Madrid, desguarnecido con la salida de José vía de Talavera. [Sidenote:
Nómbrale la junta capitán general de Castilla la Nueva.] Aguijón
era para ello el nombramiento que el mismo día 29 recibió de la
central, encargándole interinamente el mando de Castilla la Nueva, con
prevención de que residiese en Madrid. Pero siendo el verdadero motivo
de concederle esta gracia el disminuir el influjo pernicioso de Cuesta,
caso que nuestras tropas ocupasen la capital, se le advertía al mismo
tiempo que no se empeñase muy adelante, pues los ingleses, con pretexto
de falta de subsistencias, no pasarían del Alberche.
Hubiera aún podido detener a Venegas para entrar en Madrid el parte
que el 30 le dio Lacy desde Nuestra Señora de la Sisla, de que enemigos
se agolpaban a Toledo, si en el mismo día no hubiese también recibido
oficio de Cuesta anunciando la victoria de Talavera, coligiéndose de
ahí que la gente divisada por Lacy venía más bien de retirada que con
intento de atacarle. Sin embargo se limitó Venegas a reconcentrar su
fuerza en Aranjuez, apostando en el puente largo la división de Lacy
que había llamado de las cercanías de Toledo.
[Sidenote: Su incertidumbre.]
Permanecía así incierto, cuando el 3 de agosto le avisó Don Gregorio de
la Cuesta cómo se retiraba de Talavera. Con esta noticia parecía que
quien se había mostrado circunspecto en momentos favorables, seríalo
ahora mucho más y con mayor fundamento. Pero no fue así, pues en vez
de retirarse, tomó el 5 disposiciones para defender el paso del Tajo.
Apostó en sus orillas las divisiones primera, segunda y tercera, al
mando todas de Don Pedro Agustín Girón, que debían atender a los vados
y a los puentes Verde, de Barcas y la Reina, quedándose detrás camino
de Ocaña con las otras dos divisiones el mismo Venegas.
[Sidenote: Defiende el paso del Tajo en Aranjuez.]
Los franceses se presentaron en la ribera derecha a las dos de la tarde
del mismo 5, y empezaron por atacar la izquierda española colocada
en el jardín del infante Don Antonio, acometiendo después los tres
puentes. A todas partes acudía el general Girón con admirable presteza,
y en particular a la izquierda, apoyando sus esfuerzos los generales
Lacy y Vigodet. No menos animosos se mostraban los otros jefes y
soldados, y los hubo que apenas curados de sus heridas volvían a la
pelea. Los franceses viendo la porfía de la defensa abandonaron al
anochecer su intento. Perdimos 200 hombres; los enemigos 500, estando
más expuestos a nuestros fuegos.
Bastábale a Venegas la ventaja adquirida para que satisfecho se
retirase con honra; mas creciendo su confianza permaneció en Ocaña,
y se aventuró a una batalla campal. Los franceses frustrado su deseo
de pasar el Tajo por Aranjuez, hicieron continuos movimientos con
dirección a Toledo, lo cual excitó en Venegas la sospecha de que
querían atravesar hacia allí el río, y cogerle por la espalda. Situó en
consecuencia su ejército en escalones desde Aranjuez a Tembleque, en
donde estableció su cuartel general, enviando la quinta división sobre
Toledo. En efecto, los franceses pasaron en 9 de agosto el Tajo por
esta ciudad y los vados de Añover, y el 10 juntó el general español sus
fuerzas en Almonacid.
[Sidenote: Batalla de Almonacid.]
En la creencia de que los franceses solo eran 14.000, repugnábale a
Don Francisco Venegas desamparar la Mancha, inclinándose a presentar
batalla. Oyó, sin embargo, antes la opinión de los demás generales,
la cual coincidiendo con la suya, se acordó entre ellos atacar a los
franceses el 12, dando el 11 descanso a las tropas. Mas en este día
previnieron los enemigos los deseos de los nuestros trabando la acción
en la madrugada.
Componíase la fuerza francesa del cuarto cuerpo, al mando de Sebastiani,
y de la reserva, a las órdenes de Dessolles y de José en persona, cuyo
total ascendía a 26.000 infantes y 4000 caballos. Situáronse los
españoles delante de Almonacid y en ambos costados. El derecho le
guarnecía la segunda división, el izquierdo la primera, y ocupaban el
centro la cuarta y quinta. Quedó la reserva a retaguardia, destacándose
solo de ella dos o tres cuerpos. Distribuyose la caballería entre ambos
extremos de la línea, excepto algunos jinetes que se mantuvieron en el
centro.
Empezó a atacar el general Sebastiani antes que llegase su reserva,
dirigiéndose contra la izquierda española. Viose, por tanto, muy
comprometido un cuerpo de la primera división, y a punto de tener
que replegarse sobre los batallones de Bailén y Jaén, que eran dos
de los destacados de la tercera división. Ciaron también estos de
la cresta de un monte a la izquierda de la línea donde se alojaban,
herido mortalmente el teniente coronel de Bailén Don Juan de Silva.
Inútilmente fue a su socorro el general Girón, hasta que desplegando
al frente de las columnas enemigas Don Luis Lacy, con lo restante de
su primera división contuvo a aquellas y las rechazó, apoyado por la
caballería.
A la sazón llegó el general Dessolles con parte de la reserva francesa,
y animando a los soldados de Sebastiani renovose con más ardor la
refriega. Viéronse entonces también acometidas la cuarta y quinta
división española; la última, colocada a la derecha de Almonacid,
dio luego indicio de flaquear; mas la otra sostúvose bizarramente,
distinguiéndose los cuerpos de Jerez, Córdoba y Guardias españolas,
guiado el segundo con conocimiento y valentía por Don Francisco
Carvajal. Cargaba igualmente la caballería, y anunciábase allí la
victoria cuando, muerto el caballo del comandante de aquellos jinetes,
vizconde de Zolina, hombre de nimia superstición aunque de valor no
escaso, parose este tomando por aviso de Dios la muerte de su caballo.
Entretanto acudió José con el resto de la reserva al campo de batalla,
y rota la quinta división que ya había flaqueado, penetraron los
franceses hasta el cerro del castillo, al que subieron después de una
muy viva resistencia. Llegó con esto a ser muy crítica la situación
del ejército español, en especial la de la gente de Lacy, por lo
cual Venegas juzgó prudente retirarse. Para ello ordenó a la segunda
división del mando de Vigodet, que era la menos comprometida, que
formase a espaldas del ejército. Ejecutó dicho jefe esta maniobra con
prontitud y acierto, siguiendo a su división la cuarta, del cargo de
Castejón.
[Sidenote: Retirada del ejército español.]
No bastó tan oportuna precaución para verificar la retirada
ordenadamente, pues asustados algunos caballos con la voladura de
varios carros de municiones, dispersáronse e introdujeron desorden.
De allí, no obstante, con más o menos concierto, dirigiéronse todas las
divisiones por distintos puntos a Herencia, y en seguida a Manzanares.
[Sidenote: Su dispersión.] En esta villa, corriendo entre la caballería
la voz falsa y aciaga de que los enemigos estaban ya a la espalda en
Valdepeñas, desrancháronse los soldados, y de tropel y desmandadamente
no pararon hasta Sierra Morena, en donde, según costumbre, se juntaron
después y rehicieron. Costó a los españoles la batalla de Almonacid
4000 hombres, unos 2000 a los franceses.
Tan desventajosamente finalizó esta campaña de Talavera y la Mancha,
comenzada con favorable estrella. No se advirtió sin embargo en sus
resultas, a lo menos de parte de los españoles, lo que comúnmente
acontece en las guerras, en las que, según con razón asienta
Montesquieu, no suele ser lo más funesto las pérdidas reales que
en ellas se experimentan, sino las imaginarias y el desaliento
que producen. Lo que hubo de lastimoso en este caso fue haber
desaprovechado la ocasión de lanzar tal vez a los franceses del Ebro
allá y sobre todo la desunión momentánea de los aliados, a la que
sirvió de principal motivo la falta de bastimentos.
