Asegurose que, contando con la inquietud de los pueblos, se habían

despachado de Sevilla emisarios que aumentasen aquella y la

convirtiesen en un motín abierto para dirigir a mansalva tiros ocultos

contra los azorados y casi prófugos centrales. Pareció la sospecha

fundada al saberse la sedición que se preparaba en Sevilla, y estalló

luego que de allí salieron los individuos del gobierno supremo. De los

manejos que andaban tuvo ya noticia el 18 de enero Don Lorenzo Calvo de

Rozas, y dio de ello cuenta a la central. Para impedir que cuajaran,

mandose sacar de Sevilla a Don Francisco de Palafox y al conde del

Montijo, que, aunque presos, se conceptuaban principales promotores de

la trama. La apresuración con que los centrales abandonaron la ciudad,

el aturdimiento natural en tales casos, y la falta de obediencia

estorbaron que se cumpliese la orden.

[Sidenote: Verifícase.]

Alejado de Sevilla el gobierno, quedaron dueños del campo los

conspiradores de aquella ciudad, y el 24 por la mañana amotinaron al

pueblo, declarándose la junta provincial a sí misma suprema nacional,

lo que dio claramente a entender que en su seno había individuos

sabedores de la conjuración. Entraron en la junta además Don Francisco

Saavedra, nombrado presidente, el general Eguía y el marqués de la

Romana, que no se había ido con sus compañeros, y salía de Sevilla

en el momento del alboroto con Mr. Frere, único representante de

Inglaterra después de la ausencia del marqués de Wellesley. Agregáronse

también a la junta los señores Palafox y conde del Montijo, que al

efecto soltaron de la prisión; el último esquivó por un rato acceder al

deseo popular, fuese para aparentar que no obraba de acuerdo con los

revoltosos, fuese que, según su costumbre, le faltara el brío al tiempo

del ejecutar.

[Sidenote: Junta de Sevilla.]

Creose igualmente una junta militar, que fue la que realmente mandó en

los pocos días de la duración de aquel extemporáneo gobierno, y la

cual se compuso de los individuos nuevamente agregados. [Sidenote:

Providencias que toma.] Desde luego nombró esta al marqués de la Romana

general del ejército de la izquierda, en lugar del duque del Parque, que

destinaba a Cataluña, y encargó el mando del que se llamaba ejército

del centro a Don Joaquín Blake. Expidiéronse además a las provincias

todo linaje de órdenes y resoluciones que, o no llegaron, o felizmente

fueron desobedecidas, pues de otra manera nuevos disturbios hubieran

desgarrado a la nación entonces tan acongojada. Quedaron, sin embargo,

con el mando, según veremos, los generales Romana y Blake, habiéndose

posteriormente conformado el verdadero gobierno supremo con la

resolución de la junta de Sevilla.

Procuró esta alentar a los moradores de la ciudad a la defensa de sus

hogares, y excitar en sus proclamas hasta el fanatismo de los clérigos

y los frailes, que por lo general se mantuvieron quietos. Duró el

ruido pocos días, poniendo pronto término la llegada de los franceses.

Ya se la temían el conde del Montijo y los principales instigadores

de la conmoción, y alejándose aquel el 26 del lugar del peligro, con

pretexto de desempeñar una comisión para el general Blake, quedaron

los sediciosos sin cabeza, careciendo para defender la ciudad del

ánimo que sobradamente habían mostrado para perturbarla. Cierto que

Sevilla no era susceptible de ser defendida militarmente, y solo los

sacrificios y el valor de Zaragoza hubieran podido contener el torrente

de los enemigos, de cuya marcha volveremos a tomar ahora el hilo de la

narración.

[Sidenote: Continúan los franceses sus movimientos.]

