Viendo Tirso que la madre atendía sus exhortaciones, no solamente
insistió en ellas, sino que trató de conquistar el ánimo de Leocadia,
siéndole necesario para ello aguzar la astucia, pues la diferencia de
caracteres entre doña Manuela y su hija pedía táctica diversa. La
primera cedió por bondad y mansedumbre: en ella era hábito plegarse a la
voluntad ajena. Cuando joven, obedeció a su marido; erigido después Pepe
en jefe de la familia por la fuerza de las circunstancias, se acostumbró
a mirarle como tal, y en las menudencias caseras seguía el parecer de su
hija, mostrando en todo ser nacida para obedecer. Las condiciones de
Leocadia eran distintas: tenía genio voluntarioso y, aunque sin
faltarles al respeto, respondía a sus padres con entereza; en sus
caprichos de muchacha pobre, había siempre cierta obstinación; si se
empeñaba en reformarse un traje, no cesaba de dar vueltas a los trozos
de tela, hasta lograr lo que se proponía; gustándole un peinado, no
hallaban paz sus manos hasta que conseguía aprender modo de hacérselo,
y hasta en estos pequeños detalles, por la tenacidad de sus
resoluciones, delataba una firmeza muy difícil de dominar desplegando
energía. Tirso notó también que, a pesar de lo humilde de su situación,
la chica era algo vanidosa y estaba pagada de su persona, acusando de
distintos modos el afán de agradar, y como un cierto deseo latente, pero
inmoderado, de imitar prendas y costumbres de muchachas más favorecidas
por la suerte. Jamás consintió, por ejemplo, en hacer a su hermano
blusas para trabajar en la imprenta, ni bajó nunca a la tienda de la
esquina próxima con pañuelo a la cabeza; a Pepe quería verle lo mejor
vestido que fuera posible; y en sus trajes propios, aun luchando con la
falta de dinero para adornos y perifollos, procuraba siempre imitar
cortes elegantes. Por no tenerlos de oro, llevaba sin pendientes las
orejas y los dedos sin anillos. No era exigente en pedir lo muy costoso
al esfuerzo de sus padres; pero sólo aceptaba la pobreza como un
accidente de su vida, no como condición de su origen. Admitió de buen
grado el amor de Millán, al tiempo que éste cursaba con Pepe la carrera;
mas el ver que su novio tuvo que abandonar los libros y dedicarse a un
oficio, fue para ella contrariedad grandísima. De continuar su hermano
en la Universidad, acaso hubiese procurado romper pronto sus relaciones
con el impresor; mas viéndose Pepe obligado a hacer lo mismo al poco
tiempo, Leocadia comprendió que no podía por esto rechazar a Millán, y
continuó aceptando su cariño, sin que la correspondencia con que lo
pagaba mereciese en realidad nombre de amor. Quizá, por falta de
antecedentes, no estuviera Tirso en situación de apreciar todo esto;
pero alcanzó lo bastante para convencerse de que, ni Leocadia estaba
verdaderamente enamorada, ni desecharía por Millán lo que el
desvergonzado lenguaje de la codicia llama una _proporción_; lo cual le
autorizaba a imaginar que, si la madre había cedido por docilidad, la
vanidad y el amor propio serían buenos medios para subyugar a la hija.
Mejor quisiera él llevar la piedad a sus corazones con la vehemencia del
celo que le inflamaba, pero comprendió que le era forzoso seguir la
máxima de plegarse a la índole y carácter de cada pecador, para
convertirlo más seguramente. Por fin, muchos días después de haber
hablado con doña Manuela, determinó sondear a Leocadia; y hallándola
una tarde leyendo en el comedor, mientras don José reposaba y la madre
había salido, se acercó, llevando él otro libro en la mano.
--¡Sabe Dios!--la dijo entre severo y sonriente--qué libraco será ese!
¿Es de los que te trae el novio?
--Sí.
--¡Bonito papel para un joven el de procurar lecturas nocivas a la mujer
a quien quiere, y buen modo de amar... suponiendo que te ame!
--¿Por qué dices eso?
--Cálmate, hija, cálmate; no quiero decir, ¡Dios me libre! que ese joven
no te estime: lo que me choca, es que tú le quieras a él.
--¡Ya lo creo que me quiere!
--No parece de mala índole; pero le sucede lo que a _tu_ hermano: debe
estar plagadito de las ideas de ahora y ser de esos que no creen ni en
la luz del día. Listo, sí será; ¡lástima que tenga oficio tan feo!
--El de su padre... Empezó a estudiar para abogado; pero luego le
sucedió lo mismo que a Pepe.
La palabra _oficio_ sonó en los oídos de Leocadia como Tirso había
previsto.
--Tendrá que estar siempre metido entre gente ordinaria, trabajadores y
jornaleros: luego le afinarás tú... aunque mala tarea es.
