XXVI

--Me había propuesto--dijo una noche en la imprenta Millán a Pepe--no

hablarte de ciertas cosas, porque me duele recordar lo pasado; pero es

necesario que sepas lo que te voy a contar, para que estés advertido. Si

no andas listo, a los disgustos de ahora tendrás que añadir otros, y de

peor índole.

--¿Qué quieres decir?

--Es necesario... que vigiles a tu hermana.

--¡Millán!

--No nos enfademos; ten calma.

--¡Eso es despecho!

--Te hago un verdadero favor avisándote; conque escucha y serénate, que

te conviene: si callo, tú serás quien salga perdiendo. Y me alegro que

hayas soltado esa palabreja: no hay tal despecho.

--Habla pronto y claro.

--Yo quería a Leocadia y ella parecía no recibirlo mal; después, tú lo

viste y yo no me hice ilusiones, ella me dejó: desde entonces he

procurado ir poco a tu casa; me era penoso verla y, la verdad, hasta me

ofendía su indiferencia, porque era prueba de que mi amor propio me

había engañado. Vi claro que nunca me quiso ni pizca.

--Y ahora, ¿qué pasa?

--Me propuse que nosotros no riñéramos, y tú dirás si tienes queja de

mí...

--Ninguna.

--Y me propuse también no hablarte nunca de ella. Hoy lo hago, no por

Leocadia, soy franco; sino por tí. ¿Sabes dónde pasa muchas tardes?

--Su madre se la lleva a novenas y fiestas de iglesia.

--Y a otras partes.

--¡Mira bien lo que dices!

--No te atufes. A Tirso le ha hecho, no sé quién, capellán de una

cofradía, hermandad, o lo que sea, que llaman las _Hijas de la Salve_ o

la _Limosna de la luz_, no lo sé fijamente, y Tirso las lleva con mucha

frecuencia a las fiestas de la iglesia: hay capillas privadas, como hay

teatros caseros. Hasta aquí todo va bien; pero, de paso, ya sabes por

qué dejan a don José solo las horas muertas. Lo malo es que antes y

después de las funciones de iglesia se están allí ratos y más ratos, en

una sala donde las _hermanitas_ reciben la visita de las familias de sus

educandas, donde además venden la ropa de un obrador que tienen:

aquello es medio tienda medio sacristía, y allí va toda clase de gente.

Tu hermano ha tomado en serio el ser director espiritual de las

oficialas del taller, y las aturde a letanías: tu madre... chico, lo

diré con mucho respeto; pero hay que llamar a las cosas por sus

nombres... tu madre está como si le hubieran sorbido el seso: Tirso la

tiene días enteros doblando ropas, arreglando cajones, recibiendo la

labor a las chicas... y, vamos a la parte más fea del asunto. Con las

señoras de la grandeza y las que quieren imitarlas, van allí algunos de

esos devotos que desgastan con las rodillas los ruedos de las iglesias

y, tras las mujeres, van señoritos elegantes a ver lo que se pesca,

¿entiendes?

--Sigue.

--Uno de esos señoritos está buscándole las vueltas a Leo.

--¿Estás seguro de lo que dices?

--¿Puedes suponer que me hubiese metido en esto si no lo estuviera?

--¿Cómo lo has sabido?

--Esa cofradía ha mandado imprimir unos reglamentos en casa de Lozano,

donde yo estuve ayer; él tiene _prisas_, me ha pedido que le hagamos

aquí la tirada, y con este motivo, estuvo hablándome de esas _Hijas de

la Salve_, y me lo ha contado todo. Lozano es hombre formal, incapaz de

mentir, y, vamos, son cosas que no se inventan. Él ha ido allí varias

veces y ha visto a Tirso, y a tu madre, y a Leocadia hablando, muy

entusiasmada con varios señoritos.

--¿Y en particular con alguno?

--No lo sé; pero ¿qué importa? No te hagas ilusiones; tu hermana es

honrada, todo lo que quieras... pero ya puedes figurarte lo que buscarán

esos caballeretes.

Pepe quedó pensativo; involuntariamente se acordó de Paz, de la

desigualdad que le separaba de su amante y de que, sin embargo, aquel

amor no podía ser más sincero ni honesto. Lejos de ocultar a Millán sus

ideas, le dijo:

--Y si yo hablo con ella, ¿qué caso ha de hacerme mi hermana? Puede

decirme que también yo estoy en amores con una mujer superior a mi

clase.

--Calla hombre, no compares: ¡buena diferencia! La malicia está

generalmente en el hombre; y siendo tú como eres, tu novia es para tí

sagrada. Lo otro es distinto: la atacada es la parte débil... y, en fin,

con estar avisado y ser cauto, nada pierdes. Por interés mío no te

hablo: no he vuelto nunca a imaginar que yo pudiese tener nada con

ella. Además, ya sabes que _estoy_ con Engracia.

--Tienes razón.

