Mientras tanto Aréizaga sentó el 9 su cuartel general en Tembleque, y

aproximó adonde estaba Freire la vanguardia de Zayas, compuesta de 6000

hombres casi todos granaderos, y la 1.ª división de Lacy: providencia

necesaria por haberse agregado a la caballería de Milhaud la división

polaca del 4.º cuerpo francés. Volvió Freire a avanzar el 10 a Ocaña,

delante de cuya villa estaban formados 2000 caballos enemigos, y detrás,

a la misma salida, la división nombrada con sus cañones. Empezaron

a jugar estos y a su fuego contestó la artillería volante española,

arrojando los jinetes a los del enemigo contra la villa, que abrigados

de su infantería reprimieron a su vez a nuestros soldados. No aun dadas

las cuatro de la tarde llegaron Zayas y Lacy. Emboscado el último

en un olivar cercano, dispúsose a la arremetida, pero Zayas, juzgando

estar su tropa muy cansada, difirió auxiliar el ataque hasta el día

siguiente. Aprovechándose los enemigos de esta desgraciada suspensión,

evacuaron a Ocaña, y por la noche se replegaron a Aranjuez.

[Sidenote: Ejército español en Ocaña.]

El 11 de noviembre, en fin, todo el ejército español se hallaba junto

en Ocaña. Resueltos los nuestros a avanzar a Madrid, hubiera convenido

proseguir la marcha antes de que los franceses hubiesen agolpado hacia

aquella parte fuerzas considerables.

[Sidenote: Movimientos inciertos y mal concertados de Aréizaga.]

Mas Aréizaga, al principio tan arrogante, comenzó entonces a vacilar,

y se inclinó a lo peor, que fue a hacer movimientos de flanco lentos

para aquella ocasión y desgraciados en su resultado. Envió pues la

división de Lacy a que cruzase el Tajo del lado de Colmenar de Oreja,

yendo la mayor parte a pasar dicho río por Villamanrique, en cuyo sitio

se echaron al efecto puentes. El tiempo era de lluvia, y durante tres

días sopló un huracán furioso. Corrió una semana entre detenciones

y marchas, perdiendo los soldados, en los malos caminos y aguas

encharcadas, casi todo el calzado. Aréizaga, con los obstáculos cada

vez más indeciso, acantonó su ejército entre Santa Cruz de la Zarza y

el Tajo.

Mientras tanto los franceses fueron arrimando muchas tropas a Aranjuez.

El mariscal Soult había ya antes sucedido al mariscal Jourdan en el

mando de mayor general de los ejércitos franceses, y las operaciones

adquirieron fuerza y actividad. Sabedor de que los españoles se

dirigían a pasar el Tajo por Villamanrique, envió allí el día 14 al

mariscal Victor, quien, hallándose entonces solo con su primer cuerpo,

hubiera podido ser arrollado. Detúvose Aréizaga y dio tiempo a que los

franceses fuesen el 16 reforzados en aquel punto; lo cual visto por el

general español, hizo que algunas tropas suyas puestas ya del otro lado

del Tajo repasasen el río, y que se alzasen los puentes. Caminó en la

noche del 17 hacia Ocaña, a cuya villa no llegó sino en la tarde del

18, y algunas tropas se rezagaron hasta la mañana del 19. [Sidenote:

Choque de caballería en Ontígola.] La víspera de este día hubo un

reencuentro de caballería cerca de Ontígola: los franceses rechazaron

a los nuestros, mas perdieron al general Paris, muerto a manos del

valiente cabo español Vicente Manzano, que recibió de la central un

escudo de premio. Por nuestra parte también allí fue herido gravemente,

y quedó en el campo por muerto, el hermano del duque de Rivas, Don

Ángel de Saavedra, no menos ilustre entonces por las armas que lo ha

sido después por las letras. Aréizaga, que, moviéndose primero por

el flanco, dio lugar al avance y reunión de una parte de las tropas

francesas, retrocediendo ahora a Ocaña y andando como lanzadera,

permitió que se reconcentrasen o diesen la mano todas ellas. Difícil

era idear movimientos más desatentados.

[Sidenote: Fuerzas que acercan los franceses.]

