XVIII

Doña Manuela iba entre tanto sometiéndose mansamente a la influencia de

Tirso: su carácter débil aceptó la inclinación que éste quiso darle,

como hubiera tolerado cualquier otra. Nadie hasta entonces la dijo lo

que su pensamiento había de acoger o rechazar, y fue indiferente en

religión por serlo los que la rodeaban, que a ser fanáticos en cualquier

sentido, fuéralo ella también. Tirso acertó antes que otro a encauzar su

docilidad, y la buena mujer no ofreció resistencia, porque no hubo lucha

en su espíritu ni asomo de contradicción entre las creencias propias y

los consejos que escuchaba: el hijo cura no tuvo que desarraigar otra

planta para sembrar en aquella tierra virgen; bastó que dejase caer la

semilla: doña Manuela empezó a manifestarse devota con esa religiosidad

externa que se ciñe a fórmulas preconcebidas y rezos como estereotipados

para que las generaciones los repitan inconscientemente. La extraña

poesía de la religión, compuesta de misterios ininteligibles,

esperanzas mal definidas y amenazas tremendas, la sedujo con el encanto

de lo extraordinario y, rechazando instintivamente las abstracciones,

que tampoco Tirso hubiera podido explicarla, acogió de buen grado lo que

hiere la imaginación. No entendió nada de la perfección humana en el

seno de Dios, ni del vino que engendra vírgenes, ni del divorcio de la

carne y el espíritu, ni del himeneo místico del alma y el Señor; pero,

en cambio, la epopeya de la Pasión, narrada día por día, detalle por

detalle, como vista de cerca, la impresionó mucho. Los suplicios de los

primeros mártires, la mansedumbre de las vírgenes, la magia de los

milagros, ejercieron en ella influjo análogo al que produce en cabezas

infantiles la relación de cuentos maravillosos, y la admiración por todo

esto engendrada sirvió para aumentar sus devociones, que cumplía con

mayor facilidad según iba descifrando algo de lo que significaban. La

misa, que en un principio juzgó ceremonia cansada y larga, fue pronto

para ella representación de lo que sufrió el hijo de Dios, que por

nuestras culpas se dio, y sigue dándose en cuerpo y sangre como precio

de la redención humana; las letanías, antes enojosas, sartas de frases

que no entendía, adquirieron carácter de plegarias gratas a sus labios,

dulces al oído de aquéllos a quienes iban dirigidas; el rosario, que

consideró retahíla de inútiles repeticiones, acabó por parecerle saludo

de palabras augustas, recuerdo de las mayores penas y dichas que sufrió

la Madre del Salvador del mundo. La interpretación de ciertos

simbolismos y la sorpresa de ver explicadas cosas que antes no

comprendiera, derramaron en su alma una satisfacción tranquila, un goce

exento de egoísmo, pero que llegaba a producirla cierta excitación,

haciéndola experimentar aquella complacencia propia de los cerebros

débiles que, al descubrir algo nuevo para ellos, piensan haber hallado

lo verdaderamente extraordinario. Las vidas de los santos, sus martirios

y milagros, que Tirso solía leerla en el _Año Cristiano_, traducido del

P. Croisset, eran para su imaginación como novelas de interés

grandísimo, y la relación de aquellos gloriosos dolores y

glorificaciones se le antojaban impregnadas de encantadora poesía. Si en

la existencia de los que corrieron al martirio había algo ridículo o

absurdo, ella no lo notaba, dispuesta y preparada por Tirso a percibir

sólo el aroma de las virtudes que aquellas narraciones exhalaban. El

beato Bernardo de Corleón, que bebía agua de fregar; Santa Senorina,

que imponía silencio a las ranas; Santiago el Menor, que a fuerza de

hincarse de rodillas crió en ellas callos como los camellos; San Toribio

Mogrobejo, que nadaba entre caimanes como quien se baña con amigos;