Dueños los franceses de la margen derecha del Guadalquivir, y

habiéndose adelantado el general Sebastiani hasta Jaén, prosiguió este

su movimiento para acabar con el ejército del centro, cuyas dispersas

reliquias iban en su mayor parte la vuelta de Granada. Por decirlo así

no quedaban ya en pie sino unos 1500 jinetes a las órdenes del general

Freire, y un parque de artillería compuesto de 30 cañones situado

en Andújar. Los oficiales que mandaban dicho parque no recibiendo

orden ninguna del general en jefe, juzgaron prudente sabiendo las

desventuras de la sierra, pasar el Guadalquivir y encaminarse a

Guadix, lo que empezaron a poner en obra sin tener caballería ni

infantería que los protegiese. El general Sebastiani al avanzar de

Jaén el 26 de enero, tomó con el grueso de su fuerza la dirección de

Alcalá la Real, enviando por su izquierda camino de Cambil y Llanos

de Pozuelo al general Peyremont con una brigada de caballería ligera.

[Sidenote: Encuentran en Alcalá la Real la caballería española.] El

27, pasado Alcalá la Real, alcanzó Sebastiani la caballería española

de Freire que resistió algún tiempo; pero que después fue rota y en

parte cogida y dispersa, atacada por un número superior de enemigos, y

sin tener consigo infantería alguna que la ayudase. Tocole a la otra

columna francesa, que tiró por la izquierda a Cambil, apoderarse de la

artillería que dijimos había salido de Andújar.

Caminaba esta con dirección a Guadix a la sazón que el conde de

Villariezo, capitán general de Granada, impelido por el pueblo a

defenderse, ordenó a los jefes de la artillería indicada que desde

Pinos Puente torciesen el camino y viniesen a la ciudad en que mandaba.

Obedecieron; pero luego que estuvieron dentro, notando que todo era

allí confusión, trataron de salvar sus cañones volviendo a salir de

Granada. Desgraciadamente, para continuar su marcha se vieron forzados

a tomar un rodeo, retrocediendo al ya mencionado Pinos Puente, pues

entonces no era camino de ruedas el de los Dientes de la Vieja,

más corto y directo que el otro para Diezma y Guadix. [Sidenote:

Piérdese en Iznalloz un parque de artillería.] Con semejante atraso

perdieron tiempo, dando en Iznalloz con los caballos ligeros del

general Peyremont; en donde, como no tenían los artilleros españoles

infantes ni jinetes que los protegiesen, tuvieron, bien a pesar suyo,

que abandonar las piezas y salvarse en los caballos de tiro. Así iba

desapareciendo del todo aquel ejército, que dos meses antes inundaba

los llanos de la Mancha.

[Sidenote: Toma Blake el mando de las reliquias del ejército del

centro.]

Por fin, al expirar enero, tomó en Diezma el mando de tan tristes

reliquias Don Joaquín Blake, quien, yendo a Málaga de cuartel, de

vuelta de Cataluña, recibió en aquel pueblo el nombramiento que le

había conferido la Junta de Sevilla. Cediole el puesto sin obstáculo el

mismo Don Juan Carlos de Aréizaga, y dio, en efecto, Blake prueba de

patriotismo en encargarse en semejantes circunstancias de empleo tan

espinoso, sin reparar en la autoridad de que procedía. No había otro

cuerpo reunido sino el primer batallón de guardias españolas mandado

por el brigadier Otedo; lo demás del ejército reducíase a dispersos de

varios cuerpos. Blake retrocedió todavía a Huércal Overa, villa del

reino de Granada en los confines de Murcia; y despachando proclamas

y órdenes a todas partes, consiguió juntar en los primeros días de

febrero hasta unos cinco mil hombres de todas armas; no habiéndosele

incorporado otros generales de los que mandaban divisiones en la

sierra, sino Vigodet y además Freire con unos cuantos caballos.

[Sidenote: Entran los franceses en Granada.]

El general Sebastiani entró en Granada el 28 de enero. Quiso el pueblo

defenderse, mas disuadiéronle los hombres prudentes y los tímidos

con capa de tales; también contribuyó a ello el clero, que en estas

Andalucías mostrose sobradamente obsequioso a los conquistadores. Se

envió una diputación a recibir a Sebastiani; y agregose a este, poco

después de su entrada, el regimiento suizo de Reding. Trató el general

francés con ceño y palabras airadas a las autoridades españolas, e

impuso una gravosísima y extraordinaria contribución.