Juntáronse pues del lado de Ontígola y en Aranjuez los cuerpos 4.º y

5.º, del mando de Sebastiani y Mortier, la reserva, bajo el general

Dessolles, y la guardia de José, ascendiendo por lo menos el número de

gente a 28.000 infantes y 6000 caballos. De manera que Aréizaga, que

antes tropezaba con menos de 20.000, ahora a causa de sus detenciones,

marchas y contramarchas, tenía que habérselas con 34.000 por el frente,

sin contar con los 14.000 del cuerpo de Victor colocados hacia su

flanco derecho, pues juntos todos pasaban de 48.000 combatientes;

fuerza casi igual a la suya en número, y superiorísima en práctica y

disciplina.

[Sidenote: Batalla de Ocaña.]

Don Juan Carlos de Aréizaga escogió para presentar batalla la villa

de Ocaña, considerable y asentada en terreno llano y elevado a la

entrada de la mesa que lleva su nombre. Las divisiones españolas se

situaron en derredor de la población. Apostose él a la izquierda

del lado de la agria hondonada donde corre el camino real que va

a Aranjuez. En el ala opuesta se situó la vanguardia de Zayas con

dirección a Ontígola, y más a su derecha la primera división de Lacy,

permaneciendo a espaldas casi toda la caballería. Hubo también tropas

dentro de Ocaña. El general en jefe no dio ni orden ni colocación

fija a la mayor parte de sus divisiones. Encaramose en un campanario

de la villa, desde donde, contentándose con atalayar y descubrir el

campo, continuó aturdido, sin tomar disposición alguna acertada. El 4.º

cuerpo, del mando de Sebastiani, sostenido por Mortier, empeñó la pelea

con nuestra derecha. Zayas, apoyado en la división de Don Pedro Agustín

Girón, y el general Lacy batallaron vivamente, haciendo maravillas

nuestra artillería. El último sobre todo avanzó contra el general

Leval, herido, y empuñando en una mano para alentar a los suyos la

bandera del regimiento de Burgos, todo lo atropelló y cogió una batería

que estaba al frente. Costó sangre tan intrépida acometida, y entre

todos fue allí gravemente herido el marqués de Villacampo, oficial

distinguido y ayudante de Lacy. A haber sido apoyado entonces este

general, los franceses, rotos de aquel lado, no alcanzaran fácilmente

el triunfo; pero Lacy, solo, sin que le siguiera caballería ni tampoco

le auxiliara el general Zayas, a quien puso, según parece, en grande

embarazo Aréizaga, dándole primero orden de atacar y luego contra

orden, tuvo en breve que cejar, y todo se volvió confusión. El general

Girard entró en la villa, cuya plaza ardió; Dessolles y José avanzaron

contra la izquierda española, [Sidenote: Horrorosa dispersión. Pérdida

de Ocaña.] que se retiró precipitadamente, y ya por los llanos de la

Mancha no se divisaban sino pelotones de gente marchando a la ventura,

o huyendo azorados del enemigo. Aréizaga bajó de su campanario, no tomó

providencia para reunir las reliquias de su ejército, ni señaló punto

de retirada. Continuó su camino a Daimiel, de donde serenamente dio un

parte al gobierno el 20, en el que estuvo lejos de pintar la catástrofe

sucedida. Esta fue de las más lamentables. Contáronse por lo menos

13.000 prisioneros, de 4 a 5000 muertos o heridos, fueron abandonados

más de 40 cañones, y carros, y víveres, y municiones: una desolación.

Los franceses apenas perdieron 2000 hombres. Solo quedaron de los

nuestros en pie algunos batallones, la división segunda, del mando de

Vigodet, y parte de la caballería a las órdenes de Freire. En dos meses

no pudieron volver a reunirse a las raíces de Sierra Morena 25.000

hombres.

Conservó por algún tiempo el mando Don Juan Carlos de Aréizaga sin que

entonces se le formase causa, como se tenía de costumbre con muchos de

los generales desgraciados: ¡tan protegido estaba! Y en verdad, ¿a qué

formarle causa? Habíanse estas convertido en procesos de mera fórmula,

de que salían los acusados puros y exentos de toda culpa.

[Sidenote: Resultas.]

