Paz y su novio convinieron, al separarse, en que ella no escribiría
hasta recibir carta de él, y que luego ambos menudearían las sucesivas
cuanto les fuera posible; pero desde el instante en que ella se juzgó
traicionada, hizo firme propósito de no escribirle una sola vez. Su
primera impresión fue una pena tan grande y convicción tan honda de
haber sido juguete de un capricho, que consideró inútil todo esfuerzo y
baldía toda tentativa para recobrar el bien perdido: después, a las
lágrimas de la decepción sucedieron las quejas de la vanidad
mortificada; se agriaron los celos y pretendió olvidarle. No hubo
sensación triste que no experimentara: lo único que no sintió fue
arrepentimiento de haberle concedido su cariño, porque la gratitud a las
delicias gozadas pudo más que el rencor a la ofensa recibida. En cuanto
a reconquistar la posesión de Pepe, lo supuso imposible: llegó a creer
que aquella disparidad de fortuna, tantas veces temida, era la causa
verdadera del mal. La desdicha le parecía irremediable; lo sólo que
debía procurar era prescindir de su amor, sofocándolo como a sentimiento
réprobo, cuya vida ha de ser toda maldición y pena.
Según fueron llegando a sus manos las primeras cartas de Pepe, las rasgó
con ira, sin leerlas; pero en vez de tirarlos, guardó los pedazos en el
cajón de un mueblecillo. Pasaron muchos días, recibió otras e hizo lo
propio, sin contestar a ninguna: mas la violencia que esta entereza le
costaba iba poco a poco aumentando. En vano se había condenado
voluntariamente a no saber de él: rompía las cartas, pero no lograba
acallar los antojos de su fantasía. Aquellos trozos de papel, ilegibles
y estrujados con rabia, tenían una fuerza incontrastable: decían que
Pepe vivía y se acordaba de ella. Tal era el estado de su ánimo cuando
cesó de tener cartas. Dudó primero de la discreción del aya, que era la
encargada de recibirlas, y luego pensó que Pepe enmudecía, cansado de no
obtener respuestas; mas pronto supo con temor que el silencio de su
amante no obedecía a ninguna de estas causas.
En los periódicos y partes oficiales dejó de citarse el batallón a que
pertenecía Pepe, porque se ignoraba el paradero de aquél y de otros
cuerpos, sabiéndose únicamente que estaba verificando una marcha penosa
y arriesgada, que terminaría en un combate, cuyo objeto sólo conocía el
general en jefe. Cinco días duró aquella incertidumbre. Entonces apreció
Paz lo que quería a Pepe. Mientras supo que vivía, tuvo firmeza y amor
propio: cuando las circunstancias la hicieron comprender que estaba en
peligro, su pasión despertó, sin sentimiento rencoroso que la
desvirtuase ni nube que la empañara. Cada día que pasaba, cada periódico
que llegaba a sus manos sin decirla nada de aquella marcha, que fue
célebre en la historia de la guerra civil, la sumían en mayor
abatimiento. No dejó de pensar en él, ni la asistieron fuerzas para
engañarse mintiendo que tenía sobre sí imperio para olvidarle. Su
imaginación le buscaba unas veces con la rabia de los celos, otras con
la amargura del despecho, ya saboreando la memoria recuerdos de promesas
dulcísimas, ya pagando a la esperanza muerta el inapreciable tributo de
sus lágrimas. Los primeros diálogos que con _él_ sostuvo, aquella
incertidumbre deliciosa de aguardar a que hablase, estando segura de lo
que había de decir, la sincera vehemencia con que pintaba su cariño, y
el tono suplicante con que la pedía constancia, persistían en ocupar su
pensamiento y llenar su alma, como aves que se resistieran a volar lejos
de la fronda en que nacieron.
La impaciencia de Paz se trocó en terror cuando, al terminar la semana y
sin que ella recibiera carta, se supo en Madrid que la marcha de campaña
se había verificado y que las tropas, al dar batalla, habían sufrido
numerosas bajas. Se enteró de lo ocurrido por un periódico de la tarde,
a hora que era ocioso intentar nada; pero aquella noche, entre la
angustia del insomnio y el dolor de la desesperación, decidió averiguar
lo que pudiese, sin que la detuvieran miramiento alguno ni resto de
vanidad ofendida. ¿Qué medio emplearía? Cualquiera: el más rápido sería
el mejor. Se le ocurrió ir a ver al padre de Pepe, y fue, llevada por su
amorosa inquietud, lo mismo que hubiera sido capaz de ir al sitio mejor
guardado o al lugar donde más arriesgara su decoro.
