XXVII

La luz escasa de la lamparita, sucia y mal despabilada, iluminaba el

comedor, donde menudeaban las señales de incuria y abandono. Pocos meses

antes, los mismos objetos y muebles que allí había estaban limpios y

ordenados: ahora el polvo velaba las tablas del aparador, grandes

manchas de grasa afeaban las puertas a la altura de las manos, los

visillos blancos del balcón parecían grises, los cojines en que don José

apoyaba las piernas estaban medio destripados en el suelo, y el

mugriento hule que servía de tapete a la mesa mostraba descosidas y

colgando hasta la estera las tiras de su ribete de trencilla. Todo

indicaba que los ojos de la madre y la aguja de Leocadia prescindían de

lo que antes constituía su mayor desvelo; lo único limpio, nuevo y

reluciente que allí quedaba, era el marco dorado que compró doña Manuela

para la estampa de la Virgen.

--¿Qué quieres?--preguntó Tirso--¿Vas a seguir echándolas de amo? Habla

y acaba pronto.

Pepe, dominando cuantos resentimientos abrigaba contra su hermano y

dando tregua al encono, como si aún fuera posible devolver a la casa la

tranquilidad perdida, no hizo caso de aquellas palabras ásperamente

pronunciadas.

--Óyeme, Tirso: vamos a ver si es posible que tengamos paz. Empiezo por

rogarte que me perdones cuantas frases desagradables me hayas oído desde

que llegaste a Madrid: todo lo que te haya molestado, como si no lo

hubiera dicho.

--Bueno, ¿y qué?

--¿Quieres prestarte a que vivamos todos en buena armonía? Por mi parte

estoy dispuesto a todo género de sacrificios.

Las palabras de Pepe tenían acento de sinceridad, pero iban saliendo de

sus labios tardas, premiosas; hablaba como hombre que, sin esperanza de

éxito, cumple un mandato de su conciencia, tanto más enérgico, cuanto

más súbitamente concebido; quería demostrar buena voluntad antes de

desplegar la energía de que era capaz.

--Aquí puedes estar--añadió--en libertad completa: sólo te ruego que no

distraigas a Leo y a mamá. Sé dueño de tus acciones, pero déjalas a

ellas que cuiden de la casa. Parecen otras; mira cómo tienen esto, tan

sucio; nunca ha estado así y, sobre todo, con lo que no transijo es con

el abandono de papá: no quiero que vuelva a ocurrir lo de esta tarde.

--Es decir, que me cruce de brazos y vuelvan a vivir lo mismo que antes,

como judíos.

--No entremos en apreciaciones: ¿a qué reñir? Tú puedes hacer lo que te

acomode: déjalas a ellas que vivan como han vivido siempre; yo me

encargo de encarrilarlas otra vez y de que esta casa sea lo que fue.

--Desbaratando lo poco que llevo hecho.

--Comprendo que, por tu estado, has de intentar ciertas cosas... Mira,

no es posible que discutamos, porque no nos entenderemos; pero te haré

una reflexión, nada más que una. Me parecería disculpable que hubieses

tratado de que fueran a misa, hasta de que se confesasen; pero, chico,

lo que sucede es horrible. ¿Es o no es verdad que mi padre está hoy aquí

peor que en un hospital?

--¿Qué culpa tengo? Lo que ocurre es que las he hecho ver lo infame, lo

horrible del olvido en que tenían a Dios, el peligro que corrían de

condenarse y de que se condene nuestro padre: han comprendido que me

sobraba razón, y han puesto el remedio.

--De modo que lo que urge es salvarse, y el prójimo que reviente; que yo

me rinda a fuerza de trabajar para impedir que esta pobreza de hoy sea

mañana miseria espantosa y, entre tanto, vosotros, a dormir a la

iglesia, que está fresca en verano y abrigada en invierno, a vestir

santos, limpiar altares y cantar jaculatorias porque el cielo es azul y

porque la Providencia dispone la comida a los pajaritos del campo... Y

yo, entre tanto, todo el día tronchado sobre la mesa, matándome a

trabajar. No, chico, a eso no me avengo. Quiero que vivamos igual que

antes; ellas en casa y para mi padre... tú, como gustes, nada te pido.