Terror y abatimiento sembró por el reino la rota de Ocaña, temiendo

fuese tan aciaga para la independencia como la de Guadalete. Holgáronse

sobremanera José y los suyos, entrando aquel en Madrid con pompa y a

manera de triunfador romano, seguido de los míseros prisioneros. De

sus parciales no faltó quien se gloriase de que hubiesen los franceses

con la mitad de gente aniquilado a los españoles. Hemos visto no ser

así; mas aun cuando lo fuese, no por eso recaería mengua sobre el

carácter nacional, culpa sería en todo caso del desmaño e ignorancia

del principal caudillo.

La herida de Ocaña llegó hasta lo vivo. Con haberlo puesto todo a la

temeridad de la fortuna, abriéronse las puertas de las Andalucías.

José quizá hubiera tentado pronto la invasión si la permanencia de los

ingleses en las cercanías de Badajoz, juntamente con la del ejército

mandado ahora por Alburquerque en Extremadura, y la del Parque en

Castilla la Vieja, no le hubiesen obligado a obrar con cordura antes de

penetrar en las gargantas de Sierra Morena, ominosas a sus soldados.

Prudente, pues, era destruir por lo menos parte de aquellas fuerzas, y

aguardar, ajustada ya la paz con Austria, nuevos refuerzos del norte.

[Sidenote: Se retira Alburquerque a Trujillo.]

El duque de Alburquerque, desamparado con lo ocurrido en Ocaña, se

aceleró a evitar un suceso desgraciado. La fuerza que tenía, de

12.000 hombres dividida en tres divisiones, vanguardia y reserva,

había avanzado el 17 de noviembre al Puente del Arzobispo para causar

diversión por aquel lado. Desde allí y con el mismo fin, siguiendo la

margen izquierda de Tajo, destacó la vanguardia, a las órdenes de Don

José Lardizábal, con dirección al puente de tablas de Talavera. Este

movimiento obligó a retirarse a los franceses alojados en el Arzobispo

enfrente de los nuestros; mas a poco, sobreviniendo el destrozo de

Ocaña, retrocedió el de Alburquerque y no paró hasta Trujillo.

[Sidenote: Movimientos del duque del Parque.]

Puso en mayor cuidado a los enemigos el ejército del duque del Parque,

sobre todo después de la jornada de Tamames. Motivo por que envió el

mariscal Soult la división de Gazan al general Marchand, camino de

Ávila, para coger al duque por el flanco derecho. El general español,

a fin de coadyuvar también a la campaña de Aréizaga, moviose con su

ejército, y el 19 intentó atacar en Alba de Tormes a 5000 franceses

que, advertidos, se retiraron.

[Sidenote: Acción de Medina del Campo.]

Prosiguió el del Parque su marcha, y noticioso de que en Medina del

Campo se reunían unos 2000 caballos y de 8 a 10.000 infantes, juntó el

23 a la madrugada sus divisiones en el Carpio a tres leguas de aquella

villa. Colocó la vanguardia en la loma en que está sito el pueblo,

ocultando detrás y por los lados la mayor parte de su fuerza. No

logró, a pesar del ardid, que los franceses se acercasen, y entonces

se adelantó él mismo a la una del propio día, yendo por la llanura con

admirable y bien concertado orden. Marchaba en batalla la vanguardia,

del mando de Don Martín de la Carrera, a su derecha, parte también

en batalla, parte en columnas, la tercera división regida por Don

Francisco Ballesteros, a la izquierda la primera, de Don Francisco

Javier de Losada; cubría la caballería las dos alas. Iba de reserva

la segunda división, a las órdenes del conde de Belveder, y dejose en

el Carpio, con su jefe el marqués de Castro-Fuerte, la 5.ª división,

o sea la de los castellanos. Los franceses, aunque reforzados con

1000 jinetes, cejaron a una eminencia inmediata a Medina. Empeñose

allí vivo fuego, y engrosados aún los enemigos con dos regimientos

de dragones y alguna infantería, cayeron sobre los jinetes del ala

derecha, que cedieron el terreno, con lo cual se vio descubierta la

3.ª división, que era la de los asturianos. Mas estos, valientes y

serenos, reprimieron al enemigo, en particular tres regimientos que le

recibieron a quema ropa con fuegos muy certeros. En la pelea perecieron

el intrépido ayudante general de la división, Don Salvador de Molina,

y el coronel del regimiento de Lena, Don Juan Drimgold. Rechazados o

contenidos en los demás puntos los franceses, sobrevino la noche, y

Parque durante dos horas permaneció en el campo de batalla. Después

obligado a dar alimento y descanso a su tropa, y avisado de que el

enemigo podría ser reforzado, antes de amanecer tornó al Carpio. Los

franceses por su parte no creyéndose bastante numerosos, se alejaron

para unirse a nuevos refuerzos que aguardaban.

