En veinte días quedó realizado el proyecto de Pepe. Un agente de los
llamados _corredores de quintos_ tomó a su cargo el asunto, y como el
interesado se hallaba dentro de todas las condiciones exigidas por la
legislación de aquel tiempo, no hubo entorpecimientos; que a veces la
suerte facilita los intentos tristes tanto como suele estorbar los
halagüeños. Gracias a la escasez de sustitutos, los que por entonces se
prestaban a serlo eran relativamente bien retribuidos. Quedó pactado
que, aparte la ganancia del mediador, recibiría Pepe cerca de cinco mil
reales. Un caballero, amigo de Millán, prometió después interesarse para
que fuese destinado al batallón de escribientes o a la imprenta del
Ministerio de la Guerra, pues lo principal era evitar que saliera de
Madrid, propósito difícil de conseguir durante aquellos días, en que los
poderes públicos se veían obligados a echar mano de todos los cuerpos e
institutos militares para combatir la insurrección carlista, que ya
merecía el maldito nombre de guerra civil. Pepe entró en caja, siendo
destinado a un regimiento; pero las recomendaciones buscadas por Millán
fueron tan eficaces que, merced a ellas, pudo hacerse a favor de su
amigo una de esas combinaciones en que la interpretación de las leyes se
amolda a los antojos de la influencia. Primero ingresó en una de las
oficinas de la Dirección de Infantería, con permiso para dormir en su
casa, y a las pocas semanas, como era bachiller, previo cierto examen
que exigía la legislación vigente, fue ascendido a alférez y destinado a
prestar servicio en el mismo centro militar. Con esto y los cinco mil
reales, la situación de la familia mejoró bastante. En don José, que con
los años y el dolor iba haciéndose egoísta, pudo más el orgullo de tener
hijo de tales arranques que el miedo a las consecuencias de su hermoso
rasgo. Por otra parte, el temor de que le destinaran al ejército de
operaciones le parecía amenaza de un mal lejano y demasiado horrible
para ser fácilmente admitido como inmediato.
Lo que no corrigieron los 5.000 reales, ni era remediable con todos los
tesoros de la tierra, fue la conducta de doña Manuela, que desde la
tarde en que Pepe estuvo en el convento acentuó su actitud, fundada en
el silencio y el alejamiento del hogar. A semejanza de estudiante
calavera que está en su casa lo menos que puede, ella iba a la suya a
las horas en que Pepe trabajaba, temerosa de tropezar con él, y cada
cuatro o seis días se quedaba una noche a dormir en la hermandad.
Leocadia se hizo cargo de la asistencia del padre, pero de mala gana,
sin renunciar a las visitas a la sala de ventas ni dejar de frecuentar
la capilla. Desde por la mañana conocía Pepe cuándo tenía intención de
salir, viéndola dar cien vueltas a los pocos trapos que tenía y peinarse
como dama que va de baile: algunos días lo evitaba, otros transigía,
recelando que una disputa lo empeorase todo. Ya imaginaba que iba
haciéndose llevadero su infortunio, y tal vez no fuese necesario
recurrir al extremo de trasladar a don José a casa de Engracia, cuando
simultáneamente se le echaron encima dos contrariedades de tal magnitud,
que cada una por sí sola era bastante a precipitar aquella resolución.
Ambos golpes se anunciaron con amagos.
Una tarde, la encajera del portal, destinada a darle malas nuevas, le
detuvo y le habló así:
--Tengo que _icirle_ a Vd. una cosa, señorito... pero no se va Vd. a
enfurruñar conmigo.
Hizo él al oírla un gesto, que equivalía a un _¿por qué?_, y prosiguió
la vieja:
--_Misté_, don Pepito, _la verdá_, me han _dao_ intenciones de callarme,
porque... Vd. ya lo sabe, en _deciocho_ años que _yevo_ aquí,
_mayormente_ nunca me he _metió_ en _ná_. Pero... en fin, que me da
lástima de Vd.
--¿Qué ocurre? ¡Hable Vd!
--Permita Dios que me equivoque; pero _me se_ figura que el día menos
_pensao_ le van a dejar a Vd. _plantao_, sin tener quien haga _tan
siquiera_ la cama al papá.
--¿Mi hermana...
--Dio Vd. con ello: la señorita me _paece_ que se va a torcer. Unas
veces viene un mozo de cordel a traerle cartas; otros días baja ella y,
ahí arriba, en los soportales de la calle Imperial, _enonde_ está la
cubería, se ponen a hablar: él no es _mu_ jovencito; es un _cabayero_ ya
formal, ¿entiende Vd.? _pá_ una joven lo peor.
