Doña Manuela iba entre tanto sometiéndose mansamente a la influencia de
Tirso: su carácter débil aceptó la inclinación que éste quiso darle,
como hubiera tolerado cualquier otra. Nadie hasta entonces la dijo lo
que su pensamiento había de acoger o rechazar, y fue indiferente en
religión por serlo los que la rodeaban, que a ser fanáticos en cualquier
sentido, fuéralo ella también. Tirso acertó antes que otro a encauzar su
docilidad, y la buena mujer no ofreció resistencia, porque no hubo lucha
en su espíritu ni asomo de contradicción entre las creencias propias y
los consejos que escuchaba: el hijo cura no tuvo que desarraigar otra
planta para sembrar en aquella tierra virgen; bastó que dejase caer la
semilla: doña Manuela empezó a manifestarse devota con esa religiosidad
externa que se ciñe a fórmulas preconcebidas y rezos como estereotipados
para que las generaciones los repitan inconscientemente. La extraña
poesía de la religión, compuesta de misterios ininteligibles,
esperanzas mal definidas y amenazas tremendas, la sedujo con el encanto
de lo extraordinario y, rechazando instintivamente las abstracciones,
que tampoco Tirso hubiera podido explicarla, acogió de buen grado lo que
hiere la imaginación. No entendió nada de la perfección humana en el
seno de Dios, ni del vino que engendra vírgenes, ni del divorcio de la
carne y el espíritu, ni del himeneo místico del alma y el Señor; pero,
en cambio, la epopeya de la Pasión, narrada día por día, detalle por
detalle, como vista de cerca, la impresionó mucho. Los suplicios de los
primeros mártires, la mansedumbre de las vírgenes, la magia de los
milagros, ejercieron en ella influjo análogo al que produce en cabezas
infantiles la relación de cuentos maravillosos, y la admiración por todo
esto engendrada sirvió para aumentar sus devociones, que cumplía con
mayor facilidad según iba descifrando algo de lo que significaban. La
misa, que en un principio juzgó ceremonia cansada y larga, fue pronto
para ella representación de lo que sufrió el hijo de Dios, que por
nuestras culpas se dio, y sigue dándose en cuerpo y sangre como precio
de la redención humana; las letanías, antes enojosas, sartas de frases
que no entendía, adquirieron carácter de plegarias gratas a sus labios,
dulces al oído de aquéllos a quienes iban dirigidas; el rosario, que
consideró retahíla de inútiles repeticiones, acabó por parecerle saludo
de palabras augustas, recuerdo de las mayores penas y dichas que sufrió
la Madre del Salvador del mundo. La interpretación de ciertos
simbolismos y la sorpresa de ver explicadas cosas que antes no
comprendiera, derramaron en su alma una satisfacción tranquila, un goce
exento de egoísmo, pero que llegaba a producirla cierta excitación,
haciéndola experimentar aquella complacencia propia de los cerebros
débiles que, al descubrir algo nuevo para ellos, piensan haber hallado
lo verdaderamente extraordinario. Las vidas de los santos, sus martirios
y milagros, que Tirso solía leerla en el _Año Cristiano_, traducido del
P. Croisset, eran para su imaginación como novelas de interés
grandísimo, y la relación de aquellos gloriosos dolores y
glorificaciones se le antojaban impregnadas de encantadora poesía. Si en
la existencia de los que corrieron al martirio había algo ridículo o
absurdo, ella no lo notaba, dispuesta y preparada por Tirso a percibir
sólo el aroma de las virtudes que aquellas narraciones exhalaban. El
beato Bernardo de Corleón, que bebía agua de fregar; Santa Senorina,
que imponía silencio a las ranas; Santiago el Menor, que a fuerza de
hincarse de rodillas crió en ellas callos como los camellos; San Toribio
Mogrobejo, que nadaba entre caimanes como quien se baña con amigos;
Santa Catalina de Sena, que una vez pasó desde el principio de Cuaresma
a la Ascensión sin más alimento que la comunión; Santa Inés de
Montepoliciano, que viendo imágenes de Cristo brincaba en la cuna de
alegría; y la beata María Ana de Jesús, que dormía desnuda sobre manojos
de zarzas y cambrones, eran figuras que desaparecían ante otras
aureoladas de admirable grandeza; vírgenes con los pechos cortados a
cercén, doncellas que desafiaban a los pretores romanos, niños
cruelmente perseguidos y hombres que, ofreciendo a Dios el espíritu,
entregaban la materia al dolor, como amada que se rinde a su amante.
La piedad de doña Manuela fue manifestándose por diversos síntomas.
Comenzó a frecuentar asiduamente la iglesia, y se cuidó poco de ocultar
a su marido y a su hijo menor la trasformación que en ella se operaba.
Una noche, como Pepe llegase a casa más temprano de lo acostumbrado,
entró, abriendo cautelosamente con su llave, por no despertar a los que
reposaran y, oyendo rumor de voces apagadas, se detuvo a escuchar en el
pasillo: halló entornada la puerta del comedor, y miró. Doña Manuela y
Leocadia, terminado ya el rosario, estaban haciendo _acto de expiación_
por las culpas propias y ajenas.
Tirso decía las frases expiatorias y ellas contestaban a una.
--Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos; por los del
mundo entero, perdón, Señor:--y ellas repetían:
--Perdón, Señor.
--Por las blasfemias, por la profanación de los días santos, perdón,
Señor...
--Perdón, Señor.
--Por la desobediencia a la Santa Iglesia, por la violación del ayuno.
--Perdón, Señor.
--Por los crímenes de los esposos, por las negligencias de los padres,
por las faltas de los hijos.
--Perdón, Señor.
--Por los atentados contra el Romano Pontífice.
--Perdón, Señor.
--Por las persecuciones levantadas contra los obispos, sacerdotes,
religiosos y sagradas vírgenes.
--Perdón, Señor.
--Por los insultos hechos a vuestras imágenes, la profanación de los
templos, el escarnio de los Sacramentos y los ultrajes al augusto
Tabernáculo.
--Perdón, Señor.
--Por los crímenes de la prensa impía y blasfema, por las horrendas
maquinaciones de tenebrosas sectas.
--Perdón, Señor.
--Basta por esta noche--dijo Tirso levantándose.--Mañana, el rosario y
_paráfrasis_ de un mandamiento.
--¿Llevamos cinco, verdad?--preguntó Leocadia.
--Sí: mañana toca el sexto.
Entráronse en seguida ellas, cada cual en su cuarto, y Tirso se quedó
leyendo en el breviario. Pepe aguardó a que se recogieran las mujeres y
luego volvió al comedor, resuelto a tener una explicación con su
hermano.
La lámpara, casi agonizante, parecía negar su luz a aquella escena:
Tirso, no esperando tan pronto el ataque, tuvo un instante de flaqueza
y, levantándose del asiento, quiso refugiarse en su cuarto: Pepe,
extendiendo hacia él la mano, le hizo señal de que esperase. La escasa
claridad, reflejándose en los cristales del aparador y de los cuadros,
dejaba en sombra los ángulos de la habitación; tras los visillos rojos
de la puerta del gabinete dormían los padres y, al fondo del pasillo,
estaba el cuarto de Leocadia: en torno de ambos hermanos todo era sombra
y silencio. Sobre el hule que cubría la camilla estaba el rosario de
Tirso y un librito de lecturas devotas, con las tapas abarquilladas y
mugrientas.
--Hablemos bajo--comenzó diciendo Pepe.
Y el diálogo prosiguió en frases mortecinas, cobrando, en cambio, los
rostros toda la energía que faltaba a la expresión de las palabras.
