La mañana en que Paz creyó ver demostrada la infidelidad de su amante,
llegaron a Madrid noticias de lo mal qué iba la guerra para las armas
liberales. El gobierno, queriendo ocultarlo, publicó en la _Gaceta_ un
parte, que solamente hablaba de pequeñas partidas alzadas en Galicia;
pero los periódicos, suplementos y extraordinarios dieron la voz de
alarma; con lo cual la sorpresa de la corte fue tan grande como
inconcebible estaba siendo su apatía. Cuando la capital se enteró de
que los voluntarios del Pretendiente, organizados en divisiones y
cuerpos, podían hacer frente a las tropas, nadie dejó de convenir en que
era necesario hacer un esfuerzo supremo. En los casinos, cafés y clubs,
hasta en los corros de las calles se notó en el centro del día esa
efervescencia síntoma de la inquietud popular. Todo el mundo estuvo
conforme, se vociferó, se acusó de débil al gobierno, de carencia de
disciplina a los soldados, de falta de pericia a los jefes... y por la
tarde todo Madrid se fue a los toros.
* * * * *
Se lidian ocho del Duque en corrida de beneficencia. Hora y media antes
de la fiesta comienza a romperse la línea de vehículos tendida entre la
Puerta del Sol y las Calatravas. Los mayorales, que han pasado la mañana
reunidos en grupos, liada al braza la tralla, fumando y escupiendo por
el colmillo, mandan noramala a las desharrapadas mozuelas que, con el
décimo de la lotería en la mano y la hez del idioma en los labios, van
de uno en otro ávidas de piropos soeces; cada hombre se coloca en su
puesto, y empieza a oírse el grito tentador:
--¡Eh, arriba! ¡a la plaza!
Al principio los coches se llenan sin grandes apreturas, arrancan
primero los mejores, ómnibus enormes y seguros _breaks_ de forma
extranjera ya españolizados, con suertes del toreo pintadas en
portezuelas y cajas; después, a falta de los buenos, la gente toma por
asalto los que van quedando; jardineras con las ballestas rotas y mal
encordeladas, tartanas quebrantahuesos y ómnibus pequeños, de aquellos
viejos que años antes iban _a dos riales al patíbulo_, todos tirados por
mulas y caballos trasijados que ostentan en el pescuezo collarones a la
jerezana pagados con la escatima del pienso, sin que su pobre costillaje
ponga lástima en el corazón de la chulapería, ávida de empezar a
varazos.
--¡Eh, arriba, _cabayero_!
--¡Señorito, a la plaza!
Un poco más tarde llegan por las bocacalles y pasan rápidamente, tirados
por hermosos brutos, los carruajes de los ricos y sus parásitos,
mostrando la gente adinerada afán de imitar al pueblo en la manera de
vestir. Los hombres van de americana y pavero; las mujeres con flores
puestas en el pelo a lo gitana, luciendo unas la mantilla de blonda
blanca y otras la de casco de color con sedosos madroños negros, que
sombrean dulcemente la cara. Corren los simones, insultándose los
cocheros de pescante a pescante sobre cuál pugna por adelantarse, y a
las ventanillas asoman entre bocanadas de humo, ya el rostro moreno y
bigotudo del madrileño de los barrios bajos, ya la carnicera rumbosa
cargada de joyas anticuadas, que ciñe a sus hombros el rico pañolón de
colores brillantes. Al trote de un rocín miserable, y con el mono sabio
a la grupa, va el picador, cuyas formas atléticas contrastan con el tipo
enclenque de algún señorito que sirve de cochero a su lacayo; y en
potros inquietos que bracean con fuerza van el chalán que deja la bestia
en un merendero durante la corrida, y el alguacilillo vestido como los
que aborreció Quevedo. Entre los de a pie, que continuamente se desvían
de la acera para tomar corriendo los primeros ómnibus que vienen de
retorno, marchan confundidos el _gatera_ que con mil trabajos, ninguno
limpio, reunió el precio del tendido, el hortera _endomingado_, el
estudiantillo que parodia en el vestir al elegante rico, la modistilla
engalanada con el trabajo de sus manos, y algún que otro viejo ávido de
censurarlo todo echando de menos los calesines y las majas del tiempo
del _rey neto_. A pie van también la chula y su amante, ella orgullosa,
él celoso, haciendo ambos mutua ostentación de sus personas: el mozo
con calzado de lo fino, pantalón ajustado, pavero y chaquetilla de
pana: la chica con el cabello ensortijado, un peinecillo en cada rizo,
pañuelo de seda caído sobre la espalda porque no oculte lo primoroso del
peinado, y sobre los hombros el gran mantón de Manila que se empeña en
los apuros, y por entre cuyos largos flecos asoman a cada paso dé su
graciosísimo andar los bajos limpios y los pies chicos. Como ella lleva
los ojos lucientes de malicia y la boca rebosando picardía, los
señoritos la miran con codicia, y entonces el chulo, porque vean que la
muchacha es suya, la requiebra con insolencias que ella estima como
madrigales dulcísimos.
