XIV

Menudeaban tanto por aquel tiempo los presbíteros que, fugados de sus

curatos, aparecían luego como cabecillas en el campo o eran sorprendidos

en las ciudades sirviendo de auxiliares y emisarios cerca de las juntas

del partido faccioso, que nada tenía de absurdo la sospecha de Millán:

justificábala, además, el empeño de Tirso en callar el objeto de su

viaje. ¿No podían haber convertido el fanatismo de aquel hombre en

instrumento suyo las mismas gentes que le hicieron clérigo a espaldas de

sus padres? La probabilidad de que en el momento menos pensado se

presentara la policía en la casa buscando a su hermano, asustó a Pepe,

temeroso de la impresión que tal lance pudiera causar en el ánimo del

pobre viejo. Respecto a que Tirso diese margen a disgustos de otra

índole, por proponerse la _conversión_ de la familia o emprender campaña

para despertar su fervor religioso, nada receló: antes era de temer,

según el carácter que el cura demostraba, algún rasgo de intolerancia,

exceso de celo o frase áspera que turbara la tranquilidad del hogar,

porque la falsa circunspección que Tirso observaba oyendo comentar

noticias de la guerra se parecía mucho al disimulo.

Desde el día de la disputa en que llamó ladrón a Mendizábal, hacía la

vista gorda tocante al indiferentismo religioso que le rodeaba; pero

claramente se notaba que en él no era todo prudencia, sino falta de

arrojo. Pepe, deseoso de no dar pábulo a la irritabilidad de su hermano,

se abstenía de chistes impíos y frases burlescas, aunque a veces se le

venían a los labios, oyéndole desplegar ingenuamente la más arraigada

superstición; de suerte que ambos comenzaron a fingir cierto

comedimiento, a pesar del cual Pepe comprendía que la situación no era

para prolongada y que la menor cosa que proporcionase a Tirso ocasión de

mostrar su enojo bastaría a desencadenar una tormenta. Por su parte, el

cura iba convenciéndose de que había venido a ser entre sus padres y

hermanos como árbol trasplantado de pronto a distinta tierra de la en

que nació. Difícil era que él arraigase allí ni pudiera vivir en paz con

los suyos. Si fueran tibios en la devoción o sólo tardos en cumplir las

prácticas religiosas, aún habría remedio; pero no se trataba de gente en

cuyo pecho se hubiera amortiguado la fe, sino de individuos que, a

juzgar por lo que Tirso veía, no la sintieron nunca. El padre carecía de

creencias, tal vez a consecuencia de su simpatía hacia aquel partido

progresista que siempre mintió respeto a la religión, sin ocultar mala

voluntad al clero; Leocadia y doña Manuela eran mujeres mal dirigidas, o

mejor dicho, descuidadas. En cuanto a Pepe, su incredulidad, su

alejamiento de todo lo divino y sagrado resultaban más graves, por ser

fruto, no del olvido de las santas verdades, sino de un profundo

desprecio de ellas: le empujaban al descreimiento las corrientes de la

época, los estudios modernos, la atmósfera cortesana y una indudable

predisposición personal. En esto no se equivocó Tirso: los padres y la

hermana se ofrecieron a su observación como realmente eran:

indiferentes; Pepe, como un impenitente convencido con quien la lucha

había de ser más trabajosa, porque la lucha era inevitable. No vino él

al hogar con ánimo de provocarla, mas tampoco le parecía razonable ni

conforme a su ministerio mirar en calma aquel estado de honda

perturbación que le hizo prorrumpir en un momento de ira: «parecéis

judíos.» Su entusiasmo religioso era sincero: la conciencia le dijo que,

si los azares de la vida le hubiesen colocado junto a gentes extrañas,

empecatadas como sus padres y hermanos, habría puesto tenaz empeño en

convertirlas, y que mal podía contemplar fríamente la perdición de su

propia viña. Cuando resolvió su viaje a la corte, no imaginó tener que

consagrarse a esta obra: otros eran sus propósitos y él solo los sabía;

mas ya que la Providencia le mostraba la mala yerba en su camino, debía

arrancarla, aunque fuera al paso y sin distraerse de su objeto

principal. ¡Deber juntamente grato y penoso el salvar a sus padres y

hermanos de la condenación eterna! Algo análogo leyó en sus libros

devotos, pero no tan en grande. Tal santo convirtió a su cónyuge, otro a

su padre, alguno a su hermano: él tenía que habérselas con toda su

familia, en la cual antes jamás pensó, de la que vivió apartado

voluntariamente, pero que de pronto se le antojaba rebaño disperso al

borde de un abismo, y al cual había de guiar hasta recogerlo en el

redil bendito de la Iglesia. Trájole a la corte el servir a empresa más

alta, por tratarse de la patria entera y no de unos cuantos individuos;

mas ya que Dios ponía la llaga al alcance de sus manos y la herida

estaba como en su mismo cuerpo, justo era que la sanara.

