aproximó adonde estaba Freire la vanguardia de Zayas, compuesta de 6000
hombres casi todos granaderos, y la 1.ª división de Lacy: providencia
necesaria por haberse agregado a la caballería de Milhaud la división
polaca del 4.º cuerpo francés. Volvió Freire a avanzar el 10 a Ocaña,
delante de cuya villa estaban formados 2000 caballos enemigos, y detrás,
a la misma salida, la división nombrada con sus cañones. Empezaron
a jugar estos y a su fuego contestó la artillería volante española,
arrojando los jinetes a los del enemigo contra la villa, que abrigados
de su infantería reprimieron a su vez a nuestros soldados. No aun dadas
las cuatro de la tarde llegaron Zayas y Lacy. Emboscado el último
en un olivar cercano, dispúsose a la arremetida, pero Zayas, juzgando
estar su tropa muy cansada, difirió auxiliar el ataque hasta el día
siguiente. Aprovechándose los enemigos de esta desgraciada suspensión,
evacuaron a Ocaña, y por la noche se replegaron a Aranjuez.
[Sidenote: Ejército español en Ocaña.]
El 11 de noviembre, en fin, todo el ejército español se hallaba junto
en Ocaña. Resueltos los nuestros a avanzar a Madrid, hubiera convenido
proseguir la marcha antes de que los franceses hubiesen agolpado hacia
aquella parte fuerzas considerables.
[Sidenote: Movimientos inciertos y mal concertados de Aréizaga.]
Mas Aréizaga, al principio tan arrogante, comenzó entonces a vacilar,
y se inclinó a lo peor, que fue a hacer movimientos de flanco lentos
para aquella ocasión y desgraciados en su resultado. Envió pues la
división de Lacy a que cruzase el Tajo del lado de Colmenar de Oreja,
yendo la mayor parte a pasar dicho río por Villamanrique, en cuyo sitio
se echaron al efecto puentes. El tiempo era de lluvia, y durante tres
días sopló un huracán furioso. Corrió una semana entre detenciones
y marchas, perdiendo los soldados, en los malos caminos y aguas
encharcadas, casi todo el calzado. Aréizaga, con los obstáculos cada
vez más indeciso, acantonó su ejército entre Santa Cruz de la Zarza y
el Tajo.
Mientras tanto los franceses fueron arrimando muchas tropas a Aranjuez.
El mariscal Soult había ya antes sucedido al mariscal Jourdan en el
mando de mayor general de los ejércitos franceses, y las operaciones
adquirieron fuerza y actividad. Sabedor de que los españoles se
dirigían a pasar el Tajo por Villamanrique, envió allí el día 14 al
mariscal Victor, quien, hallándose entonces solo con su primer cuerpo,
hubiera podido ser arrollado. Detúvose Aréizaga y dio tiempo a que los
franceses fuesen el 16 reforzados en aquel punto; lo cual visto por el
general español, hizo que algunas tropas suyas puestas ya del otro lado
del Tajo repasasen el río, y que se alzasen los puentes. Caminó en la
noche del 17 hacia Ocaña, a cuya villa no llegó sino en la tarde del
18, y algunas tropas se rezagaron hasta la mañana del 19. [Sidenote:
Choque de caballería en Ontígola.] La víspera de este día hubo un
reencuentro de caballería cerca de Ontígola: los franceses rechazaron
a los nuestros, mas perdieron al general Paris, muerto a manos del
valiente cabo español Vicente Manzano, que recibió de la central un
escudo de premio. Por nuestra parte también allí fue herido gravemente,
y quedó en el campo por muerto, el hermano del duque de Rivas, Don
Ángel de Saavedra, no menos ilustre entonces por las armas que lo ha
sido después por las letras. Aréizaga, que, moviéndose primero por
el flanco, dio lugar al avance y reunión de una parte de las tropas
francesas, retrocediendo ahora a Ocaña y andando como lanzadera,
permitió que se reconcentrasen o diesen la mano todas ellas. Difícil
era idear movimientos más desatentados.
[Sidenote: Fuerzas que acercan los franceses.]