Después continuó:
--Al entrar he oído, sin querer, que erais rezando: en eso no me meto,
aunque a mamá, sobre todo, más valiera que la dejases acostarse a su
hora. Lo que quiero rogarte es que mañana no expliques a Leocadia
mandamiento ninguno, y mucho menos el sexto.
--¿Por qué?
--Porque no.
--Esa no es razón.
--¿A qué decirte lo que te has de resistir a entender? Sólo te pido que
te abstengas de explicar a Leocadia, como vosotros soléis hacerlo, ideas
y conceptos de que no se debe hablar a las muchachas.
--Vamos, ya encontraste pretexto para contrarrestar la obra de santa
perfección que he emprendido.
--Aquí no hacía falta santidad alguna: ¿qué mayor perfección que la
tranquilidad y la paz?
--¿Luego confiesas?...
--No confieso nada: hago una advertencia. A ciertos actos de devoción,
tontos pero inofensivos, no he de oponerme. Ya que me obligas a ello, te
lo diré: me parecen simplezas; lo que no me acomoda, es que señales y
repitas a la muchacha esa claridad y desnudez con que algunos de
vuestros libros abren los ojos a quien los tiene cerrados, ensuciando la
inocencia y despertando ideas torpes en quien jamás las tuvo.
--¡Cuánta ceguedad! A los enseres de la casa cuidadosamente quitáis el
polvo cada día: al alma dejáis que críe podre.
--No me vengas con frases de beato melancólico, ni me obligues a burlas,
que callo sólo por consideración a tí. Imita mi prudencia y no motives
escenas que nos den a todos que sentir.
--¡No me provoques! ¿Acaso conoces mis propósitos?
--Faltas a la verdad. No te provoco, pero no te perderé de vista. He
seguido paso a paso tus manejos, y nada te he dicho; has comenzado a
sorber el seso a mamá, y he callado: ahora te declaro francamente que no
consentiré que, por adorar a Dios y sus santos, se olvide el cuidado de
mi padre, y que no te dejo hacer a Leo esas repugnantes descripciones
del vicio que encienden impureza en quien vive libre de ella. Háblala
del cielo cuanto quieras; pero no te obstines en preparar su ánimo a
combatir pecados que no conoce, porque no es cuerdo aplicar remedio
donde no hay enfermedad: y, sobre todo, por lo que más quieras en el
mundo, no turbes la paz de la casa; no vayas a hacer aquí, en pequeño,
el papel de esos curas extraviados que andan moviendo guerra en el
campo.
--¡Lo que hacen es perseguir a los enemigos de la religión!
--Sospechaba que simpatizabas con ellos; pero no me acomoda discutir
esto ahora. Haz que mamá y Leo canten letanías, fervorines, gozos,
salves, todo el repertorio de la música celestial; que recen hasta
repetir maquinalmente lo que les enseñes: sólo te ruego que la devoción
no robe amparo ni cariño a mi padre, y que no alecciones a la chica en
cosas que ignora.
--¿No ha de huir el peligro?
--¿Cómo ha de aprender a evitarlo, si lo presentan a sus ojos con el
encanto de lo prohibido por aliciente, con el incentivo de la curiosidad
por guía y el aguijón de la edad por cómplice? Desengáñate, Tirso, no es
este momento de que intentemos convencernos mutuamente; más no se le
debe despertar la malicia a quien, como ella, la tiene adormecida; que
sus impulsos no los sofoca luego nadie.
--Combatir contra la carne es virtud.
--Y no tener que combatirla, cosa mejor que la virtud misma.
--¡Está bien! tendré que ver impasible a tu amigo traerla libros
detestables, historias de crímenes y amoríos perniciosos, y yo, su
propio hermano, no podré oponerme. Está claro; la libertad para el mal,
al bien la mordaza. Al menos eres lógico: aplicas a la casa la misma
política que defiendes para el país. Luego os indignaréis de que
sacerdotes como yo quieran traer piedad a las familias, y de que hombres
como los que luchan lejos de aquí pretendan aniquilar a la revolución,
que vomita blasfemias y engendra delitos.
