XV

Doña Manuela era incapaz de aquilatar la importancia que tenía aquella

brusca ingerencia de su hijo mayor en la vida de la casa, pero se

acobardó ante la idea de que entre ambos hermanos pudieran surgir

desavenencias graves que desazonaran al padre. En cuanto a poner

remedio, sólo se le ocurrió impedir toda explicación entre Tirso y Pepe.

Para esto era forzoso prestar asentimiento a los deseos de aquél, ir a

misa, someterse a prácticas devotas y ceder a su voluntad, como antes

había cedido y se había plegado a la carencia de espíritu religioso que

siempre demostraron el marido y el hijo menor. Doblegóse, pues, deseosa

de evitar contrariedades, y su primer acto de sumisión fue ir a misa el

domingo siguiente. Al volver de la iglesia, Tirso la recibió con una

cariñosísima sonrisa y ella consideró pagada su molestia; porque tal le

pareció, sobre madrugar más de lo ordinario, vestirse algo mejor que de

costumbre, abandonar los cuidados de la casa y pasar media hora en el

templo rezando _Ave Marías_ y _Padres nuestros_, que tenía casi

olvidados. Algún recelo abrigó de que Pepe la hiciese burla; mas nada

dijo éste que hiciese sospechar desagrado: en cambio Tirso, aunque con

gesto bondadoso, la preguntó:

--¿Por qué no ha llevado Vd. a Leocadia?

--¿Y quién había de hacer las cosas de la casa?

--Todo se debe dejar para después de cumplir con el Señor.

Doña Manuela había pensado en ello; pero tuvo en cuenta que era preciso

levantar del lecho a don José, disponer la comida y arreglar los

cuartos: además consideró que, como Millán trabajaba durante la semana y

aprovechaba los domingos para ver a Leocadia, tal vez ésta perdiese la

visita del novio, si se le ocurría venir temprano. Lo grave era que, el

callar doña Manuela a su hijo el clérigo esta última consideración, era

ya prueba de excesiva docilidad.

Pepe aguardó impaciente hasta el miércoles de aquella semana, que era

día festivo, y mientras se vestía estuvo en su cuarto atento a los

ruidos que escuchaba, deseoso de colegir, por el rumor de los pasos y el

abrir y cerrar de puertas, si iría también a misa su madre. No le duró

mucho la incertidumbre: su hermana le llamó presto para levantar a don

José; y como éste le preguntara por la madre, Leocadia dijo que había

ido a la iglesia.

--Aunque me lo ocultéis--repuso Pepe--veo que aquí anda la mano de

Tirso.

--No sé, pero, hazte cargo; estando él aquí, parece feo que nadie oiga

misa.

--Eres lista y comprenderás mi temor. Sabes que en estas cuestiones hace

entre nosotros cada uno lo que quiere. Papá y yo no creemos en ciertas

cosas, y nunca hemos _practicado_, como dicen los devotos: vosotras no

lo habéis hecho porque no habéis querido, pero nadie os ha obligado a

ser _judías_.

--¡Hombre, judías no somos!

--Bueno; supongamos que ahora os da por ahí, en esto no me meto. Lo

triste sería que las advertencias, los consejos, acaso las amenazas de

Tirso, lograran que cayeseis en exageraciones: en cuanto a papá, y a mí,

no hay quien nos haga, por ejemplo, ayunar, comer de viernes, ni cometer

tonterías por el estilo.

--No creo que se meta en eso.

--Conviene precaverlo todo. Si esto ha sido cosa de Tirso y ha empezado

por hacerla ir a misa, luego querrá que confiese, vele al Santísimo y

vaya a las Cuarenta Horas, con todo lo cual verás cómo anda la casa y

se descuida el atender a papá.

--Ya estás creyendo que se nos ha entrado la Inquisición por la puerta.

--Milagro será que no pretenda hacernos a todos beatos.

En aquel momento sonó la campanilla y Leocadia corrió a abrir. Era doña

Manuela, que al hallarse frente a Pepe se sintió inmutada.

--¿De qué color era la casulla?--le preguntó él bromeando.--¿Y por qué

te quedas así, mamá? ¡Ni que fuera yo un guardia civil!

--¡Como tienes esas ideas!

--No vayas a pensar que me enfado: ni tengo derecho, ni hay por qué.

Pero sentiría, si anda en ello la mano de Tirso, que acabe por sorberte

el seso y te convierta en una de esas devotas que se comen los santos.

--Tanto, no; pero un poco de religión, no viene mal.

--¿Como de cuando en cuando una purga?

--Que te oiga tu hermano, y disputa al canto.

--Tienes razón: más vale que no me oiga, porque acabaríamos riñendo.

--Mira, hijo, no tengamos algún disgusto por vosotros.

--Por mí, no, mamá; puedes estar segura. Con tal que él no extreme las

cosas y pretenda que nos demos duchas de agua de Lourdes.

--¡Te advierto que a mí no me ha dicho nada! He ido a misa porque,

estando aquí él, me parecía feo...

Esta disculpa no exigida, ni siquiera rogada, fue para Pepe un rayo de

luz: ya no le cupo duda de que las idas a la iglesia eran obra del otro.

Propúsose desde entonces tener mucha paciencia, observar, exagerando la

prudencia, y prepararse a contrarrestar enérgicamente el influjo de su

hermano cuando fuese necesario. ¿Qué determinaría esta necesidad? No era

fácil adivinarlo. Si los manejos de Tirso quedaban reducidos a

imposición de misas y rosarios, el caso no valdría la pena de intervenir

en ello: lo malo sería que lentamente, sorbida la madre por la devoción,

pretendiera luego variar la vida de la casa, que llevase a mal las ideas

de su marido, que surgieran las exigencias, la intolerancia, el enojo

por la falta de piedad y cuanto el fanatismo religioso trae consigo.

Pepe sabía que la religión es, con respecto del incrédulo, lo que la

seducción respecto a la mujer: el primer favor, la primera

condescendencia, es prenda de vencimiento inevitable. Hasta dónde puede

llegar el triunfo, nadie lo sabe; que así como la virtud, rendida por la

pasión, pierde su albedrío, así el alma, avasallada por la fe, reniega

de su propio criterio. Y como el de doña Manuela era escaso, y Pepe, a

pesar del cariño que la profesaba, no lo desconocía, si el fanatismo se

enseñoreaba de su espíritu, aquel hogar, siempre tranquilo, se trocaría

de pronto en una sucursal del infierno. «Es natural--pensó tratando de

bucear en la intención de su hermano--con papá y conmigo no se atreve:

si emprende campaña para _moralizarnos_, procurará primero conquistarlas

a ellas. Que las haga rezar cuanto quiera; por mí, hasta que chupen las

cuentas del rosario, pero armar aquí peleas por defender a los curas

trabucaires, malgastar dinero en novenas y desatender a papá por vestir

al niño Jesús, lo que es eso... ¡de ningún modo!»

Trascurrieron unas cuantas semanas sin que la situación variase

notablemente, pero sin que a Pepe le pasara inadvertido el menor detalle

de lo que ocurría. Las novedades más salientes fueron poner la madre los

viernes un pucherito aparte para Tirso, que no quería comer _de carne_;

colocar a la cabecera de la cama de matrimonio una cruz de madera;

detenerse los domingos en misa un ratito más que los primeros días, y

comprar un devocionario impreso en caracteres gruesos, propios para

persona a quien los años han fatigado la vista. Además, Leocadia comenzó

también a ir a la iglesia y ambas dieron en repetir la oración que decía

Tirso antes de las comidas.--«¿Dónde diablos habrán aprendido este

rezo?»--se preguntaba Pepe.