Santa Catalina de Sena, que una vez pasó desde el principio de Cuaresma

a la Ascensión sin más alimento que la comunión; Santa Inés de

Montepoliciano, que viendo imágenes de Cristo brincaba en la cuna de

alegría; y la beata María Ana de Jesús, que dormía desnuda sobre manojos

de zarzas y cambrones, eran figuras que desaparecían ante otras

aureoladas de admirable grandeza; vírgenes con los pechos cortados a

cercén, doncellas que desafiaban a los pretores romanos, niños

cruelmente perseguidos y hombres que, ofreciendo a Dios el espíritu,

entregaban la materia al dolor, como amada que se rinde a su amante.

La piedad de doña Manuela fue manifestándose por diversos síntomas.

Comenzó a frecuentar asiduamente la iglesia, y se cuidó poco de ocultar

a su marido y a su hijo menor la trasformación que en ella se operaba.

Una noche, como Pepe llegase a casa más temprano de lo acostumbrado,

entró, abriendo cautelosamente con su llave, por no despertar a los que

reposaran y, oyendo rumor de voces apagadas, se detuvo a escuchar en el

pasillo: halló entornada la puerta del comedor, y miró. Doña Manuela y

Leocadia, terminado ya el rosario, estaban haciendo _acto de expiación_

por las culpas propias y ajenas.

Tirso decía las frases expiatorias y ellas contestaban a una.

--Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos; por los del

mundo entero, perdón, Señor:--y ellas repetían:

--Perdón, Señor.

--Por las blasfemias, por la profanación de los días santos, perdón,

Señor...

--Perdón, Señor.

--Por la desobediencia a la Santa Iglesia, por la violación del ayuno.

--Perdón, Señor.

--Por los crímenes de los esposos, por las negligencias de los padres,

por las faltas de los hijos.

--Perdón, Señor.

--Por los atentados contra el Romano Pontífice.

--Perdón, Señor.

--Por las persecuciones levantadas contra los obispos, sacerdotes,

religiosos y sagradas vírgenes.

--Perdón, Señor.

--Por los insultos hechos a vuestras imágenes, la profanación de los

templos, el escarnio de los Sacramentos y los ultrajes al augusto

Tabernáculo.

--Perdón, Señor.

--Por los crímenes de la prensa impía y blasfema, por las horrendas

maquinaciones de tenebrosas sectas.

--Perdón, Señor.

--Basta por esta noche--dijo Tirso levantándose.--Mañana, el rosario y

_paráfrasis_ de un mandamiento.

--¿Llevamos cinco, verdad?--preguntó Leocadia.

--Sí: mañana toca el sexto.

Entráronse en seguida ellas, cada cual en su cuarto, y Tirso se quedó

leyendo en el breviario. Pepe aguardó a que se recogieran las mujeres y

luego volvió al comedor, resuelto a tener una explicación con su

hermano.

La lámpara, casi agonizante, parecía negar su luz a aquella escena:

Tirso, no esperando tan pronto el ataque, tuvo un instante de flaqueza

y, levantándose del asiento, quiso refugiarse en su cuarto: Pepe,

extendiendo hacia él la mano, le hizo señal de que esperase. La escasa

claridad, reflejándose en los cristales del aparador y de los cuadros,

dejaba en sombra los ángulos de la habitación; tras los visillos rojos

de la puerta del gabinete dormían los padres y, al fondo del pasillo,

estaba el cuarto de Leocadia: en torno de ambos hermanos todo era sombra

y silencio. Sobre el hule que cubría la camilla estaba el rosario de

Tirso y un librito de lecturas devotas, con las tapas abarquilladas y

mugrientas.

--Hablemos bajo--comenzó diciendo Pepe.

Y el diálogo prosiguió en frases mortecinas, cobrando, en cambio, los

rostros toda la energía que faltaba a la expresión de las palabras.

Después continuó:

--Al entrar he oído, sin querer, que erais rezando: en eso no me meto,

aunque a mamá, sobre todo, más valiera que la dejases acostarse a su

hora. Lo que quiero rogarte es que mañana no expliques a Leocadia

mandamiento ninguno, y mucho menos el sexto.

--¿Por qué?

--Porque no.

--Esa no es razón.

--¿A qué decirte lo que te has de resistir a entender? Sólo te pido que

te abstengas de explicar a Leocadia, como vosotros soléis hacerlo, ideas

y conceptos de que no se debe hablar a las muchachas.

--Vamos, ya encontraste pretexto para contrarrestar la obra de santa

perfección que he emprendido.

--Aquí no hacía falta santidad alguna: ¿qué mayor perfección que la

tranquilidad y la paz?

--¿Luego confiesas?...

--No confieso nada: hago una advertencia. A ciertos actos de devoción,

tontos pero inofensivos, no he de oponerme. Ya que me obligas a ello, te

lo diré: me parecen simplezas; lo que no me acomoda, es que señales y

repitas a la muchacha esa claridad y desnudez con que algunos de

vuestros libros abren los ojos a quien los tiene cerrados, ensuciando la

inocencia y despertando ideas torpes en quien jamás las tuvo.

--¡Cuánta ceguedad! A los enseres de la casa cuidadosamente quitáis el

polvo cada día: al alma dejáis que críe podre.

--No me vengas con frases de beato melancólico, ni me obligues a burlas,

que callo sólo por consideración a tí. Imita mi prudencia y no motives

escenas que nos den a todos que sentir.

--¡No me provoques! ¿Acaso conoces mis propósitos?

--Faltas a la verdad. No te provoco, pero no te perderé de vista. He

seguido paso a paso tus manejos, y nada te he dicho; has comenzado a

sorber el seso a mamá, y he callado: ahora te declaro francamente que no

consentiré que, por adorar a Dios y sus santos, se olvide el cuidado de

mi padre, y que no te dejo hacer a Leo esas repugnantes descripciones

del vicio que encienden impureza en quien vive libre de ella. Háblala

del cielo cuanto quieras; pero no te obstines en preparar su ánimo a

combatir pecados que no conoce, porque no es cuerdo aplicar remedio

donde no hay enfermedad: y, sobre todo, por lo que más quieras en el

mundo, no turbes la paz de la casa; no vayas a hacer aquí, en pequeño,

el papel de esos curas extraviados que andan moviendo guerra en el

campo.

--¡Lo que hacen es perseguir a los enemigos de la religión!

--Sospechaba que simpatizabas con ellos; pero no me acomoda discutir

esto ahora. Haz que mamá y Leo canten letanías, fervorines, gozos,

salves, todo el repertorio de la música celestial; que recen hasta

repetir maquinalmente lo que les enseñes: sólo te ruego que la devoción

no robe amparo ni cariño a mi padre, y que no alecciones a la chica en

cosas que ignora.

--¿No ha de huir el peligro?

--¿Cómo ha de aprender a evitarlo, si lo presentan a sus ojos con el

encanto de lo prohibido por aliciente, con el incentivo de la curiosidad

por guía y el aguijón de la edad por cómplice? Desengáñate, Tirso, no es

este momento de que intentemos convencernos mutuamente; más no se le

debe despertar la malicia a quien, como ella, la tiene adormecida; que

sus impulsos no los sofoca luego nadie.

--Combatir contra la carne es virtud.

--Y no tener que combatirla, cosa mejor que la virtud misma.

--¡Está bien! tendré que ver impasible a tu amigo traerla libros

detestables, historias de crímenes y amoríos perniciosos, y yo, su

propio hermano, no podré oponerme. Está claro; la libertad para el mal,

al bien la mordaza. Al menos eres lógico: aplicas a la casa la misma

política que defiendes para el país. Luego os indignaréis de que

sacerdotes como yo quieran traer piedad a las familias, y de que hombres

como los que luchan lejos de aquí pretendan aniquilar a la revolución,

que vomita blasfemias y engendra delitos.

--¡Traer piedad a las familias! ¿Acaso sabéis lo que es familia? Os

basta el amor estéril que profesáis a Dios; preferís el egoísmo de la

beatitud a la abnegación del cariño; una hora de meditación os parece

cosa más santa que un día de trabajo, y el llanto que arranca un

sacudimiento histérico os es más grato que las lágrimas vertidas

consolando el dolor ajeno.

--Eres más impío de lo que imaginé.

--Y tú más fanático de lo que yo pensaba. Por ganar almas para el cielo,

vas a traer la discordia a casa de tus padres. Antes que hijo, eres

cura.

--¿No hallas nombre más despreciativo?

Las palabras, contenidas por el temor de despertar a los viejos, sonaban

como sofocadas, ahogando la prudencia las entonaciones de la ira. Tirso,

a pesar de su carácter impetuoso, sabía contenerse mejor; a Pepe le

temblaba la voz en la garganta; aquél, tranquilamente sentado ante la

mesa, jugaba con las cuentas del rosario; Pepe sentía afluir a los

labios todos los temores que abrigaba su alma. La lámpara, a cada

instante menos luminosa, iba quedando vencida por las sombras. Sólo se

oía hacia la parte del gabinete el quejido metálico de los rodajes del

reloj, y un silencio sepulcral reinaba en el espacio a cada interrupción

del diálogo. Diríase que los objetos escuchaban.

--Has vivido siempre apartado de nosotros--prosiguió Pepe--y no sabes

que el amor que une a los tuyos es más fuerte que el delirio de vuestra

fe. La solicitud con que nos atendemos, es mayor que el celo que os

inflama. No nos convencerás nunca de que las llagas de Cristo deben

dolernos más que las piernas enfermas de mi padre.

--Tu padre morirá, y las sagradas heridas continuarán, por los siglos de

los siglos, manando raudales de divina gracia. Y a propósito de padre,

yo también quería hablarte de él, porque sé lo que tiene. He conocido un

señor que padecía lo mismo: eso es gota.

--Es verdad; pero te advierto que se le está ocultando por no afligirle:

le hemos dicho que es un simple reuma.

--Poco será el alivio que halle, si hay alguno posible.

--Mayor razón para que no se le atribule inútilmente. Es tarde: ¿quieres

algo?

Vaciló Tirso unos instantes, cual jugador que teme aventurar la partida,

y después, mirando a su hermano de frente, le preguntó:

--¿Crees haber hecho todo lo que debéis a su estado?

--Nada le falta: pagamos un médico acaso superior a nuestros recursos;

mamá o Leo van en persona a la botica; no se escatima receta, por cara

que cueste; con la mayor puntualidad se le da cuanto ha de tomar... y lo

que vale más, respira una atmósfera de ternura y cariño que echarán de

menos muchos más afortunados. Ahora tengo esperanzas de poder sacarle a

paseo algunas tardes en un simón.

--Es natural; los que sólo creen en las cosas del cuerpo, no acuden a

las del alma.

--¿Por qué lo dices?

--Yo pienso traerle un médico mejor que el vuestro.

--¿Quién?--preguntó Pepe, sospechando la respuesta.

--El Santo Viático.

--Eso le asustaría mucho y no le aliviaría nada; por consiguiente

abstente de ello. Bastaría hablarle de esas cosas para que se muriera de

terror.

--Cuando lo crea necesario, haré lo que me dicte mi conciencia.

Acercósele entonces Pepe y, poniéndole duramente la mano sobre el

hombro, entrecortadas las palabras por una risa que era toda ira,

repuso:

--¡Líbrete Dios de semejante brutalidad! ¿Lo entiendes? No respondería

de mí. Papá sufriría una emoción que acaso le costara la vida... y

podría olvidárseme que eres mi hermano.