Juntáronse pues del lado de Ontígola y en Aranjuez los cuerpos 4.º y
5.º, del mando de Sebastiani y Mortier, la reserva, bajo el general
Dessolles, y la guardia de José, ascendiendo por lo menos el número de
gente a 28.000 infantes y 6000 caballos. De manera que Aréizaga, que
antes tropezaba con menos de 20.000, ahora a causa de sus detenciones,
marchas y contramarchas, tenía que habérselas con 34.000 por el frente,
sin contar con los 14.000 del cuerpo de Victor colocados hacia su
flanco derecho, pues juntos todos pasaban de 48.000 combatientes;
fuerza casi igual a la suya en número, y superiorísima en práctica y
disciplina.
[Sidenote: Batalla de Ocaña.]
Don Juan Carlos de Aréizaga escogió para presentar batalla la villa
de Ocaña, considerable y asentada en terreno llano y elevado a la
entrada de la mesa que lleva su nombre. Las divisiones españolas se
situaron en derredor de la población. Apostose él a la izquierda
del lado de la agria hondonada donde corre el camino real que va
a Aranjuez. En el ala opuesta se situó la vanguardia de Zayas con
dirección a Ontígola, y más a su derecha la primera división de Lacy,
permaneciendo a espaldas casi toda la caballería. Hubo también tropas
dentro de Ocaña. El general en jefe no dio ni orden ni colocación
fija a la mayor parte de sus divisiones. Encaramose en un campanario
de la villa, desde donde, contentándose con atalayar y descubrir el
campo, continuó aturdido, sin tomar disposición alguna acertada. El 4.º
cuerpo, del mando de Sebastiani, sostenido por Mortier, empeñó la pelea
con nuestra derecha. Zayas, apoyado en la división de Don Pedro Agustín
Girón, y el general Lacy batallaron vivamente, haciendo maravillas
nuestra artillería. El último sobre todo avanzó contra el general
Leval, herido, y empuñando en una mano para alentar a los suyos la
bandera del regimiento de Burgos, todo lo atropelló y cogió una batería
que estaba al frente. Costó sangre tan intrépida acometida, y entre
todos fue allí gravemente herido el marqués de Villacampo, oficial
distinguido y ayudante de Lacy. A haber sido apoyado entonces este
general, los franceses, rotos de aquel lado, no alcanzaran fácilmente
el triunfo; pero Lacy, solo, sin que le siguiera caballería ni tampoco
le auxiliara el general Zayas, a quien puso, según parece, en grande
embarazo Aréizaga, dándole primero orden de atacar y luego contra
orden, tuvo en breve que cejar, y todo se volvió confusión. El general
Girard entró en la villa, cuya plaza ardió; Dessolles y José avanzaron
contra la izquierda española, [Sidenote: Horrorosa dispersión. Pérdida
de Ocaña.] que se retiró precipitadamente, y ya por los llanos de la
Mancha no se divisaban sino pelotones de gente marchando a la ventura,
o huyendo azorados del enemigo. Aréizaga bajó de su campanario, no tomó
providencia para reunir las reliquias de su ejército, ni señaló punto
de retirada. Continuó su camino a Daimiel, de donde serenamente dio un
parte al gobierno el 20, en el que estuvo lejos de pintar la catástrofe
sucedida. Esta fue de las más lamentables. Contáronse por lo menos
13.000 prisioneros, de 4 a 5000 muertos o heridos, fueron abandonados
más de 40 cañones, y carros, y víveres, y municiones: una desolación.
Los franceses apenas perdieron 2000 hombres. Solo quedaron de los
nuestros en pie algunos batallones, la división segunda, del mando de
Vigodet, y parte de la caballería a las órdenes de Freire. En dos meses
no pudieron volver a reunirse a las raíces de Sierra Morena 25.000
hombres.
Conservó por algún tiempo el mando Don Juan Carlos de Aréizaga sin que
entonces se le formase causa, como se tenía de costumbre con muchos de
los generales desgraciados: ¡tan protegido estaba! Y en verdad, ¿a qué
formarle causa? Habíanse estas convertido en procesos de mera fórmula,
de que salían los acusados puros y exentos de toda culpa.
[Sidenote: Resultas.]
