XIII

Aunque el sueño y la fatiga del viaje le rendían, no se recogió Tirso

aquella noche sin escribir una larga carta, que acaso tuviera relación

con la salida que hizo por la tarde. Mientras doña Manuela y Leocadia

acostaban al padre, él se puso a escribir.

La luz de la lámpara iluminaba de lleno su rostro cetrino y anguloso:

tenía los ojos grandes, pardos y tercos al mirar; la frente alta, afeada

por cierta depresión hacia las sienes; los labios recios y las facciones

salientes y toscas, como de talla mal labrada. Dábanle aspecto de dureza

el pronunciado ceño, que fruncía involuntariamente, y un viso oscuro que

le quedaba por lo fuerte de la barba, aún recién afeitada. Parecía

hombre sujeto a sensaciones tardías, pero intensas y durables, pronto a

convertir la firmeza en obstinación y la frialdad en violencia. Su

dulzura, cuando la mostrara, debía ser forzada; su ira, sincera: todo

acusaba en él un carácter antes propio de la energía del luchar que para

la complacencia del querer. Su alma, poseída de devoción sombría, debía

sentir mejor el vehemente proselitismo de Pedro Arbúes que el dulce amor

a Dios de Santa Teresa. Su progenie sacerdotal no estaba entre los

mansos de corazón, sino entre aquellos clérigos que imaginaron abrirse

las puertas del cielo con el hacha de combatir moros. Su fervor

religioso tenía asomos de entusiasmo bélico. San Pablo cortando la oreja

al soldado romano por defender a Cristo, o Santiago batallando en

Clavijo, eran a sus ojos mil veces más gloriosos que San Hilario

proscribiendo la fuerza. Unos adoran al Señor, otros pelean por dilatar

su reino en la tierra: Tirso era de éstos. Mientras tuviese la Iglesia

incrédulos que amordazar, fueros que defender o privilegios que exigir,

la vida contemplativa se le antojaba propia de espíritus mezquinos. A

las lecturas místicas, que arroban la imaginación, prefería esas

leyendas de audaces misioneros que son los caballeros andantes de la fe.

Un versículo del Evangelio le agradaba sobre todos; aquél que dice: «_No

he venido a traer al mundo la paz, sino la espada_.»

* * * * *

A la mañana siguiente se levantó temprano y no salió. Estuvo oyendo a

Leocadia leer periódicos a su padre, y aunque permaneció largo rato con

ellos, no pronunció palabra alguna acerca del objeto de su viaje. Cuando

por la noche estaban doña Manuela y Leocadia acostando a don José, éste

dijo a su hija:

--¿Suele venir Pepe muy tarde?

--No: casi siempre antes de las doce.

--Pues espérale hoy y dile que entre a la alcoba: tengo que hablar con

él.

Madre e hija adivinaron de lo que se trataba, mas ninguna dio a entender

la sospecha. A todos sorprendía por igual el prolongado silencio de

Tirso. Era realmente extraño que no diese la menor explicación acerca

del viaje. Acaso vino sólo por ver a sus padres, pero no era esto

creíble en quien dejó pasar tantos años sin hacerlo. Una sola conjetura

había que fuese lógica: ¿habría venido a pretender? ¿querría ser

canónigo? ¿tendría quien le apoyara?

Antes de media noche llegó Pepe, y Leocadia, que le estaba esperando,

entró con él a la alcoba de sus padres, donde doña Manuela dormía

profundamente y don José aguardaba desvelado. Leocadia oyó sin chistar

el corto diálogo que sostuvieron padre e hijo.

--Pepito, ¿no te choca esto?

--Mucho, pero no atino con la causa.

--Es que ni una palabra... ¿a tí tampoco te ha dicho nada?

--Tampoco.

--Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda ser. ¿Qué te parece

que hagamos?

--Nada, papá. Si habla, oírle; si no, dejar que pase el tiempo. Ya lo

sabremos. ¿Ha venido a casa de sus padres? Bien venido sea. ¿No tiene

confianza con nosotros? Pues no se la arranquemos por fuerza.

--Está frío, indiferente...

--No: él debe ser así. No es momento de charlar ni quiero molestarte

ahora. Además, ya sabes lo que pienso: no nos hemos tratado, no nos

conocemos; ¿cómo diablos hemos de querernos como nos queremos ésta y

yo?--Y Leocadia hizo un signo afirmativo con la cabeza.

--Tienes razón, hijo, pero me repugna que la tengas.