--¡Traer piedad a las familias! ¿Acaso sabéis lo que es familia? Os
basta el amor estéril que profesáis a Dios; preferís el egoísmo de la
beatitud a la abnegación del cariño; una hora de meditación os parece
cosa más santa que un día de trabajo, y el llanto que arranca un
sacudimiento histérico os es más grato que las lágrimas vertidas
consolando el dolor ajeno.
--Eres más impío de lo que imaginé.
--Y tú más fanático de lo que yo pensaba. Por ganar almas para el cielo,
vas a traer la discordia a casa de tus padres. Antes que hijo, eres
cura.
--¿No hallas nombre más despreciativo?
Las palabras, contenidas por el temor de despertar a los viejos, sonaban
como sofocadas, ahogando la prudencia las entonaciones de la ira. Tirso,
a pesar de su carácter impetuoso, sabía contenerse mejor; a Pepe le
temblaba la voz en la garganta; aquél, tranquilamente sentado ante la
mesa, jugaba con las cuentas del rosario; Pepe sentía afluir a los
labios todos los temores que abrigaba su alma. La lámpara, a cada
instante menos luminosa, iba quedando vencida por las sombras. Sólo se
oía hacia la parte del gabinete el quejido metálico de los rodajes del
reloj, y un silencio sepulcral reinaba en el espacio a cada interrupción
del diálogo. Diríase que los objetos escuchaban.
--Has vivido siempre apartado de nosotros--prosiguió Pepe--y no sabes
que el amor que une a los tuyos es más fuerte que el delirio de vuestra
fe. La solicitud con que nos atendemos, es mayor que el celo que os
inflama. No nos convencerás nunca de que las llagas de Cristo deben
dolernos más que las piernas enfermas de mi padre.
--Tu padre morirá, y las sagradas heridas continuarán, por los siglos de
los siglos, manando raudales de divina gracia. Y a propósito de padre,
yo también quería hablarte de él, porque sé lo que tiene. He conocido un
señor que padecía lo mismo: eso es gota.
--Es verdad; pero te advierto que se le está ocultando por no afligirle:
le hemos dicho que es un simple reuma.
--Poco será el alivio que halle, si hay alguno posible.
--Mayor razón para que no se le atribule inútilmente. Es tarde: ¿quieres
algo?
Vaciló Tirso unos instantes, cual jugador que teme aventurar la partida,
y después, mirando a su hermano de frente, le preguntó:
--¿Crees haber hecho todo lo que debéis a su estado?
--Nada le falta: pagamos un médico acaso superior a nuestros recursos;
mamá o Leo van en persona a la botica; no se escatima receta, por cara
que cueste; con la mayor puntualidad se le da cuanto ha de tomar... y lo
que vale más, respira una atmósfera de ternura y cariño que echarán de
menos muchos más afortunados. Ahora tengo esperanzas de poder sacarle a
paseo algunas tardes en un simón.
--Es natural; los que sólo creen en las cosas del cuerpo, no acuden a
las del alma.
--¿Por qué lo dices?
--Yo pienso traerle un médico mejor que el vuestro.
--¿Quién?--preguntó Pepe, sospechando la respuesta.
--El Santo Viático.
--Eso le asustaría mucho y no le aliviaría nada; por consiguiente
abstente de ello. Bastaría hablarle de esas cosas para que se muriera de
terror.
--Cuando lo crea necesario, haré lo que me dicte mi conciencia.
Acercósele entonces Pepe y, poniéndole duramente la mano sobre el
hombro, entrecortadas las palabras por una risa que era toda ira,
repuso:
--¡Líbrete Dios de semejante brutalidad! ¿Lo entiendes? No respondería
de mí. Papá sufriría una emoción que acaso le costara la vida... y
podría olvidárseme que eres mi hermano.
