XXXIII

La mañana en que Paz creyó ver demostrada la infidelidad de su amante,

llegaron a Madrid noticias de lo mal qué iba la guerra para las armas

liberales. El gobierno, queriendo ocultarlo, publicó en la _Gaceta_ un

parte, que solamente hablaba de pequeñas partidas alzadas en Galicia;

pero los periódicos, suplementos y extraordinarios dieron la voz de

alarma; con lo cual la sorpresa de la corte fue tan grande como

inconcebible estaba siendo su apatía. Cuando la capital se enteró de

que los voluntarios del Pretendiente, organizados en divisiones y

cuerpos, podían hacer frente a las tropas, nadie dejó de convenir en que

era necesario hacer un esfuerzo supremo. En los casinos, cafés y clubs,

hasta en los corros de las calles se notó en el centro del día esa

efervescencia síntoma de la inquietud popular. Todo el mundo estuvo

conforme, se vociferó, se acusó de débil al gobierno, de carencia de

disciplina a los soldados, de falta de pericia a los jefes... y por la

tarde todo Madrid se fue a los toros.

* * * * *

Se lidian ocho del Duque en corrida de beneficencia. Hora y media antes

de la fiesta comienza a romperse la línea de vehículos tendida entre la

Puerta del Sol y las Calatravas. Los mayorales, que han pasado la mañana

reunidos en grupos, liada al braza la tralla, fumando y escupiendo por

el colmillo, mandan noramala a las desharrapadas mozuelas que, con el

décimo de la lotería en la mano y la hez del idioma en los labios, van

de uno en otro ávidas de piropos soeces; cada hombre se coloca en su

puesto, y empieza a oírse el grito tentador:

--¡Eh, arriba! ¡a la plaza!

Al principio los coches se llenan sin grandes apreturas, arrancan

primero los mejores, ómnibus enormes y seguros _breaks_ de forma

extranjera ya españolizados, con suertes del toreo pintadas en

portezuelas y cajas; después, a falta de los buenos, la gente toma por

asalto los que van quedando; jardineras con las ballestas rotas y mal

encordeladas, tartanas quebrantahuesos y ómnibus pequeños, de aquellos

viejos que años antes iban _a dos riales al patíbulo_, todos tirados por

mulas y caballos trasijados que ostentan en el pescuezo collarones a la

jerezana pagados con la escatima del pienso, sin que su pobre costillaje

ponga lástima en el corazón de la chulapería, ávida de empezar a

varazos.

--¡Eh, arriba, _cabayero_!

--¡Señorito, a la plaza!

Un poco más tarde llegan por las bocacalles y pasan rápidamente, tirados

por hermosos brutos, los carruajes de los ricos y sus parásitos,

mostrando la gente adinerada afán de imitar al pueblo en la manera de

vestir. Los hombres van de americana y pavero; las mujeres con flores

puestas en el pelo a lo gitana, luciendo unas la mantilla de blonda

blanca y otras la de casco de color con sedosos madroños negros, que

sombrean dulcemente la cara. Corren los simones, insultándose los

cocheros de pescante a pescante sobre cuál pugna por adelantarse, y a

las ventanillas asoman entre bocanadas de humo, ya el rostro moreno y

bigotudo del madrileño de los barrios bajos, ya la carnicera rumbosa

cargada de joyas anticuadas, que ciñe a sus hombros el rico pañolón de

colores brillantes. Al trote de un rocín miserable, y con el mono sabio

a la grupa, va el picador, cuyas formas atléticas contrastan con el tipo

enclenque de algún señorito que sirve de cochero a su lacayo; y en

potros inquietos que bracean con fuerza van el chalán que deja la bestia

en un merendero durante la corrida, y el alguacilillo vestido como los

que aborreció Quevedo. Entre los de a pie, que continuamente se desvían

de la acera para tomar corriendo los primeros ómnibus que vienen de

retorno, marchan confundidos el _gatera_ que con mil trabajos, ninguno

limpio, reunió el precio del tendido, el hortera _endomingado_, el

estudiantillo que parodia en el vestir al elegante rico, la modistilla

engalanada con el trabajo de sus manos, y algún que otro viejo ávido de

censurarlo todo echando de menos los calesines y las majas del tiempo

del _rey neto_. A pie van también la chula y su amante, ella orgullosa,

él celoso, haciendo ambos mutua ostentación de sus personas: el mozo

con calzado de lo fino, pantalón ajustado, pavero y chaquetilla de

pana: la chica con el cabello ensortijado, un peinecillo en cada rizo,

pañuelo de seda caído sobre la espalda porque no oculte lo primoroso del

peinado, y sobre los hombros el gran mantón de Manila que se empeña en

los apuros, y por entre cuyos largos flecos asoman a cada paso dé su

graciosísimo andar los bajos limpios y los pies chicos. Como ella lleva

los ojos lucientes de malicia y la boca rebosando picardía, los

señoritos la miran con codicia, y entonces el chulo, porque vean que la

muchacha es suya, la requiebra con insolencias que ella estima como

madrigales dulcísimos.

