En la imprenta de Millán había un chico, mezcla de aprendiz y ordenanza,
a quien apodaban _Pateta_. Él decía llamarse Pepe Maldonadas, pero no
conservaba memoria de su familia. Nadie sabía su origen; ni él mismo.
Sólo recordaba haber vivido en Puerta de Moros, recogido en casa de una
verdulera, tía suya, que, por considerarle muy niño, no le habló jamás
de sus padres.
Una mañana la pobre vieja, que solía retrasarse en el pago de la
licencia municipal del puesto de legumbres, fue llevada a la prevención
y, de resultas, tomó tal sofocón, que murió a las pocas horas, viniendo
el chico a quedar en la calle, sin más amparo que Dios, con la travesura
por instinto y la ignorancia por guía. Un matrimonio de la vecindad le
dio albergue durante cinco semanas, mas esta caridad antes fue deseo de
tener ayudante que propósito de favorecerle; pues cuando la mujer no le
obligaba a subir del río un talego de ropa, superior a sus fuerzas, el
marido, que era sillero, le ponía verde o morado hasta los hombros,
forzándole a teñir espadañas en un patio que parecía cisterna. Cuando
ellos comían, si sobraba, era para Pepe; si no había restos, gracias que
le dieran pan con que rebañar la cazuela del cocido; así que las hambres
y una felpa con que le obsequiaron por meter en la tina de lo verde lo
que había de ser morado, acabaron con la paciencia del muchacho. Se
escapó, y entonces fue la época más conturbada de su vida. Fregar en
tabernas, donde tenía las propinas por salario; ayudar a un chulo a
vocear quincalla; recoger y vender colillas; dormir en los quicios de
las puertas: esta existencia llevó por espacio de unos cuantos meses,
sucio, descalzo, desarrapado, hambriento y ostentando por entre los
desgarrones de la camiseja el pecho dorado y fuerte como un bronce
antiguo. Sólo dos cosas hubo que no ensayase para buscarse el sustento:
no pidió limosna ni robó.
Acertó a pasar una mañana por la calle de las Maldonadas, donde tenía
fábrica de buñuelos un conocido de la verdulera difunta; le preguntó el
buñolero que cómo vivía; repuso el chico que _peor_; y tanta lástima
supo inspirar, que allí se quedó cuidando de la venta al menudeo, sin
promesa de recibir otro pago que la comida y lugar donde dormir. El
sillero no volvió a saber de él. Los chicos que antes tuvo el buñolero
de dependientes, cual más, cual menos, todos le robaron; Pepe Maldonadas
fue de fidelidad intachable. Antes que amaneciera, su amo y un aprendiz
sobaban la masa dispuesta en el lebrillo, y luego freían con rara
rapidez bolas, tortas y cohombros: Pepe, mientras tanto, arreglaba los
veladores, mezclaba algo de harina al azúcar de espolvorear, fregaba
vasos, ponía cada cosa en su puesto y, cuando se abría la tienda,
colocado de pie en la puerta, despachaba buñuelos a grandes y chicos,
formando en la grasienta superficie de zinc que cubría la mesa un montón
de cuartos y _ochavos del moro_, cuyo sucio contacto le dejaba los dedos
manchados de verdín. Ni se comía un buñuelo ni escamoteaba un ochavo.
