XXVIII

El remedio fue enérgico, pero tardío; la determinación de Pepe resultó

estéril.

Tirso logró, por mediación de la Condesa, que, a más de su sueldo de

capellán, le diera la cofradía habitación y luz, prestándose a ello las

Hermanas cuando supieron que se trataba del agente encargado de

facilitar la adquisición de los terrenos de don Luis de Ágreda.

Doña Manuela pasaba las mañanas en las iglesias, frecuentando hasta las

más lejanas de su casa, y las tardes en la _Limosna de la luz_, de donde

solía volver cuando encendían los faroles de las calles. Leocadia,

obligada por la fuerza de las circunstancias y quizá temerosa de su

hermano, cuidaba algo más al padre; mas también volvió a las andadas.

Una tarde, al regresar Pepe de la imprenta, la encajera del portal le

dijo que la _señá_ Manuela y la señorita acababan de subir.

--Pero, ¿han salido las dos?

--_¡Anda!_ a media tarde ¡si _paece_ que andan _too_ el día _pingando_!

La situación llegó a ser insostenible: doña Manuela oía sin chistar los

ruegos, súplicas y amenazas de su hijo, sin que de sus labios brotaran

respuesta dura o frase desapacible, mas tampoco promesa de enmienda.

Leocadia alardeaba de rebelde con tal descaro, que su hermano empezó a

comprender que la lucha era inútil. No le quedaba más recurso que hacer

solo frente a la desgracia, dedicándose a permanecer todo el día

cuidando de su padre; pero aun esto era irrealizable, porque necesitaba

ir a trabajar y no podía estar en dos sitios a la vez: atendiendo a su

enfermo, ¿cómo ganar el jornal? yendo a la imprenta, ¿cómo asistir al

padre?

La madre, rendida por los largos paseos que se daba para ir casi

diariamente a la _Limosna_, hacía de mala gana la cena en las primeras

horas de la noche y se acostaba, ansiosa de madrugar y oír misa

tempranito; de modo que, obligada Leocadia a soportar el trajín y los

quehaceres de la casa, todo lo descuidaba. La estrechez de recursos

impuso economías, y entonces se resistió a sufrir ciertas privaciones y

molestias. La cosa más insignificante era allí ocasión de disputa, y el

último altercado era el de palabras más ágrias. Una tarde, al querer

Pepe acostar a don José antes de lo acostumbrado, vio que no le habían

hecho la cama, y como increpase a su hermana, repuso ella:

--¿Soy yo criada? Ya que te llenas la boca de que eres el amo, trae a

casa quien te sirva. Haré la cama de papá; pero la tuya la haces tú... o

tráete de doncella a la novia.

La falta de dinero dio margen a escenas repugnantes. Millán llevaba

adelantados a Pepe dos meses de jornales; fue preciso deshacerse de

cuanto tenía algún valor; el reloj de don José, el de Pepe y varios

cubiertos de plata se malvendieron a un platero de portal; el dueño de

la lonja de ultramarinos amenazó con no seguir fiando si no le

entregaban algo a cuenta, y llegadas a tal extremo las cosas, aun se

resistió Leocadia a empeñar una sortija de poco precio, que Pepe la

regaló en tiempos más felices.

Un hecho de desgarradora elocuencia vino, por fin, a demostrar la

imposibilidad de que continuara aquel desconcierto, fundado en la

profunda variación sufrida por la madre y la hija. Una noche Leocadia

volvió sola de _La limosna_.

--¿Y mamá?--la preguntó su hermano.

--Mamá no viene.

El muchacho, fuera de sí, resistiéndose a entender lo que oía, cogió a

la chica por un brazo, oprimiéndoselo duramente:

--¿Cómo que no viene?

--¡No seas bruto! ¡Esto te faltaba, pegarnos!

--¿Por qué no viene mamá? ¡Responde!

--Porque ahora tienen guardia las vigilantas cada ocho días.

--¿Qué dices de vigilantas? ¿Qué tiene mamá que ver con eso?

--Si hubiéramos hecho lo que dije, no pasaría esto. Ella no te lo ha

querido decir... y ahora aguanto yo el chubasco... Pues, nada, que la

han hecho vigilanta y tiene una guardia por semana, y hoy le toca.