Comenzó en esto a agravarse la enfermedad del padre, fueron precisos

mayores gastos, vinieron para la familia días tristes y afligiose

sobremanera doña Manuela; por todo lo cual determinó Tirso empezar a

cumplir su propósito, imaginando que en medio de la tribulación es

cuando más fácilmente se avasallan los corazones. Su madre y su hermana

fueron las primeras a quienes pensó atraerse. No alcanzó a más su

sagacidad, y aun esto le repugnó sobremanera, pues toda tardanza se le

antojaba complicidad en el mal y todo fingimiento le parecía indigno del

noble fin a que enderezó la voluntad. Era fogoso, arriscado; mas

adivinando en su hermano un terrible adversario, comprendió que las

circunstancias ponían trabas a su celo. Hubiera preferido combatir cara

a cara los obstáculos, congregar repentinamente la familia y convencerla

de su error; pero no se aventuró a tanto y, mal de su grado, como no

pudo ser violento, se hizo astuto: soñó con desempeñar papel de apóstol

batallador, y hubo de limitarse a obrar como jesuita de novela, pero de

buena fe, con limpia intención, seguro de poner el ánimo en una empresa

honrada.

Resuelto a extirpar la impiedad que se había enseñoreado de su casa, no

quiso demorarlo, y una mañana, como observase que doña Manuela estaba

desdoblando el mantón para ir a comprar unos medicamentos, se anticipó a

ella y la esperó en una esquina próxima: luego la fue siguiendo por la

calle Imperial abajo, y cuando iba a entrar en una botica de la de

Toledo, la llamó de cerca:

--¡Madre, madre!

--Hijo, ¿cómo tú por aquí?

--Quiero hablar con Vd. ¿Tiene Vd. que esperar en la botica?

--Un ratito.

--Pues vamos primero por las drogas; luego aguardaremos juntos, y le

diré a usted lo que deseo.

Tirso hablaba con acento severo: su madre le oía con una curiosidad

mezclada de temor.

--Pero hombre, ¿qué es ello? ¿Pasa algo malo en casa?

--No: ¡si he salido yo casi al mismo tiempo que Vd.! Nada ocurre; pero

quiero que hablemos.

Entró doña Manuela en la botica, esperola él a la puerta, y apenas la

vio salir, continuó de este modo, mientras ella le seguía dócilmente:

--Vámonos ahí al lado, al pórtico de San Isidro.--Y subieron las

escaleras de la iglesia.

--Mire Vd., madre, yo no quiero callarme: estoy disgustadísimo. Desde

que llegué a Madrid tengo el alma llena de tristeza...

--Lo comprendo, hijo: nuestra situación no es para menos. ¡Si vieras la

crujía que hemos pasado!... ¡Y lo que queda!...

--No es nada de eso.

--Pues no te entiendo.

--Ahora me comprenderá Vd. Mi obligación era decir a mi padre lo que voy

a decirle a Vd., pero creo que con Vd. me entenderé mejor: además, su

carácter y su estado... Más adelante veré lo que he de hacer.

--¿Carácter, dices? ¡Si el pobre no molesta a nadie ni se enfada

nunca!...

--Quizá por esa bondad tengamos mucho que llorar.

--¡Explícate, por Dios, hijo mío!

--Sí, madre; mucho que llorar y que sentir. Vaya, clarito; en casa no

hay religión, y donde falta la religión todo está perdido. Así les

castiga a ustedes Dios.

--¡Castigarnos Dios!

--¡Le parecen a Vd. pocas penas esa enfermedad, esa escasez, esos

sufrimientos!...

--¿Y qué le hemos de hacer? Todos trabajamos. ¿No has visto la vida que

llevan tus hermanos y lo que yo me afano?

--¡Pregunta Vd. lo que pueden hacer! ¡Parece mentira! Es imposible que

Dios ayude a ustedes.