Siempre tendrás aquí la cama y la mesa, con tal que no nos obligues a

reñir unos con otros. ¿Quieres llevarlas a misa? Pues llévalas. ¿Quieres

que visiten al Santísimo? ¡Por mí, que le envíen tarjeta! Lo que no

tolero, es que dejen a papá solo y esté la casa hecha un asco. Yo no

puedo permanecer aquí constantemente; y, además, su situación exige

cuidados que un hombre no puede ni sabe darle. Consentiré que mamá y

Leocadia sean devotas; pero antes tienen que ser lo que han sido hasta

ahora, mujeres de su casa y enfermeras de mi padre. Por grande, por

fervoroso que sea tu celo, es imposible que te ofusque hasta no dejarte

comprender esto.

--Lo absurdo, lo inconcebible, es que me propongas que asista impávido a

presenciar la vida que hacíais antes de mi llegada. ¡Ni un mal rosario

había en la casa!

--Y vivíamos tan ricamente.

--Yo no puedo autorizar eso ni tolerar tus impiedades.

--Pues yo no quiero consentir lo otro. Sé religioso, pero cesa de ser

fanático: verás cómo dejo de ser impío.

El ceño de Tirso y sus respuestas secas iban haciendo a Pepe perder la

calma.

--Si te acomoda--continuó--estar de bruces todo el día y usar cilicio,

aunque andes a gatas o te hagas un cinturón de escarpias, me tiene sin

cuidado. En cuanto a ellas, que recen en casita; devoción a domicilio,

la que se te antoje; pero tengo resuelto que mi padre vuelva a verse

bien asistido y que Leo no tenga ocasión de perderse por ir a esa

cofradía que ha puesto tienda de ropas. Con estas dos condiciones

podemos vivir en paz. ¡Buen cuidado tendré yo de no discutir contigo! Me

repugnan estas reyertas; pero, chico, lo de esta tarde me ha llegado al

alma. Si papá se da el golpe un poco más fuerte, se mata.

--Lo que ha pasado hoy no tiene nada de particular. Si padre no hubiese

querido levantarse...

--Si no le hubierais dejado solo... En fin, ¿te allanas o no a que

vivamos en paz?

--¿Quieres que me resigne a veros vivir como masones? ¡Cuando empiezan

ellas a comprender que lo que estaban haciendo no tenía perdón de Dios!

--Figúrate que has predicado en desierto, y no intentes más conquistas

de almas. Para mí, antes que todo, está el reposo de la casa.

--Pues haz cuenta que nada hemos hablado.

--¿Insistes en convertir esto en un infierno con tu ridícula propaganda?

--Insisto en que mi hermana y mi madre no sean herejes.

--¿Y en que nuestro padre se muera a fuerza de disgustos y por falta de

cuidados?

--A quien como él hace tan poco caso de la salvación del alma, debe

importarle poco la vida.

--¡Basta! No blasfemes. Se acabaron las contemplaciones. Elige, y

responde categóricamente. ¿Nos dejas en paz o te marchas? ¿Sí o no?

--¡Este es--exclamó Tirso amargamente--el fruto de las ideas modernas!

Vive una familia en repugnante impiedad, un sacerdote, hijo de esa

misma familia, se propone redimir de su ignorancia a los desdichados y,

otro hijo, su propio hermano, le arroja de allí... es decir, lo intenta.

--¡Lo hace! ¿Piensas que por ser cura, y por invocar leyes divinas, que

pierden en vuestros labios su grandeza, te asiste derecho a mantener en

continua discordia una casa donde antes jamás se oía una frase más recia

que otra? ¿Qué tienen que ver con esto las ideas modernas? ¿Ni qué hay

de común entre vosotros, sectarios de una superstición infame, y la

doctrina del Mártir que injuríais a cada paso? ¡Quemáis incienso en las

iglesias, y propagáis por el mundo la pestilencia de vuestro egoísmo!