Terror y abatimiento sembró por el reino la rota de Ocaña, temiendo
fuese tan aciaga para la independencia como la de Guadalete. Holgáronse
sobremanera José y los suyos, entrando aquel en Madrid con pompa y a
manera de triunfador romano, seguido de los míseros prisioneros. De
sus parciales no faltó quien se gloriase de que hubiesen los franceses
con la mitad de gente aniquilado a los españoles. Hemos visto no ser
así; mas aun cuando lo fuese, no por eso recaería mengua sobre el
carácter nacional, culpa sería en todo caso del desmaño e ignorancia
del principal caudillo.
La herida de Ocaña llegó hasta lo vivo. Con haberlo puesto todo a la
temeridad de la fortuna, abriéronse las puertas de las Andalucías.
José quizá hubiera tentado pronto la invasión si la permanencia de los
ingleses en las cercanías de Badajoz, juntamente con la del ejército
mandado ahora por Alburquerque en Extremadura, y la del Parque en
Castilla la Vieja, no le hubiesen obligado a obrar con cordura antes de
penetrar en las gargantas de Sierra Morena, ominosas a sus soldados.
Prudente, pues, era destruir por lo menos parte de aquellas fuerzas, y
aguardar, ajustada ya la paz con Austria, nuevos refuerzos del norte.
[Sidenote: Se retira Alburquerque a Trujillo.]
El duque de Alburquerque, desamparado con lo ocurrido en Ocaña, se
aceleró a evitar un suceso desgraciado. La fuerza que tenía, de
12.000 hombres dividida en tres divisiones, vanguardia y reserva,
había avanzado el 17 de noviembre al Puente del Arzobispo para causar
diversión por aquel lado. Desde allí y con el mismo fin, siguiendo la
margen izquierda de Tajo, destacó la vanguardia, a las órdenes de Don
José Lardizábal, con dirección al puente de tablas de Talavera. Este
movimiento obligó a retirarse a los franceses alojados en el Arzobispo
enfrente de los nuestros; mas a poco, sobreviniendo el destrozo de
Ocaña, retrocedió el de Alburquerque y no paró hasta Trujillo.
[Sidenote: Movimientos del duque del Parque.]
Puso en mayor cuidado a los enemigos el ejército del duque del Parque,
sobre todo después de la jornada de Tamames. Motivo por que envió el
mariscal Soult la división de Gazan al general Marchand, camino de
Ávila, para coger al duque por el flanco derecho. El general español,
a fin de coadyuvar también a la campaña de Aréizaga, moviose con su
ejército, y el 19 intentó atacar en Alba de Tormes a 5000 franceses
que, advertidos, se retiraron.
[Sidenote: Acción de Medina del Campo.]
Prosiguió el del Parque su marcha, y noticioso de que en Medina del
Campo se reunían unos 2000 caballos y de 8 a 10.000 infantes, juntó el
23 a la madrugada sus divisiones en el Carpio a tres leguas de aquella
villa. Colocó la vanguardia en la loma en que está sito el pueblo,
ocultando detrás y por los lados la mayor parte de su fuerza. No
logró, a pesar del ardid, que los franceses se acercasen, y entonces
se adelantó él mismo a la una del propio día, yendo por la llanura con
admirable y bien concertado orden. Marchaba en batalla la vanguardia,
del mando de Don Martín de la Carrera, a su derecha, parte también
en batalla, parte en columnas, la tercera división regida por Don
Francisco Ballesteros, a la izquierda la primera, de Don Francisco
Javier de Losada; cubría la caballería las dos alas. Iba de reserva
la segunda división, a las órdenes del conde de Belveder, y dejose en
el Carpio, con su jefe el marqués de Castro-Fuerte, la 5.ª división,
o sea la de los castellanos. Los franceses, aunque reforzados con
1000 jinetes, cejaron a una eminencia inmediata a Medina. Empeñose
allí vivo fuego, y engrosados aún los enemigos con dos regimientos
de dragones y alguna infantería, cayeron sobre los jinetes del ala
derecha, que cedieron el terreno, con lo cual se vio descubierta la
3.ª división, que era la de los asturianos. Mas estos, valientes y
serenos, reprimieron al enemigo, en particular tres regimientos que le
recibieron a quema ropa con fuegos muy certeros. En la pelea perecieron
el intrépido ayudante general de la división, Don Salvador de Molina,
y el coronel del regimiento de Lena, Don Juan Drimgold. Rechazados o
contenidos en los demás puntos los franceses, sobrevino la noche, y
Parque durante dos horas permaneció en el campo de batalla. Después
obligado a dar alimento y descanso a su tropa, y avisado de que el
enemigo podría ser reforzado, antes de amanecer tornó al Carpio. Los
franceses por su parte no creyéndose bastante numerosos, se alejaron
para unirse a nuevos refuerzos que aguardaban.