La luz de una vela que Pepe había dejado en la habitación contigua

iluminaba temblorosamente el cuadro, y en el rostro del viejo aparecía

impresa la curiosa intranquilidad que le preocupaba. Tenía la cama medio

deshecha, porque estuvo moviéndose nerviosamente en ella hasta que vio

entrar a su hijo, y de cuando en cuando dirigía los ojos a su mujer,

como asombrado de que pudiera dormir libre de las mismas dudas y recelos

que él experimentaba.

--Vaya, a descansar, papá.

Pepe y Leocadia besaron a su padre como dos niños, y salieron. Al pasar

por delante de la alcoba de Tirso, notaron que roncaba.

--¿Oyes?--preguntó ella.

--Sí; escucha, escucha cómo le quita el sueño la emoción de estar en su

casa.

--Adiós, Pepito, hasta mañana.

--Abur, monigota, fea.

--Tonto, pareces un chiquillo.

--A los pies de Vd., señora; fea, espantosa.

Durante los días siguientes, Tirso guardó idéntica reserva: no salía,

hablaba de cosas indiferentes, rehuyendo toda conversación sobre su

pasado, esquivando rasgos de intimidad y haciendo como que no oía lo que

le disgustaba. Al comer, se sentaba el último en la mesa, murmurando el

_benedicite_ entre dientes, porque sabía que no habían de rezarlo los

demás, y al ir por la noche a recogerse sacaba del bolsillo el rosario,

yéndose con él en la mano hacia su cuarto.

El primer domingo que pasó en la casa, madrugó más de lo ordinario y

estuvo en oración largo rato, pero no salió ni a misa. Leocadia,

aprovechando unos instantes en que le vio ir al comedor en busca de un

breviario, llamó a Pepe:

--Ven, ven y verás lo que ha puesto ese en la alcoba. He entrado a

hacerle la cama, y mira cómo me encuentro esto. Está bonito, ¿verdad?

Tirso había cubierto los cristales de la ventana que daba al patio con

pedacitos de papeles de colores chillones, casados con muy mal gusto y

formando caprichosas figuras geométricas. La luz del sol, teñida y

desvirtuada por el improvisado trasparente, daba al cuarto una

entonación abigarrada. Aquello parecía la caricatura de una vidriera

gótica. Además, sobre la cabecera del lecho había pegado a la pared con

pan mascado una estampa de un San José muy bonito, con el pelo rizado a

fuego lento, las mejillas sonrosadas y sosteniendo sobre la palma de una

mano un niño en pie, como si le enseñase a hacer títeres, mientras

enarbolaba en la otra un palo con más flores que moño de sevillana. En

la pared de enfrente había puesto un cromo: _El último Concilio

Ecuménico_, reunión de viejos vestidos de rojo, sentados en semicírculo

como los obispos en el primer acto de _La Africana_, entre los cuales

resaltaba, por su blanco ropaje, un señor a quien venía a decir secretos

al oído una paloma que entraba por una ventana, semejando estar envuelta

en un rayo de luz. Pepe lo abarcó todo de una sola mirada e hizo un

gesto, entre risa y desprecio, diciendo a su hermana:

--Pues estos mamarrachos ha debido comprarlos en la salida que hizo el

día que llegó, porque luego no ha puesto los pies en la calle.

--Indudablemente.

Por la tarde, mientras don José estaba dormitando, la madre en la cocina

y Pepe vistiéndose para ir a ver a Paz de lejos en paseo, Tirso habló a

su hermana cariñosamente, pero violentándose por parecer sereno.

--Tampoco hoy habéis ido a misa...

--He hecho el chocolate para todos, me he peinado y he peinado a mamá,

te he compuesto un descosido en un manteo que había en tu cuarto;

¡Jesús, qué paño tan duro! he barrido el comedor y he bajado por la

compra...

--Es decir, que aquí todo, absolutamente todo, es antes que Dios.

De pronto, tomando un periódico que había encima de una silla, leyó el

título: _La Libertad Española_.

--¿Qué es esto?--y tocándolo sólo con las puntas de los dedos, como si

temiera ensuciarse, lo dejó caer al suelo murmurando:

--¡Papeluchos ateos!

--¡No lo tires, que después lo pide Pepe y arma una marimorena!

Tirso se metió en su cuarto y Leocadia fue a ayudar a su madre; pero el

cura salió en seguida otra vez al comedor con la faz demudada, y

cogiendo el periódico, lo arrugó con fuerza y, hecho una bola, lo tiró a

un rincón. Como el pasillo era muy corto, Leocadia oyó el crujido del

papel estrujado y volvió corriendo, a tiempo que su hermano tornaba a

encerrarse en su habitación. La muchacha adivinó lo que acababa de

pasar. Tirso contuvo ante ella su enojo al ver el periódico, pero luego,

al quedarse sólo, la ira se sobrepuso a la prudencia.

