De la central habrá el lector podido formar cabal juicio, ya por lo

que de ella dijimos al tiempo de instalarse, y ya también por lo que

obró durante su gobernación. Inclinose a veces a la mejora en todos

los ramos de la administración; pero los obstáculos que ofrecían

los interesados en los abusos, y el titubeo y vaivenes de su propia

política, nacidos de la varia y mal entendida composición de aquel

cuerpo, estorbaron las más veces el que se realizasen sus intentos.

En la hacienda casi nada innovó, ni en el género de contribuciones,

ni en el de su recaudación, ni tampoco en la cuenta y razón. Trató, a

lo último, de exigir una contribución extraordinaria directa que en

pocas partes se planteó ni aun momentáneamente. Ofreció, sí, por medio

de un decreto, una variación completa en el ramo, aproximándose al

sistema erróneo de un único y solo impuesto directo. Acerca del crédito

público tampoco tomó medida alguna fundamental. Es cierto que no gravó

la nación con empréstitos pecuniarios, reembolsándose en general las

anticipaciones del comercio de Cádiz o de particulares con los caudales

que venían de América u otras entradas; mas no por eso se dejó de

aumentar la deuda, según especificaremos en el curso de esta historia,

con los suministros que los pueblos daban a las partidas y a la tropa.

Medio ruinoso, pero inevitable en una guerra de invasión y de aquella

naturaleza.

En la milicia, las reformas de la central fueron ningunas o muy

contadas. Siguió el ejército constituido como lo estaba al tiempo de

la insurrección, y con las cortas mudanzas que hicieron algunas juntas

provinciales, debiéndose a ellas el haber quitado en los alistamientos

las excepciones y privilegios de ciertas clases, y el haber dado a

todos mayor facilidad para los ascensos.

Continuaron los tribunales sin otra alteración que la de haber reunido

en uno todos los consejos, o sean tribunales supremos. Ni el modo de

enjuiciar, ni todo el conjunto de la legislación civil y criminal

padecieron variación importante y duradera. En la última hubo, sin

embargo, la creación temporal del tribunal de seguridad pública para

los delitos políticos; creación, conforme en su lugar notamos, más bien

reprensible por las reglas en que estribaba, que por funesta en sus

efectos.

En sus relaciones con los extranjeros mantúvose la junta en los límites

de un gobierno nacional e independiente; y si alguna vez mereció

censura, antes fue por haber querido sostener sobradamente y con

lenguaje acerbo su dignidad que por su blandura y condescendencias.

Quejáronse de ello algunos gobiernos. Pocos meses antes de disolverse

declaró la guerra a Dinamarca, motivada por guardar aquel gobierno, como

prisioneros, a los españoles que no habían podido embarcarse con Romana;

guerra en el nombre, nula en la realidad.

Sobresalió la central en el modo noble y firme con que respondió e hizo

rostro a las propuestas e insinuaciones de los invasores, sustentando

los intereses e independencia de la patria, sin desesperanzar nunca de

la causa que defendía. Por ello la celebrará justamente la posteridad

imparcial.

Lo que la perjudicó en gran manera fueron sus desgracias, mayormente

verificándose su desistimiento a la sazón que aquellas de todos lados

acrecían. Y los pueblos rara vez perdonan a los gobiernos desdichados.

Si hubiera la junta concluido su magistratura en agosto después de

la jornada de Talavera, e instalado al mismo tiempo las cortes, sus

enemigos hubieran enmudecido, o por lo menos faltáranles muchos de los

pretextos que alegaron para vituperar sus procedimientos y oscurecer su

memoria. Acabó, pues, cuando todo se había conjurado contra la causa de

la nación, y a la central echósele exclusivamente la culpa de tamaños

males.

[Sidenote: Padecimientos y persecución de sus individuos.]

Irritados los ánimos, aprovecháronse de la coyuntura los adversarios

de la junta, y no solo desacreditaron a esta aun más de lo que por

algunos de sus actos merecía, sino que, obligándola a disolverse con

anticipación y atropelladamente, expusieron la nave del estado a que

pereciese en desastrado naufragio, deleitándose, además, en perseguir a

los individuos de aquel gobierno, desautorizados ya y desvalidos.