A la mañana siguiente, no tan temprano como quisiera su impaciencia, se
apeó de la berlina cerca de la calle de los Estudios y, en compañía del
aya, que ya estaba domesticada y dócil, se dirigió hacia la calle de la
Pasión. No necesitó que nadie la indicara el camino, ni tuvo que
esforzarse por hacer memoria de dónde estaba la casa que iba buscando.
Bajaron por la izquierda de la Ribera de Curtidores; al llegar frente al
sitio en que tiempo atrás vio salir a Pepe de casa de Engracia sintió el
rostro abrasado por una llamarada de vergüenza; pero ni acortó el paso,
ni pensó retroceder.
--Aquí es, y ¡no hay portería!--dijo al torcer la esquina de la calle de
la Pasión, entrando en seguida en el portal empedrado con cantos, y
cuyas paredes estaban llenas de monigotes pintados con carbón por los
chicos.
--¿Qué ha de haber, señorita? en el patio nos darán razón.
Adelantose el aya, siguiola Paz y penetraron ambas en el patio, que era
de los que tienen corredores con puertas numeradas.
En uno de los ángulos había un pozo, junto al cual, sin miedo al sol que
la hostigaba con su seco ardor, estaba una muchacha jabonando ropa
blanca en una artesa, remangados los brazos y con la falda de percal
sujeta entre las piernas. Era alta y airosa; su pecho juvenil y fuerte
temblaba a cada movimiento; el traje era humilde, pero el peinado
primoroso, y entre los undosos rizos del moño tenía prendidos al
desgaire cuatro o seis clavelillos de los que adornan los puestos de
las verbenas. A su lado, y gateando sobre un trozo de estera, había un
niño que se entretenía en manotear contra las prendas ya retorcidas que
ella dejaba caer en un barreño. Paz la había visto una sola vez de lejos
y teniendo los ojos nublados por las lágrimas; pero la conoció en
seguida: era Engracia. El aya lo examinaba todo con miradas
despreciativas; Paz estuvo a punto de volver pies atrás; mas dominando
de pronto la repulsión que sentía hacia _la otra_, preguntó, apartando
del chiquitín las miradas:
--¿Hace Vd. el favor de decirme cuál es el cuarto del Sr. Resmilla?
--En mi casa, _prencipal_ núm. 2,... pero no se le _pué_ ver.
--Lo siento; deseaba hablarle... y tal vez no me sea fácil volver.
--Pues ese señor está malo, _mu_ malo, y pasa las noches rabiando, y
hasta que es de día no descansa. Ya ve Vd., ¡me bajo yo el _arrapiezo
pá_ que no alborote!... Si _quiusté_ algún _recao_...
No había contado con aquello. Hablar al padre del hombre que la engañó,
no era humillación: conversar con Engracia, le parecía insufrible
martirio. El ansia por saber de Pepe pudo al fin más que el amor
propio, y pensó que la escena no podía prolongarse arriba de unos
minutos.
--Ese caballero tiene un hijo que está en el Norte, ¿verdad?... ¿Sabe
Vd. si se han recibido noticias suyas?
--Sí señora, esta mañana precisamente: como que _aluego_ de recibir la
carta se quedó don José más tranquilo que está esa criatura. El señorito
Pepe está sano y salvo en un pueblo que lo llaman... Astirraga, Gorri...
Garri... vamos, no me acuerdo; uno de esos pueblos de nombre _enrevesao_
que dicen que los bautizó el diablo estando borracho.
--De modo--añadió Paz, sin poder disimular la emoción--que es seguro;
¿está bueno?
--¿No le digo a Vd. que ha escrito él mismo?
--Mil gracias, joven... ya volveré.
Dejó Engracia caer sobre la artesa la tabla, por cuyas ranuras
diagonales resbalaban las irisadas burbujas del jabón, y secándose las
manos con el delantal, dijo a Paz, que ya se dirigía hacia el pasillo
del portal:
--Oiga Vd., señorita: usted _desimule_; _aunque sea mal preguntao_, ¿es
Vd. la señorita Paz, la novia del señorito Pepe?
--Sí--contestó secamente, evitando mirarla cara a cara.
Entonces Engracia, dando a sus palabras franca expresión de simpatía,
exclamó, con asombro de Paz:
--¡Vaya, vaya!... ¡sea por muchos años! ¡ahora comprendo yo que esté el
señor Pepe tan _chalao_!... ¡Y que no tenía yo pocas ganas de conocerla
a Vd! También la digo a usted que se _pué_ Vd. presentar donde las
_haiga_ guapas.