Poco le duró la duda. Una mañana, buscando unas tijeras en el costurero

de su hermana, halló en él, entre los hilos y cintas, un librito, en

cuya portada se leía este título: _Oraciones nuevas para todos los actos

de la vida, que son otros tantos escudos contra las malas tentaciones_.

Lo abrió sonriendo, y vio era el más completo repertorio de peticiones y

acciones de gracias que imaginarse puede. Habíalas, hechas como de

encargo, para antes y después de comer, para las horas del sueño y el

trabajo, y hasta para torpes casos a que no sospechó Pepe pudieran estar

sujetas su madre y hermana, como uno que llevaba este epígrafe: _Para

cuando sintamos deseos lascivos_.

Después, en unas páginas a manera de prólogo, leyó entre otros párrafos,

el siguiente:

«Los esfuerzos que hagan los padres por convertir a sus hijos, las

tentativas de éstos para inculcar la piedad en el corazón de sus

mayores, las instigaciones de los amos para despertar la devoción en el

inculto natural de sus criados y las piadosas mañas de los sirvientes

para someter la mente de los señores al temor de Dios, serán por Él

premiadas y bendecidas. No hay paz en la casa del impío, ni es justo el

que tolera impíos a su lado. Cuanto con mayor vínculo estemos unidos al

impío, más imperioso es el deber de convertirle, hasta humillándole, si

es preciso. Mejor es quedar mal con nuestros padres de la tierra, que

perder el amor del Padre que está en los cielos. Acordémonos, hermanos

míos, del glorioso San Agustín, que decía: _Ni mi madre ni las amas que

me criaron se llenaban a sí mismas los pechos de leche, sino que vos,

Dios mío, erais quien se los llenaba_. Bueno es el amor a los padres,

pero mejor es el temor de Dios, y no le teme quien soporta a su lado

padres ateos, hijos herejes, criados blasfemos o amigos descreídos. Con

hierro ardiendo se cauteriza la mordedura del perro hidrófobo: con el

divino fuego de la fe debe quemarse el miembro podrido en la familia

donde lo hubiere.»

--¡Qué brutos!--exclamó Pepe sin leer más, y dejando el librito donde

estaba.

Aquella noche Pepe y Millán, terminado su trabajo, salieron juntos de la

imprenta.

Las calles de los barrios bajos estaban solitarias y sombrías: apenas de

cuando en cuando encontraban los dos amigos una pareja enamorada, que

iba acortando el paso por prolongar el diálogo, algún sereno sentado en

el escalón de un portal, o un mancebo de tienda de comestibles con la

puerta entreabierta en espera del matute. El aire, gratamente fresco,

parecía limpiar de impurezas el ambiente; y, a ratos, el rodar de un

coche interrumpía el silencio, perdiéndose luego rápidamente el ruido en

la distancia. Millán iba callado: Pepe, a más de silencioso, triste y

pensativo, como ensimismado.

--¿Te pasa algo? Parece que te han dado cañazo--le dijo Millán.

--Estoy de muy mal humor.

--¿Por qué?

--A tí te lo puedo decir.

--¿Necesitas dinero? ¿Quieres la semana o el mes adelantado?

--No; muchas gracias, chico. En esto el dinero no puede nada.

--¿Estás de monos con la _señorita_? Temo que el noviazgo ese te va a

dar mucho que sentir.

--Te equivocas: Paz está conmigo más cariñosa que nunca; parece que hay

así como un recrudecimiento en su cariño, y por cierto no sé a qué

atribuirlo... no me lo puedo explicar.

--Entonces, ¿qué tienes?

--Lo de mi casa.

--Tu hermano...

--Sí: aquello va tomando mal aspecto.

Pepe puso a su amigo al corriente de todo, explicándole cómo Tirso había

logrado que doña Manuela y Leocadia fueran a misa, que recitaran con él

las oraciones a la hora de comer, la compra del devocionario y el

hallazgo del librito, sin omitir el piadoso espíritu que avaloraba sus

páginas, y terminó preguntando con acento irritado:

--¿Qué te parece?

