Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casa
de don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí. La última mañana
que estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podían
observarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, y
repuso:--«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto era
que, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto era
Paz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en la
mano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentía
brotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursor
del más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre,
como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor del
día.
Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó de
ello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el _pobre
muchacho_ cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que no
le había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle el
dinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nada
del mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, no
fue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo como
miedo vago, pudor mortificado por sí mismo.
Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejó
de pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de los
libros, experimentó hastío y tristeza.
Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja,
no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentir
aquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance de
sus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar los
dichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete,
a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unas
veces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.
* * * * *
Una mañana de la primavera de 1872--ocho o nueve meses antes de aquella
cena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada de
Tirso--estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. El
sol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedad
y oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aroma
embalsamaba el aire. Sobre el azul intenso del cielo destacaban las
copas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso,
de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de los
recuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada.
Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sus
trajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de los
árboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algún
lacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, había
algunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianos
achacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían en
busca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos,
descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, tras
cuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja de
los bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda,
fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseo
circulaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y,
siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unos
cuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado en
el pescante deletreando _El Cencerro_. Al otro lado, los tranvías
corrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que sus
conductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de los
mayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso de
arriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias de
orden público, entonces llamados _amarillos_, sin otro consuelo que
echar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las calles
vecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosas
de que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar y
las mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unas
caminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas con
la gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia,
arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de la
moda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la misma
puerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, y
lentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menos
engalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar,
y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de las
fiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia la
tierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, venían
pegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabra
y mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que,
como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielo
dichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con su
tañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas,
ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres,
cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas,
codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia,
levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejando
entrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicada
por el resplandor amarillo de las velas.
Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su
mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la
calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las
veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del
sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada
cueva.
También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos
permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del
día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en
torno suyo con los _últimos partes del Norte_. Hacia la calle de Alcalá
se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y
andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo
con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato
al mocetón que lo guiaba: _el tieestóo de claaveles doobles_... Quien se
acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar,
tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su
hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad
moderna.
--Las partidas van en aumento.
--Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.
--Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.
--Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa
culta.
--Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un
noventa y tres espantoso.
--Todas las malas pasiones se han abierto camino.
--¡Hasta que se forme una liga de _los que tienen que perder_!
--¡Cada día un _meeting_! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por
cima de los pelos.
--¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno.
¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había _mitins_! Esto se va.
--Pues yo creo que el Rey gana simpatías.
--¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!
--Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historia
demuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.
De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban de
trapos, modas, chismes y criados.
--Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.
--Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otra
tarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca y
peineta para hacer rabiar a los Reyes.
--¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.
--Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel!
Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:--Y la que esto
decía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca de
hierro, seguía con la vista al grupo de las damas.
Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues y
mohínes, un diálogo muy vivo.
--¿No entráis?
--No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dar
tiempo a que llegue _ese_. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobre
muchacho que bebe los vientos.
--¿Y el tuyo?
--Este Junio acaba.
--Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...
--Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!
--Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.
--Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!
--Abur, remononísima.
Los _sietemesinos_, echando humo por la boca y luciendo americanas del
verano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.
--Te digo que esa señora no es tal señora, y me han dicho que _torea_.
--Vamos, chico, ¡que te calles! Yo la he seguido dos tardes, y ni
siquiera me ha mirado.
--Pues me consta que va a citas.
--¡Sí! Las ganas.
--Ya salen... adiós.
La campana sonaba con más fuerza; los mendigos de la puerta del templo
entristecían la voz cuanto les era posible; las amas de cría comenzaban
a desfilar como burras de leche; las señoras entraban o salían de la
iglesia, lanzándose miradas envidiosas; el calor arreciaba, y el paseo
se iba quedando poco menos que desierto, oyéndose por la acera de piedra
el firme taconear de las muchachas que pasaban, medio ocultas por las
anchas sombrillas de colores chillones, mientras las madres llamaban a
los niños, que corrían como perrillos jugando a las mulas o se detenían
a mirar las estampas que veían al paso en mano de los vendedores de
periódicos. Lentamente se fue marchando todo el mundo, y la campana cesó
de tocar: sólo quedaron allí el estanquero, sentado junto a su cajón, la
mujer del aguaducho volcando sobre un plato muy cóncavo el puchero del
cocido que acababa de traerla un chico, y la pareja de _amarillos_ que,
paseo arriba, paseo abajo, llegaba desde la Cibeles hasta la Casa de la
Moneda.
