Había en Madrid por aquel tiempo, en uno de los barrios extremos, una
casa que rompiendo la línea de fachadas contiguas, parecía apartarse del
trato de las gentes. Tenía por delante un pequeño jardín con verja;
aislábala por detrás un ancho patio con cuadras y cocheras, y a derecha
e izquierda la limitaban una pared medianera y fuertes tapias a una
calle poco frecuentada. Formaban el jardín tres o cuatro mezquinos
recuadros de flores vulgares, las enredaderas enroscadas a la verja, y
varias acacias, cuyas fornidas ramas ocultando casi por completo los
balcones, oponían a la curiosidad una cortina impenetrable. Las
persianas estaban continuamente caídas y las vidrieras se abrían rara
vez, sin que nunca sonase dentro cantar de criada ni piano de señora.
Era una casa falta de voces y de ruidos, triste, callada entre los
clamores vecinos, ajena a cuanto la rodeaba, como hecha adrede para
retiro de dama romántica o escenario de novelescas aventuras. Una
campanilla, colocada en la verja del jardín, daba aviso cuando entraba
alguien y, según quien fuese, lo anunciaba el portero tocando otra
campana en el portal. Un tañido para Hermana de la Caridad o Hermanita
de los Pobres, dos para fraile o clérigo, tres para dignidad
eclesiástica: a los simples mortales les anunciaba de palabra un criado,
y gracias si se quitaba la gorra. Señal de dar limosna los sábados o
fiestas no se veía ninguna, pero por privilegio envidiable tenía la
finca oratorio donde se rezaba misa cuotidianamente y, si acaso pasaban
por la calle alguna Minerva o el Dios chico, lucían los balcones grandes
y blasonadas colgaduras. Durante el día menudeaba el campaneo del
portal, indicando que eran muchas las visitas de gente religiosa: por
las tardes la dueña, ya entrada en años, salía a paseo en coche
modestamente vestida, con aspecto humilde y luciendo en una muñeca, a
modo de pulsera, un pequeñísimo rosario de oro y perlas. El carruaje,
cómodo y anticuado, llevaba en las portezuelas corona condal; el cochero
y el lacayo, como haciendo juego con el portero, tenían facha de
cantores de iglesia, y la dama, siempre enlutada, con trazas de poco
limpia y gesto uraño, semejaba una sacristía hecha mujer. Llegada la
noche, escapábase de alguna ventana rumor de preces dichas en común, y
antes de las diez quedaba todo cerrado, sin que hasta el día siguiente
volvieran a cruzar sombras tras las vidrieras, ni se escuchase ningún
ruido. Para ser tenida por convento, era la casa demasiado mundana; para
morada de seglares, parecía monasterio. De ambos caracteres participaba;
pues la Condesa hacía vida casi monjil y extremadamente rigurosa. En
todo tiempo se levantaba a las cuatro de la mañana para rezar _maitines_
y _oración por los agonizantes_, tornando a acostarse hasta las nueve,
que oía misa, rezada por su capellán; a las doce _angelus_, antes de
almorzar; por la tarde lecturas piadosas, _vísperas, cinco llagas_,
recepción de visitas honestas y paseo en coche; antes de comer un rato
de meditación en la capilla, y después de la comida otro _rosario,
letanía_, y _recomendación del alma_: a las nueve y media se acostaba.
De bailes y reuniones, nada: de teatros muy poco, y sólo a obras cuya
moral nadie hubiese puesto en duda. Confesaba dos veces por semana y
recibía la sagrada comunión todos los domingos.
Una criada, despedida de la casa porque el rigor del ayuno la hizo
blasfemar de Dios y hurtar en viernes de cuaresma restos de solomillo
fiambre, propaló por el barrio noticias muy curiosas, según las cuales
la Condesa de Astorgüela revelaba empeño de rescatar con la penitencia
lo mundano de su vida pasada. Mucho alardeaba de humilde y descuidada
para su persona; mas al decir de la doncella, quedábanla restos de la
más refinada coquetería, si bien ella procuraba ocultarlos. Sus pies
calzaban medias de seda, ceñía su talle corsé de raso, era pródiga en
perfumar el baño, cuidábase con ahínco las manos y, aunque hiciese
ostentación de vestir humildemente, la ropa blanca que gastaba era un
primor en adornos, lienzos y hechuras: bajo vestidos lisos y de lana,
solía ocultar enaguas guarnecidas de costosos encajes. La tal doncella
desmentía, además, ciertos excesos de piedad atribuidos a la dama: sus
actos de penitencia consistían en no tomar nada, aunque lo desease,
fuera de horas, abstenerse de algún bocado sabroso, escoger, por breve
rato, asiento incómodo y hasta estar unos minutos puestos en cruz los
brazos: pero era falso, según la pecadora sirvienta, que la Condesa
usara cilicio bajo el corsé de raso, ni que tuviera costumbre de llevar
por voluntaria molestia alguna china en los zapatos, antes al contrario,
se calzaba exquisitamente; ni que durmiera los viernes con una astilla
entre las sábanas, ni que hiciera en el suelo cruces con la lengua. En
cambio, insistiendo en los restos de coquetería, la Condesa, a solas en
su tocador y alcoba, desplegaba consigo misma aquel mimo y esmero que
sólo observa la mujer cuando se emplea, aunque honestamente, en el dulce
servicio del amor. De modo que, por las señas, la Condesa de Astorgüela,
lo mismo podía ser una gran dama arrojada por el desengaño a los brazos
de la Religión, que una hipócrita de alto rango, o las dos cosas a la
vez.
Su rostro parecía arrancado de un lienzo de Mengs o de Van Lóo. Una
hermosa cabellera rubia, que comenzaba a encanecer, la servía de
diadema; la fisonomía era expresiva, casi picaresca; graciosa la boca,
esbelto el talle y los pies chicos. Así debían ser aquellas damas de la
corte de Versalles que compensaron la virtud que les faltó a fuerza de
elegancia e ingenio. La edad de la Condesa era un misterio, para ella
triste, para los demás engañoso; pero todavía la quedaban encantos que
desplegar cuando al caer la tarde venían a pedirla consejo algunos
amigos devotos y, como ella, dispuestos a la defensa de intereses
sagrados.
Tal era la Condesa de Astorgüela relacionada con el alto clero, bien
quista de la nobleza, influyente en el ánimo de ciertos nobles chapados
a la antigua y deseosa de atraerse a todo aquel que despuntara en el
servicio de la tradición y la piedad, deseo que la inspiró grande afán
de conocer a Tirso apenas supo el valiente celo que demostró en el
sermón famoso. Ella misma le escribió así, de su puño y letra, y en
papel timbrado con su escudo:
_«La Condesa de Astorgüela la Real saluda respetuosamente al
capellán don Tirso Resmilla, rogándole se sirva visitarla para
encomendarle una buena obra.»_
(Y abajo el día y hora de la cita, con las señas de la casa.)
Sorprendido Tirso agradablemente, consultó con el cura que le cedió el
sermón si debía asistir al llamamiento, y la respuesta avivó su
impaciencia.
--No deje Vd. de ir, compañero; esa señora es una potencia.
Con lo cual a la hora marcada se presentó en casa de la Condesa, que le
recibió en un espacioso gabinete seriamente alhajado donde a vueltas de
mucha severidad había detalles que acusaban a la mujer elegante. Cubría
las paredes rico damasco verde con el tono del mirto; los muebles,
tapizados de brocatel algo más claro, eran de hechura antigua; la
alfombra gruesa y casi blanca: del techo pendía una enorme araña de
cristal con muchos colgajillos prismáticos y, bajo ella, sobre una
mesita de mosaico, se veían varios libros ricamente encuadernados,
reflejándose todo en grandes espejos con marcos de hojarasca dorada.
Tirso echó una mirada a los lomos de los libros: eran lo más hermoso y
literario que ha dado de sí en el mundo el sentimiento religioso:
_Imitación de Cristo_, de Kempis; _La perfecta casada_, de Fray Luis de
León; _La vida devota_, de San Francisco de Sales, y el _Tratado de la
tribulación_, del P. Rivadeneyra. Sólo tres obras de arte adornaban la
estancia: una admirable copia del _Cristo_ de Velázquez; otra de la
_Dolorosa_ de Tiziano, y ante uno de los balcones, destacando sobre el
claror del hueco, una escultura fiel reproducción del _San Francisco_
de Alonso Cano. Cuanto allí había acusaba extraña mezcla de elegancia y
piedad.
Alzose de pronto una cortina y entró la Condesa, a quien Tirso saludó
respetuosamente: ella se sentó en una butaca pequeña, de espaldas a la
luz, y el cura, obedeciendo a una indicación, ocupó un asiento cercano
puesto frente al balcón; de suerte que la fisonomía de Tirso quedó a
merced de las miradas de la dama, y el rostro de ésta no tan visible
para él, que estaba como irresoluto y cortado. El traje de la de
Astorgüela era sencillo y negro, de un negro brillante y nuevo, junto al
cual pardeaban la sotana y el manteo de Tirso.
--Lo primero--comenzó ella--pido a usted mil perdones por mi
atrevimiento: debía haber procurado esta entrevista de otro modo, pero
deseaba que honrase Vd. mi casa y quería que hablásemos a solas; ante
todo, para felicitarle por su elocuencia y su rasgo de valor...
--Señora, yo agradezco tanto... pero la verdad, no creo merecer...
--Sí; merece Vd. que le feliciten todos los corazones cristianos.
Alcanzamos tiempos en que la energía en defender lo bueno y lo santo
debe alentarse; y yo, aunque valgo poco, he tenido empeño en conocer a
usted para apreciarle mejor.
Estaba asombrado, sin adivinar a qué venían tal llamada y tan afable
recibimiento.
--¿Le sorprende a Vd. mi osadía,--prosiguió adivinándolo la
Condesa--verdad? pues aún va a extrañarle más otra cosa que voy a
decirle, y sobre la cual le encargo la más absoluta reserva.
--Aseguro a Vd. que me desviviré por servirla, si juzga que puedo serla
útil.
--No se trata de servirme, señor Resmilla, sino de servir a la Religión.
Pero, ante todo, debo advertirle que no me era Vd. enteramente
desconocido. Mi posición, mis buenas relaciones, mi influencia, puedo
decirlo sin vanidad, me tienen al corriente de muchas cosas... y no
ignoro el objeto de su venida de Vd. a Madrid.
--Yo, señora, mi viaje...
--Esté Vd. tranquilo. Soy de las que animan y alientan cuanto se
proponen _ustedes_. Está Vd. en casa de una amiga. Y ahora diré a Vd.
que nada de _eso_ me es ajeno, y que tengo costumbre de honrarme con la
amistad de los que se consagran a tan glorioso servicio, es decir, que
aunque sólo fuera por esto, le hubiera llamado a Vd.; pero es el caso
que, además, vamos a tratar de otro asunto.
--Mande Vd.
--Usted tiene un hermano que está en relaciones amorosas, honradas, por
supuesto, con una señorita, casi parienta mía, que se llama María Paz de
Ágreda...
--No lo sabía... o, mejor dicho, ignoraba quién era ella.
--Yo, en cambio, sé mucho más. El padre de esa señorita es un caballero
bastante rico, que, por cierto, no ha educado a la niña como debiera;
pero esto no hace al caso. Lo importante es que Vd. va a prestar un buen
servicio a intereses sagrados.
--Pero, ¿qué tiene esto que ver con mi hermano?
--El padre de esa señorita Paz posee cerca de los Cuatro Caminos, fuera
de la puerta de Fuencarral, unos solares, lindando con los cuales está
edificando su nueva casa una comunidad, que acaso todavía no conozca
usted, y que el vulgo ha comenzado a llamar las _Hijas de la Salve_.
Pues bien; esta hermandad desea comprar parte de la tierra que es
propiedad de don Luis, a lo cual se niega él resueltamente: todos los
esfuerzos, todos los ofrecimientos han sido inútiles.
--¿Y qué puedo yo en el asunto?
--Mucho: piense Vd. que se trata del servicio de una fundación
religiosa... Vamos a concretarnos a lo esencial. ¿Está Vd. dispuesto a
favorecer los deseos de los que protegen a esa comunidad? Responda Vd.
francamente.
--Sí, señora, si realmente se trata de una comunidad religiosa.
--Hace Vd. bien; las cosas claras. Vamos a otro punto. ¿Tiene Vd. medios
de hacer que su señor hermano influya en el ánimo de la niña, para que
ésta a su vez procure que su padre deje de ser hostil al
engrandecimiento de la comunidad?
--No, señora; no tengo medio alguno para lograrlo; y ya que Vd. me honra
buscándome para una cosa tan de mi gusto, quiero ser leal con Vd. Mi
hermano y yo estamos medio reñidos: es liberal, ateo, en fin, está
dejado de la mano de Dios. Cuando yo llegué a Madrid a vivir con mis
padres, encontré la casa en un estado... impiedad, olvido de lo más
sagrado... Yo quise...
--No se moleste Vd. en contármelo: estoy enterada de todo.
Tirso, con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, preguntó:
--¿Entonces?...
--Se trata de saber si, a pesar de todo eso y contra los obstáculos que
se presenten, se decide Vd. a servirnos.
--¡Eso sí! pero ignoro cómo.
--Si su hermano de Vd. se casara con esa señorita..... si nosotros lo
facilitáramos.....
--No hay que pensar en ello, señora. Mi hermano es un fanático
descreído; a su falta de fe llama convicción honrada: sería capaz de
echárselas de mártir de sus ideas y renunciar a la chica antes que
aceptar el trato.
