VI

Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casa

de don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí. La última mañana

que estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podían

observarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, y

repuso:--«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto era

que, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto era

Paz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en la

mano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentía

brotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursor

del más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre,

como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor del

día.

Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó de

ello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el _pobre

muchacho_ cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que no

le había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle el

dinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nada

del mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, no

fue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo como

miedo vago, pudor mortificado por sí mismo.

Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejó

de pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de los

libros, experimentó hastío y tristeza.

Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja,

no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentir

aquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance de

sus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar los

dichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete,

a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unas

veces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.

* * * * *

Una mañana de la primavera de 1872--ocho o nueve meses antes de aquella

cena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada de

Tirso--estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. El

sol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedad

y oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aroma

embalsamaba el aire. Sobre el azul intenso del cielo destacaban las

copas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso,

de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de los

recuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada.

Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sus

trajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de los

árboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algún

lacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, había

algunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianos

achacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían en

busca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos,

descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, tras

cuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja de

los bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda,

fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseo

circulaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y,

siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unos

cuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado en

el pescante deletreando _El Cencerro_. Al otro lado, los tranvías

corrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que sus

conductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de los

mayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso de

arriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias de

orden público, entonces llamados _amarillos_, sin otro consuelo que

echar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las calles

vecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosas

de que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar y

las mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unas

caminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas con

la gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia,

arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de la

moda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la misma

puerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, y

lentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menos

engalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar,

y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de las

fiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia la

tierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, venían

pegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabra

y mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que,

como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielo

dichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con su

tañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas,

ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres,

cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas,

codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia,

levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejando

entrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicada

por el resplandor amarillo de las velas.

Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su

mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la

calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las

veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del

sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada

cueva.

También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos

permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del

día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en

torno suyo con los _últimos partes del Norte_. Hacia la calle de Alcalá

se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y

andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo

con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato

al mocetón que lo guiaba: _el tieestóo de claaveles doobles_... Quien se

acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar,

tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su

hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad

moderna.

--Las partidas van en aumento.

--Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.

--Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.

--Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa

culta.

--Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un

noventa y tres espantoso.

--Todas las malas pasiones se han abierto camino.

--¡Hasta que se forme una liga de _los que tienen que perder_!

--¡Cada día un _meeting_! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por

cima de los pelos.

--¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno.

¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había _mitins_! Esto se va.

--Pues yo creo que el Rey gana simpatías.

--¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!

--Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historia

demuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.

De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban de

trapos, modas, chismes y criados.

--Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.

--Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otra

tarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca y

peineta para hacer rabiar a los Reyes.

--¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.

--Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel!

Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:--Y la que esto

decía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca de

hierro, seguía con la vista al grupo de las damas.

Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues y

mohínes, un diálogo muy vivo.

--¿No entráis?

--No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dar

tiempo a que llegue _ese_. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobre

muchacho que bebe los vientos.

--¿Y el tuyo?

--Este Junio acaba.

--Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...

--Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!

--Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.

--Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!

--Abur, remononísima.

Los _sietemesinos_, echando humo por la boca y luciendo americanas del

verano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.

--Te digo que esa señora no es tal señora, y me han dicho que _torea_.

--Vamos, chico, ¡que te calles! Yo la he seguido dos tardes, y ni

siquiera me ha mirado.

--Pues me consta que va a citas.

--¡Sí! Las ganas.

--Ya salen... adiós.

La campana sonaba con más fuerza; los mendigos de la puerta del templo

entristecían la voz cuanto les era posible; las amas de cría comenzaban

a desfilar como burras de leche; las señoras entraban o salían de la

iglesia, lanzándose miradas envidiosas; el calor arreciaba, y el paseo

se iba quedando poco menos que desierto, oyéndose por la acera de piedra

el firme taconear de las muchachas que pasaban, medio ocultas por las

anchas sombrillas de colores chillones, mientras las madres llamaban a

los niños, que corrían como perrillos jugando a las mulas o se detenían

a mirar las estampas que veían al paso en mano de los vendedores de

periódicos. Lentamente se fue marchando todo el mundo, y la campana cesó

de tocar: sólo quedaron allí el estanquero, sentado junto a su cajón, la

mujer del aguaducho volcando sobre un plato muy cóncavo el puchero del

cocido que acababa de traerla un chico, y la pareja de _amarillos_ que,

paseo arriba, paseo abajo, llegaba desde la Cibeles hasta la Casa de la

Moneda.

Al mismo tiempo que el sacristán, con su manojo de llaves y su sotana

manchada de cera, salió a cerrar la puerta del templo, salieron también

dos señoras: una, modestamente vestida de negro, canoso el pelo, rugoso

el rostro, con aspecto de dueña modernizada, mitones de encaje y zapatos

de rusel; la segunda, elegantísimamente puesta y en extremo sencilla,

sin adornos ni joyas. Eran Paz y su aya.

--No ha venido el coche--dijo aquélla--Vamos a sentarnos un rato, que ya

no tardará.--Y se puso a hacer dibujos en la arena con el palo de la

sombrilla.