En _landó_ de alquiler va una familia extranjera mirando a todas partes

ansiosa de color local, armada de paraguas y gemelos; y en su

_victoria_, alta la frente y provocativa la mirada, descuella la

hermosura alquiladiza de alguna pecadora que, al sentarse en delantera

de grada, será acogida con expresivo vocerío. De pronto todos miran

hacia un mismo sitio. Entre el confuso tropel de carruajes pasa una

carretela donde lleva un matador a sus peones: en el pescante el criado

muestra con orgullo los estoques y el lío de capotes, los diestros

sonríen serenos, el sol arranca destellos a los bordados de las

chaquetillas, la escolta de granujas forcejea por subirse a la trasera,

y al desaparecer el coche deja tras sí un murmullo de admiración jamás

inspirada por los hombres que mejor sirvieron a la patria... Luego cesan

poco a poco el cascabeleo y los trallazos, hacia la Puerta de Alcalá se

divisa una larga fila de simones que vuelven con el _se alquila_ puesto,

y la calle recobra su aspecto normal. Al anochecer, la gente que sale de

la plaza marcha de prisa, como espoleada por el hambre, y hasta en los

barrios más apartados empieza a oírse el pregonar de los periódicos

taurinos, recién impresos y húmedos, que son un _mentís_ para quien

tache de poco activa a nuestra raza.

* * * * *

El mismo día y a igual hora, la calle de Atocha presentaba distinto

aspecto. Las tiendas estaban cerradas, no había estudiantes en la

entrada de San Carlos, ni corros ante las tabernas, ni chicos jugando en

las socavas de los árboles. En el largo trecho comprendido entre la

plaza de Antón Martín y la fuente de la Alcachofa, apenas transitaba

gente; los balcones estaban cerrados, como si el sol y la fiesta

hubieran arrancado a todo el mundo de su casa; no se oían más ruidos

que el lento campanilleo de algún carro y el silbar entrecortado y

rápido de las locomotoras que maniobraban en la estación del Mediodía.

De pronto se escuchó a lo lejos sonar de cornetas cada instante más

fuerte, y en seguida rumor de música militar que se venía aproximando.

Después, en el repecho que forma la calle ante el Hospital, apareció un

batallón de los acuartelados cerca de los _Doks_, que se dirigía a la

estación del Norte. Primero se distinguieron, desde lo alto de la

cuesta, la escuadra de gastadores y el grupo que formaba la banda, en

cuyos instrumentos de cobre reverberaba la luz reflejos vivísimos: luego

se vio venir la ancha columna formada por la tropa, sobre cuya oscura

masa lucían las bayonetas heridas por el sol.

Iban en traje de marcha y con todos los arreos de campaña: bota al

cinto, ros enfundado, manta liada al cuerpo, y a la espalda morralillo,

en cuya blanca tela destacaba limpia y bruñida la tartera para el

rancho: en los pies alpargatas, levantada en el empeine la polaina para

facilitar el paso, y recogidas en el correaje las puntas del capote,

dejando ver los pantalones rojos, que se movían acompasadamente por

filas como miembros de una máquina viva. Al sonar cercanos los ecos de

la banda se abrieron algunos balcones, asomándose las muchachas privadas

de salir, los ancianos y niños faltos de quien les llevase a paseo, y

por las bocacalles inmediatas vinieron a escape enjambres de chicos, que

con gran algazara y vocerío corrían unos a ponerse junto a la escuadra

de gastadores, otros a rodear la charanga, acompañándola buen trecho,

hasta que al cabo de un rato se volvían hacia sus casas, temerosos de

reprimenda o paliza. Aparte la gritería de los muchachos, el batallón

subió toda la calle sin que se escuchara a su paso murmullo de simpatía

ni rumor de cariño: sin un viva. Sólo un hombre desharrapado dijo,

mirando lo tristes que iban los soldados:

--Van al Norte... ¡Pobrecitos!

Y una criada de servir fresca y guapetona, contemplándolos como si

fueran pedazos de su alma, añadió:

--¡Dios os dé buena muerte!

No sabía el pueblo despedir a los suyos de otro modo.

Luego que el batallón pasó, la calle volvió a quedar casi desierta,

huérfana de animación y ruidos: durante unos minutos continuó oyéndose

cada instante más débil el sonar de las trompetas, se cerraron los

balcones y tornáronse los chicos a sus juegos.

La tropa debía subir toda la calle de Atocha y atravesar la Plaza Mayor,

dirigiéndose por la calle de Bailén y el paseo de San Vicente a la

estación del Norte, pero entre la plaza de la Bolsa y la Concepción

Jerónima halló cortado el paso por una ancha zanja que los braceros de

la villa habían hecho para colocar cañerías. Fue preciso variar el

itinerario y bajar por la calle de Carretas a tomar la del Arenal.

Cuando los soldados atravesaron la Puerta del Sol, nadie les hizo caso.

La escena fue rápida y triste: a una parte alegría, voces, trallazos y

ómnibus tomados por asalto: al otro lado, el batallón desfilando entre

dos hileras de vagos, vendedores y curiosos. El jefe miró con desprecio

a las turbas; y Pepe, que iba como alférez en su puesto, pensó que acaso

tuvieran razón los que dicen que el pueblo es indigno de la libertad.

El enemigo · 第 39 / 47 题