_Comandancia general de Guipúzcoa._--Como comandante general de esta
provincia, nombrado por S. M. Don Carlos VII de Borbón y de Este (Q. D.
G.); teniendo que emprender un movimiento general que libre a España de
la esclavitud en que la tiene un extranjero, hijo del carcelero del
Papa, el inmortal Pío IX:
Considerando que la circulación de los trenes y las comunicaciones
telegráficas son el arma más poderosa con que un _ateo_ gobierno cuenta,
he creído conveniente ordenar lo siguiente:
Artículo 1.º A las seis horas de recibir esta mi comunicación, deberán
quedar desocupadas y cerradas todas las dependencias de la vía que están
a su cargo.
Art. 2.º Pasadas las seis horas, serán hostilizados todos los
maquinistas que conduzcan trenes y fusilados todos los empleados que
sean aprehendidos en el servicio de la vía férrea, previa identificación
de sus personas, convicción de la falta de cumplimiento a esta mi orden
y después de recibir los auxilios espirituales.
Art. 3.º Trascurridas las seis horas, principiará el deterioro en la
vía, cuya indemnización jamás podrá tener la empresa derecho a reclamar.
El que sea católico español ante todo, obedezca mis órdenes, si es que
ama a su patria y no desea sumergir en llanto y luto a su familia y a
las de sus dependientes.--Lo que comunico a Vd. para su conocimiento y
demás exacto cumplimiento. Dios guarde a Vd. muchos años. Campo del
Honor 6 de Enero de 1873.--El Brigadier comandante general de la
provincia, _Antonio Lizárraga y Esquirós_[1].»
[1]_Historia Contemporánea_, de Antonio Pirala.--Madrid, 1877.
* * * * *
Al despuntar la mañana, en una de las casas del pueblo se abrió el
portón del corral y, precedidos de una mujer, salieron al campo dos
soldados de infantería con el uniforme despedazado y sucio: uno de ellos
llevaba fusil, y el otro iba sin armamento. Llegaron la víspera, medio
aspeados y fugitivos del combate que se trabó en las cercanías, donde a
la entrada de un valle fueron sorprendidas y desbaratadas tres compañías
del ejército, y aquella mujer, movida de una conmiseración desusada en
las circunstancias por que atravesaba el país, les dio albergue durante
la noche; pero sabedora de que en otro pueblo no muy distante había
guarnición de tropa, les indicó de madrugada el camino que debían seguir
hasta incorporarse a ella. Cuando llamaron a su puerta maltrechos,
hambrientos y rendidos, les admitió a condición de que, para no
comprometerla, saldrían de su casa con el primer claror del día; así
que, al rayar el alba, ellos, sin esperar a que les llamase, se
levantaron del montón de hojas de maíz que les sirvió de cama y con rudo
lenguaje dieron gracias a su compasivo huésped, que les despidió
diciendo:
--Sois _guiris_: ¡no importa! Yo también _te_ tengo hijo, _pues_, con
general Andéchaga, valiente. ¡Dios proteja todos!
Indicoles en seguida de nuevo la dirección que habían de tomar, y ellos,
según el consejo recibido, anduvieron un buen trecho por la carretera, y
luego, al llegar a una bifurcación, torciendo hacia la izquierda, se
internaron por un camino vecinal.
--Por aquí debe de ser, Pateta--decía el más joven.--Esta es la casa
abandonada de que nos habló: adelante, todo derecho. Tres horas de
fatiga y estamos en salvo... por ahora.
El que así habló era un muchacho alto, moreno, nervudo y fuerte, con
tipo de castellano viejo. Tenía los pies doloridos y andaba penosamente.
Pateta estaba desconocido. El _gatera_ madrileño, de aspecto endeble, se
había robustecido con el aire del campo. Llevaba raído el uniforme,
sujetas las alpargatas una con cinta y otra con tomiza, y puesta sobre
el capote una manta de color indefinido, en cuyos pelos habían quedado
prendidas briznas del maíz seco sobre que pasó la noche.
--¡Trae el fusil, modrego, que no _pués_ con tu alma!--dijo de pronto a
su compañero, viéndole anhelante y fatigoso.
Habían llegado a un cerro desde donde se divisaba gran extensión de
tierra, cuando de pronto Pateta, extendiendo un brazo para señalar lo
que creía descubrir en una hondonada, a larga distancia, dijo, con el
rostro demudado:
--_¡Mecachis!_ chico, ¿qué es aquello?