--Pero, ¿imaginas que Millán es mozo de cuerda o sereno?--repuso ella,
riéndose forzadamente.--Te equivocas: es un muchacho decente, igual a
Pepe, que tiene que vivir así, trabajando, como Pepe.
--No, hija, como Pepe, no: nuestro hermano es hijo de un funcionario
público; el padre de ese joven, si no he oído mal, era cajista,
jornalero.
--Impresor.
--Llámalo como quieras. Siendo ya viejo, llegó a dueño de la imprenta;
pero su origen no puede ser más humilde. Eso no quiere decir que sea
mala persona; pero, en fin, ¿por qué te disgusta que nosotros
ambicionemos para tí lo mejor?
Leocadia miró a su hermano, sorprendida de que así se preocupara por su
porvenir.
--Lo que quiero decirte--prosiguió el cura--es que, tan joven, y
reuniendo condiciones que son para la mujer llave de sana prosperidad,
no debes contraer compromisos formales con un hombre inferior a tí;
porque esto no me lo negarás. Acaso tenga posición más desahogada que la
nuestra; pero, una cosa es el bienestar, y otra la esfera de cada uno.
Hoy por hoy, no tenemos dinero; pero ni nuestros padres ni nuestros
abuelos han sido menestrales. Créeme, Leocadia, no te comprometas con
nadie; no renuncies a tu libertad de acción. No has nacido tú para mujer
de un jornalero.
--¡Dale con lo de jornalero! tiene una industria; vamos, una imprenta;
pero no es un gañán.
--¡Bah! hija mía: llamemos a las cosas por sus nombres. Trabajador, no
es más que trabajador; y, si te casas con él, sabe Dios si tendrás que
ir algún día a llevarle la comida en cesta, como a un albañil.
--De modo que, según tú, debo esperar a que venga a pedir mi mano un
título de Castilla.
--Nada de eso: me parece que, aunque sea un buen chico, no está
justificado que renuncies por él a lo que te reserve el porvenir. Nadie
sabe lo que es el porvenir para una doncella.
Harto conoció Leocadia que, tras aquella problemática esperanza de
grandezas futuras, lo que verdaderamente impulsaba a Tirso era la
antipatía que sentía contra Millán, desde que conoció que en política y
en falta de religión coincidía con Pepe; mas como estos mismos
argumentos se los hizo a sí propia alguna vez, no dejaron de ejercer
presión en su ánimo. Parecíale innegable la bondad de Millán, pero Tirso
tenía, en parte, razón. El roce con la gente de la imprenta había dado
a su franqueza cierto tinte rudo, a veces rayano en la grosería; a sus
sentimientos honrados servía de intérprete un lenguaje tosco; para verle
algo aseado y compuesto, era preciso aguardar al domingo: acaso no
anduviese descaminado Tirso y, andando el tiempo, tuviera ella que
llevarle en cesta la comida, resignándose a ser una menestrala, es
decir, el tipo contrario al de las señoritas, cuyos modales y trajes
procuraba imitar.
En ocasiones diferentes hizo Tirso a su hermana análogos razonamientos
y, como el terreno estaba bien preparado, la semilla comenzó a germinar.
Iniciado en ella el desvío, lo primero que hizo fue evitar que
menudearan las visitas de Millán entre semana, fundadas en el préstamo
de libros: luego ocurrió la escena narrada a Pepe por el amante
desdeñado, en la cual intervino Tirso, y, por último, la muchacha
acentuó tan enérgicamente su desamor, que el novio casi dejó de merecer
tal nombre. A ser el afecto de Millán pasión hondamente arraigada,
hubiese puesto empeño en recobrar lo que perdía; mas también en él
palpitaba un fondo de propia y exagerada estimación, en que era de mayor
cuenta el orgullo que el cariño.--«No hables de esto a tu
hermana--había dicho a su amigo--porque el querer no se impone ni es
cosa para recibida de limosna.»
Aquello produjo a Pepe malísima impresión, pero aún le desagradó más ver
demostrada la intervención del cura. La cosa estaba ya fuera de duda:
tras intentar apoderarse del ánimo de la madre, comenzaba por distintos
medios a explorar el de la hija para los mismos fines. ¿Cuáles serían
sus propósitos ulteriores? Motivos de conveniencia personal, al parecer
ninguno. Lo único verosímil, era que obrase impulsado no más que por
proselitismo religioso, y en este caso, para comprometer en la empresa
la paz y la dicha de la familia, su fanatismo debía ser grande. ¿Cómo
arriesgarse, de otra suerte, a promover una escisión entre padres e
hijos, aventurando la tranquilidad del hogar y la poca salud de don
José, por sólo la falta de cumplimiento en los deberes piadosos? Tanto
repugnaba esto a Pepe, dadas sus ideas, que no le era posible atribuir a
su hermano tamaña obcecación, suponiendo que, si únicamente el celo le
impulsara, debía moderarlo con afectos más terrenales, pero no menos
puros. Su entendimiento rechazaba la posibilidad de que existiera
hombre capaz de apenar a sus padres por dar lustre a la religión. La
displicencia con que Millán y Leocadia comenzaron a mirarse, perdió con
esto importancia a los ojos de Pepe: su verdadera preocupación fue la
conducta de Tirso, y llegó a disgustarse tanto, que su amada Paz lo echó
de ver en seguida.
