XVII

Cuando Pepe dejaba de ir a ver a Paz, por miedo a infundir sospechas o

parecer pegajoso a don Luis, entraba Pateta en funciones de correo: ya

sabía ella que cada tercer día de ausencia el chico rondaba al oscurecer

los alrededores del _hôtel_ y, espiando momento oportuno, metía el brazo

por la verja y dejaba la carta bajo los ladrillos levantados del horno,

situado junto al invernadero.

Una tarde en que don Luis tuvo que asistir a un banquete político, Paz,

después de verle partir y tras alejar con distintos pretextos a los

criados, bajó al jardín entre dos luces y aguardó a Pateta. Al cuarto de

hora vio al muchacho que venía aproximándose disimuladamente a la verja,

dando puntapiés a un bote de hoja de lata que encontró allí cerca:

entonces ella se ocultó tras uno de los pilares de mampostería que había

en los ángulos del invernáculo y, cuando el chico se acercó a meter la

mano por entre los barrotes de la verja, salió de su escondite,

diciendo:

--Oye, Pateta.

--Guárdese Vd. esta carta no la vean.

--No hay nadie.

Pateta, gorra en mano, arrimando el rostro a los hierros, como mono

enjaulado, prestó atención.

Lo apartado del sitio y lo desapacible de la tarde, hacían que reinara

en torno del _hôtel_ completa soledad. En la atmósfera flotaban los

últimos resplandores del sol ya puesto, y la árida campiña aparecía

envuelta en una claridad medrosa, mientras al lado opuesto se iba

extendiendo una ancha faja oscura, que se dilataba lentamente por el

cielo. El traje de Paz formaba una mancha clara cortada por los hierros

de la verja: Pateta se comía con los ojos a la _señorita_, sin adivinar

lo que querría decirle.

--Pues a estas horas, estando esto tan solitario--dijo de pronto--ya

podía el señor Pepe venir aquí y hablar con usted.

--Cállate y escucha. Con quien quiero hablar ahora, es contigo.

--Mande Vd.

--¿Eres capaz de hacerme un favor? La verdad, y sin que nadie se entere.

--¿Ni el señor Pepe?

--Menos que nadie.

El chico la lanzó una mirada que no pudo ser más expresiva. Paz

comprendió que quizá hacía mal; pero ya no era posible retroceder.

--Te advierto que se trata de algo que nos interesa mucho a él y a mí.

--No hay más que hablar.

Pero esta sumisión fue acompañada del firme propósito de contárselo todo

a Pepe.

--Vamos a ver: ¿Qué le pasa? ¿Qué disgusto es el que tiene? ¿Sabes algo?

--Nada, ni jota.

--Es necesario que lo averigües. Temo que le quiten el destino que tiene

en la biblioteca del Senado, y quisiera estar prevenida para parar el

golpe. ¿Sabes tú si es esa la razón de que esté hace ya muchos días tan

tristón? ¿De veras no puedes decirme nada?

Pateta cayó en la red.

--Yo, de eso del destino, no sé _ná_: preguntaré. Por lo demás, no sé

qué le _pué_ haber _pasao_. En la imprenta todo anda como siempre...

Como no sea por lo del cura...

--¿Qué dices de imprenta? ¿Qué imprenta es esa?

--¡Toma! ¿Cuál ha de ser? La nuestra, es decir, la del señor Millán.

--¿De modo que el señorito trabaja también en la imprenta?

--Como que es el primer _corretor_ y le dan _deciocho riales_, y eso que

no va más que por las noches. ¿No lo sabía Vd.?

Paz, temerosa de que Pateta se escamara, le dijo, mintiendo:

--Sí, hombre, ¿no he de saberlo? Pero creía que se llevaba el trabajo a

su casa.

--¡Quiá, no señora! _tié_ que hacerlo allí.

--Y eso del cura, ¿qué es?

--Su hermano, ¿está Vd.? es cura y ha _venío_ hace cosa de dos meses; y

como es cura y muy _carca_, les está _golviendo tarumba_, y trae la casa

patas arriba; _quié_ que vayan a misa, que recen más que un ciego; en

fin, que no le _puén_ aguantar... ni yo tampoco.