[Sidenote: Avanzan sobre Sevilla.]

Entre tanto, el 1.º y 5.º cuerpo avanzaron por disposición de José

hacia Sevilla, tiroteándose el mismo día 28, cerca de Écija, con las

guerrillas de caballería del duque de Alburquerque; noticioso este

general de que los enemigos avanzaban por El Arahal y Morón, para

ponerse en Utrera a su retaguardia, y cortarle así la retirada sobre

la Isla gaditana, [Sidenote: Se retira Alburquerque camino de Cádiz.]

abandonó a Carmona y comenzó su marcha retrógrada hacia la costa. La

caballería y la artillería las envió por el camino real, dirigiendo la

infantería por las Cabezas de San Juan y Lebrija para unirse todos en

Jerez. Fue tan oportuno este movimiento, que al llegar a Utrera dejose

ya ver desde Morón un destacamento enemigo. Tomole, pues, Alburquerque

la delantera; y recogiendo en Jerez todas sus fuerzas, pudo entrar

al principiar febrero en la Isla de León sin ser particularmente

incomodado, y habiendo solo la caballería sostenido en su marcha

algunas escaramuzas. Si en esta ocasión hubieran los franceses andado

con su acostumbrada presteza, hubieran tal vez podido interponerse

entre el ejército español y la Isla gaditana; y muy otra fuera entonces

la suerte de aquel inexpugnable baluarte. El duque de Alburquerque

contribuyó, en cuanto pudo, a salvar tan precioso rincón, y con él

quizá la independencia de España. Por ello justas alabanzas le son

debidas.

[Sidenote: Ganan los franceses a Sevilla.]

Los franceses, recelosos en aquellas circunstancias de comprometerse

demasiadamente, midieron sus movimientos, anteponiendo a todo el

apoderarse de Sevilla, posesión codiciada por sus riquezas y renombre.

Presentose a vista de sus muros al finalizar enero el mariscal Victor.

De la nueva Junta casi todos los individuos habían desaparecido, por lo

que su formación de nada aprovechó, sino de sobresaltar a los pueblos,

acrecentar la división de los ánimos, e impedir la salida de cuantiosos

e importantes efectos.

Sevilla, ciudad vasta y populosa, y en la que brillan, según se explica

en su lenguaje sencillo la crónica de San Fernando, «muchas y grandes

noblezas..., las cuales pocas ciudades hay que las tengan», había

sido por mandato de la central circunvalada de triples líneas, para

cuya guarnición se requerían 50.000 hombres. Invirtiéronse por tanto

inútilmente en dicha fortificación muchos caudales, pues no pudiendo

defenderse aquel recinto, conforme a las reglas de la milicia, y solo

sí acudiendo al patriotismo y brío del vecindario, hubiera debido

la central pensar más bien que en fortalecerla regularmente, en

entusiasmar los ánimos y cuidar de su disciplina y buena dirección.

Preparábanse los franceses a acometer a Sevilla, cuando el 31 les

enviaron de dentro parlamentarios. Querían estos entre varias cosas,

que se distinguiese aquella ciudad de las otras en la capitulación,

como una de las principales cabeceras de la monarquía, y también

hicieron la notable petición de que se convocasen cortes. No accedió

el mariscal Victor, como era de presumir, a la última demanda; y

en respuesta a las proposiciones que se le presentaron envió una

declaración, según la cual, prometía amparo a los habitantes y a

la guarnición, como también no escudriñar los hechos ni opiniones

contrarias a José, anteriores a aquel día; otorgaba además otras

concesiones y señaladamente la de no imponer contribución alguna

ilegal: artículo que pronto se quebrantó, o que nunca tuvo cumplimiento.

Accediendo los sevillanos a las condiciones de Victor, entraron los

franceses en la ciudad el 1.º de febrero a las 3 de la tarde. La

víspera por la noche había salido la escasa guarnición hacia el condado

de Niebla a las órdenes del Vizconde de Gand, cuyo camino tomaron

también algunos de los más respetables individuos de la antigua Junta

provincial, enemigos del desbarato y excesos de los últimos días, los

cuales, establecidos en Ayamonte, se constituyeron luego en autoridad

legítima de los partidos libres de la provincia.

