Desde que Tirso despreció a Pateta por verle con uniforme de corneta de
milicianos, según él contó a Paz, no pudo el chico refrenar la antipatía
que le inspiraba el cura. Pateta era madrileño, legítimo descendiente de
aquellos liberales que cuando niños rodeaban en apretada turba las
charangas militares para oír el _Himno de Riego_, y que de hombres
alzaban barricadas contra la tropa, fraternizando con ella después de
batirse unos y otros como fieras. Sólo dos bienes poseía: juventud y
valor, y ambos los puso al servicio de la libertad, porque
instintivamente le pareció buena aquella aspiración que tanto entusiasmo
despertaba: vio alistarse como milicianos a sus compañeros de imprenta,
les imitó, y de aquí el vistoso uniforme con leopoldina de plumero que
parecía un gallo desmayado, el pecho lleno de trencillas y la corneta
presa entre cordones rojos, con los cuales arreos rechazaba en formación
o revista al más amigo gritando: «¡atrás paisano!» Su indignación cuando
Tirso le dijo: «¡quita de ahí, mamarracho!» fue espantosa; mas como
Pateta no era malo, su propósito de venganza no pasó del deseo de
jugarle una mala partida: no ambicionó causarle daño, sino rabia; no
sería la suya venganza, sino truhanada. Los sucesos facilitaron su
intento.
Por aquellos días se temía un movimiento de los absolutistas sobre
Estella, y Pateta, al salir una mañana de la imprenta, estando ya cerca
de la calle de Botoneras, oyó pregonar _el extraordinario, con la
derrota de los carlistas_, grito que acto continuo le sugirió la forma
de su proyectada desazón al cura. Todo consistía en gastarse dos cuartos
en el papel y subir a dar la grata nueva a don José: era la hora del
almuerzo, y Tirso, que estaría allí, tendría que tragar la píldora.
A los cinco minutos de imaginarlo entraba Pateta en el comedor, donde,
terminado el almuerzo, conversaba la familia tranquilamente antes de que
Pepe marchase a su trabajo; doña Manuela y Leocadia estaban doblando el
mantel, don José haciendo pitillos y Tirso hojeando un libro. En la
pared, por bajo de la estampa religiosa que compró Tirso, se veía el
mapa de las Provincias Vascongadas y Navarra, en que don José iba
marcando la situación de las tropas. Cuando quería ver por dónde andaba
tal o cual columna, hacia dónde estaba situado este o aquel pueblo, le
descolgaban el cartón del mapa y le daban una cajita con las banderitas
que el pobre señor se hizo, por vía de entretenimiento, con alfileres y
papelitos de colores: las había blancas para los carlistas y moradas
para el ejército, por decir don José que este era el color de las
antiguas libertades castellanas.
--¿Qué hay, Pateta?--preguntó el viejo.
--Pues nada, señor; que como hace tantos días que no venía y pasaba por
ahí cerca, dije: vaya, voy a subir a ver si se les ofrece algo, o si
_quién_ ustedes que haga cualquier _recao_.
--Nada, hombre, gracias: sigo lo mismo, yo lo mismo.
--Y como sé que le gusta a Vd. leer los papeles que salen, y he oído
pregonar el que van vendiendo ahora, lo he _comprao_.
--Trae, trae, a ver.
Pepe tomó el extraordinario, y después de pasar por él rápidamente la
vista, dijo:
--Esto no tiene relación con lo que se esperaba sobre Estella; pero les
han pegado una buena zurra. Verá Vd. (leyó):
«Extracto de los partes oficiales recibidos hasta la una de la madrugada
de hoy en el Ministerio de la Guerra:
_Provincias Vascongadas y Navarra._--El capitán general comuni...»
* * * * *
--Salta, hijo, salta eso. A ver lo importante.
* * * * *
--«Comunica que en Aya fueron cogidos a las facciones de los curas Orio
y Santa Cruz 800 fusiles _remingthon_, 300 de varios sistemas, cajas de
municiones, pólvora, piezas de tela, provisiones y papeles; no pudiendo
detallar las pérdidas del enemigo, que pasan de 50 los muertos y hasta
200 prisioneros y presentados. De nuestras tropas, cinco muertos del
batallón de Barbastro, uno de la Princesa y 14 heridos. Entre los
muertos de los carlistas había un cura, y entre los prisioneros otros
dos curas, uno de ellos herido.»
* * * * *
--Muchos golpes como ese hacen falta--dijo don José--una cosa parecida
ocurrió el año _de_ 48, cuando el brigadier Zapatero y el coronel Damato
desbarataron en Zaldivia y Amezqueta las partidas de Alzáa y Urbiztondo.