Les llegaron estos de varias partes, y el general Kellermann, reuniendo

toda la fuerza que pudo, entre ella 3000 caballos, se mostró el 25

delante del Carpio. El duque del Parque, hasta entonces prudente y

afortunado caudillo, descuidose, y en vez de retirarse sin tardanza

viendo la superioridad de la caballería, temible en aquella tierra

llana, suspendió todo movimiento retrógrado hasta la noche del 26, y

entonces lo realizó, aguijado con el aviso de las lástimas de Ocaña;

cuya nueva, derramada por el ejército, descorazonó al soldado.

[Sidenote: Acción de Alba de Tormes.]

El 28 por la mañana entraron los nuestros en Alba, tristes y ya

perseguidos por la vanguardia enemiga. Asentada aquella villa a la

derecha del Tormes, comunica con la orilla opuesta por un puente

de piedra. El duque del Parque dejó dentro de la población, con

negligencia notable, el cuartel general, la artillería, los bagajes,

la mayor parte en fin de su fuerza, excepto dos divisiones que pasaron

al otro lado. Alegose por disculpa la necesidad de dar de comer a la

tropa, fatigada y sin alimento ya hacía muchas horas, como si no se

hubiera podido acudir al remedio y con mayor orden poniendo todo el

ejército en la orilla más segura, y en disposición de proteger a los

encargados de avituallarle.

Esparcidos los soldados por Alba para buscar raciones, y cundiendo la

voz de que llegaban los franceses, atropelláronse al puente hombres

y bagajes, y casi le barrearon. Pudieron con todo los jefes colocar

fuera del pueblo las tropas, y parar la primera embestida de 400

franceses que iban delante, hasta que, aproximándose un grueso de

caballería, cargó este nuestra derecha, en donde se hallaba la primera

división del mando de Losada y 800 caballos. Arrollados los últimos,

huyeron también los infantes que repasaron el Tormes abandonando su

artillería. El ala izquierda, que se componía de la vanguardia de

Carrera y de parte de la segunda división, se mantuvo firme, [Sidenote:

Valor de Mendizábal.] y puesto Mendizábal a su cabeza, repelieron

nuestros soldados por tres veces a los jinetes enemigos formando el

cuadro, y respondieron a fusilazos a la intimación que les hicieron de

rendirse. En vano los acometieron otros escuadrones por la espalda:

forzados se vieron estos a aguardar a sus infantes, de los que algunos

llegaron al anochecer. Mendizábal cruzó con sus intrépidos soldados

el puente y tocó gloriosamente la orilla opuesta. [Sidenote: Retirada

de los españoles.] Allí todo era desorden y atropellamiento con los

bagajes y caballería fugitiva. El duque del Parque perdió entonces del

todo la presencia de ánimo, y sus tropas, careciendo de órdenes precisas,

se alejaron de aquel punto y se repartieron entre Ciudad Rodrigo,

Tamames y Miranda del Castañar. Semejante y no calculado movimiento

excéntrico salvó al ejército, pues el general Kellermann dejó de

perseguirle, incierto de su paradero, y limitándose a dejar ocupada

la línea del Tormes volviose a Valladolid. El duque del Parque, al

principiar diciembre, sentó su cuartel general en El Bodón, a dos leguas

de Ciudad Rodrigo, y echáronse de menos entre dispersión y pelea unos

3000 hombres. Antes de concluirse el mes pasó el duque a San Martín de

Trevejo, detrás de sierra de Gata.

[Sidenote: Retíranse los ingleses del Guadiana al norte del Tajo.]

