XXI

Las gentes a cuyos manejos obedeció el viaje de Tirso a Madrid, le

mandaron que esperase órdenes en la corte, y él entonces pensó en

utilizar algunas de las amistades que, a la sombra de su misión,

contrajo con gente de sotana, logrando entrar en una iglesia, donde, a

título de suplente, ganaba algo, aunque poco. Un obispo y un ecónomo

fueron los protectores, merced a cuyo valimiento pudo actuar en una

parroquia, no sin que algunos capellanes se disgustaran, temerosos de

que, a la larga, les quitara el pan: otros, en cambio, por simpatía, o

conocedores de lo mucho que podía quien le recomendaba, hicieron buenas

migas con él, y uno de éstos, viejo achacoso, que tenía fama de avaro,

le cedía frecuentemente su puesto en ocasiones lucrativas. Malas lenguas

murmuraban que lo hacía reservándose la mitad de la remuneración, a

pesar de lo cual, de cada entierro _de primera_ le quedaban a Tirso

veinte reales y treinta de cada novena. Además, servía de festero en

ciertas solemnidades, y no le olvidaba el ecónomo cuando había que

repartir algunas misas. Pero lo que él ambicionaba era tener sermones,

que uno con otro le salían lo menos a dos o tres duros, suponiendo que

fuera cierta la calumnia antes apuntada. El primer sermón que pronunció

hizo poco efecto a sus nuevos compañeros; todos dijeron que olía a

pueblo: con el segundo le ocurrió lo mismo, y en vista de ello determinó

estudiar los ajenos para perfeccionar los propios. De allí a poco le

tocó uno, y entonces desplegó toda su energía.

Había él notado que, por aquel tiempo de amenazas revolucionarias, no

parecía a los devotos buen sacerdote el que no se aventuraba algo en el

terreno de las alusiones políticas; y como todo era menos tímido, se

lanzó a pisarlo, decidido a no resultar menos celoso defensor de la

Religión. Preparose durante varios días con libros que consideró del

caso, leyó al Padre Larraga y al jesuita Roothaan, consultó varios

sermonarios de Santander, Eguileta y Pantaleón García, hizo acopio de

frases sabias, citas de los Santos Padres y hasta de figuras retóricas,

escogiendo tropos, hipotiposis y apóstrofes que dieran color a sus

períodos, después de lo cual fijó el tema de la oración, fundándola en

aquellas palabras famosas: _Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo

que es del César._

* * * * *

Como la cofradía que pagaba la función era de gente adinerada, la

iglesia estuvo brillante. En el atrio, inmediato al puesto de una

florista, habían colocado el cajón de la rifa piadosa, cuyos premios

eran un canario enjaulado, dos sortijeros de cristal, un castillete de

cartón-piedra para juguete de niños y una Virgen metida en un fanal que

parecía farol: dos viejos coloradotes y rollizos expendían las

papeletas, y una mujer que allí cerca tenía su canastilla de estampas y

escapularios les miraba de reojo, como mercader pobre a traficante rico.

De esta mujer decían lenguas pecadoras que lo que más provecho la dejaba

no era manejar los alicates con que hacía rosarios de alambre y cuentas

de vidrio, sino el servir de cobejera entre damas y galanes. Junto a la

casa de Dios varios mendigos extendían las mugrientas manos, y cuando no

pasaba gente se insultaban con el más desvergonzado vocabulario, que

trocaban en quejumbrosos ayes si alguna señora vieja se detenía a leer

los cartelillos de triduos y novenas.

El altar mayor, en que ardía un bosque de velas simétricamente

colocadas en sus gradillas, semejaba pirámide de llamas temblorosas, y

el talco de los floreros de mano brillaba como plata puesta al sol. Dos

angelotes de talla dorada sostenían el templete donde estaba de

manifiesto el Señor, ceñido por los resplandecientes rayos de la

custodia, envuelto en la neblina del incienso y adorado por la

muchedumbre. En lo más alto del retablo había un astro de oro, y en su

centro un pichón blanco. El altar era todo claridad: la luz del mundo

parecía refugiada en la Santa Mesa. Las capillas laterales, los rincones

quedaban sepultados en sombra. En el medio de la nave brillaba sobre un

grupo de fieles el resplandor azulado que dejaban caer desde la altura

las ventanas del cupulino, y a veces, cuando el viento movía las

cortinas, resplandecía en el aire una ráfaga luminosa, que iba a posarse

en la faz apergaminada de un viejo, o en el rostro de una mujer bonita.