En vano pretendía dar dulzura a sus frases: la extraordinaria viveza de

los ojos acusaba una resolución enérgica.

--No, madre; no esperen ustedes alivio ni amparo. En casa no hay

religión, no se reza, no se practica una sola devoción... Da grima

pensarlo. Desde hace cerca de un mes que estoy en Madrid, ¡cuántas cosas

tristes he visto! ¡Ni una oración, ni un acto de piedad! Comprendo que

padre no vaya a misa, aunque bien pudiera sustituirla con algunos actos

de recogimiento y penitencia; pero, ¿y Vd.? ¿y Leocadia? ¿y Pepe? ¡Vivís

como herejes! Lo confieso, madre; he dudado mucho antes de dar este

paso, pero mi deber es antes que todo. ¿No siente usted miedo...

vergüenza por vivir así?

--Y ¿qué quieres que haga? Yo no mando... yo cuido de la casa... y nada

más: la limpieza... trabajar y más trabajar... ¡qué sé yo!

--¡Limpieza y trabajo! ¡Con eso piensa usted que ha cumplido! Cuando el

Señor la lleve de este mundo, que la llevará... desgraciadamente, ¿se

salvará Vd. con haber tenido aseada la casa? ¡La casa limpia y el alma

negra por el pecado! ¡Toda la pulcritud para uno mismo, todo el trabajo

para lo propio, y ni una visita a la casa de Dios, ni un pensamiento

para su divina Madre! ¡Da ira el verlo!

Doña Manuela oía en silencio, sobrecogida con aquel inesperado disgusto,

que aun para su escasa inteligencia era señal de otros mayores. La

vehemencia de Tirso llegó a exacerbarse tanto, que la pobre vieja no

pudo menos de decirle, casi con enojo:

--¡Hijo, no manotees, que nos ve la gente!

Él estaba ya poseído de su papel, y no hacía caso.

--¡Aquí no hay hijo! No hay sino un sacerdote que ha visto esa lepra

asquerosa del ateismo y quiere curarla. ¿Lo oye Vd., madre? Si Vd. no me

ayuda, lo haré yo solo... lo intentaré yo solo; y si no puedo lograrlo,

se lo diré a todos ustedes, cara a cara, sacudiré en la puerta el polvo

de mis zapatos, como los patriarcas de Israel cuando salían de la casa

de los impíos, y no volverán ustedes a verme nunca.

--Y del escándalo y del disgusto se morirá tu padre.

--¿Qué más muerte que la que tenemos encima? El corazón cerrado a la

piedad... ¡Si basta entrar allí para convencerse!... Estampas de reos

liberales en las paredes, periódicos perversos de los que venden por las

calles, comedias o noveluchas que lleva ese Millán de la imprenta y que

permitís leer a Leocadia, libros malos... y en toda la casa no hay una

imagen de la Virgen ni una cruz de palo...

--Yo no mando...

--Pues es necesario que mande Vd. A falta de padre, y estamos como si

faltara, usted es quien debe gobernar: yo la ayudaré... y elija Vd.,

madre: poner remedio al mal, o dejar que lo remedie yo solo, contra mi

padre, contra Pepe, contra todos.

--¡No, hijo de mi alma, por Dios, eso no, a Pepe no le hables de estas

cosas!

--¡Ah! ¿Tiene Vd. miedo? Pues yo no.

Hablaban en voz baja, solos en un rincón del atrio de la iglesia,

mientras les miraba curiosamente una mujer que en la escalinata vendía

estampas, caras de Dios con marco de estaño, chufas, majuelas y

_torraos_. Tirso intimidaba a su madre accionando con ademanes

descompuestos: ella, ya ansiosa de cortar el diálogo, miraba

alternativamente hacia el suelo y hacia la acera opuesta, donde estaba

la botica. Las acusaciones de impiedad no la hicieron en un principio

gran efecto; pero cuando Tirso las presentó como causa de los males

sufridos y promesa de castigos eternos, su debilidad mujeril cedió al

empuje del creyente. Lo que peor la sentó, fue la amenaza de que

hablaría con Pepe.

Guardaron silencio unos instantes: él, dudoso del éxito de su empresa;

ella, turbada, deseosa de sustraerse al influjo violento de aquel hijo

que, para sojuzgarla mejor, acababa de decirla: «no soy sino sacerdote.»