--Cada cual cumple su deber como lo entiende.

--¿Sí? Pues date por avisado: al Santo Viático, al granuja que lleva el

farolón y a tí... os tiro escaleras abajo.

--¡Lo veremos!

Pepe, sobreponiéndose a su indignación, procuró hablar con calma y,

notando la sangre fría de que Tirso alardeaba, quiso mostrar igual

serenidad.

--Temía esta escena, pero no quiero esquivarla... Cuando llegaste a

Madrid, y al subir de la estación del ferrocarril entraste en Santa

María, permaneciendo allí largo rato, sin la menor prisa de conocer a

tus padres, porque conste que no les conocías, adiviné yo cuál sería tu

fanatismo; pero no imaginé que sobreviniera esta lucha. Luego, dados tus

antecedentes y viéndote vivir oculto en casa como un criminal, tuve

sospechas de que habías venido a Madrid para asuntos que no eran

tuyos... Recuérdalo: exceptuada la primer salida que hiciste entre dos

luces la misma tarde del día en que llegaste, sólo al cabo de muchos

días te atreviste a salir a la calle, después de las dos o tres visitas

de aquel señor que vino a verte, cuando se conoce que estaba ya

cumplida tu misión. Ya ves que te he seguido paso a paso. He notado tu

empeño en no hablar con nosotros de ciertas cosas, porque te repugnan

nuestras ideas sobre la política, la guerra y los curas trabucaires; y,

por último, he aguantado tus mañas para convertir a mamá y lo que

intentas para que riñan Millán y Leo... en fin, te conozco a fondo. Tú,

en cambio, no sabes de lo que soy capaz.

--¿De qué?

--Si, lo que no es creíble, papá, espontáneamente, pidiera ciertos

auxilios, yo sería el primero en respetar su voluntad. Pero, entiéndelo

bien; si traes confesor, viático... vamos, cualquier tontería que pueda

asustarle y provocar en su enfermedad una crisis peligrosa, te juro, por

mi madre y por el amor de la mujer a quien quiero, que no te trataré

como a hermano. De tu conducta depende mi prudencia. ¡Hemos concluido!

--Cada cual cumplirá su obligación.

--¡Abur!--Y Pepe, andando de puntillas, se metió en su cuarto.

Quedose Tirso un rato solo en el comedor, pensativo e inmóvil: la

lámpara, espirante, despidió de pronto dos o tres chispas de la mecha,

ya seca; el temblor de la luz hizo que en la pared se agitara

convulsamente la sombra del cura, y entonces él, buscando casi a

tientas la puerta de su alcoba, encendió una bujía y, tras rezar sus

oraciones, se acostó; pero tardó mucho en dormirse. La energía de su

hermano le había desconcertado por completo: Pepe era más hombre de lo

que él imaginó.

A la mañana siguiente doña Manuela, antes de ir a la compra, según

costumbre, fue a dar un beso a Pepe, mientras éste acababa de vestirse

para marchar a su trabajo.

--Voy a la compra; adiós, hijo.

--Y a misa, ¿verdad, mamá?

Ella, sonriéndole cariñosamente, se limitó a decir:

--¿Qué mal hay en ello?

--En eso, nada; pero, oye, mamá. Anoche tuve una agarrada con Tirso: la

cosa había de suceder, y llegó. Supongo que te habrá hablado de ciertos

proyectos que intenta, relativos a papá: puedes imaginar el efecto que

producirían. Contén a mi hermano, imponle cordura, porque estoy

dispuesto a todo.

No cumplió Tirso sus amenazas, ni se alteró más, por entonces, la

tranquilidad de la casa; pero ambos hermanos comprendieron que aquella

calma, violentamente obtenida por la energía de uno y la aparente

sumisión de otro, no era paz definitiva, sino una tregua pasajera.

El enemigo · 第 22 / 47 题