Cuando Pepe dejaba de ir a ver a Paz, por miedo a infundir sospechas o
parecer pegajoso a don Luis, entraba Pateta en funciones de correo: ya
sabía ella que cada tercer día de ausencia el chico rondaba al oscurecer
los alrededores del _hôtel_ y, espiando momento oportuno, metía el brazo
por la verja y dejaba la carta bajo los ladrillos levantados del horno,
situado junto al invernadero.
Una tarde en que don Luis tuvo que asistir a un banquete político, Paz,
después de verle partir y tras alejar con distintos pretextos a los
criados, bajó al jardín entre dos luces y aguardó a Pateta. Al cuarto de
hora vio al muchacho que venía aproximándose disimuladamente a la verja,
dando puntapiés a un bote de hoja de lata que encontró allí cerca:
entonces ella se ocultó tras uno de los pilares de mampostería que había
en los ángulos del invernáculo y, cuando el chico se acercó a meter la
mano por entre los barrotes de la verja, salió de su escondite,
diciendo:
--Oye, Pateta.
--Guárdese Vd. esta carta no la vean.
--No hay nadie.
Pateta, gorra en mano, arrimando el rostro a los hierros, como mono
enjaulado, prestó atención.
Lo apartado del sitio y lo desapacible de la tarde, hacían que reinara
en torno del _hôtel_ completa soledad. En la atmósfera flotaban los
últimos resplandores del sol ya puesto, y la árida campiña aparecía
envuelta en una claridad medrosa, mientras al lado opuesto se iba
extendiendo una ancha faja oscura, que se dilataba lentamente por el
cielo. El traje de Paz formaba una mancha clara cortada por los hierros
de la verja: Pateta se comía con los ojos a la _señorita_, sin adivinar
lo que querría decirle.
--Pues a estas horas, estando esto tan solitario--dijo de pronto--ya
podía el señor Pepe venir aquí y hablar con usted.
--Cállate y escucha. Con quien quiero hablar ahora, es contigo.
--Mande Vd.
--¿Eres capaz de hacerme un favor? La verdad, y sin que nadie se entere.
--¿Ni el señor Pepe?
--Menos que nadie.
El chico la lanzó una mirada que no pudo ser más expresiva. Paz
comprendió que quizá hacía mal; pero ya no era posible retroceder.
--Te advierto que se trata de algo que nos interesa mucho a él y a mí.
--No hay más que hablar.
Pero esta sumisión fue acompañada del firme propósito de contárselo todo
a Pepe.
--Vamos a ver: ¿Qué le pasa? ¿Qué disgusto es el que tiene? ¿Sabes algo?
--Nada, ni jota.
--Es necesario que lo averigües. Temo que le quiten el destino que tiene
en la biblioteca del Senado, y quisiera estar prevenida para parar el
golpe. ¿Sabes tú si es esa la razón de que esté hace ya muchos días tan
tristón? ¿De veras no puedes decirme nada?
Pateta cayó en la red.
--Yo, de eso del destino, no sé _ná_: preguntaré. Por lo demás, no sé
qué le _pué_ haber _pasao_. En la imprenta todo anda como siempre...
Como no sea por lo del cura...
--¿Qué dices de imprenta? ¿Qué imprenta es esa?
--¡Toma! ¿Cuál ha de ser? La nuestra, es decir, la del señor Millán.
--¿De modo que el señorito trabaja también en la imprenta?
--Como que es el primer _corretor_ y le dan _deciocho riales_, y eso que
no va más que por las noches. ¿No lo sabía Vd.?
Paz, temerosa de que Pateta se escamara, le dijo, mintiendo:
--Sí, hombre, ¿no he de saberlo? Pero creía que se llevaba el trabajo a
su casa.
--¡Quiá, no señora! _tié_ que hacerlo allí.
--Y eso del cura, ¿qué es?
--Su hermano, ¿está Vd.? es cura y ha _venío_ hace cosa de dos meses; y
como es cura y muy _carca_, les está _golviendo tarumba_, y trae la casa
patas arriba; _quié_ que vayan a misa, que recen más que un ciego; en
fin, que no le _puén_ aguantar... ni yo tampoco.
