Falló en parte, por disputas de los jefes que eran de igual graduación.

Para prevenir en adelante todo altercado, envió Blake desde Cataluña,

a petición de la mencionada junta, a Don Pedro Villacampa, entonces

brigadier, el cual reuniendo bajo su mando la tropa puesta antes

a las órdenes de Gayán, y además el batallón de Molina con otros

destacamentos, formó en breve una división de 4000 hombres. A su cabeza

adelantose el nuevo jefe, antes de finalizar agosto, a Calatayud,

arrojó a los enemigos del puerto del Frasno, y haciendo varios

prisioneros, los persiguió hasta la Almunia.

[Sidenote: Le atacan los franceses.]

En arma los franceses con tal embestida, después de verse algo

desembarazados en la orilla izquierda del Ebro, revolvieron en mayor

número contra Villacampa. Prudentemente se había recogido este a los

montes llamados Muela de San Juan y sierras de Albarracín, célebres por

dar nacimiento al Tajo y otros ríos caudalosos, habiéndose situado en

Nuestra Señora del Tremedal, santuario muy venerado de los naturales,

y adonde van en romería de muchas leguas a la redonda. De las tropas

de Villacampa habían quedado algunas avanzadas en la dirección de

Daroca, las cuales fueron en octubre arrojadas de allí por el general

Chlopicki, que avanzó hasta Molina destruyendo o pillando casi todos

los pueblos.

Don Pedro Villacampa juntó en el Tremedal entre soldados y paisanos sin

armas unos 4000 hombres. El santuario está situado en un elevado monte

en forma de media luna, y a cuyo pie se descubre la villa de Orihuela.

Pinares que se extienden por los costados y la cumbre roqueña de la

montaña dan al sitio silvestre y ceñudo semblante. Había acumulado allí

la devoción de los fieles muchas y ricas ofrendas, respetadas hasta de

los salteadores, siendo así que de día y noche se dejaban abiertas las

puertas del santuario. Por lo menos así lo aseguraban los clérigos o

mosenes, como en Aragón los llaman, encargados del culto y custodia del

templo.

[Sidenote: Se apoderan de la Virgen del Tremedal.]

Había Villacampa hecho en la subida algunas cortaduras, y dedicábase a

disciplinar en aquel retiro su gente bisoña. Conocieron los franceses

el mal que se les seguiría si para ello le dejaban tiempo, y trataron

de destruirle o por lo menos de aventarle de aquellas asperezas. Tuvo

orden de ejecutar la operación el coronel Henriod, con su regimiento

14 de línea, alguna más infantería, un cuerpo de coraceros y tres

piezas. Maniobró el francés diestramente, amagando la montaña por

varios puntos, y el 25 se apoderó del Tremedal, de donde, arrojados

los españoles, se escaparon por la espalda camino de Albarracín. Los

enemigos saquearon e incendiaron a Orihuela, volándose el santuario con

espantoso estrépito. Salvose la Virgen que a tiempo ocultó un mosén,

y retirados los franceses acudieron ansiosamente los paisanos del

contorno a adorar la imagen, cuya conservación graduaban de milagro.

Aunque con tales excursiones conseguían los enemigos despejar el país

de ciertas partidas, no por eso impedían que en otros parajes los

molestasen nuevas guerrillas. Así, al adelantarse aquellos vía del

Tremedal, los hostilizaban a su retaguardia el alcalde de Illueca y el

paisanaje de varios pueblos. Lo mismo ocurría con mayor o menor ímpetu

en casi todas las comarcas, fatigando a los invasores tan continuo e

infructuoso pelear.

[Sidenote: Entra Suchet en Albarracín y Teruel.]

Suchet sin embargo insistía en querer apaciguar a Aragón, y sabiendo

que de Madrid había ido a Cuenca el general Milhaud para desbandar las

guerrillas de aquella provincia, avanzó también por su parte el 25 de

diciembre hasta Albarracín y Teruel, cuyo suelo aún no habían pisado

los franceses, obligando a la junta de Aragón que entonces se albergaba

en Rubielos a abandonar su territorio, teniendo que refugiarse en las

provincias vecinas.