Paz, sin acertar a comprender cómo aquella mujer la hablaba de tal modo,
repuso, echando a andar y con creciente aspereza.
--Quede Vd. con Dios.
La otra, muy ofendida, se plantó en la salida del patio, cortándola el
paso, al par que la decía, con desparpajo y retintín:
--¡Oiga Vd., señorita! ¿qué es lo que se ha _figurao_ Vd.? Yo no soy
_denguna_ fregona, ¿está Vd.? Soy la Engracia. ¿Conque se _arranca_, Vd.
a venir a preguntar por el novio, y _aluego tié_ Vd. a menos hablar
conmigo?
Paz no se atrevía a responder, temerosa de un escándalo en tal sitio y
por semejante ocasión: Engracia, sin permitirla avanzar, continuó:
--¿Habrá Vd. creído que era la _criá_? Pues no señora... Don José y su
novio de Vd. me tratan de igual a igual, y su novio de Vd. y mi Millán
se llaman de tú... Conque, menos humos. _Entavía_, ¡bestia de mí!
estaba yo adulándola a _usté_ el oído. ¡Vaya Vd. mucho con Dios, doña
_Ínsulas_!
Las palabras de Engracia llenaron a Paz de confusión, y además adivinó
que no estaba la razón de su parte. Aquella mujer la suponía en amores
con Pepe, y lejos de mostrarla enojo, la recibía bien; hasta elogiaba su
hermosura...; hablaba de otro hombre y decía orgullosamente _mi Millán_.
¿Qué era aquello?
--No se esté Vd. aquí, _señorita_, que se le van a manchar las
_naguas_...
Paz careció de sangre fría para marcharse sin salir de dudas: su calma
no podía confundirse con la indiferencia.
--Pero Vd. ¿no es Engracia... la...?
--¡Atrévase Vd!... la querida de Millán. ¿Era eso lo que quería Vd.
decir? Pues a mucha honra, que me está sirviendo de padre a mi chico.
--¿Luego ese niño?...
--No es de Millán, sino mío y de mi difunto, que por allá nos aguarde
muchos años. _¡Andá_, si no fuera por Millán, ya habíamos _reventao_ yo
y el chico, como la Real Trinidad!
--¿De modo que Vd. con quien tiene amores es con ese Millán?
--¿Pues qué se _la_ había _figurao_ a Vd.?
La actitud de Engracia no pudo ser más expresiva: Paz, segura de que el
exacerbar su ira atraería sobre ella una explosión de injurias, acaso
justas, comprendió que el único medio de cortar aquella escena y salir
al mismo tiempo de dudas era hablar clara y lealmente. Apartose del aya,
condujo a Engracia unos cuantos pasos hacia el fondo del patio, y allí,
con el llanto asomado a los ojos y la voz alterada por la turbación, la
refirió en pocas palabras la causa de su enojo. Cinco minutos de diálogo
bastaron para que variase de expresión el rostro de la desenfadada
chula, que al oír el nombro de Tirso exclamó:
--¡Ave María Purísima! ¿Es decir que Vd. ha _venío_ aquí creyendo que yo
estaba _liá_ con el señorito Pepe?
Paz, con las mejillas arreboladas por la vergüenza, respondió
tímidamente.
--¡Sí! ¡No sabe Vd. lo que he sufrido!
--¡Ya lo creo!... Pues hija, que se le quite a Vd. eso de la cabeza.
--¿Me dispensa Vd., verdad? ¿Me deja usted que bese al niño?
--¡No eches tierra en la ropa, _condenao_! Ven aquí, que te va a dar un
_chichi_ esta señora. ¡Ay hija!--añadió, encarándose con
Paz--desengáñese Vd., cuando una quiere a un hombre, no hay señorío que
valga, _toas semos_ iguales.
_(El aya aparte)_.--¡Válgame Dios, lo que son las señoritas del día!
Paz salió de allí con el alma henchida de gozo. En su corazón había
renacido la dicha pujante y vigorosa, como agua de manantial comprimido
que redobla su violencia al cesar la fuerza que lo sofoca. Tuvo impulsos
de quitarse de las orejas los ricos pendientes que lucía y regalárselos
a Engracia, pero le parecieron pobrísima ofrenda para pagar tanta
felicidad.
Aquella misma tarde escribió a Pepe una carta muy larga en que,
pidiéndole perdón, le enviaba mil besos y le hacía mil promesas.