--Egoísmo el tuyo, que estimas la tranquilidad de tu vida en más que la

salvación de tu padre. Vuestra impiedad sólo atiende a los dolores de

aquí bajo: la Iglesia, con previsión admirable, busca la eterna

bienaventuranza para el alma. Por eso removemos el mundo a nuestro

antojo: ya lo ves, los hombres se alzan en armas para defender nuestra

causa, la causa de la Iglesia Católica, eterna como la gloria de su

fundador. A su seno vendrán los pueblos como lanchas de pescadores que

arrolla la tormenta y se acogen al puerto.

--¿Para que vosotros les despojéis de su ganancia?

--Para señalar a las gentes el camino del bien y la verdad. El primer

pueblo que reconquistemos será este.

--¡No! Es tarde. Ni la fe podrá recobrar el imperio del mundo, ni

vosotros enseñorearos de España, donde vuestra influencia ha sido tan

desdichada como la tuya en mi casa. Dirigisteis la educación nacional

por espacio de trescientos años, y el pueblo no sabe leer; gobernasteis

nuestras conciencias, y somos escépticos. Eso hicieron los de tu raza

con el país en nombre de la religión, sembrando la ignorancia y la

incredulidad, como tu fanatismo ha sembrado aquí la desdicha.

--He procurado contrarrestar el mal que causaba tu ateismo.

Pepe rechazó vigorosamente la acusación del cura, y entonces sus frases

ganaron en alteza lo que perdieron en naturalidad.

--Te equivocas. A quien no es supersticioso llamáis ateo. ¡Yo ateo? No,

Tirso: mi corazón ama a Dios mejor que el tuyo: mi Dios no ha menester

homenaje ridículo ni dogmatismo absurdo. Tú le adoras en templos, que

aun de día necesitan luz: yo en el fondo de mi conciencia, donde me

basta para verle el resplandor de la caridad que Él me inspira. Tú has

de postrarte como salvaje que hace sacrificios a un leño: yo le llevo en

la razón, que no se arrodilla ante nadie. Tú has venido a traer al

mundo, _no la paz, sino la espada_: yo soy de los que dicen con San

Pablo: _hermanos, ¡sois llamados a la libertad!_ La fe estéril es tuya:

las obras fecundas son mías. Tus creencias te arrastran al proselitismo,

que es la intolerancia y la persecución, o al ascetismo, que es la

aberración del egoísmo y la negación de la vida social. Tu fe hace

fanáticos, tu esperanza soñadores: mi caridad hace hombres. Vosotros

embrutecéis a la mujer, como querido que la pervierte para dominarla; y,

enseñándola un cadáver clavado en una cruz la decís: «ese es tu amante:»

nosotros, cuando jóvenes, la poetizamos con nuestro amor, y luego la

idolatramos como a madre. ¿Vosotros? vosotros la prometéis el reino de

los cielos, para robarla el imperio de la tierra: nosotros la damos el

corazón por trono. ¡Habláis de familia! Recuerda lo que has hecho desde

que aquí entraste. Me has robado el cariño de mi madre, sin atesorarlo

para tí, porque eres incapaz de comprender lo que vale; porque te basta

el amor frío a las imágenes de palo. Has hecho que Leocadia riña con un

hombre honrado y bueno, que podía haberla hecho feliz: y ¿para qué?

para llevarla ahora a las reuniones de esa hermandad, donde la devoción

es negocio y la piedad tercera de seducciones. Por culpa de tu maldito

sermón me han quitado medio de trabajar, y lo que hoy es aquí escasez,

será mañana miseria irremediable. ¿Acaso nos traerás tú ahora maná del

cielo o dinero de San Pedro? Has entontecido a mi pobre madre hasta el

punto de que, por vestir a una virgen, deje solo a papá, olvidándose de

la pasión de toda su vida y manchando con mala vejez una existencia

consagrada al cariño. Todo eso has hecho... ¡y dices que en nombre de

Dios!