--¿Pero vigilanta de qué?

--De la hermandad. Las muchachas del taller van a las ocho, y a esa hora

tiene que estar allí para que no alboroten y para distribuir o recoger

labor.

Pepe la escuchó asombrado.

--¡Mi madre convertida en criada de monjas!--gritó con rabia. Los ojos

se le arrasaron de lágrimas, y al cubrirse el rostro con las manos, por

no entristecer más a su padre, vio que su precaución era inútil: el

viejo lloraba también.

--¡Padre, padre de mi alma, nos vamos a quedar solos!--dijo,

arrojándose en sus brazos.

--Tú no me dejarás, ¿verdad, hijo?

¡Qué larga se les hizo aquella noche! ¡Cuántos proyectos, qué de

remedios imaginó Pepe, y con qué crueldad le dijo la razón fría que eran

todos irrealizables! Don José, desvelado por la emoción sufrida, pasó en

continua queja las horas, y aun así sufrió menos que su hijo: Leocadia

se acostó desagradablemente impresionada, pero al poco rato se durmió:

Pepe, sentado junto a la cama de su padre y apoyada en su misma almohada

la cabeza, oyó sonar en el reloj todas las horas de la noche. Al

amanecer abrió el postiguillo del balcón, y entonces la luz triste del

alba, iluminando débilmente la alcoba, mostró vacío, junto al viejo, el

sitio de la madre. La muerte y no la ausencia, parecía haberla arrancado

de allí. Pepe miró hacia la cama y, al no hallar sus ojos la cabeza

tantas veces besada, los cerró, como si fuera preferible cegar a ver lo

que veía. Entrada la mañana, salió al comedor, llamando a Leocadia para

que preparase el desayuno del padre, y la encontró en la cocina sentada

en una silla, puesto ante otra el espejo, llena la falda de horquillas y

concluyendo de hacerse un peinado complicadísimo.

A las nueve llegó doña Manuela, y Pepe, oyendo sus pasos en la escalera,

la abrió la puerta antes de que llamase.

--Mamá--la dijo--no tengo autoridad sobre tí; pero reflexiona lo que

estás haciendo y, si aún nos quieres...

No supo seguir y, arrojándose de rodillas à sus pies, la cogió una mano,

que cubrió de lágrimas y besos.

--¡Hijo, por la Virgen del Carmen! ¡No es para tanto! ¡Ni que me hubiera

muerto!

En seguida, viendo desde el pasillo que Leocadia estaba en la cocina,

gritó:

--¡Mira, Leo, hazme a mí también chocolate, que vengo desfallecida!

Pepe se apartó para dejarla pasar, y sin poder ni querer contenerse,

exclamó con ira:

--¡Maldito sea el fanatismo, que engendra tales cosas!

* * * * *

Millán permaneció en Ávila durante algunas semanas, hasta dejar

establecida y en actividad la imprenta cuya fundación le fue confiada.

Cuando regresó a Madrid, le dijo Engracia que Pepe había ido a verla

casi todos los días, y que estaba agradecida a sus atenciones,

especialmente a lo cariñoso que se manifestó con el niño; de suerte que

Millán, apenas vio a su amigo, le dio gracias por el buen cumplimiento

del encargo, y como estuvieran solos en el cuarto donde Pepe trabajaba,

sin temor de que nadie viniese a molestarles, hablaron así:

--Sí, chico--decía Millán, aludiendo a sus relaciones con Engracia--la

verdad es que me he encariñado con ella porque es muy buena. El muerto

era un perdido, la trataba mal; ahora la pobre muchacha compara... y no

sabe qué hacer para tenerme contento. Ya habrás visto lo hacendosa y lo

limpia que es.

--Sí, tiene su casa como antes estaba la mía.

--De modo que siguen aburriéndote a fuerza de disgustos.

Contó Pepe a su compañero cuanto había ocurrido durante su ausencia, las

consecuencias del sermón, el fanatismo de la madre, sus disgustos con

Tirso, el modo que tuvo de echarle, y, por último, el deplorable extremo

a que se veía reducido, refiriéndole, entre lloroso e irascible, cómo

había faltado doña Manuela a dormir una noche a su casa, por ser

vigilanta en la _Limosna de la luz_.

