encargado de ejecutar sus planes, trató de poner en juego al marqués de
la Romana, recién llegado del ejército, y cuya persona más respetada
gozaba todavía entre muchos de superior concepto. Había sido el marqués
nombrado individuo de la comisión sustituida para corregir el plan
presentado por la primera, y en su virtud asistió a sus sesiones,
discutió los artículos, enmendó algunos, y por último firmó el plan
acordado, si bien reservándose exponer en la junta su dictamen
particular. Parecía no obstante que se limitaría este a ofrecer algunas
observaciones sobre ciertos puntos, habiendo en lo general merecido su
aprobación la totalidad del plan. [Sidenote: Su inconsiderada conducta
y su representación.] Mas cuál fue la admiración de sus compañeros
al oír al marqués en la sesión del 14 de octubre renovar la cuestión
de regencia por medio de un papel escrito en términos descompuestos,
y en el que haciendo de sí propio pomposas alabanzas, expresaba _la
necesidad de desterrar hasta la memoria de un gobierno tan notoriamente
pernicioso_ como lo era el de la central. Y al mismo tiempo que tan mal
trataba a esta y que la calificaba de ilegítima, dábale la facultad de
nombrar regencia y de escoger una diputación permanente, compuesta de
cinco individuos y un procurador, que hiciese las veces de cortes,
cuya convocación dejaba para tiempos indeterminados. A tales absurdos
arrastraba la ojeriza de los que habían apuntado el papel al marqués, y
la propia irreflexión de este hombre, tan pronto indolente, tan pronto
atropellado.
[Sidenote: Nómbrase la comisión ejecutiva.]
A pesar de crítica tan amarga y de las perjudiciales consecuencias que
podría traer un escrito como aquel, difundido luego por todas partes,
no solo dejó la junta de reprender a Romana, sino que también, ya que
no adoptó sus proposiciones, fue el primero que escogió para componer
la comisión ejecutiva. No faltó quien atribuyese semejante elección a
diestro artificio de la central, ora para enredarle en un compromiso
por haber dicho en su papel que a no aprobarse su dictamen renunciaría
a su puesto, ora también para que experimentase por sí mismo la
diferencia que media entre quejarse de los males públicos y remediarlos.
Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el marqués admitió el
nombramiento y que sin detención se eligieron sus otros compañeros.
La comisión ejecutiva conforme a lo acordado debía constar de seis
individuos y del presidente de la central, renovándose a la suerte
parte de ellos cada dos meses. Los nombrados además de Romana fueron D.
Rodrigo Riquelme, D. Francisco Caro, Don Sebastián de Jócano, D. José
García de la Torre y el marqués de Villel. En el curso de esta historia
ya ha habido ocasión de indicar a que partido se inclinaban estos
vocales, y si el lector no lo ha olvidado recordará que se arrimaban
al del antiguo orden de cosas, por lo cual hubieran muchos llevado a
mal su elección si no hubiese sido acompañada con el correctivo del
llamamiento de cortes.
[Sidenote: Fíjase el día de juntarse las cortes.]
Anunciose tal novedad en decreto de 28 de octubre publicado en 4
de noviembre, especificándose en su contenido que aquellas serían
convocadas en 1.º de enero de 1810 para empezar sus augustas funciones
en el 1.º de marzo siguiente. El deseo de contener las miras
ambiciosas de los que aspiraban a la autoridad suprema, alentó a los
centrales partidarios de la representación nacional a que clamasen
con mayor instancia por la aceleración de su llamamiento. Don Lorenzo
Calvo de Rozas, entre ellos uno de los más decididos y constantes,
promovió la cuestión por medio de proposiciones que formalizó en 14
y 29 de septiembre, renovando la que hizo en abril anterior y que
había provocado el decreto de 22 de mayo. Suscitáronse disensiones
y altercados en la junta, mas logrose la aprobación del decreto ya
insinuado, apretando a la comisión de cortes para que concluyese los
trabajos previos que le estaban encomendados, y que particularmente se
dirigían al modo de elegir y constituir aquel cuerpo. Esta comisión
desempeñó ahora con menos embarazo su encargo por haber reemplazado
a Riquelme y Caro, rémoras antes para todo lo bueno, los señores Don
Martín de Garay y conde de Ayamans, dignos y celosos cooperadores.
[Sidenote: Instálase la comisión ejecutiva.]
