En los corrillos del Senado se susurró por centésima vez que don Luis
María de Ágreda terciaría en la discusión de cierto proyecto de ley. El
pobre señor lo deseaba con toda su alma, pero no se atrevía.
Todo el valor lo malgastaba en casa, unos ratos dando vueltas por el
despacho como fiera enjaulada, y otros apoyado de codos en el respaldo
de una butaca, que su imaginación convertía en tribuna. ¡Entonces sí que
se le venían a los labios períodos redondos, argumentos irrebatibles,
frases enérgicas, preguntas de las que no tienen respuesta, todo género
de arranques oratorios, hasta que, agotadas las ideas y sin saber
enlazar las palabras, tenía que callarse! Tal era la disposición de su
ánimo cuando una tarde entró en la biblioteca del Senado, huyendo de un
noticiero que quería saber si era cierto que tuviese intención de
hablar. Pepe, al verle entrar, se fue derecho a él, afectando mostrarse
servicial, pero en realidad con propósito decidido de buscar manera de
frecuentar su casa. El pretexto ya lo tenía pensado, y no era malo.
--¡Pero, hombre--le dijo cariñosamente don Luis--es Vd. famoso! Cumplió
Vd. bien conmigo, me arregló Vd. la biblioteca, y ¡abur! no ha vuelto
Vd. a parecer; de modo que quien está en falta soy yo.
--No hablemos de eso, señor de Ágreda, ya tendré yo el gusto de ir a
saludarle y a recibir sus órdenes.
Después comenzó a poner en práctica un plan que días atrás se le había
ocurrido, diciéndole:
--¿Conque va Vd. a consumir un turno con motivo de ese proyecto de
Fomento? ¿Desea Vd. que le busque antecedentes? Ya es público que
intervendrá Vd. en el debate.
--Gracias, gracias; aún no estoy decidido.
Aquel hombre, discreto y cuerdo en todos los actos de su vida íntima,
sintió una turbación indefinible. Era, como don Quijote, razonable,
sensato para todo, menos para aquella maldita manía oratoria que hacía
en su cerebro oficio de libros de caballería, llenándole el magín de
extravagancias y ambiciones.
--¿Conque se dice que hablaré?
--Sí, señor. Se da por seguro. Y, a propósito, voy a permitirme decir a
Vd. que acerca de la materia del debate hay aquí datos importantes. En
tiempos anteriores a la Revolución, se trató de eso. Si Vd. no quiere
molestarse, o sus ocupaciones se lo impiden, podría yo tomar algunas
notas y dárselas.
Al señor de Ágreda un sudor se le iba y otro se le venía: aquello era
como si en las calles se esperase ya su discurso. Las palabras de Pepe
tenían algo de aura popular y mucho de tentación. Le faltó energía para
confesar la verdad y contestar: «No señor, no hablo, ni soy capaz de
hablar, ni me pasará la voz de la garganta.» Lejos de esto, repuso
débilmente, como luchando consigo mismo:
--Bueno, bueno; pues si en los _Diarios de Sesiones_ hay algo de eso, ya
me lo indicará Vd., aunque yo tengo un arsenal de apuntes... La cuestión
es antigua... Ya, hacia el año cincuenta y siete...
Salió de allí verdaderamente aterrado, sin querer pararse con nadie,
temeroso de que le preguntaran: «¿Habla Vd.?» Se marchó a pie sin
esperar el coche, y por las calles se dijo a sí propio el más elocuente
discurso que han oído Cámaras en el mundo. Pepe, al verle partir no pudo
reprimir el gozo:
--¡Ya lo creo que volveré a verla!
