XXIV

Las _Hijas de la Salve_ eran unas monjas que a fuerza de pedir limosnas

y aceptar herencias consiguieron edificar un buen convento en las

cercanías de Madrid, fuera de la puerta de Fuencarral. La piedad

religiosa pareció acuñarse para sus manos: lo más elegante y rico de la

Corte les otorgó su apoyo. No había por aquel tiempo mujer devota ni

dama encopetada que dejara de visitarlas. Dos _hermanitas_ venían

diariamente a Madrid a recoger ofrendas, y como tenían la colecta

admirablemente organizada por distritos y barrios, se presentaban en

palacios y casas a hora conveniente. Sabían que tal señora no se

levantaba hasta la una, que tal otra era más madrugadora, que para

hablar a unas era preciso ir a medio día, y que algunas no recibían

hasta la tarde. La tartanilla en que hacían sus correrías se paraba ante

las casas de la grandeza y la alta banca, con regularidad admirable, en

determinadas fechas y a horas fijas: a poder hablar, el borriquillo que

la arrastraba hubiera dado las señas de los domicilios de _lo mejor_ de

Madrid. También había casas donde un mayordomo, una doncella, y aun el

portero, eran los encargados de entregar la limosna, sin que las

recaudadoras se ofendieran ni dejaran de tomarla. Otra mina de donde

sacaban gran provecho para adornar su casa y acrecer sus rentas--que

eran casa y rentas del Señor--consistía en una hermandad educadora aneja

al convento. Las _Hijas de la Salve_, previa autorización eclesiástica,

habían hecho dos fundaciones que eran como ramas de un mismo y santo

árbol: la primera un colegio establecido en el convento, y la segunda

una asociación devota, calcada en la organización de ciertas cofradías,

pero con perfección suma. La asociación llamada _Limosna de la luz_

tenía por objeto reunir, mediante modestas cuotas mensuales, fondos para

llevar diariamente, en nombre de los hermanos, determinado número de

velas de cera al templo donde se adorase a la Santísima Virgen en

cualquiera de sus advocaciones; pero como los asociados eran muchos y

pocas las velas necesarias, al cabo de cada mes quedaba en caja un

sobrante respetable, que se destinaba a misas por los hermanos difuntos,

funciones de iglesia, novenas, actos de desagravio al Señor por las

injurias de los impíos, ofrendas al Santo Padre y regalos a templos o

capillas pobres, que consistían algunas veces en objetos de metal para

el culto o donaciones para mejoras, pero que generalmente eran de ropas

sagradas. En un principio la hermandad lo compraba todo; mas como las

compras salían caras, la asociación estableció un pequeño obrador donde

recibía a las jóvenes que, hallándose sin trabajo, querían coser a menor

jornal que para tiendas o particulares: el obrador, pequeño, bien

dirigido y mejor administrado, trocose pronto en taller grande, de modo

que al año quedaron enlazados en sabroso nudo la piedad y el lucro,

viniendo a ser aquello una santificación del trabajo. Hacíase allí toda

clase de labores de aguja, desde lo más sencillo a lo más complicado y

primoroso. Se bordaba en blanco, en sedas de colores y en oro; el

planchado era admirable; los roquetes, albas, paños de altar,

sabanillas y almohadones para santos sepulcros, parecían obra de hadas;

los ternos, casullas, mangas y estandartes, eran verdaderos prodigios

artísticos; y como antes ocurrió que solía quedar un remanente de velas,

comenzó también a tener la casa en almacén más de lo que había menester

para sus obsequios. No se había de tirar. La administración dispuso que

pudiera venderse a bajo precio, con sólo cubrir gastos, y de esta suerte

se apretó un poco más el lazo de la Religión y el comercio. Al mismo

tiempo la hermandad _Limosna de la luz_ pensó que su bienhechora

influencia podía hacer algo mejor que poner velas en los altares,

regalar casullas o vender ropa barata para el culto: podía--¡oh

admirable hallazgo! ¡oh inspiración divina!--regalar almas al Señor.