La ejecutiva se instaló el 1.º de noviembre, no entendiendo ya la junta
plena en ninguna materia de gobierno, excepto en el nombramiento de
algunos altos empleos que se reservó. Siguiéronse no obstante tratando
en las sesiones de la junta los asuntos generales, los concernientes
a contribuciones y arbitrios, y las materias legislativas. Continuó
así hasta su disolución, dividido este cuerpo en dichas dos porciones,
ejerciendo cada una sus facultades respectivas.
[Sidenote: Estado de Europa.]
En tanto, el horizonte político de Europa se encapotaba cada vez más.
Estimulada la gran Bretaña con la guerra de Austria, no se había ceñido
a aumentar en la península sus fuerzas, sino que también preparó otras
dos expediciones [Sidenote: Expediciones inglesas. Contra Nápoles.] a
puntos opuestos, una a las órdenes de Sir Juan Stuart contra Nápoles,
y otra al Escalda e isla de Walcheren mandada por Lord Chatam. Malos
consejos alejaron la primera de estas expediciones de la costa
oriental de España, adonde se había pensado enviarla, y se empleó en
objeto infructuoso como lo fue la invasión del territorio napolitano.
[Sidenote: Contra el Escalda.] La segunda, formidable y una de las
mayores que jamás saliera de los puertos ingleses, se componía de 40.000
hombres de desembarco, tropas escogidas, ascendiendo en todo la fuerza
de tierra y mar a 80.000 combatientes. Proponíase con ella el gobierno
británico destruir ante todo el gran arsenal que en Amberes había
Napoleón construido. Lástima fue que en este caso no hubiese aquel
gabinete escuchado a sus aliados. El emperador de Austria opinaba por
el desembarco en el norte de Alemania, en donde el ejemplo de Schill,
caudillo tan bravo y audaz, hubiera sido imitado por otros muchos al
ver la ayuda que prestaban los ingleses. La junta central instó porque
la expedición llevase el rumbo hacia las costas cantábricas y se diese
la mano con la de Wellesley: y cierto que si las tropas de Stuart y
Chatam hubiesen tomado tierra en la península o en el norte de Alemania
en el tiempo en que aún duraba la guerra en Austria, quizá no hubiera
esta tenido un fin tan pronto y aciago. Prescindiendo de todo el
gobierno inglés sacrificó grandes ventajas a la que presumía inmediata
de la destrucción del arsenal de Amberes, ventaja mezquina aunque la
hubiera conseguido, en comparación de las otras.
[Sidenote: Desgraciadísima esta.]
Es ajeno de nuestro propósito entrar en la historia de aquellas
expediciones, y así solo diremos que al paso que la de Stuart no
tuvo resultado, pereció la de Chatam miserablemente sin gloria y a
impulsos de las enfermedades que causó en el ejército inglés la tierra
pantanosa de la isla de Walcheren a la entrada del Escalda. Tampoco se
encontraron con habitantes que les fueran afectos, de donde pudieron
aprender cuán diverso era, a pesar del valor de sus tropas, tener que
lidiar en tierra enemiga o en medio de pueblos que, como los de la
península, se mantenían fieles y constantes.
[Sidenote: Paz entre Napoleón y el Austria. (* Ap. n. 10-4.)]
Colmó tantas desgracias la paz de Austria, en favor de cuya potencia
había cedido la junta central una porción de plata [*] en barras que
venían de Inglaterra para socorro de España, y además permitió, sin
reparar en los perjuicios que se seguirían a nuestro comercio, que
el mismo gobierno británico negociase con igual objeto en nuestros
[Sidenote: Sacrificios de la central en favor de Austria.] puertos de
América 3.000.000 de pesos fuertes: sacrificios inútiles. Desde el
armisticio de Znaim pudo ya temerse cercana la paz. El gabinete de
Austria, viendo su capital invadida, incierto de la política de la
Rusia, y no queriendo buscar apoyo en sus propios pueblos, de cuyo
espíritu comenzaba a estar receloso, decidiose a terminar una lucha
que, prolongada, todavía hubiera podido convertirse para Napoleón en
terrible y funesta, manifestándose ya en la población de los estados
austriacos síntomas de una guerra nacional. Y ¡cosa extraña! un
mismo temor, aunque por motivos opuestos, aceleró entre ambas partes
beligerantes la conclusión de la paz. Firmose esta en Viena el 15 de
octubre. El Austria, además de la pérdida de territorios importantes
y de otras concesiones, se obligó, por el artículo 15 del tratado, a
«reconocer las mutaciones hechas o que pudieran hacerse en España, en
Portugal y en Italia.»