Unos ratos eran de silencio absoluto, otros flotaba sobre la atmósfera

del sagrado recinto un murmullo apagado de rezos rápidamente dichos, y

de cuando en cuando se oía hacia el exterior rodar de carruajes y tañer

de campanas: hubo un momento en que, al levantar los que entraban el

cortinón de la puerta, se oyó la música profana de un organillo que

tocaba en la calle el brindis de _La Traviata_. Desde lo alto de los

retablos churriguerescos, las estatuas de talla, troncos convertidos en

santos por el arte, parecían mirar con lástima a la gente arrodillada,

cuya apretada masa promovía ruidos en que se mezclaban el caer de las

sillas, el crujir de las sedas, la plegaria de unos y el refunfuño de

otros.

Ya se había rezado el Rosario. Al comenzar la Salve rompió el órgano en

formidable trompeteo, y empezaron los cantores. La voz del tiple era

chillona y femenina, la del bajo ronca y apagada; el barítono cantó un

solo que parecía de personaje celoso en ópera italiana. De pronto el

órgano sofocó sus quejas con variadas modulaciones, ya acentos dulces,

ya rugidos estentóreos: unos instantes aquello era regalo del oído,

otros estruendo ensordecedor, hasta que de improviso las notas parecían

quedar flotando en el aire, como aves perdidas, cuyo graznido

desapacible continuaba imitando la canturía ronca de algún cura falto de

aliento. Los muros estaban cubiertos con paños de damasco rojo galoneado

de oro, que, como grandezas deseosas de humillarse, caían casi hasta el

suelo de ladrillos polvorientos, y por bajo de la verja del presbiterio

veíanse hincados de rodillas, con su cirio y escapulario, varios fieles

que de rato en rato se relevaban, formando incesante guardia de honor al

pie de la pirámide de llamas, en tanto que los sacerdotes, dando ejemplo

de piedad, se persignaban rápidamente al pasar ante los altares. Sólo

turbaban el recogimiento de los devotos el llanto de los niños cansados

y las toses de los viejos asmáticos: nadie, por fortuna, se fijaba en el

mirar incesante de las mujeres a los hombres, ni en la postura

irreligiosa de un mozuelo que, apoyado en un confesionario, devoraba con

los ojos a la novia. En la puerta un presbítero, sentado ante una mesa,

golpeaba con una moneda la bandeja de las ofrendas, y aquel choque

metálico, acusador del interés, sonaba mal: los muros sagrados lo

devolvían en apagados ecos, cual si rechazaran la voz de la codicia

humana. El olor de la cera, el aroma del incienso y la aglomeración de

gentes, viciando la atmósfera, promovían inspiraciones largas, suspiros

de desasosiego, movimiento de inquietud. En los bancos de alto respaldo

había algunas personas dormidas. Otros fieles, haciendo abstracción de

la fiesta, se postraban ante altares distintos. En uno de ellos, cuatro

gradas cubiertas de encaje sucio y un pedestal de pintura

descascarillada, adornado con cabezas de angelitos, servían de trono a

una Virgen de tamaño natural, envuelta en rico manto de terciopelo negro

entrapado de polvo, sobre cuyo pecho brillaba un corazón de hojadelata

atravesado por siete espadas de lo mismo: en cambio el rostrejo y la

corona eran de plata. Al lado opuesto estaba Jesús, clavado al leño del

martirio, hermosamente desnudo, caída la cabeza sobre el pecho, manando

sangre la lanzada, rígidas las piernas, sebosas las rodillas, porque en

ellas se apoyaba el monaguillo al subir para encender, y envuelta la

cintura en un paño rojo con lentejuelas de oro, indigno adorno de tan

venerable figura. Una vela torcida goteaba sobre los pies de la

escultura sus lágrimas de cera, y el débil resplandor verdoso de una

lámpara de vidrio, medio apagada, enviaba estertores de luz a la divina

faz. A pesar de la profanadora faldilla, el aspecto de la imagen era

imponente: el cadáver del Dios de la Caridad parecía dominar aquel

conjunto ridículo de flores de trapo, candelabros sucios, estampas

chillonas, tallas barrocas y pantorrillas de cera. Al examinar el

templo, se notaba que todo lo demás estaba vivo o expresaba vida: el

único muerto que había en la Iglesia era Cristo.

Llegado el momento del sermón, salió Tirso lentamente de la sacristía y,

acercándose hasta el altar mayor, oró unos instantes de rodillas,

sosteniendo el bonete entre las manos cruzadas sobre el pecho, que

llevaba cubierto por el blanco y rizado roquete. En seguida subió al

púlpito, que era como una jícara grande pegada a la pared, y después de

arrodillarse nuevamente y pedir otra vez al Altísimo gracia y santidad

de inspiración, empezó persignándose y recitando un Ave María.

El exordio fue breve, y luego, sin cuidarse mucho de reglas ni

preceptos, entró de lleno a narrar, para comentarlo, el episodio en que

Cristo dijo: _Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del

César_.