[Sidenote: Cuenca y Guadalajara.]

De estas, las de Cuenca y Guadalajara traían a maltraer al enemigo.

En la primera era uno de los principales jefes el marqués de las

Atalayuelas, [Sidenote: Atalayuelas.] que solía ocupar a Sacedón y sus

cercanías; y en la segunda, el Empecinado, [Sidenote: El Empecinado.]

a quien ya vimos en Castilla la Vieja, y que se aventajaba a los

demás en fama y notables hechos. Por disposición de la central

habíase establecido el 20 de julio en Sigüenza [ciudad poco antes muy

mal tratada por los franceses] una junta con objeto de gobernar la

provincia de Guadalajara. [Sidenote: Juntas.] Trabajó con ahínco la

nueva autoridad en reunir las partidas sueltas, efectuar alistamientos

y hostigar de todos modos al enemigo, y así esta junta, como otra que

se erigió en tierra de Cuenca, uniéndose en ocasiones o concertándose

con las de Aragón y Molina, formaron en aquellas montañas un foco de

insurrección que hubiera sido aún más ardiente si a veces no hubiesen

debilitado su fuerza quisquillas y enojosas pendencias.

[Sidenote: La junta de Guadalajara llama al Empecinado.]

Don Juan Martín, el Empecinado, guerreaba allende la cordillera

carpetana; mas, buscado en septiembre por la junta de Guadalajara,

acudió gustoso al llamamiento. Comenzó aquel caudillo a recorrer la

provincia, y no dejando a los franceses un momento de respiro tuvo ya

en los meses de septiembre y octubre choques bastante empeñados en

Cogolludo, Alvarés y Fuente la Higuera. Los franceses, para vencerle,

recurrieron a ardides. Tal fue el que pusieron en planta en 12 de

noviembre, aparentando retirarse de la ciudad de Guadalajara para luego

volver sobre ella. Pero el Empecinado, después de haberse provisto de

porción de paños de aquellas fábricas, rompió por medio de la hueste

que le tenía rodeado y se salvó. Pagó en seguida a los franceses el

susto que entonces le dieron, principalmente sorprendiendo el 24 de

diciembre en Mazarrulleque a un grueso trozo de contrarios.

[Sidenote: La Mancha.]

Entre los guerrilleros de la Mancha, de que ya entonces se hablaba,

además de Mir y Jiménez merece particular mención Francisco Sánchez,

conocido con el nombre de Francisquete, [Sidenote: Francisquete.]

natural de Camuñas. Habían los franceses ahorcado a un hermano suyo

que se rindiera bajo seguro, y en venganza Francisco hízoles sin cesar

guerra a muerte. Otros partidarios empezaron también a rebullir en

esta provincia y en la de Toledo; mas, o desaparecieron pronto, o sus

nombres no sonaron hasta más adelante.

[Sidenote: León y Castilla.]

En las que componen los reinos de León y Castilla la Vieja, descolló,

entre otros muchos, cerca de Ciudad Rodrigo Don Julián Sánchez. Vivía

este en la casa paterna después de haber militado en el regimiento de

Mallorca. [Sidenote: Don Julián Sánchez.] Pisaron los enemigos en sus

correrías aquellos umbrales, y mataron a sus padres y a una hermana,

atrocidad que juró Sánchez vengar: empezó con este fin a reunir gente,

y luego allegó hasta 200 caballos con el nombre de Lanceros, de cuya

tropa nombrole capitán el duque del Parque, general que allí mandaba.

Don Julián unas veces se apoyaba en el ejército o en la plaza de

Ciudad Rodrigo, otras obraba por sí y se alejaba con su escuadrón.

Infundía tal desasosiego en los franceses que en Salamanca el general

Marchand dio contra él y sus soldados una proclama amenazadora, y cogió

en rehenes, como a patrocinadores, a unos cuantos ganaderos ricos

de la provincia. Sánchez, agraviado de que el francés calificase a

sus hombres de asesinos y ladrones, replicole de una manera áspera y

merecida. Cruda guerra que hasta en el hablar enconaba así de ambos

lados el ánimo de los combatientes.

