XVI

Viendo Tirso que la madre atendía sus exhortaciones, no solamente

insistió en ellas, sino que trató de conquistar el ánimo de Leocadia,

siéndole necesario para ello aguzar la astucia, pues la diferencia de

caracteres entre doña Manuela y su hija pedía táctica diversa. La

primera cedió por bondad y mansedumbre: en ella era hábito plegarse a la

voluntad ajena. Cuando joven, obedeció a su marido; erigido después Pepe

en jefe de la familia por la fuerza de las circunstancias, se acostumbró

a mirarle como tal, y en las menudencias caseras seguía el parecer de su

hija, mostrando en todo ser nacida para obedecer. Las condiciones de

Leocadia eran distintas: tenía genio voluntarioso y, aunque sin

faltarles al respeto, respondía a sus padres con entereza; en sus

caprichos de muchacha pobre, había siempre cierta obstinación; si se

empeñaba en reformarse un traje, no cesaba de dar vueltas a los trozos

de tela, hasta lograr lo que se proponía; gustándole un peinado, no

hallaban paz sus manos hasta que conseguía aprender modo de hacérselo,

y hasta en estos pequeños detalles, por la tenacidad de sus

resoluciones, delataba una firmeza muy difícil de dominar desplegando

energía. Tirso notó también que, a pesar de lo humilde de su situación,

la chica era algo vanidosa y estaba pagada de su persona, acusando de

distintos modos el afán de agradar, y como un cierto deseo latente, pero

inmoderado, de imitar prendas y costumbres de muchachas más favorecidas

por la suerte. Jamás consintió, por ejemplo, en hacer a su hermano

blusas para trabajar en la imprenta, ni bajó nunca a la tienda de la

esquina próxima con pañuelo a la cabeza; a Pepe quería verle lo mejor

vestido que fuera posible; y en sus trajes propios, aun luchando con la

falta de dinero para adornos y perifollos, procuraba siempre imitar

cortes elegantes. Por no tenerlos de oro, llevaba sin pendientes las

orejas y los dedos sin anillos. No era exigente en pedir lo muy costoso

al esfuerzo de sus padres; pero sólo aceptaba la pobreza como un

accidente de su vida, no como condición de su origen. Admitió de buen

grado el amor de Millán, al tiempo que éste cursaba con Pepe la carrera;

mas el ver que su novio tuvo que abandonar los libros y dedicarse a un

oficio, fue para ella contrariedad grandísima. De continuar su hermano

en la Universidad, acaso hubiese procurado romper pronto sus relaciones

con el impresor; mas viéndose Pepe obligado a hacer lo mismo al poco

tiempo, Leocadia comprendió que no podía por esto rechazar a Millán, y

continuó aceptando su cariño, sin que la correspondencia con que lo

pagaba mereciese en realidad nombre de amor. Quizá, por falta de

antecedentes, no estuviera Tirso en situación de apreciar todo esto;

pero alcanzó lo bastante para convencerse de que, ni Leocadia estaba

verdaderamente enamorada, ni desecharía por Millán lo que el

desvergonzado lenguaje de la codicia llama una _proporción_; lo cual le

autorizaba a imaginar que, si la madre había cedido por docilidad, la

vanidad y el amor propio serían buenos medios para subyugar a la hija.

Mejor quisiera él llevar la piedad a sus corazones con la vehemencia del

celo que le inflamaba, pero comprendió que le era forzoso seguir la

máxima de plegarse a la índole y carácter de cada pecador, para

convertirlo más seguramente. Por fin, muchos días después de haber

hablado con doña Manuela, determinó sondear a Leocadia; y hallándola

una tarde leyendo en el comedor, mientras don José reposaba y la madre

había salido, se acercó, llevando él otro libro en la mano.

--¡Sabe Dios!--la dijo entre severo y sonriente--qué libraco será ese!

¿Es de los que te trae el novio?

--Sí.

--¡Bonito papel para un joven el de procurar lecturas nocivas a la mujer

a quien quiere, y buen modo de amar... suponiendo que te ame!

--¿Por qué dices eso?

--Cálmate, hija, cálmate; no quiero decir, ¡Dios me libre! que ese joven

no te estime: lo que me choca, es que tú le quieras a él.

--¡Ya lo creo que me quiere!

--No parece de mala índole; pero le sucede lo que a _tu_ hermano: debe

estar plagadito de las ideas de ahora y ser de esos que no creen ni en

la luz del día. Listo, sí será; ¡lástima que tenga oficio tan feo!

--El de su padre... Empezó a estudiar para abogado; pero luego le

sucedió lo mismo que a Pepe.

La palabra _oficio_ sonó en los oídos de Leocadia como Tirso había

previsto.

--Tendrá que estar siempre metido entre gente ordinaria, trabajadores y

jornaleros: luego le afinarás tú... aunque mala tarea es.