[Sidenote: Manifiesto de la central.]
La junta central, a vista de tamaña mengua, publicó un manifiesto
en que procurando desimpresionar a los españoles del mal efecto que
produciría la noticia de la paz, con profusión derramó amargas quejas
sobre la conducta del gabinete austriaco, lenguaje que a este ofendió
en extremo.
[Sidenote: Prurito de batallar de la central.]
Disculpable era, hasta cierto punto, el gobierno español, hallándose de
nuevo reducido a no vislumbrar otro campo de lides sino el peninsular.
Mas semejante estado de cosas, y las propias desgracias, hubieran
debido hacerle más cauto, y no comprometer en batallas generales y
decisivas su suerte y la de la nación. El deseo de entrar en Madrid, y
las ventajas adquiridas en Castilla la Vieja, pesaban más en la balanza
de la junta central que maduros consejos.
[Sidenote: Ejército de la izquierda.]
Hablemos pues de las indicadas ventajas. Luego que el marqués de la
Romana dejó en el mes de agosto en Astorga el ejército de su mando,
llamado de la izquierda, condújole a Ciudad Rodrigo D. Gabriel de
Mendizábal para ponerle en manos del duque del Parque, nombrado sucesor
del marqués. Llegaron las tropas a aquella plaza antes de promediar
septiembre, y a estar todas reunidas, hubiera pasado su número de
26.000 hombres; pero compuesto aquel ejército de cuatro divisiones y
una vanguardia, la 3.ª, al mando de Don Francisco Ballesteros, no se
juntó con Parque hasta mediados de octubre, y la 4.ª quedose en los
puertos de Manzanal y Foncebadón a las órdenes, según insinuamos, del
teniente general Don Juan José García.
[Sidenote: General Marchand.]
El 6.º cuerpo francés, después de su vuelta de Extremadura, ocupaba la
tierra de Salamanca, mandándole el general Marchand en ausencia del
mariscal Ney, que tornó a Francia. Continuaba en Valladolid el general
Kellermann [Sidenote: Carrier.] y vigilaba Carrier con 3000 hombres las
márgenes del Esla y del Órbigo.
[Sidenote: Primera defensa de Astorga.]
Atendían los franceses de Castilla, más que a otra cosa, a seguir los
movimientos del duque del Parque, no descuidando por eso los otros
puntos. Así aconteció que en 9 de octubre quiso el general Carrier
posesionarse de Astorga, ciudad antes de ahora nunca considerada como
plaza. Gobernaba en ella desde 22 de septiembre D. José María de
Santocildes; guarnecíanla unos 1100 soldados nuevos, mal armados y con
solos 8 cañones que servía el distinguido oficial de artillería Don
César Tournelle. En tal estado, sin fortificaciones nuevas y con muros
viejos y desmoronados, se hallaba Astorga cuando se acercó a ella el
general Carrier seguido de 3000 hombres y dos piezas. Brevemente y con
particular empeño, cubiertos de las casas del arrabal de Reitibia,
embistieron los franceses la puerta del Obispo. Cuatro horas duró el
fuego, que se mantuvo muy vivo, no acobardándose nuestros inexpertos
soldados ni el paisanaje, y matando o hiriendo a cuantos enemigos
quisieron escalar el muro o aproximarse a aquella puerta. Retiráronse
por fin estos con pérdida considerable. Entre los españoles que en la
refriega perecieron señalose un mozo, de nombre Santos Fernández, cuyo
padre al verle expirar, enternecido pero firme, prorrumpió en estas
palabras: «Si murió mi hijo único, vivo yo para vengarle.» Hubo también
mujeres y niños que se expusieron con grande arrojo, y Astorga, ciudad
por donde tantas veces habían transitado pacíficamente los franceses,
rechazolos ahora preparándose a recoger nuevos laureles.
[Sidenote: Muévese el duque del Parque al frente del ejército de la
izquierda.]