Padecieron más que los otros el conde de Tilly y Don Lorenzo Calvo de

Rozas. Mandó prender al primero el general Castaños, y aun obtuvo la

aprobación de la central, si bien cuando ya esta se hallaba en la Isla

y a punto de fenecer. Achacábase al conde haber concebido en Sevilla

el plan de trasladarse a América con una división si los franceses

invadían las Andalucías, y se susurró que estaba con él de acuerdo el

duque de Alburquerque. Dieron indicio de los tratos mal encubiertos

que andaban entre ambos su mutua y epistolar correspondencia y ciertos

viajes del duque o de emisarios suyos a Sevilla. De la causa que se

formó a Tilly parece que resultaban fundadas sospechas. Este, enfermo

y oprimido, murió algunos meses después en su prisión del castillo de

Santa Catalina de Cádiz. Como quiera que fuera hombre muy desopinado,

reprobaron muchos el mal trato que se le dio, y atribuyéronlo a

enemistad del general Castaños. La prisión de Don Lorenzo Calvo de

Rozas, exclusivamente decretada por la regencia, tachose con razón de

más infundada e injusta, pues con pretexto de que Calvo diese cuentas

de ciertas sumas, empezaron por vilipendiarle, encarcelándole como a

hombre manchado de los mayores crímenes. Hasta la reunión de las cortes

no consiguió que se le soltara.

Escandalizáronse igualmente los imparciales, y advertidos de la orden

que se comunicó a todos los centrales, según la cual permitiéndoles

«trasladarse a sus provincias, excepto a América, se les dejaba a

la disposición del gobierno bajo la vigilancia y cargo especial de

los capitanes generales, cuidando que no se reuniesen muchos en una

provincia.» No contentos con esto los perseguidores de la junta,

lanzaron en la liza a un hombre ruin y oscuro, a fin de que apoyase

con su delación la calumnia esparcida de que los ex centrales se iban

cargados de oro. Con tan débil fundamento mandáronse, pues, registrar

los equipajes de los que estaban para partir a bordo de la fragata

Cornelia, y respetables y purísimos ciudadanos viéronse expuestos a

tamaño ultraje en presencia de la chusma marinera. Resplandeció su

inocencia a la vista de los asistentes y hasta de los mismos delatores,

no encontrándose en sus cofres sino escaso peculio y en todo corta y

pobre fortuna.

Ayudó a medida tan arbitraria e injusta el celo mal entendido de la

junta de Cádiz, arrastrada por encarnizados enemigos de la central y

por los clamores de la bozal muchedumbre. La regencia accedió a lo

que de ella se pedía, mas procuró antes escudarse con el dictamen del

consejo. Este en la consulta que al afecto extendió, repetía su antigua

y culpable cantilena de que la autoridad ejercida por los centrales

«había sido una violenta y forzada usurpación tolerada más bien que

consentida por la nación... con poderes de quienes no tenían derecho

para dárselos.» Después de estas y otras expresiones parecidas, el

consejo mostrando perplejidad acababa sin embargo por decir que de

igual modo que la regencia había encontrado méritos para la detención

y formación de causa respecto de Don Lorenzo Calvo de Rozas y del

conde de Tilly, se hiciese otro tanto con cuantos vocales resultasen

«por el mismo estilo descubiertos», y que así a unos como a otros «se

les sustanciasen brevísimamente sus causas y se les tratase con el

mayor rigor.» Modo indeterminado y bárbaro de proceder, pues ni se

sabía qué significado daba el consejo a la palabra _descubiertos_, ni

qué entendía tampoco por tratar a los centrales con el mayor rigor,

admirando que magistrados depositarios de las leyes aconsejasen al

gobierno, no que se atuviera a ellas, sino que resolviese a su sabor

y arbitrariamente. Dolencia grande la nuestra obrar por pasión o

aficiones, mas bien que conforme a la letra y tenor de la legislación

vigente: así ha andado casi siempre de través la fortuna de España.

Nos hemos detenido en referir la persecución de los miembros de la

junta suprema, no solo por ser suceso importante, recayendo en personas

que gobernaron la nación durante catorce meses, sino también con objeto

de señalar el mal ánimo de los enemigos de reformas y novedades.

