XXXV

Sobre los campos, devastados por la guerra, comenzó a brillar la luz de

un nuevo día: hacia la parte de Levante el aire se arreboló cual si la

atmósfera se incendiara, y las estrellas, ofuscadas por el sol, se

borraron del cielo. En torno de Ayartiaga no se oía más que el

estridente rodar de alguna carreta mal engrasada y el apacible silbo del

viento, que se complacía en cimbrear suavemente las cañas de los

maizales, fingiendo oleadas entre el verdor de los cerros. El pueblo,

formado por dos líneas de pobrísimas casas tendidas a lo largo de la

carretera, no había despertado aún. La iglesia, que apartándose del

trato de las gentes se elevaba a corta distancia del camino, estaba

cerrada, y en torno de la cruz que servía de coronamiento a su veleta

revoloteaba una bandada de pájaros. En el camino, húmedo y barroso por

la lluvia tenaz que cayera dos días antes, se veían innumerables huellas

de herraduras y de pesadas llantas. A la entrada del lugar, algunas

tapias medio derruidas y varias fachadas conservaban señales de

balazos: en un cerro cercano se divisaba tierra removida, piedras

hacinadas como para formar parapeto, restos de una cureña rota, varios

radios de una rueda quemada en una hoguera, cuyas cenizas aún no había

esparcido el viento, y un par de sacos, acaso olvidados en la fuga. El

lodo, apenas endurecido, estaba lleno de pisadas, y un frondoso grupo de

castaños que había en la falda del montículo tenía, a trechos, rotos y

astillados los troncos, en torno de los cuales caían desgajadas algunas

ramas con las hojas ya mustias. A dos kilómetros de las primeras casas

del pueblo, una serie de montones de escombros indicaba el lugar donde

estuvo la estación del ferrocarril. No se veían en derredor más que

maderas carbonizadas, herrajes retorcidos por el fuego y planchas de

zinc medio roídas por las llamas: una fila de piedras blancas, fijas en

el suelo, designaba el trazado del andén, y los huecos de los durmientes

y traviesas arrancados marcaban el trayecto de la vía. De las oficinas y

almacenes no se conservaban en pie sino un piso casi derrumbado y

algunas paredes ennegrecidas, en una de las cuales habían quedado

intactos dos o tres cuadritos, con fotografías malas, y un impreso en

papel amarillo, con las horas de entrada y salida de los trenes. Junto a

la valla que cercaba el perímetro de la estación había una casucha,

destinada a cantina, sin el menor deterioro, quizá por ser propiedad de

un realista: tenía la puerta cerrada y, sobre ella, se veía este bando

allí pegado algún tiempo atrás, manuscrito, con la tinta corrida y el

papel humedecido por los aguaceros:

El enemigo · 第 41 / 47 题