Las gentes a cuyos manejos obedeció el viaje de Tirso a Madrid, le
mandaron que esperase órdenes en la corte, y él entonces pensó en
utilizar algunas de las amistades que, a la sombra de su misión,
contrajo con gente de sotana, logrando entrar en una iglesia, donde, a
título de suplente, ganaba algo, aunque poco. Un obispo y un ecónomo
fueron los protectores, merced a cuyo valimiento pudo actuar en una
parroquia, no sin que algunos capellanes se disgustaran, temerosos de
que, a la larga, les quitara el pan: otros, en cambio, por simpatía, o
conocedores de lo mucho que podía quien le recomendaba, hicieron buenas
migas con él, y uno de éstos, viejo achacoso, que tenía fama de avaro,
le cedía frecuentemente su puesto en ocasiones lucrativas. Malas lenguas
murmuraban que lo hacía reservándose la mitad de la remuneración, a
pesar de lo cual, de cada entierro _de primera_ le quedaban a Tirso
veinte reales y treinta de cada novena. Además, servía de festero en
ciertas solemnidades, y no le olvidaba el ecónomo cuando había que
repartir algunas misas. Pero lo que él ambicionaba era tener sermones,
que uno con otro le salían lo menos a dos o tres duros, suponiendo que
fuera cierta la calumnia antes apuntada. El primer sermón que pronunció
hizo poco efecto a sus nuevos compañeros; todos dijeron que olía a
pueblo: con el segundo le ocurrió lo mismo, y en vista de ello determinó
estudiar los ajenos para perfeccionar los propios. De allí a poco le
tocó uno, y entonces desplegó toda su energía.
Había él notado que, por aquel tiempo de amenazas revolucionarias, no
parecía a los devotos buen sacerdote el que no se aventuraba algo en el
terreno de las alusiones políticas; y como todo era menos tímido, se
lanzó a pisarlo, decidido a no resultar menos celoso defensor de la
Religión. Preparose durante varios días con libros que consideró del
caso, leyó al Padre Larraga y al jesuita Roothaan, consultó varios
sermonarios de Santander, Eguileta y Pantaleón García, hizo acopio de
frases sabias, citas de los Santos Padres y hasta de figuras retóricas,
escogiendo tropos, hipotiposis y apóstrofes que dieran color a sus
períodos, después de lo cual fijó el tema de la oración, fundándola en
aquellas palabras famosas: _Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo
que es del César._
* * * * *
Como la cofradía que pagaba la función era de gente adinerada, la
iglesia estuvo brillante. En el atrio, inmediato al puesto de una
florista, habían colocado el cajón de la rifa piadosa, cuyos premios
eran un canario enjaulado, dos sortijeros de cristal, un castillete de
cartón-piedra para juguete de niños y una Virgen metida en un fanal que
parecía farol: dos viejos coloradotes y rollizos expendían las
papeletas, y una mujer que allí cerca tenía su canastilla de estampas y
escapularios les miraba de reojo, como mercader pobre a traficante rico.
De esta mujer decían lenguas pecadoras que lo que más provecho la dejaba
no era manejar los alicates con que hacía rosarios de alambre y cuentas
de vidrio, sino el servir de cobejera entre damas y galanes. Junto a la
casa de Dios varios mendigos extendían las mugrientas manos, y cuando no
pasaba gente se insultaban con el más desvergonzado vocabulario, que
trocaban en quejumbrosos ayes si alguna señora vieja se detenía a leer
los cartelillos de triduos y novenas.
El altar mayor, en que ardía un bosque de velas simétricamente
colocadas en sus gradillas, semejaba pirámide de llamas temblorosas, y
el talco de los floreros de mano brillaba como plata puesta al sol. Dos
angelotes de talla dorada sostenían el templete donde estaba de
manifiesto el Señor, ceñido por los resplandecientes rayos de la
custodia, envuelto en la neblina del incienso y adorado por la
muchedumbre. En lo más alto del retablo había un astro de oro, y en su
centro un pichón blanco. El altar era todo claridad: la luz del mundo
parecía refugiada en la Santa Mesa. Las capillas laterales, los rincones
quedaban sepultados en sombra. En el medio de la nave brillaba sobre un
grupo de fieles el resplandor azulado que dejaban caer desde la altura
las ventanas del cupulino, y a veces, cuando el viento movía las
cortinas, resplandecía en el aire una ráfaga luminosa, que iba a posarse
en la faz apergaminada de un viejo, o en el rostro de una mujer bonita.