Les llegaron estos de varias partes, y el general Kellermann, reuniendo
toda la fuerza que pudo, entre ella 3000 caballos, se mostró el 25
delante del Carpio. El duque del Parque, hasta entonces prudente y
afortunado caudillo, descuidose, y en vez de retirarse sin tardanza
viendo la superioridad de la caballería, temible en aquella tierra
llana, suspendió todo movimiento retrógrado hasta la noche del 26, y
entonces lo realizó, aguijado con el aviso de las lástimas de Ocaña;
cuya nueva, derramada por el ejército, descorazonó al soldado.
[Sidenote: Acción de Alba de Tormes.]
El 28 por la mañana entraron los nuestros en Alba, tristes y ya
perseguidos por la vanguardia enemiga. Asentada aquella villa a la
derecha del Tormes, comunica con la orilla opuesta por un puente
de piedra. El duque del Parque dejó dentro de la población, con
negligencia notable, el cuartel general, la artillería, los bagajes,
la mayor parte en fin de su fuerza, excepto dos divisiones que pasaron
al otro lado. Alegose por disculpa la necesidad de dar de comer a la
tropa, fatigada y sin alimento ya hacía muchas horas, como si no se
hubiera podido acudir al remedio y con mayor orden poniendo todo el
ejército en la orilla más segura, y en disposición de proteger a los
encargados de avituallarle.
Esparcidos los soldados por Alba para buscar raciones, y cundiendo la
voz de que llegaban los franceses, atropelláronse al puente hombres
y bagajes, y casi le barrearon. Pudieron con todo los jefes colocar
fuera del pueblo las tropas, y parar la primera embestida de 400
franceses que iban delante, hasta que, aproximándose un grueso de
caballería, cargó este nuestra derecha, en donde se hallaba la primera
división del mando de Losada y 800 caballos. Arrollados los últimos,
huyeron también los infantes que repasaron el Tormes abandonando su
artillería. El ala izquierda, que se componía de la vanguardia de
Carrera y de parte de la segunda división, se mantuvo firme, [Sidenote:
Valor de Mendizábal.] y puesto Mendizábal a su cabeza, repelieron
nuestros soldados por tres veces a los jinetes enemigos formando el
cuadro, y respondieron a fusilazos a la intimación que les hicieron de
rendirse. En vano los acometieron otros escuadrones por la espalda:
forzados se vieron estos a aguardar a sus infantes, de los que algunos
llegaron al anochecer. Mendizábal cruzó con sus intrépidos soldados
el puente y tocó gloriosamente la orilla opuesta. [Sidenote: Retirada
de los españoles.] Allí todo era desorden y atropellamiento con los
bagajes y caballería fugitiva. El duque del Parque perdió entonces del
todo la presencia de ánimo, y sus tropas, careciendo de órdenes precisas,
se alejaron de aquel punto y se repartieron entre Ciudad Rodrigo,
Tamames y Miranda del Castañar. Semejante y no calculado movimiento
excéntrico salvó al ejército, pues el general Kellermann dejó de
perseguirle, incierto de su paradero, y limitándose a dejar ocupada
la línea del Tormes volviose a Valladolid. El duque del Parque, al
principiar diciembre, sentó su cuartel general en El Bodón, a dos leguas
de Ciudad Rodrigo, y echáronse de menos entre dispersión y pelea unos
3000 hombres. Antes de concluirse el mes pasó el duque a San Martín de
Trevejo, detrás de sierra de Gata.
[Sidenote: Retíranse los ingleses del Guadiana al norte del Tajo.]