--Los han _reventao_--añadió Pateta.
Después el diálogo continuó sólo entre los hermanos.
--¡Bah! ¿qué ha de decir el gobierno? Yo no hago caso de noticias
oficiales--dijo Tirso.
--Yo sí: habrá alguna exageración, pero la paliza debe de haber sido
buena.
--Otra vez me tocará a mí alegrarme.
--Has podido regocijarte hace poco con el fusilamiento de los
carabineros. ¡Hasta chicos de diez y seis años!
--Cosas de la guerra.
--No. Salvajadas del fanatismo.
--A eso dan lugar los enemigos de la fe, los que escarnecen la religión.
--¡Ya salió a plaza la religión de nuestros mayores! No sé en qué
consiste, pero casi siempre que se comete una infamia de ese jaez sale a
relucir la religión.
--Como que su defensa es el origen de la guerra.
--Y así, a trabucazos, se hace propaganda de mansedumbre y caridad.
Ordenadas esas infamias por militares, no tendrían disculpa; ¡conque
figúrate siendo clérigos los autores!
--Se miente mucho.
--¡Desgraciadamente, hijo mío--interrumpió don José--no son
exageraciones! Esos curas de canana y retaco, son iguales a los de la
otra guerra. Aún recuerdo yo lo que hicieron don Basilio y Orejita, que
eran dos cabecillas, el año 36 en la Calzada. Cerca de ciento veinte
personas sacrificaron, hasta mujeres y niños, y ¿sabéis quién sirvió de
ojeador? el prior de la Calzada. Los carlistas atacaron el pueblo, los
nacionales se refugiaron en la torre de la iglesia, y entonces aquéllos
la incendiaron: un nacional que se descolgó por una ventana, pudo correr
al caer a tierra, pero le vio el prior y comenzó a gritar: _¡a ese
conejo que se escapa! ¡cazarle!_ y le mataron. Por supuesto, que el tal
prior era una fiera. Con pretexto de parlamentar se acercó a la torre, y
estuvo dando conversación a los sitiados hasta que los suyos arrimaron a
las puertas astillas y sarmientos: cuando estuvo encendido el fuego,
paró de hablar. Todos los que estaban dentro ardieron como estopa, y
cuando el prior oía el llanto de las mujeres y de los niños, decía el
muy bruto: _¡Bien templado está el órgano!_
--¡Parece mentira que crea Vd. esas paparruchas!
--¿Y lo que está haciendo por ahí ahora ese cura, cuyo nombre es un
escarnio?
--Ya tendrá él cuidado de no matar a buenos cristianos: sobre todo,
¿pensáis que se puede guerrear con _sensiblerías_?
--No digas disparates, hijo; me moriría de pena si supiera que eras de
los clérigos que disculpan esas atrocidades.
--Le gustarán a Vd. más los que se cruzan de brazos y dejan que les
persigan y conviertan las iglesias en cuadras y los altares en pesebres.
--Eso no se ha hecho todavía--dijo Pepe;--pero, no te quepa duda, si los
curas siguen el camino que han emprendido, el pueblo confundirá a los
representantes con la cosa representada, y entonces...
--Entonces lo destruiremos todo y no dejaremos vivo ningún liberal...
¡masones indecentes!
Estaba ya fuera de sí; la ira, contrayendo sus facciones angulosas, dio
a su rostro dureza extraordinaria, y los ojos se le inyectaron en
sangre. Nunca le habían visto tan furioso.
--¿Vais a reñir por política?--gritó doña Manuela.
Pateta estaba arrepentido.
Pepe, por evitar que la cosa pasase adelante, trató de bromear,
diciendo:
--Vaya, hombre, cálmate; otro día puede que entren en Estella o que
asomen por Chamberí.
Tirso, interpretando aquello como befa por la derrota, se enfureció;
levantose de pronto con el rostro desencajado, fue hacia el mapa,
trémulas las manos, y cogiendo tres o cuatro banderizas carlistas, dijo,
clavándolas en el papel con grosera violencia:
--¡Sí! ¡Entrarán aquí, y aquí, y aquí!
Los alfileres marcaron al azar varias poblaciones; Estella, Pamplona y
Madrid quedaron conquistadas. Don José no se atrevió a chistar; Pepe
soltó una carcajada.
--¡Qué fuerte te da!
