El remedio fue enérgico, pero tardío; la determinación de Pepe resultó
estéril.
Tirso logró, por mediación de la Condesa, que, a más de su sueldo de
capellán, le diera la cofradía habitación y luz, prestándose a ello las
Hermanas cuando supieron que se trataba del agente encargado de
facilitar la adquisición de los terrenos de don Luis de Ágreda.
Doña Manuela pasaba las mañanas en las iglesias, frecuentando hasta las
más lejanas de su casa, y las tardes en la _Limosna de la luz_, de donde
solía volver cuando encendían los faroles de las calles. Leocadia,
obligada por la fuerza de las circunstancias y quizá temerosa de su
hermano, cuidaba algo más al padre; mas también volvió a las andadas.
Una tarde, al regresar Pepe de la imprenta, la encajera del portal le
dijo que la _señá_ Manuela y la señorita acababan de subir.
--Pero, ¿han salido las dos?
--_¡Anda!_ a media tarde ¡si _paece_ que andan _too_ el día _pingando_!
La situación llegó a ser insostenible: doña Manuela oía sin chistar los
ruegos, súplicas y amenazas de su hijo, sin que de sus labios brotaran
respuesta dura o frase desapacible, mas tampoco promesa de enmienda.
Leocadia alardeaba de rebelde con tal descaro, que su hermano empezó a
comprender que la lucha era inútil. No le quedaba más recurso que hacer
solo frente a la desgracia, dedicándose a permanecer todo el día
cuidando de su padre; pero aun esto era irrealizable, porque necesitaba
ir a trabajar y no podía estar en dos sitios a la vez: atendiendo a su
enfermo, ¿cómo ganar el jornal? yendo a la imprenta, ¿cómo asistir al
padre?
La madre, rendida por los largos paseos que se daba para ir casi
diariamente a la _Limosna_, hacía de mala gana la cena en las primeras
horas de la noche y se acostaba, ansiosa de madrugar y oír misa
tempranito; de modo que, obligada Leocadia a soportar el trajín y los
quehaceres de la casa, todo lo descuidaba. La estrechez de recursos
impuso economías, y entonces se resistió a sufrir ciertas privaciones y
molestias. La cosa más insignificante era allí ocasión de disputa, y el
último altercado era el de palabras más ágrias. Una tarde, al querer
Pepe acostar a don José antes de lo acostumbrado, vio que no le habían
hecho la cama, y como increpase a su hermana, repuso ella:
--¿Soy yo criada? Ya que te llenas la boca de que eres el amo, trae a
casa quien te sirva. Haré la cama de papá; pero la tuya la haces tú... o
tráete de doncella a la novia.
La falta de dinero dio margen a escenas repugnantes. Millán llevaba
adelantados a Pepe dos meses de jornales; fue preciso deshacerse de
cuanto tenía algún valor; el reloj de don José, el de Pepe y varios
cubiertos de plata se malvendieron a un platero de portal; el dueño de
la lonja de ultramarinos amenazó con no seguir fiando si no le
entregaban algo a cuenta, y llegadas a tal extremo las cosas, aun se
resistió Leocadia a empeñar una sortija de poco precio, que Pepe la
regaló en tiempos más felices.
Un hecho de desgarradora elocuencia vino, por fin, a demostrar la
imposibilidad de que continuara aquel desconcierto, fundado en la
profunda variación sufrida por la madre y la hija. Una noche Leocadia
volvió sola de _La limosna_.
--¿Y mamá?--la preguntó su hermano.
--Mamá no viene.
El muchacho, fuera de sí, resistiéndose a entender lo que oía, cogió a
la chica por un brazo, oprimiéndoselo duramente:
--¿Cómo que no viene?
--¡No seas bruto! ¡Esto te faltaba, pegarnos!
--¿Por qué no viene mamá? ¡Responde!
--Porque ahora tienen guardia las vigilantas cada ocho días.
--¿Qué dices de vigilantas? ¿Qué tiene mamá que ver con eso?
--Si hubiéramos hecho lo que dije, no pasaría esto. Ella no te lo ha
querido decir... y ahora aguanto yo el chubasco... Pues, nada, que la
han hecho vigilanta y tiene una guardia por semana, y hoy le toca.
