Pepe aguardó el resultado de la entrevista en un cafetín de las afueras
cercano al convento. Allí esperó largo rato de codos sobre el mármol de
la mesa, con la garganta seca por el mucho fumar, mortificada la
imaginación por la impaciencia y mirando sin cesar a un reloj colocado
en la parte alta del mostrador y cuyas lentas manecillas le parecían
pegadas a la esfera.
El local estaba casi desierto: los parroquianos de por la tarde se
habían ido, y para los de la noche era temprano. Sólo quedaban, junto a
una ventana, un corredor del matute paladeando medias copas en compañía
de un tendero de ultramarinos, y al extremo opuesto, en lo más oscuro
del local, una chula y su novio, que en voz baja se decían ternezas
envueltas en desvergüenzas.
Iba faltando la claridad del día: muros, banquetas, espejos, baquetones
dorados, todo se borraba, sorbido por las sombras, percibiéndose sólo,
entre la oscuridad creciente, las superficies brillantes y rectangulares
del mármol de las mesas. El matutero y el ultramarino se despidieron
amistosamente, tal vez pensando cada cual haber engañado al otro.
Después, un mozo que dormitaba sentado en un diván, se levantó a
encender las lámparas de petróleo sobrepuestas a los aparatos de gas, y
entonces, la pareja chula, disgustada con la iluminación, pagó y se fue.
Pepe, poseído de una tristeza rayana en la desesperación, carecía de
calma para coordinar las ideas: esforzábase por adivinar lo que hubiera
ocurrido; pero sus suposiciones y conjeturas quedaban suspensas, como
truncadas por la inacción del pensamiento, que no podía fijarse ni
insistir en nada. En vano quería, ahondando con la memoria en lo pasado,
recordar algún rasgo, alguna acción de su madre que permitiera suponerla
capaz de ocasionar fríamente la dispersión de la familia: todo esfuerzo
era inútil, nada podía recordar que arguyese en contra de la que siempre
fue buena y cariñosa. La doña Manuela posterior a la llegada de Tirso,
parecía borrada de la imaginación de Pepe, surgiendo en su lugar la
madre amantísima, _la de antes_, como si le repugnase considerar nada
que aminorase la grandeza del bien que iba a perder. Los errores, las
culpas y faltas de aquellos últimos meses, se desvanecían ante el
recuerdo de los mimos de la infancia, las caricias de la juventud y los
cuidados de siempre.
De pronto se abrió la puerta de cristales, que daba a la ronda, y entró
Millán, yendo a sentarse junto a su amigo. Venía mal encarado, con los
ojos aún abrillantados por la ira.
--¿Qué ha sucedido? ¿La has visto?
--No me han dejado verla. La batalla ha sido con tu hermano.
--¿Y qué?
--Lo peor... Es necesario que tengas valor y sangre fría. ¡Me han dado
ganas de pegarle! Tu madre se queda de vigilanta, no hay poder humano
que la arranque de allí; pero lo más irritante es que adoptan el papel
de víctimas, y dice Tirso que, abandonadas por tí, él procurará que las
recojan... en fin, un secuestro en regla, sin que podamos hacer nada
para evitarlo. Además, sería imposible encontrar juez que se atreviera a
meterse con la hermandad o lo que sea.
Pepe, sin contestar, dejó caer tristemente la cabeza sobre el pecho. El
mozo que se había acercado a preguntar a Millán lo que quería tomar, se
alejó, sin atreverse a pronunciar palabra.
Tras unos segundos de silencio, esforzándose por parecer sereno, Pepe se
limpió el rostro con el pañuelo, diciendo:
--¡Sea lo que Dios quiera! ya no me importa nada lo demás. Confío en que
Engracia y tú cuidaréis de papá: me iré tranquilo.
--¿Pero es seguro que te obliguen a salir de Madrid?