Porque el enojo contra la central nacía, no tanto de ciertos actos que

pudieran mirarse como censurables, cuanto de la inclinación que mostró

aquel cuerpo a mudanzas en favor de la libertad. En esta persecución,

como después en la de otros muchos afectos a tan noble causa, partió el

golpe de la misma o parecida mano, procurando siempre tapar el dañino y

verdadero intento con feas y vulgares acusaciones.

Hubiérase a lo sumo podido tomar cuenta a la junta de su gobernación,

pero no atropellando a sus individuos. La regencia, más que todos,

estaba interesada en que los respetasen, y en defender contra el

consejo el origen legítimo de su autoridad, pues atacada esta lo era

también la de la misma regencia, emanación suya. Además, los gobiernos

están obligados aun por su propio interés a sostener el decoro y

dignidad de los que les han precedido en el mando, si no, el ajamiento

de los unos tiene después para los otros dejos amargos.

[Sidenote: Idea de la regencia y de sus individuos.]

Hablemos ya de la regencia y de los individuos que la componían. No

llegó hasta fines de mayo a Cádiz el obispo de Orense, residente en su

diócesis. Austero en sus costumbres y célebre por su noble y enérgica

contestación cuando le convidaron a ir a Bayona, no correspondió en

el desempeño de su nuevo cargo a lo que de él se esperaba, por querer

ajustar a las estrechas reglas del episcopado el gobierno político

de una nación. Presumía de entendido, y aun ambicionaba la dirección

de todos los negocios, siendo con frecuencia juguete de hipócritas y

enredadores. Confundía la firmeza con la terquedad, y difícilmente se

le desviaba de la senda derecha o torcida que una vez había tomado.

Don Francisco Javier Castaños, antes de la llegada del obispo, y

aun después, tuvo gran mano en el despacho de los asuntos públicos.

Pintámosle ya cual era como general. Antiguas amistades tenían gran

cabida en su pecho. Como estadista solía burlarse de todo, y quizá

se figuraba que la astucia y cierta maña bastaban aun en las crisis

políticas para gobernar a los hombres. Oponíase a veces a sus miras

la obstinación del obispo de Orense; pero retirándose este a cumplir

con sus ejercicios religiosos, daba vagar a que Castaños pusiese en

el intermedio al despacho los expedientes o asuntos que favorecía.

En el libro tercero tuvimos ocasión de delinear el carácter y prendas

de Don Francisco de Saavedra, hombre dignísimo, mas de corto influjo

como regente, debilitada su cabeza con la edad, los achaques y las

desgracias. Atendía exclusivamente a su ramo, que era el de marina,

Don Antonio Escaño, inteligente y práctico en esta materia y de buena

índole. Excusado es hablar de Don Esteban Fernández de León, regente

solo horas, no así de su sustituto, Don Miguel de Lardizábal y Uribe,

travieso y aficionado a las letras, de cuerpo contrahecho, imagen

de su alma retorcida y con fruición de venganzas. Castaños tenía

que mancomunarse con él, mas cediendo a menudo a la superioridad de

conocimientos de su compañero.

Compuesta así la regencia, permaneció fiel y muy adicta a la causa de

la independencia nacional; pero se ladeó y muy mucho al orden antiguo.

Por tanto los consejeros, los empleados de palacio, los que echaban

de menos los usos de la corte y temían las reformas, ensalzaron a la

regencia, y asiéronse de ella hasta querer restablecer ceremoniales

añejos y costumbres impropias de los tiempos que corrían.

[Sidenote: Felicitación del consejo reunido.]

El consejo, especialmente, trató de aprovecharse de tan dichoso momento

para recobrar todo su poder. Nada al efecto le pareció más conveniente

que tiznar con su reprobación todo lo que se había hecho durante el

gobierno de las juntas de provincia y de la central. Así se apresuró

a manifestarlo el 2 de febrero en su felicitación a la regencia,

afirmando que las desgracias habían dependido de la propagación de

«principios subversivos, intolerantes, tumultuarios y lisonjeros al

inocente pueblo», y recomendando el que se venerasen «las antiguas

leyes, loables usos y costumbres santas de la monarquía», instaba

porque se armase de vigor la regencia contra los innovadores. Apoyada

pues esta en tales indicaciones, y llevada de su propia inclinación,

olvidó la inmediata reunión de cortes a que se había comprometido al

instalarse.