--¿Pero vigilanta de qué?
--De la hermandad. Las muchachas del taller van a las ocho, y a esa hora
tiene que estar allí para que no alboroten y para distribuir o recoger
labor.
Pepe la escuchó asombrado.
--¡Mi madre convertida en criada de monjas!--gritó con rabia. Los ojos
se le arrasaron de lágrimas, y al cubrirse el rostro con las manos, por
no entristecer más a su padre, vio que su precaución era inútil: el
viejo lloraba también.
--¡Padre, padre de mi alma, nos vamos a quedar solos!--dijo,
arrojándose en sus brazos.
--Tú no me dejarás, ¿verdad, hijo?
¡Qué larga se les hizo aquella noche! ¡Cuántos proyectos, qué de
remedios imaginó Pepe, y con qué crueldad le dijo la razón fría que eran
todos irrealizables! Don José, desvelado por la emoción sufrida, pasó en
continua queja las horas, y aun así sufrió menos que su hijo: Leocadia
se acostó desagradablemente impresionada, pero al poco rato se durmió:
Pepe, sentado junto a la cama de su padre y apoyada en su misma almohada
la cabeza, oyó sonar en el reloj todas las horas de la noche. Al
amanecer abrió el postiguillo del balcón, y entonces la luz triste del
alba, iluminando débilmente la alcoba, mostró vacío, junto al viejo, el
sitio de la madre. La muerte y no la ausencia, parecía haberla arrancado
de allí. Pepe miró hacia la cama y, al no hallar sus ojos la cabeza
tantas veces besada, los cerró, como si fuera preferible cegar a ver lo
que veía. Entrada la mañana, salió al comedor, llamando a Leocadia para
que preparase el desayuno del padre, y la encontró en la cocina sentada
en una silla, puesto ante otra el espejo, llena la falda de horquillas y
concluyendo de hacerse un peinado complicadísimo.
A las nueve llegó doña Manuela, y Pepe, oyendo sus pasos en la escalera,
la abrió la puerta antes de que llamase.
--Mamá--la dijo--no tengo autoridad sobre tí; pero reflexiona lo que
estás haciendo y, si aún nos quieres...
No supo seguir y, arrojándose de rodillas à sus pies, la cogió una mano,
que cubrió de lágrimas y besos.
--¡Hijo, por la Virgen del Carmen! ¡No es para tanto! ¡Ni que me hubiera
muerto!
En seguida, viendo desde el pasillo que Leocadia estaba en la cocina,
gritó:
--¡Mira, Leo, hazme a mí también chocolate, que vengo desfallecida!
Pepe se apartó para dejarla pasar, y sin poder ni querer contenerse,
exclamó con ira:
--¡Maldito sea el fanatismo, que engendra tales cosas!
* * * * *
Millán permaneció en Ávila durante algunas semanas, hasta dejar
establecida y en actividad la imprenta cuya fundación le fue confiada.
Cuando regresó a Madrid, le dijo Engracia que Pepe había ido a verla
casi todos los días, y que estaba agradecida a sus atenciones,
especialmente a lo cariñoso que se manifestó con el niño; de suerte que
Millán, apenas vio a su amigo, le dio gracias por el buen cumplimiento
del encargo, y como estuvieran solos en el cuarto donde Pepe trabajaba,
sin temor de que nadie viniese a molestarles, hablaron así:
--Sí, chico--decía Millán, aludiendo a sus relaciones con Engracia--la
verdad es que me he encariñado con ella porque es muy buena. El muerto
era un perdido, la trataba mal; ahora la pobre muchacha compara... y no
sabe qué hacer para tenerme contento. Ya habrás visto lo hacendosa y lo
limpia que es.
--Sí, tiene su casa como antes estaba la mía.
--De modo que siguen aburriéndote a fuerza de disgustos.
Contó Pepe a su compañero cuanto había ocurrido durante su ausencia, las
consecuencias del sermón, el fanatismo de la madre, sus disgustos con
Tirso, el modo que tuvo de echarle, y, por último, el deplorable extremo
a que se veía reducido, refiriéndole, entre lloroso e irascible, cómo
había faltado doña Manuela a dormir una noche a su casa, por ser
vigilanta en la _Limosna de la luz_.