--A estar yo en tu pellejo, lo primerito que hacía era prohibirla que

volviese.

--Se arma en mi casa la de Dios es Cristo.

--Pues chico, que se arme; pero pon remedio.

--¿Tendrás medio de averiguar?...

--¿Qué más quieres saber? ¿No te digo que andan tras ella sin que les

rechace? ¿que se ponen a charlar con ella en cuanto llegan? Por supuesto

que, según Lozano, la mitad de las señoras van allí a eso. En la puerta

hay una de carruajes que no se puede pasar, y todo son miradas, frases

cambiadas como al descuido, darlas el brazo hasta los coches, en fin,

como los domingos a la entrada de las iglesias de moda.

--¡Y para eso dejan solo a mi padre! ¡Te juro que lo evitaré!

Hablaron después de otros asuntos; pero Pepe no podía fijar en nada la

atención. Iban ya a separarse, cuando Millán le dijo:

--Ahora voy a pedirte yo un favor.

--Lo que quieras.

--Me han propuesto un negociejo que me conviene. Se trata de ir a Ávila

para montar unas máquinas: cuestión de pasar allí unos días; estancia y

viajes pagados, y cuatro mil realitos. No sé aún cuándo será la cosa,

pero he aceptado.

--¿Y qué puedo hacer yo?

--Quiero que mientras yo esté fuera veas a Engracia con frecuencia, y

que si necesita algo se lo des; yo te dejaré cuartos... En fin, que sepa

yo lo que hace. ¡Está más guapa!

--Corriente: haré eso y todo lo que me encargues.

--Nada más: no tengo persona de mayor confianza que tú.

Terminado el diálogo se despidieron, y Millán se fue: Pepe entró al

cuartito donde trabajaba y, a solas, se dejó caer sobre una silla, casi

llorando de rabia y de vergüenza. En aquel momento, hubiera sido capaz

de ahogar a Tirso entre las manos.

El ruido que hicieron algunos cajistas al marcharse le distrajo de

pronto y, mirando al reloj vio que faltaba poco para la hora de la cena.

Cuando salió a la calle, el aire fresco le serenó algo; pero el bochorno

sufrido oyendo a Millán le pesaba en la memoria como el rubor de una

falta propia: unos instantes le agradecía el aviso; otros, casi le

guardaba rencor. La razón le dijo, al fin, que era más sensato lo

primero. Anduvo de prisa, impaciente por hablar en seguida con Leocadia,

y al llegar a su casa subió apresuradamente la escalera, sin saludar a

la encajera del portal, y tiró de la campanilla, que sonó hacia el fondo

del pasillo, sin que se oyeran pasos ni rozar de faldas contra las

paredes. Volvió a llamar, nervioso por la impaciencia, y nada, ni el

menor ruido: no abrieron. No era creíble que hubiesen dejado solo a su

padre: ¿qué ocurriría? Esperó unos minutos y tornó a tirar del llamador,

dando, además, con el pie en la puerta. Tampoco se oyó nada. Entonces

echó escaleras abajo, y llegó al portal a tiempo que la puntillera

terminaba de recoger su puesto para irse.

--¡Jesusa!--gritó desde el último tramo--en mi casa no abren: ¿sabe Vd.

si ha sucedido algo?

--Están fuera.

--¿Todos?

--Todos.

--Pero, ¿y mi padre?

--Toma, el pobre señor arriba. Como usted entró corriendo... no le dije

_ná_. La señora, don Tirso y la señorita salieron a cosa de las cuatro,

diciéndome que tuviera _cuidao_... y hasta ahora. ¡Figúrese Vd. qué iba

a cuidar! Si me hubieran _dao_ el picaporte... _quié icir_ que podría

haber subido por si el señor _nesecitaba_ algo.

--¿De modo que está solo arriba desde las cuatro?

--Cabalito.

Iban a dar las nueve: hacía más de cuatro horas y media que el pobre

anciano estaba solo, como perro enfermo abandonado en un desván. Aquello

era ya demasiado. Pepe, procurando no perder la calma, a pesar del enojo

que le dominaba, sintió la necesidad de cerciorarse de que nada le había

sucedido a don José. Lo primero que se le ocurrió fue hacer saltar de un

bastonazo el ventanillo y llamarle, por tranquilizarse escuchándole

contestar; pero desde el sitio donde solían ponerle la butaca, junto al

balcón del comedor, era difícil que oyera: hablarle desde las ventanas

de los vecinos que daban al patio, también era inútil; y mientras

rápidamente lo concebía, la imaginación le presentaba a los ojos a su

padre postrado en la butaca, silencioso, triste, en cruel soledad toda

la tarde. Salió a la calle para buscar quien descerrajase la puerta, tan

excitado el ánimo contra su madre y sus hermanos, que casi deseaba no

verles llegar para que apareciese más justificado el tropel de ásperas

reconvenciones y palabras duras que se le venían a los labios.