--¿Está Vd. seguro de esa energía?
--¡Ojalá no lo estuviera!
--Piense Vd. que nos sobrarán medios, toda clase de protección.
--Imposible.
--Entonces habrá que tomar otro camino. Es preciso averiguar si esa
señorita está realmente enamorada de su hermano de usted, y necesitamos
poder calcular lo que ella haría viéndose abandonada por él.
--No entiendo lo que Vd. se propone.
--Hablaré sin rodeos, señor Resmilla. Si el novio se allanara, y sería
lo mejor para todos, a vender en buenas condiciones a la comunidad el
terreno que ésta desea cuando entrara en posesión de la dote, _nosotros_
haríamos la boda.
--Ya he dicho a Vd., y perdone que insista, que eso es imposible.
--En tal caso, hay que colocar a la pareja en condiciones de ruptura y
conseguir una de estas dos cosas: que ella imponga a su padre su
voluntad, es decir, la _nuestra_, o que, desengañada del amor, piense en
dichas más puras, en vida más tranquila.
--Comprendo.
--Con lo cual, señor Resmilla, lograríamos doble resultado: para el
Señor la conquista de un alma; y para nuestro propósito la posesión de
una voluntad, dueña, en plazo más o menos breve, de lo que desean poseer
las _Hijas de la Salve_.
--Perfectamente.
--Considerado así el asunto, Vd., ¿qué cree que debamos hacer?
--Que mi hermano riña lo antes posible con la novia, y luego manejarla a
ella.
--Eso es expuesto. Si está enamorada de veras, corremos dos peligros muy
grandes: primero, la dificultad de separarles; y segundo, que si su
pasión no es verdadera, al perder éste se arroje en brazos de otro amor.
El cura no pudo contenerse.
--Señora, ¡cuánto sabe Vd.!
--Crea Vd., señor Resmilla, que para servir a Dios hay que pensar en
todo. Vamos, ¿qué le parece a Vd.?
--En mi opinión, lo esencial es que riñan; y después dirigir bien a esa
criatura.
--¿Quiere Vd. encargarse de ello? Piense usted que se trata de una
verdadera obra de caridad y que, además, las _Hijas de la Salve_ no
olvidarán lo que Vd. haga por ellas.
--Yo no hago nada interesadamente.
--Me lo figuro; pero toda buena obra trae consigo su recompensa. En fin,
piénselo usted.
--¿Puedo estar seguro de que obraremos sólo por favorecer a esa
comunidad, sin ninguna otra mira bastarda? No se ofenda Vd., señora; yo
soy así.
--No nos anima más deseo que el de contribuir al engrandecimiento de una
institución piadosa. Usted la conocerá y juzgará luego.
--Pues delo Vd. por pensado: acepto.
--¿Quiere Vd. que yo le facilite ocasión de hablar a la novia de su
hermano?
--Avisaré cuando lo considere oportuno; pero me parece que yo me lo
trabajaré todo.
--No olvide Vd. que lo esencial es la ruptura.
--Espero que la conseguiré.
Al llegar aquí Tirso creyó oportuno poner gesto triste, y dando a la
voz acentos de amargura, dijo:
--¡Ah, señora! ¡Si Vd. pudiera apreciar la pena de mi corazón al
comprender que las ideas de mi hermano disculpan... hasta justifican,
que yo tome cartas en este asunto!
La Condesa, ya en pie, como despidiéndole, sonrió ante aquel inesperado
afán de atenuar la índole del pacto, y repuso:
--Es doloroso que no se pueda hacer el bien sin estos rodeos; pero, ¿qué
remedio? señor Resmilla, así lo quieren los tiempos. Quedamos en que
convencerá Vd. a esa señorita; después, en fin... allá Vd.
Despidiéronse en seguida, y salió Tirso a la calle hondamente
preocupado, por muchas razones. Aquella señora fue para él un enigma
vivo: sabía el motivo de su viaje, alardeaba de influyente, habitaba un
palacio y tenía aspecto de reina. ¡Qué maridaje tan extraño formaban en
ella el trato mundanal y la piedad! Parecía la encarnación de lo profano
puesta al servicio de lo divino. Por supuesto, estaba decidido a
servirla contra su propio hermano, contando con la ayuda de Dios. ¿Acaso
no triunfaba en los demás propósitos que formó? Su madre había entrado
de lleno en el buen camino, y su hermana había renunciado al devaneo
con Millán.
Tirso recordaba las palabras de la Escritura: _Desaparecerá el impío
como la tempestad que pasa; mas el justo es como cimiento durable por
siempre. La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los
impíos perecerá._