Con tales desdichas, destruidos o menguados unos tras otros los

mejores ejércitos españoles, debieron naturalmente los ingleses, meros

espectadores hasta entonces, tomar en su extrema prudencia medidas de

precaución. Lord Wellington determinó dejar las orillas del Guadiana y

pasar al norte del Tajo, empezando su movimiento en los primeros días

de diciembre. Despidiose antes de la junta de Extremadura, y mostrose

muy satisfecho «del celo y laborioso cuidado [son sus expresiones] con

que aquel cuerpo había proporcionado provisiones a las tropas de su

ejército acantonadas en las cercanías de Badajoz.» Dicha junta había

sido una de aquellas autoridades contra las que tanto se había clamado

pocos meses antes acerca del asunto de abastecimientos, tachándolas

hasta de mala voluntad. El testimonio irrecusable de Lord Wellington

probaba ahora que la premura del tiempo y la gran demanda fueron causa

de la escasez, y no otras reprehensibles miras.

[Sidenote: Flaqueza de la comisión ejecutiva.]

La profunda sima en que la nación se abismaba, consternó a la comisión

ejecutiva de la junta central, poniendo a prueba la capacidad y energía

de sus individuos. Mas entonces se vio que no basta reconcentrar el

poder para que este aparezca en sus efectos vigoroso y pronto, sino

que también es preciso que las manos escogidas para su manejo sean

ágiles y fuertes. No formando parte de la comisión ninguno de los pocos

centrales a quienes se consideraba por su saber como más aptos, o como

más notables por los bríos de su condición, escasearon en aquel nuevo

cuerpo las luces y el esfuerzo, faltas tanto más graves cuanto los

acontecimientos habían puesto a la nación en el mayor estrecho.

Así resultó que al saberse la derrota de Ocaña, quedó la comisión

como aturdida y aplanada, no desplegando la firmeza que tanto honró

al gobierno español cuando la jornada de Medellín. Redujéronse sus

providencias a las más comunes y generales, habiendo en vano nombrado a

Romana para recomponer el ejército del centro, tan menguado y perdido;

pues aquel general permaneció en Sevilla temeroso quizá de que sus

hombros flaqueasen bajo la balumba de tan pesada carga. Para llenar

su hueco, a lo menos en ciertas medidas de reorganización, [Sidenote:

Comisionados enviados a La Carolina.] partieron camino de La Carolina

Don Rodrigo Riquelme y el marqués de Camposagrado, uno individuo de

la comisión y otro de la junta, quienes, en unión con el vocal Rabé,

debían impulsar la mejora y aumento del ejército, y atender a la

defensa de los pasos de la sierra. Repetición de lo que hizo la central

al retirarse de Aranjuez, con la diferencia de que ahora no hubo mucho

vagar ni espacio.

Tampoco se destruyeron con el nombramiento de la comisión ejecutiva las

maquinaciones de los ambiciosos. Volvió a salir a plaza Don Francisco

de Palafox, deseoso de erigirse, por lo menos, en lugarteniente de

Aragón. Sospechábase que le prestaba su asistencia el conde del

Montijo, que, a hurtadillas, se fue de Portugal acercando a Sevilla.

Tuvo de ello aviso el gobierno, y Romana, a quien antes no disgustaban

tales manejos, ahora que podían perjudicar a los en que él mismo

andaba, [Sidenote: Prisión de Palafox y Montijo.] instó para que se

aprehendiesen las personas de Palafox y Montijo juntamente con sus

papeles. El último fue cogido en Valverde y trasladado a Sevilla, en

donde también se arrestó al primero sin que lo impidiese su calidad de

central. Metió algún ruido la detención de estos personajes, y mayor

hubiera sido a no tenerlos tan desopinados sus continuos enredos. Los

acontecimientos que sobrevinieron terminaron en breve la persecución de

entrambos.

[Sidenote: Manejos de Romana y de su hermano Caro.]

Romana, que tanta diligencia ponía en descubrir y cortar las tramas

de los demás, no por eso cesaba en alterar con su conducta la paz y

buena armonía del gobierno supremo. Favorecía grandemente sus miras

su hermano D. José Caro, que a nada menos aspiraba que a ver a su

familia mandando en el reino. En la provincia de Valencia, puesta a

su cuidado, trabajaba los ánimos en aquel sentido, y con profusión

esparció el famoso voto de Romana de 14 de octubre. La junta provincial

ayudole mucho en ocasiones, y este cuerpo, provocando unas veces el

nombramiento de una regencia exclusiva, desechándolo en otras, vario e

inconstante en sus procedimientos, manifestaba que a pesar de su buen

celo por la causa de la patria, influían en sus deliberaciones hombres

de seso mal asentado.