Al mismo tiempo que el sacristán, con su manojo de llaves y su sotana
manchada de cera, salió a cerrar la puerta del templo, salieron también
dos señoras: una, modestamente vestida de negro, canoso el pelo, rugoso
el rostro, con aspecto de dueña modernizada, mitones de encaje y zapatos
de rusel; la segunda, elegantísimamente puesta y en extremo sencilla,
sin adornos ni joyas. Eran Paz y su aya.
--No ha venido el coche--dijo aquélla--Vamos a sentarnos un rato, que ya
no tardará.--Y se puso a hacer dibujos en la arena con el palo de la
sombrilla.
La vieja miraba al aire, como quien piensa en las musarañas. La fuerza
del sol iba en aumento; las sombras de las acacias dibujaban ya
enérgicamente en el suelo contornos muy negros, y por los jardinillos no
pasaba sino algún transeúnte aguijoneado por la esperanza del almuerzo,
o algún señor viejo arrastrando penosamente los pies sobre la arena. La
aguadora estaba saboreando su frugal comida, y el estanquero dormitaba
echado de bruces sobre la piedra de probar la moneda. De repente llegó
el coche de Paz y se detuvo junto al paseo ancho.
--Vámonos--dijo ésta viendo tirarse al lacayo del pescante.
Al poner Paz el pie en el estribo se volvió de pronto para fijarse en el
traje de una señora que pasaba, y notó que, a pocos pasos de ella, iba
un hombre; Pepe. La niña vaciló un instante: su primer impulso fue
llamarle, pero sintió en el rostro una oleada de calor y, avergonzada de
su propia idea, tomó asiento junto a la vieja. Entonces la vio Pepe y se
quitó el sombrero: ella le saludó con una inclinación de cabeza, dando a
su mirada cierta expresión de afectuosa confianza, y después, durante
unos segundos, se quedó inclinada hacia la ventanilla: Pepe permaneció
inmóvil. Al arrancar los caballos tornó Paz a mirarle, y entonces, sin
darse cuenta de ello, sus ojos se clavaron con tristeza en el muchacho,
dejando luego caer los párpados lentamente, como si en aquella mirada
pretendiera enviarle una expresión de simpatía y una queja. Pepe, que no
se había movido aún, quedó suspenso, confuso, con la admiración que
produce una impresión nunca sentida. No fue presuntuosidad de vanidoso
la que se le entró al alma, ni vanagloria súbita de aventuras absurdas,
sino una sorpresa grandísima. ¿De qué nacían aquellas muestras de
agrado, comedidas, pero clarísimas? El instante de vacilación al subir
al coche, y luego la mirada dulce y triste, ¿qué querían decir? Aquella
expresión afectuosa impregnada de modestia, pero ostensible, ¿a qué
obedecía? Quizá no fuese todo sino un poco de esa simpatía que, a modo
de limosna, dispensa el poderoso al miserable. El pesimismo, compañero
eterno de la desgracia, le dijo que acertaba. ¿Qué otra cosa podía ser?
Pero luego la imaginación venció a la cordura y el desvarío del
pensamiento se sobrepuso a la mentida frialdad de que Pepe quiso hacer
alarde ante sí propio. Su ánimo fue pasando rápidamente del mayor
desaliento a la más caprichosa esperanza, y por fin, tras muchas
alternativas de animación y desfallecimiento, temiendo que lo novelesco
degenerase en ridículo, decidió no volver a poner nunca los pies en casa
del señor de Ágreda, ni a pasar jamás por Recoletos a las horas de misa.