--¿Por qué?
--Hasta conmigo se ha _metío_ el muy _lioso_. El domingo _pasao_ tuve yo
que ir a trabajar medio día, porque había prisas, y luego le _yevé_ al
señor Pepe unas pruebas a su casa; y como era domingo, y yo, aunque me
esté mal el decirlo, soy corneta del batallón de Voluntarios de la
Libertad de mi barrio, fui de uniforme, _pá_ no tener que andar dos
veces el camino. El cura estaba en la puerta, quiso que le dejara las
pruebas y, como yo no le conocía y tenía orden de ver al mismo señor
Pepe, ¿está Vd.? no me dio la gana. Mire Vd., señorita, se puso hecho
una fiera, y lo que me dio rabia fue que _me se_ rió del uniforme: me
llamó mamarracho, y dijo que me fuera a estudiar la _dotrina_. Yo, la
verdad, como aún no sabía que era hermano del señor Pepe... Vamos, que
me despaché a mi gusto: le llamé _cucaracha_, _carca_, _tóo_ lo que _me
se_ ocurrió.
--¿Y dices que ese hermano trae revuelta la familia?
--¡Ya lo creo! Si no fuera por miedo a dar una pesadumbre al señor
viejo, ya le había don Pepe _plantao_ en _mitá el_ arroyo. Figúrese Vd.,
señorita, que una de las cosas que más rabia le han _dao_ al señor Pepe,
ha sido que ha hecho reñir... Verá Vd.: la señorita Leocadia _se
hablaba_ con el señor Millán, mi amo; vamos, que eran novios, como quien
dice, y el cura ha _metío_ zizaña y los ha _desapartao_. Por supuesto,
que no estarían muy _encariñaos_, porque no hubieran reñido así... tan
fácilmente, ¿verdad?
--Pero tu amo y el señorito Pepe no han reñido.
--¡Quiá! ¿No ve Vd. que los dos están _convencíos_ de que la culpa es
del cura? A la madre la _tié_ tonta a fuerza de rezos... ¡Ya sabe el
señor Pepe a qué atenerse!
--¡Sí que son motivos de disgusto!
--Fuera de eso--continuó Pateta--siempre ha estado de buen humor: hasta
cuando tuvo que dejar la carrera, que a poco entró en la imprenta... y
como si _ná_: él, en trabajando, ya está contento. No sabe Vd. la vida
que _yeva_: él aquí con su papá de Vd., él en la imprenta, él en el
destino que _ice_ Vd. que le _quién_ quitar. Es una fiera _pá_ el
trabajo, y cuanto gana, a su casita. No gasta más que en tabaco y algún
realejo que me da _pá_ mí.
--Vaya, adiós; vete, no sea que nos vean--añadió Paz, alargándole en la
mano una monedita de dos duros.
Pateta, sin desasirse de la verja, repuso sonriendo, y con entonación
muy achulada:
--¡Quiá!
--¡No seas niño, toma!
--¡Quiá, no, señorita!; ¡si yo hago lo que hago por el señor Pepe; pero
a mí no me da Vd. ni eso, ni tan siquiera un _chavo_!
Paz seguía con la moneda en la mano, más avergonzada que el chico.
--¿Me haces un feo?
--Eso no: y _pá_ que vea Vd., deme usted esa rosa que tiene Vd. prendida
en el pecho: luego yo se la doy a mi novia: Vd. tendrá muchas así, y de
esas no se venden en la calle.
Paz, movida de un sentimiento de mujeril delicadeza, corrió a la
estufa, cortó dos magníficas rosas y, dándoselas al chico, además de la
que llevaba prendida, le dijo:
--Estas dos, las mayores, para tu novia: esta otra pequeña, la que yo
tenía puesta, para Pepe: ¿entiendes? ¿Conque tienes novia?
--Pues, ¿qué cree Vd., señorita, que soy de palo? Entendido: las mayores
_pá_ mi _chiquiya_, y la otra _pá_ el señor Pepe.
--Adiós, y de lo que hemos hablado antes, ni una palabra... chitito.
--Corriente: quede Vd. con Dios, señorita, y gracias.
Ella se entró en el _hôtel_ y él desapareció tras las tapias de unos
corralones cercanos.
