Había trascurrido un mes desde que salió Pepe de Madrid. Engracia,
conocedora de la estrecha amistad que existía entre él y su amante,
cuidaba cariñosamente a don José, quien viéndose bien atendido se
acordaba poco de los suyos. En la _Limosna de la luz_, doña Manuela fue
ascendida de vigilanta a inspectora, gozando más sueldo y mejor
habitación en el domicilio de la hermandad, y a Leocadia se le adjudicó
la plaza que dejó vacante su madre, favores que ambas recibieron de la
Condesa de Astorgüela, cada día más esperanzada en el éxito de la misión
que confió a Tirso. Éste, lejos de hallar atractivo en la vida
cortesana, iba sintiendo hastío de ocuparse en empresas inferiores a las
que soñó su entusiasmo. Enviado a Madrid como agente de los elementos
que impulsaban la guerra civil--causa que le parecía justísima--cumplió
su misión y recibió orden de esperar: luego, por procurarse recursos, y
al propio tiempo por deseo de contribuir de algún modo al triunfo de
sus ideas, pronunció sermones que le dieron cierta notoriedad y admitió
el cargo que disfrutaba en las _Hijas de la Salve_; pero ni bastaban a
satisfacerle los elogios de las sacristías, ni le sonreía la idea de
haber dejado su curato para ser capellán de monjas. Todo aquello le
parecía mezquino; no había él salido de su retiro para tan miserables
empeños. En un principio le preocupó bastante la impiedad que devoraba a
su familia, pero este mal estaba ya conjurado en gran parte. Respecto a
la negociación que le confió la de Astorgüela, también imaginaba haber
conseguido lo principal, que era provocar el apartamiento entre Paz y su
novio: el resto, otro lo haría. La estancia en Madrid comenzaba a serle
desagradable, pues nunca imaginó servir a la buena causa en pequeñeces y
menudencias, sino en lo más importante y principal, que era agotar todos
los medios capaces de levantar el país contra los gobiernos
revolucionarios, perseguidores de la Iglesia. En tal disposición de
ánimo se hallaba cuando le mandó llamar la de Astorgüela y, recibiéndole
en la misma habitación que la vez primera, celebró con él una
entrevista, en que acaso se dibujaron dos tendencias de un mismo partido
y en que Tirso halló ocasión de manifestar brava y noblemente sus
ideas.
La de Astorgüela, sentada en una gran butaca, vestida con severa
sencillez y expresándose siempre con dulzona amabilidad, recordaba algo
las figuras de aquellas mujeres influyentes en la política francesa del
siglo XVII de quienes cuentan raras cosas las crónicas: diríase la
querida de un cardenal recibiendo a un clérigo provinciano. Tirso estaba
menos cohibido ante ella que en su primera visita, porque ya se habían
hablado algunas veces en las juntas de la hermandad.
--¿Sigue Vd. contento en Madrid?--le preguntó la Condesa, indicándole
que tomara asiento.
--Trabajo no falta, y algo me distrae; pero mi situación va siendo
anómala, y esto me desagrada bastante.
--Estamos, sin embargo, muy satisfechos de Vd.
Aquél _estamos_ sonó mal en los oídos de Tirso: juzgaba que la debía
agradecimiento por el apoyo que le dispensó; pero fuera de lo referente
a la hermandad, no reconocía en ella autoridad para aprobar o condenar
sus actos, molestándole lo que alardeaba de su influencia en asuntos
políticos que se rozaban con la Iglesia.
--Pues, señora, en realidad no tengo grandes motivos para estar
contento, aparte las atenciones que he merecido de Vd. Yo vine a Madrid
para una cosa... y estoy sirviendo para otra. Llegué aquí con una misión
delicada... honrosa por el peligro que entrañaba... y estoy casi
convertido en capellán de monjas. Harto sabe Vd. que mi propósito era
ayudar más eficazmente a lo que todos deseamos.
Ella entonces, por darle a entender que no fue llamado para manifestar
sus deseos, sino para cumplir los ajenos, varió el rumbo de la
conversación.
--He dicho a Vd. que su conducta merece elogio, y así es, efectivamente.