[Sidenote: Contestaciones con los ingleses sobre subsistencias.]
Cuestión ha sido esta que ya hemos tocado, y no volveríamos a renovarla
si no hubiese tenido particular influjo en las operaciones militares,
y mezcládose también en los vaivenes de la política. Hubo en ella por
ambas partes injusticia en las imputaciones, achacándose a la central
mala voluntad y hasta perfidia, y calificando esta de mero pretexto
las quejas, a veces fundadas, de los ingleses. Todos tuvieron culpa,
y más las circunstancias de entonces, juntamente con la dificultad
de alimentar un ejército en campaña cuando no es conquistador, y de
prevenir las necesidades por medio de oportunos almacenes. Se equivocó
la central en imaginar que con solo dar órdenes y enviar empleados se
abastecería el ejército inglés y español. A aquellas hubieran debido
acompañar medidas vigorosas de coacción, poniendo también cuidado en
encargar el desempeño de comisión tan espinosa a hombres íntegros y
capaces. Cierto que a un gobierno de índole tan débil como la central,
érale difícil emplear la coacción, sobre todo en Extremadura, provincia
devastada, y en donde hasta las mismas y fértiles comarcas del valle y
vera de Plasencia, primeras que habían de pisar los ingleses, acababan
de ser asoladas por las tropas del mariscal Victor. Pero hubo azar en
escoger por cabeza de los empleados a Lozano de Torres, quien, al paso
que bajamente adulaba al general en jefe inglés, escribía a la central
que eran las quejas de aquel infundadas: juego doble y villano, que
descubierto, obligó a Wellington a echar con baldón de su campo al
empleado español.
De parte de los ingleses hubo imprevisión en figurarse que a pesar de
los ofrecimientos y buenos deseos de la central, podría su ejército
ser completamente provisto y ayudado. Ya había este padecido en
Portugal falta de muchos artículos, aunque en realidad el gobierno
británico allí mandaba, y con la ventaja de tener próxima la mar.
Mayores escaseces hubieran debido temer en España, país entonces por
lo general más destruido y maltratado, no pudiendo contar con que
solo el patriotismo reparase el apuro de medios después de tantas
desgracias y escarmientos. Creer que el gobierno español hubiera de
antemano preparado almacenes, era confiar sobradamente en su energía y
principalmente en sus recursos. Los ingleses sabían por experiencia lo
dificultoso que es arreglar la hacienda militar o sea _comisariato_,
pues todavía en aquel tiempo tachaban ellos mismos de defectuosísimo
el suyo, y no era dable que España, en todo lo demás tan atrasada
respecto de Inglaterra, se le aventajase en este solo ramo y tan de
repente.
En vano pensó la junta suprema remediar en parte el mal enviando a
Extremadura a D. Lorenzo Calvo de Rozas, individuo suyo, y en cuyo
celo y diligencia ponía firme esperanza. Semejante determinación, que
no se tomó hasta 1.º de agosto, llegaba ya tarde, indispuestos los
ánimos de los generales entre sí, y agriados cada vez más con el escaso
fruto que se sacaba de la campaña emprendida. De poco sirvió también
para concordarlos la dejación voluntaria que hizo Cuesta de su mando,
anhelada por los mismos ingleses y expresamente pedida por su ministro
en Sevilla. Lord Wellington viendo que la abundancia no crecía [*]
[Sidenote: (* Ap. n. 9-3.)] cual deseaba, y que sus soldados enfermaban
y perecían sus caballos, declaró que estaba resuelto a retirarse
a Portugal. Entonces Eguía y Calvo hicieron, para desviarle de su
propósito, nuevos ofrecimientos, concluyendo con decirle el primero
que, a no ceder a sus instancias, creería que otras causas y no la
falta de subsistencias le determinaban a retirarse. Otro tanto y con
más descaro escribiole Calvo de Rozas. Ásperamente replicó Wellington,
indicando a Eguía que en adelante sería inútil proseguir entre ellos la
comenzada correspondencia.