--¿Está Vd. segura?
--Como de que estos pelos fueron negros--repuso, mostrándole el moño
encanecido.--Yo, la verdad... si _hubiá_ sido otra cosa, vamos al
decir... novio _toas_ las chicas lo tienen; pero que _se hable_ con un
_cabayero_... _ma parecío mu_ feo, porque los señores, cuando buscan
mocitas... ya _sabusté pa_ lo que las quieren...
Pepe, avergonzado y mohíno, esquivó la mirada: la ira y el rubor le
sellaron los labios.
--¡Me está Vd. dando lástima! Vamos, don Pepito, que no sé como _tié_
Vd. _pacencia_. La _señá_ Manuela, con los años, es más vieja que yo, no
sabe ya lo que se pesca; pero esa chica, si no la ata Vd. corto, se va a
hacer una _estrozona_... de esas que andan por ahí.
--Descuide Vd., que yo pondré remedio. A ella no le diga Vd. nada, y
muchas gracias por el aviso.
El segundo disgusto fue adquirir el convencimiento de que, tal vez muy
pronto, le agregarían a un cuerpo y que, en cuanto esto sucediera,
tendría que salir de Madrid el día menos pensado.
La guerra, extendiéndose y encarnizándose, obligaba al Gobierno a
emplear recursos extraordinarios: a cada noticia del levantamiento de
partidas o del engrosamiento de las que ya existían, era necesario
enviar nuevos refuerzos a las Provincias Vascas, a Cataluña, a Navarra y
al Maestrazgo. El Ministerio de la Guerra, las Direcciones de las Armas
y otros centros militares, estaban llenos de soldados y oficiales que,
protegidos por recomendaciones, habían encontrado medio de burlar su
mala suerte, librándose de incorporarse a sus batallones; y el abuso
adquirió tales proporciones, que fue preciso evitarlo.
Cuando más tranquilos estaban los interesados, se dio la orden de que,
en el plazo de tres días, todos los individuos colocados en las
dependencias del Ministerio en los seis últimos meses ingresaran en sus
respectivos cuerpos, cualquiera que fuese su procedencia; y como esto
significaba la ineludible precisión de salir a operaciones de la noche a
la mañana, Pepe decidió llevar a término su propósito. Respecto a su
padre, todo lo tenía previsto: lo que había de hacerse era tan sencillo
como triste; trasladarle en una camilla a casa de Engracia, y llevar
luego su cama, sus ropas y algunos muebles, más útiles para conservados
que para vendidos. La dificultad estaba en la determinación que tomaran
doña Manuela y Leocadia. ¿Qué harían? De obstinarse en seguir viviendo
en la calle de Botoneras, ¿con qué recursos? Y para buscar otra
habitación, ¿de qué medios dispondrían? No se ocultaba al claro
entendimiento de Pepe que, aun estando harto de razón, no debía arrojar
a la calle a su madre y su hermana; mas también veía que el fanatismo
de doña Manuela y la ulterior conducta de Leocadia podían dar por
resultado durante su ausencia el total abandono del pobre viejo.
--Habla tú con ellas--dijo Pepe a Millán, tratando de esto. A mí me
falta valor, y puede también que me falte calma.
--Veré a tu madre... Con Leo no hablo.
--Como quieras.
--¿Cuándo te parece que dispongamos el trasladar a tu padre?
--Eso se hace en una mañana. Lo principal es que las hables. ¡Si las
tocara Dios en el corazón! ¿Y qué hago yo si no quieren irse de la
casa?... y aunque se presten a ello, ¿dónde se van a meter y cómo van a
vivir? ¡Parece mentira que hayamos llegado a tener que pensar en esto!
No quiso Millán buscar a doña Manuela en su casa, por no ver a Leocadia;
mas deseoso de cumplir el difícil encargo de Pepe, fue a la _Limosna de
la luz_. El primer viaje lo hizo en balde: doña Manuela se negó a
recibirle. A la segunda tentativa, le dijeron que no podía salir porque
estaba _en adoración_, pero que rogaba dijera al capellán, su hijo, lo
que tuviese por conveniente.