Nadie le enseñó matemáticas y, sin embargo, para dar las vueltas de la
moneda era más listo que un cambista. Si quedaban buñuelos de la
víspera, los despachaba los primeros; al servir _medias_ de aguardiente,
cuando presumía que el gaznate del parroquiano estaba insensible, daba
lo barato al precio de lo caro, y para los favorecedores constantes de
la casa iba a buscar la pasta recién frita, humeante, en que aún no se
habían bajado las burbujas del aceite hirviendo. El amo se encariñó con
él en tal grado, que comenzó a tratarle como a hijo, y hasta determinó
que fuese por las tardes a la escuela, donde, en unos cuantos meses,
aprendió a leer, escribir y contar. Al año de estar en la buñolería, la
hija del amo, que era una chiquilla saladísima de catorce años, enfermó
de viruelas y, cosa rara en la gente del pueblo, dotada en tales casos
de tanto valor como ignorancia, los vecinos, conocidos y amigos dejaron
a la enfermita y sus padres en completo abandono. La moza que iba a
barrer y fregar desapareció sin pedir un pico que le debían del salario,
y el chulo que ayudaba a amasar y freír se despidió cobardemente: sólo
Pepe permaneció allí día y noche, sin ir a jugar con los chicos del
barrio ni ocuparse en otra cosa que cuidar a la muchacha. Guiado de
clarísimo entendimiento, se fijaba bien en cuantas alteraciones sufría,
para decírselas al médico, y luego le daba las tomas que la recetaban,
con los intervalos debidos, arropándola en seguida como una niña a su
muñeca. Cuando, por haber entrado la enfermedad en el período de
descamación era más fácil el contagio, Pepe, que no lo ignoraba, redobló
sus cuidados y, durante la convalecencia, se estuvo constantemente
haciendo compañía a la muchacha, satisfaciendo sus caprichos y tolerando
sus impertinencias, hasta que, dada ya de alta, tornó a su puesto de
antes y siguió vendiendo cohombros a los chicos y ensartando buñuelos
toda la mañana en los juncos, lo cual, con el manejo de los ochavos,
acababa por dejarle los dedos sucios y pringosos: luego, de cuatro
brincos, se plantaba a ver a la chica. Así pagaba Pepe su deuda de
gratitud para con aquella gente; mas su principal se portó también como
bueno.
--Tú eres ya de la casa:--le dijo un día--busca otro dependiente para el
despacho. Y vamos a ver, ¿quieres seguir oficio? Dilo como si fueses mi
hijo.
Pepe repuso que quería ser cajista, porque en la escuela donde le
enviaron se había _echao_ un amigo a quien sus padres pusieron en una
imprenta, con lo cual el muchacho siempre tenía los bolsillos llenos de
estampas de entregas, romances de ciego, restos de tiradas de aleluyas y
pedazos de carteles de toros.
Tras permanecer dos o tres meses en imprentas de mala muerte, entró al
fin en la de Millán, que era conocido del buñolero, y allí echó raíces
en seguida; es decir, que apreciado por listo y obediente, le tomaron
cariño. El día lo pasaba aprendiendo la caja, adiestrándose en componer
y distribuir; luego empezó a hacer _monos_ y _remiendos_, y a la noche
se iba por las calles a vender un _veinticinco_ de un periódico que allí
se tiraba. Lo que le producía esta venta lo guardaba para sí, y el
jornal de la semana lo ponía íntegro el sábado en manos del buñolero;
pero lo que más le gustaba era entregárselo a Isabelita,
diciendo:--«Anda, da eso a tu padre.»
Los demás aprendices, envidiosos de aquel compañero de quien se hacía
más caso que de ellos, comenzaron a tomarle tirria y jugarle malas
pasadas. Un día le quitaron de la tartera el almuerzo, sustituyendo la
tortilla con polvos de imprenta. Otra vez, como estuviera en mangas de
camisa, le estamparon en la espalda una galerada recién impresa, con la
tinta fresca de un letrero que decía: «Se vende este perro.» Hasta
llegaron a rellenarle las botas con la grasa de untar las ruedas de la
máquina, mientras él estaba trabajando con alpargatas para mayor
descanso. Entonces apareció el _gatera_ madrileño, valiente, arriscado,
dicharachero y dispuesto a darse de cachetes o puñetazos con el más
bravo, y a echarle la zancadilla al mismo nuncio. Con unos cuantos
pescozones oportunos se hizo respetable. Cierto día, otro aprendiz de
más edad sacó contra él una navajilla. Pepe se la quitó de las manos, le
sujetó fuertemente metiéndose la cabeza del agresor entre las piernas, y
por castigo le descosió con el cuchillejo la costura trasera del
pantalón, dándole luego en lo que el sol ni el agua vieron jamás, unos
cuantos azotes: después le devolvió tranquilamente la navajilla,
diciendo:--«Toma, _boceras_; eso no sirve más que _pá_ partir pan.»--A
las horas de trabajo era modelo de laboriosidad: cuando llegaba el
momento de hacer diabluras, era de la piel de los demonios. Parecía
haber en él dos tipos distintos: uno para la tarea, otro para las
travesuras; y diríase que, como correspondiendo a estos dos seres, tenía
dos fisonomías diversas. Inclinado sobre la caja buscando tipos,
ajustando palabras en el cajetín, o distribuyendo letras, su frente
solía plegarse con un entrecejo serio de obrero ya machucho: entonces no
hablaba y fija la atención en lo que hacía, sus ojos negros adquirían
cierta expresión de gravedad cómica: en la calle, corriendo o jugando,
con el pelo alborotado, tostada la tez, ladeada la gorrilla, descarado
el mirar y rebosando malicia, traía a la memoria los chicos de las
antiguas novelas picarescas. Los compañeros le llamaron primero el
_Tiznao_, porque era muy moreno, como un beduino desteñido a fuerza de
lavaduras: por fin le apodaron _Pateta_, y con este _alias_ se quedó. A
Millán, conocedor de los antecedentes de Pateta, le había caído en
gracia el muchacho: Pepe simpatizó mucho con él por un solo detalle.