Durante varios días se dedicó a rebuscar antecedentes relativos a aquel
proyecto de reformas en Fomento, y en unas cuantas cuartillas anotó todo
lo pertinente al caso: disposiciones análogas, decretos contrarios,
intentos parecidos, opiniones de hombres políticos, contradicciones de
unos, disidencias de otros, y ordenándolo formó un conjunto heterogéneo,
especie de historia de la cuestión tratada, lista de elogios, censuras,
inconvenientes y ventajas de lo proyectado, que parecía fruto de una
laboriosidad constante, signo de larga atención y gran conocimiento de
la materia; lo que se llama un trabajo concienzudo. No faltaba sino
estudiarlo primero y aprovecharlo luego, decidiéndose a defender las
disposiciones hechas en unas u otras épocas. Después, todo era cuestión
de atrevimiento y desparpajo para hilvanar cuatro párrafos sobre la
buena fe o la malicia del gobierno, según el punto de vista que se
tomara.
Al quinto día de haber estado don Luis en la biblioteca del Senado, le
esperó Pepe en un pasillo.
--¡Señor de Ágreda!
--¡Ah! caramba, ¡ya no me acordaba! (Esta era la más desenfadada mentira
que salió de sus labios.)
--He reunido infinidad de datos que pueden ser a Vd. de gran utilidad.
--Poco hay que yo no conozca; pero en fin, lo agradezco mucho... ¿Tiene
Vd. ahí los apuntes?
Pepe llevaba las cuartillas en el bolsillo, mas no le convenía dárselas
allí.
--No, señor, no las he traído. ¿Qué necesidad tiene nadie de enterarse?
Además, para ahorrar a Vd. trabajo material, que es lo único que yo
puedo hacer, bueno será que, con los papeles en la mano, le indique el
origen de ciertas cosas, para que Vd. no se mortifique.--Dicho esto,
esperó impaciente la respuesta.
--Vaya, vaya... Pues mañana por la mañana, a la hora que solía Vd. ir
antes, le espero en casa. Tiene Vd. razón, no hace falta que se sepa...
Por su gusto, le hubiese citado para aquella noche, o se le hubiera
llevado en seguida a un café, a cualquier parte. Cuando, de allí a poco,
entró en el salón de sesiones, no podía coordinar las ideas. Lo que
había hecho Pepe le indicaba que las gentes contaban con un discurso
suyo. No era ilusión; no estaba representando un papel de comedia, sino
dentro de la realidad. Se sentó en su escaño habitual, y sin oír nada de
lo que sus compañeros discutieron aquella tarde, se preguntó con el
pensamiento más de cien veces:--«¿Qué habrá hecho ese muchacho?»
A la hora de comer dijo a su hija:
--Creo que me van a comprometer para que hable. Por supuesto, que no me
cogerán desprevenido. Mañana puede que venga a traerme unos datos que he
tomado en la biblioteca aquel muchacho que arregló los libros.
Paz le oyó entre turbada y contenta, pero su alegría fue mayor que su
inquietud.
* * * * *
A la hora fijada estaba allí Pepe, con su línea de conducta trazada de
antemano, como general que, tras madurar un plan de batalla, se decide a
realizarlo. Le era preciso extremar la astucia puesta en juego para
frecuentar la casa hasta obtener dos cosas: primera, ver a Paz y
estudiar en su rostro la impresión que produjera su presencia; y
segunda, si la muchacha no mostraba enojo, procurar por todos los medios
imaginables que le quedara franca la entrada. Harto sabía que a título
de amigo, como visita, de igual a igual, nunca le admitirían; pero ¿qué
le importaba si conseguía ver a Paz y salir de dudas? Don Luis le
recibió en el despacho. Sobre una de las butacas se veían un periódico
de modas y un cestito de labor.--«Esto es de ella»--imaginó Pepe, y este
_ella_ que subrayó con el pensamiento, le pareció ambiciosamente
ridículo.
--Vamos a ver--dijo don Luis entrando--ante todo, agradezco muy de veras
su atención; pero dudo que hayamos encontrado algo nuevo. ¡He estudiado
tanto el asunto!
--Aquí tiene Vd.--contestó Pepe entregándole las cuartillas.
--Siéntese Vd. un momento.
El senador comenzó a leer para sí, y su fisonomía fue tomando una
expresión indefinible: pugnaba por disimular la emoción y no podía.
Debió sentir que los ojos se le animaban y, para disfrazar aquel signo
de agrado, frunció el entrecejo, aunque murmurando: «sí, sí, aquí veo
algo nuevo.» Luego prosiguió devorando renglones; pero cada instante le
era más imposible sofocar el gozo y, temiendo que se lo conocieran en la
cara, dejó de leer.