Esta diversión, y las que causaban al enemigo Don Julián Sánchez y
otros guerrilleros, ayudaban también al duque del Parque que, colocado
a fines de septiembre a la izquierda del Águeda, había subido hasta
Fuenteguinaldo. Su ejército se componía de 10.000 infantes y 1800
caballos. Regía la vanguardia Don Martín de la Carrera, y las dos
divisiones presentes, 1.ª y 2.ª, Don Francisco Javier de Losada y el
conde de Belveder. Púsose también por su lado en movimiento el general
Marchand, con 7000 hombres de infantería y 1000 de caballería. Ambos
ejércitos marcharon y contramarcharon, y los franceses, después de
haber quemado a Martín del Río y de haber seguido hasta más adelante
la huella de los españoles, retrocedieron a Salamanca. El duque del
Parque avanzó de nuevo el 5 de octubre por la derecha de Ciudad
Rodrigo, e hizo propósito de aguardar a los franceses en Tamames.
[Sidenote: Batalla de Tamames.]
Situada esta villa a nueve leguas de Salamanca en la falda
septentrional de una sierra que se extiende hacia Béjar, ofrecía en sus
alturas favorable puesto al ejército español. El centro y la derecha,
de áspero acceso, los cubría con la 1.ª división Don Francisco Javier
de Losada, ocupaba la izquierda con la vanguardia Don Martín de la
Carrera, y siendo este punto el menos fuerte de la posición, colocose
allí en dos líneas, aunque algo separada, la caballería. Quedó de
respeto la 2.ª división, del cargo del conde de Belveder, para atender
adonde conviniese. 1500 hombres entresacados de todo el ejército
guarnecían a Tamames. El general Marchand, reforzado y trayendo
10.000 peones, 1200 jinetes y 14 piezas de artillería, presentose
el 18 de octubre delante de la posición española. Distribuyendo
sin tardanza su gente en tres columnas, arremetió a nuestra línea
poniendo su principal conato en el ataque de la izquierda, como punto
más accesible. Carrera se mantuvo firme con la vanguardia, esperando
a que la caballería española, apostada en un bosque a su siniestro
costado, cargase las columnas enemigas; pero la 2.ª brigada de nuestros
jinetes, ejecutando inoportunamente un peligroso despliegue, se vio
atacada por la caballería ligera de los franceses, que a las órdenes
del general Maucune rompió a escape por sus hileras. Metiose el
desorden entre los caballos españoles, y aun llegaron los franceses a
apoderarse de algunos cañones. El duque del Parque acudió al riesgo,
arengó a la tropa, y su segundo Don Gabriel de Mendizábal echando pie
a tierra contuvo a los soldados con su ejemplo y sus exhortaciones,
restableciendo el orden. No menos apretó los puños en aquella ocasión
el bizarro Don Martín de la Carrera, casi envuelto por los enemigos y
con su caballo herido de dos balazos y una cuchillada. Los franceses
entonces empezaron a flaquear. En balde trataron de sostenerse algunos
cuerpos suyos. El conde de Belveder, avanzando con un trozo de su
división, y el príncipe de Anglona, con otro de caballería, que dirigió
con valor y acierto, acabaron de decidir la pelea en nuestro favor.
[Sidenote: Gánanla los españoles.] La vanguardia y los jinetes que
primero se habían desordenado volviendo también en sí, recobraron los
cañones perdidos y precipitaron a los franceses por la ladera abajo
de la sierra. Igualmente salieron vanos los esfuerzos del ejército
contrario para superar los obstáculos con que tropezó en el centro y
derecha. Don Francisco Javier de Losada rechazó todas las embestidas
de los que por aquella parte atacaron, y los obligó a retirarse al
mismo tiempo que los otros huían del lado opuesto. Al ver los españoles
apostados en Tamames el desorden de los franceses, desembocaron al
pueblo, y haciendo a sus contrarios vivísimo fuego, les causaron por el
costado notable daño. Dos regimientos de reserva de estos protegieron
a los suyos en la retirada, molestados por nuestros tiradores, y con
aquella ayuda y al abrigo de espesos encinares y de la noche ya vecina,
pudieron proseguir los franceses su camino la vuelta de Salamanca.
Su pérdida consistió en 1500 hombres, la nuestra en 700, habiendo
cogido un águila, un cañón, carros de municiones, fusiles y algunos
prisioneros. El general Marchand se detuvo cinco días en Salamanca
aguardando refuerzos de Kellermann: no llegaron estos, y el del Parque
habiendo cruzado el Tormes en Ledesma obligó al general francés a
desamparar aquella ciudad.
[Sidenote: Únese Ballesteros a Parque.]
Al día siguiente de la acción, uniose al grueso del ejército español,
con 8000 hombres, Don Francisco Ballesteros. Había este general
padecido dispersión, sin notable refriega, en su nueva y desgraciada
tentativa de Santander, de que hicimos mención en el libro 8.º Rehecho
en las montañas de Liébana, obedeció a la orden que le prescribía ir a
juntarse con el ejército de la izquierda.