--¡Esta es una familia podrida!--prosiguió el cura--así estáis, así os
veis, necesitados, pobres, desamparados, dejados de la mano de Dios; tú,
trabajando en esa imprenta como un gañán, y Vd. _(dirigiéndose al
padre)_ ahí clavado en una butaca, con el castigo del Señor encima.
--¡Hijo mío, líbreme Dios de suponerle tan mezquino que sea capaz de
castigarme con reuma por ser progresista!
--¿Reuma?--exclamó Tirso, sonriendo bárbaramente.--¡Reuma! ¡No tiene
Vd. mal reuma! Gota, y de la fina, es lo que tiene usted.
El infeliz escuchó con indecible espanto la brutal revelación. Primero
quiso incorporarse, sin saber a qué; pero no pudiendo sus manos
crispadas sostenerle en los brazos del sillón, cayó de golpe en el
asiento; luego miró estúpidamente en torno, y por sus mejillas
resbalaron dos lágrimas.
A Pepe se le asomó el furor a los ojos; sintió impulsos de abalanzarse a
Tirso y destrozarle la cabeza a puñadas. La presencia de doña Manuela y
Leocadia evitó una cosa horrible; Pepe, conteniéndose al mirarlas, se
limitó a decir a su hermano, con la voz engañosamente tranquila, pero
llena de energía:
--¡Vete! Soy capaz de matarte.
--Lo creo--repuso el cura, procurando aparentar serenidad y dirigiéndose
hacia su cuarto muy despacio.
--¡No!--le gritó Pepe--¡no, infame; a tu cuarto no, a la calle!
Doña Manuela, que sin atreverse a proferir una sola palabra se había
interpuesto entre ambos, miró entonces a Pepe como no le había mirado
nunca, y con un vigor de que jamás dio señales en su vida, le dijo:
--¡Basta!
La expresión que adquirió su rostro desconcertó a Pepe: le repugnaba
creer que su madre hiciera causa común con Tirso.
--Pero, mamá, ¿sabes lo que acaba de hacer?
--¡Basta!--volvió a gritar ella con mayor imperio.
Pepe no contestó a doña Manuela; pero, volviéndose hacia la puerta del
cuarto de Tirso, exclamó rápidamente, como si temiera mancharse los
labios con la palabra:
--¡Víbora!
Después, todos callaron.
El viejo lloraba como un niño; Pepe, abrazado a él, con la boca pegada a
su oído, le decía en voz baja prodigios de cariño; doña Manuela salió
del comedor siguiendo a Tirso, y Leocadia empezó a recoger del suelo el
mapa y las banderitas, mientras Pateta, que estaba en un rincón aterrado
ante el conflicto que había promovido, se despidió de repente y salió
rencoroso contra sí mismo.
--Es mentira, ¿no es verdad, hijo mío? no es gota, ¿verdad, Pepe?--decía
el enfermo.
--No, papá; cálmate, por Dios: ¡ha sido una infamia!
Sólo al cabo de dos o tres horas, seguro ya de que nadie se atrevería a
molestar al viejo, marchó Pepe a su trabajo, observando al salir que
doña Manuela estaba encerrada con Tirso en el cuarto de éste. Al caer la
tarde se le presentó Pateta en la imprenta a pedirle perdón, creyendo
ser el causante de todo.
--No tengo nada que perdonarte: tú no has tenido mala intención: así, o
de otro modo, ello tenía que suceder.
* * * * *
Cuando por la noche volvió a su casa, todo estaba tranquilo; pero don
José, al empezar la cena, sufrió un acceso violento, y fue necesario
acostarle: Tirso hizo ademán de ir a coger uno de los brazos de la
butaca para conducirlo a la alcoba con Pepe, pero éste le contuvo con
sólo una mirada. Después, entre él y Leocadia, empujaron el sillón.
Estando ya en el lecho, don José sujetó a su hijo por el cuello, y le
dijo temblando, con voz apenas perceptible:
--Hijo, por Dios, ¡sé prudente! ¡no hagas nada! tu madre... ha dicho que
si Tirso se marcha, ella también se irá.
Durante la cena, a que el enfermo no asistió, los dos hermanos no se
dirigieron la palabra; Pepe estuvo con su madre y con Leocadia tan
afectuoso como siempre; ellas con él, frías y reservadas. Después se
encerró en su cuarto, sintiendo que el llanto se le agolpaba a los
ojos.
Sus lágrimas fueron jugo del alma, esencia del dolor, La calma de su
hogar era ya como cristal roto y, junto a esta dicha perdida, hasta el
amor de Paz le pareció una felicidad mezquina.