Con tales desdichas, destruidos o menguados unos tras otros los
mejores ejércitos españoles, debieron naturalmente los ingleses, meros
espectadores hasta entonces, tomar en su extrema prudencia medidas de
precaución. Lord Wellington determinó dejar las orillas del Guadiana y
pasar al norte del Tajo, empezando su movimiento en los primeros días
de diciembre. Despidiose antes de la junta de Extremadura, y mostrose
muy satisfecho «del celo y laborioso cuidado [son sus expresiones] con
que aquel cuerpo había proporcionado provisiones a las tropas de su
ejército acantonadas en las cercanías de Badajoz.» Dicha junta había
sido una de aquellas autoridades contra las que tanto se había clamado
pocos meses antes acerca del asunto de abastecimientos, tachándolas
hasta de mala voluntad. El testimonio irrecusable de Lord Wellington
probaba ahora que la premura del tiempo y la gran demanda fueron causa
de la escasez, y no otras reprehensibles miras.
[Sidenote: Flaqueza de la comisión ejecutiva.]
La profunda sima en que la nación se abismaba, consternó a la comisión
ejecutiva de la junta central, poniendo a prueba la capacidad y energía
de sus individuos. Mas entonces se vio que no basta reconcentrar el
poder para que este aparezca en sus efectos vigoroso y pronto, sino
que también es preciso que las manos escogidas para su manejo sean
ágiles y fuertes. No formando parte de la comisión ninguno de los pocos
centrales a quienes se consideraba por su saber como más aptos, o como
más notables por los bríos de su condición, escasearon en aquel nuevo
cuerpo las luces y el esfuerzo, faltas tanto más graves cuanto los
acontecimientos habían puesto a la nación en el mayor estrecho.
Así resultó que al saberse la derrota de Ocaña, quedó la comisión
como aturdida y aplanada, no desplegando la firmeza que tanto honró
al gobierno español cuando la jornada de Medellín. Redujéronse sus
providencias a las más comunes y generales, habiendo en vano nombrado a
Romana para recomponer el ejército del centro, tan menguado y perdido;
pues aquel general permaneció en Sevilla temeroso quizá de que sus
hombros flaqueasen bajo la balumba de tan pesada carga. Para llenar
su hueco, a lo menos en ciertas medidas de reorganización, [Sidenote:
Comisionados enviados a La Carolina.] partieron camino de La Carolina
Don Rodrigo Riquelme y el marqués de Camposagrado, uno individuo de
la comisión y otro de la junta, quienes, en unión con el vocal Rabé,
debían impulsar la mejora y aumento del ejército, y atender a la
defensa de los pasos de la sierra. Repetición de lo que hizo la central
al retirarse de Aranjuez, con la diferencia de que ahora no hubo mucho
vagar ni espacio.
Tampoco se destruyeron con el nombramiento de la comisión ejecutiva las
maquinaciones de los ambiciosos. Volvió a salir a plaza Don Francisco
de Palafox, deseoso de erigirse, por lo menos, en lugarteniente de
Aragón. Sospechábase que le prestaba su asistencia el conde del
Montijo, que, a hurtadillas, se fue de Portugal acercando a Sevilla.
Tuvo de ello aviso el gobierno, y Romana, a quien antes no disgustaban
tales manejos, ahora que podían perjudicar a los en que él mismo
andaba, [Sidenote: Prisión de Palafox y Montijo.] instó para que se
aprehendiesen las personas de Palafox y Montijo juntamente con sus
papeles. El último fue cogido en Valverde y trasladado a Sevilla, en
donde también se arrestó al primero sin que lo impidiese su calidad de
central. Metió algún ruido la detención de estos personajes, y mayor
hubiera sido a no tenerlos tan desopinados sus continuos enredos. Los
acontecimientos que sobrevinieron terminaron en breve la persecución de
entrambos.
[Sidenote: Manejos de Romana y de su hermano Caro.]
Romana, que tanta diligencia ponía en descubrir y cortar las tramas
de los demás, no por eso cesaba en alterar con su conducta la paz y
buena armonía del gobierno supremo. Favorecía grandemente sus miras
su hermano D. José Caro, que a nada menos aspiraba que a ver a su
familia mandando en el reino. En la provincia de Valencia, puesta a
su cuidado, trabajaba los ánimos en aquel sentido, y con profusión
esparció el famoso voto de Romana de 14 de octubre. La junta provincial
ayudole mucho en ocasiones, y este cuerpo, provocando unas veces el
nombramiento de una regencia exclusiva, desechándolo en otras, vario e
inconstante en sus procedimientos, manifestaba que a pesar de su buen
celo por la causa de la patria, influían en sus deliberaciones hombres
de seso mal asentado.