--Inevitable: el regimiento ha recibido ya la orden. Hoy es jueves:
mañana o pasado nos darán no sé qué cosas por administración militar,
para completar los equipos, y al otro por la tarde nos vamos.
--¿El domingo?
--Sí.
--Siendo así, de hoy al sábado tenemos que llevar a don José a casa de
Engracia.
--No hay otra solución. ¿Cómo he de dejarle expuesto a que mi madre y
Leo se desentiendan de él en absoluto? Mientras ellas alumbran al
Santísimo, se muere mi padre el día menos pensado, sin tener quien le
ampare. Mañana te daré también el dinero que me queda: con llevarme
quince o veinte duros, tengo de sobra. No habrá muchos que lleven más.
--¿A qué hora lo hacemos?
--El sábado por la mañana iré yo a despedirme de Paz. ¡Me cuesta un
trabajo!..... Casi me dan ganas de escribirla, y nada más. Luego, por la
tarde, a la hora que quieras. ¿No me dijiste el otro día que conocías un
médico de la casa de socorro? Como papá no puede ir por su pie, y el
encajonarle en un simón sería incómodo porque no podría llevar las
piernas extendidas... si lograses que nos dejaran una camilla...
--Cuenta con ella. ¿Tienes seguridad de estar libre a la hora que
convengamos?
--Sí: la recomendación que me procuraste para el coronel lo allana todo:
me ha dicho esta tarde que basta con que esté desde temprano a su lado
el día de la marcha, es decir, el domingo.
--Pues, chico, no hay más que hablar, y paciencia.
--¿Crees que no debo intentar ver a mi madre? ¿No piensas que se
ablandaría si yo la hablase?
--No te dejarían; y además, te conozco. Vas allí, armas una marimorena
horrorosa, y nos echamos encima otra complicación.
--Quizá tengas razón.
--Respecto a don José, puedes estar tranquilo: _aquella_ le cuidará
bien, y yo... vamos, me parece una tontería hacer promesas.
--Vámonos; quiero pasar las noches que faltan con mi padre.
--Convengamos antes la hora. ¿Te parece bien a las tres?
--Como quieras. Yo lo tendré todo dispuesto.
--¿Qué muebles piensas enviar a casa de Engracia?
--Entre mañana y pasado mandaré una cómoda, un armarito, una lámpara y
dos banastas con ropa: la cama y la butaca, el potro, como papá la
llama, no podrán llevarse hasta el último momento.
--Bueno; pues ya lo sabes, por si antes no nos vemos: el sábado a las
tres, sin falta, voy con la camilla.
--Asunto terminado.
Ya anochecido, salieron juntos del café y Millán dejó a su amigo cerca
de la calle de Botoneras.
Pepe pasó toda la noche junto a su padre. Hasta las nueve conservó
esperanza de ver llegar a la madre; pero, poco más tarde, vino sola
Leocadia, diciendo que doña Manuela se quedaba de guardia. En aquel
momento sufrió el pobre muchacho el verdadero desengaño y, perdida toda
esperanza, acostó al padre. Apenas hablaron. El viejo, en quien el
egoísmo y el temor a la falta de asistencia hacían gran mella, preguntó
a su hijo:
--¿Tienes seguridad de que esa chica me tratará bien?
--Sí. Engracia está perdidamente enamorada de Millán y, por tenerle
contento, se esmerará en cuidarte. En realidad no has de serles gravoso,
porque yo les dejo dinero para cuanto necesites.
--Y ¿crees que tu madre no vendrá?
--No lo espero, papá; no hablemos más de eso. Me parece mentira lo que
está pasando.
--A mí también.
--Vaya, a descansar.
--No podré, hijo mío; no podré.
Media hora después, estaba profundamente dormido.