[Sidenote: El Capuchino, Saornil.]

Por el centro y vastas llanuras de Castilla la Vieja andaban asimismo

al rebusco de franceses partidas pequeñas, como las del Capuchino,

Saornil y otras que todavía no gozaban de mucho nombre, pero que

dieron lugar a una circular curiosa al par que bárbara del general

francés Kellermann, comandante de aquellos distritos, y por la que,

haciendo en 25 de octubre una requisición de caballos, mandaba bajo

penas rigurosas sacar el ojo izquierdo y marcar o inutilizar de otro

modo para la milicia los que no fuesen destinados a su servicio.

Porlier, también ejecutando a veces rápidas y portentosas marchas,

rompía por la tierra y atropellaba los destacamentos enemigos,

descolgándose de las montañas de Galicia y Asturias, que eran su

principal guarida.

[Sidenote: Juntas y partidarios en el camino de Francia.]

En todo el camino carretero de Francia, desde Burgos hasta los lindes

de Álava, y en ambas riberas por aquella parte del Ebro, hormiguearon

de muy temprano las guerrillas. Tenía la codicia en qué cebarse con la

frecuencia de convoyes y pasajeros enemigos, y muchos de los naturales,

dados ya desde antes al contrabando por la línea de aduanas allí

establecida, conocían a palmos el terreno y estaban avezados a los

riesgos de su profesión, imagen de los de la guerra. Fomentaron tales

inclinaciones varias juntas que se formaron de cuarenta en cuarenta

lugares, y las cuales, o se reunieron después o se sujetaron a las que

se apellidaban de Burgos, Soria y La Rioja. Reconocieron la autoridad

de estos cuerpos las más de las partidas, de las que se miraron como

importantes la de Ignacio Cuevillas, Don Juan Gómez, el cura Tapia, Don

Francisco Fernández de Castro, hijo mayor del marqués de Barriolucio, y

el cura de Villoviado, de quien ya se hizo mención en otro libro.

Sus correrías solían ser lucrosas, en perjuicio del enemigo, y no

faltas de gloria, sobre todo cuando muchas de ellas se unían y obraban

de concierto. Sucedió así en septiembre para sostener a Logroño,

estando a su frente Cuevillas: lo mismo el 18 de noviembre en Sausol

de Navarra, en donde deshicieron a más de 1000 franceses, guiadas

las partidas reunidas por el capitán de navío Don Ignacio Narrón,

presidente de la junta de Nájera.

[Sidenote: Mina el mozo.]

En esta función tuvo ya parte Don Francisco Javier Mina, sobrino del

después tan célebre Espoz. Cursaba en Zaragoza a la sazón que estalló

el levantamiento de 1808: su edad entonces era la de 19 años, y tomó

las armas como los demás estudiantes. Había nacido en Idocin, pueblo

de Navarra, de labradores acomodados. Retirado por enfermo al lugar de

su naturaleza, se hallaba en su casa cuando la saquearon los franceses

en venganza de un sargento asesinado en la vecindad. Para libertar a

su padre de una persecución se presentó Mina el mozo a los franceses,

redimiéndose por medio de dinero del arresto en que le pusieron. Airado

de la no merecida ofensa y de ver su casa allanada y perdida, armose,

y uniéndosele otros doce comenzó sus correrías, reciente aún en Roncal

la memoria de Renovales. Aumentose sucesivamente su cuadrilla, y con

ímpetu daba de sobresalto en los destacamentos franceses de Navarra,

como también en los confinantes de Aragón y Rioja. Fue extremada

su audacia, y antes de concluirse 1809 admiró con sus hechos a los

habitantes de aquellas partes.

[Sidenote: Sucesos generales de la nación.]

Hasta aquí los sucesos parciales ocurridos este año en las provincias.

