 35 段