[Sidenote: Entra Parque en Salamanca.]
Unido ya al duque del Parque, entró este en Salamanca el 25 de
octubre en medio de las mayores aclamaciones del pueblo entusiasmado,
que abasteció al ejército larga y desinteresadamente. El 1.º de
noviembre llegó de Ciudad Rodrigo la división castellana, [Sidenote:
Únesele la división castellana.] llamada 5.ª, al mando del marqués de
Castro-Fuerte, con la que, y la asturiana de Ballesteros, 3.ª en el
orden, contó el del Parque unos 26.000 hombres, sin la 4.ª división,
que continuó permaneciendo en el Bierzo. Faltábale mucho a aquel
ejército para estar bien disciplinado, participando su organización
actual de los males de la antigua y de los que adolecía la varia
e informe que a su antojo habían adoptado las respectivas juntas
de provincia. Pero animaba a sus tropas un excelente espíritu,
acostumbradas muchas de ellas a hacer rostro a los franceses bajo
esforzados jefes, en San Payo y otros lugares.
[Sidenote: Ejércitos españoles del mediodía.]
No pasó un mes sin que un gran desastre viniese a enturbiar las
alegrías de Tamames. Ocurrió del lado del mediodía de España, y por
tanto necesario es que volvamos allá los ojos para referir todo lo que
sucedió en los ejércitos de aquella parte, después de la retirada y
separación del anglo-hispano, y de la aciaga jornada de Almonacid.
[Sidenote: Únese al de la Mancha parte del ejército de Extremadura.]
Puestos los ingleses en los lindes de Portugal y persuadida la junta
central de que ya no podía contar con su activa coadyuvación, determinó
ejecutar por sí sola un plan de campaña cuyo mal éxito probó no ser el
más acertado. Al paso que en Castilla debía continuar divirtiendo a
los franceses el duque del Parque, y que en Extremadura quedaban solo
12.000 hombres, dispúsose que lo restante de aquel ejército pasase con
su jefe Eguía a unirse al de la Mancha. Creyó la junta fundadamente
que se dejaba Extremadura bastante cubierta con la fuerza indicada, no
siendo dable que los franceses se internasen teniendo por su flanco
y no lejos de Badajoz al ejército británico. Se trasladó pues Don
Francisco Eguía [Sidenote: Fuerza de este ejército reunido al mando
de Eguía.] a la Mancha antes de finalizar septiembre, y estableciendo
su cuartel general en Daimiel, tomó el mando en jefe de las fuerzas
reunidas: ascendía su número en 3 de octubre a 51.869 hombres, de
ellos 5766 jinetes, con 55 piezas de artillería.
[Sidenote: Posición de los franceses.]
De las tropas francesas que habían pisado desde la batalla de Talavera
las riberas del Tajo, ya vimos cómo el cuerpo de Ney volvió a Castilla
la Vieja, y fue el que lidió en Tamames. Permaneció el 2.º en
Plasencia, apostándose después en Oropesa y Puente del Arzobispo; quedó
en Talavera el 5.º, y el 1.º y 4.º, regidos por Victor y Sebastiani,
fueron destinados a arrojar de la Mancha a Don Francisco Eguía. El
12 de octubre ambos cuerpos se dirigieron, el 1.º, por Villarubia a
Daimiel, el 4.º, por Villaharta a Manzanares. Había de su lado avanzado
Eguía, quien, reconvenido poco antes por su inacción, enfáticamente
respondió que «solo anhelaba por sucesos grandes que libertasen a la
nación de sus opresores.» [Sidenote: Irresolución de Eguía.] Mas el
general español, no obstante su dicho, a la proximidad de los cuerpos
franceses tornó de priesa a su guarida de Sierra Morena. Desazonó
tal retroceso en Sevilla, donde no se soñaba sino en la entrada en
Madrid, y también porque se pensó que la conducta de Eguía estaba en
contradicción con sus graves, o sean más bien ostentosas palabras.
No dejó de haber quien sostuviese al general y alabase su prudencia,
atribuyendo su modo de maniobrar al secreto pensamiento de revolver
sobre el enemigo y atacarle separadamente, y no cuando estuviese muy
reconcentrado; plan sin duda el más conveniente. Pero en Eguía, hombre
indeciso e incapaz de aprovecharse de una coyuntura oportuna, era
irresolución de ánimo lo que en otro hubiera quizá sido efecto de
sabiduría.