[Sidenote: Llegada a España del marqués de Wellesley.]
Algunos, no obstante, mantuvieron esperanzas de que todo se compondría
con la venida a Sevilla del marqués de Wellesley, hermano del general
inglés y embajador nombrado por S. M. B. cerca del gobierno de España.
Había llegado el marqués a Cádiz el 4, y acogídole la ciudad cual
merecía su elevada clase y la fama de su nombre. No nos detendremos en
describir su entrada, mas no podemos omitir un hecho que allí ocurrió
digno de memoria. Fue, pues, que queriendo el embajador, agradecido
al buen recibimiento, repartir dinero entre el pueblo, Juan Lobato,
zapatero de oficio, y de un batallón de voluntarios, saliendo de entre
las filas díjole mesuradamente: «Señor Excelentísimo, no honramos a V.
E. por interés sino para corresponder a la buena amistad que nuestra
nación debe a la de V. E.» Rasgo muy característico y frecuente en el
pueblo español. Pasó después a Sevilla el nuevo embajador y reemplazó
a Mr. Frere, a quien la junta dio el título de marqués de la Unión
en prueba de lo satisfecha que estaba de su buen porte y celo. Uno
de los primeros puntos que trató Wellesley con la junta fue el de la
retirada de su hermano. [Sidenote: Plan de subsistencias.] Recayendo
la principal queja sobre la falta de provisiones, rogole el gobierno
español que le propusiese un remedio, y el marqués extendió un plan
sobre el modo de formar almacenes y proporcionar transportes, como
si el estado general de España y el de sus caminos y sus carruajes
estuviese al par del de Inglaterra. No obstante los obstáculos
insuperables que se ofrecían para su ejecución, aprobolo la central,
quizá con sus puntas de malicia, sin que por eso se adelantase cosa
alguna. [Sidenote: Retírase Wellington a Badajoz y fronteras de
Portugal.] Lord Wellington había ya empezado el 20 de agosto, desde
Jaraicejo, su marcha retrógrada, y deteniéndose algunos días en Mérida
y Badajoz, repartió en principios de septiembre su ejército entre
la frontera de Portugal y el territorio español. Muchos atribuyeron
esta retirada al deseo que tenía el gobierno inglés de que recayese
en Lord Wellington el mando en jefe del ejército aliado. Nosotros,
sin entrar en la refutación de este dictamen, nos inclinamos a creer
que, más que de aquella causa y de la falta de subsistencias, que en
efecto se padeció, provino semejante resolución del rumbo inesperado
que tomaron las cosas de Austria. Los ingleses habían pasado a España
en el concepto de que prolongándose la guerra en el Norte, tendrían
los franceses que sacar tropas de la península, y que no habría por
tanto que luchar en las orillas del Tajo sino con determinadas fuerzas.
Sucedió lo contrario, atribuyendo después unos y otros a causas
inmediatas lo que procedía de origen más alto. De todos modos, las
resultas fueron desgraciadas para la causa común, y la central, como
diremos después, recibió de este acontecimiento gran menoscabo en su
opinión.
[Sidenote: Conducta y tropelías del gobierno de José.]
El gobierno de José, por su parte, lleno de confianza, había aumentado
ya desde mayo sus persecuciones contra los que no graduaba de amigos,
incomodando a unos y desterrando a otros a Francia. Confundía en sus
tropelías al prócer con el literato, al militar con el togado, al
hombre elocuente con el laborioso mercader. Así salieron juntos, o unos
en pos de otros, a tierra de Francia el duque de Granada y el poeta
Cienfuegos, el general Arteaga y varios consejeros, el abogado Argumosa
y el librero Pérez. Mala manera de allegar partidarios, e innecesaria
para la seguridad de aquel gobierno, no siendo los extrañados hombres
de arrojo ni cabezas capaces de coligación. Expidiéronse igualmente
entonces por José decretos destemplados, como lo fueron el de disponer
de las cosechas de los habitantes sin su anuencia, y el de que se
obligase a los que tuviesen hijos sirviendo en los ejércitos españoles
a presentar en su lugar un sustituto o dar en indemnización una
determinada suma. Estos decretos, como los demás, o no se cumplían o
cumplíanse arbitrariamente, con lo que, en el último caso, se añadía a
la propia injusticia la dureza en la ejecución.
