Escogió como tal el terreno que se dilata desde Talavera de la Reina

hasta más allá del cerro de Medellín, y que abraza en su extensión

unos tres cuartos de legua. Alojábase a la derecha y tocando al Tajo

el ejército español: ocupaba el inglés la izquierda y centro. Era como

sigue la fuerza y distribución de entrambos. Componíase el de los

españoles de cinco divisiones de infantería y dos de caballería, sin

contar la reserva y vanguardia. Mandaban las últimas Don Juan Berthuy

y Don José de Zayas. De las divisiones de caballería, guiaba la primera

Don Juan de Henestrosa, la segunda el duque de Alburquerque. Regían las

de infantería según el orden de su numeración el marqués de Zayas, Don

Vicente Iglesias, el marqués de Portago, Don Rafael Manglano y Don Luis

Alejandro Bassecourt. El total de tropas españolas, deducidas pérdidas,

destacamentos y extravíos, no llegaba a 34.000 hombres, de ellos cerca

de 6000 de caballería. Contaban allí los ingleses más de 16.000

infantes y 3000 jinetes repartidos en cuatro divisiones a las órdenes

de los generales Sherbrooke, Hill, Mackenzie y Campbell.

La derecha que formaban los españoles se extendía delante de Talavera

y detrás de un vallado que hay a la salida. Colocose en frente de la

suntuosa ermita de Nuestra Señora del Prado una fuerte batería, con

cuyos fuegos se enfilaba el camino real que conduce al puente del

Alberche. Por el siniestro costado de los españoles, y en un intermedio

que había entre ellos y los ingleses, empezose a construir en un

altozano un reducto que no se acabó; viniendo después e inmediatamente

la división de Campbell, a la que seguía la de Sherbrooke, cubriendo

con la suya la izquierda el general Hill. Permaneció apostada cerca del

Alberche la división del general Mackenzie con orden de colocarse en

2.ª línea y detrás de Sherbrooke al trabarse la refriega. Era la llave

de la posición el cerro en donde se alojaba Hill, llamado de Medellín,

cuya falda baña por delante y defiende con hondo cauce el arroyo

Portiña, separándole una cañada por el siniestro lado de los peñascales

de la Atalaya e hijuelas de la sierra de Segurilla.

Al amanecer del 27 de julio, poniendo José desde Santa Olalla sus

columnas en movimiento, llegaron aquellas a la una del día a las

alturas de Salinas, izquierda del Alberche. Sus jefes no podían

ni aun de allí descubrir distintamente las maniobras del ejército

combinado, plantado el terreno de olivos y moreras. Mas, escuchando José

al mariscal Victor que conocía aquel país, tomó en su consecuencia

las convenientes disposiciones. Dirigió el 4.º cuerpo, del mando de

Sebastiani, contra la derecha que guardaban los españoles, y el 1.º, del

cargo de Victor, contra la izquierda, al mismo tiempo que amenazaba

el centro la caballería. Cruzado el Alberche, siguió el 4.º cuerpo

con la reserva y guardia de José, que le sostenía, el camino real de

Talavera, y el 1.º, que vino por el vado, cayó tan de repente sobre la

torre llamada de Salinas, en donde estaba apostado el general Mackenzie,

que causó algún desorden en su división, y estuvo para ser cogido

prisionero Sir Arturo Wellesley, que observaba desde aquel punto los

movimientos del enemigo. Pudieron al fin todos, aunque con trabajo,

recogerse al cuerpo principal del ejército aliado.

Iba pues a empeñarse una batalla general. Los franceses, avanzando,

empezaron antes de anochecer su ataque con un fuerte cañoneo y una

carga de caballería sobre la derecha, que defendían los españoles, de

los que ciaron los cuerpos de Trujillo y Badajoz de línea y Leales de

Fernando VII, y aún hubo fugitivos que esparcieron la consternación

hasta Oropesa, yendo envueltos con ellos y no menos aterrados algunos

ingleses. No fue sin embargo más allá el desorden, contenido el enemigo

por el fuego acertado de la artillería y de los otros cuerpos, y

también por ser su principal objeto caer sobre la izquierda en que se

alojaba el general Hill.