La perspectiva de una disputa entre los dos hermanos, que pudiera

agriarse, asustó a Leocadia, pareciéndole lo sucedido una amenaza a la

tranquilidad de la casa. Su buen juicio le decía que era forzoso

ocultárselo a Pepe. Pero, ¿cómo?

Tras pensarlo mucho, después de haber intentado en vano desarrugar el

periódico con las manos, se lo llevó a la cocina y lo alisó con una

plancha caliente, dejándolo luego donde su hermano lo encontrara, sin

que Tirso lo viese. Al caer la tarde volvió Pepe con Millán, que

acostumbraba a comer allí los domingos, quedándose gran parte de la

noche acompañando a don José, por estar cerca de Leocadia. Hízole el

padre la presentación de su hijo mayor, comieron todos alegremente y de

sobremesa hablaron de política, única conversación que tenía el

privilegio de distraer al pobre viejo, quien a cada instante hallaba

medio de relacionar los sucesos de entonces con los de su juventud,

estableciendo comparaciones entre hombres y épocas distintas.

Pepe se había puesto a leer _La Libertad Española_, que pidió a Leocadia

y que ella le trajo sin una sola arruga, con gran sorpresa de Tirso; mas

este permaneció callado, deseoso de escuchar a Millán que, mirando de

vez en cuando a la chica, sostenía el diálogo con don José. Decía el

viejo:

--Aquí no se hacen más que torpezas; si el partido liberal se divide,

vamos a ver cosas muy tristes.

--Ya las estamos viendo. ¿Le parece a usted poco el desarrollo que dejan

tomar a la guerra?

--¡Si hubieran hecho ahora lo que Prim el 69!... Por supuesto que, tarde

o temprano, tendrán que hacerlo: con los convenios no se adelanta nada.

Yo recuerdo que, cuando el de Vergara, en realidad quienes perdimos

fuimos nosotros: luego que el partido liberal aseguró la corona a la

Reina, le trataron como a un negro; a Espartero le arrinconaron en

seguida; a los oficiales carlistas les favorecieron mucho; decían que

todos éramos hermanos, y los nuestros, que se habían batido en invierno

con pantalón de dril... iban a Filipinas o a Fernando Póo en cuanto

parecían sospechosos.

--Por eso y por cosas análogas hay tantos republicanos en la generación

nueva; porque nos hemos convencido de que no queda otro remedio.

--Eso es muy peligroso: el pueblo no está preparado.

--Y como nadie le enseña nada, tiene él que aprenderlo a su costa.

--Es que hoy no hay virtudes cívicas. Si hubierais conocido vosotros a

Mendizábal, y luego a Olózaga, que ahora está tan caído...: él fue quien

llamó progresistas a los que decían antes _exaltados_. Siempre ha habido

más entusiasmo liberal que ahora. ¡Si vierais qué indignación se

desencadenó el año 40 contra Toreno y Martínez de la Rosa, porque

pidieron la prórroga del medio diezmo, y aun el diezmo entero y la

primicia! Pues ¡y cuando Espartero no quiso aprobar la famosa Ley de

Ayuntamientos!

--Entusiasmos estériles, y que muchas veces han sido ahogados en sangre.

--En eso tenéis razón. Se condenaba a muerte por cualquier cosa. Desde

el fusilamiento de los sesenta compañeros de Manzanares y los

veinticuatro de Alicante, el 8 de Mayo, hasta el de los sargentos del 22

de Junio, no ha pasado año sin alguna brutalidad semejante: exceptuando

a los Zurbanos, y la muerte de Mariana de Pineda, para quien fue preciso

hacer un garrote nuevo, porque tenía el cuello muy delgadito...

--A pesar de lo cual--interrumpió Pepe--hay quien mira con buenos ojos a

la Restauración y quien se bate por don Carlos. Si en España quedan

monárquicos, y sobre todo borbónicos, es porque nadie lee historia

contemporánea.

--En fin, hijos míos, ya sabéis que yo tengo buena memoria: pues bien,

desde Diciembre del 43 hasta la Noche Buena del 44, fueron fusiladas

doscientas catorce personas, la mayor parte por liberales.

--Tiene Vd. razón, don José; así pagó la corona al partido liberal que,

primero por el padre y luego por la hija, había hecho tantos

sacrificios...

--Pues si llega a tener espíritu santo la familia--añadió Pepe--nos

quedamos sin una gota de sangre.

