XX

Don José comenzó a empeorarse, y con sus molestias, que iban diariamente

en aumento, arreciaron los gastos.

En un principio determinaron la dolencia la vida sedentaria, la

desmedida codicia en el comer y su natural plétora sanguínea: luego vino

el dormirse fácilmente en cualquier parte, el echar vientre y digerir a

duras penas, acentuándose la repugnancia a todo esfuerzo físico. Con

este desorden en el organismo, manifestó cierta volubilidad de carácter,

completándose el cuadro del que los médicos dicen estado artrítico, amén

de otros síntomas que llaman sucios, hasta que por fin estalló la

enfermedad, fijándosele el dolor en un pie, que se le puso hinchado, de

color rojo y con las coyunturas muy sensibles. El primer acceso fue

violento en extremo: posteriormente, al acostarse, en seguida conciliaba

el sueño; pero al poco rato despertábale la rabia del dolor, tardando

algunas horas en recobrarlo; repitiéndose estos exacerbamientos hasta

que, posesionado el mal de ambos pies, quedó el infeliz postrado y

sujeto a pasar los días de la cama a la butaca, y de ésta a aquélla. Al

carácter agudo del padecimiento siguió el crónico; los ataques perdieron

en intensidad, ganando en duración; tuvo fiebre, y en lo sucesivo raro

fue el día que pasó medianamente. Con tal situación, cuando mayores

cuidados y atenciones pedía el enfermo, coincidió el enfrascarse doña

Manuela en cosas de la iglesia, y ella, antes tan compasiva y solícita,

fue, sin darse cuenta, pecando de olvidadiza y negligente, sin mostrar

mala voluntad; pero el resultado era el mismo que si la tuviera. A pesar

de estar su vista cansada por los años, emprendió la tarea de bordar un

paño de altar para regalo a la parroquia, y mientras tenía caladas las

antiparras y la aguja en la mano, aunque su esposo la llamara, tardaba

en acudir. El darle las medicinas a hora fija quedó supeditado a más

santas atenciones, y comenzó a molestarla el escuchar quejidos, por

antojársele muestra de poca esperanza y ninguna resignación. Don José se

devanaba los sesos, sin lograr explicarse aquella trasformación ni

acertar cómo pudo Tirso trocar tan pronto en beata a la que nunca fue

devota, siendo lo peor del caso que no le dio la piedad por el amor al

prójimo, ni por arreciar en el cuidado de su casa, sino que miraba el

hogar y la familia como objetos inferiores. No decía palabra contra las

necesidades ordinarias de la vida, ni renegaba de la materia, ni

ensalzaba la superioridad de lo ideal sobre lo terreno, mas claramente

se veía germinar en ella la semilla dejada caer por Tirso.

Lo más extraño fue que, de exageradamente limpia, se hizo algo

desaseada, como si alguien la hubiese convencido de que nadie debe

atender primero al lavado del cuerpo que a la pulcritud del alma. Por

último, todo gasto le pareció exorbitante y, cuando el médico habló de

hidroterapia y en la casa de baños dijeron que llevar a domicilio un

aparato necesario costaba un duro por cada viaje, fue de opinión

contraria al remedio, tronando por vez primera contra las _invenciones

de ahora_. Delante de Pepe se contenía cuanto le era posible; pero ya

toleraba de mala gana cualquier broma que trascendiese a incredulidad; y

como el estado de las cosas por aquel tiempo hacía que todas las

conversaciones fuesen a caer en la guerra, y hablar de ésta era hablar

del clero, doña Manuela oía con disgusto a su hijo y su marido, cuando

el primero alardeaba de republicano y el segundo de progresista a la

antigua. Bastaron unos cuantos meses, trascurridos desde la llegada de

Tirso, para que le repugnase ya escuchar ciertas conversaciones: a veces

hasta intentaba oponerse a ellas con tonterías de marca mayor, por

hablar de lo que no entendía.

Don José continuaba firme en su afición a leer y comentar las noticias

de la guerra, lecturas y comentarios en que acababa siempre maldiciendo

contra el absolutismo y la lucha civil; Pepe, después de comer,

permanecía un rato acompañándole, y estos eran los mejores momentos que

el viejo pasaba, porque casi siempre estaban de acuerdo el padre y el

hijo. Don José conservaba el vigoroso arranque del antiguo partido

progresista; Pepe, prematuramente escéptico, dado a violencias, como

quien siendo joven está ya harto de traiciones, proponía a los males

públicos remedios más enérgicos. En cuanto al modo de terminar la guerra

civil, estaban conformes: había que concluirla, no por pacto, sino por

fuerza de armas. Tirso, si les oía, procuraba contenerse; mas algunas

veces le era imposible disimular, y sintiéndose ya fuerte, terciaba en

la conversación, mostrando, no simpatía tibia, sino ardor de sectario

por la causa del absolutismo.

El año anterior, cuando la guerra franco-prusiana, había comprado Pepe

un mapa, barato, en el que seguía con alfileres y banderitas las marchas

de ambos ejércitos: don José, por distraerse y llevado de la atención

con que consideraba el duelo entre la revolución y el carlismo, repitió

el entretenimiento. Mandó a Pepe que colocara en la pared una carta

geográfica de toda la parte superior de España y, a cada parte de la

_Gaceta_, a cada nueva de lo que ocurría en los campos de batalla, iba

marcando los lugares ganados o perdidos por los soldados del ejército

liberal o las huestes del Pretendiente, con lo cual Tirso hallaba

justificado motivo para comentar noticias, atenuar triunfos y exagerar

derrotas, según quien salía victorioso.