[Sidenote: Idea de la junta de Cádiz.]

La junta de Cádiz, émula de la regencia, y si cabe con mayor autoridad,

estaba formada de vecinos honrados, buenos patriotas, y no escasos de

luces. Apegada quizá demasiadamente a los intereses de sus poderdantes,

escuchaba a veces hasta sus mismas preocupaciones, y no faltó quien

imputase a ciertos de sus vocales el sacar provecho de su cargo,

traficando con culpable granjería. Pudo quizá en ello haber alguno

que otro desliz; pero la verdad es que los más de los individuos de

la junta portáronse honoríficamente, y los hubo que sacrificaron

cuantiosas sumas en favor de la buena causa. El querer sujetar a regla

a los dependientes de la hacienda militar, a los jefes y oficiales de

los mismos cuerpos y a todos los empleados, clase en general estragada,

acarreó a la junta sinsabores y enconadas enemistades. La entrada e

inversión de caudales, sin embargo, se publicó, y pareció muy exacta

su cuenta y razón, cuidando con particularidad de este ramo Don Pedro

Aguirre, hombre de probidad, imparcial e ilustrado.

[Sidenote: Providencias para la defensa y buena administración de la

regencia y la junta.]

Ahora que hemos ya echado la vista sobre la pasada gobernación de

la central, y dado idea del comienzo y composición de la regencia

y junta de Cádiz, será bien que entremos en la relación de las

principales providencias que estas dos autoridades tomaron en unión o

separadamente. Empezaron, pues, por las que aseguraban la defensa de la

Isla gaditana.

[Sidenote: Breve descripción de la Isla gaditana.]

La naturaleza y el arte han hecho casi inexpugnable este punto: en él

se comprenden la Isla de León y la ciudad propiamente dicha de Cádiz.

Distan entre sí ambas poblaciones, juntándose por medio de un extendido

istmo, dos leguas. Tres tiene de largo toda la Isla gaditana, y de

ancho una y cuarto en la parte más espaciosa. La separa del continente

el brazo de mar que llaman río de Santi Petri, profundo, y el cual se

cruza por el puente de Suazo, así apellidado del Doctor Juan Sánchez

de Suazo, que le rehabilitó a principios del siglo XV. El arsenal de

la Carraca, situado en una isleta contigua a la misma Isla de León, y

formada por el mencionado río de Santi Petri y el caño de las Culebras,

quedó también por los españoles. El vecindario de Cádiz, en el día

bastante disminuido, no pasa de 60.000 habitantes, y el de la Isla, que

está en igual caso, de unos 18.000. La principal defensa natural de la

última son sus saladares, que, empezando a poca distancia de Puerto

Real, se dilatan por espacio de legua y media hasta el río Zurraque,

enlazados entre sí e interrumpidos por caños e impracticables esguazos,

de suelo inconstante y mudable. Al sur hay otras salinas, llamadas

de San Fernando, rodeando a toda la isla por las demás partes, o el

océano, o las aguas de la bahía. En medio de los saladares y caños

que hay delante del río de Santi Petri se levanta un arrecife largo y

estrecho que conduce al puente de Suazo. En su calzada se practicaron

muchas cortaduras y se levantaron baterías que hacían inexpugnable

el paso. Al llegar Alburquerque estaban muy atrasados los trabajos;

pero este general y sus sucesores los activaron extraordinariamente.

Fortificose, en consecuencia, con una línea triple de baterías el

frente de ataque del río de Santi Petri, avanzando otras en las mismas

ciénagas o lagunajos, y cuidando muy particularmente de poner a

cubierto el arsenal de la Carraca y la derecha de la línea, parte la

más endeble.

