La amargura del desengaño y la impaciencia por adquirir pruebas que lo
confirmaran, quitaron el sueño a Paz aquella noche. Al amanecer se quedó
adormitada y rendida a la fatiga del insomnio; pero era tal la agitación
de su espíritu que, sacudiendo de súbito aquella falsa soñolencia, se
levantó, y sin llamar a nadie, se lavó y peinó, poniéndose en seguida el
traje más sencillo de cuantos tenía. Los celos lo dominaban todo en su
ánimo con fuerza incontrastable: pensaba que su astucia y el tiempo
pondrían en claro cuanto se refería al cúmulo de infamias atribuidas a
su amante; pero quería saber pronto, inmediatamente, si era verdad que
Pepe amaba a otra mujer: lo demás tenía a sus ojos menor importancia.
Como don Luis estaba acostumbrado a verla salir por las mañanas, ya a
casa de su modista, ya a las tiendas donde se surtía de cuantas
baratijas, chucherías y pequeñas galas necesita una muchacha rica, no
imaginó hallar por este lado tropiezo a la realización de su propósito;
pero, temiendo que cualquier otra eventualidad lo estorbara, al dar las
ocho, se fue con el velo y los guantes puestos al cuarto del aya, y la
dijo:
--Avíese Vd. pronto; vamos a salir. Que enganchen.
Sorprendiose la vieja de verla tan madrugadora; mas obedeció sin
resistencia, y al cabo de media hora se apearon ambas ante el pórtico de
San Isidro el Real.
--Esperad aquí--dijo Paz al lacayo.
--¡Qué capricho!--murmuraba la dueña modernizada.--¡Al demonio se le
ocurre venir tan lejos a misa!
--No vamos a misa. Sígame Vd. y calle: si quiere hacerlo por buenas, se
lo agradeceré; si no... después hablaremos, o podrá usted resolver lo
que guste.
Doña Martina comprendió que convenía ceder. Si se oponía obstinadamente
al capricho de Paz, nada lograría en aquel momento; y si luego contaba
lo sucedido a su padre, de fijo, enemistada ya con la señorita, ésta la
haría saltar pronto de la casa. Tuvo, sin embargo, un instante de
vacilación; le faltó poco para dejarla sola: por fin, la curiosidad
venció sus escrúpulos y echó a andar tras de Paz, que ya la llevaba unos
cuantos pasos de delantera. Iba presa de una emoción indefinible,
murmurando incesantemente:--«calle de la Pasión... una casita baja, de
revoque amarillo... que hace esquina...» Atravesaron la calle de Toledo,
entraron en la de los Estudios, anduvieron toda la del Cuervo y, al
llegar a la Plazuela del Rastro, preguntó Paz a una mujer dónde estaba
la Ribera de Curtidores, con propósito de seguir adelante, hasta
encontrar la esquina de la calle de la Pasión.
Como era domingo y hacía una mañana hermosa, la Ribera de Curtidores
estaba llena de gente: cada puesto de ropas usadas, trastos viejos,
telas, clavos, armas, colillas y herramientas, tenía delante un grupo de
gente que vociferaba y bullía, regateando con indescriptible griterío.
Paz, impresionada con la novedad de aquel Madrid que le era desconocido,
miraba en derredor, asombrada, sintiendo vergüenza, pareciéndole
indignos de ella el sitio y la ocasión. Notando que su traje, a pesar de
lo sencillo, excitaba la curiosidad, se quitó los guantes y,
disimuladamente, se colocó el velo como las mujeres que pasaban a su
lado. En esto, cruzando por entre tenderetes y puestos, llegó frente a
la calle de la Pasión. El letrero que indicaba el nombre de la calle
estaba precisamente colocado en una casa baja, de revoque amarillo. «No
ha mentido»--pensó Paz--y, dirigiéndose al aya, la dijo, con acento que
no admitía réplica:
--Párese Vd. aquí conmigo.
En torno de las dos mujeres se oían los gritos de los vendedores
ambulantes; los hombres decían desvergüenzas que las chulas recogían con
sonrisas, y de aquella aglomeración de cuerpos poco limpios se
desprendía un olor nauseabundo. A Paz le daban impulsos de marcharse sin
averiguar nada; pero, atormentada por los celos, no apartaba la vista de
la casa de Engracia. El aya seguía repitiendo de rato en rato:
--Pero, ¿qué es esto? ¡Cuánta gentuza! ¿A qué hemos venido?