Entró Millán en el mismo cuarto de visitas donde días antes fue
recibido Pepe, cuando pretendió ver a su madre, y a los pocos minutos se
presentó Tirso. A pesar de lo muerto que, por obra del cariño de
Engracia, estaba el amor de Millán a Leocadia, la presencia del cura le
impresionó desagradablemente, recrudeciéndose en su corazón el enojo
hacia aquel hombre, que dio al traste con sus primeros amores. No se
resistió por ello a habérselas con el cura: la ocasión venía rodada para
tratarle sin miramientos y, además, siempre era mejor entenderse con él
que con su madre, cuya bondad pasada no existía, y cuya cortedad de
entendimiento no se habría, de fijo, corregido. Prefirió el riesgo de
tener una escena violenta con el hombre, a la perspectiva de luchar con
la debilidad o la resistencia pasiva de la anciana.
--¿En qué puedo servirle?--le preguntó Tirso.
--Vengo de parte de Pepe. _(Sentándose)_.
--¿Qué quiere ese desdichado?
No era necesario tanto para acibarar el diálogo.
--Pues ese desdichado ha tenido un rasgo, para salvar a su padre de la
miseria, que no sé si Vd. sabrá apreciar, ocupado, como aquí está, en
cosas más serias...
--Supongo que no habrá Vd. venido a ofenderme ni a profanar esta santa
casa--repuso el cura, poniéndose en pie.
Millán continuó imperturbable, hablando sin levantarse de su asiento.
--En pocas palabras pondré a Vd.. al corriente de lo que ocurre. Pepe no
podía ver con indiferencia que la miseria se le iba entrando por las
puertas de la casa y que sus esfuerzos eran inútiles para evitarlo. El
aseo, el orden, el arreglo y la economía de doña Manuela y de Leocadia,
ayudaban antes a que la familia viviera en paz y desahogadamente; él,
con su trabajo, buscaba lo que hacía falta, y ellas, con sus habilidades
y cuidados, suplían lo que el dinero no lograba.
--Vivían desdichadamente sin Religión...
--Vivían felices sin reñir nunca por nada, sin que hubiese entre ellos
la menor desavenencia, hasta que Vd. llegó a Madrid. A los quince días
varió la decoración.
--Repito que no toleraré...
--Un poco de paciencia y acabaremos pronto. Traigo propósito de que me
oiga usted. En unos cuantos meses, no sólo han llegado a escasear todos
los recursos, sino que la actitud de doña Manuela y de Leocadia
esteriliza los pocos de que se puede echar mano. Un hecho hay que
refleja lo que sucede: esa pobre señora ha llegado al extremo de faltar
a su casa por la noche. En cuanto a Leocadia, ¡sabe Dios como acabará!
pero se me figura que no se inclina al amor místico. La jubilación de
don José está empeñada no sé por cuántas mensualidades, y lo mismo
sucede con todo lo que a esa familia le quedaba de algún valor. Pepe no
podía sostener la casa sin ayuda de su madre y su hermana; el jornal que
gana en mi establecimiento era insuficiente... No ignora Vd. los gastos
que ocasiona la enfermedad de su padre. Para terminar, Pepe ha adoptado
una resolución propia de su carácter: ha entrado en el ejército como
sustituto, para poder disponer de una cantidad de alguna consideración
que le permita hacer frente al conflicto; y en vista de que ya no tiene,
o como si no tuviera, madre ni hermana, ha resuelto que don José viva en
compañía de quien le cuide y atienda. Hemos procurado que Pepe no
saliera de Madrid; pero las circunstancias pueden más que nosotros, y ha
sido destinado a un cuerpo que quizá de un momento a otro reciba orden
de marchar...
--Y ¿qué tengo yo que ver con todo eso?
--En una palabra, Pepe se hace cargo de su padre, porque comprende que
dejarle con doña Manuela sería peor que dejarle solo. En cuanto a esa
señora y su hija, mi amigo no puede tomar igual determinación, y, aunque
la adoptase, sería en balde. ¿Ella no quiere recibirme? Pues Vd. verá lo
que deciden.
--Yo, ¿qué he de decidir? Nada.
--¿No entiende Vd., o no quiere entender? Don José va a ser trasladado
en breve a la casa elegida por su hijo. Esas señoras resolverán lo que
estimen oportuno.
--En plata; que su amigo de Vd. arroja a la calle a su madre y a su
hermana.
--Quien se hace cargo de don José, para que al menos muera tranquilo y
entre sábanas limpias, soy yo; ¿se entera Vd.? y a mí no me acomoda
cargar con más gente.