Aun ganada la Isla de León, no pocas dificultades hubieran estorbado

al enemigo entrar en Cádiz. Además de varias baterías apostadas en

la lengua de tierra que sirve de comunicación a ambas poblaciones,

construyose en lo más estrecho de aquella, y bañada por los dos mares,

una cortadura en que trabajaron con entusiasmo todos los habitantes,

erizada de cañones y de admirable fortaleza, quedando después por

vencer las obras del recinto de Cádiz, ejecutadas según las reglas

modernas del arte, y que solo presentan un frente de ataque. [Sidenote:

Fuerzas que la guarnecen.] Para guarnecer punto tan extenso como el

de la Isla gaditana y tan lleno de defensas, necesitábase gran número

de tropas de tierra y no poca fuerza de mar. [Sidenote: Españolas.]

El ejército de Alburquerque aumentado cada día con los oficiales y

soldados dispersos que de las costas aportaban a Cádiz, llegó a contar

a últimos de marzo de 14 a 15.000 hombres. [Sidenote: Inglesas.]

También los ingleses enviaron una división compuesta de soldados

suyos y portugueses. Pidió aquel socorro a Lord Wellington la junta de

Cádiz, por medio del cónsul británico y de Lord Burghest, que al efecto

partió a Lisboa antes que se supiese la venida a la isla del duque de

Alburquerque. Llegó a ascender en marzo esta fuerza auxiliar a unos

5000 hombres, reemplazando en el mismo mes en el mando de ella a su

primer jefe Stewart el general Sir Tomás Graham. La guardia de la plaza

de Cádiz se hacía en parte por la milicia urbana y por los voluntarios,

cuyos batallones de vistoso aspecto los formaban los vecinos honrados

y respetables de la ciudad, constando su número de unos 8000 hombres,

inclusos los que se levantaron extramuros y en la Isla de León,

servicio que, si bien penoso, era desempeñado con celo y patriotismo, y

que descargaba de mucha faena a las tropas regladas.

[Sidenote: Fuerza marítima. Recio temporal en Cádiz.]

Siendo esencial la marina para la defensa de posición tan costanera,

fondeaban en bahía una escuadra británica a las órdenes del almirante

Purvis, y otra española a las de Don Ignacio de Álava. Padecieron ambas

gran quebranto en un recio temporal acaecido en el 6 de marzo y días

siguientes: de la inglesa se perdió el navío portugués María, y de

la nuestra perecieron otros tres de línea, una fragata y una corbeta

de guerra con otros muchos mercantes. Los franceses se portaron en

aquel caso inhumanamente, pues en vez de ayudar a los desgraciados que

arrastraba a la costa la impetuosidad del viento, hiciéronles fuego con

bala roja. Varados los buques en la playa ardieron casi todos ellos.

No cesando por eso los preparativos de defensa, se armaron asimismo

fuerzas sutiles mandadas por Don Cayetano Valdés, que vimos herido allá

en Espinosa. Eran estas de grande utilidad, pues arrimándose a tierra e

internándose a marea alta por los caños de las salinas, flanqueaban al

enemigo y le incomodaban sin cesar.

Cuando se supo que los franceses avanzaban, comenzose, aunque tarde, a

destruir y desmantelar todas las baterías y castillos que guarnecían

la costa desde Rota y se extendían bahía adentro por Santa Catalina,

Puerto de Santa María, río de San Pedro, Caño del Trocadero y Puerto

Real, pues Cádiz estaba más bien preparado para resistir las embestidas

de mar que las de tierra, siendo dificultoso vaticinar que tropas

francesas descolgándose del Pirineo y atravesando el suelo español se

dilatarían hasta las playas gaditanas.

[Sidenote: Intiman los franceses la rendición.]

Confiados los franceses en esto, en el descuido natural de los

españoles, y en el desánimo que produjo la invasión de las Andalucías,

miraban a Cádiz como suyo, y en ese concepto intimaron la rendición a

la ciudad y al ejército mandado por el duque de Alburquerque. Para el

primer paso se valieron de ciertos españoles parciales suyos que creían

gozar de opinión e influjo dentro de la plaza, los cuales el 6 de

febrero hicieron desde el Puerto de Santa María la indicada intimación.