Unos ratos eran de silencio absoluto, otros flotaba sobre la atmósfera
del sagrado recinto un murmullo apagado de rezos rápidamente dichos, y
de cuando en cuando se oía hacia el exterior rodar de carruajes y tañer
de campanas: hubo un momento en que, al levantar los que entraban el
cortinón de la puerta, se oyó la música profana de un organillo que
tocaba en la calle el brindis de _La Traviata_. Desde lo alto de los
retablos churriguerescos, las estatuas de talla, troncos convertidos en
santos por el arte, parecían mirar con lástima a la gente arrodillada,
cuya apretada masa promovía ruidos en que se mezclaban el caer de las
sillas, el crujir de las sedas, la plegaria de unos y el refunfuño de
otros.
Ya se había rezado el Rosario. Al comenzar la Salve rompió el órgano en
formidable trompeteo, y empezaron los cantores. La voz del tiple era
chillona y femenina, la del bajo ronca y apagada; el barítono cantó un
solo que parecía de personaje celoso en ópera italiana. De pronto el
órgano sofocó sus quejas con variadas modulaciones, ya acentos dulces,
ya rugidos estentóreos: unos instantes aquello era regalo del oído,
otros estruendo ensordecedor, hasta que de improviso las notas parecían
quedar flotando en el aire, como aves perdidas, cuyo graznido
desapacible continuaba imitando la canturía ronca de algún cura falto de
aliento. Los muros estaban cubiertos con paños de damasco rojo galoneado
de oro, que, como grandezas deseosas de humillarse, caían casi hasta el
suelo de ladrillos polvorientos, y por bajo de la verja del presbiterio
veíanse hincados de rodillas, con su cirio y escapulario, varios fieles
que de rato en rato se relevaban, formando incesante guardia de honor al
pie de la pirámide de llamas, en tanto que los sacerdotes, dando ejemplo
de piedad, se persignaban rápidamente al pasar ante los altares. Sólo
turbaban el recogimiento de los devotos el llanto de los niños cansados
y las toses de los viejos asmáticos: nadie, por fortuna, se fijaba en el
mirar incesante de las mujeres a los hombres, ni en la postura
irreligiosa de un mozuelo que, apoyado en un confesionario, devoraba con
los ojos a la novia. En la puerta un presbítero, sentado ante una mesa,
golpeaba con una moneda la bandeja de las ofrendas, y aquel choque
metálico, acusador del interés, sonaba mal: los muros sagrados lo
devolvían en apagados ecos, cual si rechazaran la voz de la codicia
humana. El olor de la cera, el aroma del incienso y la aglomeración de
gentes, viciando la atmósfera, promovían inspiraciones largas, suspiros
de desasosiego, movimiento de inquietud. En los bancos de alto respaldo
había algunas personas dormidas. Otros fieles, haciendo abstracción de
la fiesta, se postraban ante altares distintos. En uno de ellos, cuatro
gradas cubiertas de encaje sucio y un pedestal de pintura
descascarillada, adornado con cabezas de angelitos, servían de trono a
una Virgen de tamaño natural, envuelta en rico manto de terciopelo negro
entrapado de polvo, sobre cuyo pecho brillaba un corazón de hojadelata
atravesado por siete espadas de lo mismo: en cambio el rostrejo y la
corona eran de plata. Al lado opuesto estaba Jesús, clavado al leño del
martirio, hermosamente desnudo, caída la cabeza sobre el pecho, manando
sangre la lanzada, rígidas las piernas, sebosas las rodillas, porque en
ellas se apoyaba el monaguillo al subir para encender, y envuelta la
cintura en un paño rojo con lentejuelas de oro, indigno adorno de tan
venerable figura. Una vela torcida goteaba sobre los pies de la
escultura sus lágrimas de cera, y el débil resplandor verdoso de una
lámpara de vidrio, medio apagada, enviaba estertores de luz a la divina
faz. A pesar de la profanadora faldilla, el aspecto de la imagen era
imponente: el cadáver del Dios de la Caridad parecía dominar aquel
conjunto ridículo de flores de trapo, candelabros sucios, estampas
chillonas, tallas barrocas y pantorrillas de cera. Al examinar el
templo, se notaba que todo lo demás estaba vivo o expresaba vida: el
único muerto que había en la Iglesia era Cristo.
Llegado el momento del sermón, salió Tirso lentamente de la sacristía y,
acercándose hasta el altar mayor, oró unos instantes de rodillas,
sosteniendo el bonete entre las manos cruzadas sobre el pecho, que
llevaba cubierto por el blanco y rizado roquete. En seguida subió al
púlpito, que era como una jícara grande pegada a la pared, y después de
arrodillarse nuevamente y pedir otra vez al Altísimo gracia y santidad
de inspiración, empezó persignándose y recitando un Ave María.
El exordio fue breve, y luego, sin cuidarse mucho de reglas ni
preceptos, entró de lleno a narrar, para comentarlo, el episodio en que
Cristo dijo: _Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del
César_.