Dirigieron contra ella las divisiones de los generales Ruffin y

Villatte, y encaramáronse al cerro, a pesar de ser la subida áspera y

empinada, con la dificultad también de tener que cruzar el cauce del

Portiña. Atropellándolo todo con su impetuosidad, tocaron a la cima

de donde precipitadamente descendieron los ingleses por la ladera

opuesta. El general Hill, aunque herido su caballo y a riesgo de

caer prisionero, volvió a la carga y con la mayor bizarría recuperó

la altura. Ya bien entrada la noche insistieron los franceses en su

ataque, extendiéndole por la izquierda de ellos el general Lapisse

contra otra de las divisiones inglesas. Viva fue la refriega y

larga, sin fruto para los enemigos. Pasadas las doce de la misma

noche, un arma falsa, esparcida entre los españoles, dio ocasión a

un fuego graneado que duró algún tiempo, y causó cierto desorden que

afortunadamente no cundió a toda la línea.

Al amanecer del 28 renovaron los franceses sus tentativas, acometiendo

el general Ruffin el cerro de Medellín por su frente y la cañada de

la izquierda; sostúvole en su empresa el general Villatte. La pelea

fue porfiada, repetidos los ataques, ya en masa, ya en pelotones, la

pérdida grande de ambas partes. Herido el general Hill, dudoso el éxito

en ocasiones, hasta que los franceses, tornando a sus primeros puestos,

abrigados de formidable artillería, suspendieron el combate.

Falto el ejército británico de cañones de grueso calibre, pidió el

general Wellesley algunos de esta clase a Don Gregorio de la Cuesta,

los cuales se colocaron, al mando del capitán Uclés, en el reducto

empezado a construir en el altozano, interpuesto entre españoles e

ingleses. Viendo también el general Wellesley el empeño que ponía el

enemigo en apoderarse del cerro de Medellín, sintió no haber antes

prolongado su izquierda y guarnecídola del lado de la cañada; por lo

que, para corregir su olvido, colocó allí parte de su caballería, que

sostuvo la de Alburquerque, y alcanzó de Cuesta el que destacase la

5.ª división, del mando de Bassecourt, cuyo jefe se situó cubriendo la

cañada en la falda y peñascales de la Atalaya.

En aquel momento dudó José de si convenía retirarse o continuar el

combate. Victor estaba por lo último, el mariscal Jourdan por lo

primero. Vacilante José algún tiempo, decidiose por la continuación,

habiendo recorrido antes la línea en todo su largo.

En el intermedio hubo un respiro que duró desde las nueve hasta

las doce de la mañana, bajando sin ofenderse los soldados de ambos

ejércitos a apagar en el arroyo de Portiña la sed ardiente que les

causaba lo muy bochornoso del día.

Por fin los franceses volvieron a proseguir la acción. Vigilaba sus

movimientos Sir Arturo Wellesley desde el cerro de Medellín. Acometió

primero el general Sebastiani el centro, por la parte en que se unían

los ingleses y los españoles. Aquí se hallaban de parte de los últimos

las divisiones 3.ª y 4.ª, al cuidado ambas de Don Francisco de Eguía,

formando dos líneas, la primera más avanzada que la inmediata de

los ingleses. El francés quiso sobre todo apoderarse de la batería

del reducto; mas, al poner el pie en ella, recibieron sus soldados una

descarga a metralla de los cañones puestos allí poco antes al mando

del capitán Uclés, y cayendo los ingleses en seguida sobre sus filas,

experimentaron estas horrorosa carnicería. Replegados en confusión los

franceses a su línea, rechazaron a sus contrarios cuando avanzaron.

Reiteráronse tales tentativas, hasta que en la última, intentando

los enemigos meterse entre los ingleses y los españoles, se vieron

flanqueados por la primera línea de estos, más avanzada, y acribillados

por una batería que mandaba Don Santiago Piñeiro, militar aventajado.

Repelidos así, y al tiempo que ya flaqueaban, dio sobre ellos asombrosa

carga el regimiento español de caballería del Rey, guiado por su coronel

Don José María de Lastres, a quien, herido, sustituyó en el acto con

no menor brío su teniente Don Rafael Valparda. Todo lo atropellaron

nuestros jinetes, dando lugar a que se cogieran diez cañones, de los

que cuatro trajo al campo español el mencionado Piñeiro.