--Eso no tiene arreglo.
--He pensado en un remedio enérgico, brutal acaso, pero fuera de él no
hallo otro, y para ponerlo en práctica necesito tu ayuda... y la de
Engracia.
--No adivino.
--Dada la situación de mi padre, es insostenible el estado de mi casa:
de continuar así, ni ellas le cuidan ni yo trabajo. El día que menos lo
espere, mi madre se queda en ese convento de los demonios, sin que haya
fuerzas humanas que la arranquen de allí. No puedes figurarte su
actitud: no disputa ni contesta a mis reflexiones; calla y hace lo que
quiere. Con Leocadia, la cosa varía: a cuanto digo, responde que lo que
debo hacer es buscar dinero... y, en el fondo, no le falta razón.
--Pero, ¿cuál es el remedio que has imaginado?
--¿Cuánto supones tú que pueden darme por ser sustituto de uno que no
quiera ser soldado?
--Muy duro me parece el sacrificio.
--A mí también; pero no veo otro camino de salvación. ¿Cuánto crees que
me darían?
--Agenciándolo bien, ¿qué sé yo? a lo sumo, cuatro o cinco mil reales.
--Con eso tendría bastante para pagar lo que debemos y hacer frente a
la situación; pero luego necesitaría tu apoyo.
--Cuenta con él.
--Mi proyecto es el siguiente: primero, buscar esa cantidad por el medio
indicado: y luego, tener una entrevista seria con mi madre, ver si sé
hablarla al corazón, aunque no espero nada. Si se hace cargo de la
realidad, atiende a razones y promete enmienda, aún podemos vivir en
paz: yo me mataré a trabajar.
--No te hagas ilusiones.
--En ese caso, tomar el dinero de la sustitución, pagar las pocas deudas
y...
Vaciló, sin atreverse a continuar.
--Habla, hombre, ¿qué más?
--Entregarte todo lo que me reste, y rogarte que te lleves a mi padre a
casa de Engracia. Durante tu ausencia he visto lo limpia, dulce y
trabajadora que es. Estoy seguro de que le cuidaría bien. Por de pronto,
ya digo, de esa cantidad te daría todo lo que pudiera, y en adelante, lo
que conviniéramos con arreglo a lo que yo tuviese.
Millán guardó silencio.
Pepe, casi temeroso de una nueva decepción, añadió:
--Chico, no sabes lo harto que estoy de sufrir: hasta he pensado en
llevarle a _los incurables_; pero me harían falta recomendaciones que
no tengo, y no podría ver a mi padre cuando quisiera... mientras que en
casa de Engracia...
--¿Querrá ella?--dijo el impresor.
--La he hablado, y dice que sí; pero que nada resolverá sin tu
consentimiento.
--Pues por mí... hecho--repuso Millán, sin valor para negar.
La expresión con que Pepe le miró, fue señal de su agradecimiento.
--Un gran inconveniente veo,--continuó Millán:--advierte cómo está todo;
la guerra arrecia por momentos, dicen que hay partidas hasta por
Andalucía. ¿Has pensado que estás expuesto a tener que salir a que te
rompan el alma por esos campos en cuanto te agreguen a un regimiento?
Reflexiónalo despacio.
--Todo lo he pensado.
--¿Y qué dirá tu novia?
--¿No tengo que renunciar a mi madre? Después de esto, ¿qué desengaño he
de temer? A pesar de todo, tengo confianza en ella.
--¿Estás resuelto?
--Si vosotros me hacéis el favor que os pido, sí.
--Cuenta con nosotros y, sin embargo, créeme: antes trata de ablandar a
tu madre.
--No tengo esperanza de lograr nada, pero lo intentaré.
--Falta un cabo por atar. Supones, y desgraciadamente no te equivocas,
que tu hermana y tu madre irán a parar a la maldita cofradía: pero, ¿vas
tú a quedarte en medio de la calle?
--He pensado en todo. Cuando el buñolero con quien vivía Pateta supo que
tenía amores con su hija, no se opuso a las relaciones, pero dijo al
chico que no le parecía bien que siendo novios siguieran bajo el mismo
techo, y el muchacho está hoy en una casa de huéspedes que le cuesta muy
poco: con él pienso irme.
