Sobre los campos, devastados por la guerra, comenzó a brillar la luz de
un nuevo día: hacia la parte de Levante el aire se arreboló cual si la
atmósfera se incendiara, y las estrellas, ofuscadas por el sol, se
borraron del cielo. En torno de Ayartiaga no se oía más que el
estridente rodar de alguna carreta mal engrasada y el apacible silbo del
viento, que se complacía en cimbrear suavemente las cañas de los
maizales, fingiendo oleadas entre el verdor de los cerros. El pueblo,
formado por dos líneas de pobrísimas casas tendidas a lo largo de la
carretera, no había despertado aún. La iglesia, que apartándose del
trato de las gentes se elevaba a corta distancia del camino, estaba
cerrada, y en torno de la cruz que servía de coronamiento a su veleta
revoloteaba una bandada de pájaros. En el camino, húmedo y barroso por
la lluvia tenaz que cayera dos días antes, se veían innumerables huellas
de herraduras y de pesadas llantas. A la entrada del lugar, algunas
tapias medio derruidas y varias fachadas conservaban señales de
balazos: en un cerro cercano se divisaba tierra removida, piedras
hacinadas como para formar parapeto, restos de una cureña rota, varios
radios de una rueda quemada en una hoguera, cuyas cenizas aún no había
esparcido el viento, y un par de sacos, acaso olvidados en la fuga. El
lodo, apenas endurecido, estaba lleno de pisadas, y un frondoso grupo de
castaños que había en la falda del montículo tenía, a trechos, rotos y
astillados los troncos, en torno de los cuales caían desgajadas algunas
ramas con las hojas ya mustias. A dos kilómetros de las primeras casas
del pueblo, una serie de montones de escombros indicaba el lugar donde
estuvo la estación del ferrocarril. No se veían en derredor más que
maderas carbonizadas, herrajes retorcidos por el fuego y planchas de
zinc medio roídas por las llamas: una fila de piedras blancas, fijas en
el suelo, designaba el trazado del andén, y los huecos de los durmientes
y traviesas arrancados marcaban el trayecto de la vía. De las oficinas y
almacenes no se conservaban en pie sino un piso casi derrumbado y
algunas paredes ennegrecidas, en una de las cuales habían quedado
intactos dos o tres cuadritos, con fotografías malas, y un impreso en
papel amarillo, con las horas de entrada y salida de los trenes. Junto a
la valla que cercaba el perímetro de la estación había una casucha,
destinada a cantina, sin el menor deterioro, quizá por ser propiedad de
un realista: tenía la puerta cerrada y, sobre ella, se veía este bando
allí pegado algún tiempo atrás, manuscrito, con la tinta corrida y el
papel humedecido por los aguaceros: