VIII

Por fin habló don Luis. Al cabo de muchos años de silenciosa vida

parlamentaria, el _Diario de Sesiones_ imprimió su nombre, no sólo en el

tipo común empleado para las votaciones, sino también en letras

negrillas que saltaban a la vista, diciendo: EL SEÑOR ÁGREDA: _Pido la

palabra_. Cuando leyó su nombre en los extractos de los periódicos,

todavía sintió escalofríos de miedo. Al comenzar su discurso el salón

estaba casi lleno, por la novedad de escuchar a un senador que dejaba de

ser _monosílabo_: luego muchos oyentes se salieron a los pasillos; mas

como la peroración fue corta, aún quedó número bastante para que no

hiciera mal papel. En el banco azul permanecieron dos ministros. Pepe le

escuchó desde el fondo de una tribuna: los datos, apuntes y citas de sus

cuartillas salieron íntegros de los labios de don Luis, quien únicamente

puso al principio un parrafito de su cosecha para pedir benevolencia,

imitado de los doscientos mil análogos que había oído hasta entonces,

añadiendo también alguna que otra frase para enaltecer la importancia

de lo que iba diciendo. Cuando se le olvidaba algo de lo mucho que

confió a la memoria, echaba mano de las cuartillas que traía copiadas de

su puño y letra. Hacia la conclusión quiso extenderse en consideraciones

originales; pero se le atravesaron en la garganta y terminó declarando

que no proseguía por no molestar más la atención de la Cámara. Un buen

orador hubiera podido fundar un verdadero triunfo sobre los materiales

reunidos por Pepe: don Luis quedó bien y nada más. Al acabar sonaron

algunos aplausos en los bancos de la mayoría, y todo el mundo dijo que

había estado discreto y que aquello representaba gran conocimiento del

asunto. Un ministro felicitó al orador y esto le compensó el disgusto

que le dieron los periódicos de oposición limitándose a decir que el

señor Ágreda había consumido un turno en pro. En cambio, a la hora de

comer fueron a verle muchos amigos y después estuvo con su hija en el

concierto del Retiro, dando vueltas y más vueltas, como torero que por

la tarde ha metido el brazo con fortuna en una buena estocada.

Al retirarse a casa le decía Paz:

--Di, papaíto, ¿te han servido los papeles que te trajo aquel muchacho

del Senado?

--Algo, algo: el chico no es tonto... tiene buena voluntad y parece

listo.

--Sí, ¿eh?

Paz no sabía cómo sugerir a su padre la idea de que utilizara de algún

modo los servicios de Pepe, pues comprendía que don Luis no necesitaba

secretario ni escribiente. En realidad, su malicia llegaba tarde; la

vanidad satisfecha se había adelantado al amor impaciente. El orador iba

ya pensando en abordar otro asunto antes de la clausura de las Cortes.

Además, la fortuna favoreció a los enamorados, porque los electores de

don Luis, acostumbrados a su largo mutismo, le dispararon una nube de

telegramas de felicitación, tras del telégrafo usaron del correo y, como

fue preciso contestar a tanta enhorabuena, el senador determinó emplear

a Pepe como escribiente.

Una mañana llegó éste no hallándose don Luis en casa, y pasó a la pieza

de los libros, inmediata al despacho: poco después apareció Paz,

disimulando su turbación y haciéndose la distraída. Hasta entonces sólo

habían cambiado unas cuantas frases, pero sin tener una conversación

formal: por lo tanto, la primera vez que hablasen a sus anchas, la

entrevista tendría importancia, dada la grata complicidad establecida

entre ambos. Paz, después de saludarle, no se atrevió a desplegar los

labios: carecía de experiencia en tales achaques; pero su instinto

femenino le decía que no era ella quien debía hablar primero, y

apoyándose en el marco del balcón dejó pasar unos instantes. Pepe se

levantó de su asiento, y acercándose a ella, a distancia que acusaba

mayor respeto que impaciencia, la dijo:

--Señorita, mi primer deber es suplicarla que me perdone. Confieso que

me ha cegado la vanidad. No espero una indulgencia que no merezco. Lo

que he hecho está mal, lo sé, y, sin embargo, no he podido contenerme.

¿A qué mentir, si Vd. debe comprender lo que pasa en mi alma?

Ella quiso hablar y Pepe hizo ademán de que le dejase proseguir.

--Antes de que Vd. me diga una sola palabra, quiero yo ser enteramente

franco con usted. Mi posición, mi vida, mi pobreza, y quién sabe si mi

educación también, me separan de Vd. He cometido la imprudencia de dejar

asomar a los ojos lo que sentí al conocer a Vd... Luego creí ver que Vd.

no mostraba enojo, porque quizá el desprecio le parecería demasiado

cruel, y así ha llegado esta situación, en que no hay más que un

culpable: mi vanidad. Debo reparar mi error a fuerza de franqueza.

Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.

--Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy a

este cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted. Usted quiere que

crea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tache

Vd. de coqueta ni piense Vd. que soy capaz de divertirme en humillarle.

--Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena para

pagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; pero

no se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsos

de su propio corazón; no olvide Vd. que seguir escuchándome ahora es

contraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería un

escarnio.

Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acaso

no esperaba oír tanto, y le atajó la frase.

--¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tan

exigente!

--¿Exigente?

--Sí; apuesto a que iba Vd. a decir _contraer compromiso_.

Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y,

mirando de nuevo a Pepe, continuó:

--Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...

--Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yo

siga viniendo a esta casa?

--¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; pero

cuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy la

humillada.--Y quiso marcharse.

--No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo que

es para mí su indulgencia!

Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muy

baja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:

--Exigente, exigente.

¿Qué más podía desear? «No estoy enfadada»--le había dicho--«no vuelva

Vd. a hablarme de su pobreza.» Pretender mayor claridad sería

insensatez.

* * * * *

Al cabo de dos meses sus diálogos eran ya muy distintos; que cuando la

estimación abre vereda, el amor ensancha y allana pronto el camino. Ni

Paz sentía ya cortedad, ni Pepe manifestaba aquella desconfianza

fundada en lo distinto que se le ofrecía el porvenir de cada uno: las

frases que cambiaban eran protestas de cariño, promesas de firmeza, todo

el repertorio monótono y vulgar de los enamorados, siempre romántico y

exagerado, pero eternamente delicioso.

Una circunstancia mediaba, sin embargo, entre ambos, modificando sus

caracteres. Ella, a pesar de su viveza, temerosa de mortificar la

susceptibilidad de Pepe, le trataba con una consideración que a ninguno

otro hubiera guardado; y él, frío, descreído, burlón, dispuesto siempre

a endulzar la realidad con su buen humor, era ante Paz reflexivo y

serio, cual si le infundiese miedo aquella intimidad amorosa, que, a

juicio suyo, no podría resistir al tiempo o habría de estrellarse contra

las asperezas de la vida.

No siéndoles fácil verse con tanta frecuencia como ellos desearan,

acabaron por establecer, para su uso particular, un servicio de correos.

La iniciativa fue de Pepe: el cartero merece capítulo aparte.

El enemigo · 第 10 / 47 题