Hasta entonces no se había exigido a las obreras del taller sino buena

conducta y legitimidad de origen--porque no eran dignas de trabajar para

tan santo fin las ovejas descarriadas ni las hijas del pecado;--en

adelante se las exigió someterse a ejercicios piadosos, explicación de

la doctrina cristiana y asistencia a determinadas solemnidades en la

capilla del convento. Un maestro de música formó un coro de primer

orden, siendo cosa de oír--y todo el Madrid elegante se regocijó de

ello--cómo cantaban salves y motetes por las tardes las infelices que

pasaban trabajando todo el día. Algunas, a la larga, convencidas de la

bondad de la continua predicación a que estaban sujetas voluntariamente,

manifestaban deseos de entrar en las _Hijas de la Salve_: si su

habilidad con la aguja podía ser agradable a los divinos ojos y

beneficiosa al caudal común, se las admitía: en caso contrario, no

faltaba medio de negarse, resultando que, a despecho de los errores

humanos, como la casa contaba con la visible protección del cielo, todo

era en ella prosperidad. Los jornales de las que trabajaban nunca

subían; pero, en cambio, ¡qué alegría cuando alguna renunciaba al mundo!

Las señoras que protegían a las _Hijas de la Salve_ solían pagar el no

muy cuantioso dote necesario y el humilde equipo preciso. ¡Santa caridad

que sustraía doncellas a la circulación del pecado, evitando que

llegaran a ser madres de impíos! En vano fue que varios periódicos

revolucionarios y descreídos dieran la voz de alarma. El Madrid devoto

estaba entusiasmado: las _Hijas de la Salve_ y la _Limosna de la luz_

hacían prodigios. Un día profesaba una rica educanda de pocos años,

desengañada del mundo; otro, una hija de familia se negaba a ir a pasar

el domingo con sus padres por adornar un altar; ya una señorita

manifestaba decidido propósito de acogerse al claustro; ya una de

aquellas pobres obreras pedía como favor supremo ser adoptada en

cualquier concepto por las santas Madres, Hermanas, o lo que fueran.

Hubo casos notables. La hija de un caballero, viudo y muy rico, a los

ocho días de sacada del colegio por su padre, se escapó, volviendo a

refugiarse bajo el techo sagrado, sin que el infeliz señor pudiera

verla, porque ella misma le escribió, diciéndole que todo era inútil.

Una señorita recién casada abandonó a su esposo al mes de la boda--con

asombro de los materialistas--como herida por la nostalgia de la

devoción y prefiriendo la poesía de la fe a las impurezas del tálamo. El

padre se quedó sin hija y el esposo sin mujer. Las _Hijas de la Salve_

eran una institución incontrastable. ¿Qué autoridad civil ni judicial

podía oponérseles? No: aquel santo asilo de almas consagradas a Dios y a

la propaganda piadosa, no debían nunca verse sujetas a miserables

tributos, pesquisas de profanos malévolos ni vejaciones parecidas.

La Condesa de Astorgüela era, según unos, desinteresada protectora de la

doble asociación; según otros, no más que un agente, a quien las _Hijas

de la Salve_ buscaron, sabedoras de su prestigio cerca de ciertos

elementos sociales, pagándola sus desvelos, amén de otros beneficios,

con otorgarla una gran autoridad en el que pudiera llamarse--sin

ofensa--consejo administrativo de la asociación. Tal era la índole del

piadoso instituto que ansiaba dilatar su pequeño reino en este mundo

adquiriendo una parte de la propiedad que, lindante con el convento,

tenía el padre de Paz Ágreda.