Su lenguaje era siempre llano: cuando quería elevarse le faltaban

palabras, y al buscar naturalidad, caía en lo vulgar y tosco. Tuvo

instantes en que, olvidándose del plan trazado, las ideas acudieron en

tropel a su imaginación y las palabras se agolparon a sus labios en

frases exentas de unción sagrada, faltas de poesía y desnudas de

belleza. Tenía prisa por llegar a mostrar su ardor en defensa de la fe.

Por fin, en la _recopilación y exhortación_ su piadosa ira tendió las

alas, y entonces le salieron los párrafos a su gusto.

--«Sí, hermanos míos--decía--muchos servicios debemos al país, a la

nación, al Gobierno y las autoridades, porque no exige nuestra Santa

madre la Iglesia que renunciemos en absoluto a la vida social, aunque es

mejor la vida del apartamiento religioso; pero hay que andarse con

cuidado en lo de la obediencia. ¡Bueno fuera que por servir los

intereses de este mundo ofendiéramos al Padre, o al Hijo, o al Espíritu

Santo, a la Santísima Virgen, o a cualquiera de los Apóstoles y Santos

que nos han señalado el camino de la perfección, que es como un sendero

espinoso a cuyo fin hay un gran jardín, que es la gloria! Debemos ser

obedientes al César, pagar contribuciones y gabelas, ser soldados y

marinos para mayor esplendor de esta nación cristiana, que tan mal anda

desde que vaciló en la fe: mas nuestro deber de cristianos es antes que

los demás deberes. Pues qué, amados míos, ¿hemos de contribuir para que

se emplee nuestro dinero contra nuestra conciencia? ¿Pediremos al Señor

ánimo para el trabajo, y su fruto será para escarnecerle? ¿Queréis que

sirvan nuestras riquezas o jornales para que los malos gobernantes

paguen suntuosos embajadores que adulen a los carceleros del Santísimo

Pontífice, que apacienta el rebaño de Cristo desde su lecho hediondo de

paja en un calabozo del Vaticano, antes trono de su preponderante

sabiduría? ¡No, y mil veces no, hermanos míos! Seamos, si es preciso,

como aquellos mártires que desafiaban a los procónsules romanos, y ya

sabéis que estos procónsules eran como ahora los gobernadores civiles.

¿Y hemos de ser soldados para servir de ornato y servidumbre a ministros

impíos, para obedecer a sacrílegas Asambleas que decretan la asquerosa

libertad de conciencia?

¡Ah, y con cuánto dolor de corazón, con qué santa indignación los que

aman a Dios oyen hablar de esas infamias! Mas la paciencia del justo es

luego ira terrible, y el cordero se hace sañudo tigre, que dicen las

famosas palabras del Santo.

¿Quién no teme que baje fuego del cielo sobre esta sociedad moderna? A

la maldad llaman libertad, y luego, ¡ilusos! piensan vencer a los que

luchan por la verdadera libertad, a los que, como nosotros, elevan su

corazón al Señor. ¡Así es todo desolación y espanto por los campos! Las

guerras son obras del demonio: Dios le permite que nos castigue porque

somos malos y nos olvidamos de Él. Y cuando esto pasa, no es

impunemente: que si a la piedad se la escarnece, si a la religión se la

pisotea, ¡ah! entonces ya no hay nada que dar al César, sino que hasta

la sangre debe emplearse en servicio del Señor. ¿No nos da Él la suya

diariamente en el convite celestial, en el manjar eucarístico? ¿Seríamos

capaces de negarle nuestra miserable sangre?

Orad, hermanos míos, orad por los opresores sacrílegos, pero no

maldigáis a los que combaten. Nosotros tenemos sólo fe, quizá fe tibia:

ellos, como quería el Apóstol, juntan las obras a la fe. Supimos los

españoles expulsar al moro, desterrar al judío, vencer al turco;

destruimos al protestante en Flandes; arrojamos de aquí a los franceses

ateos de Napoleón; purificamos, con fuego, de herejes nuestra propia

tierra, y ¿no seremos hoy capaces de sojuzgar a los que traen semilla

del infierno en ese contubernio nefando que llaman matrimonio civil, en

esa crápula moral que llaman libertad religiosa?

¡Qué pena, hermanos míos! ¡qué dolor! Estamos en plena Revolución; es

decir, como Job en el basurero, llenos de toda suciedad. ¡Aquí es el

rechinar de dientes y crujir de huesos!

La libertad de cultos, dicen los impíos, traerá capitales extranjeros,

porque vendrán familias de herejes, ¡que maldita la falta que hacen!

¿Pues sabéis a lo que vendrán? a llevarse vuestro dinero, a poner

fábricas en las casas que ahora se están robando a las pobres monjitas.