Según mis noticias--y ya sabe Vd. que todo lo _averiguamos_ cuando es
cosa de interés--la señorita de Ágreda ha reñido con su hermano de Vd.,
o mejor dicho; están en absoluto cortadas las relaciones entre ambos, y
esto a Vd. se le debe.
--Hice lo que pude, sin que me costara gran trabajo. Me bastó decirla
que Pepe frecuentaba la casa de otra mujer. Después, su propia
impaciencia... los celos hicieron lo demás. Debe ser una niña
nerviosa...
--Enamorada--le interrumpió la Condesa.--¡Pobre criatura, da
lástima!... Pero lo hecho no basta.
--Cuando pase más tiempo...
--Ni su padre, ni ninguno de los que la rodean, conoce la causa de su
abatimiento: creen que está enferma. Hay que apurar más las cosas, no
despreciar los momentos, influir en su ánimo. De lo contrario, puede
verificarse en ella una reacción y, cuando queramos acudir, tal vez sea
tarde.
--Yo no he vuelto a verla, ni hallo pretexto para ello.
--Hay que buscarlo; porque pasada esta primera impresión de amargura,
quizá sea difícil lo que pretendemos. Está muy triste, muy abatida, pero
no tiene trazas de pensar en religión ni en cosa que lo valga.
--Con el carácter de esa niña, considero expuesto a un fracaso todo lo
que sea querer precipitar los acontecimientos.
--Pues es preciso. Reflexione Vd. despacio sobre el asunto, que es de
gran importancia para _la casa_... y para Vd. Además; ese hermano, que
tan violentamente se ha portado con Vd....
En esto hizo el cura ademán de querer hablar; mas la Condesa,
acostumbrada al trato de gentes tan fanáticas como él, pero menos
honradas, cometió la imprudencia de completar su pensamiento,
diciéndole:
--Piense Vd. también un poco en su propio interés. El asunto es muy
importante para la hermandad, que tiene gran influencia; porque estos
revolucionarios son tontos. Sólo entre las colegiatas de León y Toledo
hay ahora cinco prebendas vacantes. ¡Imagine usted qué puesto tan
hermoso para trabajar en pro de lo que todos deseamos!
Altiveciose entonces Tirso, se puso en pie como si su asiento tuviera un
resorte que le impulsara y, ofendido, trémulo de ira y de vergüenza,
repuso, sin disimular el enojo:
--Señora, ni sabe Vd. lo que dice, ni a quién se lo dice. Yo no soy cura
cortesano, ni clérigo palaciego, ni he venido aquí para medrar de mala
manera...
--¡Señor Resmilla!
--¡Francamente, señora Condesa! No sirvo para tales cosas. Hasta me
arrepiento de lo que he hecho. Disponga Vd. de mi plaza de capellán para
los que aceptan tales ofertas. Aquí todo es mezquino. Estoy de estas
pequeñeces hasta por cima de los pelos. Daré por la fe hasta la última
gota de sangre; pero para pagarme no hay dinero... ¡Ni que me hicieran
Papa! Es cien veces más noble irse al campo a que le rompan a uno la
crisma.
La de Astorgüela, absorta y desconcertada, no desplegó los labios: Tirso
cogió su teja negra de la silla en que la había dejado y añadió
bruscamente:
--Adiós, señora.
Sólo al caer tras el cura el pesado cortinón que cubría la puerta de la
lujosa sala, se sobrepuso la dama a la sorpresa que le causó tamaño
arranque de honrado fanatismo.
--¡Bah! Es un puritano inútil. Otro lo hará...
* * * * *
Dentro de las veinticuatro horas siguientes, las _Hijas de la Salve_
supieron que el más moderno de sus capellanes se había marchado sin
despedirse de nadie, haciendo antes renuncia de la plaza que
desempeñaba. Doña Manuela y Leocadia fueron las últimas en enterarse de
lo ocurrido. La hermana portera no pudo decirlas sino que la víspera vio
hojear a Tirso un indicador de ferrocarriles; que, vestido de paisano,
salió en persona a buscar un coche de punto y que, ayudando al simón a
levantar su baúl, dijo:
--A la estación del Norte.