La guerra de Austria, aunque había alterado algún tanto al gobierno
intruso, no le desasosegó extremadamente, ni le contuvo en sus
procedimientos. [Sidenote: Opinión de Madrid.] Llegole más al alma la
cercanía de los ejércitos aliados y el ver que con ella los moradores
de Madrid recobraban nuevo aliento. Procuró por tanto deslumbrarlos
y divertir su atención haciendo repetidas salvas que anunciasen las
victorias conseguidas en Alemania; mas el español, inclinado entonces
a dar solo asenso a lo que le era favorable, acostumbrado además a las
artimañas de los franceses, no dando fe a lejanas nuevas, reconcentraba
todas sus esperanzas en los ejércitos aliados, cuya proximidad en
vano quiso ocultar el gobierno de José. [Sidenote: Júbilo que allí
hubo el día de Santa Ana.] Tocó en frenesí el contentamiento de los
madrileños el 26 de julio, día de Santa Ana, en el que los aldeanos que
andan en el tráfico de frutas de Navalcarnero y pueblos de su comarca,
esparcieron haber llegado allí y estar de consiguiente cercano a la
capital Sir Roberto Wilson y su tropa. Con la noticia, saliendo de sus
casas los vecinos, espontáneamente y de montón se enderezaron los más
de ellos hacia la puerta de Segovia para esperar a sus libertadores.
Los franceses no dieron muestra de impedirlo, limitándose el general
Belliard, que había quedado de gobernador, a sosegar con palabras
blandas el ánimo levantado de la muchedumbre. Durante el día reinó por
todo Madrid el júbilo más exaltado, dándose el parabién conocidos y
desconocidos, y entregándose al solaz y holganza. Pero en la noche,
llegado aviso del descalabro que padeció el mismo 26 la vanguardia
de Zayas, anunciáronlo los franceses al día siguiente como victoria
alcanzada contra todo el ejército combinado, sin que la publicación
hiciese mella en los madrileños, calificándola de falsa, sobre todo
cuando el 31 de resultas de la batalla de Talavera vieron que los
franceses tomaban disposiciones de retirada, y que los de su partido se
apresuraban a recogerse al Retiro. Salieron no obstante fallidas, según
en su lugar contamos, las esperanzas de los patriotas; mas, inmutables
estos en su resolución, comenzaron a decir el tan sabido _no importa_,
que, repetido a cada desgracia y en todas las provincias, tuvo en la
opinión particular influjo, probando, con la constancia del resistir,
que aquella frase no era hija de irrefleja arrogancia sino expresión
significativa del sentimiento íntimo y noble de que una nación, si
quiere, nunca es sojuzgada.
[Sidenote: Nuevos decretos de José.]
José, sin embargo, persuadido de que con la retirada de los ejércitos
aliados, las desavenencias entre ellos, la batalla de Almonacid y
lo que ocurría en Austria, se afirmaba más y más en el solio, tomó
providencias importantes y promulgó nuevos decretos. Antes ya había
instalado el consejo de estado, no pasando a convocar cortes, según
lo ofrecido en la constitución de Bayona, así por lo arduo de las
circunstancias, como por no agradar ni aun la sombra de instituciones
libres al hombre de quien se derivaba su autoridad. Entre los decretos,
muchos y de varia naturaleza, húbolos que llevaban el sello de tiempos
de división y discordia, como fueron el de confiscación y venta de
los bienes embargados a personas fugitivas y residentes en provincias
levantadas, y el de privación de sueldo, retiro o pensión a todo
empleado que no hubiese hecho de nuevo para obtener su goce solicitud
formal. De estas dos resoluciones, la primera, además de adoptar el
bárbaro principio de la confiscación, era harto amplia y vaga para
que en la aplicación no se acreciese su rigor; y la segunda, si bien
pudiera defenderse atendiendo a las peculiares circunstancias de un
gobierno intruso, mostrábase áspera en extenderse hasta la viuda y el
anciano, cuya situación era justo y conveniente respetar, evitándoles
todo compromiso en las discordias civiles.