* * * * *
Con arreglo a lo convenido entre Pepe y Millán, el viernes llevó un mozo
a casa de Engracia varios muebles, en diversos viajes, y dos banastas de
ropa, quedando en la calle de Botoneras la cama y la butaca de don José,
que no podrían sacarse de allí hasta ser trasladado el enfermo. El
sábado, Pepe se vistió temprano para ir a despedirse de Paz; y su
hermana, sospechando, por el traje que se ponía, cuál era el objeto de
su salida, corrió a avisar a Tirso.
Pepe, entre tanto, se avió pronto, con propósito de llegar al _hôtel_
antes de que don Luis concluyera de vestirse y saliera al despacho,
seguro, por este medio, de poder hablar un rato con su novia. En el
camino estuvo dos veces a punto de volver pies atrás: por fin, el deseo
de verla pudo más que el temor de la separación. Al entrar en el
cuartito de la biblioteca, donde había nacido aquel amor que era la
única alegría de su vida, casi le faltaron fuerzas. Creía que, con el
tormento de pensar en su madre durante la pasada noche, había agotado
todos los sufrimientos imaginables; y, al ver cercano el momento de
alejarse de Paz, sintió que aún le cabía en el alma más dolor. ¡Qué
grande y hermoso apareció, en cambio, a sus ojos, el cariño de su
amante! ¡Qué contraste formaba aquella pasión desinteresada con la
conducta de su madre! Ésta debió consagrarle la vida, y huía de él,
trastornada por una aberración, sin que con el amor maternal supiera
vencer al fanatismo, mientras la señorita, colocada en esfera propicia a
despertar ambición y orgullo, le ofrecía su porvenir, sin que lo lejano
del bien a que aspiraba enfriase el fervor de sus promesas, sin que le
arredrasen la desigualdad social ni la pobreza del hombre a quien
quería.
Apenas oyó Paz el ruido de los pasos de Pepe, fue al despacho.
--No nos van a dejar solos más que unos minutos: Papá está concluyendo
de vestirse: dime lo que hay, pronto.
--Me voy mañana.
--¿No hay esperanza de evitarlo?
--Ninguna: mañana, sin falta.
--¿Y tu madre?
--Todo ha sido inútil: se queda en el convento.
--¿Y tu padre?
--Esta tarde le llevo a casa de mi amigo Millán.
--¿Es cosa resuelta?
--Sí.
--¿Tienes confianza en mí? ¿Crees que yo puedo ofenderte, sea cual fuere
lo que te diga?
--No, alma mía. Habla sin miedo.
--Mira, Pepe: yo tengo ahorritos de lo que papá me da todos los meses
para alfileres: muy poco... ¿lo quieres? No para tí, no; para tu padre.
--No, vida mía, gracias: no quiero nada.
--Pues dime que no te ofendes porque te lo haya dicho.
--Tú no puedes ofenderme, aunque quieras.
Paz cogió a su novio la mano, y viendo que llevaba en ella el anillo que
le había dado, se la acercó a su pecho, oprimiéndosela fuertemente,
mientras, mirándole con fijeza, le dijo:
--Te llevas mi alma, Pepe, y la promesa de que no seré de nadie más que
tuya.
--Yo te juro que ni he querido, ni querré nunca más que a tí.
Ella entonces, en un arranque de impudor admirable, sin sombra de
torpeza en el pensamiento, le echó al cuello los brazos, murmurando
suplicante en su oído:
--¡Bésame!
Y él, estrechándola contra su corazón, la besó en la boca y en los ojos.
Pocos instantes después entró don Luis, y oyendo las causas de la
determinación de Pepe, le prometió interesarse en favor suyo para
facilitarle pronto regreso a Madrid con destino a cualquier oficina
militar: diole él gracias y se despidieron. Paz, al verle marchar, se
entró a su gabinete, y desde allí, apoyada la frente en la vidriera del
balcón, le vio perderse entre los árboles del paseo, como el primer día
que se hablaron.
En seguida se echó en una butaca y lloró, sin que el dejo dulcísimo de
aquel beso, que aún creía sentir sobre la boca, bastase a mitigar la
amargura que la inundaba el alma.