A la misma sazón, en la izquierda del ejército aliado, trató la

división del general Ruffin de rodear por la cañada el cerro de

Medellín, amenazando parte de la de Villatte subir a la cima. Colocada

la caballería inglesa en dicha cañada, aunque padeció mucho, en

especial un regimiento de dragones, logró desconcertar a Ruffin,

sosteniendo sus esfuerzos la división de Bassecourt y la caballería

de Alburquerque. También sirvió de mucho la oportunidad con que

el distinguido oficial Don Miguel de Álava, ayudante del último,

condescendiendo con los deseos del general inglés Fane, y sin aguardar,

por la premura, el permiso de su jefe, dispuso que obrasen dos cañones

al mando del capitán Entrena, que hicieron en el enemigo grande

estrago. Así se ve como en ambas alas andaba la refriega favorable a

los aliados.

Hubo de comprometerse su éxito durante cierto espacio en el centro.

Acometió allí al general Sherbrooke el francés Lapisse, el cual,

si bien al principio fue rechazado gallardamente, prosiguiendo los

guardias ingleses con sobrado ardor el triunfo, repeliéronlos a su

vez los franceses, introduciendo confusión en su línea, momento

apurado, pues roto el centro, hubieran los aliados perdido la batalla.

Felizmente, al ver Wellesley lo que se empeñaban los guardias, con

previsión ordenó desde el cerro donde estaba bajar al regimiento número

48, mandado por el coronel Donnellan, cuyo cuerpo se portó con tal

denuedo que, conteniendo a los franceses, dio lugar a que los suyos

volviesen en sí y se rehiciesen. Sucedido lo cual, avanzando de la 2.ª

línea la caballería ligera, a las órdenes de Cotton, y maniobrando

por los flancos la artillería, entre la que también lució con sus

cañones el capitán Entrena, ciaron desordenados los franceses, cayendo

mortalmente herido el general Lapisse. Ya entonces se mostraron por

toda la línea victoriosos los aliados. Recogiéronse los franceses a su

antigua posición, cubriendo el movimiento los fuegos de su artillería.

El calor y lo seco de la tierra, con el tráfago y pisar de aquel

día, produjeron poco después en la yerba y matorrales un fuego que,

recorriendo por muchas partes el campo, quemó a muertos y a postrados

heridos. Perdieron los ingleses en todo 6268 hombres, los franceses

7389, con 17 cañones; murieron de cada parte dos generales. Ascendió

la pérdida de los españoles a 1200 hombres, quedando herido el general

Manglano.

De este modo pasó la batalla de Talavera de la Reina, que, empezada el

27 de julio, no concluyó hasta el siguiente día, y la cual tuvo, por

decirlo así, tres pausas o jornadas. En la última del 28 se comportaron

los españoles con valor e intrepidez. [Sidenote: Severidad de Cuesta.]

A los cuerpos que el 27 flaquearon, nada menos intentó Cuesta que

diezmarlos, como si su falta no proviniese más bien de anterior

indisciplina que de cobardía villana. Intercedió el general inglés

y amansó el feroz pecho del español, mas desgraciadamente cuando ya

habían sido arcabuceados 50 hombres.

[Sidenote: Recompensas que da la junta central y el gobierno inglés.]

Nombró la junta central a Sir Arturo Wellesley capitán general de

ejército, y elevole su gobierno a par de Inglaterra bajo el título de

Lord vizconde Wellington de Talavera, con el cual le distinguiremos

en adelante. Dispensó también la central otras gracias a los jefes

españoles, condecorando a Don Gregorio de la Cuesta con la gran cruz de

Carlos III.

[Sidenote: Retíranse los franceses a diversos puntos.]

El 29 de julio repasaron los franceses el Alberche, apostándose en

las alturas de Salinas. Marchó en seguida José con el cuarto cuerpo

y la reserva a Santa Olalla, y se colocó el 31 en Illescas, habiendo

antes destacado una división vuelta de Toledo, a cuya ciudad amenazaba

gente de Venegas. El mariscal Victor, recelándose de los movimientos

por su flanco de Sir Roberto Wilson, cuya fuerza creía superior, se

retiró también el 1.º de agosto hacia Maqueda y Santa Cruz del Retamar,

creciendo el desacuerdo entre él y el mariscal Jourdan, como acontece

en la desgracia.

[Sidenote: No sigue Wellington el alcance.]