Paz, sin oírla, permanecía inmóvil con la mirada fija en la puerta de la
casa. En la esquina tres chicos jugaban a la toña; pero, como excepto
ellos casi nadie había por allí, era seguro que, si Pepe salía o
entraba, le vería sin dificultad. Según trascurrían los minutos, que a
ella se le antojaban inacabables, como él no parecía, a la muchacha se
le iba desacerbando el alma: sus ojos cobraban animación y vida. No
cesaba de mirar al reloj: cuanto menos tiempo quedara para que Pepe
acudiese al cuartel, más probabilidades había de que no viniera o no
estuviese allí... con aquella mujer. De esta suerte trascurrió largo
rato: el dueño del puesto junto al cual se habían detenido, comenzaba a
fijarse en ellas. Paz, desasosegada, fuera de sí, se mordía los labios,
pugnando por tragarse las lágrimas, y el aya la miraba sin atreverse a
chistar.--«No viene, no viene»--pensaba la pobre niña, en cuyo corazón
arraigaba rápidamente la esperanza.--«¿Estará dentro?»--la decían sus
celos. Marcháronse los chicos que estaban jugando a la toña, y la
esquina de la calle de la Pasión quedó desierta unos instantes: Paz no
miraba ya más que a la puerta, creyendo que era tarde para que viniera.
Pensaba que, si le veía, sería al salir.
De pronto tuvo que apoyarse en uno de los maderos que sostenían el
tenderete junto al cual estaban. Pepe había salido del portal y, parado
en la acera opuesta, miraba hacia los balcones, uno de los cuales se
abrió al mismo tiempo, apareciendo en él Engracia con su chico en
brazos. Pepe dio unos cuantos pasos hacia lo alto de la calle, moviendo
la mano en señal de despedida.
El piso, principal de los antiguos, era muy bajo, y don José tenía
colocada la butaca junto a la vidriera de modo que Pepe, gracias a la
empinada cuesta que allí forma la calle, podía ver a su padre desde la
acera opuesta, sin que Paz se diera cuenta de ello. Engracia levantaba
en los brazos a su hijo que, alegre y sonriente, movía las manitas
correspondiendo a la despedida de Pepe. La vista del niño produjo a Paz
una impresión horrible. Avanzó unos cuantos pasos, tan cegada por la
ira, que el aya, al mirarla en aquel estado de exaltación, la contuvo:
--Señorita, ¡por Dios! pero ¿qué es esto?
Había ya desaparecido Pepe por lo alto de la calle de la Pasión, y aún
continuaba Engracia en el balcón, volviéndose algunas veces a mirar a
don José. El niño, agitando las manitas, gritaba _Pepé, Pepé_, y
aquellos gritos, que Paz oyó clara y distintamente, por lo corto de la
distancia que les separaba, la destrozaron el corazón. Engracia,
tranquila y con la sonrisa en los labios, seguía levantando el niño, sin
señal de tristeza, como era natural que estuviese, no siendo pariente ni
amante suyo el que se iba.
--Vámonos--dijo Paz de pronto, con la voz ahogada por un sollozo; y
dirigiéndose de nuevo hacia arriba, tomó la vuelta a San Isidro.
Al entrar en la calle del Cuervo, vio a Tirso parado ante el escaparate
de una cerería: iba de paisano, y sólo le reconoció al escuchar su voz.
--Estaba seguro--la dijo tristemente--de que vendría Vd.
--¡Era verdad! No había Vd. mentido.
--Adiós, señorita. El Señor la cure de ese amor, indigno de Vd. La
misericordia de Dios es inagotable.
Paz, con el alma acibarada por el despecho, y doña Martina, confusa y
asombrada, llegaron a San Isidro, subiendo al coche sin entrar en la
iglesia.
--Es hermosa--dijo maquinalmente Paz, a quien hostigaba el pensamiento
la belleza de Engracia.
--Sí, pero ordinaria.
--A papá, ni una palabra, ¿estamos? Ya sabe Vd. que soy agradecida.
Luego, violentándose por aparecer serena, murmuró, como quien habla
solo:
--Esto se acabó, esto ha concluido... para siempre.
Tirso, parado al pie de la escalinata de ingreso a San Isidro, vio
tranquilamente alejarse al carruaje de Paz. Estaba seguro de que la
decepción sufrida por la pobre niña provocaría en su ánimo una crisis en
que, tras la desesperación, vendrían, primero el abatimiento, y luego la
resignación. Amando como ella amaba, jamás buscaría lenitivo en el
olvido, consuelo en otra pasión, ni venganza en las sugestiones del
despecho. Cuando esto ocurriera, cuando doblegada por el dolor cayese en
brazos de la resignación, entonces sería llegado el instante oportuno
para dirigir su pensamiento y encauzar sus sentimientos, trasformándolos
de terrenales en piadosos, haciendo que de entre las cenizas del amor
mundano surgiese ese divino fuego místico que abrasa y no consume. Nada
pensó respecto a quién había de ser el pastor que recuperase la oveja
así conquistada para el redil de Cristo; no soñó con vanagloriarse por
tal triunfo, ni paró mientes en las promesas de la Condesa de
Astorgüela. Sólo consideró la ocasión de consagrar a Dios un alma
arrancada a las impurezas del mundo. Que fuese él o fuera otro el que
obtuviera el triunfo, poco importaba: lo esencial era conseguirlo.
Para su hermano Pepe, cuya dicha acababa de extirpar como planta
arrancada de cuajo, no tuvo un solo impulso de rencor. La rivalidad y
antagonismo que de él le separaban, nada eran ni valían ante la alteza y
rectitud de sus propósitos.