--¡Cien veces lo volvería a hacer! No tengo la culpa de que te hayan

quitado el destino, ni de que tu madre descuide sus quehaceres. En más

altas cosas me empleo. ¿Vienen males del Señor sobre la casa? Paciencia

y resignación. Rico era Job y fue paciente y resignado cuando se vio

pobre y zaherido; pero no perdió la fe. Te dueles de las cosas del

cuerpo; yo atiendo a las del alma. ¿Echa padre algunas pequeñeces de

menos?; yo estoy abriendo a madre el reino de los cielos. ¿Temes que

Leocadia peque de liviana?; cuando llegó su espíritu a mis manos, ya

estaba sucio de pecado.

--Si no fuera por la situación de nuestro padre, tu lenguaje me haría

gracia. ¿Conque Job tuvo paciencia y Leocadia estaba sucia de pecado

cuando, en vez de ir a corretear iglesias, atendía a las necesidades de

papá? ¿Conque ahora, que mi madre casi ha perdido el juicio, es cuando

estás abriendo para ella el Paraíso? Sí, ¿eh? pues ahora es cuando abro

yo la puerta de casa para que te vayas. No quieres vivir con nosotros

como hermano, ¿verdad? ¿Te empeñas en actuar aquí de cura? Pues ¡a la

calle! Mañana te marchas, para no volver nunca.

--Eso, eso es--dijo Tirso al oír la palabra _cura_.--Aprovecha la

ocasión que se te presenta para ofender a un sacerdote. Mis ropas, mis

hábitos son los que te irritan. ¡Nada importa! Estos paños negros son en

el mundo la bandera de la verdad y del bien; por eso la llevamos ceñida

al cuerpo, para caer envueltos en ella.

--¡Bonita frase! apúntala para otro sermón carlista.

--Lo que apuntaré en la memoria, es la infamia que por odio a mi clase

cometes conmigo.

--Te engañas. Si hubieses querido ser mi hermano, no me acordara yo

nunca de tu sotana. Ahora, ya es tarde: harto veo que tu conducta no es

fruto de la depravación del hombre, sino del celo del sectario. Unos

ensangrentáis los campos; otros desunís las familias. En el monte usáis

trabuco; en poblado os valéis del confesonario. Aquí has perdido la

partida.

--¿Es decir, que me echas?

--Piensa bien lo que respondes. Tirso: ¿quieres vivir con nosotros como

hermano, sin acordarte para nada de que eres clérigo?

--No.

--Entonces, vete y sé feliz, si puedes. No exijo, aunque lo mereces, que

salgas ahora mismo de casa. Mañana podrás ver a papá por última vez,

aunque no creo que te importe gran cosa; pero nada le digas. Luego, te

marchas cuando quieras y envías por tus ropas. Sobre todo, sé prudente y

evita que mi madre adopte cualquier resolución descabellada, ¿entiendes?

porque te costaría muy caro.

Pepe pronunció las últimas frases con la serena altivez de quien, dueño

de su voluntad y seguro de su fuerza, está resuelto a exigir obediencia:

la menor provocación hubiese trocado en violencia su energía. La extrema

palidez del rostro, demudado por la cólera, los labios trémulos y la

terca obstinación de sus miradas, intimidaron a Tirso que, esquivando

encararse con su hermano, le dijo fríamente:

--Abur.

--Ve en paz.

Entró el cura en su cuarto y Pepe en su alcoba.

Así se separaron.

* * * * *

Pepe se fue por la mañana temprano a su trabajo, evitando ver de nuevo a

Tirso: éste conversó breve rato con la madre y luego entró en la alcoba

de don José.

--¡Adiós padre--le dijo--hoy me marcho... ahora mismo!

El viejo, que la noche pasada había escuchado confusamente el rumor de

la conversación de ambos hermanos, adivinó la causa de aquella

despedida; mas nada hizo por evitarla. Su respuesta fue prueba de que

comprendía cuanto había ocurrido.

--¡Adiós, hijo mío: sé dichoso y acuérdate alguna vez de nosotros!

--¡Adiós, padre; rogaré al Señor por ustedes!

En seguida Tirso sacó a rastra sus dos baúles hasta el pasillo, diciendo

a Leocadia:

--Hasta luego: ya vendrán por eso.

Y bajó la escalera inmutable, con los ojos enjutos.

El enemigo · 第 33 / 47 题