XXXI

Sabedor Tirso, por Millán, de la resolución que adoptó su hermano, y

enterado, por Leocadia, de cuándo había de despedirse de Paz, creyó

llegado el instante propicio para dar el golpe que fraguaba. Desde que,

primero la Condesa de Astorgüela, y luego las personas que para ello

tenían autoridad en las _Hijas de la Salve_, le encargaron que procurase

quebrantar la entereza de don Luis de Ágreda respecto a su negativa en

lo de la cesión del terreno que poseía inmediato al convento, no dejó de

pensar en el asunto, pero sin hallar modo de acometer la empresa con

esperanza de éxito. Dirigirse en derechura al señor de Ágreda, era

bobada: un hombre de sus antecedentes políticos no se expondría por nada

del mundo a que otro senador más avanzado le arrojase al rostro en

plena sesión el dictado de protector de monjas; y en cuanto a determinar

la intervención de Paz, entendía que era expuesto.

Si la muchacha no se interesaba eficazmente en el asunto, nada podría

lograrse; y si se le ocurría consultarlo con su novio, el fracaso era

indudable. La base del plan habría de ser, forzosamente, malquistar a

Paz con el hombre a quien amaba, eliminando de esta suerte una

influencia contraria al logro que se apetecía. En un principio pensó

Tirso que el tiempo y su santo celo harían lo demás: según sus cálculos,

tras el profundo dolor de Paz, vendría el agradecimiento a su salvador,

que acaso se convirtiera en consejero. Hasta imaginó que, si por temor a

su padre no llegaba a recibirle en su casa, le buscaría en el sagrado

tribunal de la penitencia, lo cual facilitaría que las _Hijas de la

Salve_ vieran cumplidos sus deseos, al par que él, prodigando consuelos

a la víctima del amor mundano, quizá la indujese a desear la verdadera

perfección cristiana, trocando los peligros de la pasión y las impurezas

del matrimonio por el himeneo místico con el _Unico_ que jamás engaña.

Luego, sospechando que el tiempo y el celo que él empleara podían

estrellarse contra el imperio que el amor ejerciese en el corazón de

aquella mujer, para él desconocida, optó por obrar con mayor energía, y

de tal modo, que el asunto tardase muy poco en resolverse. Su primer

pensamiento fue jesuítico y solapado: la decisión a que se inclinó, más

conforme a su carácter franco y violento. Harta paciencia tuvo para no

intentar nada hasta aquel momento. Cuando Leocadia le dijo que Pepe, a

juzgar por la ropa que se puso, debió ir a despedirse de su novia,

Tirso, resuelto a llevar las cosas de prisa, determinó ver dentro del

mismo día a la muchacha, fiando, mucho más que en su propio ingenio, en

la emoción que había de causarla la sorpresa.

* * * * *

Estaba Paz sola en su cuarto, tristemente impresionada con la despedida

de por la mañana, todavía en ropas de levantar, sin gusto para

engalanarse, descuidado el vestir y no muy enjutos los ojos, cuando

entró la doncella diciendo que un sacerdote deseaba hablar a la

señorita. Creyó ésta que venían a pedirle limosna o ayuda para alguna

obra de caridad, como a veces acontecía, y mandó que entrase el recién

llegado. A los pocos instantes, en el gabinete, alegre y claro como un

día hermoso, apareció la severa figura de Tirso, cuyos manteos semejaron

enorme mancha negra arrojada sobre la alfombra blanquecina y los muebles

de matices pálidos.

--Tome Vd. asiento, y tenga la bondad de decirme en qué puedo servirle.

--Vengo, señorita, a tratar un asunto de la mayor importancia--y al

decir esto se sentó, algo cohibido por el aspecto de aquella habitación,

que parecía impregnada de cierto encanto mujeril para él desconocido.

Paz, comprendiendo que no se trataba de una obra de caridad, y como no

adivinase cuál era el objeto de la visita, repuso:

--Papá ha salido.

--No deseaba ver a su papá, sino a usted misma, señorita.

--Entonces, Vd. dirá.

--Ante todo, la ruego que tenga en cuenta que sólo por circunstancias

verdaderamente graves me he tomado la libertad de venir a importunarla.

Se trata de un serio disgusto de familia, del cual, por desgracia, va

Vd. a participar.

Paz se acordó entonces repentinamente de que el hermano de su novio era

cura.