En _landó_ de alquiler va una familia extranjera mirando a todas partes
ansiosa de color local, armada de paraguas y gemelos; y en su
_victoria_, alta la frente y provocativa la mirada, descuella la
hermosura alquiladiza de alguna pecadora que, al sentarse en delantera
de grada, será acogida con expresivo vocerío. De pronto todos miran
hacia un mismo sitio. Entre el confuso tropel de carruajes pasa una
carretela donde lleva un matador a sus peones: en el pescante el criado
muestra con orgullo los estoques y el lío de capotes, los diestros
sonríen serenos, el sol arranca destellos a los bordados de las
chaquetillas, la escolta de granujas forcejea por subirse a la trasera,
y al desaparecer el coche deja tras sí un murmullo de admiración jamás
inspirada por los hombres que mejor sirvieron a la patria... Luego cesan
poco a poco el cascabeleo y los trallazos, hacia la Puerta de Alcalá se
divisa una larga fila de simones que vuelven con el _se alquila_ puesto,
y la calle recobra su aspecto normal. Al anochecer, la gente que sale de
la plaza marcha de prisa, como espoleada por el hambre, y hasta en los
barrios más apartados empieza a oírse el pregonar de los periódicos
taurinos, recién impresos y húmedos, que son un _mentís_ para quien
tache de poco activa a nuestra raza.
* * * * *
El mismo día y a igual hora, la calle de Atocha presentaba distinto
aspecto. Las tiendas estaban cerradas, no había estudiantes en la
entrada de San Carlos, ni corros ante las tabernas, ni chicos jugando en
las socavas de los árboles. En el largo trecho comprendido entre la
plaza de Antón Martín y la fuente de la Alcachofa, apenas transitaba
gente; los balcones estaban cerrados, como si el sol y la fiesta
hubieran arrancado a todo el mundo de su casa; no se oían más ruidos
que el lento campanilleo de algún carro y el silbar entrecortado y
rápido de las locomotoras que maniobraban en la estación del Mediodía.
De pronto se escuchó a lo lejos sonar de cornetas cada instante más
fuerte, y en seguida rumor de música militar que se venía aproximando.
Después, en el repecho que forma la calle ante el Hospital, apareció un
batallón de los acuartelados cerca de los _Doks_, que se dirigía a la
estación del Norte. Primero se distinguieron, desde lo alto de la
cuesta, la escuadra de gastadores y el grupo que formaba la banda, en
cuyos instrumentos de cobre reverberaba la luz reflejos vivísimos: luego
se vio venir la ancha columna formada por la tropa, sobre cuya oscura
masa lucían las bayonetas heridas por el sol.
Iban en traje de marcha y con todos los arreos de campaña: bota al
cinto, ros enfundado, manta liada al cuerpo, y a la espalda morralillo,
en cuya blanca tela destacaba limpia y bruñida la tartera para el
rancho: en los pies alpargatas, levantada en el empeine la polaina para
facilitar el paso, y recogidas en el correaje las puntas del capote,
dejando ver los pantalones rojos, que se movían acompasadamente por
filas como miembros de una máquina viva. Al sonar cercanos los ecos de
la banda se abrieron algunos balcones, asomándose las muchachas privadas
de salir, los ancianos y niños faltos de quien les llevase a paseo, y
por las bocacalles inmediatas vinieron a escape enjambres de chicos, que
con gran algazara y vocerío corrían unos a ponerse junto a la escuadra
de gastadores, otros a rodear la charanga, acompañándola buen trecho,
hasta que al cabo de un rato se volvían hacia sus casas, temerosos de
reprimenda o paliza. Aparte la gritería de los muchachos, el batallón
subió toda la calle sin que se escuchara a su paso murmullo de simpatía
ni rumor de cariño: sin un viva. Sólo un hombre desharrapado dijo,
mirando lo tristes que iban los soldados:
--Van al Norte... ¡Pobrecitos!
Y una criada de servir fresca y guapetona, contemplándolos como si
fueran pedazos de su alma, añadió:
--¡Dios os dé buena muerte!
No sabía el pueblo despedir a los suyos de otro modo.
Luego que el batallón pasó, la calle volvió a quedar casi desierta,
huérfana de animación y ruidos: durante unos minutos continuó oyéndose
cada instante más débil el sonar de las trompetas, se cerraron los
balcones y tornáronse los chicos a sus juegos.
La tropa debía subir toda la calle de Atocha y atravesar la Plaza Mayor,
dirigiéndose por la calle de Bailén y el paseo de San Vicente a la
estación del Norte, pero entre la plaza de la Bolsa y la Concepción
Jerónima halló cortado el paso por una ancha zanja que los braceros de
la villa habían hecho para colocar cañerías. Fue preciso variar el
itinerario y bajar por la calle de Carretas a tomar la del Arenal.
Cuando los soldados atravesaron la Puerta del Sol, nadie les hizo caso.
La escena fue rápida y triste: a una parte alegría, voces, trallazos y
ómnibus tomados por asalto: al otro lado, el batallón desfilando entre
dos hileras de vagos, vendedores y curiosos. El jefe miró con desprecio
a las turbas; y Pepe, que iba como alférez en su puesto, pensó que acaso
tuvieran razón los que dicen que el pueblo es indigno de la libertad.