--Basta, tengo bastante; lo agradezco muchísimo; aprovecharé algo, si
señor; ¡vaya si aprovecharé!
Pepe casi no le oía. ¿Se perdería su astucia? ¿No aparecería Paz por
allí?
--Quisiera que observase Vd.--dijo, por alargar la entrevista--que he
procurado reunir todo lo que se habló al iniciarse hace años el
proyecto: aquí está lo que propuso González Brabo... esto es de Bravo
Murillo, estas notas de Calvo Asensio...
Don Luis tuvo que suspender la lectura: cada cuartilla se le antojaba un
billete de entrada a la inmortalidad. ¡Vaya si hablaría! Del hombre
estimado sólo por consecuente, iba a surgir el orador.
Oyose en esto ruido de pasos, y se asomó Paz a la puerta del despacho, a
tiempo que su padre repetía:
--Gracias, muchas gracias.
--No sé de qué se trata--dijo ella entonces a Pepe;--pero yo también se
las doy a Vd.
Don Luis cogió de nuevo los papeles, que parecían tener imán para sus
manos y, entre tanto, los muchachos se miraron en silencio. Pepe
arrostró con franqueza la mirada de Paz. ¡Cuánto hubiera dado en aquel
instante por poder decirla con los ojos todo el tropel de ideas
vanidosas, de ambiciones absurdas que habían anidado en su pensamiento,
sin callarla nada, miedo, esperanza ni pobreza! Paz tuvo que disimular
su alegría, por no aparecer desapudorada; mas no hizo mohín de disgusto
ni frunció siquiera el lindo entrecejo. Para ninguno de ambos era ya
secreto la atracción que habían ejercido uno sobre otro.
--Sí, señor; de esto se puede sacar partido--murmuraba don Luis.
Pepe, que se resistía a marcharse sin dar cima a sus propósitos, trató
de prolongar la visita y, mirando hacia el cuarto de los libros, repuso:
--Quisiera concluir de arreglar aquí algo que olvidé días pasados.
--Haga Vd. lo que guste.
Pepe pasó a la pieza contigua, y don Luis, sin poderse contener, hojeó
de nuevo las cuartillas. Paz dejó trascurrir unos minutos, y en seguida
entró también a la estancia inmediata. Pepe, sin vacilar, se acercó a
ella y, en voz baja, con acento de sinceridad, la dijo:
--Señorita, esta vez no me ha traído la casualidad, sino la astucia;
pero, si mi presencia la enoja, no volveré jamás a verla a Vd. No
necesita Vd. decir una sola palabra: me bastará su silencio... No nos
volveremos a ver nunca.
Paz no desplegó los labios y, sin embargo, a los ojos de Pepe se asomó
toda la dicha de su alma. La señorita, la muchacha rica, escuchó
aquello sin el menor movimiento de enfado, presa de una turbación
deliciosa: él, entonces, la ofreció la mano y ella la estrechó
rápidamente entre las suyas, sintiendo al mismo tiempo que se la
enrojecía el rostro. Ninguna frase de todos los idiomas de la tierra
hubiera podido ser tan elocuente como aquel sonrojo. En seguida salieron
al despacho, sin hablarse. Cuando él se marchó, Paz corrió hacia su
cuarto, se acercó a un balcón y, levantando un poco el visillo, le vio
desaparecer tras los troncos de los árboles del paseo.
La partícula de oro se había adherido al grano de arena: la corriente de
la vida debía arrastrarlos juntos desde aquel día.
Don Luis permaneció en el despacho contemplando las cuartillas: «¡Si
esto es un discurso!--murmuraba.--¡Si no hay más que añadir al
principio: _Señores_, y al final: _He dicho!_ ¡Ah! sí, y algo de
relleno; unos párrafos... mi consecuencia, la lealtad al gobierno, la
libertad, el amor a las instituciones!»
Era cosa resuelta; los taquígrafos tendrían que trabajar por causa
suya.