[Sidenote: Sucédele en el mando Aréizaga.]
Retirado a Sierra Morena escribió a la central pidiéndole víveres y
auxilios de toda especie, como si la carencia de muchos objetos le
hubiese privado de pelear en las llanuras. Colmada entonces la medida
del sufrimiento contra un general a quien se le había prodigado todo
linaje de medios, se le separó del mando, que recayó en Don Juan Carlos
de Aréizaga, llamado antes de Cataluña para mandar en la Mancha una
división. Acreditado el nuevo general desde la batalla de Alcañiz,
tenía en Sevilla muchos amigos, y de aquellos que ansiaban por volver
a Madrid. Aparente actividad, y el provocar a su llegada al ejército
el alejamiento de un enjambre de oficiales y generales que ociosos
solo servían de embarazo y recargo, confirmó a muchos en la opinión de
haber sido acertado su nombramiento. Mas Aréizaga, hombre de valor como
soldado, carecía de la serenidad propia del verdadero general y escaso
de nociones en la moderna estrategia, libraba su confianza más en el
coraje personal de los individuos que en grandes y bien combinadas
maniobras: fundamento ahora de las batallas campales.
[Sidenote: Favor de que este goza.]
Acabó el general Aréizaga de granjear en favor suyo la gracia popular
proponiendo bajar a la Mancha y caer sobre Madrid, porque tal era el
deseo de casi todos los forasteros que moraban en Sevilla, y cuyo
influjo era poderoso en el seno del mismo gobierno. Unos suspiraban
por sus casas, otros por el poder perdido que esperaban recobrar en
Madrid. Nada pudo apartar al gobierno del raudal de tan extraviada
opinión. [Sidenote: Lord Wellington en Sevilla.] Lord Wellington que
en los primeros días de noviembre pasó a Sevilla con motivo de visitar
a su hermano el marqués de Wellesley, en vano unido con este manifestó
los riesgos de semejante empresa. Estaban los más tan persuadidos del
éxito o por mejor decir tan ciegos, que la junta escogió a los señores
Jovellanos y Riquelme para acordar las providencias que deberían
tomarse a la entrada en la capital. Diéronse también sus instrucciones
al central Don Juan de Dios Rabé, que acompañaba al ejército,
eligiéronse varias autoridades [Sidenote: Ibarnavarro, consejero de
Aréizaga.] y entre ellas la de corregidor de Madrid, cuya merced recayó
en Don Justo Ibarnavarro, amigo íntimo de Aréizaga y uno de los que más
le impelían a guerrear. Lágrimas sin embargo costaron y bien amargas
tan imprudentes y desacordados consejos.
[Sidenote: Muévese este.]
Empezó Don Juan Carlos de Aréizaga a moverse el 3 de noviembre. Su
ejército estaba bien pertrechado, y tiempos hacía que los campos
españoles no habían visto otro ni tan lucido ni tan numeroso.
Distribuíase la infantería en siete divisiones, estando al frente de
la caballería el muy entendido general Don Manuel Freire. Caminaba el
ejército repartido en dos grandes trozos, uno por Manzanares y otro
por Valdepeñas. Precedía a todos Freire con 2000 caballos; seguíale
la vanguardia que regía Don José Zayas, y a la que apoyaba con su 1.ª
división Don Luis Lacy. Los generales franceses Paris y Milhaud eran
los más avanzados, y al aproximarse los españoles se retiraron, el
primero del lado de Toledo, el segundo por el camino real a La Guardia.
[Sidenote: Ataque de Dos Barrios.]
Media legua más allá de este pueblo, en donde el camino corre por una
cañada profunda, situáronse el 8 de noviembre los caballos franceses en
la cuesta llamada del Madero, y aguardaron a los nuestros en el paso
más estrecho. Freire diestramente destacó dos regimientos al mando
de Don Vicente Osorio que cayesen sobre los enemigos alojados en Dos
Barrios, al mismo tiempo que él con lo restante de la columna atacaba
por el frente. Treparon nuestros soldados por la cuesta con intrepidez,
repelieron a los franceses y los persiguieron hasta Dos Barrios. Unidos
aquí Osorio y Freire continuaron el alcance hasta Ocaña, en donde los
contuvo el fuego de cañón del enemigo.
[Sidenote: Aréizaga en Tembleque.]