--Me había propuesto--dijo una noche en la imprenta Millán a Pepe--no
hablarte de ciertas cosas, porque me duele recordar lo pasado; pero es
necesario que sepas lo que te voy a contar, para que estés advertido. Si
no andas listo, a los disgustos de ahora tendrás que añadir otros, y de
peor índole.
--¿Qué quieres decir?
--Es necesario... que vigiles a tu hermana.
--¡Millán!
--No nos enfademos; ten calma.
--¡Eso es despecho!
--Te hago un verdadero favor avisándote; conque escucha y serénate, que
te conviene: si callo, tú serás quien salga perdiendo. Y me alegro que
hayas soltado esa palabreja: no hay tal despecho.
--Habla pronto y claro.
--Yo quería a Leocadia y ella parecía no recibirlo mal; después, tú lo
viste y yo no me hice ilusiones, ella me dejó: desde entonces he
procurado ir poco a tu casa; me era penoso verla y, la verdad, hasta me
ofendía su indiferencia, porque era prueba de que mi amor propio me
había engañado. Vi claro que nunca me quiso ni pizca.
--Y ahora, ¿qué pasa?
--Me propuse que nosotros no riñéramos, y tú dirás si tienes queja de
mí...
--Ninguna.
--Y me propuse también no hablarte nunca de ella. Hoy lo hago, no por
Leocadia, soy franco; sino por tí. ¿Sabes dónde pasa muchas tardes?
--Su madre se la lleva a novenas y fiestas de iglesia.
--Y a otras partes.
--¡Mira bien lo que dices!
--No te atufes. A Tirso le ha hecho, no sé quién, capellán de una
cofradía, hermandad, o lo que sea, que llaman las _Hijas de la Salve_ o
la _Limosna de la luz_, no lo sé fijamente, y Tirso las lleva con mucha
frecuencia a las fiestas de la iglesia: hay capillas privadas, como hay
teatros caseros. Hasta aquí todo va bien; pero, de paso, ya sabes por
qué dejan a don José solo las horas muertas. Lo malo es que antes y
después de las funciones de iglesia se están allí ratos y más ratos, en
una sala donde las _hermanitas_ reciben la visita de las familias de sus
educandas, donde además venden la ropa de un obrador que tienen:
aquello es medio tienda medio sacristía, y allí va toda clase de gente.
Tu hermano ha tomado en serio el ser director espiritual de las
oficialas del taller, y las aturde a letanías: tu madre... chico, lo
diré con mucho respeto; pero hay que llamar a las cosas por sus
nombres... tu madre está como si le hubieran sorbido el seso: Tirso la
tiene días enteros doblando ropas, arreglando cajones, recibiendo la
labor a las chicas... y, vamos a la parte más fea del asunto. Con las
señoras de la grandeza y las que quieren imitarlas, van allí algunos de
esos devotos que desgastan con las rodillas los ruedos de las iglesias
y, tras las mujeres, van señoritos elegantes a ver lo que se pesca,
¿entiendes?
--Sigue.
--Uno de esos señoritos está buscándole las vueltas a Leo.
--¿Estás seguro de lo que dices?
--¿Puedes suponer que me hubiese metido en esto si no lo estuviera?
--¿Cómo lo has sabido?
--Esa cofradía ha mandado imprimir unos reglamentos en casa de Lozano,
donde yo estuve ayer; él tiene _prisas_, me ha pedido que le hagamos
aquí la tirada, y con este motivo, estuvo hablándome de esas _Hijas de
la Salve_, y me lo ha contado todo. Lozano es hombre formal, incapaz de
mentir, y, vamos, son cosas que no se inventan. Él ha ido allí varias
veces y ha visto a Tirso, y a tu madre, y a Leocadia hablando, muy
entusiasmada con varios señoritos.
--¿Y en particular con alguno?
--No lo sé; pero ¿qué importa? No te hagas ilusiones; tu hermana es
honrada, todo lo que quieras... pero ya puedes figurarte lo que buscarán
esos caballeretes.
Pepe quedó pensativo; involuntariamente se acordó de Paz, de la
desigualdad que le separaba de su amante y de que, sin embargo, aquel
amor no podía ser más sincero ni honesto. Lejos de ocultar a Millán sus
ideas, le dijo:
--Y si yo hablo con ella, ¿qué caso ha de hacerme mi hermana? Puede
decirme que también yo estoy en amores con una mujer superior a mi
clase.
--Calla hombre, no compares: ¡buena diferencia! La malicia está
generalmente en el hombre; y siendo tú como eres, tu novia es para tí
sagrada. Lo otro es distinto: la atacada es la parte débil... y, en fin,
con estar avisado y ser cauto, nada pierdes. Por interés mío no te
hablo: no he vuelto nunca a imaginar que yo pudiese tener nada con
ella. Además, ya sabes que _estoy_ con Engracia.