En Sevilla cogieron los franceses municiones, fusiles, gran número de

cañones de aquella magnífica fábrica, y muchos pertrechos militares.

Asimismo otra porción de preciosidades y valores, particularmente

tabacos y azogues, tan necesarios los últimos para el beneficio de

las minas de América, botín que debió el enemigo parte a descuido

e imprevisión de la junta central, parte, según apuntamos, a los

alborotos y al atropellamiento que en Sevilla hubo.

[Sidenote: Preséntase el mariscal Victor delante de Cádiz.]

Sojuzgada esta ciudad, se encaminó el primer cuerpo francés, a las

órdenes de su jefe el mariscal Victor, la vuelta de la Isla gaditana,

cuyos alrededores pisó el 5 de febrero. La anterior llegada a aquel

punto del duque de Alburquerque previno los hostiles intentos del

enemigo, e impidió todo rebate. Parose, pues, Victor a la vista,

quedando su cuerpo de ejército destinado a formar el bloqueo. Aprestose

en Córdoba la reserva bajo el mando de Dessolles; [Sidenote: Mortier

va a Extremadura.] y el 5.º, del cargo del mariscal Mortier, después

de dejar una brigada en Sevilla, asomó a Extremadura [Sidenote: Baja

también allí el 2.º cuerpo.] y diose más adelante la mano con el 2.º,

que desde el Tajo avanzó a las órdenes del general Reynier. En seguida

se encaminó Mortier a Badajoz, y habiendo inútilmente intimado la

rendición a la plaza, volvió atrás y estableció en Llerena su cuartel

general.

[Sidenote: Va sobre Málaga Sebastiani.]

Sebastiani, por su lado, dio a sus operaciones cumplido acabamiento.

Tranquilo poseedor de Granada, quiso recorrer la costa, y sobre todo

enseñorearse de la rica e importante ciudad de Málaga, con tanta mayor

razón cuanto allí se encendía nueva lumbre insurreccional.

[Sidenote: Abello alborota la ciudad.]

Era atizador y caudillo un coronel de nombre Don Vicente Abello,

natural de la Habana, hombre fogoso y arrebatado, mas falto de

la capacidad necesaria para tamaño empeño. Siguió su pendón la

plebe, tan enemiga allí como en las demás partes de la dominación

extraña. Agregáronse a Abello pocos sujetos de cuenta, asustados

con los desórdenes que se levantaron y previendo la imposibilidad

de defenderse. Los únicos más notables que se le juntaron fueron un

capuchino llamado Fr. Fernando Berrocal, y el escribano San Millán,

con sus hermanos; de ellos los hubo que partieron a Vélez-Málaga para

sublevar aquella ciudad y su partido. Cometiéronse tropelías, y se

empezaron a exigir forzadas y exorbitantes derramas, habiendo embargado

y cogido al solo Duque de Osuna unos 50.000 duros. Prendieron a los

individuos de la junta del casco de la ciudad, y al anciano general Don

Gregorio de la Cuesta, que vivía allí retirado, pero que al fin pudo

embarcarse para Mallorca.

[Sidenote: Éntranla los franceses.]

El general Sebastiani procediendo de Granada por Loja a Antequera,

adelantose el 5 de febrero a Málaga. Al atravesar la garganta llamada

Boca del Asno, dispersó una turba de paisanos que en vano quisieron

defender el paso, y se aproximó al recinto de la ciudad. Fuera de ella

le aguardaba Abello, tan desacertado en sus operaciones militares

como en las políticas y económicas. Su gente era numerosa, pero

allegadiza, y la mitad sin armas. Al primer choque quedó deshecha, y

amigos y enemigos entraron confundidos en la ciudad. Empezó el pillaje,

mediaron las autoridades antiguas que había quitado Abello, ofreció

Sebastiani suspensión de hostilidades, pero no cesaron estas hasta el

día siguiente. Cayeron en poder del general francés intereses públicos

y privados, incluso el dinero del duque de Osuna; e impuso además a

la ciudad una contribución de doce millones de reales, de que cinco

habían de ser pagados al contado.