Lord Wellington y los españoles se mantuvieron en Talavera, adonde

llegó el 29 con 3000 hombres de refresco el general Craufurd, que

al ruido de la batalla se apresuró a incorporarse a tiempo, aunque

inútilmente, al grueso del ejército. No quiso Wellington a pesar del

refuerzo seguir el alcance, ya porque considerase a los franceses

más bien repelidos que deshechos, o ya porque no se fiase en la

disciplina y organización del ejército español, tolerable en posición

abrigada, pero muy imperfecta para marchas y grandes evoluciones.

[Sidenote: Motivos de ello.] Otras causas pudieron también influir

en su determinación: tal fue el anuncio del armisticio de Znaim, que

se publicó en _Gaceta extraordinaria de Madrid_ de 27 de julio; tal

asimismo la marcha progresiva de Soult, de que se iban teniendo avisos

más ciertos. Sin embargo, no fundó el general inglés su resolución en

ninguna de tan poderosas e insinuadas razones, fuese que no quisiera

ofender a los caudillos españoles, o que temiera sobresaltar los ánimos

con malas nuevas. Disculpose solamente para no avanzar con la falta

de víveres, pareciendo a algunos que si realmente tal escasez afligía

al ejército, no era oportuno modo de remediarla permanecer en el

lugar en donde más se sentía, cuando yendo adelante se encontrarían

países menos devastados, y ciudades y pueblos que ansiosamente y con

entusiasmo aguardaban a sus libertadores.

[Sidenote: Llega Soult a Extremadura.]

Por tanto, creyose en general que, si bien no abundaban las vituallas, la

detención del ejército inglés pendía principalmente de los movimientos

del mariscal Soult, quien, según aviso recibido en 30 de julio, intentaba

atravesar el puerto de Baños, defendido por el marqués del Reino con

cuatro batallones, dos destacados anteriormente del ejército de Cuesta

y dos de Béjar. A la primera noticia pidió Lord Wellington que tropa

española fuese a reforzar el punto amenazado, y dificultosamente

recabó de Don Gregorio de la Cuesta que destacase para aquel objeto

en 2 de agosto la quinta división del mando de Don Luis Bassecourt:

poca fuerza y tardía, pues no pudiendo el marqués del Reino resistir a

la superioridad del enemigo se replegó sobre el Tiétar, entrando los

franceses en Plasencia el 1.º de agosto.

[Sidenote: Va Wellington a su encuentro.]

Cerciorados los generales aliados de tan triste acontecimiento,

convinieron en que el ejército británico iría al encuentro de los

enemigos, y que los españoles permanecerían en Talavera para hacer

rostro al mariscal Victor, en caso de que volviese a avanzar por aquel

lado. Las fuerzas que traían los franceses constaban del quinto,

segundo y sexto cuerpo, ascendiendo en su totalidad a unos 50.000

hombres. Precedía a los demás el quinto, a las órdenes del mariscal

Mortier, seguíale el segundo, a las inmediatas de Soult, que además

mandaba a todos en jefe, y cerraba la marcha el sexto capitaneado por

el mariscal Ney. Fue de consiguiente Mortier quien arrojó de Baños

al marqués del Reino, extendiéndose ya hacia la venta de la Bazagona

por una parte y por otra hacia Coria, cuando el 3 de agosto pisó Soult

las calles de Plasencia, y cuando Ney cruzaba en el mismo día los

lindes extremeños. Tal y tan repentina avenida de gente asoló aquella

tierra frondosísima en muchas partes, no escasa de cierta industria, y

en donde aún quedan rastros y mijeros de una gran calzada romana. El

general Beresford, que antes estaba situado con unos 15.000 portugueses

detrás del Águeda, siguió al ejército francés en una línea paralela, y

atravesando el puerto de Perales llegó a Salvatierra el 17 de agosto,

desde cuyo punto trató de cubrir el camino de Abrantes.

[Sidenote: Tropas que se agolpan al valle del Tajo.]

Íbanse de esta manera acumulando en el valle o prolongada cuenca que

forma el Tajo desde Aranjuez hasta los confines de Portugal muchedumbre

de soldados, cuyo número, inclusos los ejércitos de Venegas y

Beresford, rayaba en el de 200.000 hombres de muchas y varias naciones.

Siendo difícil su mantenimiento en tan limitado terreno, y corto el

tiempo que se requería para reunir las masas, era de conjeturar que

unos y otros estaban próximos a empeñar decisivos trances. Pero en

aquella ocasión, como en tantas otras, no aconteció lo que parecía más

probable.