--_Mialos, mialos_, por donde asoman--dijo de pronto la puntillera.

Venían por el arco que da a la Plaza Mayor: doña Manuela, agitada,

llevando alguna delantera a sus hijos y con el picaporte en la mano;

Tirso, de hábitos y recientemente afeitado, detalle de aseo raro en él;

Leocadia lucía puesta la mejor ropa que le quedaba, y a falta de

primores en el traje, se había hecho un peinado muy llamativo. Pepe se

adelantó al encuentro de su madre.

--Se nos ha hecho un poco tarde--dijo ella, adivinando el estado de su

hijo.

Él la quitó violenta, casi brutalmente la llave de la mano, tratándola

por vez primera sin miramiento, y penetrando en el portal echó escaleras

arriba. Abrió precipitadamente la puerta del cuarto y llegó al comedor.

Don José estaba inmóvil en el sillón, oprimiéndose la frente con un

pañuelo ligeramente manchado de sangre: sobre una mesa inmediata había

una bujía y una caja de fósforos. Sin preguntarle nada, adivinó Pepe lo

sucedido: al anochecer debió intentar encender la vela, y al querer

alcanzar los fósforos, se cayó. El quedar la palmatoria y las cerillas

al alcance de su mano, demostraba en la madre y los dos hijos propósito

de regresar tarde, aunque esperasen llegar antes que Pepe; pero sucedió

lo contrario. La herida de don José era insignificante, mas la vista del

pañuelo manchado de sangre puso a Pepe fuera de sí.

--Nada me sorprende de tí; eres cura--dijo encarándose con Tirso, al par

que examinaba a su padre la frente--pero, ¡vosotras!...

--Hijo, no creí que fuese tan tarde.

--¡Parece que ya no eres mi madre! Tú--añadió dirigiéndose a

Leocadia--no volverás a salir sin permiso mío.

--Ordeno y mando. ¿Sin permiso tuyo? ¡Tiene gracia!

Su voz tomó inflexiones de burla provocativa: Pepe, sin dejar de limpiar

con cuidado la poca sangre que don José tenía ya casi seca en el

nacimiento del pelo, repuso enérgicamente:

--¡No! no saldrás sin permiso mío. Ya que es preciso, lo diré claro,

hablaré como nunca me habéis oído hablar. Las circunstancias me han

hecho jefe de la casa; cuanto aquí entra, lo traigo yo; yo soy quien

trabaja, quien se desvela porque no nos muramos de hambre, y no

consentiré que nadie, ¿oyes, Tirso? no toleraré que ningún extraño me

robe mi autoridad. Entendedlo bien... yo, con lo que gano, tengo de

sobra para mí; si no se me obedece, soy capaz de abandonaros a todos.

A pesar de tener tan sorbida la voluntad por el cura, en una sola frase

resumió entonces doña Manuela los buenos sentimientos de Pepe, diciendo:

--¡Eso sí que no lo creo! ¡eres incapaz de ello!

Tirso creyó que podía oponer su autoridad a la de Pepe.

--Y yo, ¿no soy el hermano mayor?

--¿Tú mi hermano? Tú eres cura, y nada más. Quítate de delante, porque

me falta la calma... ¡Infames, maldita sea vuestra devoción y vuestra

iglesia! ¡Sois los ateos del cariño!

En vano pretendió la madre acercarse: Pepe no lo consintió. Con agua de

una botella que había sobre el aparador, lavó al padre la frente y,

convencido de que la lesión no tenía importancia, se limitó a ponerle en

ella un trozo de tafetán; pero la ira no le salió del alma: comprendía

que, a dar el golpe un poco más fuerte, aquello hubiera sido una

escalabradura muy grave: doña Manuela no se atrevió a chistar: Leocadia

continuaba mirando descaradamente a Pepe.

--¿Conque ahora mandas tú?--le decía con sorna--vaya, hombre, me alegro:

pon un bando en el pasillo.

--¡No! No saldrás sino cuando yo quiera; y, sobre todo, no vuelves a

poner los pies donde has estado esta tarde. ¿Piensas que no sé a lo que

vas? Eres mi hermana, ¿lo entiendes? y antes de que pierdas la

vergüenza, seré capaz de ahogarte.

--¡Uf! ¡qué miedo! Mañanita vuelvo si se me antoja...

--¡Basta, hijos míos! Pepe, no te irrites--interrumpió don José con

acento débil--no volverá, yo la suplicaré que no vaya... y preparadme la

cena, que tengo mucha necesidad.

Cenaron en silencio y Pepe acostó a su padre, sin querer ajena ayuda ni

cruzar con nadie la palabra: después se recogieron doña Manuela y

Leocadia. Cuando iba Tirso a entrar en su cuarto, le dijo Pepe:

--Espera, tenemos que hablar: no es posible que continuemos así.

El enemigo · 第 32 / 47 题