Paz supo más de lo que esperaba averiguar. El origen de las cavilaciones
de Pepe por la conducta de su hermano la disgustó sobremanera; pero lo
que hizo en su pensamiento más mella, fue saber que Pepe trabajaba de
corrector en la imprenta. El dueño de su albedrío era algo menos que un
empleadillo.
Por causa análoga, Leocadia, la muchacha de condición humilde, sin
esperanza de fortuna, se mostró esquiva con su novio: Paz, en cambio,
sintió entonces hacia su amante una simpatía firme y serena, en que
había algo de respeto. A medida que su diferente posición tendía a
separarles, más se aferraba ella a su cariño.
* * * * *
Un suceso ignoraba Pateta, y también Pepe lo ignoró durante algún
tiempo, que contado por aquél a Paz, hubiese podido sumarse al capítulo
de culpas hecho contra Tirso: el rompimiento de Leocadia con Millán.
Despreciado por ella, puso él los ojos en otra. Había entre los cajistas
de la imprenta uno casado dos años antes con una muchacha llamada
Engracia, sastra, muy guapa, modosa, de dulce condición y digna de mejor
trato que el que le daba su marido. Era el tal, jugador, holgazán,
pendenciero, pero, sobre todo, borracho, y con tan mal vino, que su
desdichada compañera podía contar las copas que empinaba por los
guantazos y empellones que ella recibía luego. Escatimarla la comida,
empeñar las ropas, trampear en la taberna y volver el sábado a casa con
el jornal mermado por el vicio, eran sus principales hazañas, amén de
mirar a la pobre muchacha con el mayor despego. A Engracia la casó su
madrastra, prendera, que, según voz pública en el barrio, tenía _gato_,
con propósito de quitársela de encima, y ella admitió los primeros
requiebros del cajista por salir del poder de tan mala pécora. Mientras
confió el mozo, y la prendera supo hacerle esperar, en que la boda le
proporcionaría cuartos, ocultó sus mañas; pero verificado el matrimonio,
libre la madrastra, sujeta Engracia y chasqueado el novio, comenzó éste
a dar mala vida a la muchacha. Afortunadamente, sus brutalidades duraron
poco. Cierta noche, al cerrar la taberna en que se había emborrachado,
el dueño de la tienda le arrojó a torniscones, y él se quedó tumbado en
la acera, sin abrigo ni gorra. Cuando llegó a su casa, de madrugada,
tosía más que un asmático, y a los quince días murió en el hospital,
dejando a Engracia un niño de pocos meses. Sus compañeros, como todos
los de tan noble oficio, en que tales casos son raros, tenían formada
una a modo de sociedad de socorros para auxiliarse en los trances duros
de la vida, y acordaron entregar a la madre viuda una cantidad de
dinero. Millán puso algo de su bolsillo y mandó a Engracia recado para
que fuese a recoger el total. Poco después, con ánimo de socorrerla
indirectamente, y sabiendo cuál había sido de soltera su oficio, la dio
alguna ropa que arreglar, y, hoy un viaje de él a su casa, mañana una
visita de ella a la imprenta, al cabo de algunas semanas, como esto
coincidiese con el acentuado desvío de Leocadia, comenzó a fijarse en
Engracia, requebrándola entre rudo y amartelado con una delicadeza a que
ella no estaba acostumbrada. La hermosura de la viuda, su desamparo y la
juventud de Millán hicieron lo demás. La mujer se manifestó luego cada
día más cariñosa, medio agradecida medio amante; él instintivamente
apreció sus cuidados, quizá fijándose en el contraste que formaban con
la arisca condición de su antigua novia, y sus existencias se unieron,
formando el hermoso maridaje de la desgracia y el consuelo bendecido por
el amor. Lo que más cautivó el corazón de Engracia, fue la dulzura con
que Millán trató a su chico. Acaso el tierno afecto de la madre no fue
sino el premio espontáneo de las caricias que el niño recibía.
De todo esto no tuvo Pepe conocimiento hasta mucho tiempo después, y
Pateta tampoco lo sabía cuando habló con Paz: de suerte que ésta lo
ignoró por completo.