Don Vicente Abello logró refugiarse en Cádiz, donde padeció larga

prisión, de que las cortes le libertaron. El capuchino Berrocal y

otros, cogidos en Málaga y en Motril, tuvieron menos ventura, pues

Sebastiani los mandó ahorcar. Tratamiento sobradamente duro; porque

si bien este general nos ha dicho haberse comportado así, siendo los

tales frailes y fanáticos, su razón no nos pareció fundada, pues además

de no estar en aquel caso todos los que padecieron la pena indicada,

¿por qué no sería lícito a los eclesiásticos tomar las armas en una

guerra de vida o muerte para la patria? Castigáraseles en buen hora,

si cometieron otros excesos, mas no por oponerse a la conquista del

extranjero.

[Sidenote: Junta central en la Isla del León. Su disolución.]

Al propio tiempo que los franceses se esparcían por las Andalucías y

se enseñoreaban de sus principales ciudades, acontecían importantes

mudanzas en la Isla de León y en Cádiz. A ambos puntos, como también al

Puerto de Santa María, habían llegado, antes de acabarse enero, muchos

vocales de la junta central, los cuales se reunieron sin tardanza en la

citada Isla de León. La tormenta que habían corrido, la voz pública,

los temores de no ser obedecidos, todo en fin los compelió a hacer

dejación del mando antes de congregarse las cortes, y a sustituir en

su lugar otra autoridad. [Sidenote: Decide nombrar una Regencia.] Don

Lorenzo Calvo de Rozas formalizó la proposición de que se nombrase

una regencia de cinco individuos que ejerciese la potestad ejecutiva

en toda su plenitud, quedando a su lado la central como cuerpo

deliberante, hasta que se juntasen las cortes. La junta aprobó la

primera parte de la proposición y desechó la última; declarando además

que sus individuos resignaban el mando, sin querer otra recompensa

que la honrosa distinción del ministerio que habían ejercido, y

excluyéndose a sí propios de ser nombrados para el nuevo gobierno.

[Sidenote: Reglamento que le da.]

También se formó un reglamento que sirviese de pauta a la nueva

autoridad, a la que se dio el nombre de Supremo consejo de regencia, y

se aprobó un decreto por el que reuniendo todos los acuerdos acerca de

la institución y forma de las cortes, ya convocadas para el inmediato

marzo, se trataba de hacer sabedor al público de tan importantes

decisiones.

En el reglamento, además de los artículos de orden interior, había uno

muy notable, y según el cual la regencia «propondría necesariamente a

las cortes una ley fundamental que protegiese y asegurase la libertad

de la imprenta, y que entre tanto se protegería de hecho esta libertad

como uno de los medios más convenientes, no solo para difundir la

ilustración general, sino también para conservar la libertad civil y

política de los ciudadanos.» Así la central, tan remisa y meticulosa

para acordar en su tiempo concesión de tal entidad, imponía ahora en

su agonía la obligación de decretarla a la autoridad que iba a ser

sucesora suya en el mando. Disponíase igualmente en dicho reglamento

que se crease una diputación compuesta de ocho individuos, celadora

de la observancia de aquel y de los derechos nacionales. Ignoramos

por qué no se cumplió semejante resolución, y atribuimos el olvido

al azoramiento de la junta central, y a no ser la nueva regencia

aficionada a trabas.

[Sidenote: Su último decreto sobre cortes.]

En el decreto tocante a cortes se insistía en el próximo llamamiento de

estas, y se mandaba que inmediatamente se expidiesen las convocatorias

a los grandes y a los prelados, adoptándose la importante innovación

de que los tres brazos no se juntasen en tres cámaras o estamentos

separados sino solo en dos, llamado uno _popular_ y otro de

_dignidades_.

Se ocurría también en el decreto al modo de suplir la representación

de las provincias que, ocupadas por el enemigo, no pudiesen nombrar

inmediatamente sus diputados, hasta tanto que, desembarazadas,

estuviesen en el caso de elegirlos por sí directamente. Lo mismo y a

causa de su lejanía se previno respecto de las regiones de América

y Asia. Había igualmente en el contexto del precitado decreto otras

disposiciones importantes y preparatorias para las cortes y sus

trabajos. La regencia nunca publicó este documento, motivo por el que

le insertamos íntegro en el apéndice.[*] [Sidenote: (* Ap. n. 11-2.)]