--¿Usted es el hermano de Pepe?--le dijo con viveza.

--Efectivamente, señorita. Vengo a cumplir un deber muy penoso para el

sacerdote y para el hombre.

--¡Pronto, por favor, dígame Vd. lo que ocurre! ¿Le sucede a Pepe algo

malo?

Su fisonomía se alteró por completo: Tirso comprendió que estaba

realmente enamorada.

--Pepe se va--dijo, afectando tristeza.

--Lo sé. Esta mañana se ha despedido de mí. ¡Mire Vd. cómo tengo los

ojos de llorar!

--Así están los de mi hermana y mi madre, señorita.

--¿Y qué puedo yo hacer, pobre de mí? Usted, como no está en

antecedentes, no sabe el cariño que le tengo; es imposible que lo

imagine Vd... Si él me hubiera dicho lo que proyectaba, vamos, yo lo

evito. Hasta me hubiese echado a los pies de mi padre confesándoselo

todo; en fin, ¡qué sé yo!... pero no se hubiera marchado. Ahora, ¿qué

hemos de hacer?

--Todo ha sido inútil. Ni el ver llorar a su madre... ni el estado de

nuestro padre... no ha tenido consideración a nada. No reconoce más ley

que su capricho.

--Le juzga Vd. con demasiada dureza.

Tirso, sonriendo amargamente, extendió las manos, como quien dice:

«ahora lo veremos,» y la interrumpió con estas palabras:

--Repito que Vd. no le conoce, y no es extraño que la haya engañado,

cuando sus padres han tardado tantos años en saber lo que era. Hoy,

desgraciadamente, ya lo sabemos.

Paz se puso en pie, como dando por terminada la entrevista: aquello le

parecía una monstruosidad. Además, recordando el diálogo con Pateta,

desconfió de la veracidad del cura. Pero éste, sin alterarse, prosiguió:

--Cálmese Vd. señorita, y óigame con cachaza, que el asunto la interesa:

Pepe no es lo que parece. ¿Quiere Vd. que en pocas palabras la diga lo

que ocurre?

--¡Me está Vd. haciendo mucho daño!...

--Pero Vd. no me cree, y es necesario que yo la persuada. Escuche Vd. y

tenga un poco de valor. Por disputas pueriles conmigo, que ningún daño

le hice, por si en casa debían o no observarse ciertos deberes

religiosos, Pepe ha llevado las cosas a un extremo que Vd. juzgará.

Comenzó por reñir conmigo, so pretexto de que me opuse a que nuestra

hermana sostuviese relaciones con un amigote suyo, perdido de la peor

índole. Logré convencer a Leocadia... y, la verdad, nunca me lo ha

perdonado. Luego, por pequeñeces, como la de si habíamos o no de comer

de vigilia, exageró su furia y se ensañó con nuestra madre: ¡esto es lo

que me ha hecho más daño! La pobre ha tenido que marcharse de casa.

¡Gracias a que yo he logrado que la recojan en una comunidad que me

protege! Por culpa suya, nuestro padre no tiene hoy quien le ampare y

asista. Pero aún hay más: a todo esto ha añadido una ofensa cruel, que

indica hasta qué punto tiene olvidados los más sagrados deberes

filiales.

--Permítame Vd. que le haga una sola observación. Me consta que las

relaciones de Vd. con Pepe no son tan cordiales como debieran... Yo le

quiero con toda mi alma, y nada puedo creer de lo que Vd. me dice. Es

preciso que yo le hable... Después, veremos.

--Déjeme Vd. acabar. A todas sus maldades ha añadido otra mucho mayor.

Paz volvió a sentarse, ocultando entre las manos los llorosos ojos.

--Y no queremos de ningún modo ser cómplices de una nueva infamia. Hemos

sabido sus relaciones con Vd., tan digna, tan buena y respetable. En

fin, no podemos soportar la idea de que Vd. algún día nos juzgue

sabedores, tal vez cómplices, de la perfidia de su ingenio. No la quiere

a Vd., no puede quererla, señorita. Usted une, a sus muchas cualidades,

la riqueza: esta es la madre del cordero.

--Es mentira--dijo Paz ofendida--me quiere por mí, por mí sola. Lo que

Vd. dice no es verdad.

--¡Ojalá no lo fuese! Pero no hay que forjarse ilusiones. ¿Sabe Vd.

dónde intenta llevar a nuestro padre?