Lord Wellington, informado de que el mariscal Soult se interponía entre

su ejército y el puente de Almaraz, resolvió pasar por el del Arzobispo

y establecer su línea de defensa detrás del Tajo. [Sidenote: Cuesta se

retira de Talavera.] Por su parte Don Gregorio de la Cuesta, temeroso

también de aguardar solo en Talavera a José y Victor, que de nuevo se

unían, abandonó la villa y se juntó en Oropesa con la quinta división

y el ejército británico. Desazonó a Wellington la determinación del

general español por parecerle precipitada, y sobre todo por no haber

puesto el correspondiente cuidado en salvar los heridos ingleses que

había en Talavera. Desatendió por tanto y con justicia los clamores

de Don Gregorio de la Cuesta, que insistía en que se conservase la

posición de Oropesa como propia para una batalla. Cruzó pues Wellington

el puente del Arzobispo, y estableció su cuartel general en Deleitosa

el 7 de agosto, poniendo en Mesas de Ibor su retaguardia. Envió también

por la orilla izquierda de Tajo al general Craufurd con una brigada y

seis piezas, el cual llegó felizmente a tiempo de cubrir el paso de

Almaraz y los vados.

[Sidenote: El ejército aliado se pone en la orilla izquierda del Tajo.]

Forzado, bien a su pesar, el general Cuesta a seguir al ejército inglés,

pasó el 5 el puente del Arzobispo, hacia donde con presteza se

agolpaban los enemigos. Prosiguió su marcha por la Peraleda de Garvín

a Mesas de Ibor, dejando en guarda del puente a la quinta división del

cargo de Don Luis Bassecourt, y por la derecha en Azután, para atender a

los vados, al duque de Alburquerque con 3000 caballos. Mas apenas había

llegado Cuesta a la Peraleda, cuando ya eran dueños los enemigos del

puente del Arzobispo.

Acercándose allí de todas partes el quinto cuerpo, se había colocado su

jefe Mortier en la Puebla de Naciados. Estaba a la sazón en Navalmoral

el mariscal Ney, y Soult desde el Gordo había destacado caballería

camino de Talavera para ponerse en comunicación con Victor, de vuelta

ya este el 6 en aquella villa. Así todas las tropas francesas podían

ahora darse la mano y obrar de acuerdo.

[Sidenote: Paso del Arzobispo por los franceses.]

Reconcentráronse pues para forzar el paso del Arzobispo el quinto

y segundo cuerpo, al tiempo que Victor por el puente de tablas de

Talavera debía llamar la atención de los españoles, y aun acometerlos

siguiendo la izquierda del Tajo. A las dos de la tarde del 8

formalizaron los franceses su ataque contra el paso del Arzobispo;

dirigíalo el mariscal Mortier. El calor del día y el descuido propio de

ejércitos mal disciplinados hizo que no hubiese de nuestra parte gran

vigilancia, por lo cual en tanto que los enemigos embestían el puente

cruzaron descansadamente un vado 800 caballos suyos, guiados por el

general Caulincourt, quedando unos 6000 al otro lado prontos a ejecutar

lo mismo. Procuraron los españoles impedir el paso del Arzobispo

abriendo un fuego muy vivo de artillería, ajenos de que Caulincourt,

pasando el vado acometería, como lo hizo, por la espalda. Solo había en

el puente 300 húsares del regimiento de Extremadura que contuvieron

largo rato los ímpetus de los jinetes enemigos, a quienes hubiera

costado caro su arrojo si Alburquerque hubiese llegado a tiempo. Pero

los caballos de este, desensillados y sin bridas, tardaron en prepararse,

acudiendo después atropelladamente, con cuya detención y falta de orden

diose lugar a que vadease el río toda la caballería francesa, que

ayudada de algunos infantes desconcertó a nuestra gente, de la cual

parte tiró a Guadalupe y parte a Valdelacasa, perdiéndose cañones y

equipajes.

Afortunadamente, no prosiguieron los enemigos más adelante, dirigiendo

sus fuerzas a otros puntos, por lo que los aliados pudieron mantenerse

tranquilos; los ingleses sobre la izquierda hacia Almaraz con su

cuartel general en Jaraicejo, los españoles sobre la derecha con el

suyo en Deleitosa, atentos también a proteger la posición de Mesas de

Ibor. [Sidenote: Deja Cuesta el mando. Sucédele Eguía.] Don Gregorio

de la Cuesta, abrumado con los años, sinsabores e incomodidades de

la campaña, hizo dimisión del mando el 12 de agosto, sucediéndole

interinamente, y después en propiedad, Don Francisco de Eguía.