La Condesa de Astorgüela, deseosa de proteger a Tirso, o acaso con

ulteriores miras, hizo que las _Hijas de la Salve_ le emplearan,

confiándole en compañía de otros sacerdotes la misión de dirigir las

prácticas piadosas y explicar la doctrina a las hermanas que formaban la

_Limosna de la luz_. ¿A quién podían elegir sino al ministro de Dios que

recientemente dio en el púlpito tan brava muestra de fervoroso celo?

Tirso entró en seguida en funciones, inundándosele el alma de alegría

ante el espectáculo de aquellas mujeres que, unas en continuo trabajo,

otras en perpetua oración, tenían puesta la mirada en el cielo y la

esperanza en Dios.

Durante algunas semanas, Paz y Pepe se vieron poco; la clausura del

Parlamento hizo innecesarios al señor de Ágreda los servicios del

muchacho; mas sabiendo la niña que su padre hablaría en una de las

sesiones próximas, esperaba la apertura de Cortes con mayor impaciencia

que político de oficio; porque don Luis tenía propósito de que Pepe

buscara para él ciertos datos, lo cual significaba que el chico volvería

a frecuentar la casa con la asiduidad de antes.

Llegó al fin la ocasión, y Pepe volvió a trabajar por las mañanas en el

_hôtel_ de la Castellana.

* * * * *

Era ya cerca del medio día. El balcón del cuarto de los libros estaba

abierto, las persianas caídas, y el sol, penetrando por entre sus

listones, formaba sobre la fina estera de junquillo un dibujo a rayas

blancas y negras. Las acacias del jardín proyectaban confusamente sus

movibles sombras en los muros: el silencio y las hileras de volúmenes,

colocados en los estantes como un ejército de ideas, parecían estímulos

del trabajo: Pepe, bajo pretexto de tomar apuntes, estaba preparando el

discurso de don Luis. Nada se oía: sólo el viento agitaba a veces el

ramaje de los árboles vecinos, obligándolo a chocar contra las

persianas; la luz intensa desparramaba su claridad hasta los rincones, y

sobre el paño oscuro que cubría la mesa, las cuartillas, unas vírgenes

de plumadas, otras ya escritas, atestiguaban de la laboriosidad de Pepe.

El discurso de don Luis prometía estar cuajado de datos interesantes y

ser denunciador de graves contradicciones en el criterio y conducta de

sus adversarios: el escribiente no podía dar al senador la elocuencia de

que éste carecía; pero, al menos, iba a ponerle en disposición de causar

efecto con la oportunidad de los recuerdos que despertase. Pepe había

leído que Girardín fundaba su oratoria en la demostración de la

versatilidad de los contrarios y, no pudiendo prestarle astucia ni

facilidad de palabra, procuraba que don Luis hiciese algo parecido. A

fuerza de revolver _Diarios de Sesiones_, discursos y periódicos, iba

reuniendo cuanto era aprovechable para que alardeara de memoria y

oportunidad. Había instantes en que experimentaba tristeza mirándose

convertido en agente de la notoriedad ajena; pero luego, considerando

que así se hacía útil, quizá necesario, al dueño de la mujer amada, y

que cuanto más le favoreciese más se acercaba a ella, redoblaba su

actividad y hacía prodigios para aguzar el ingenio. Acaso un día don

Luis llegase a apreciarle, aunque fuera por egoísmo: él se sentía con

fuerza bastante para fabricar la celebridad de aquel hombre a cambio...

De pronto se abrió la puerta del despacho y entró Paz, vestida con un

traje de batista blanca sembrado de florecitas azules, sujeto a la

cintura por una ancha cinta de seda y ligeramente entreabierto el

escote, sobre el cual llevaba una crucecita de oro, como guarda colocado

a la entrada del Paraíso: la falda, corta según costumbre, mostraba a

cada movimiento sus bonitos pies, que aún hacían más perfectos a la

vista los zapatos de labor delicada y las medias oscuras, que

contrastaban con la blancura del traje.

--Papá ha almorzado solo, porque tenía una cita, y no vendrá hasta las

tres:--dijo, tendiendo a Pepe la mano, que él retuvo un instante entre

las suyas.

--Pues me voy.

--¡No! Ya me he cuidado de decir que tenía yo que venir al despacho.

--Me repugna esto de quererte a hurtadillas.

--A mí también; pero, ¿qué remedio? ¡Está bueno lo que pasa! el riesgo

es mío y el miedo tuyo.

--Si una imprudencia nos costara no volver a vernos, ¿quién saldría

perdiendo?

--Yo, que te quiero con toda mi alma--dijo Paz con la mayor viveza.

Callaron unos instantes: él tornó a cogerla la mano, por cima de la

mesa, sintiendo un placer tranquilo y grato, como si el calor que se

desprendía de su piel le llegase al alma sin pasar por el cuerpo, y

luego se levantó, yendo a ponerse de pie a un lado del balcón, más cerca

de ella.

--No, no; anda a tu sitio.

--Déjame a tu lado un minuto.

--¡Cómo me gusta entrar aquí cuando estás trabajando!... Me parece que

ya eres mío. Los días que no vienes también suelo entrar alguna vez,

para fingirme que vivimos juntos... y estabas aquí... y que ibas a

volver en seguida.

--¡Qué lejos está eso!

--Mientras me quieras, no importa.

--¿Sabes, Paz, que parecemos tontos?

--¿Por qué?

--Sí: tú, tonta; yo, malo. Nos estamos haciendo ilusiones: esto no puede

acabar bien.

--¿Te gusta otra más que yo?

--¿Y el tiempo? ¿Y tu padre?

--Ni mi padre, ni los años, podrán separarnos.

--Eso es muy bonito y muy romántico; pero la realidad se nos echará

encima, y ¡qué amarga!

Pepe la había rodeado la cintura con un brazo.

--Sí, ¿eh? quéjate ahora de la realidad--dijo ella, procurando

desasirse.

--¿Te ofendes?

--No; pero... no está bien.

No estaba bien, pero lo toleró.

Sus rostros quedaron tan cercanos, que los rizos de Paz le rozaban a él

la frente. La crucecita de oro que la niña lucía en el pecho, temblaba

con el movimiento de la respiración, y el viento suave, penetrando por

entre los listones de las persianas, parecía empeñado en empujar los

cabellos de Paz contra la cara de Pepe.

--Cuando te tengo así--la decía oprimiéndola el talle--creo que me

quieres más, y daría la mitad de la vida por tener derecho a pasearte

como estamos ahora, así, del brazo, por las calles.

--A mí me gustaría más estar solitos, sin que nadie nos viese.

Se sentía languidecer, presa de una laxitud incontrastable, como flor

envuelta en una atmósfera muy cálida: el brazo y el aliento de Pepe la

abrasaban. Entonces él, sin prisa de ladrón, con verdadera calma de

dueño, fue aproximando lentamente los labios hasta besarla cerca de la

boca; y ella, en pago, sin voluntad ni fuerza para rechazarle, oprimió

la varonil cabeza contra su pecho. No fue beso robado, sino consentido

primero y agradecido luego.

Al apartarse, Paz le sujetó las manos y, fijando en él los ojos, le

dijo, ansiosa de leerle el pensamiento en la mirada:

--¿De verdad me quieres?

--¡Ojalá estuviera tan cierto de que llegarás a ser mía como lo estoy de

mi cariño!

Ella se quitó entonces un anillo de oro que llevaba entre otras

sortijas, y poniéndoselo a Pepe, le dijo, con la leal franqueza de quien

entrega el alma:

--¿Entiendes? Tuya para siempre.

Y él, sujetándola las manos, selló el desposorio con un beso más dulce

que la mejor palabra. Después se separaron, sin más frases ni promesas,

seguros del porvenir, dejándose cada cual su albedrío cautivo en la

voluntad del otro.

El enemigo · 第 30 / 47 题