Necesario ha sido dar una idea de ellos aunque rápida, pues si bien se

obedecía en todo el reino al gobierno supremo, la índole de la guerra

y el modo como se empezó inclinaba a las provincias o las obligaba a

veces a obrar solas o con cierta independencia. Ocupémonos ahora en la

junta central y en los ejércitos, y asuntos más generales.

[Sidenote: Estado de desasosiego de la central.]

Vivos debates habían sobrevenido en aquella corporación al concluirse

el mes de agosto y comenzar septiembre. Procedieron de divisiones

internas y de la voz pública que le achacaba el malogramiento de la

campaña de Talavera. Hervían con especialidad en Sevilla los manejos

y las maquinaciones. Ya desde antes, como dijimos, y sordamente,

trabajaban contra el gobierno varios particulares resentidos, entre

ellos ciertos de la clase elevada. Cobraron ahora aliento por el arrimo

que les ofrecía el enojo de los ingleses, y la autoridad del consejo

reinstalado el mes anterior. No menos pensaban ya que en acudir a

la fuerza, pero antes creyeron prudente tentar las vías pacíficas y

legales. Sirvioles de primer instrumento Don Francisco de Palafox,

individuo de la misma junta, quien el 21 de agosto leyó en su seno

un papel en el que, doliéndose amargamente de los males públicos y

pintándolos con negras tintas, proponía como remedio la reconcentración

del poder en un solo regente, cuya elección indicaba podría recaer en

el cardenal de Borbón. Encontró Palafox en sus compañeros oposición,

presentándole algunas objeciones bastante fuertes, a las que no

pudiendo de pronto responder como hombre de limitado seso, dejó su

réplica para la siguiente sesión en que leyó otro papel explicativo del

primero.

[Sidenote: Consulta del consejo.]

Aquel día, que era el 22, vino en apoyo suyo, con aire de concierto,

una consulta del consejo. Este cuerpo, que en vez de mostrarse

reconocido teníase por agraviado de su restablecimiento, como hecho,

según pensaba, en menoscabo de sus privilegios, andaba solícito

buscando ocasiones de arrancar la potestad suprema de las manos de la

central, y colocarla o en las suyas o en otras que estuviesen a su

devoción. Figurose haber llegado ya el plazo tan deseado, y perjudicó

con ciega precipitación a su propia causa. [Sidenote: Su ceguedad.] En

la consulta no se ciñó a examinar la conducta de la junta central, y

a hacer resaltar los inconvenientes que nacían de que corporación tan

numerosa tuviese a su cargo la parte ejecutiva, sino que también atacó

su legitimidad y la de las juntas provinciales pidiendo la abolición de

estas, el restablecimiento del orden antiguo, y el nombramiento de una

regencia conforme a lo dispuesto en la ley de Partida. ¡Contradicción

singular! El consejo que consideraba usurpada la autoridad de las

juntas, y por consiguiente la de la central emanación de ellas, exigía

de este mismo cuerpo actos para cuya decisión y cumplimiento era la

legitimidad tan necesaria.

Pero prescindiendo de semejante modo de raciocinar, harto común en

asuntos de propio interés, hubo gran desacuerdo en el consejo en

proceder así, enajenándose voluntades que le hubieran sido propicias.

Descontentaban a muchos las providencias de la central; parecíales

monstruoso su gobierno; mas no querían que se atacase su legitimidad

derivada de la insurrección. Tocó en desvarío querer el consejo tachar

del mismo defecto a las juntas provinciales, por cuya abolición

clamaba. Estas corporaciones tenían influjo en sus respectivos

distritos. Atacarlas era provocar su enemistad, resucitar la memoria

de lo ocurrido al principio de la insurrección en 1808, y privarse de

un apoyo tanto más seguro cuanto entonces se habían suscitado nuevas y

vivas contestaciones entre la central y algunas de las mismas juntas.

[Sidenote: Altercados de las juntas de provincia y la central. Sevilla.

Extremadura.]

