XXV

Según Paz mostraba por lo enamorada mayor empeño en salvar la distancia

que les separaba, más parecía obstinarse la adversidad en desunirlos,

colocando a Pepe en peores circunstancias.

Cierto caballero influyente en la comisión de gobierno interior del

Senado, que había menester una plaza vacante para uno de sus protegidos,

supo que Pepe era hermano del clérigo autor del sermón censurado por la

prensa y, sin otro motivo, logró que le dejaran cesante. En vano procuró

don Luis de Ágreda su reposición: hiciéronle buenas promesas, pero no

obtuvo resultado; y como la pérdida del destino representaba en casa de

Pepe una falta de diez y ocho duros a fin de mes, la escasez mal

disimulada fue degenerando en franca e irremediable pobreza. Además, el

desorden que causaba doña Manuela con el olvido de todo lo casero era

cada día mayor: la misa por la mañana, las Cuarenta Horas y vela por la

tarde, el hacer o escuchar lecturas piadosas y el quedarse medio

dormida en una silla, a lo cual llamaba pomposamente meditación, no la

dejaban tiempo para nada. La cena, hecha con prisas al volver de la

iglesia, unas veces era mala, otras peor y, si Pepe, a causa del trabajo

de la imprenta, no venía temprano, doña Manuela, Leocadia y Tirso, en

vez de acostar al pobre viejo, se ponían a rezar el Rosario y la Letanía

con alguna oración de añadidura, como preces por los herejes o acciones

de desagravios; con todo lo cual quedábase don José preso en la butaca

junto a las vidrieras del balcón, mirando pasar gente, viendo encender

faroles y aumentar las sombras, sin oír palabra que le distrajese ni

frase que le consolara. Ni siquiera se acordaban de cubrirle las piernas

con una manta; así que, al ir a moverle de la butaca, solían encontrarle

frío, como entumecido. Si pedía que le comprasen periódicos, nunca

faltaba excusa: los pocos cuartos antes invertidos para entretenimiento

del enfermo en suplementos y extraordinarios, iban a parar ahora al

cajón de las ánimas, débil compensación, a juicio de Tirso, de lo

gastado en regocijarse con noticias contrarias a la buena causa. Además,

del armario en que estaban faltaron varias obras que don José estimaba

en mucho, por ser de esas que proporcionan el doble placer de recordar

el tiempo en que se leyeron y afirmar las ideas que inspiraron:

desaparecieron de la casa una _Historia de las Cortes de Cádiz_, la

anónima del _Reinado de Fernando VII_, las _Cartas a Lord Holland_, de

Quintana; una continuación al _Mariana_, escrita por Eduardo Chao; los

_Recuerdos_, de Alcalá Galiano y otro de Toreno. El expurgo debió ser

cosa de Tirso, y también la elección de cuatro o seis libracos que, en

sustitución de aquellos, tomó doña Manuela, como el _Método práctico

para hablar con Dios_, del jesuita Franco; el _Verdadero Sufragio

universal_, o sea _Pío IX y sus bodas de oro_; el _Interior de Jesús y

María_, el _Águila real, pelicano amante, historia panegírica del

ínclito San Agustín_, y el _Despertador del alma descuidada en el

negocio máximo de su salvación_.

Otra obra tomó Tirso, guardándola para leer a solas; pero como Leocadia

le sorprendiera varias veces con ella en la mano, entró en curiosidad y,

observando que metía el libro en el cajón de la mesita de su alcoba, que

tenía llave muy chica, intentó y consiguió abrirlo con la de su

costurero.

El deseado volumen decía en la portada:

_Mechialogía; tratado de los pecados contra el sexto y noveno

mandamientos del Decálogo, y de todas las cuestiones matrimoniales,

seguido de un compendio de embriología sagrada (obra para el clero), por

Debreyne_. Muchas de sus páginas, y párrafos de otras, estaban en latín,

y lo escrito en castellano cuajado de palabras incomprensibles para

Leocadia; pero algunas frases que malvelaban lo que debe ignorar la

doncellez, excitaron su curiosidad. Aquello era un conjunto de

definiciones de pecados horribles, por ella nunca imaginados,

descripciones de vicios asquerosos a su castidad desconocidos, alusiones

a hechos absurdos, y advertencias estúpidas para precaver los delirios

de la más corrompida torpeza. El ansia de rebuscar pecados no respetaba

la ignorancia de la virgen ni la conciencia de la esposa, y los hechos

más naturales e inocentes de la vida servían de base a reflexiones que

excitaban groseramente los sentidos. Aquel libro buceaba en la

conciencia humana ávido de espectáculos repugnantes, y al hallarlos se

deleitaba en su análisis, como larva de corrupción que se revuelca entre

la podre: mal disfrazado, con frases piadosas y tecnicismos médicos,

cuanto en él había era perversión de lujuria. Unas cosas leyó Leocadia

con deseo de adivinarlas, otras con asco de entenderlas: hubo frases

que cayeron sobre su pureza como cieno sobre nieve: luego, asustada,

dejó el tomo y cerró el cajón, sintiendo al apartarse de allí una

emoción intensa de pudor ofendido. La flor huía con asco de la babosa.

Pero le quedó al libro el encanto de lo vedado, el aroma excitante de lo

prohibido, y una tarde volvió a entrar en el cuarto de Tirso para

hojearlo. La madre estaba en la cocina y el padre postrado en su sillón.

Llamaron a la puerta, ella no oyó nada, abrió doña Manuela a Pepe y, al

cruzar éste el pasillo, sorprendió a su hermana leyendo. El rostro de la

muchacha fue delator del libro: Pepe entró y, quitándoselo de las manos,

lo hojeó unos instantes mientras ella huía avergonzada, sintiendo por

primera vez en su vida una llamarada de vergüenza que la abrasó la cara.

Pepe dudó entre devolver el cuerpo del delito a su hermano u ocultarlo

para que de nuevo no cayese en manos de Leocadia: por último, pensando

que Tirso, aunque lo echara de menos, no tendría el atrevimiento de

reclamarlo, optó por lo último. Además, cualquiera que fuese la

determinación que adoptara, comprendía que, si llegaba a tener un nuevo

altercado con Tirso, había de ser agrio, y esto le daba miedo: aún

sonaban en sus oídos aquellas palabras del viejo: «ha dicho tu madre

que si Tirso se va también se irá ella.»

Entre tanto, la situación de la familia era cada día más angustiosa. Se

perdieron las escasas economías de don José; el descuento impuesto a las

clases pasivas mermó la jubilación, y la cesantía de Pepe fue causa de

que en la casa comenzaran a faltar medios para atender a cubrir

necesidades que anteriormente, aunque en cierta medida, no dejaron de

satisfacerse. La economía se trocó en privación; la comida, sana aunque

frugal, se hizo mala, porque era forzoso comprarlo todo más barato; y se

suprimió cuanto se asemejaba remotamente al lujo. El mayor regalo del

enfermo quedó reducido a tomar, de vez en cuando, un pedacito de

merluza, o a traerle para postre de la tienda inmediata dos onzas de

queso o bollos de a cuarto. Las botellas de agua de Vichy, a que estaba

acostumbrado, quedaron suprimidas, y en la hidroterapia no se volvió a

pensar. La tristeza de Pepe iba en aumento; unos recursos faltaban,

otros disminuían; con los objetos de algún valor que fueron empeñados no

había que contar, por haber vencido los plazos; pero lo peor de todo era

que el malestar de don José y la miseria, a cada momento más cercana,

dejaban fría, casi indiferente a doña Manuela y desesperada a Leocadia.

Tirso continuaba dando gracias a Dios después de las comidas.

Lo que más exasperaba a Pepe, era el abandono en que ambas tenían al

padre, pareciéndole mentira que fuesen las mismas mujeres, antes

solícitas en el cuidado hasta la exageración, siempre opuestas a todo lo

que fuese salir, ahora despegadas y ávidas de callejear. La vida de la

familia varió completamente: por las mañanas, don José, a no ser que

Pepe le levantara, tenía que esperar en la cama a que madre e hija

volvieran de misa, y luego aguantarse si se obstinaban en dilatar el

momento de la comida hasta que llegase Tirso; después, a media tarde,

marchábanse de nuevo, y ya no se las volvía a ver hasta la noche, sin

que Pepe se diera cuenta de en qué invertían tales ausencias. Era

imposible que permaneciesen tanto tiempo en la iglesia. Las mañanas que

iba él a casa del padre de Paz, tenía Leocadia que quedarse acompañando

al enfermo; pero doña Manuela, apenas levantada de la cama, desaparecía.

Pepe, desde que dejó por la cesantía de ir a la biblioteca del Senado,

dedicó las tardes a hacer compañía a su padre, y entonces comprendió

que su madre y su hermana habían roto todo lazo que las sujetase al

hogar. Don José no se quejaba; mas, para el cariño de su hijo, era

imposible la ocultación de su pena: en cambio no acertaba a explicarse

el fundamento del imperio que en ellas ejercía Tirso, y los medios de

que se valió para conquistarlo, pareciéndole absurdo que sólo la

devoción fuese la causante de tantas desventuras. Sus esfuerzos de

observación, su vigilancia, apenas descubrían detalles por los cuales no

era fácil adivinar nada: doña Manuela estaba completamente absorbida por

el cumplimiento de las prácticas religiosas; todo lo demás era a sus

ojos ocupación despreciable; pero aparte esto, nunca dio señales de que

otras atenciones distrajesen su espíritu. Leocadia ponía empeño en

acompañarla y, a pesar de la pobreza de sus galas, se acicalaba mucho;

mas siendo tal afición antigua en ella, no autorizaba otra sospecha. Por

fin, un día, estando recosiendo el mejor vestido que le quedaba, indicó

a su hermano tímidamente la necesidad de comprar tela para otro: Pepe,

antes por explorar su ánimo que por oponerse a sus deseos, la dijo:

--Tendrás que armarte de paciencia: por ahora, es imposible complacerte

el capricho.

--Es necesidad.

--Pues igual que si no lo fuera. Ya sabes cómo estamos...

--Saldré desnuda a la calle.

--No: te quedarás en casa, y así harás compañía a papá.

--Ya estoy cansada de miserias--replicó con gesto avinagrado, dando a

sus ojos una expresión de insolente desenfado que jamás tuvieron.

--Pues ahora empiezan.

--Veremos quién las sufre: tú eres el hombre de la casa... conque busca

el remedio. Si no... a mí no me ha de faltar.

Pepe no pudo sufrir aquel lenguaje, enteramente nuevo en labios de su

hermana.

--Pero, ¿eres tú quien habla así? ¿Se te ha podrido el corazón?

--Vaya, vaya; menos _sensiblería_, y trae cuartos a casa, que eso es lo

que hace falta.

Esta actitud de Leocadia, su exigencia, descaradamente manifestada, y

aquel despego junto con el afán de salir, hicieron sospechar a Pepe que

la manía devota fuese encubridora de próximos y mayores males.

El enemigo · 第 31 / 47 题