[Sidenote: Nuevas disposiciones de los franceses.]

Puestos los aliados a la orilla izquierda del Tajo, y temiendo José

movimientos en Castilla la Vieja, cuyas guarniciones estaban faltas de

gente, determinó, siguiendo el parecer de Ney, suspender las operaciones

del lado de Extremadura. Así lo tenía igualmente insinuado Napoleón

desde Schönbrunn con fecha de 29 de julio, desaprobando que se

empeñasen acciones importantes hasta tanto que llegasen a España nuevos

refuerzos que se disponía a enviar del norte. Conforme a la resolución

de José, situose Soult en Plasencia, reemplazó en Talavera al cuerpo de

Victor el de Mortier, y retrocedió con el suyo a Salamanca el mariscal

Ney.

[Sidenote: Encuéntranse Wilson y Ney en el puerto de Baños.]

Caminaba el último tranquilamente a su destino sin pensar en enemigos,

cuando de repente tropezó en el puerto de Baños con obstinada

resistencia. Causábala Sir Roberto Wilson, quien, abandonado, y

estando el 4 de agosto en Velada sin noticia del paradero de los

aliados, repasó el Tiétar, y atravesando acelerada e intrépidamente

las sierras que parten términos con las provincias de Ávila y

Salamanca, fue a caer a Béjar por sitios solitarios y fragosos. Desde

allí, queriendo incorporarse con los aliados, contramarchó hacia

Plasencia por el puerto de Baños, a la propia sazón que el mariscal

Ney revolvía sobre Salamanca. La fuerza de Wilson, de 4000 hombres, la

componían portugueses y españoles. Dos batallones de estos, avanzados

en Aldeanueva, defendieron a palmos el terreno hasta la altura del

desfiladero, en donde se alojaban los portugueses. Sostúvose Wilson

en aquel punto durante horas, y no cedió sino a la superioridad del

número: según la relación de tan digno jefe, sus soldados se portaron

con el mayor brío, y al retirarse, los hubo que respondiendo a

fusilazos a la intimación del enemigo de rendirse, se abrieron paso

valerosamente.

[Sidenote: Extorsiones del ejército de Soult.]

El cuerpo del mariscal Soult mientras permaneció en tierra de

Plasencia, acostumbrado a vivir de rapiña, taló campos, quemó pueblos,

y cometió todo género de excesos. Al obispo de Coria Don Juan Álvarez

de Castro, anciano de ochenta y cinco años, [Sidenote: Muerte violenta

del obispo de Coria.] postrado en una cama, sacáronle de ella

violentamente merodeadores franceses, y sin piedad le arcabucearon.

Parecida atrocidad cometieron con otros pacíficos y honrados ciudadanos.

[Sidenote: Ejército de Venegas.]

En tanto, José pensó en hacer frente al general Venegas, que por su

parte había puesto en gran cuidado a la corte intrusa adelantándose al

Tajo en 23 de julio, al tiempo que el general Sebastiani retrocedió

a Toledo. Era el ejército de Don Francisco Venegas de los mejor

acondicionados de España, y sobresalían sus jefes entre los más

señalados. Estaba distribuido en cinco divisiones que regían: la

primera Don Luis Lacy; la segunda Don Gaspar Vigodet; la tercera Don

Pedro Agustín Girón; la cuarta Don Francisco González Castejón, y la

quinta Don Tomás de Zeráin. Gobernaba la caballería el marqués de Gelo.

Ya hablamos de su fuerza total.

[Sidenote: Su marcha.]

El 27 de julio dispuso el general Venegas que la primera división

pasase a Mora, cayendo sobre Toledo, al paso que él se trasladaba a

Tembleque con la cuarta y quinta, y avanzaban a Ocaña la segunda y

tercera. Ejecutose la operación, yendo hasta Aranjuez en la mañana del

29. Un destacamento de 400 hombres, mandados por el coronel Don Felipe

Lacorte, se extendió a la cuesta de la Reina, en donde dispersó tropas

del enemigo y les cogió varios prisioneros.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5) · 第 3 / 35 段