«Querido Pepe: Figúrate lo disgustada que estaré: hace cuatro días que
no nos vemos, y rabio por reñir contigo. Tonto, tonto mío, ¿pensabas que
no había yo de saber averiguar tus penas para compartirlas? El chico te
habrá dicho, seguramente, las preguntas que le hice y cómo me contestó.
Estoy persuadida de que todo te lo ha contado. No puedes figurarte la
gracia que me hizo su desinterés. ¿Me perdonas que soborne a tus
_servidores_? Yo, en cambio, no te perdonaré tu falta de franqueza. Haz
cuenta que estás a mi lado y que te hablo muy seria. ¿No hemos repetido
ambos hasta la saciedad que debíamos sernos leales? Pues no merece
perdón que por desconocer mi cariño me hayas ocultado las contrariedades
que te ocasiona tu hermano. Está bien, _don Reservado_; quiere decir que
no me importa lo que te agrade o enoje. ¿En qué puedes fundar el no
haberme dicho que trabajabas en una imprenta desde que te viste
obligado a dejar la carrera? Me has dicho algunas veces que tu posición
y tu género de vida no te han permitido tratar ni conocer a fondo
señoritas de esas a quienes el no tener que pensar en nada serio hace
frívolas y vanidosas. ¿En qué consiste, pregunto yo ahora, que no
habiendo podido conocerlas me confundes con ellas? Seamos francos: el
temor a que me pareciese demasiado humilde tu trabajo, el recelo de que
fuese vanidosa, te han hecho callar, y resulta que el vanidoso eres tú.
Como nada de lo que yo te diga puede enojarte, me arriesgo a todo: ¿fue
vergüenza lo que sentiste al pretender ocultarme que te obligó la
necesidad? ¿Sabes cómo se llama _eso_? Falsa vergüenza, una cosa muy
parecida a la soberbia. Sí, Pepe; soy más leal que tú: me tienes
ofendida. Dices que me quieres porque soy buena, y has sido capaz de
suponer que podía hacerme _mal efecto_, así, clarito, lo de trabajar en
una imprenta. Nunca se te caen de los labios _la distancia_, _la
desigualdad_, y qué sé yo cuántas tonterías más: sólo te las perdono
porque imagino a veces que son pretexto para que esté contigo cariñosa.
¿Ves cómo el cariño todo lo interpreta bien? Basta de esto, porque no
quiero parecerte pesada; y conste que me conoce mal quien suponga que
el obrar bien pudiera hacerle desmerecer en mi ánimo. Ahora, deja que me
goce en llamarte tonto. ¡Buena ocasión perdiste de ponerte romántico!
Queda demostrado que el amor propio es en tí más fuerte que el amor
verdadero, y que yo, la _señorita_, como me llamas en esas bromas que,
por lo visto, tienen un gran fondo de verdad, soy mucho más sincera y
menos vanidosa, y te quiero con toda mi alma y te querré siempre, porque
me has engañado con tus zalamerías, haciéndome creer que eres distinto
de los demás hombres. Tengo ganas de verte para decirte todo lo que se
me viene a la boca. ¡Lo menos pensaste que volvería despreciativamente
la cabeza, sin saludarte, si por casualidad te viera salir de la
imprenta! No lo digo por esto del saludo; pero no sabes tú de lo que es
capaz una mujer cuando sabe querer. ¡Ojalá no fuese rica!
Respecto a lo de tu hermano, nada puedo decirte, porque las cuatro
palabras que arranqué a Pateta no bastan para formar idea de tu
situación, aunque sé por experiencia que esas gentes demasiado devotas
hacen desgraciado a cualquiera. En mi familia está el ejemplo: la
Condesa de Astorgüela, que es una parienta nuestra lejana, tiene
oratorio en su casa, gasta un dineral en cosas de iglesia y, a sus
hermanos, que están casi en la miseria, no quiere darles una peseta. En
cambio acaricia la pretensión de que los demás sean rumbosos, y quiere
que papá regale o malvenda a unas monjas un terreno que posee fuera de
la Puerta de Bilbao. No puedes imaginar las recomendaciones y empeños
que andan buscando. ¡Figúrate! ¡A papá con esas! Papá dice que la de
Astorgüela es muy mala y que la devoción la hace peor. Yo no me atrevo a
tanto, porque alguna religión hay que tener; pero tampoco me gustan las
exageraciones. Lo triste sería que tu padre tuviese algún disgusto por
culpa de tu hermano.
Adiós, orgulloso mío, no te quejarás de la reprimenda, ni de que escribo
poco. Tuya, siempre, siempre,