La provincial de Sevilla nunca olvidaba sus primeros celos y

rivalidades, y la de Extremadura antes más quieta, moviose al ver que

su territorio quedaba descubierto con la ida de los ingleses, de cuya

retirada echaba la culpa a la central. Así fue que, sin contar con el

gobierno supremo, por sí dio pasos para que Lord Wellington mudase de

resolución, y diolos por el conducto del conde del Montijo, que en sus

persecuciones y vagancia había de Sanlúcar pasado a Badajoz. Desaprobó

altamente la junta central la conducta de la de Extremadura como ajena

de un cuerpo subalterno y dependiente, e irritola que fuera medianero

en la negociación un hombre a quien miraba al soslayo, por lo cual

apercibiéndola severamente mandó prender al del Montijo que se salvó

en Portugal. Ofendida la junta de Extremadura de la reprensión que se

le daba, replicó con sobrada descompostura, hija quizá de momentáneo

acaloramiento, sin que por eso fuesen más allá afortunadamente tales

contestaciones. [Sidenote: Valencia.] Las que habían nacido en

Valencia al instalarse la central se aumentaron con el poco tino

que tuvo en su comisión a aquel reino el barón de Sabasona, y nunca

cesaron, resistiendo la junta provincial el cumplimiento de algunas

órdenes superiores, a veces desacertadas, como lo fue la provisión en

tiempos de tanto apuro de las canonjías, beneficios eclesiásticos y

encomiendas vacantes, cuyo producto juiciosamente había destinado dicha

junta a los hospitales militares. Encontradas así ambas autoridades a

cada paso se enredaban en disputas, inclinándose la razón ya de un lado

ya de otro.

[Sidenote: Exposición de esta contra el consejo.]

Dolorosas eran estas divisiones y querellas, y de mucho hubieran

servido al consejo en sus fines, si acallando a lo menos por el momento

su rencorosa ira contra las juntas, las hubiera acariciado en lugar

de espantarlas con descubrir sus intentos. Enojáronse pues aquellas

corporaciones, y la de Valencia, aunque una de las más enemigas de la

central, se presentó luego en la lid a vindicar su propia injuria.

En una exposición fecha en 25 de septiembre clamó contra el consejo,

recordó su vacilante si no criminal conducta con Murat y José, y

pidió que se le circunscribiese a solo sentenciar pleitos. Otro tanto

hicieron de un modo más o menos explícito varias de las otras juntas,

añadiendo sin embargo la misma de Valencia que convendría que la

central separase la potestad legislativa de la ejecutiva, y que se

depositase esta en manos de uno, tres o cinco regentes.

[Sidenote: Trama para disolver la central.]

Antes que llegase esta exposición, y atropellando por todo en Sevilla

los descontentos, pensaron recurrir a la fuerza, impacientes de que

la central no se sometiese a las propuestas de Palafox, del consejo y

sus parciales. Era su propósito disolver dicha junta, transportar a

Manila algunos de sus individuos, y crear una regencia, reponiendo al

consejo real en la plenitud de su poder antiguo y con los ensanches

que él codiciaba. Habíanse ganado ciertos regimientos, repartídose

dinero, y prometido también convocar cortes, ya por ser la opinión

general del reino, ya igualmente para amortiguar el efecto que podría

resultar de la intentada violencia. Pero esta última resolución no se

hubiera realizado, a triunfar los conspiradores como apetecían, pues el

alma de ellos, el consejo, tenía sobrado desvío por todo lo que sonaba

a representación nacional, para no haber impedido el cumplimiento de

semejante promesa.

[Sidenote: Descúbrela el embajador de Inglaterra.]

Ya en los primeros días de septiembre estaba próximo a realizarse el

plan, cuando el duque del Infantado, queriendo escudar su persona con

la aquiescencia del embajador de Inglaterra, confiósele amistosamente.

Asustado el marqués de Wellesley de las resultas de una disolución

repentina del gobierno, y no teniendo por otra parte concepto muy

elevado de los conspiradores, procuró apartarlos de tal pensamiento,

y sin comprometerlos dio aviso a la central del proyecto. Advertida

esta a tiempo, e intimidados también algunos de los de la trama con no

verse apoyados por la Inglaterra, prevínose todo estallido, tomando la

central medidas de precaución sin pasar o escudriñar quienes fuesen los

culpables.