Don José Caro remitió a las demás juntas una circular, a nombre de la
de Valencia, en que, alabando los servicios, el talento, las virtudes
de su hermano el marqués de la Romana, se hablaba de la necesidad
de adoptar lo que este había propuesto en su voto, y se indicaba a
las claras la conveniencia de nombrarle regente. La central, en una
exposición que hizo a las juntas, y antes de finalizar noviembre,
grave y victoriosamente rechazó los ataques y opinión de la de
Valencia, invitando a todas a aguardar la próxima reunión de cortes.
Las provincias apoyaron el dictamen de la central, y en Valencia se
separaron de Caro varios que le habían estado unidos. Para cortar
las disensiones, debió Romana pasar a aquella ciudad, viaje que no
verificó, enviando en su lugar a Don Lázaro de las Heras, hechura
suya, [Sidenote: Tropelías.] pues el marqués tomaba a veces por sí
resoluciones sin cuidarse de la aprobación de sus compañeros. Las
Heras, como era de esperar, procedió en Valencia según las miras
de Romana, y atropelló en diciembre y confinó a la isla de Ibiza a
Don José Canga Argüelles y a otros individuos de la junta, ahora
encontrados en opiniones con el general Caro.
[Sidenote: Estado deplorable de la junta central.]
Pero con estas reyertas y miserias crecían los males de la patria, y
la central, en cuyo cuerpo no habían en un principio reinado otras
divisiones sino aquellas que nacen de la diversidad de dictámenes, se
vio en la actualidad combatida por la ambición y frenéticas pasiones de
Palafox, de Romana y sus secuaces, convirtiéndose en un semillero de
chismes, pequeñeces y enredos impropios de un gobierno supremo, con lo
cual cayó aún más en tierra su crédito y se anticipó su ruina.
[Sidenote: Providencias de la comisión ejecutiva y de la junta.]
La comisión ejecutiva, cuya alma era el mismo Romana, nada pues de
importante obró, poniéndose de manifiesto lo nulo de aquel general
para todo lo que era mando. La junta, por su parte, y en el círculo
de facultades que se había reservado, animada del buen espíritu de
Jovellanos, Garay y otros, acordó algunas providencias no desacertadas,
aunque tardías, como fue el aplicar a los gastos de la guerra los
fondos de encomiendas, obras pías, y también la rebaja gradual de
sueldos, exceptuándose a los militares que defendían la patria.
[Sidenote: Proposición de Calvo sobre libertad de imprenta.]
En el periodo en que vamos, o poco antes, examinose asimismo en la
junta central una proposición de Don Lorenzo Calvo de Rozas sobre
la importante cuestión de libertad de imprenta. La junta, ora por
la gravedad de la materia, ora quizá para esquivar toda discusión,
pasó la propuesta de Calvo a consulta del consejo, el cual, como era
natural, mostrose contrario, excepto Don José Pablo Valiente. Extendida
la consulta, subió a la central, y esta la remitió a la comisión de
cortes, que a su vez la pasó a otra comisión creada bajo el nombre de
instrucción pública, corriendo por aquella inacabable cadena de juntas,
consejos y comisiones a que siempre ¡mal pecado! se recurrió en España.
En la de instrucción pública halló la propuesta de Calvo favorable
acogida, leyendo en su apoyo una memoria muy notable el canónigo D.
José Isidoro Morales. Mas en estos pasos, idas y venidas, se concluía
ya diciembre, y las desgracias cortaron toda resolución en asunto de
tan grande importancia.
[Sidenote: Modo de convocarse las cortes.]
Entre tanto se acercaba también el día señalado para convocar
las cortes. La comisión encargada de determinar la forma de su
llamamiento, tenía ya casi concluidos sus trabajos. No entraremos aquí
en los debates que para ello hubo en su seno [cosa ajena de nuestro
propósito], ni en los pormenores del modo adoptado para constituirse
las cortes, pues retardada por los acontecimientos de la guerra la
reunión de estas, nos parece más conveniente suspender hasta el tiempo
en que se juntaron el tratar detenidamente de la materia. Solo diremos
en este lugar que se adoptó igualdad de representación para todas las
provincias de España, debiéndose dividir las cortes en dos cuerpos, el
uno electivo y el otro de privilegiados, compuesto de clero y nobleza.