Esta es la libertad de cultos. Ya veis, amados oyentes míos, cómo no

siempre es piadoso dar de buen grado al César todo lo que parece suyo.

Sean nuestras almas del Señor para que su cólera no nos parta por la

mitad, y atendámosle a Él antes que a nadie. ¿A quién obedeceríais

primero, a un guardia municipal, o al Rey? al segundo, ¿no es verdad?

Pues el César es el guardia municipal, y el Rey es Dios nuestro Señor,

pero Rey de Reyes y Emperador de Emperadores. Elevad los corazones, que

tiemble la oración en vuestros labios, que se agite, como humo inquieto

la fe en vuestros pechos para que el Señor nos conceda ver acabadas la

podredumbre del liberalismo, la masonería, las persecuciones de la

Iglesia y las desdichas de sus venerables ministros, y para que acaben

las fatigas de los que luchan por la fe en cualquier terreno, porque

entonces podremos gritar: _¡Pueblos esparcidos por el Universo,

palmotead, manifestad con millares de gritos de alegría la parte que

tomáis en la gloria de vuestro Dios en el día de su triunfo!_ Yo diré a

vuestro corazón, con el Profeta: _cuasi tuba exalta vocem tuam, et

anuntia populo meo scelera eorum_. Orad, y ahorraréis lágrimas a la

Esposa del Cordero; haced que todo el mundo rece en vuestras casas por

los que están sepultados en el profundo sueño del pecado, _dormiebat

sopori gravi;_ por los que voluntariamente se han hecho sordos a las

inspiraciones divinas, _sicut aspidis surdæ et obturantis aures suas_.

Sí, amados hermanos míos, orad a María en todas sus advocaciones, tan

buena es una como otra, todas son mejores y dulcísimas; porque si

oramos, _las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia._»

Mientras bajaba lentamente del púlpito estalló en la iglesia rumor de

muchedumbre inquieta, y de los labios de los fieles salió un murmullo de

aprobación. En seguida, todos comenzaron a salir, ansiosos de

sustraerse, a pesar de su devoción, a la pesada y sucia atmósfera del

templo. Las puertas vomitaron negras oleadas de gente que, al

desparramarse por las aceras, respiraba con delicia el aire puro de la

noche, y en pocos momentos la ancha nave quedó vacía. Algunos exaltados

elogiaban el sermón.

--Es un padre nuevo.

--No le conocía.

--Ni yo: ¡qué valiente ha estado!

--Es de los finos.

--¡Ojalá hubiera muchos así en los pueblos!

Varias personas entraron en la sacristía, preguntando cómo se llamaba el

predicador. Los capellanes de la casa comentaron el sermón de distinto

modo.

--¡Muy bien, compañero, eso es poner el dedo en la llaga!

--Ha estado Vd. un poquito fuerte.

--Ándese con cuidado, no sea que los liberalitos cometan con Vd. algún

atropello.

El párroco calificó aquello de imprudencia.

Tirso se marchó solo, contentísimo, pisando recio, llevando alta la

cabeza, como si creyera que las gentes habían de señalarle con el dedo y

mirarle con asombro. En su casa no dijo nada.

Aquella noche, el nombre del Padre Tirso Resmilla era conocido en todos

los centros clericales de Madrid.

A los tres días, Pepe, leyendo un periódico, dio con el siguiente

suelto:

«El púlpito sigue convertido en tribuna por los enemigos de las

instituciones liberales. Hemos oído asegurar que en una de las

principales iglesias de Madrid se ha pronunciado anteayer un

violento sermón, una verdadera excitación a la guerra civil. La

opinión exige que, si el hecho es cierto, las autoridades tomen

cartas en el asunto. El clérigo que se ha propasado esta vez,

parece ser el Padre R..., casi desconocido, por haber llegado a

Madrid hace poco tiempo. Veremos qué resultado ofrece esta milésima

edición de semejante atrevimiento.»

Pepe comprendió que el Padre R... era su hermano, y profundamente

disgustado, hizo que Millán averiguase la verdad del caso preguntándolo

en la imprenta de aquel periódico, y al mismo tiempo revisó

cuidadosamente los demás que había de leer su padre, decidido a evitarle

la desazón que pudiera acarrearle la noticia. No temía que Tirso se

vanagloriase de la hazaña en su propia casa, pero podían ir a prenderle,

o acaso una fracción de la prensa insistiera en pedir su castigo.

El resultado de las gestiones de Millán confirmó la sospecha de Pepe:

el regente de la imprenta donde se tiraba el diario que dio la noticia,

dijo que el predicador de que se trataba era don Tirso Resmilla, quien

abandonando su curato de un pueblo del Norte, había venido a Madrid,

pocos meses atrás, como persona de confianza para los elementos

realistas de la diócesis a que pertenecía.

El enemigo · 第 27 / 47 题