--¿Vamos a la botica?--se atrevió por fin a preguntar la madre.

--Espere Vd.; no quiero que nos separemos así. Tiene Vd. que prometerme

antes su auxilio. ¿Trabajará Vd. conmigo para que seamos todos

cristianos, o me entiendo yo con Pepe y con mi padre? ¿Imagina usted

vivir santamente no haciendo daño al prójimo? ¡Qué ceguedad! ¿Y Vd.

misma? ¿Y su salvación? Rece Vd., madre, esto es lo primero, y Dios la

iluminará y borrará de su alma esa apatía; venga Vd. a misa, y a poco

que despierten los buenos sentimientos, cesará Vd. de reír las bufonadas

sacrílegas de mi hermano, y arderá Vd. en deseo de auxiliarme. ¿Lo

promete Vd.?

--Sí, hijo--contestó azorada--pero a Pepe no le cuentes nada de esto.

--¡Ya comprendía yo que él es quien tiene la culpa de lo que ocurre!

Quedamos en que Vd. es mía, es decir, de Dios; si no, me marcharé para

siempre, después de declarar francamente ante todos que no quiero vivir

entre judíos.

Bajaron lentamente las escaleras del atrio, esperó Tirso a la puerta de

la botica y, al ver salir a su madre con un frasquito en la mano, dijo:

--¡Tanto esmero, tanta solicitud para buscar remedio a los males del

cuerpo, que no importan nada, y ni un pensamiento para la salud del

alma! Acuérdese Vd. de lo que acabamos de hablar.

En seguida se separó de ella, dejándola confusa y asustada, como mujer a

quien acaban de sorprender cometiendo un delito. El pecado, la

condenación, la impiedad, habían sonado en sus oídos a modo de palabras

vacías de sentido; las amonestaciones de un Bossuet no hubiesen

ejercido en ella más imperio. Lo que la dejó amilanada fue la amenaza de

hablar a su marido y a Pepe, segura de que la menor reconvención de

Tirso provocaría una escena agria, quizá un rompimiento y un disgusto

gravísimo. ¿Qué podía hacer ella para evitarlo? Nada. Sentía impulsos de

contarlo todo al llegar a casa; pero, ¿y luego? Don José tal vez cediese

en algo, por agradar al hijo de cuya presencia vivió privado tantos

años; más, ¿qué haría Pepe viendo que sus mimos, sus cuidados, sus

trabajos por evitar toda desazón a su padre quedaban esterilizados con

la ingerencia de Tirso en la vida de la casa? No era doña Manuela capaz

de analizar el conflicto, ni su voluntad fuerte para arrostrarlo. La

poca energía de su alma la aplicó toda a entrar en casa con los ojos

secos.

* * * * *

Llegado el domingo, Tirso salió muy de mañana; Leocadia, después de

disponer los desayunos, ayudó a levantar a su padre y, cuando tuvo que

sentarle en la butaca, llamó a Pepe, que se estaba vistiendo para ir a

ver a Paz.

--¡Pepe, Pepe!--gritaba desde la alcoba de don José--ven, que sola no

puedo poner a papá en el sillón.

Acudió él en mangas de camisa, besó a su padre, que esperaba apoyado en

el borde de la cama y, levantándole vigorosamente, le acomodó en la

butaca: entre él y Leocadia le empujaron luego hasta el comedor, y le

sirvieron el chocolate con buñuelos, que todos los domingos tempranito

llevaba Pateta de casa de su protector.

Cuando Pepe fue a concluir de vestirse, preguntó a su hermana:

--¿Y mamá?

--En misa.

--¿En misa?--repitió Pepe, sorprendido, pero sin mostrar enfado.

--Sí, como está aquí Tirso, ¿comprendes? será por no disgustarle.

--Eso debe de ser.

No añadió una palabra, mas no le pasó inadvertida la novedad. La madre

había ido a misa. ¿Sería realmente sólo por deferencia a su hijo, o

habría habido por parte de éste alguna instigación? Ambas cosas eran

creíbles. «Si lo primero--pensaba Pepe--nada hay en ello de particular:

si lo segundo, malo será que mi hermano empiece así, poquito a poco, y

acabe pretendiendo que nos hundamos la tabla del pecho a puñetazos. Sea

lo que fuere, no estoy desprevenido: ello dirá.»

El enemigo · 第 18 / 47 题