Estaba corrigiendo una tarde pliegos de un libro, cuando se le presentó
Pateta en actitud humilde.
--¿Qué quieres?
--Pedirle a Vd. un favor, porque el señor Millán no ha _venío_.
--Vamos, di.
--Pues yo tengo novia. Es decir, novia mía, la verdad, no es; pero ya
nos hablamos algo... y mañana es su santo. Mire Vd., he compuesto este
letrero y quería ponerlo con letras _dorás_ de purpurina, en esta
tarjeta de orla que _ma costao_ dos _riales_. Bueno, pues... que me
digan ustedes cómo lo hago y me dejen hacerlo en la máquina, o donde
sea, luego que se marchen _esos_.
Pepe examinó la cartulina, adornada con flores y amorcitos, que le
presentaba el chico, y vio el letrero que traía hecho con los tipos más
escojidos de la casa.
«_A Isabel Gorillo, en sus días._» (Esto en un gótico muy complicado), y
luego, debajo: «_Por José Maldonadas._» (Aquí las letras eran de mucho
ringorrango.)
--Y esta Isabel, ¿quién es?
--La hija de mi amo. (Pateta continuaba llamando amo a su protector.)
--¿La de las viruelas?
--Sí, señor; pero no le ha _quedao_ señal. _Tié_ la cara que da gloria.
--¿Y sabe tu amo?...
--Saberlo... no sé; porque yo no he dicho esta boca es mía. Como _tién_
dinero, no quiero que crean... ¿entiende Vd.? Pero ya se lo malician;
porque yo, ni a los novillos voy, aunque me sobren los cuartos, con tal
de estarme en la trastienda hablando con ella.
--Bueno, hombre, bueno; anda, guarda eso o déjalo aquí, y a última hora
que te diga el señor Ramón lo que debes hacer, y acábalo limpito.
Este pequeño servicio que Pepe prestó a Pateta, se lo pagó él con
creces. Si llovía de pronto, ya estaba el muchacho corriendo a la calle
de Botoneras a buscarle el paraguas: si había que ir al estanco por
tabaco, volvía en un decir Jesús; para traerle café de uno que había
cerca de la imprenta, nadie andaba más ligero, y si la cafetera venía
fría, la arrimaba a la máquina de vapor, sin lamer la media tostada o
escamotear azúcar, como hacían otros.
* * * * *
Tal fue el cartero que escogió Pepe para asegurar su correspondencia con
Paz, ocultándola, por supuesto, que él trabajaba en la misma imprenta
donde aquél era aprendiz.
--Si te pido que me hagas un favor, ¿podré contar contigo?--le dijo un
día Pepe.
--Mande Vd. lo que quiera--repuso el futuro cajista.
--La cosa ha de quedar entre tú y yo; no quiero que nadie lo sepa,
¿entiendes? Ni el señor Millán.
--Ni las piedras.
