PAZ.»

* * * * *

»Como si lo viera. En cuanto leas lo que te digo, te pones a hacer

consideraciones sobre lo raro y lo novelesco de que yo... _en mi

posición_, quiera a un hombre como tú. ¡Hasta que te cure la tontería,

no he de parar! ¿No dicen que el amor es ciego? ¿No pude enamorarme de

un pillo? Pues me ha dado por quererte a tí, que eres bueno, y asunto

concluido.

Ven pronto a verme, porque Papá habla de ir esta semana al distrito, y

por no dejarme sola en Madrid, puede que me lleve. Será cosa de pocos

días.»

* * * * *

Realizose el viaje que anunciaba Paz, no sin que antes la viese Pepe,

disipando en la primera conversación con amantes palabras el débil enojo

que en ella produjo su reserva; y luego de partida con don Luis, como se

prolongara la excursión bastantes días, cruzaron los novios varias

cartas, una de las cuales decía así:

«Adorada Paz:

El cariño que me demuestras es, por la sinceridad que lo avalora, mi

única alegría. Fuera de esto, cuanto me rodea y toca es causa de

disgusto. ¡Buen nublado se me viene encima! Mi casa comienza a parecer

una sucursal del infierno, y voy dudando si vivo en plena realidad o

está alguien, por arte de magia, ensayando a costa mía el efecto de

alguna de aquellas novelas de hace treinta años, en que un personaje

misterioso y fatídico desbarataba la paz de una familia. Mis padres, mi

hermana y Tirso (ya me repugna llamarle hermano) parecemos sujetos a

influjo extraño a nuestra voluntad. La conducta de Tirso es

inconcebible. Su obstinación en reformar la familia es igual a la

conformidad que en otro tiempo demostró para estar alejado de nosotros:

antes, como sino existiéramos; ahora, todos hemos de ser santos; es

decir, todos no, porque conmigo no se atreve.

El resultado es que me da muy malos ratos, y aún los espero peores, pues

la cosa ha sido muy de prisa.

Mamá está dominada por Tirso, papá enteramente acoquinado, y su

carácter, vencido por la enfermedad y los sufrimientos, va

convirtiéndose en una apatía de que sólo a ratos le saca la rabia del

dolor. Ya no hay medio de ocultarle que en casa existe una guerra peor

que la del Norte. ¡Si papá me dejase, plantaba a Tirso en medio de la

calle sin ningún miramiento! No veo otro remedio al mal. Me contengo

porque, si lo hiciera, mi madre nos daría la gran desazón: es increíble

hasta qué punto parece identificada con él; pero no me cabe en la cabeza

la idea de que nos abandonara por seguirle. Supón lo sensible que me

será admitir semejante posibilidad. Pues aún hay, sin embargo, otra

cosa más triste: el dominio que Tirso ha logrado ejercer sobre ella, no

es ascendiente de hijo, sino influjo de cura. En cuanto a Leocadia,

parece haberse desarrollado en ella una indiferencia, un egoísmo de que

nunca la creí capaz. Ambas se levantan casi al amanecer, van a misa y,

aunque no vuelven tarde, como al salir meten ruido y despiertan a papá,

resulta que éste, no pudiendo recobrar el sueño, se desespera hasta que

vienen a darle el desayuno. Antes, todo cuidado les parecía poco para

él: ayer se quejó de que el café, por ser barato, era malo, y mi madre,

con una calma espantosa, le respondió que peor estaría el cáliz de la

amargura; y no lo dijo con intención dañina, sino porque oye a Tirso

majaderías por el estilo. A pesar de comprenderlo así, tuve que mirarla

a la cara y empaparme los ojos de que era mi madre, para no soltar una

barbaridad. A la hora de comer y antes de la cena dicen las dos sus

oraciones, algunas veces hasta con latinajos (¡figúrate lo que

entenderán ellas!), y por la tarde, si hay en cualquier iglesia función,

ya las tienes con la mantilla puesta. Todavía no se han atrevido a irse

las dos dejándole solo; pero la que no sale se queda renegando. En la

conducta de mi madre, al menos, se nota cierta sinceridad; pero

Leocadia va a la iglesia porque ha hecho el descubrimiento de que ve

gente y la ven y se distrae: habla de iglesias cursis y de iglesias

elegantes, como si se tratara de teatros, y critica los trajes de las

Vírgenes como si fueran amigas suyas.

El doble resultado de todo esto es que la tranquilidad no es ya fruta de

mi huerto, y que, además, los viajes a la casa de Dios van dejando la

mía sin barrer. El celo mimoso y lleno de pequeños cuidados con que

antes se atendía a mi padre, es hoy prisa por acabar pronto de servirle

y correr a lo que Tirso recomienda. En fin, temo que, sin provocación ni

desafío por mi parte, cuando llegue Tirso a comprender el imperio que

tiene en la casa, trate de ponerme en el disparador. Por supuesto, que

no adivino lo que se propone. A juzgar por algunas cosejas que compra,

debe tener cuartos; pero ni un céntimo gasta para nosotros: sabe que yo

llevo el peso de la casa y, sin embargo, parece como que quiere hacerme

saltar de ella. Repito que no lo entiendo; pues en cuanto a convertirme,

primero me hace rajas. Excuso decirte que lo que él llama conversión es

la entrada en el dominio de la imbecilidad: su devoción es de lo más

ramplón que puede darse. Lo peor de todo es que mi padre empeora

rápidamente. Ahora quiere el médico emplear con él la hidroterapia, lo

cual saldrá caro; pero yo he dicho que todo se hará, aunque hayamos de

vender hasta las sillas. Tirso dice que esas son novedades de la

ciencia, que antes no se conocían tales cosas y que no por ello dejaban

de curarse los enfermos. En cambio ha logrado que mamá dé una peseta

todos los meses para no sé qué hermandad o cofradía de la _Limosna de la

Luz_, y otra para unas escuelas católicas. El día que abra yo la puerta

al cobrador, le echo rodando por la escalera.

Adiós, vida mía; no te enfades porque no te repita mil veces que te

quiero. En decirte mis disgustos se me ha ido el rato. No tengo tiempo

para más; pero ya sabes que te adora tu amantísimo,

El enemigo · 第 24 / 47 题