--¿Por qué?

--Hasta conmigo se ha _metío_ el muy _lioso_. El domingo _pasao_ tuve yo

que ir a trabajar medio día, porque había prisas, y luego le _yevé_ al

señor Pepe unas pruebas a su casa; y como era domingo, y yo, aunque me

esté mal el decirlo, soy corneta del batallón de Voluntarios de la

Libertad de mi barrio, fui de uniforme, _pá_ no tener que andar dos

veces el camino. El cura estaba en la puerta, quiso que le dejara las

pruebas y, como yo no le conocía y tenía orden de ver al mismo señor

Pepe, ¿está Vd.? no me dio la gana. Mire Vd., señorita, se puso hecho

una fiera, y lo que me dio rabia fue que _me se_ rió del uniforme: me

llamó mamarracho, y dijo que me fuera a estudiar la _dotrina_. Yo, la

verdad, como aún no sabía que era hermano del señor Pepe... Vamos, que

me despaché a mi gusto: le llamé _cucaracha_, _carca_, _tóo_ lo que _me

se_ ocurrió.

--¿Y dices que ese hermano trae revuelta la familia?

--¡Ya lo creo! Si no fuera por miedo a dar una pesadumbre al señor

viejo, ya le había don Pepe _plantao_ en _mitá el_ arroyo. Figúrese Vd.,

señorita, que una de las cosas que más rabia le han _dao_ al señor Pepe,

ha sido que ha hecho reñir... Verá Vd.: la señorita Leocadia _se

hablaba_ con el señor Millán, mi amo; vamos, que eran novios, como quien

dice, y el cura ha _metío_ zizaña y los ha _desapartao_. Por supuesto,

que no estarían muy _encariñaos_, porque no hubieran reñido así... tan

fácilmente, ¿verdad?

--Pero tu amo y el señorito Pepe no han reñido.

--¡Quiá! ¿No ve Vd. que los dos están _convencíos_ de que la culpa es

del cura? A la madre la _tié_ tonta a fuerza de rezos... ¡Ya sabe el

señor Pepe a qué atenerse!

--¡Sí que son motivos de disgusto!

--Fuera de eso--continuó Pateta--siempre ha estado de buen humor: hasta

cuando tuvo que dejar la carrera, que a poco entró en la imprenta... y

como si _ná_: él, en trabajando, ya está contento. No sabe Vd. la vida

que _yeva_: él aquí con su papá de Vd., él en la imprenta, él en el

destino que _ice_ Vd. que le _quién_ quitar. Es una fiera _pá_ el

trabajo, y cuanto gana, a su casita. No gasta más que en tabaco y algún

realejo que me da _pá_ mí.

--Vaya, adiós; vete, no sea que nos vean--añadió Paz, alargándole en la

mano una monedita de dos duros.

Pateta, sin desasirse de la verja, repuso sonriendo, y con entonación

muy achulada:

--¡Quiá!

--¡No seas niño, toma!

--¡Quiá, no, señorita!; ¡si yo hago lo que hago por el señor Pepe; pero

a mí no me da Vd. ni eso, ni tan siquiera un _chavo_!

Paz seguía con la moneda en la mano, más avergonzada que el chico.

--¿Me haces un feo?

--Eso no: y _pá_ que vea Vd., deme usted esa rosa que tiene Vd. prendida

en el pecho: luego yo se la doy a mi novia: Vd. tendrá muchas así, y de

esas no se venden en la calle.

Paz, movida de un sentimiento de mujeril delicadeza, corrió a la

estufa, cortó dos magníficas rosas y, dándoselas al chico, además de la

que llevaba prendida, le dijo:

--Estas dos, las mayores, para tu novia: esta otra pequeña, la que yo

tenía puesta, para Pepe: ¿entiendes? ¿Conque tienes novia?

--Pues, ¿qué cree Vd., señorita, que soy de palo? Entendido: las mayores

_pá_ mi _chiquiya_, y la otra _pá_ el señor Pepe.

--Adiós, y de lo que hemos hablado antes, ni una palabra... chitito.

--Corriente: quede Vd. con Dios, señorita, y gracias.

Ella se entró en el _hôtel_ y él desapareció tras las tapias de unos

corralones cercanos.