--Tienes razón.
--A estar yo en tu pellejo, lo primerito que hacía era prohibirla que
volviese.
--Se arma en mi casa la de Dios es Cristo.
--Pues chico, que se arme; pero pon remedio.
--¿Tendrás medio de averiguar?...
--¿Qué más quieres saber? ¿No te digo que andan tras ella sin que les
rechace? ¿que se ponen a charlar con ella en cuanto llegan? Por supuesto
que, según Lozano, la mitad de las señoras van allí a eso. En la puerta
hay una de carruajes que no se puede pasar, y todo son miradas, frases
cambiadas como al descuido, darlas el brazo hasta los coches, en fin,
como los domingos a la entrada de las iglesias de moda.
--¡Y para eso dejan solo a mi padre! ¡Te juro que lo evitaré!
Hablaron después de otros asuntos; pero Pepe no podía fijar en nada la
atención. Iban ya a separarse, cuando Millán le dijo:
--Ahora voy a pedirte yo un favor.
--Lo que quieras.
--Me han propuesto un negociejo que me conviene. Se trata de ir a Ávila
para montar unas máquinas: cuestión de pasar allí unos días; estancia y
viajes pagados, y cuatro mil realitos. No sé aún cuándo será la cosa,
pero he aceptado.
--¿Y qué puedo hacer yo?
--Quiero que mientras yo esté fuera veas a Engracia con frecuencia, y
que si necesita algo se lo des; yo te dejaré cuartos... En fin, que sepa
yo lo que hace. ¡Está más guapa!
--Corriente: haré eso y todo lo que me encargues.
--Nada más: no tengo persona de mayor confianza que tú.
Terminado el diálogo se despidieron, y Millán se fue: Pepe entró al
cuartito donde trabajaba y, a solas, se dejó caer sobre una silla, casi
llorando de rabia y de vergüenza. En aquel momento, hubiera sido capaz
de ahogar a Tirso entre las manos.
El ruido que hicieron algunos cajistas al marcharse le distrajo de
pronto y, mirando al reloj vio que faltaba poco para la hora de la cena.
Cuando salió a la calle, el aire fresco le serenó algo; pero el bochorno
sufrido oyendo a Millán le pesaba en la memoria como el rubor de una
falta propia: unos instantes le agradecía el aviso; otros, casi le
guardaba rencor. La razón le dijo, al fin, que era más sensato lo
primero. Anduvo de prisa, impaciente por hablar en seguida con Leocadia,
y al llegar a su casa subió apresuradamente la escalera, sin saludar a
la encajera del portal, y tiró de la campanilla, que sonó hacia el fondo
del pasillo, sin que se oyeran pasos ni rozar de faldas contra las
paredes. Volvió a llamar, nervioso por la impaciencia, y nada, ni el
menor ruido: no abrieron. No era creíble que hubiesen dejado solo a su
padre: ¿qué ocurriría? Esperó unos minutos y tornó a tirar del llamador,
dando, además, con el pie en la puerta. Tampoco se oyó nada. Entonces
echó escaleras abajo, y llegó al portal a tiempo que la puntillera
terminaba de recoger su puesto para irse.
--¡Jesusa!--gritó desde el último tramo--en mi casa no abren: ¿sabe Vd.
si ha sucedido algo?
--Están fuera.
--¿Todos?
--Todos.
--Pero, ¿y mi padre?
--Toma, el pobre señor arriba. Como usted entró corriendo... no le dije
_ná_. La señora, don Tirso y la señorita salieron a cosa de las cuatro,
diciéndome que tuviera _cuidao_... y hasta ahora. ¡Figúrese Vd. qué iba
a cuidar! Si me hubieran _dao_ el picaporte... _quié icir_ que podría
haber subido por si el señor _nesecitaba_ algo.
--¿De modo que está solo arriba desde las cuatro?
--Cabalito.
Iban a dar las nueve: hacía más de cuatro horas y media que el pobre
anciano estaba solo, como perro enfermo abandonado en un desván. Aquello
era ya demasiado. Pepe, procurando no perder la calma, a pesar del enojo
que le dominaba, sintió la necesidad de cerciorarse de que nada le había
sucedido a don José. Lo primero que se le ocurrió fue hacer saltar de un
bastonazo el ventanillo y llamarle, por tranquilizarse escuchándole
contestar; pero desde el sitio donde solían ponerle la butaca, junto al
balcón del comedor, era difícil que oyera: hablarle desde las ventanas
de los vecinos que daban al patio, también era inútil; y mientras
rápidamente lo concebía, la imaginación le presentaba a los ojos a su
padre postrado en la butaca, silencioso, triste, en cruel soledad toda
la tarde. Salió a la calle para buscar quien descerrajase la puerta, tan
excitado el ánimo contra su madre y sus hermanos, que casi deseaba no
verles llegar para que apareciese más justificado el tropel de ásperas
reconvenciones y palabras duras que se le venían a los labios.