Decidió también José no reconocer otras grandezas ni títulos sino los
que él mismo dispensase por un decreto especial, y suprimió igualmente
todas las órdenes de caballería existentes, excepto la militar de
España que había creado, y la antigua del Toisón de Oro; no permitiendo
ni el uso de las condecoraciones ni menos el goce de las encomiendas:
por cuyas determinaciones ofendiendo la vanidad de muchos se perjudicó
a otros en sus intereses, y tratose de comprometer a todos.
Aplaudieron algunos un decreto que dio José el 18 de agosto para la
supresión de todas las órdenes monacales, mendicantes y clericales.
Napoleón, en diciembre, había solo reducido los conventos a una tercera
parte; su hermano ampliaba ahora aquella primera resolución, ya por
no ser afecto a dichas corporaciones, ya también por la necesidad de
mejorar la hacienda.
[Sidenote: Medidas económicas.]
Los apuros de esta crecían, no entrando en arcas otro producto sino
el de las puertas de Madrid, aumentado solo con el recargo de ciertos
artículos de consumo. Semejante penuria obligó al ministro de hacienda,
conde de Cabarrús, a recurrir a medios odiosos y violentos, como el del
repartimiento de un empréstito forzoso entre las personas pudientes de
Madrid, [Sidenote: Plata de particulares.] y el de recoger la plata
labrada de los particulares. En la ejecución de estas providencias,
y sobre todo en la de la confiscación de las casas de los grandes y
otros fugitivos, cometiéronse mil tropelías, teniendo que valerse de
individuos despreciables y desacreditados, por no querer encargarse
de tal ministerio los hombres de vergüenza. Así fue que ni el mismo
gobierno intruso reportó gran provecho, echándose aquella turba de
malhechores, con la suciedad y ansia de harpías, sobre cuantas cosas de
valor se ofrecían a su rapacidad.
[Sidenote: Del palacio.]
Del palacio real se sacaron al propio tiempo todos los útiles de plata
que por antiguos o de mal gusto se habían excluido del uso común y se
llevaron a la casa de la moneda. Díjose que del rebusco se juntaron
cerca de ochocientas mil onzas de plata, cálculo que nos parece
excesivo.
[Sidenote: De iglesias.]
Tomáronse asimismo de las iglesias muchas alhajas, trasladándose a
Madrid bastante porción de las del Escorial. Cierto es que, entre
ellas, varias que se creían de oro no lo eran, y otras que se tenían
por de plata aparecieron solo de hojuela. [Sidenote: Mr. Napier.] El
historiador inglés Napier [ya es preciso nombrarle] empeñado siempre en
denigrar la conducta de los patriotas, dice que esta medida del intruso
excitó la codicia de los españoles, y produjo la mayor parte de las
bandas que se llamaron guerrillas. Aserción tan errónea y temeraria
que consta de público, y puede averiguarse en los papeles del gobierno
nacional, que si los jefes de aquellas tropas interceptaron parte de la
plata u otras alhajas de las que se llevaban a Madrid, por lo general
las restituyeron fielmente a sus dueños o las enviaron a Sevilla. Lo
contrario sucedió del lado de los franceses que, mirando a España como
conquista suya, u obligados sus jefes a echar mano de todo para mantener
sus tropas, se reservaron gran porción de aquellos efectos, en vez de
remitirlos al gobierno de Madrid. Con frecuencia se quejaba entre sus
amigos de tal desorden el conde de Cabarrús, añadiendo que Napoleón
nunca conseguiría su intento en la península, si no adoptaba el medio
de hacer la conquista con 600 millones y 60.000 hombres en lugar de
600.000 hombres y 60 millones, pues solo así podría ganar la opinión,
que era su más terrible enemigo.