La junta superior contestó a ella, con la misma fecha, sencilla y

dignamente, diciendo: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que

ha jurado, no reconoce otro rey que al señor Don Fernando VII.» Aunque

más extensa, igualmente fue vigorosa y noble la respuesta que dio

sobre el mismo asunto al mariscal Soult el duque de Alburquerque. De

consiguiente, por ambos lados se trabajó desde entonces con grande

ahínco en las obras militares: los franceses, para abrigarse contra

nuestros ataques y molestarnos con sus fuegos; nosotros, para acabar de

poner la Isla gaditana en un estado inexpugnable. Así, pues, corrió el

mes de febrero sin choque ni suceso alguno notable.

[Sidenote: La junta de Cádiz encargada del ramo de hacienda.]

Tales y tan extensos medios de defensa pedían por parte de los

españoles recursos pecuniarios, y método y orden en su recaudación

y distribución. La regencia solo podía contar con las entradas del

distrito de Cádiz y con los caudales de América. Difícil era tener

aquellas si la junta no se prestaba a ello, y aún más difícil aumentar

sin su apoyo las contribuciones, no disfrutando el gobierno supremo

dentro de la ciudad de la misma confianza que los individuos de aquella

corporación, naturales del suelo gaditano o avecindados en él hacía

muchos años.

Obvias reflexiones que sobre este asunto ocurrieron, y el triste estado

del erario promovieron la resolución de encargar a la junta superior

de Cádiz la dirección del ramo de hacienda. Desaprobaron muchos,

particularmente los rentistas, semejante determinación, y sin duda

a primera vista parecía extraño que el gobierno supremo se pusiera,

por decirlo así, bajo la tutoría de una autoridad subalterna. Pero

siendo la medida transitoria, deplorable la situación de la hacienda y

arraigados sus vicios, los bienes que resultaron aventajáronse a los

males, habiendo en los pagamentos mayor regularidad y justicia. Quizá

la junta mostrose a veces algún tanto mezquina, midiendo el orden del

estado por la encogida escala de un escritorio; mas el otro extremo de

que adolecía la administración pública perjudicaba con muchas creces

al interés bien entendido de la nación. [Sidenote: (* Ap. n. 11-4.)]

Adoptose en seguida, para la buena conformidad y mejor inteligencia, un

reglamento [*] que mereció en 31 de marzo la aprobación de la regencia.

[Sidenote: Sus altercados con Alburquerque.]

Ya antes, si bien no con tanta solemnidad, estaba encargada del

ramo de hacienda, habiéndose suscitado entre ella y varios jefes

militares, principalmente el duque de Alburquerque, desazones y agrios

altercados. Escuchó tal vez el último demasiadamente las quejas de los

subalternos avezados al desorden, y la junta no atendió del todo en

sus contestaciones al miramiento y respetos que se debían al duque.

[Sidenote: Deja este el mando del ejército y pasa a Londres.] Esto y

otros disgustos fueron parte para que dicho jefe dejase el mando del

ejército de la isla al acabar marzo, nombrándole la regencia embajador

en Londres. En aquella capital escribió más adelante un manifiesto

muy descomedido contra la junta de Cádiz, la cual, aunque en defensa

propia, replicó de un modo atrabilioso y descompuesto. Contestación que

causó en el pundonoroso carácter del duque tal impresión que a pocos

días perdió la razón y la vida; fin no debido a sus buenos servicios y

patriotismo.

[Sidenote: Impone la junta nuevas contribuciones.]

Entre no pocos afanes y obstáculos la junta de Cádiz continuó con celo

en el desempeño de su encargo. Impuso una contribución de cinco por

ciento de exportación a todos los géneros y mercadurías que saliesen de

Cádiz, y un veinte por ciento a los propietarios de casas, gravando

además en un diez a los inquilinos. Con estos y otros arbitrios, y

sobre todo con las remesas de América y buena inversión, no solo se

aseguraron los pagos en Cádiz y la isla, y se cubrieron todas las

atenciones, sino que también se enviaron socorros a las provincias.

Afianzada así la defensa de aquellos dos puntos tan importantes,

convirtiéronse sus playas en baluarte incontrastable de la libertad

española.

[Sidenote: José en Andalucía.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 13 / 35 段