* * * * *
Primero, cierto espíritu novelesco, propio de niña libremente educada,
hizo que Paz se encaprichara con el amor de Pepe: después, cuando llegó
a comprender lo mucho que él valía, aquella inclinación se acentuó
insensiblemente y, lo que al comienzo fue juego de la imaginación, vino
a ser, del modo más natural y sencillo, sincero y bien arraigado amor.
El _empleadillo_, como ella imaginaba que sus amigas le llamarían si
llegaran a conocerle, se le había entrado al alma, persuadiéndose de que
le quería porque empezó a temer la cara que al saberlo pondría su padre,
a pesar de los alardes democráticos que solía hacer en el Parlamento.
Pero no era esto lo que más la desazonaba. Su inquietud nacía de ver
disgustado continuamente a Pepe, y el convencimiento de estar enamorada
brotó de aquella relación que estableció su inteligencia entre la pena
que ella sentía y la inquietud que él mostraba. Cuando Paz se hizo cargo
de que, aun ignorando la causa, el pesar de su novio la entristecía;
cuando, sin poder aquilatarlo, sintió como propio un dolor ajeno,
entonces advirtió que en su corazón comenzaba a reinar una voluntad
distinta de la suya, y que aquel hombre, sólo con lealtad y buena fe,
iba apoderándose de su albedrío lenta, pero seguramente, como río
caudaloso que profundiza el cauce en que se sustenta. Paz, en apariencia
frívola, a semejanza de todo el que no ha sufrido, pero muy lista, se
persuadió pronto de que amaba, porque su pensamiento, lejos de
amedrentarse ante las contrariedades que podía el amor ocasionarla, se
fijó exclusivamente en el dolor del hombre a quien quería. La primer
muestra de pasión verdadera, fue la sinceridad con que le habló.
Una mañana, estando en la biblioteca de su padre, que era donde se veían
en los ratos que aquél faltaba de allí, dijo a Pepe, empleando su
lenguaje ligero y franco, entonces más franco que nunca:
--Tengo que decirte una cosa muy grave.
--¿Qué?
--He hecho un descubrimiento: que tú no me quieres y que yo te quiero
mucho más de lo que me figuraba.
--No te entiendo.
--Clarito, hijo; que tu amor--emplearemos esta palabra, para mayor
solemnidad, aunque ya sabes que a mí me gusta más decir cariño--pues
bien, que tu amor es mucho más tibio que el mío.
--Veamos cómo se demuestra ese grandísimo embuste.
--De un modo muy sencillo. Pase que siempre me estés aburriendo con lo
de ser yo rica y tú pobre, por supuesto, que no me ofendo; pase la manía
de los celitos, que no tienen sentido común; pase el estarte sin venir
tres y cuatro días seguidos, para que te espere con más deseo...
--No: por miedo a que tu padre adivine lo que ocurre.
--Déjame acabar: lo que no pasa, es que tengas disgustos, que estés
apesadumbrado y me lo calles. ¿Tan tonta soy, que no sirvo para decirte
ni una palabra de consuelo?
--¿Y qué tiene que ver esta ternura, alma mía, con el descubrimiento?
--Pues no puede estar más a la vista. Que tú, sufriendo y ocultándomelo,
revelas una falta grande de confianza, que es falta de cariño; y yo,
_aquejerándome_, como dicen en Andalucía, por tu reserva, demuestro
quererte mil veces más.
--Pero, ¿de dónde has sacado tú que tengo disgustos?
--Eso te faltaba, añadir el disimulo a la falta de confianza. ¿No
quieres decirme lo que te pasa?
Pepe, que prefería hablar sólo de su amor, o que se había propuesto
callar interioridades de su casa, contestó negando, y Paz acabó por
decirle:
--Si crees que es mera curiosidad, no despliegues los labios; pero
conste: quedo en libertad para averiguarlo.
--Averigua lo que se te antoje, pero quiéreme mucho.
La entrada de don Luis cortó el diálogo. Paz se había propuesto saber a
qué atenerse respecto al origen de la tristeza de Pepe, y cuando una
mujer enamorada forma resolución semejante, el secreto puede darse por
descubierto. La obstinación de Pepe en callar fue inútil: Paz puso tanto
empeño en saber los disgustos de su amante, como éste en seguir paso a
paso los incomprensibles manejos del cura.