--¡Gente!--repuso lívido el castellano viejo. Son dos a caballo y muchos
más a pie.
--¿Qué hacemos?
--Volver pies atrás. Mira, el camino sigue sin un marrano árbol y al
descubierto. Si nos ven, nos revientan. Correr lo que podamos, y esa
mujer nos esconderá... si no, ¡sea lo que Dios quiera!
Por entre barrizales y breñas, a campo traviesa y buscando las enramadas
para mejor ocultarse, desandaron en quince minutos el camino que habían
recorrido en media hora. Cuando jadeantes como perros llegaron al portón
del corral, la mujer que allí estaba partiendo leña, con solo mirarles
al rostro, adivinó lo que les había pasado. No salió fallida la
esperanza de Pateta. Un instante después él y su compañero estaban
ocultos en el anchuroso pajar, lleno de liazas, aperos de labranza y
montoncillos de semillas, que ocupaba toda la parte alta de la casa.
--¡Estamos en salvo!
--Gracias a que hemos venido por ahí detrás, que por la carretera ya nos
habían _atisbao_. ¿Cómo tienes las patas?
--Chico, ahora muy mal; pero mientras veníamos corriendo, casi no las
sentía.
Como la casa estaba situada a la entrada del pueblo y era de las más
altas, desde los ventanillos de ambos lados del pajar se veían, hacia
una parte la larga línea de la carretera, que iba a perderse en una
curva sombreada por robustos nogales, y en opuesta dirección la pequeña
esplanada que había ante las ruinas de la estación del ferrocarril.
Pateta miraba por uno de estos ventanucos, ocultándose tras unas ristras
de mazorcas que colgaban de la techumbre, y por otro su compañero, que
resguardaba el cuerpo con un haz de leña menuda.
--Venían hacia aquí, ¿verdad?
--¡Claro!
--Lo malo será si se detienen y se alojan.
Ninguno se atrevió a seguir haciendo conjeturas, seguros de que el
alojamiento de aquella partida en el lugar podía ser su perdición.
Cerca de una hora llevaban de angustiosa impaciencia, y ya iban con la
tardanza esperanzándose de que el grupo de gente armada hubiera tomado
otro camino, cuando Pateta lo vio aparecer en la curva de la carretera.
Delante venían tres hombres a caballo: dos con boina en la cabeza, el
tercero con gorra pellejera, y detrás de ellos, en confuso desorden,
hasta doscientos hombres, equipados diversamente, pero con buenas
armas, y el mayor número con boina blanca.
--Traen uno _cogido_. ¡Pobrecito!--dijo. Pateta, oprimiendo
maquinalmente el fusil.
--¡No seas bruto! ¡Si es inútil!--respondió su camarada, adivinándole
los pensamientos.
--No, si ya lo sé; pero me están saltando los dedos.
Detrás de los tres individuos que, montados en fuertes caballejos,
parecían jefes de la partida, venía maniatado a la espalda un hombre,
como de treinta años, de barba negra, muy moreno, con un pañuelo liado a
la cabeza y mal arropado con un capote pardo de los que usa el personal
subalterno de ferrocarriles. Era un telegrafista de la estación cercana.
--Es uno del tren.
--¡No chistes!
--¡Calla!--dijeron al par los dos soldados; y como en aquel momento la
gente de la partida pasaba ante la casa, Pateta cruzó de puntillas el
desván, yendo a colocarse junto al ventanuco del lado opuesto, que daba
frente a la vía férrea, atemorizado con el terror de lo que imaginaba.
En el instante de tender Pateta la mirada hacia la valla de la estación,
hacía allí alto la partida.
--_Pinchi_, ¡mira qué facha más rara _tién_ los _cabeciyas_!
Uno de los tres jefes les llamó en particular la atención. Era un hombre
alto, de color cetrino, facciones angulosas y barba negra muy cerrada. A
menor distancia, con seguridad Pateta le hubiera conocido en seguida.