--Eso no tiene arreglo.

--He pensado en un remedio enérgico, brutal acaso, pero fuera de él no

hallo otro, y para ponerlo en práctica necesito tu ayuda... y la de

Engracia.

--No adivino.

--Dada la situación de mi padre, es insostenible el estado de mi casa:

de continuar así, ni ellas le cuidan ni yo trabajo. El día que menos lo

espere, mi madre se queda en ese convento de los demonios, sin que haya

fuerzas humanas que la arranquen de allí. No puedes figurarte su

actitud: no disputa ni contesta a mis reflexiones; calla y hace lo que

quiere. Con Leocadia, la cosa varía: a cuanto digo, responde que lo que

debo hacer es buscar dinero... y, en el fondo, no le falta razón.

--Pero, ¿cuál es el remedio que has imaginado?

--¿Cuánto supones tú que pueden darme por ser sustituto de uno que no

quiera ser soldado?

--Muy duro me parece el sacrificio.

--A mí también; pero no veo otro camino de salvación. ¿Cuánto crees que

me darían?

--Agenciándolo bien, ¿qué sé yo? a lo sumo, cuatro o cinco mil reales.

--Con eso tendría bastante para pagar lo que debemos y hacer frente a

la situación; pero luego necesitaría tu apoyo.

--Cuenta con él.

--Mi proyecto es el siguiente: primero, buscar esa cantidad por el medio

indicado: y luego, tener una entrevista seria con mi madre, ver si sé

hablarla al corazón, aunque no espero nada. Si se hace cargo de la

realidad, atiende a razones y promete enmienda, aún podemos vivir en

paz: yo me mataré a trabajar.

--No te hagas ilusiones.

--En ese caso, tomar el dinero de la sustitución, pagar las pocas deudas

y...

Vaciló, sin atreverse a continuar.

--Habla, hombre, ¿qué más?

--Entregarte todo lo que me reste, y rogarte que te lleves a mi padre a

casa de Engracia. Durante tu ausencia he visto lo limpia, dulce y

trabajadora que es. Estoy seguro de que le cuidaría bien. Por de pronto,

ya digo, de esa cantidad te daría todo lo que pudiera, y en adelante, lo

que conviniéramos con arreglo a lo que yo tuviese.

Millán guardó silencio.

Pepe, casi temeroso de una nueva decepción, añadió:

--Chico, no sabes lo harto que estoy de sufrir: hasta he pensado en

llevarle a _los incurables_; pero me harían falta recomendaciones que

no tengo, y no podría ver a mi padre cuando quisiera... mientras que en

casa de Engracia...

--¿Querrá ella?--dijo el impresor.

--La he hablado, y dice que sí; pero que nada resolverá sin tu

consentimiento.

--Pues por mí... hecho--repuso Millán, sin valor para negar.

La expresión con que Pepe le miró, fue señal de su agradecimiento.

--Un gran inconveniente veo,--continuó Millán:--advierte cómo está todo;

la guerra arrecia por momentos, dicen que hay partidas hasta por

Andalucía. ¿Has pensado que estás expuesto a tener que salir a que te

rompan el alma por esos campos en cuanto te agreguen a un regimiento?

Reflexiónalo despacio.

--Todo lo he pensado.

--¿Y qué dirá tu novia?

--¿No tengo que renunciar a mi madre? Después de esto, ¿qué desengaño he

de temer? A pesar de todo, tengo confianza en ella.

--¿Estás resuelto?

--Si vosotros me hacéis el favor que os pido, sí.

--Cuenta con nosotros y, sin embargo, créeme: antes trata de ablandar a

tu madre.

--No tengo esperanza de lograr nada, pero lo intentaré.

--Falta un cabo por atar. Supones, y desgraciadamente no te equivocas,

que tu hermana y tu madre irán a parar a la maldita cofradía: pero, ¿vas

tú a quedarte en medio de la calle?

--He pensado en todo. Cuando el buñolero con quien vivía Pateta supo que

tenía amores con su hija, no se opuso a las relaciones, pero dijo al

chico que no le parecía bien que siendo novios siguieran bajo el mismo

techo, y el muchacho está hoy en una casa de huéspedes que le cuesta muy

poco: con él pienso irme.