--A casa de un amigo suyo.

--No, a casa de una mujer con quien tiene relaciones y que ha sido antes

querida de ese mismo amigo.

--¡Imposible! Pepe no es capaz de eso.

--Estoy completamente seguro de lo que afirmo: a esa mujer es a quien ha

entregado el dinero de la sustitución.

Paz, en el colmo del estupor, miró a Tirso como una fiera. Fue el único

momento de aquella escena en que el cura consideró horrible lo que

estaba haciendo. Mas era ya absurdo retroceder. Las lágrimas, que en

amargo tropel se asomaban a los ojos de la enamorada, quedaron detenidas

y, fuese máscara del amor propio ultrajado o serenidad fingida, en su

cara se dibujó de pronto una calma pasmosa: queriendo aparecer

tranquila, se enjugó el llanto con el pañuelo; pero el dolor pudo más, y

del pecho se le escapó un sollozo largo y angustioso que parecía

quejido de alma moribunda.

--¡No lo creo, no creo nada!--decía, como si la negación le pareciese

respuesta bastante eficaz a contrarrestar lo que acababa de oír.

--¡Qué daño me hace causar a Vd. tanto mal! Y, sin embargo, es preciso;

porque ni mi madre ni yo queremos aceptar la responsabilidad de ocultar

culpas de esta índole. No la quiere a Vd. ¿No la digo que el dinero que

acaba de recibir se lo ha entregado a esa mujer, y que pretende llevar a

su casa a nuestro padre, para que el mantenerla a ella parezca

retribución por cuidar a su padre?

--Quiero hablar con él, quiero verle. ¡Yo le mandaré venir!

--¿Y para qué? ¿Para oír juramentos falsos? Negará. La dirá a Vd. que se

lleva a mi padre porque nosotros le tenemos abandonado. Me echa a mí la

culpa de todo; dice que mi fanatismo es el solo culpable, que aconsejo a

nuestra madre que vaya a la iglesia y no se ocupe de otra cosa. Las

apariencias están, quizá, a favor suyo. Dirá que la Engracia no es

querida suya, sino de su amigo Millán, porque antes lo fue, y callará

que él ha hecho traición a su amigo, como nos ha engañado a todos.

Cuanto se refería a las relaciones de Pepe con sus padres, quedó ante

los ojos de Paz borrado por aquellas afirmaciones: pidió pruebas,

esperanzada con que no se las darían, o ansiosa de poder desmentirlas, y

entonces ella misma se prendió en la red que la tendían.

--¡Mentira!--dijo.--Y esa mujer, ¿quién es? ¿Cómo sabe Vd. que él la

quiere?

--Me ofende, señorita, que acoja Vd. de este modo el paso que doy,

encaminado solamente a dejar a salvo mi conciencia, procurando a Vd. un

amargo, pero saludable desengaño; porque ya he dicho que mi madre y yo

nos resistimos a que nunca pueda usted imaginar que contribuimos a que

Pepe busque tan indebido modo de hacer fortuna... Respecto a las

relaciones de mi hermano con esa desdichada joven, estoy seguro de que

son ciertas. Ella vive en la calle de la Pasión, ignoro el número; es en

una casita vieja, muy baja, de revoque amarillo, con un zapatero en el

portal, y que hace esquina a la Ribera de Curtidores. Yo también me

resistí a creerlo; pero tuve que rendirme a la evidencia.

--¿De modo que le ha visto Vd. entrar allí con ella o ir a buscarla?

--Sí, señorita; varias veces. La primera... casi por casualidad...

luego, porque quise convencerme de ello.

--Y ella dice Vd. que se llama Engracia... ¿eh? El número no lo

recuerda...

--No tiene _pierde_, como vulgarmente se dice. Es la casa que hace

esquina a la calle de la Pasión y la Ribera de Curtidores.

Paz, que jamás había oído tales nombres, se fijó en ellos con cuidado:

Tirso prosiguió:

--Esta mañana se ha despedido de Vd.; pero los últimos instantes que

pase en Madrid... tenga Vd. valor, señorita, serán para ella: estoy

seguro de que irá a verla. Según me han asegurado, debe salir de Madrid

mañana por la tarde; su obligación es estar en el cuartel desde muy

temprano; pero contando al coronel a su modo la necesidad de trasladar a

papá de casa, ha conseguido que le dejen la mañana libre. Por la mañana

supongo yo que irá a ver a esa mujer, a cuya casa deben haber llevado

hoy a mi padre que, en el fondo, es el culpable de todo.

