Por fin habló don Luis. Al cabo de muchos años de silenciosa vida
parlamentaria, el _Diario de Sesiones_ imprimió su nombre, no sólo en el
tipo común empleado para las votaciones, sino también en letras
negrillas que saltaban a la vista, diciendo: EL SEÑOR ÁGREDA: _Pido la
palabra_. Cuando leyó su nombre en los extractos de los periódicos,
todavía sintió escalofríos de miedo. Al comenzar su discurso el salón
estaba casi lleno, por la novedad de escuchar a un senador que dejaba de
ser _monosílabo_: luego muchos oyentes se salieron a los pasillos; mas
como la peroración fue corta, aún quedó número bastante para que no
hiciera mal papel. En el banco azul permanecieron dos ministros. Pepe le
escuchó desde el fondo de una tribuna: los datos, apuntes y citas de sus
cuartillas salieron íntegros de los labios de don Luis, quien únicamente
puso al principio un parrafito de su cosecha para pedir benevolencia,
imitado de los doscientos mil análogos que había oído hasta entonces,
añadiendo también alguna que otra frase para enaltecer la importancia
de lo que iba diciendo. Cuando se le olvidaba algo de lo mucho que
confió a la memoria, echaba mano de las cuartillas que traía copiadas de
su puño y letra. Hacia la conclusión quiso extenderse en consideraciones
originales; pero se le atravesaron en la garganta y terminó declarando
que no proseguía por no molestar más la atención de la Cámara. Un buen
orador hubiera podido fundar un verdadero triunfo sobre los materiales
reunidos por Pepe: don Luis quedó bien y nada más. Al acabar sonaron
algunos aplausos en los bancos de la mayoría, y todo el mundo dijo que
había estado discreto y que aquello representaba gran conocimiento del
asunto. Un ministro felicitó al orador y esto le compensó el disgusto
que le dieron los periódicos de oposición limitándose a decir que el
señor Ágreda había consumido un turno en pro. En cambio, a la hora de
comer fueron a verle muchos amigos y después estuvo con su hija en el
concierto del Retiro, dando vueltas y más vueltas, como torero que por
la tarde ha metido el brazo con fortuna en una buena estocada.
Al retirarse a casa le decía Paz:
--Di, papaíto, ¿te han servido los papeles que te trajo aquel muchacho
del Senado?
--Algo, algo: el chico no es tonto... tiene buena voluntad y parece
listo.
--Sí, ¿eh?
Paz no sabía cómo sugerir a su padre la idea de que utilizara de algún
modo los servicios de Pepe, pues comprendía que don Luis no necesitaba
secretario ni escribiente. En realidad, su malicia llegaba tarde; la
vanidad satisfecha se había adelantado al amor impaciente. El orador iba
ya pensando en abordar otro asunto antes de la clausura de las Cortes.
Además, la fortuna favoreció a los enamorados, porque los electores de
don Luis, acostumbrados a su largo mutismo, le dispararon una nube de
telegramas de felicitación, tras del telégrafo usaron del correo y, como
fue preciso contestar a tanta enhorabuena, el senador determinó emplear
a Pepe como escribiente.
Una mañana llegó éste no hallándose don Luis en casa, y pasó a la pieza
de los libros, inmediata al despacho: poco después apareció Paz,
disimulando su turbación y haciéndose la distraída. Hasta entonces sólo
habían cambiado unas cuantas frases, pero sin tener una conversación
formal: por lo tanto, la primera vez que hablasen a sus anchas, la
entrevista tendría importancia, dada la grata complicidad establecida
entre ambos. Paz, después de saludarle, no se atrevió a desplegar los
labios: carecía de experiencia en tales achaques; pero su instinto
femenino le decía que no era ella quien debía hablar primero, y
apoyándose en el marco del balcón dejó pasar unos instantes. Pepe se
levantó de su asiento, y acercándose a ella, a distancia que acusaba
mayor respeto que impaciencia, la dijo:
--Señorita, mi primer deber es suplicarla que me perdone. Confieso que
me ha cegado la vanidad. No espero una indulgencia que no merezco. Lo
que he hecho está mal, lo sé, y, sin embargo, no he podido contenerme.
¿A qué mentir, si Vd. debe comprender lo que pasa en mi alma?
Ella quiso hablar y Pepe hizo ademán de que le dejase proseguir.
--Antes de que Vd. me diga una sola palabra, quiero yo ser enteramente
franco con usted. Mi posición, mi vida, mi pobreza, y quién sabe si mi
educación también, me separan de Vd. He cometido la imprudencia de dejar
asomar a los ojos lo que sentí al conocer a Vd... Luego creí ver que Vd.
no mostraba enojo, porque quizá el desprecio le parecería demasiado
cruel, y así ha llegado esta situación, en que no hay más que un
culpable: mi vanidad. Debo reparar mi error a fuerza de franqueza.
Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.
--Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy a
este cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted. Usted quiere que
crea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tache
Vd. de coqueta ni piense Vd. que soy capaz de divertirme en humillarle.
--Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena para
pagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; pero
no se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsos
de su propio corazón; no olvide Vd. que seguir escuchándome ahora es
contraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería un
escarnio.
Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acaso
no esperaba oír tanto, y le atajó la frase.
--¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tan
exigente!
--¿Exigente?
--Sí; apuesto a que iba Vd. a decir _contraer compromiso_.
Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y,
mirando de nuevo a Pepe, continuó:
--Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...
--Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yo
siga viniendo a esta casa?
--¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; pero
cuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy la
humillada.--Y quiso marcharse.
--No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo que
es para mí su indulgencia!
Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muy
baja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:
--Exigente, exigente.
¿Qué más podía desear? «No estoy enfadada»--le había dicho--«no vuelva
Vd. a hablarme de su pobreza.» Pretender mayor claridad sería
insensatez.
* * * * *
Al cabo de dos meses sus diálogos eran ya muy distintos; que cuando la
estimación abre vereda, el amor ensancha y allana pronto el camino. Ni
Paz sentía ya cortedad, ni Pepe manifestaba aquella desconfianza
fundada en lo distinto que se le ofrecía el porvenir de cada uno: las
frases que cambiaban eran protestas de cariño, promesas de firmeza, todo
el repertorio monótono y vulgar de los enamorados, siempre romántico y
exagerado, pero eternamente delicioso.
Una circunstancia mediaba, sin embargo, entre ambos, modificando sus
caracteres. Ella, a pesar de su viveza, temerosa de mortificar la
susceptibilidad de Pepe, le trataba con una consideración que a ninguno
otro hubiera guardado; y él, frío, descreído, burlón, dispuesto siempre
a endulzar la realidad con su buen humor, era ante Paz reflexivo y
serio, cual si le infundiese miedo aquella intimidad amorosa, que, a
juicio suyo, no podría resistir al tiempo o habría de estrellarse contra
las asperezas de la vida.
No siéndoles fácil verse con tanta frecuencia como ellos desearan,
acabaron por establecer, para su uso particular, un servicio de correos.
La iniciativa fue de Pepe: el cartero merece capítulo aparte.