--Poco te durará la compañía, porque Pateta entra en quinta estos días.

--¡Quién sabe si la suerte nos juntará por esos mundos!

--Pues no hay más que hablar: ya lo sabes; y si desgraciadamente llega

el caso...

--Me llevo a mi padre a tu casa... quiero decir, a la de ella.

--Es lo mismo--añadió Millán sonriendo.

* * * * *

No quiso Pepe que su padre se enterase del triste proyecto que fraguaba

hasta tener que llevarlo a cabo, y para evitar que le oyese hablar con

la madre, al otro día de la conversación con Millán se fue a buscarla al

convento de las _Hijas de la Salve_, donde tenía su centro la hermandad

llamada _Limosna de la luz_.

Hallábase situado el tal convento entre los cementerios viejos y el

depósito de aguas del Lozoya, destacando su oscura mole de ladrillo

rojizo sobre la terrosa campiña a que ponían término las cumbres del

Guadarrama. Cuando Pepe divisó el sombrío edificio, que con sus muros

llenos de ventanas chatas y con rejas, antes parecía cárcel moderna que

asilo religioso, las lágrimas se le vinieron a los ojos. Era un caserón

enorme, ancho y bajo, como ávido de extenderse sobre el suelo que lo

soportaba, sin torrecilla esbelta que realzase su construcción, sin

huerto que lo sombreara ni campanario que elevase al cielo la cruz de su

veleta: la puerta, claveteada de hierro, parecía de castillo, y a muy

larga distancia no había en torno de los recios paredones árbol, planta,

ni enramada alguna, cual si los jugos de la tierra se negaran a

hermosear con su verdor la obra del egoísmo humano... Era la hora de

salir las educandas externas: cerca de las tapias se veían parados

varios carruajes, y otros, a cuyas ventanillas se asomaban cabezas de

muchachas ávidas de aire libre, corrían en dirección a Madrid, donde,

según lo lejano de aquel sitio, llegarían al cerrar la noche. Pepe pensó

con rabia en el fanatismo que hacía a su madre volver desde allí sola y

a pie cuando en la casa gruñía por no ir a la botica, que distaba

cincuenta pasos... Aguardó impaciente a que se fueran los últimos

coches, esperando que doña Manuela saliera presto; mas trascurrido un

buen rato, se resolvió a llamar y adelantó hacia la puerta. Aún se

detuvo unos segundos: sentía repugnancia de entrar. Por fin llamó, oyose

dentro el sonido de la campana y abrió una mujer vestida de suerte que,

sin ser el traje religioso, quería parecerlo.

--¿Hace Vd. el favor de decirme si es aquí donde está establecida la

_Limosna de la luz?_--preguntó--y como le respondiesen afirmativamente,

añadió:

--¿Se ha marchado ya doña Manuela Resmilla, una señora que es vigilanta?

--¿Qué deseaba Vd?

--Vengo a buscarla. Tenga Vd. la bondad de decirla que está aquí su

hijo.

--¡Ah! ¿es Vd. hermano del padre Tirso? Pase, pase Vd.

Hiciéronle atravesar un ancho corredor dado de cal, con alto zócalo de

azulejos, y entró en un cuarto espacioso, donde todo el mueblaje

consistía en un par de docenas de sillas de Vitoria, y en uno de cuyos

muros se veía una estatuilla de la Virgen de Lourdes con las manos

cruzadas sobre el pecho, túnica blanca y faja azul. Al tiempo de llegar

Pepe, se marchaban dos señoras con una niña: era la última educanda que

salía. Allí permaneció solo unos minutos, nervioso, contrariado, sin

poder estarse quieto y mirando hacia las ventanas, donde los barrotes de

hierro cortaban con cruces negras la claridad del espacio, en que la luz

iba faltando. Como oyera de pronto a su espalda ruido de pasos, se

volvió; mas no era su madre la que llegaba, sino una monja. Traía la

cabeza metida en una cofia blanca, bajo la cual resaltaba un rostro

brillante, hasta parecer erisipeloso, de facciones menudas y redondas.