Efectivamente... al otro domingo fue a Recoletos con el intento de
_verla_ sin que ella lo notase y, al divisar el coche, entró en la
iglesia, quedándose en sombra, junto al mamparón de ingreso. Un momento
después entraron Paz y el aya, confundidas en un grupo con otras
mujeres: dejolas pasar, y cuando se arrodillaron, avanzó hasta colocarse
en lugar propicio para poder mirarla a su sabor, sin ser visto.
La iglesia estaba envuelta en una semisombra gris y sucia: la luz que
caía de las altas ventanas de la cupulilla, ocultas por gruesas cortinas
azules, no bastaba a esclarecer el ambiente. De rato en rato sonaban
campanillazos, y otras veces el chocar de los cuartos dentro del cepillo
que un monago presentaba a los fieles pidiendo, _para el cultooo de esta
santa iglesiaaa_. Pepe sentía una zozobra inexplicable: cada dos minutos
formaba resolución de irse; pero sus pies no se movían... De cuando en
cuando el remover de las sillas producía un estrépito entrecortado y
seco, tras el cual sólo se oía un ruido bajo y sordo, semejante al que
producen las culebras arrastrándose entre hojarasca seca. Todo el mundo
rezaba... El humo de los cirios y ese olor humano y acre de gente
aglomerada en espacio cerrado, viciaban la atmósfera. Delante, y a la
derecha del altar mayor, había otro portátil que sustentaba una Virgen
de túnica blanca y manto azul, figurando salir de una gruta hecha, como
peñasco de nacimiento, con corcho y cartón piedra. Este era el punto más
luminoso del templo. Media docena de velas altas y delgadas, de pábilo
muy fino, porque fuese mayor su duración, alumbraban a la santa imagen,
que era de rostro aniñado y yesoso, excepto en los pómulos, donde tenía
fuertes rosetas carminosas.
Las manos, en que el artista se había esmerado, eran excesivamente
pequeñas, y a lo largo del cuerpo caían los pliegues de la túnica,
tallada en pliegues rectos, pero duros, mal imitados de las esculturas
paganas. Pepe miraba alternativamente a Paz y a la Virgen. ¡Qué
diferencia! La verdadera divinidad era aquélla. En sus ojos resplandecía
toda la vida que faltaba en los de la imagen. ¡Qué hermosa era la obra
de Dios! ¡Qué risible la labrada por el hombre!
Paz oía misa con recogimiento, volviendo tranquilamente las hojas del
devocionario, que a veces dejaba sobre la falda, pero sin alardes de
unción religiosa: su rostro no se entristecía con compunción exagerada,
ni tenía ese lento parpadear que es a los ojos lo que el estertor a la
respiración.
La misa pasó en un soplo; el cura volvió hacia la sacristía, haciendo
pausadas genuflexiones ante los altares, y cuando Pepe quiso salir halló
obstruida la puerta por un grupo de gente que se le había adelantado,
obligándole a detenerse. Ellas dos se dirigieron también a la salida. La
vieja no le vio; iba pugnando porque no la estrujaran, sin preocuparse
de otra cosa; pero Paz le sorprendió en el momento de levantar el seboso
cortinón de la puerta. Él, en cuanto puso el pie en la calle, se alejó
algo, siguiendo la línea de la acera; ellas salieron en seguida, y la
muchacha miró a derecha e izquierda, hasta que, al tropezar su vista con
Pepe, le saludó turbada en el instante de subir al coche. Después, Pepe
creyó notar que se levantaba la ventanilla trasera, y luego, igual que
la vez pasada, vio a Paz sacar la cabeza para volver a decirle adiós con
la mano.
El muchacho se fue a su casa como loco. Al ir a tirar del cordón de la
campanilla, tuvo que detenerse un momento y hacer propósito de que sus
padres no le conocieran en el rostro que le ocurría algo extraordinario.
Leocadia le dijo al verle entrar:
--¡Chico, vaya un capricho! ¿Te has puesto la mejor ropa que tienes para
salir tan temprano?