--Lo primero, debes tener mucha cachaza y muy mala intención. Esos no

son más que síntomas; pero tienes que andarte con cuidado.

--Tirso me dirige la palabra lo menos que puede: no sé de qué modo se

las compone; pero lo arregla de suerte que, cuando yo entro, él sale, y

viceversa; me habla poco, con cortesía, y sin entrar nunca en

conversación larga. Con papá hace casi lo mismo: a mamá y a Leo es a

quienes él quiere ser simpático.

--Lo de siempre: apoderarse de las mujeres para hacer guerra a los

hombres.

--Temo que no te falte razón.

--Pues chico, mucho ánimo, y a evitar lo que pueda sobrevenir. Estás

expuesto a que se convierta la casa en un reñidero de gallos.

--¡Primero le tiro por la ventana!

--Créeme; nada de violencia. Lo que debes evitar, ante todo, es que tu

padre sufra las consecuencias; y figúrate la pena que le ocasionarías

disputando con Tirso.

--Entonces, ¿voy a cruzarme de brazos?

--No: debes reflexionar mucho lo que hagas; y... vaya, chico, no pensaba

contarte nada; pero ya que hablamos de esto, allá va: estoy seguro de

que te harás cargo de mi situación.

Calló Millán un instante, como dudando si decidirse a hablar, y viendo

reflejada la impaciencia en el rostro de Pepe, continuó de este modo:

--Me parece que no vuelvo a poner los pies en tu casa, al menos por

ahora.

--¿Por qué, si allí nadie te ha ofendido?

--Vamos por partes. No es nueva para tí la noticia de que yo quiero a tu

hermana.

--Y que mis padres y yo nunca lo hemos llevado a mal. Nuestra

situación...

--No se trata ahora de eso: sé como vivís, y no me ofenderás suponiendo

que yo me haya podido fijar en si tenéis o no tenéis. Leocadia, puedo

decirlo sin vanagloriarme... yo la quiero, ¿eh? pero ella, vamos, me

parece a mí que también daba señales de quererme; y digo _daba_...

--Tú me decías que si estaba yo de monos con la otra, y ahora resulta...

Esas son cosas vuestras. A tí y a ella os sé de memoria: total, cuatro

días de enfado. Ninguno de vosotros es capaz de portarse mal... y si

reñís... ¿yo qué le voy a hacer?

--Escucha y ten calma. Mucho me equivoco, o lo que me sucede está

relacionado con tu hermano.

Pepe, al oír esto, se paró en medio de la acera, mirando a su amigo con

la mayor curiosidad.

--Sí, con tu señor hermano. Leocadia no se muestra conmigo igual que

antes, ni tan expresiva, ni tan cariñosa... ha variado mucho, y la

mudanza coincide con la llegada de Tirso, mejor dicho, con las idas de

tu madre a misa. En una palabra, temo que, así como ha influido en doña

Manuela para que rece, trata de conseguir que tu hermana no me quiera...

Le seré antipático... ¡qué sé yo por qué!

--Eso a él ¿qué le importa? ¿Y por qué has de serle antipático?

--¡Pareces bobo! ¿No me ha oído hablar? ¿No sabe que pienso como tú y tu

padre? ¿No viste la cara que puso el día de la discusión sobre las

iluminaciones origen de las pedreas a los retratos del Papa? Me parece

que siendo cura, y con su vehemencia, tiene bastante. Lo menos creerá

que la chica está en amores con Pedro Botero el de las calderas.

--¿Supones que ha hablado a Leo en contra tuya?

--No lo sospecho: estoy seguro, como si lo hubiese oído.

--¿Y te fundas?...