El hábito era de un gris ratonesco, y pendiente de la cintura llevaba un

enorme rosario con cuentas como nueces, gran cruz de cobre y medallas de

santos. Su voz era falsamente suave; el acento y giros que empleaba, muy

franceses.

--¿_Está_ Vd.--dijo--quien pregunta por la _mamán_ del padre Tirso?

--Sí, señora; soy su hijo y vengo a buscarla.

--El caso es que... es _lastima_ que haya usted dado un paseo tan largo;

pero ya hoy doña Manuela no saldrá... _hase su_ guardia... es su día...

_que le toca_ hoy.

--No importa, señora. Suplico a Vd. que la pase recado: ya he dicho a

Vd. que soy su hijo.

--Como Vd. guste, señor; pero _estará inútil_. Una _ves_ que _ya se ha_

entrado en la guardia, _non_ se puede salir.

--Dígala Vd. que he venido yo mismo, que está aquí su hijo.

No le sugería el pensamiento frase más poderosa.

La monja afectaba tranquilidad; pero la entonación que Pepe daba a sus

palabras, no era para inspirar confianza. Tornó ella a salir, quedose él

otra vez esperando más desazonado que antes, y en un abrir y cerrar de

ojos apareció de nuevo la del hábito ratonesco diciendo de mal talante:

--Señor, era _equivocasión_; esa señora ha salido ya; era error _que

cometíamos_; no _estaba_, hoy que _hasía_ su guardia. _Elle est partie_.

Era indudable el engaño: doña Manuela allí debía estar y se negaba, o

aquellas gentes, de acuerdo con ella, evitaban que saliera, lo cual

indicaba claramente su propósito de pasar la noche sin volver a casa,

como había hecho ya una vez.

La resistencia hubiera sido inútil. Por fortuna, Pepe lo comprendió así,

y, aunque acibarada el alma, rebosando hiel el pensamiento, resolvió

aguantarse. ¿Qué podía hacer? ¿Dejarse llevar por la cólera, promover un

escándalo, y tras no conseguir nada ser llevado a la cárcel, si aquellas

mujeres requerían el auxilio de las autoridades? ¿Con qué derecho iba a

turbar la paz del santo asilo? ¿Por sacar de allí a su madre? Años tenía

la buena señora para obrar por su propia cuenta. Sus reflexiones fueron

tan amargas como exactas.--«Todo es en balde: armo un alboroto, grito,

insulto a estas mujeres, llamo a mi madre... cierran la puerta, mandan

venir una pareja... y mi padre se queda solo, sabe Dios hasta cuándo.»

--Está bien, señora--dijo;--pero no es fácil engañarme. ¡Mi madre está

ahí dentro! Dígala Vd., de parte de su hijo, que, si quiere, pronto

podrá quedarse aquí para siempre.

--Adiós, señor--repuso secamente la del hábito.

Salió Pepe al corredor que comunicaba con el zaguán, y al atravesar el

cruce de dos pasillos vio claridad de luz artificial en una puerta

entornada: atraídos sus ojos por el resplandor, miró, y tras aquella

puerta vio a su madre, que estaba espiando su salida. Sin poderse

contener, avanzó para entrar; mas cerraron por dentro, y al cerrar, la

falda de doña Manuela quedó presa entre las hojas de la puerta: ella

entonces tiró con violencia del vestido, y en seguida se oyeron pasos

como de cuerpo viejo que huía trabajosamente.

--¡Mamá! ¡Mamá!

Su voz robusta pareció grito de niño abandonado.

Oyose un violento portazo, dado ya en habitación lejana, y aquella

horrible respuesta resonó en sus oídos más triste que caer de tierra

sobre féretro.

Un instante después estaba fuera: el portón de las _Hijas de la Salve_

giró sin ruido sobre sus goznes; Pepe permaneció unos instantes junto a

la misma entrada del convento, inmóvil, vencido del dolor, queriendo y

sin poder llorar... Anduvo unos cuantos pasos... Miraba y no veía lo que

tenía delante... El eco del portazo no se apagaba nunca en sus oídos. De

pronto, acordándose de su padre, apretó el paso, y de allí a poco se

internó en las calles de Madrid.

El enemigo · 第 34 / 47 题