--_Mialos, mialos_, por donde asoman--dijo de pronto la puntillera.
Venían por el arco que da a la Plaza Mayor: doña Manuela, agitada,
llevando alguna delantera a sus hijos y con el picaporte en la mano;
Tirso, de hábitos y recientemente afeitado, detalle de aseo raro en él;
Leocadia lucía puesta la mejor ropa que le quedaba, y a falta de
primores en el traje, se había hecho un peinado muy llamativo. Pepe se
adelantó al encuentro de su madre.
--Se nos ha hecho un poco tarde--dijo ella, adivinando el estado de su
hijo.
Él la quitó violenta, casi brutalmente la llave de la mano, tratándola
por vez primera sin miramiento, y penetrando en el portal echó escaleras
arriba. Abrió precipitadamente la puerta del cuarto y llegó al comedor.
Don José estaba inmóvil en el sillón, oprimiéndose la frente con un
pañuelo ligeramente manchado de sangre: sobre una mesa inmediata había
una bujía y una caja de fósforos. Sin preguntarle nada, adivinó Pepe lo
sucedido: al anochecer debió intentar encender la vela, y al querer
alcanzar los fósforos, se cayó. El quedar la palmatoria y las cerillas
al alcance de su mano, demostraba en la madre y los dos hijos propósito
de regresar tarde, aunque esperasen llegar antes que Pepe; pero sucedió
lo contrario. La herida de don José era insignificante, mas la vista del
pañuelo manchado de sangre puso a Pepe fuera de sí.
--Nada me sorprende de tí; eres cura--dijo encarándose con Tirso, al par
que examinaba a su padre la frente--pero, ¡vosotras!...
--Hijo, no creí que fuese tan tarde.
--¡Parece que ya no eres mi madre! Tú--añadió dirigiéndose a
Leocadia--no volverás a salir sin permiso mío.
--Ordeno y mando. ¿Sin permiso tuyo? ¡Tiene gracia!
Su voz tomó inflexiones de burla provocativa: Pepe, sin dejar de limpiar
con cuidado la poca sangre que don José tenía ya casi seca en el
nacimiento del pelo, repuso enérgicamente:
--¡No! no saldrás sin permiso mío. Ya que es preciso, lo diré claro,
hablaré como nunca me habéis oído hablar. Las circunstancias me han
hecho jefe de la casa; cuanto aquí entra, lo traigo yo; yo soy quien
trabaja, quien se desvela porque no nos muramos de hambre, y no
consentiré que nadie, ¿oyes, Tirso? no toleraré que ningún extraño me
robe mi autoridad. Entendedlo bien... yo, con lo que gano, tengo de
sobra para mí; si no se me obedece, soy capaz de abandonaros a todos.
A pesar de tener tan sorbida la voluntad por el cura, en una sola frase
resumió entonces doña Manuela los buenos sentimientos de Pepe, diciendo:
--¡Eso sí que no lo creo! ¡eres incapaz de ello!
Tirso creyó que podía oponer su autoridad a la de Pepe.
--Y yo, ¿no soy el hermano mayor?
--¿Tú mi hermano? Tú eres cura, y nada más. Quítate de delante, porque
me falta la calma... ¡Infames, maldita sea vuestra devoción y vuestra
iglesia! ¡Sois los ateos del cariño!
En vano pretendió la madre acercarse: Pepe no lo consintió. Con agua de
una botella que había sobre el aparador, lavó al padre la frente y,
convencido de que la lesión no tenía importancia, se limitó a ponerle en
ella un trozo de tafetán; pero la ira no le salió del alma: comprendía
que, a dar el golpe un poco más fuerte, aquello hubiera sido una
escalabradura muy grave: doña Manuela no se atrevió a chistar: Leocadia
continuaba mirando descaradamente a Pepe.
--¿Conque ahora mandas tú?--le decía con sorna--vaya, hombre, me alegro:
pon un bando en el pasillo.
--¡No! No saldrás sino cuando yo quiera; y, sobre todo, no vuelves a
poner los pies donde has estado esta tarde. ¿Piensas que no sé a lo que
vas? Eres mi hermana, ¿lo entiendes? y antes de que pierdas la
vergüenza, seré capaz de ahogarte.
--¡Uf! ¡qué miedo! Mañanita vuelvo si se me antoja...
--¡Basta, hijos míos! Pepe, no te irrites--interrumpió don José con
acento débil--no volverá, yo la suplicaré que no vaya... y preparadme la
cena, que tengo mucha necesidad.
Cenaron en silencio y Pepe acostó a su padre, sin querer ajena ayuda ni
cruzar con nadie la palabra: después se recogieron doña Manuela y
Leocadia. Cuando iba Tirso a entrar en su cuarto, le dijo Pepe:
--Espera, tenemos que hablar: no es posible que continuemos así.