Jamás faltó al secreto. Cuando Pepe pasaba dos o tres días sin ver a Paz
la escribía, y Pateta, a la hora de salir del trabajo, emprendía el
camino del _hôtel_, donde ella, prevenida por la impaciencia, le
aguardaba tras la vidriera del balcón de su cuarto. La estufa del jardín
tenía inmediato a la verja un horno pequeño hecho de ladrillos y
recubierto de baldosas, que servía para entibiar la atmósfera en que
crecían las flores: Pateta se acercaba allí, espiando el momento en que
ningún criado pudiera verle, y metiendo el brazo por entre los barrotes
de la verja, depositaba la carta bajo una de aquellas baldosas mal
afirmadas. Al día siguiente recogía del mismo sitio la contestación,
valiéndole tan largos paseos, y sobre todo el agrado con que prestaba su
servicio, alguna cajetilla del estanco que Pepe le daba, y a veces un
café con media tostada, que le hacía relamerse de gusto.
X
El cariño de la enamorada pareja y la angustiosa situación de Pepe
crecieron a la par. El importe de la jubilación de don José, el fruto
del trabajo de su hijo, lo poco que Leocadia ganaba bordando y lo que
procuraba ahorrar doña Manuela, todo se invertía en médico y botica. Así
llegó el invierno de 1872 y aquella triste cena de Noche Buena, en que
se habló de la próxima venida de Tirso y en que, después de irse Millán,
ya acostado el pobre viejo, trataron los hijos y la madre de lo que
convenía hacer, sin llegar a resolver nada, porque la común abnegación
no producía una miserable moneda de cobre.
A la semana siguiente la situación se agravó con la noticia de que
llegaba Tirso: la carta en que éste lo anunció no debía precederle sino
dos días. Pepe escribió a su novia de esta suerte, mezclando con las
frases de amor el recelo que le inspiraba aquel hermano desconocido:
«Adorada Paz:
Tienes razón: Aunque nos vemos casi diariamente, son tan pocas las
ocasiones en que podemos hablar con libertad, que por fuerza han de ser
nuestras cartas largas y frecuentes. Las cosas que te escribo quisiera
decírtelas: lo que no te conmoverá leído, mis palabras te lo llevarían
al alma en fuerza de sinceridad. Pero comprendo que no hay remedio, y
aun temo que estas dificultades de ahora no sean sino anuncio de otras
mayores: créeme, nuestro cariño ha de costarnos muchas lágrimas. Será
todo lo romántico que quieras, y es opuesto a mi modo de pensar hablar
en tono amargo de ciertas cosas; pero yo, que de todas las
preocupaciones me río, he venido a estrellarme contra una de las más
poderosas. La distancia que nos separa no sería mayor si tú fueses reina
y yo lacayo, como los personajes de aquel drama francés que estabas
leyendo la otra tarde. La situación de mi familia, nuestra pobreza, todo
lo que me estorba para abrirme camino en la vida, me separa de tí. Tu
padre ocupa una posición envidiable: ¿cómo quieres que dé su hija a un
hombre que ha tenido que abandonar la carrera por falta de unos cuantos
duros al año para libros y matrículas?
Pero un día de vida, es vida. Yo no renunciaré jamás a tí, no te diré
nunca que me dejes, y cuando seas tú quien me diga que no debemos volver
a vernos, callaré, porque tendrás razón. Parece que yo, burlón y
descreído, sin preocupaciones, vengo a estrellarme contra el obstáculo
más risible, pero más fuerte: contra las _conveniencias sociales_.
Desengáñate, nuestro amor tiene que ser una novela muy corta, ridícula
para contada, triste para nosotros, únicos que hemos de tomarla en
serio. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Quién se cansará antes? ¿Tú de
esperarme? ¿Yo de amarte? Quien no se fatigará jamás será el tiempo, que
pasará haciéndote cada día más buena y más hermosa, quizá más rica, y a
mí más desgraciado y pobre. No imagines que deseo romper nuestras
relaciones: saber que me quieres, recibir una carta en que me hablas de
tu cariño, oírte alguna vez que me recuerdas cuando sufres y que te
falta algo en los goces por no tenerme al lado, son cosas que me llegan
al alma y me dejan orgulloso de mi mismo. ¡Si supieras de qué modo te
las paga mi corazón! ¡Si pudieses leerme los pensamientos, adivinarme
las ideas, esconderte entre los caprichos de mis sueños!... Pero quiero
que, al mismo tiempo que de mi amor, estés persuadida de mi lealtad.