Echose la culpa de tal omisión al traspapelamiento que de él había

hecho un sujeto respetabilísimo a quien se conceptuaba opuesto a la

reunión de las cortes en dos cámaras. Pero habiendo este justificado

plenamente la entrega, así de dicho documento como de todos los papeles

pertenecientes a la central, en manos de los comisionados nombrados

para ello por la regencia, apareció claro que la ocultación provenía

no de quien desaprobaba las cámaras o estamentos, sino de los que

aborrecían toda especie de representación nacional.

[Sidenote: Regentes que nombra.]

La junta central, después de haber sancionado en 29 de enero todas las

indicadas resoluciones, pasó inmediatamente a nombrar los individuos

de la regencia. Cuatro de ellos debían ser españoles europeos, y

uno de las provincias ultramarinas. Recayó pues la elección en Don

Pedro de Quevedo y Quintano, obispo de Orense; en Don Francisco de

Saavedra, consejero de estado; en el general de tierra Don Francisco

Javier Castaños, en el de marina Don Antonio Escaño, y en Don Esteban

Fernández de León. El último, por no haber nacido en América, aunque

de familia ilustre arraigada en Caracas, y por la oposición que mostró

la junta de Cádiz, fue removido casi al mismo tiempo que nombrado,

entrando en su lugar Don Miguel de Lardizábal y Uribe, natural de

Nueva España. El 2 de febrero era el señalado para la instalación de

la regencia; pero, inquieto el público y disgustado con la tardanza,

tuvo la central que acelerar aquel acto, y poniendo en posesión a los

regentes en la noche del 31 de enero, [Sidenote: (* Ap. n. 11-3.)]

disolviose inmediatamente, dando en una proclama [*] cuenta de todo lo

sucedido.

[Sidenote: Eligen una junta en Cádiz.]

Al lado de la nueva autoridad, y presumiendo de igual o superior,

habíase levantado otra que, aunque en realidad subalterna, merece

atención por el influjo que ejerció, particularmente en el ramo de

hacienda. Queremos hablar de una junta elegida en Cádiz. Emisarios

despachados de Sevilla por los instigadores de los alborotos, y el

justo temor de ver aquella plaza entregada sin defensa al enemigo,

fueron el principal móvil de su nombramiento. Diole también inmediato

impulso un edicto que en virtud de pliegos recibidos de Sevilla publicó

el gobernador Don Francisco Venegas, considerando disuelta la junta

central y ofreciendo resignar su mando en manos del ayuntamiento, si

este quisiese confiarle a otro militar más idóneo. Conducta que algunos

tacharon de reprensible y liviana, mas disculpable en tan arduos

tiempos.

El ayuntamiento conservó al general Venegas en su empleo, y atento a

una petición de gran número de vecinos que elevó a su conocimiento

el síndico personero Don Tomás Istúriz, abolió la Junta de defensa

que había y trató de que se pusiese otra nueva más autorizada. El

establecimiento de esta fue popular. Cada vecino cabeza de casa

presentó a sus respectivos comisarios de barrio una propuesta cerrada

de tres individuos: del conjunto de todas ellas formose una lista en

la que el ayuntamiento escogió 54 vocales electores, quienes a su vez

sacaron de entre estos 18 sujetos, número de que se había de componer

la junta relevándose a la suerte cada cuatro meses la tercera parte.

Se instaló la nueva corporación el 29 de enero con aplauso de los

gaditanos, habiendo recaído el nombramiento en personas por lo general

muy recomendables.

He aquí, pues, dos grandes autoridades, la regencia y la junta de

Cádiz, impensadamente creadas, y otra la junta central abatida y

disuelta. Antes de pasar adelante, echaremos sobre las tres una rápida

ojeada.

[Sidenote: Ojeada rápida sobre la central y su administración.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 12 / 35 段