--Un libro te ha puesto de mal humor: otro me ha hecho a mí comprender

lo que sucede. Ya sabes que tu hermana siempre me está pidiendo libros

que leer; y que yo la llevo novelas; a una mujer no le vamos a dar la

colección legislativa. Pues bien; el domingo pasado, al devolverme el

penúltimo tomo de _Nuestra Señora de París_ y otro de _Ivanhoe_, me

dijo:--«No me traigas más, Millán; ahora no puedo distraerme, tengo

mucho que trabajar.»

--No es verdad: hace dos semanas que no le dan labor.

--Por eso advertí lo que ocurría. Al poco rato, tu padre, sin saber que

Leocadia se resistía a que yo la llevara lo que faltaba de _Nuestra

Señora_, me dijo delante de tu hermana que no tenía trabajo, y ella se

marchó del comedor en seguida. Cuando nos despedimos en el pasillo la

pregunté a qué obedecía aquello y respondió con evasivas. En esto salió

Tirso de su cuarto y, como quien está enterado de lo que oye tratar, me

dijo:--«¿A qué insistir? ¿No ve Vd. que no quiere leer indecencias?»

--¿Y qué le contestaste?

--¡A tu hermano y en tu casa! Callar y marcharme; pero, lo confieso, me

dieron ganas de meterle un tomo por los hocicos. ¡Lo menos se ha

figurado el hombre que llevo a la chica libros de mal género!

--¡Qué burro!

--Falta lo mejor. Era la primera vez que Leo y yo nos separábamos así,

poco menos que incomodados, y me faltó tiempo para volver el lunes. ¿Te

acuerdas de que fui por la tarde con el pretexto de las pruebas y estuve

hablando con ella?

--Sigue, sigue: ¿y qué te dijo?

--Hombre, hay cosas que no se pueden explicar punto por punto. Ya

comprendes tú la diferencia que hay de estar una mujer cariñosa, que le

rebose la satisfacción de verse querida, a estar fría, esquiva, como a

quien no se le importa nada del hombre que tiene al lado.

--Pues una de dos: o estás equivocado, y no hay nada de lo que

sospechas, o Tirso tiene la culpa; y en este caso, no cabe duda, en mi

casa va a haber más guerra civil que en el Norte.

--Mucho lo temo; y respecto a lo que veníamos hablando, creo que Leo no

está ya por mí.

--Vamos con tiento. ¿Tienes algún lío, algún trapicheo que sabido por

ella la haya enojado?

--No: palabra de honor.

--Bueno; pues yo pondré las cosas en claro.

--Te advierto una cosa. No pensaba formalizar aún la cuestión por... por

falta de cuartos; pero puesto que han venido rodadas las cosas, conste

que tu padre y tú podéis considerarme, si queréis, como de la casa;

¿entiendes?--Y tendió a Pepe la mano, que él estrechó cariñosamente.--Ya

lo sabéis, como acostumbran los títulos: os pido la mano...

--Yo te prometo que saldremos de dudas.

--¿Qué vas a hacer?

--Poco he de poder, o despejo la situación. En la primer conversación

que tenga con Tirso, le quito la careta. ¡Veremos quién lleva el gato al

agua!

En seguida avivaron el paso, separándose al llegar cerca de la calle de

Botoneras, donde se despidieron, quedando Millán algo esperanzado con la

intervención ofrecida. Pepe entró en su casa de puntillas, abrió

despacito, por no despertar a los que dormían, encendió la vela que a

prevención dejaba Leocadia en una palomilla del pasillo, se entró a su

cuarto y se acostó, pensando en los sucesos e ideas que le interesaban,

en aquel recelo que le inspiraba su hermano, en el cariño que tenía a

sus padres y en las complicaciones que temía. Luego, serenándose su

ánimo, se acordó de Paz y del recrudecimiento que imaginó notar en su

amor. ¿Cuál sería la causa? ¿Por qué la niña criada en el regalo, lejos

de convencerse de que _aquello_ era una locura, daba a sus promesas más

firmeza y mayor expresión de simpatía a sus miradas?

El enemigo · 第 19 / 47 题