--Yo le prometo a Vd. que saldré de dudas; y luego, Dios dirá.

Como Paz, al decir esto, se levantara del asiento, nerviosa y

desasosegada, Tirso creyó oportuno dar por terminada la entrevista.

--Persuádase Vd., señorita, de que no he dado este paso sin verdadera

aflicción de espíritu; pero, ya lo he dicho, ni mi madre ni yo podíamos

consentir en aparecer como encubridores de los ambiciosos proyectos de

mi hermano... Lo demás no tiene importancia... Una señorita como Vd. no

puede mirar sino con frialdad o desprecio...

--Gracias, gracias... No me hable usted más de esa mujer.

El cura salió haciendo cortesías, sin más conversación y sin que Paz se

moviera para despedirle. La pobre niña se quedó sentada en una butaca

baja, puestos los codos sobre las rodillas y apoyada la cara en las

manos, por entre cuyos dedos se le escapaban las lágrimas, que ni podía

ni quería contener. Cuanto más pensaba en lo que acababa de oír, menos

crédito le daba; y, sin embargo, por nada del mundo hubiera renunciado a

convencerse por sus propios ojos de la falsedad o certeza de la

acusación. Una sola consideración la inclinaba a creerla fundada: en lo

que Tirso la había dicho, formaban un conjunto tan homogéneo las

maldades, estaban tan enlazadas unas con otras las infamias, era todo

tan verosímil dentro de lo malvado, que parecía imposible suponerlo

invención calumniosa: no había, no podía haber imaginación tan dañina

que lo fraguase y dispusiera con aquel ensañamiento. Por otra parte,

cuanto más reflexionaba acerca de ello, en medio de la turbación de su

espíritu siempre venía a quedar sobre todos los razonamientos de

consuelo un dato suelto, aislado, pero en el cual podía tomar origen el

cúmulo de culpas de que Tirso acusaba a su hermano: la pobreza de Pepe.

Antes de la calumnia en esa pobreza del hombre amado estribaba

precisamente el amor de Paz: le creía exento de todos los defectos que

desarrolla y acrecienta el oro. Después de calumniado, imaginó verle

poseído de cuantas malas pasiones trae consigo el ansia de riqueza. Por

algo se dijo: «calumnia, que algo queda.» Otro indicio grave se alzaba

contra la inocencia de Pepe: los cargos que se le hacían eran demasiado

claros y concretos para ser falsos; no se le echaban en cara intentos

más o menos censurables, sino los efectos positivos de su maldad. Bien

claramente los enumeró Tirso. Había, según éste, tolerado que cortejase

a su hermana un amigo de mal jaez, fue causa de que la madre tuviera que

abandonar la casa, llegando a tal extremo de perversión que estaba a

punto, si ya no lo había hecho, de llevar a su propio padre a vivir con

su querida, para que lo malgastado en mantenerla a ella apareciese como

pago de la existencia del enfermo. El hombre capaz de tales cosas ¿no

podía serlo también de aspirar a su mano, no por su amor, sino por su

fortuna? Cualquiera de aquellas indignidades era bastante a justificar

el súbito desamor de Paz, y, sin embargo, para ella sólo una existía que

realmente la hiciese mella: la infidelidad, el engaño. Para todo lo

demás, su cariño hallaba atenuación o disculpa; aun convencida de su

maldad, seguiría amándole; pero ansiaba ser solo, único, absoluto dueño

de su albedrío. Dispuesta se hallaba a compartir la infamia de aquel

hombre, pero no a poseer su corazón a medias con otra mujer.

Avanzó la tarde sin que Paz se tranquilizara, engolfándose tanto, por el

contrario, en sus amargos pensamientos que, sólo al sorprenderla la

tarde hundida en la butaca, como viese que iba oscureciendo y faltaba en

los balcones el resplandor del día, empezó a vestirse, temiendo que la

llamaran a comer. Por vez primera, desde que conoció a Pepe, le

parecieron enojosos e inútiles las cintas y los adornos. Su agitación

tenía algo de rabia. Cuando se estaba arreglando el peinado, se la cayó

deshecho y suelto sobre los hombros un rizo de su hermoso pelo, y ella,

recogiéndoselo con ira, tratándolo como a gala inútil, murmuró:

--¡A nadie tengo que agradar!--Y esforzándose en no llorar, acabó su

tocado ceñuda y mal humorada, como quien gasta tiempo en tarea baldía.

