XXXVII

«Adorada Paz:

Por fin he recibido carta tuya. ¡Tantas promesas, tantas protestas, y

has podido creer que yo quería a otra mujer! Bien haces en pedirme

perdón. Otro día te hablaré de esto más despacio y te reñiré mucho:

ahora, al acabar de leer tus frases de arrepentimiento y cariño, no

tengo valor para hacerte sufrir. Lo principal es que eres mía y que ya

no dejarás nunca de serlo.

Ni yo, aunque lo pretendiera, podría darte idea de las penalidades que

aquí nos cercan, ni es fácil que las imagines. Las marchas y

contramarchas nos dejan tan rendidos, que casi nos parece preferible

entrar en acción a vagar por trochas y vericuetos. No sé qué es peor, si

ir perdiendo poco a poco la vida, destrozada por la fatiga y el

cansancio, o exponerse a que acabe todo de una vez. Si no fuera por tí y

por mi pobre padre, ¡cuántas veces me hubiese decidido a ser el primero

en un avance o el último en una retirada, para que me quitaran de en

medio! Tú y mi padre me sostenéis, para vosotros vivo: el pobre

viejecito necesita amparo; y contigo, ¡puedo ser tan feliz! No dejes de

escribirme detalladamente lo ocurrido; tengo ansia de saberlo; pero,

¿cómo diablos has podido suponer que yo te engañaba? Tu carta está

confusa, veo en ella mucho amor y mucho arrepentimiento, mas no me doy

cuenta de lo que ha sucedido. Explícamelo todo.

De mi padre sé que continúa lo mismo, y esta es la noticia menos mala de

las que me trae la última carta de Millán. De Leocadia, casi nada me

dice; pero de la ambigüedad de sus palabras infiero que, o está loca, o

ha perdido la vergüenza. Fácilmente comprenderás lo triste que será para

mí hablarte de esto; pero entre tú y yo no hay ya secretos. Mayor pena

me causa lo que me dice de mamá. Ignoro si Millán exagerará algo las

tintas del cuadro, para que yo no abrigue esperanza y vaya

acostumbrándome a la realidad; pero me parece absurdo lo que está

pasando. Dice Millán que al otro día de salir yo de Madrid la mandó

recado al convento, participándola dónde estaba mi padre, por si quería

ir a verle, añadiendo que el pobre no hacía más que preguntar por ella:

mamá repuso que ya se había curado de _cosas terrenales_ y que no tenía

más familia que Cristo y su divina Madre, pero que no se olvidaría de

nosotros en sus oraciones. Ni preguntó cómo seguía papá, ni qué

medicinas tomaba; en fin, nada. Añade Millán que ha enflaquecido mucho y

que está muy desmejorada. ¡Pobre madre mía! No me hago ilusiones; no

abrigo la menor esperanza de que llegue el caso: pero, si fuera preciso;

si a mi madre la tocara Dios en el corazón y resolviera volver al lado

de mi padre, te ruego, por las promesas que me has hecho y por lo que

más quieras en el mundo, que la prestes ayuda, que la ampares y la

protejas. Basta de esto: se me oprime el corazón como si me lo

estrujaran. De mi hermano no sé una palabra: ignoro por completo su

paradero.

¿A quién dirás que tuve el alegrón de abrazar ayer? A nuestro cartero;

al fiel y nunca bien alabado Pateta, que está hecho un veterano. Dos

días ha andado perdido por los montes, con otro compañero, después de

ser sorprendido y derrotado el destacamento de que formaba parte.

Cuentan cosas horribles. Desde el pajar de una casa, donde les escondió

una buena mujer, vieron fusilar a un telegrafista. ¡Figúrate la

impresión que sufrirían! Crueldades tan inútiles y sanguinarias como

ésta, se cometen aquí muchas: en Madrid no tenéis idea de lo que es la

guerra.

No creo que este ejército pueda tener grandes descalabros; pero lo que

está sucediendo en otras partes, causa en nuestras filas un efecto

tristísimo. El triunfo de Oristá, la victoria obtenida por Savalls en

San Quintín de Besora, la muerte de Cabrinety, la toma de Igualada y el

desastre de Albiol, en que nuestros prisioneros perecieron, muertos a

bayonetazos, han envalentonado mucho al enemigo. Lo más irritante es que

la guerra va tomando un carácter de ferocidad que espanta. Hay

guerrilleros que entran a saco en los pueblos como en los tiempos

bárbaros; que incendian, ultrajan a las mujeres y martirizan a los

niños: uno ha rematado a los heridos con picos y azadas, y otro ha

mandado arrancar a los jefes prisioneros tiras de carne en los brazos,

simulando los galones del grado que tenían en el ejército. Asombra el

número de curas que, hechos fieras, recorren los campos: los hay

agregados a cuerpos o divisiones bien organizadas, y otros que, sin

reconocer jefatura, van por donde quieren, cometiendo fechorías.

Ahora dicen que anda por estos contornos una partida con un cabecilla al

frente, también cura, que acaso sea el autor del fusilamiento

presenciado por Pateta. Si le pillamos, se divierte.

Basta de carta; no tengo tiempo para más. Escríbeme siempre que puedas y

dime de mil maneras que me quieres: la última será la que me parezca más

grata. Yo no dejo de pensar en tí, y si no me llamaras romántico, te

diría que con tu amor llevo en el alma un amuleto. No tengo miedo a

perderte. Hasta tu nombre me parece de buen agüero, y pienso, _Paz_ de

mi vida, que por tí se está batiendo media España. Pese a quien pese,

serás mía. Adiós y recibe el cariño de tu amantísimo,

El enemigo · 第 44 / 47 题