El estado de España era a la sazón desconsolador. El país se había

convencido de que, si el carlismo no contaba con elementos para vencer,

tenía los bastantes para ensangrentar la mitad del territorio de la

patria. En los comienzos de 1873, las partidas alzadas en armas eran

pocas; pero aumentaron pronto. La insurrección de Vizcaya no inquietaba;

el carlismo aragonés veía fracasar su intento en Santa Cruz de

Nogueras, y los castellanos parecían difíciles de arrastrar; mas ya

había fatales indicios de que la lucha sería ruda. Un jesuita amenazó

con horribles fusilamientos, más tarde realizados; hubo cabecilla que,

habiendo licenciado en Pascuas de Navidad sus tropas, las congregó a

toda prisa; se armó el Maestrazgo; creció el peligro en Cataluña y

llegaron las boinas blancas hasta más acá del Ebro. La frecuencia con

que el ejército liberal mudaba generales y los errores del Gobierno

central, servían de sarmientos a la hoguera: apenas pasaba día sin que

entrara de Francia algún jefe insurrecto; Navarra era un volcán;

asaltábanse los trenes de viajeros, y un cura famoso inauguraba la larga

serie de sus repugnantes maldades. Madrid, en tanto, servía de asilo a

_comités_ o juntas fomentadoras del levantamiento, y la misma libertad,

combatida en los campos a balazos, era en la Corte aprovechada

impunemente por el bando faccioso. Tirso, como si todo esto le alegrara,

comenzó a mostrarse satisfecho sin disimulo y arrogante sin cautela:

diríase que en la lucha jugaba algo su interés y que, por extraña

aberración, veía más fácil el moralizar a su familia según se iba

desquiciando la patria. Por fin, manifestó desembozadamente sus ideas;

dijo con franqueza que era carlista y, cuando su padre leía o hacía que

le leyesen noticias de la guerra, tomaba parte en los comentarios,

oponiendo cálculos a cálculos y versiones a versiones.

Los informes de Pepe procedían generalmente de las imprentas donde se

tiraban extraordinarios y hojas volantes de periódicos, que mentían con

frecuencia: las nuevas de Tirso tenían origen desconocido; pero, a

veces, se anticipaban a las oficiales, eran más exactas o llegaban a

confirmarse, acusando todo que el manantial en que las bebía era bueno;

con lo cual Pepe fue convenciéndose de que su hermano frecuentaba gentes

directamente interesadas en los acontecimientos, y corroborándose en la

idea de que el viaje de Tirso fue el desempeño de una misión más o menos

importante, pero indudable. Ya estaba explicada su actitud anterior. Los

primeros días de su estancia en Madrid temió ser descubierto, y no salió

a la calle sino una sola vez y ya de noche; visitole luego un caballero,

y desde entonces se mostró más abierto y franco, como si aquellas

visitas le quitaran peso de encima; por último, perdió el miedo, y

juntamente dio a entender su satisfacción por la marcha de los sucesos

y la influencia ejercida en el ánimo de su madre.

Esto último no pudo permanecer oculto a don José; pero respecto a la

sospecha de ser Tirso agente subalterno de los carlistas, nada quiso

decir Pepe a su padre, convencido del disgusto que había de

experimentar. Harto comprendía él que las luchas políticas, por rara

excepción, tienen hoy el infame privilegio de enconar las divisiones de

familia; mas no se le ocultaba que para el viejo y entusiasta partidario

del progresismo, para el admirador de los que pusieron término a la

primera guerra civil, sería triste pesadumbre saber que un hijo suyo,

hecho clérigo a hurtadillas, era agente y servidor de los _facciosos_.

Don José no lo conjeturaba todavía: su curiosidad estaba despistada por

el empeño de saber cuál había sido el objeto del viaje.

--Tirso es carlista--decía hablando con Pepe--ya no lo oculta: pero, ¿a

qué diablos habrá venido?

--Se me figura que a pretender: querrá ser canónigo, y como parece

vanidoso, no nos dirá nada por si no logra su objeto.

--Lo que más me duele es que está trastornando a tu madre. Esta mañana

han ido las dos a confesarse y han vuelto a las diez: total, que me han

dado la medicina muy tarde y no puedo comer hasta dentro de hora y

media. Y mira, mira, como anda todo.

Pepe miró en torno suyo. Sobre el aparador estaban, aún sucios, los

platos que sirvieron para la cena de la víspera; en el centro de la mesa

veíase el mantel hecho un rebujo, las migajas sobrantes esparcidas en su

derredor, y junto al balcón una canastilla llena de ropa blanca atrasada

y sin repasar.

--En cambio--prosiguió el viejo señalando a la pared--llueven estampas.

Tirso había comprado una cromo-litografía de la Virgen de Lourdes con

marco de moldura dorada, colocándola encima del retrato de Espartero.

--Esto--dijo Pepe--sería sencillamente ridículo si anduviésemos sobrados

de dinero: teniendo tan poco, me parece falta de juicio; pero allá él.

--No, hijo, no; ¡si lo ha pagado tu madre! veintiocho realazos... ¡y

luego vociferan que el agua de Vichy es farsa moderna y que la

hidroterapia sale cara!

El enemigo · 第 26 / 47 题