Don José Caro remitió a las demás juntas una circular, a nombre de la

de Valencia, en que, alabando los servicios, el talento, las virtudes

de su hermano el marqués de la Romana, se hablaba de la necesidad

de adoptar lo que este había propuesto en su voto, y se indicaba a

las claras la conveniencia de nombrarle regente. La central, en una

exposición que hizo a las juntas, y antes de finalizar noviembre,

grave y victoriosamente rechazó los ataques y opinión de la de

Valencia, invitando a todas a aguardar la próxima reunión de cortes.

Las provincias apoyaron el dictamen de la central, y en Valencia se

separaron de Caro varios que le habían estado unidos. Para cortar

las disensiones, debió Romana pasar a aquella ciudad, viaje que no

verificó, enviando en su lugar a Don Lázaro de las Heras, hechura

suya, [Sidenote: Tropelías.] pues el marqués tomaba a veces por sí

resoluciones sin cuidarse de la aprobación de sus compañeros. Las

Heras, como era de esperar, procedió en Valencia según las miras

de Romana, y atropelló en diciembre y confinó a la isla de Ibiza a

Don José Canga Argüelles y a otros individuos de la junta, ahora

encontrados en opiniones con el general Caro.

[Sidenote: Estado deplorable de la junta central.]

Pero con estas reyertas y miserias crecían los males de la patria, y

la central, en cuyo cuerpo no habían en un principio reinado otras

divisiones sino aquellas que nacen de la diversidad de dictámenes, se

vio en la actualidad combatida por la ambición y frenéticas pasiones de

Palafox, de Romana y sus secuaces, convirtiéndose en un semillero de

chismes, pequeñeces y enredos impropios de un gobierno supremo, con lo

cual cayó aún más en tierra su crédito y se anticipó su ruina.

[Sidenote: Providencias de la comisión ejecutiva y de la junta.]

La comisión ejecutiva, cuya alma era el mismo Romana, nada pues de

importante obró, poniéndose de manifiesto lo nulo de aquel general

para todo lo que era mando. La junta, por su parte, y en el círculo

de facultades que se había reservado, animada del buen espíritu de

Jovellanos, Garay y otros, acordó algunas providencias no desacertadas,

aunque tardías, como fue el aplicar a los gastos de la guerra los

fondos de encomiendas, obras pías, y también la rebaja gradual de

sueldos, exceptuándose a los militares que defendían la patria.

[Sidenote: Proposición de Calvo sobre libertad de imprenta.]

En el periodo en que vamos, o poco antes, examinose asimismo en la

junta central una proposición de Don Lorenzo Calvo de Rozas sobre

la importante cuestión de libertad de imprenta. La junta, ora por

la gravedad de la materia, ora quizá para esquivar toda discusión,

pasó la propuesta de Calvo a consulta del consejo, el cual, como era

natural, mostrose contrario, excepto Don José Pablo Valiente. Extendida

la consulta, subió a la central, y esta la remitió a la comisión de

cortes, que a su vez la pasó a otra comisión creada bajo el nombre de

instrucción pública, corriendo por aquella inacabable cadena de juntas,

consejos y comisiones a que siempre ¡mal pecado! se recurrió en España.

En la de instrucción pública halló la propuesta de Calvo favorable

acogida, leyendo en su apoyo una memoria muy notable el canónigo D.

José Isidoro Morales. Mas en estos pasos, idas y venidas, se concluía

ya diciembre, y las desgracias cortaron toda resolución en asunto de

tan grande importancia.

[Sidenote: Modo de convocarse las cortes.]

Entre tanto se acercaba también el día señalado para convocar

las cortes. La comisión encargada de determinar la forma de su

llamamiento, tenía ya casi concluidos sus trabajos. No entraremos aquí

en los debates que para ello hubo en su seno [cosa ajena de nuestro

propósito], ni en los pormenores del modo adoptado para constituirse

las cortes, pues retardada por los acontecimientos de la guerra la

reunión de estas, nos parece más conveniente suspender hasta el tiempo

en que se juntaron el tratar detenidamente de la materia. Solo diremos

en este lugar que se adoptó igualdad de representación para todas las

provincias de España, debiéndose dividir las cortes en dos cuerpos, el

uno electivo y el otro de privilegiados, compuesto de clero y nobleza.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 10 / 35 段