--Pero, ¿imaginas que Millán es mozo de cuerda o sereno?--repuso ella,

riéndose forzadamente.--Te equivocas: es un muchacho decente, igual a

Pepe, que tiene que vivir así, trabajando, como Pepe.

--No, hija, como Pepe, no: nuestro hermano es hijo de un funcionario

público; el padre de ese joven, si no he oído mal, era cajista,

jornalero.

--Impresor.

--Llámalo como quieras. Siendo ya viejo, llegó a dueño de la imprenta;

pero su origen no puede ser más humilde. Eso no quiere decir que sea

mala persona; pero, en fin, ¿por qué te disgusta que nosotros

ambicionemos para tí lo mejor?

Leocadia miró a su hermano, sorprendida de que así se preocupara por su

porvenir.

--Lo que quiero decirte--prosiguió el cura--es que, tan joven, y

reuniendo condiciones que son para la mujer llave de sana prosperidad,

no debes contraer compromisos formales con un hombre inferior a tí;

porque esto no me lo negarás. Acaso tenga posición más desahogada que la

nuestra; pero, una cosa es el bienestar, y otra la esfera de cada uno.

Hoy por hoy, no tenemos dinero; pero ni nuestros padres ni nuestros

abuelos han sido menestrales. Créeme, Leocadia, no te comprometas con

nadie; no renuncies a tu libertad de acción. No has nacido tú para mujer

de un jornalero.

--¡Dale con lo de jornalero! tiene una industria; vamos, una imprenta;

pero no es un gañán.

--¡Bah! hija mía: llamemos a las cosas por sus nombres. Trabajador, no

es más que trabajador; y, si te casas con él, sabe Dios si tendrás que

ir algún día a llevarle la comida en cesta, como a un albañil.

--De modo que, según tú, debo esperar a que venga a pedir mi mano un

título de Castilla.

--Nada de eso: me parece que, aunque sea un buen chico, no está

justificado que renuncies por él a lo que te reserve el porvenir. Nadie

sabe lo que es el porvenir para una doncella.

Harto conoció Leocadia que, tras aquella problemática esperanza de

grandezas futuras, lo que verdaderamente impulsaba a Tirso era la

antipatía que sentía contra Millán, desde que conoció que en política y

en falta de religión coincidía con Pepe; mas como estos mismos

argumentos se los hizo a sí propia alguna vez, no dejaron de ejercer

presión en su ánimo. Parecíale innegable la bondad de Millán, pero Tirso

tenía, en parte, razón. El roce con la gente de la imprenta había dado

a su franqueza cierto tinte rudo, a veces rayano en la grosería; a sus

sentimientos honrados servía de intérprete un lenguaje tosco; para verle

algo aseado y compuesto, era preciso aguardar al domingo: acaso no

anduviese descaminado Tirso y, andando el tiempo, tuviera ella que

llevarle en cesta la comida, resignándose a ser una menestrala, es

decir, el tipo contrario al de las señoritas, cuyos modales y trajes

procuraba imitar.

En ocasiones diferentes hizo Tirso a su hermana análogos razonamientos

y, como el terreno estaba bien preparado, la semilla comenzó a germinar.

Iniciado en ella el desvío, lo primero que hizo fue evitar que

menudearan las visitas de Millán entre semana, fundadas en el préstamo

de libros: luego ocurrió la escena narrada a Pepe por el amante

desdeñado, en la cual intervino Tirso, y, por último, la muchacha

acentuó tan enérgicamente su desamor, que el novio casi dejó de merecer

tal nombre. A ser el afecto de Millán pasión hondamente arraigada,

hubiese puesto empeño en recobrar lo que perdía; mas también en él

palpitaba un fondo de propia y exagerada estimación, en que era de mayor

cuenta el orgullo que el cariño.--«No hables de esto a tu

hermana--había dicho a su amigo--porque el querer no se impone ni es

cosa para recibida de limosna.»

Aquello produjo a Pepe malísima impresión, pero aún le desagradó más ver

demostrada la intervención del cura. La cosa estaba ya fuera de duda:

tras intentar apoderarse del ánimo de la madre, comenzaba por distintos

medios a explorar el de la hija para los mismos fines. ¿Cuáles serían

sus propósitos ulteriores? Motivos de conveniencia personal, al parecer

ninguno. Lo único verosímil, era que obrase impulsado no más que por

proselitismo religioso, y en este caso, para comprometer en la empresa

la paz y la dicha de la familia, su fanatismo debía ser grande. ¿Cómo

arriesgarse, de otra suerte, a promover una escisión entre padres e

hijos, aventurando la tranquilidad del hogar y la poca salud de don

José, por sólo la falta de cumplimiento en los deberes piadosos? Tanto

repugnaba esto a Pepe, dadas sus ideas, que no le era posible atribuir a

su hermano tamaña obcecación, suponiendo que, si únicamente el celo le

impulsara, debía moderarlo con afectos más terrenales, pero no menos

puros. Su entendimiento rechazaba la posibilidad de que existiera

hombre capaz de apenar a sus padres por dar lustre a la religión. La

displicencia con que Millán y Leocadia comenzaron a mirarse, perdió con

esto importancia a los ojos de Pepe: su verdadera preocupación fue la

conducta de Tirso, y llegó a disgustarse tanto, que su amada Paz lo echó

de ver en seguida.