--Cada cual cumple su deber como lo entiende.
--¿Sí? Pues date por avisado: al Santo Viático, al granuja que lleva el
farolón y a tí... os tiro escaleras abajo.
--¡Lo veremos!
Pepe, sobreponiéndose a su indignación, procuró hablar con calma y,
notando la sangre fría de que Tirso alardeaba, quiso mostrar igual
serenidad.
--Temía esta escena, pero no quiero esquivarla... Cuando llegaste a
Madrid, y al subir de la estación del ferrocarril entraste en Santa
María, permaneciendo allí largo rato, sin la menor prisa de conocer a
tus padres, porque conste que no les conocías, adiviné yo cuál sería tu
fanatismo; pero no imaginé que sobreviniera esta lucha. Luego, dados tus
antecedentes y viéndote vivir oculto en casa como un criminal, tuve
sospechas de que habías venido a Madrid para asuntos que no eran
tuyos... Recuérdalo: exceptuada la primer salida que hiciste entre dos
luces la misma tarde del día en que llegaste, sólo al cabo de muchos
días te atreviste a salir a la calle, después de las dos o tres visitas
de aquel señor que vino a verte, cuando se conoce que estaba ya
cumplida tu misión. Ya ves que te he seguido paso a paso. He notado tu
empeño en no hablar con nosotros de ciertas cosas, porque te repugnan
nuestras ideas sobre la política, la guerra y los curas trabucaires; y,
por último, he aguantado tus mañas para convertir a mamá y lo que
intentas para que riñan Millán y Leo... en fin, te conozco a fondo. Tú,
en cambio, no sabes de lo que soy capaz.
--¿De qué?
--Si, lo que no es creíble, papá, espontáneamente, pidiera ciertos
auxilios, yo sería el primero en respetar su voluntad. Pero, entiéndelo
bien; si traes confesor, viático... vamos, cualquier tontería que pueda
asustarle y provocar en su enfermedad una crisis peligrosa, te juro, por
mi madre y por el amor de la mujer a quien quiero, que no te trataré
como a hermano. De tu conducta depende mi prudencia. ¡Hemos concluido!
--Cada cual cumplirá su obligación.
--¡Abur!--Y Pepe, andando de puntillas, se metió en su cuarto.
Quedose Tirso un rato solo en el comedor, pensativo e inmóvil: la
lámpara, espirante, despidió de pronto dos o tres chispas de la mecha,
ya seca; el temblor de la luz hizo que en la pared se agitara
convulsamente la sombra del cura, y entonces él, buscando casi a
tientas la puerta de su alcoba, encendió una bujía y, tras rezar sus
oraciones, se acostó; pero tardó mucho en dormirse. La energía de su
hermano le había desconcertado por completo: Pepe era más hombre de lo
que él imaginó.
A la mañana siguiente doña Manuela, antes de ir a la compra, según
costumbre, fue a dar un beso a Pepe, mientras éste acababa de vestirse
para marchar a su trabajo.
--Voy a la compra; adiós, hijo.
--Y a misa, ¿verdad, mamá?
Ella, sonriéndole cariñosamente, se limitó a decir:
--¿Qué mal hay en ello?
--En eso, nada; pero, oye, mamá. Anoche tuve una agarrada con Tirso: la
cosa había de suceder, y llegó. Supongo que te habrá hablado de ciertos
proyectos que intenta, relativos a papá: puedes imaginar el efecto que
producirían. Contén a mi hermano, imponle cordura, porque estoy
dispuesto a todo.
No cumplió Tirso sus amenazas, ni se alteró más, por entonces, la
tranquilidad de la casa; pero ambos hermanos comprendieron que aquella
calma, violentamente obtenida por la energía de uno y la aparente
sumisión de otro, no era paz definitiva, sino una tregua pasajera.