--¿Sabe Vd. la responsabilidad que contrae?
--No he venido a pedirle a Vd. consejo, sino a decirle que, tan pronto
como sea necesario, sacaremos a don José de la casa de la calle de
Botoneras, y que, a partir de ese momento, Pepe renunciará a cuanto hay
allí, excepto la cama de su padre y algunos otros trastos. De todo lo
demás, que disponga doña Manuela.
Calló Millán, esperanzado con que el cura, viéndose en la obligación de
amparar a las dos mujeres, se brindase a darlas consejos de prudencia;
pero lejos de esto, sonrió, fingiendo calma, para exasperar a su
interlocutor, y dijo:
--De modo que Vd. ha venido a notificarme la expulsión de mi madre y de
Leocadia. ¡Cómo ha de ser! ¡No imaginé que ese infeliz se atreviese a
tanto! ¡Dios le perdone! Yo me hago cargo de ellas. Es decir, a mi
madre, que ya es vigilanta de los talleres de esta hermandad, haremos
que se le disponga aquí el cuarto a que tiene derecho. La Religión acoge
a los maltratados por la impiedad. En cuanto a Leocadia, veré si consigo
la protección de estas santas mujeres... El Señor no nos abandonará...
Diga Vd. a mi hermano que lo que hace no tiene perdón de Dios. ¡Este es
el resultado de sus ideas y de su falta de creencias!
--Dejémonos de recriminaciones, y vamos a ver si la buena voluntad de
todos enmienda los yerros pasados. ¿Cree Vd. que pueda ponerse aún
remedio al mal?
--¿No viene Vd. a decirme que mi hermano se desentiende de mi madre y de
Leocadia?
--Ya que ha sido Vd. autor del daño, intente Vd. algo para aminorarlo.
¿Quiere usted aconsejar seriamente a doña Manuela que no olvide los
deberes de su situación, que cuide de su casa y su marido, en fin, que
vuelva a ser la buenísima mujer que fue siempre? Reflexiónelo Vd... y
evitará grandes desgracias.
--Sí, y de paso evitaré que tenga Vd. que cargar con el enfermo.
Enfadado Millán con tal grosería, sólo atendió a mortificar al cura.
--No hablemos más--le dijo--es Vd. incapaz de comprender el rasgo de su
hermano, ni el deseo que me ha traído aquí. Ha hecho Vd. en su familia
el papel de la zizaña en el sembrado.
--¡Parece mentira que se atreva Vd. a hablar así trayendo el mensaje que
acabo de oír! ¡Y aún tienen ustedes valor para acusarme! Este es el
fruto que han dado el infame ateismo de mi hermano y la punible
tolerancia de mi padre. Vea Vd. cuán fundados eran mis temores. Ni
siquiera ha tenido valor para venir él mismo.
--Dé Vd. gracias a Dios de que no lo haya hecho, que no hubiese Vd.
salido bien librado. Pepe está seguro, y con razón, de que usted es el
responsable de cuanto está ocurriendo. La irritación de su ánimo es tal
que, la verdad, más vale que no se vean ustedes.
--Obré como me aconsejaba mi conciencia. No tengo la culpa de que, por
haber comprendido mi madre y mi hermana que debían variar de conducta,
hayan llegado las cosas a este punto. En fin, esto se acabó; mas tenga
Vd. presente que yo no he sido quien ha causado la ruina de la casa: yo
no hice sino recomendar la observancia de los deberes religiosos. En
cuanto a lo de que mi hermano pudiera propasarse conmigo,--añadió
sonriendo como guapo amenazado--mire Vd., tampoco a mí me faltan bríos.
La descarada sonrisa del cura y su ademán de amenaza, sacaron de quicio
a Millán.
--No necesita Vd. insistir en ello: conozco esa mansedumbre
perfectamente sacerdotal.
--¡Caballero!
--Hombre, casi me alegro de que me haya usted dado ocasión de
desahogarme. Con los santos, mucha humildad; con los hombres, todo
soberbia. Por dar lustre al altar, sería usted capaz de lavarlo con
sangre, y robar para adornarlo. Aquí concluyó nuestra entrevista. Ahora,
recomiende Vd. a su madre que haga penitencia, o que bese alguna
reliquia, para que Dios la perdone el mal causado.
Tirso tuvo miedo, no al hombre, al escándalo, y sin desplegar los labios
siguió a Millán con la vista, hasta que se cerró tras él la puerta.