--Poco te durará la compañía, porque Pateta entra en quinta estos días.
--¡Quién sabe si la suerte nos juntará por esos mundos!
--Pues no hay más que hablar: ya lo sabes; y si desgraciadamente llega
el caso...
--Me llevo a mi padre a tu casa... quiero decir, a la de ella.
--Es lo mismo--añadió Millán sonriendo.
* * * * *
No quiso Pepe que su padre se enterase del triste proyecto que fraguaba
hasta tener que llevarlo a cabo, y para evitar que le oyese hablar con
la madre, al otro día de la conversación con Millán se fue a buscarla al
convento de las _Hijas de la Salve_, donde tenía su centro la hermandad
llamada _Limosna de la luz_.
Hallábase situado el tal convento entre los cementerios viejos y el
depósito de aguas del Lozoya, destacando su oscura mole de ladrillo
rojizo sobre la terrosa campiña a que ponían término las cumbres del
Guadarrama. Cuando Pepe divisó el sombrío edificio, que con sus muros
llenos de ventanas chatas y con rejas, antes parecía cárcel moderna que
asilo religioso, las lágrimas se le vinieron a los ojos. Era un caserón
enorme, ancho y bajo, como ávido de extenderse sobre el suelo que lo
soportaba, sin torrecilla esbelta que realzase su construcción, sin
huerto que lo sombreara ni campanario que elevase al cielo la cruz de su
veleta: la puerta, claveteada de hierro, parecía de castillo, y a muy
larga distancia no había en torno de los recios paredones árbol, planta,
ni enramada alguna, cual si los jugos de la tierra se negaran a
hermosear con su verdor la obra del egoísmo humano... Era la hora de
salir las educandas externas: cerca de las tapias se veían parados
varios carruajes, y otros, a cuyas ventanillas se asomaban cabezas de
muchachas ávidas de aire libre, corrían en dirección a Madrid, donde,
según lo lejano de aquel sitio, llegarían al cerrar la noche. Pepe pensó
con rabia en el fanatismo que hacía a su madre volver desde allí sola y
a pie cuando en la casa gruñía por no ir a la botica, que distaba
cincuenta pasos... Aguardó impaciente a que se fueran los últimos
coches, esperando que doña Manuela saliera presto; mas trascurrido un
buen rato, se resolvió a llamar y adelantó hacia la puerta. Aún se
detuvo unos segundos: sentía repugnancia de entrar. Por fin llamó, oyose
dentro el sonido de la campana y abrió una mujer vestida de suerte que,
sin ser el traje religioso, quería parecerlo.
--¿Hace Vd. el favor de decirme si es aquí donde está establecida la
_Limosna de la luz?_--preguntó--y como le respondiesen afirmativamente,
añadió:
--¿Se ha marchado ya doña Manuela Resmilla, una señora que es vigilanta?
--¿Qué deseaba Vd?
--Vengo a buscarla. Tenga Vd. la bondad de decirla que está aquí su
hijo.
--¡Ah! ¿es Vd. hermano del padre Tirso? Pase, pase Vd.
Hiciéronle atravesar un ancho corredor dado de cal, con alto zócalo de
azulejos, y entró en un cuarto espacioso, donde todo el mueblaje
consistía en un par de docenas de sillas de Vitoria, y en uno de cuyos
muros se veía una estatuilla de la Virgen de Lourdes con las manos
cruzadas sobre el pecho, túnica blanca y faja azul. Al tiempo de llegar
Pepe, se marchaban dos señoras con una niña: era la última educanda que
salía. Allí permaneció solo unos minutos, nervioso, contrariado, sin
poder estarse quieto y mirando hacia las ventanas, donde los barrotes de
hierro cortaban con cruces negras la claridad del espacio, en que la luz
iba faltando. Como oyera de pronto a su espalda ruido de pasos, se
volvió; mas no era su madre la que llegaba, sino una monja. Traía la
cabeza metida en una cofia blanca, bajo la cual resaltaba un rostro
brillante, hasta parecer erisipeloso, de facciones menudas y redondas.