Llevaba gorra pellejera, larga chaqueta azamarrada con grasientos
alamares negros, pantalón de pana y botas blancas de montar, con recias
espuelas de hierro; pendiente del cinto un sable, y entre los pliegues
de la faja morada y burda asomaba la culatilla de un revolver de
reglamento. Ni en las mangas del chaquetón ni en parte alguna del traje
usaba el menor distintivo; pero, en cambio, su caballo era la mejor de
las tres bestias. A juzgar por los ademanes que hacía y la respetuosa
atención con que los otros le escuchaban, debía ser el que acuadrillaba
la partida.
Lo que pasó luego fue horrible crueldad. El prisionero entró en la
caseta, custodiado por cuatro números, y tras él entraron los tres
hombres que iban mandando a los insurrectos. Algunos campesinos y
labriegos del lugar, viejos en su mayor parte, que habían acudido por
curiosidad, fueron alejados con modales bruscos por la gente armada; y
como volviesen en mayor número, se dio orden de despejar la plazoleta.
Pasada media hora salieron los cabecillas, dejando al prisionero
encerrado y custodiado por los cuatro defensores del altar y el trono.
Los tres caudillos, alejándose a cierta distancia de sus subordinados,
conversaron breve rato: uno discutía acaloradamente, como quien defiende
su opinión con viveza; pero el de la zamarra y el otro, que debían estar
de acuerdo, se mostraban inflexibles. Pateta y el castellano viejo
temblaban, presintiendo que iban a presenciar algo espantoso. De pronto
el hombre que parecía compartir la opinión del jefe se apartó unos
cuantos pasos, dio orden de formar, mandó sacar el prisionero y dispuso
que, rodeado de un piquete, fuese conducido hasta los ruinosos y
calcinados paredones de la estación, junto a la valla en que estaba
fijado el bando prohibiendo la circulación de trenes. Allí, sin
desatarle las ligaduras de las manos, le hicieron arrimarse a la tapia:
el infeliz dijo algunas palabras, pero Pateta y su camarada no pudieron
oírle. Obedeciendo a las voces de mando que dio el oficial, avanzaron
cinco números y, colocados a unos cuantos pasos del desdichado, le
apuntaron dos a la cabeza y los tres restantes al pecho. Después, el
múltiple y desigual estampido de los disparos atronó el aire, y al
disiparse el humo de la descarga se vio el cuerpo inmóvil y tendido de
bruces en el suelo. La cal de la pared, ennegrecida por la humareda del
incendio, quedó jaspeada de manchas rojas, y rodeando al cadáver
apareció un charquillo de sangre, que la tierra empapó rápidamente, cual
si quisiera borrar el crimen de los hombres. En seguida el piquete se
alejó, dejando allí dos individuos, en tanto que otra pareja iba al
pueblo para ordenar que fuese sepultado el muerto. Lo que siguió ya no
pudieron verlo los del pajar.
La partida se dirigió a la iglesia del lugar, entrando en ella con
muestras de piadoso recogimiento. El jefe penetró por otra puerta en la
sacristía, habló con el cura, que se disponía a decir la misa que habían
de escuchar las pocas y madrugadoras mujeres que iban llegando, y con
palabras corteses le rogó que le dejara oficiar en lugar suyo. Pocos
minutos después se despojó de los arreos militares, púsose diciendo
latinajos las sagradas vestiduras, y con el cáliz entre las manos salió
a la pequeña nave, por cuyas ventanas penetraban el aire fresco de la
mañana, saturado de aromas campestres, y los rayos del sol, en que se
movían, como polvo de oro, los átomos inquietos. Un robusto mocetón, que
llevaba en el capote galones de cabo, ayudó a la celebración del santo
sacrificio. El cabecilla rezó la misa pausada y lentamente, con la
conciencia tranquila, sólo atento al sentido místico de las augustas
frases que sus labios saboreaban como un jugo espiritual al decir:
--_Judica me, Deus, et discerne causam meam_...
* * * * *
Al medio día la partida se alejó en la dirección marcada por el trazado
de la vía férrea. Llegada la noche, Pateta y su compañero huyeron por
los mismos senderos que a la mañana y con arreglo a las instrucciones de
su compasiva salvadora, que encarándose con el madrileño dijo:
--Si no escapas, _pues_, tirarte tiros _hasen_.
No tres, como ella les dijera, sino cinco horas anduvieron hasta llegar
de madrugada a un caserío donde, presentándose al jefe del destacamento
que lo ocupaba, contaron cuanto habían visto, aún grabada en sus rostros
la impresión de la angustia y el terror sufridos.