Antes que se lo oigas a tu padre, quiero ser yo quien te lo diga. ¿Qué
porvenir puedo ofrecerte? No, yo no te dejaré nunca; y si llegas a ser
algún día más juiciosa o más interesada, no te echaré maldiciones de
comedia, sino que me separaré de tí resignado, queriéndote como te
quiero ahora y guardando en lo mejor de la memoria el recuerdo del amor
que me hayas tenido. Jamás te arrojaré en cara falta de energía, ni
desfallecimiento de constancia. ¡Es tan natural que me olvides! Harto
has hecho con empezar a quererme, aunque luego te pese.
¿Cuántas veces te habré dicho todo esto? No te sorprenda, porque obedece
a mi idea fija, a mi cavilación constante. Vamos, no concibo el
fundamento de tu amor. Yo te amo por lo buena, por lo hermosísima que
eres. Pero tú, ¿por qué me quieres? Soy extraño a cuanto te rodea, vives
en una atmósfera de lujo que casi desconozco, como yo vivo entre
privaciones que tú no puedes calcular, y ojalá te sean siempre ajenas;
el menor de tus caprichos no podría yo satisfacerlo con muchas semanas
de trabajo; las gentes que te hablan han de usar un lenguaje hasta
despreciativo para las que están en situación análoga a la mía; si
entraras en casa de mis padres y vieses estas paredes, estos muebles,
dudarías si ofrecer dinero por lástima o disimular lo que notares, por
imaginar que podías ofendernos señalando tanta escasez: y, a pesar de
todo, dices que el mejor sitio de tu corazón es para mi cariño, y me has
enseñado cartas mías con mi nombre borrado con tus besos. ¡Bendita seas!
No, no me dejes, ni tengas nunca juicio, si el tenerlo ha de consistir
en olvidarme; ni pienses en el porvenir, que yo tampoco pienso, sino que
te adoro con toda mi alma.
Ahora, como nada te oculto, quiero que sepas lo que ocurre en casa. Mi
hermano Tirso, el cura, el que se ha educado y ha vivido siempre alejado
de nosotros, debe llegar pasado mañana. Ignoramos el motivo de su
venida; ni palabra sabemos de sus propósitos, nada nos ha dicho. Hace
poco tiempo escribió que tal vez tuviera que hacer un viaje a Madrid:
luego lo dio por cosa segura, ahora anuncia que llega. Mis padres, como
es natural, se alegran; en Leocadia y tu Pepe, si he de ser franco, el
sentimiento que domina es el de la curiosidad. Sólo hemos visto a Tirso
una o dos veces, siendo muy pequeños, y dentro de pocas horas vamos a
tenerle aquí. Iré a buscarle a la estación y le conoceré por los
hábitos; si no, tendrían que decirme: «ese es.» ¡Estaría gracioso que
bajaran al mismo tiempo del _vagón_ dos curas jóvenes! Con esto,
comprenderás que tengo motivos para estar preocupado. ¿Cuál será la
situación de mi hermano? ¿Qué le habrá pasado? Si su posición es
desahogada, menos mal; y no lo digo porque me ahorre trabajo; pero, ¿y
si viene tan pobre como nosotros? Seremos cinco en lugar de cuatro los
que hayamos de vivir mal. ¿Por qué habrá dejado su curato?
Quizá venga a pretender algo; mas de ser así, ¿por qué no consultarlo
antes con nuestro padre? Tú, que conoces mi modo de pensar, aunque no
por completo, comprenderás que abrigue ciertos temores. Tirso es cura,
y en esta casa hay muy poca devoción. Mi padre nunca habla de eso;
mamá, con cuidarnos, tiene bastante; a Leocadia le gusta ir a la iglesia
cuando hay grandes fiestas, a falta de otras más divertidas pero más
costosas que le están vedadas; y en cuanto a mí... callo: no quiero que
me llames herejote. En fin, no estoy tranquilo.
Basta por hoy: no te quejarás de que escribo poco.
Está con cuidado, porque mañana, si puedo, iré a ver si tiene tu padre
algo que mandarme.
Tuyo siempre,