* * * * *

El día señalado, y a la hora convenida, Pepe y Millán trasladaron a don

José a casa de Engracia. El hijo, que la víspera había ya enviado los

muebles y las ropas que consideró necesarias para atender al cuidado y

comodidad de su padre, vistió a éste cariñosamente, envolviéndole en una

manta los pies, que por la hinchazón no era posible calzarle, y esperó a

que trajesen la camilla. Leocadia se fue por la mañana, diciendo que

volvería; pero dieron las tres de la tarde, y no pareció. El aspecto de

la casa ponía grima: todo estaba como cuando tras larga enfermedad viene

la muerte, causando momentos de perturbación y desorden: los cajones

abiertos, revuelto cuanto había sobre las mesas, y las sillas con

montones de ropas tiradas al descuido.

Desde poco antes de las tres se asomó el pobre muchacho varias veces al

balcón, esperando que de un momento a otro llegaran los mozos con la

camilla. Por fin les vio volver la esquina de la calle Imperial,

trayendo suspendido de los recios tirantes aquel armatoste negro,

estrecho y largo, con trazas de ataúd. En el movimiento que hizo al

retirarse del balcón, soltando las manos de la barandilla, conoció don

José que venían los camilleros. En seguida, mirando de frente a Pepe, le

dijo, medroso:

--¿Están ahí?

--Sí; ya suben.

Cuando los mozos llegaron a la puerta del piso principal, indicaron que,

por lo estrecho de la escalera, era casi imposible subir hasta allí con

la camilla, acordándose entonces bajar en un sillón al enfermo,

acostarle en la camilla, dentro del portal, y luego emprender la marcha.

El gotoso pesaba tanto, que determinaron bajarle relevándose en cada

tramo de la escalera.

--Este señor está de buen año--dijo con la sinceridad de la barbarie uno

de los camilleros.

Al sacar a don José del comedor, hubo necesidad de detenerse un momento

para apartar un mueble que estorbaba el paso, dejando, entre tanto, que

la butaca descansara en el suelo. El dejarla, quitar el estorbo y

volverla a levantar, fue obra de un momento; mas como estuviese abierta

la puerta de la alcoba que ocupó Tirso, don José fijó con tristeza en

ella la mirada, y en aquel cuarto solitario, polvoriento y frío, creyó

el pobre anciano ver retratado el abandono en que él había de quedar

dentro de pocas horas. Por la ventana, que el cura adornó con papelitos

de colores imitando vidrios pintados, penetraba diagonalmente un rayo de

sol, y al fondo, destacando sobre la cal amarillenta de la pared, se

veía colgado de la percha un trapo largo y negro: era una sotana vieja

que Tirso se dejó olvidada. Don José no pudo dominarse. Por un instante

venció en él la indignación a la apatía; tomó el egoísmo acento de ira;

subiósele el rencor a los labios; inyectáronsele de sangre los ojos y,

con voz temblorosa, extendiendo una mano hacia la sotana, exclamó:

--¡Maldita seas!

Bajaron los mozos sin tropiezo su carga; Pepe y Millán tendieron en la

camilla a don José, y unos delante, otros detrás, echaron a andar hacia

la calle de Toledo.

La puntillera, al ver alejarse el triste grupo, comenzó a desahogar su

indignación con grandes voces, y la gente de los portales vecinos formó

corro en derredor suyo.

--_¡Quedrán ustés_ creer--decía--que el hijo _güeno_, el que se ha hecho

_melitar_, _tié_ que _yevárselo en cá_ un amigo, porque la vieja y la

_señoritinga_ no le _quién_ cuidar! ¡Qué sangre más perra _tié_ la

muchacha! _enantes_ ha _venío_ a preguntar si habían _sacao_ ya al

señor, y por no verlo _yevar_ se ha _marchao_. ¡Vaya un pingo que ha

salido la mocita! El _cabayero_ que la pretendía ya no viene, y la muy

sin vergüenza va mucho mejor _vestía_.

El enemigo · 第 37 / 47 题