El hábito era de un gris ratonesco, y pendiente de la cintura llevaba un
enorme rosario con cuentas como nueces, gran cruz de cobre y medallas de
santos. Su voz era falsamente suave; el acento y giros que empleaba, muy
franceses.
--¿_Está_ Vd.--dijo--quien pregunta por la _mamán_ del padre Tirso?
--Sí, señora; soy su hijo y vengo a buscarla.
--El caso es que... es _lastima_ que haya usted dado un paseo tan largo;
pero ya hoy doña Manuela no saldrá... _hase su_ guardia... es su día...
_que le toca_ hoy.
--No importa, señora. Suplico a Vd. que la pase recado: ya he dicho a
Vd. que soy su hijo.
--Como Vd. guste, señor; pero _estará inútil_. Una _ves_ que _ya se ha_
entrado en la guardia, _non_ se puede salir.
--Dígala Vd. que he venido yo mismo, que está aquí su hijo.
No le sugería el pensamiento frase más poderosa.
La monja afectaba tranquilidad; pero la entonación que Pepe daba a sus
palabras, no era para inspirar confianza. Tornó ella a salir, quedose él
otra vez esperando más desazonado que antes, y en un abrir y cerrar de
ojos apareció de nuevo la del hábito ratonesco diciendo de mal talante:
--Señor, era _equivocasión_; esa señora ha salido ya; era error _que
cometíamos_; no _estaba_, hoy que _hasía_ su guardia. _Elle est partie_.
Era indudable el engaño: doña Manuela allí debía estar y se negaba, o
aquellas gentes, de acuerdo con ella, evitaban que saliera, lo cual
indicaba claramente su propósito de pasar la noche sin volver a casa,
como había hecho ya una vez.
La resistencia hubiera sido inútil. Por fortuna, Pepe lo comprendió así,
y, aunque acibarada el alma, rebosando hiel el pensamiento, resolvió
aguantarse. ¿Qué podía hacer? ¿Dejarse llevar por la cólera, promover un
escándalo, y tras no conseguir nada ser llevado a la cárcel, si aquellas
mujeres requerían el auxilio de las autoridades? ¿Con qué derecho iba a
turbar la paz del santo asilo? ¿Por sacar de allí a su madre? Años tenía
la buena señora para obrar por su propia cuenta. Sus reflexiones fueron
tan amargas como exactas.--«Todo es en balde: armo un alboroto, grito,
insulto a estas mujeres, llamo a mi madre... cierran la puerta, mandan
venir una pareja... y mi padre se queda solo, sabe Dios hasta cuándo.»
--Está bien, señora--dijo;--pero no es fácil engañarme. ¡Mi madre está
ahí dentro! Dígala Vd., de parte de su hijo, que, si quiere, pronto
podrá quedarse aquí para siempre.
--Adiós, señor--repuso secamente la del hábito.
Salió Pepe al corredor que comunicaba con el zaguán, y al atravesar el
cruce de dos pasillos vio claridad de luz artificial en una puerta
entornada: atraídos sus ojos por el resplandor, miró, y tras aquella
puerta vio a su madre, que estaba espiando su salida. Sin poderse
contener, avanzó para entrar; mas cerraron por dentro, y al cerrar, la
falda de doña Manuela quedó presa entre las hojas de la puerta: ella
entonces tiró con violencia del vestido, y en seguida se oyeron pasos
como de cuerpo viejo que huía trabajosamente.
--¡Mamá! ¡Mamá!
Su voz robusta pareció grito de niño abandonado.
Oyose un violento portazo, dado ya en habitación lejana, y aquella
horrible respuesta resonó en sus oídos más triste que caer de tierra
sobre féretro.
Un instante después estaba fuera: el portón de las _Hijas de la Salve_
giró sin ruido sobre sus goznes; Pepe permaneció unos instantes junto a
la misma entrada del convento, inmóvil, vencido del dolor, queriendo y
sin poder llorar... Anduvo unos cuantos pasos... Miraba y no veía lo que
tenía delante... El eco del portazo no se apagaba nunca en sus oídos. De
pronto, acordándose de su padre, apretó el paso, y de allí a poco se
internó en las calles de Madrid.