Paz supo más de lo que esperaba averiguar. El origen de las cavilaciones

de Pepe por la conducta de su hermano la disgustó sobremanera; pero lo

que hizo en su pensamiento más mella, fue saber que Pepe trabajaba de

corrector en la imprenta. El dueño de su albedrío era algo menos que un

empleadillo.

Por causa análoga, Leocadia, la muchacha de condición humilde, sin

esperanza de fortuna, se mostró esquiva con su novio: Paz, en cambio,

sintió entonces hacia su amante una simpatía firme y serena, en que

había algo de respeto. A medida que su diferente posición tendía a

separarles, más se aferraba ella a su cariño.

* * * * *

Un suceso ignoraba Pateta, y también Pepe lo ignoró durante algún

tiempo, que contado por aquél a Paz, hubiese podido sumarse al capítulo

de culpas hecho contra Tirso: el rompimiento de Leocadia con Millán.

Despreciado por ella, puso él los ojos en otra. Había entre los cajistas

de la imprenta uno casado dos años antes con una muchacha llamada

Engracia, sastra, muy guapa, modosa, de dulce condición y digna de mejor

trato que el que le daba su marido. Era el tal, jugador, holgazán,

pendenciero, pero, sobre todo, borracho, y con tan mal vino, que su

desdichada compañera podía contar las copas que empinaba por los

guantazos y empellones que ella recibía luego. Escatimarla la comida,

empeñar las ropas, trampear en la taberna y volver el sábado a casa con

el jornal mermado por el vicio, eran sus principales hazañas, amén de

mirar a la pobre muchacha con el mayor despego. A Engracia la casó su

madrastra, prendera, que, según voz pública en el barrio, tenía _gato_,

con propósito de quitársela de encima, y ella admitió los primeros

requiebros del cajista por salir del poder de tan mala pécora. Mientras

confió el mozo, y la prendera supo hacerle esperar, en que la boda le

proporcionaría cuartos, ocultó sus mañas; pero verificado el matrimonio,

libre la madrastra, sujeta Engracia y chasqueado el novio, comenzó éste

a dar mala vida a la muchacha. Afortunadamente, sus brutalidades duraron

poco. Cierta noche, al cerrar la taberna en que se había emborrachado,

el dueño de la tienda le arrojó a torniscones, y él se quedó tumbado en

la acera, sin abrigo ni gorra. Cuando llegó a su casa, de madrugada,

tosía más que un asmático, y a los quince días murió en el hospital,

dejando a Engracia un niño de pocos meses. Sus compañeros, como todos

los de tan noble oficio, en que tales casos son raros, tenían formada

una a modo de sociedad de socorros para auxiliarse en los trances duros

de la vida, y acordaron entregar a la madre viuda una cantidad de

dinero. Millán puso algo de su bolsillo y mandó a Engracia recado para

que fuese a recoger el total. Poco después, con ánimo de socorrerla

indirectamente, y sabiendo cuál había sido de soltera su oficio, la dio

alguna ropa que arreglar, y, hoy un viaje de él a su casa, mañana una

visita de ella a la imprenta, al cabo de algunas semanas, como esto

coincidiese con el acentuado desvío de Leocadia, comenzó a fijarse en

Engracia, requebrándola entre rudo y amartelado con una delicadeza a que

ella no estaba acostumbrada. La hermosura de la viuda, su desamparo y la

juventud de Millán hicieron lo demás. La mujer se manifestó luego cada

día más cariñosa, medio agradecida medio amante; él instintivamente

apreció sus cuidados, quizá fijándose en el contraste que formaban con

la arisca condición de su antigua novia, y sus existencias se unieron,

formando el hermoso maridaje de la desgracia y el consuelo bendecido por

el amor. Lo que más cautivó el corazón de Engracia, fue la dulzura con

que Millán trató a su chico. Acaso el tierno afecto de la madre no fue

sino el premio espontáneo de las caricias que el niño recibía.

De todo esto no tuvo Pepe conocimiento hasta mucho tiempo después, y

Pateta tampoco lo sabía cuando habló con Paz: de suerte que ésta lo

ignoró por completo.

El enemigo · 第 21 / 47 题