Su lenguaje era siempre llano: cuando quería elevarse le faltaban
palabras, y al buscar naturalidad, caía en lo vulgar y tosco. Tuvo
instantes en que, olvidándose del plan trazado, las ideas acudieron en
tropel a su imaginación y las palabras se agolparon a sus labios en
frases exentas de unción sagrada, faltas de poesía y desnudas de
belleza. Tenía prisa por llegar a mostrar su ardor en defensa de la fe.
Por fin, en la _recopilación y exhortación_ su piadosa ira tendió las
alas, y entonces le salieron los párrafos a su gusto.
--«Sí, hermanos míos--decía--muchos servicios debemos al país, a la
nación, al Gobierno y las autoridades, porque no exige nuestra Santa
madre la Iglesia que renunciemos en absoluto a la vida social, aunque es
mejor la vida del apartamiento religioso; pero hay que andarse con
cuidado en lo de la obediencia. ¡Bueno fuera que por servir los
intereses de este mundo ofendiéramos al Padre, o al Hijo, o al Espíritu
Santo, a la Santísima Virgen, o a cualquiera de los Apóstoles y Santos
que nos han señalado el camino de la perfección, que es como un sendero
espinoso a cuyo fin hay un gran jardín, que es la gloria! Debemos ser
obedientes al César, pagar contribuciones y gabelas, ser soldados y
marinos para mayor esplendor de esta nación cristiana, que tan mal anda
desde que vaciló en la fe: mas nuestro deber de cristianos es antes que
los demás deberes. Pues qué, amados míos, ¿hemos de contribuir para que
se emplee nuestro dinero contra nuestra conciencia? ¿Pediremos al Señor
ánimo para el trabajo, y su fruto será para escarnecerle? ¿Queréis que
sirvan nuestras riquezas o jornales para que los malos gobernantes
paguen suntuosos embajadores que adulen a los carceleros del Santísimo
Pontífice, que apacienta el rebaño de Cristo desde su lecho hediondo de
paja en un calabozo del Vaticano, antes trono de su preponderante
sabiduría? ¡No, y mil veces no, hermanos míos! Seamos, si es preciso,
como aquellos mártires que desafiaban a los procónsules romanos, y ya
sabéis que estos procónsules eran como ahora los gobernadores civiles.
¿Y hemos de ser soldados para servir de ornato y servidumbre a ministros
impíos, para obedecer a sacrílegas Asambleas que decretan la asquerosa
libertad de conciencia?
¡Ah, y con cuánto dolor de corazón, con qué santa indignación los que
aman a Dios oyen hablar de esas infamias! Mas la paciencia del justo es
luego ira terrible, y el cordero se hace sañudo tigre, que dicen las
famosas palabras del Santo.
¿Quién no teme que baje fuego del cielo sobre esta sociedad moderna? A
la maldad llaman libertad, y luego, ¡ilusos! piensan vencer a los que
luchan por la verdadera libertad, a los que, como nosotros, elevan su
corazón al Señor. ¡Así es todo desolación y espanto por los campos! Las
guerras son obras del demonio: Dios le permite que nos castigue porque
somos malos y nos olvidamos de Él. Y cuando esto pasa, no es
impunemente: que si a la piedad se la escarnece, si a la religión se la
pisotea, ¡ah! entonces ya no hay nada que dar al César, sino que hasta
la sangre debe emplearse en servicio del Señor. ¿No nos da Él la suya
diariamente en el convite celestial, en el manjar eucarístico? ¿Seríamos
capaces de negarle nuestra miserable sangre?
Orad, hermanos míos, orad por los opresores sacrílegos, pero no
maldigáis a los que combaten. Nosotros tenemos sólo fe, quizá fe tibia:
ellos, como quería el Apóstol, juntan las obras a la fe. Supimos los
españoles expulsar al moro, desterrar al judío, vencer al turco;
destruimos al protestante en Flandes; arrojamos de aquí a los franceses
ateos de Napoleón; purificamos, con fuego, de herejes nuestra propia
tierra, y ¿no seremos hoy capaces de sojuzgar a los que traen semilla
del infierno en ese contubernio nefando que llaman matrimonio civil, en
esa crápula moral que llaman libertad religiosa?
¡Qué pena, hermanos míos! ¡qué dolor! Estamos en plena Revolución; es
decir, como Job en el basurero, llenos de toda suciedad. ¡Aquí es el
rechinar de dientes y crujir de huesos!
La libertad de cultos, dicen los impíos, traerá capitales extranjeros,
porque vendrán familias de herejes, ¡que maldita la falta que hacen!
¿Pues sabéis a lo que vendrán? a llevarse vuestro dinero, a poner
fábricas en las casas que ahora se están robando a las pobres monjitas.