Al oír este chiste impío, Tirso no pudo aguantar más. El elogio a

Mendizábal, la alusión al diezmo y la primicia, el horror a los

fusilamientos de revolucionarios, el espíritu liberal que palpitaba en

la conversación, le hicieron daño; pero aquello de explotar para una

gracia la tercera persona de la Santísima Trinidad, puso el colmo a su

indignación. Entonces, levantándose de su asiento, se acercó al grupo

que formaban Pepe y Millán junto a don José y, puesto delante del

balcón, sobre cuyo hueco claro se destacó su figura negra y espigada,

dijo severamente:

--¡Parece mentira que hombres de juicio hablen así!

Millán calló por deferencia a su amigo, y don José porque se arrepintió

de haber dicho tales cosas, dando margen al enojo de Tirso: Pepe, más

fogoso, se encaró con éste y, aunque hablando moderadamente, le repuso:

--Es natural que tengas simpatías por los partidos reaccionarios; son

los que os protegen; pero, ¿negarás que nosotros no podemos mirar bien

a la Iglesia? Siempre, y renegando de su origen, ha sido enemiga de la

libertad y de la democracia.

--¡La libertad! ¡la libertad! ¿y para qué sirve? Y ¿qué es la

democracia? el permitir que manden los pillos. ¡La democracia! ¿Cuántas

libras de patatas se compran con eso?

--¡No! la libertad es lo que os mandó Cristo que predicarais; la

democracia es _eso_ que os ha permitido a vosotros, clérigos y frailes,

nacidos entre los más humildes, escalar los puestos más altos del mundo.

--Pues Mendizábal fue un ladrón.

--Esa es una majadería que no tiene nada que ver con lo que hablamos. Y,

mira, no te irrites; pero por lo que me gusta Mendizábal, es por haber

sido quien ha hecho más daño a la Iglesia.

--¡Callad, hijos míos, callad!--gritó don José:--¿Vais a reñir ahora? Yo

no diré tanto; pero Mendizábal fue un gran hombre. ¡Cuidado si tuvo

mérito sacar la quinta de los 100.000 hombres!

Tirso hacía inútiles esfuerzos por disimular su disgusto. En vano

afectaba oír en calma aquellas cosas. Su desagrado no era pena, sino

ira, viendo que no se había equivocado cuando, a poco de poner el pie

en la casa, imaginó que allí no había devoción ni creencias.

Su padre era un progresista ridículo, que se entusiasmaba hablando de

Espartero; su hermano un demagogo ateo, de los que hacen burla de Dios y

la Divina Providencia; su madre una pobre señora, a quien se le figuraba

ser santa porque era hacendosa, y Leocadia una chicuela presumida, que

se pasaba la mañana embandolinándose el pelo. Allí nadie iba a misa, ni

ayunaba, ni rezaba; no había bula, se comía carne los viernes y el padre

toleraba los chistes impíos de Pepe. Estuvo a punto de descargar su

indignación en apóstrofes violentos, de los que tantas veces oyó a los

señores que frecuentaban la casa de don Tadeo; pero se limitó a mirar a

su hermano con lástima, diciéndole:

--¡Parecéis judíos!

No concebía mayor insulto.

Las mujeres se miraron al oír las últimas palabras del diálogo, dichas

ásperamente, sorprendiéndoles la novedad de que allí se riñese por cosas

de política; Millán fue a ponerse al lado de Leocadia; don José calló,

tratando de hallar medio de variar la conversación, y Tirso permaneció

de pie ante el balcón, como desafiándoles a todos y dispuesto a

reanudar la disputa. Su figura resultaba arrogante: más parecía soldado

pronto a pelear, que hombre ansioso de convencer Al cabo de un rato,

como paladín que ha esperado en vano a su adversario, salió

tranquilamente del comedor. Pepe y Millán se fueron a dar una vuelta por

las calles. En el portal, aquél preguntó a éste, aludiendo a la escena

pasada:

--¿Has oído?

--Vais a tener muchos disgustos.

--¿Creerás que esta es la hora en que no sabemos a qué ha venido?

--¿Tenía él en el pueblo relaciones con gente carlista?

--¿Por qué lo preguntas?

--Mucho cuidado... no sea que haya venido con algún encargo. Ahora se

revuelven mucho. A ver si os da un susto la policía. Para tu padre sería

una impresión desastrosa.

* * * * *

A la tarde siguiente se presentó en la casa un caballero de aspecto muy

respetable, preguntando por Tirso. Leocadia le acompañó hasta el comedor

y avisó a su hermano; pero éste, apenas oyó el nombre del recién

llegado, se le llevó a su cuarto, permaneciendo largo rato encerrado con

él. La visita fue larga, y Tirso despidió al desconocido con grandes

muestras de respeto.

A partir de aquella entrevista, el cura salió a la calle casi todas las

noches, pero sin decir nunca dónde ni a qué iba.

El enemigo · 第 17 / 47 题