[Sidenote: Trata la central de reconcentrar la potestad ejecutiva.]

La junta, no obstante, viendo cuán de cerca la atacaban, que la opinión

misma del embajador de Inglaterra, si bien opuesto a violencias, era

la de reconcentrar la potestad ejecutiva, y que hasta las autoridades

que le habían dado el ser eran las más de idéntico o parecido sentir,

resolvió ocuparse seriamente en la materia. Algunos de sus individuos

pensaban ser conveniente la remoción de todos los centrales o de

una parte de ellos, acallando así a los que tachaban su conducta

de ambiciosa. Suscitó tal medida el bailío Don Antonio Valdés, la

cual contados de sus compañeros sostuvieron, desechándola los más.

[Sidenote: Diversidad de opiniones.] Tres dictámenes prevalecían en

la junta, el de los que juzgaban ocioso hacer una mudanza cualquiera

debiendo convocarse luego las cortes, el de los que deseaban una

regencia escogida fuera del seno de la central, y en fin el de los que

repugnando la regencia querían sin embargo que se pusiese el gobierno

o potestad ejecutiva en manos de un corto número de individuos sacados

de los mismos centrales. Entre los que opinaban por lo segundo se

contaba Jovellanos, pero tan respetable varón, luego que percibió ser

la regencia objeto descubierto de ambición que amenazaba a la patria

con peligrosas ocurrencias, mudó de parecer y se unió a los del último

dictamen.

[Sidenote: Nómbrase al efecto una comisión.]

Al frente de este se hallaba Calvo, que acababa de volver de

Extremadura y quien, con su áspera y enérgica condición, no poco

contribuyó a parar los golpes de los que dentro de la misma junta solo

hablaban de regencia para destruir la central e impedir la convocación

de cortes. Trajo hacia sí a Jovellanos y sus amigos, los que concordes

consiguieron después de acaloradas discusiones, que se aprobasen el

19 de septiembre dos notables acuerdos: 1.º, la formación de una

_Comisión ejecutiva_ encargada del despacho de lo relativo a gobierno,

reservando a la junta los negocios que requiriesen plena deliberación;

y 2.º, fijar para 1.º de marzo de 1810 la apertura de las cortes

extraordinarias.

Antes de publicarse dichos acuerdos nombrose una comisión para formar

el reglamento o plan que debía observar la ejecutiva, y como recayese

el encargo en Don Gaspar de Jovellanos, bailío Don Antonio Valdés,

marqués de Campo Sagrado, Don Francisco Castanedo y conde de Gimonde,

amigos los más del primero, creyose que a la presentación de su trabajo

serían los mismos escogidos para componer la comisión ejecutiva. Pero

se equivocaron los que tal creyeron. [Sidenote: Nómbrase otra segunda.]

En el intermedio que hubo entre formar el reglamento y presentarle,

los aficionados al mando y los no adictos a Jovellanos y sus opiniones

se movieron, y bajo un pretexto u otro alcanzaron que la mayoría de

la junta desechase el reglamento que la comisión había preparado.

Escogiose entonces otra nueva para que le enmendase con objeto de

renovar, si ser pudiese, la cuestión de regencia, o si no de meter en

la comisión ejecutiva las personas que con más empeño sostenían dicho

dictamen. [Sidenote: Nuevos manejos.] Viose a las claras ser aquella la

intención oculta de ciertas personas por lo que de nuevo sucedió con

Don Francisco de Palafox. [Sidenote: Palafox.] Este vocal, juguete de

embrolladores, resucitó la olvidada controversia cuando se discutía en

la junta el plan de la comisión ejecutiva. Los instigadores le habían

dictado un papel que al leerle produjo tal disgusto que, arredrado el

mismo Palafox, se allanó a cancelar en el acto mismo las cláusulas más

disonantes.

[Sidenote: Romana.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 8 / 35 段