Esta es la libertad de cultos. Ya veis, amados oyentes míos, cómo no
siempre es piadoso dar de buen grado al César todo lo que parece suyo.
Sean nuestras almas del Señor para que su cólera no nos parta por la
mitad, y atendámosle a Él antes que a nadie. ¿A quién obedeceríais
primero, a un guardia municipal, o al Rey? al segundo, ¿no es verdad?
Pues el César es el guardia municipal, y el Rey es Dios nuestro Señor,
pero Rey de Reyes y Emperador de Emperadores. Elevad los corazones, que
tiemble la oración en vuestros labios, que se agite, como humo inquieto
la fe en vuestros pechos para que el Señor nos conceda ver acabadas la
podredumbre del liberalismo, la masonería, las persecuciones de la
Iglesia y las desdichas de sus venerables ministros, y para que acaben
las fatigas de los que luchan por la fe en cualquier terreno, porque
entonces podremos gritar: _¡Pueblos esparcidos por el Universo,
palmotead, manifestad con millares de gritos de alegría la parte que
tomáis en la gloria de vuestro Dios en el día de su triunfo!_ Yo diré a
vuestro corazón, con el Profeta: _cuasi tuba exalta vocem tuam, et
anuntia populo meo scelera eorum_. Orad, y ahorraréis lágrimas a la
Esposa del Cordero; haced que todo el mundo rece en vuestras casas por
los que están sepultados en el profundo sueño del pecado, _dormiebat
sopori gravi;_ por los que voluntariamente se han hecho sordos a las
inspiraciones divinas, _sicut aspidis surdæ et obturantis aures suas_.
Sí, amados hermanos míos, orad a María en todas sus advocaciones, tan
buena es una como otra, todas son mejores y dulcísimas; porque si
oramos, _las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia._»
Mientras bajaba lentamente del púlpito estalló en la iglesia rumor de
muchedumbre inquieta, y de los labios de los fieles salió un murmullo de
aprobación. En seguida, todos comenzaron a salir, ansiosos de
sustraerse, a pesar de su devoción, a la pesada y sucia atmósfera del
templo. Las puertas vomitaron negras oleadas de gente que, al
desparramarse por las aceras, respiraba con delicia el aire puro de la
noche, y en pocos momentos la ancha nave quedó vacía. Algunos exaltados
elogiaban el sermón.
--Es un padre nuevo.
--No le conocía.
--Ni yo: ¡qué valiente ha estado!
--Es de los finos.
--¡Ojalá hubiera muchos así en los pueblos!
Varias personas entraron en la sacristía, preguntando cómo se llamaba el
predicador. Los capellanes de la casa comentaron el sermón de distinto
modo.
--¡Muy bien, compañero, eso es poner el dedo en la llaga!
--Ha estado Vd. un poquito fuerte.
--Ándese con cuidado, no sea que los liberalitos cometan con Vd. algún
atropello.
El párroco calificó aquello de imprudencia.
Tirso se marchó solo, contentísimo, pisando recio, llevando alta la
cabeza, como si creyera que las gentes habían de señalarle con el dedo y
mirarle con asombro. En su casa no dijo nada.
Aquella noche, el nombre del Padre Tirso Resmilla era conocido en todos
los centros clericales de Madrid.
A los tres días, Pepe, leyendo un periódico, dio con el siguiente
suelto:
«El púlpito sigue convertido en tribuna por los enemigos de las
instituciones liberales. Hemos oído asegurar que en una de las
principales iglesias de Madrid se ha pronunciado anteayer un
violento sermón, una verdadera excitación a la guerra civil. La
opinión exige que, si el hecho es cierto, las autoridades tomen
cartas en el asunto. El clérigo que se ha propasado esta vez,
parece ser el Padre R..., casi desconocido, por haber llegado a
Madrid hace poco tiempo. Veremos qué resultado ofrece esta milésima
edición de semejante atrevimiento.»
Pepe comprendió que el Padre R... era su hermano, y profundamente
disgustado, hizo que Millán averiguase la verdad del caso preguntándolo
en la imprenta de aquel periódico, y al mismo tiempo revisó
cuidadosamente los demás que había de leer su padre, decidido a evitarle
la desazón que pudiera acarrearle la noticia. No temía que Tirso se
vanagloriase de la hazaña en su propia casa, pero podían ir a prenderle,
o acaso una fracción de la prensa insistiera en pedir su castigo.
El resultado de las gestiones de Millán confirmó la sospecha de Pepe:
el regente de la imprenta donde se tiraba el diario que dio la noticia,
dijo que el predicador de que se trataba era don Tirso Resmilla, quien
abandonando su curato de un pueblo del Norte, había venido a Madrid,
pocos meses atrás, como persona de confianza para los elementos
realistas de la diócesis a que pertenecía.