* * * * *

Primero, cierto espíritu novelesco, propio de niña libremente educada,

hizo que Paz se encaprichara con el amor de Pepe: después, cuando llegó

a comprender lo mucho que él valía, aquella inclinación se acentuó

insensiblemente y, lo que al comienzo fue juego de la imaginación, vino

a ser, del modo más natural y sencillo, sincero y bien arraigado amor.

El _empleadillo_, como ella imaginaba que sus amigas le llamarían si

llegaran a conocerle, se le había entrado al alma, persuadiéndose de que

le quería porque empezó a temer la cara que al saberlo pondría su padre,

a pesar de los alardes democráticos que solía hacer en el Parlamento.

Pero no era esto lo que más la desazonaba. Su inquietud nacía de ver

disgustado continuamente a Pepe, y el convencimiento de estar enamorada

brotó de aquella relación que estableció su inteligencia entre la pena

que ella sentía y la inquietud que él mostraba. Cuando Paz se hizo cargo

de que, aun ignorando la causa, el pesar de su novio la entristecía;

cuando, sin poder aquilatarlo, sintió como propio un dolor ajeno,

entonces advirtió que en su corazón comenzaba a reinar una voluntad

distinta de la suya, y que aquel hombre, sólo con lealtad y buena fe,

iba apoderándose de su albedrío lenta, pero seguramente, como río

caudaloso que profundiza el cauce en que se sustenta. Paz, en apariencia

frívola, a semejanza de todo el que no ha sufrido, pero muy lista, se

persuadió pronto de que amaba, porque su pensamiento, lejos de

amedrentarse ante las contrariedades que podía el amor ocasionarla, se

fijó exclusivamente en el dolor del hombre a quien quería. La primer

muestra de pasión verdadera, fue la sinceridad con que le habló.

Una mañana, estando en la biblioteca de su padre, que era donde se veían

en los ratos que aquél faltaba de allí, dijo a Pepe, empleando su

lenguaje ligero y franco, entonces más franco que nunca:

--Tengo que decirte una cosa muy grave.

--¿Qué?

--He hecho un descubrimiento: que tú no me quieres y que yo te quiero

mucho más de lo que me figuraba.

--No te entiendo.

--Clarito, hijo; que tu amor--emplearemos esta palabra, para mayor

solemnidad, aunque ya sabes que a mí me gusta más decir cariño--pues

bien, que tu amor es mucho más tibio que el mío.

--Veamos cómo se demuestra ese grandísimo embuste.

--De un modo muy sencillo. Pase que siempre me estés aburriendo con lo

de ser yo rica y tú pobre, por supuesto, que no me ofendo; pase la manía

de los celitos, que no tienen sentido común; pase el estarte sin venir

tres y cuatro días seguidos, para que te espere con más deseo...

--No: por miedo a que tu padre adivine lo que ocurre.

--Déjame acabar: lo que no pasa, es que tengas disgustos, que estés

apesadumbrado y me lo calles. ¿Tan tonta soy, que no sirvo para decirte

ni una palabra de consuelo?

--¿Y qué tiene que ver esta ternura, alma mía, con el descubrimiento?

--Pues no puede estar más a la vista. Que tú, sufriendo y ocultándomelo,

revelas una falta grande de confianza, que es falta de cariño; y yo,

_aquejerándome_, como dicen en Andalucía, por tu reserva, demuestro

quererte mil veces más.

--Pero, ¿de dónde has sacado tú que tengo disgustos?

--Eso te faltaba, añadir el disimulo a la falta de confianza. ¿No

quieres decirme lo que te pasa?

Pepe, que prefería hablar sólo de su amor, o que se había propuesto

callar interioridades de su casa, contestó negando, y Paz acabó por

decirle:

--Si crees que es mera curiosidad, no despliegues los labios; pero

conste: quedo en libertad para averiguarlo.

--Averigua lo que se te antoje, pero quiéreme mucho.

La entrada de don Luis cortó el diálogo. Paz se había propuesto saber a

qué atenerse respecto al origen de la tristeza de Pepe, y cuando una

mujer enamorada forma resolución semejante, el secreto puede darse por

descubierto. La obstinación de Pepe en callar fue inútil: Paz puso tanto

empeño en saber los disgustos de su amante, como éste en seguir paso a

paso los incomprensibles manejos del cura.

El enemigo · 第 20 / 47 题