La vieja miraba al aire, como quien piensa en las musarañas. La fuerza

del sol iba en aumento; las sombras de las acacias dibujaban ya

enérgicamente en el suelo contornos muy negros, y por los jardinillos no

pasaba sino algún transeúnte aguijoneado por la esperanza del almuerzo,

o algún señor viejo arrastrando penosamente los pies sobre la arena. La

aguadora estaba saboreando su frugal comida, y el estanquero dormitaba

echado de bruces sobre la piedra de probar la moneda. De repente llegó

el coche de Paz y se detuvo junto al paseo ancho.

--Vámonos--dijo ésta viendo tirarse al lacayo del pescante.

Al poner Paz el pie en el estribo se volvió de pronto para fijarse en el

traje de una señora que pasaba, y notó que, a pocos pasos de ella, iba

un hombre; Pepe. La niña vaciló un instante: su primer impulso fue

llamarle, pero sintió en el rostro una oleada de calor y, avergonzada de

su propia idea, tomó asiento junto a la vieja. Entonces la vio Pepe y se

quitó el sombrero: ella le saludó con una inclinación de cabeza, dando a

su mirada cierta expresión de afectuosa confianza, y después, durante

unos segundos, se quedó inclinada hacia la ventanilla: Pepe permaneció

inmóvil. Al arrancar los caballos tornó Paz a mirarle, y entonces, sin

darse cuenta de ello, sus ojos se clavaron con tristeza en el muchacho,

dejando luego caer los párpados lentamente, como si en aquella mirada

pretendiera enviarle una expresión de simpatía y una queja. Pepe, que no

se había movido aún, quedó suspenso, confuso, con la admiración que

produce una impresión nunca sentida. No fue presuntuosidad de vanidoso

la que se le entró al alma, ni vanagloria súbita de aventuras absurdas,

sino una sorpresa grandísima. ¿De qué nacían aquellas muestras de

agrado, comedidas, pero clarísimas? El instante de vacilación al subir

al coche, y luego la mirada dulce y triste, ¿qué querían decir? Aquella

expresión afectuosa impregnada de modestia, pero ostensible, ¿a qué

obedecía? Quizá no fuese todo sino un poco de esa simpatía que, a modo

de limosna, dispensa el poderoso al miserable. El pesimismo, compañero

eterno de la desgracia, le dijo que acertaba. ¿Qué otra cosa podía ser?

Pero luego la imaginación venció a la cordura y el desvarío del

pensamiento se sobrepuso a la mentida frialdad de que Pepe quiso hacer

alarde ante sí propio. Su ánimo fue pasando rápidamente del mayor

desaliento a la más caprichosa esperanza, y por fin, tras muchas

alternativas de animación y desfallecimiento, temiendo que lo novelesco

degenerase en ridículo, decidió no volver a poner nunca los pies en casa

del señor de Ágreda, ni a pasar jamás por Recoletos a las horas de misa.

Efectivamente... al otro domingo fue a Recoletos con el intento de

_verla_ sin que ella lo notase y, al divisar el coche, entró en la

iglesia, quedándose en sombra, junto al mamparón de ingreso. Un momento

después entraron Paz y el aya, confundidas en un grupo con otras

mujeres: dejolas pasar, y cuando se arrodillaron, avanzó hasta colocarse

en lugar propicio para poder mirarla a su sabor, sin ser visto.

La iglesia estaba envuelta en una semisombra gris y sucia: la luz que

caía de las altas ventanas de la cupulilla, ocultas por gruesas cortinas

azules, no bastaba a esclarecer el ambiente. De rato en rato sonaban

campanillazos, y otras veces el chocar de los cuartos dentro del cepillo

que un monago presentaba a los fieles pidiendo, _para el cultooo de esta

santa iglesiaaa_. Pepe sentía una zozobra inexplicable: cada dos minutos

formaba resolución de irse; pero sus pies no se movían... De cuando en

cuando el remover de las sillas producía un estrépito entrecortado y

seco, tras el cual sólo se oía un ruido bajo y sordo, semejante al que

producen las culebras arrastrándose entre hojarasca seca. Todo el mundo

rezaba... El humo de los cirios y ese olor humano y acre de gente

aglomerada en espacio cerrado, viciaban la atmósfera. Delante, y a la

derecha del altar mayor, había otro portátil que sustentaba una Virgen

de túnica blanca y manto azul, figurando salir de una gruta hecha, como

peñasco de nacimiento, con corcho y cartón piedra. Este era el punto más

luminoso del templo. Media docena de velas altas y delgadas, de pábilo

muy fino, porque fuese mayor su duración, alumbraban a la santa imagen,

que era de rostro aniñado y yesoso, excepto en los pómulos, donde tenía

fuertes rosetas carminosas.

Las manos, en que el artista se había esmerado, eran excesivamente

pequeñas, y a lo largo del cuerpo caían los pliegues de la túnica,

tallada en pliegues rectos, pero duros, mal imitados de las esculturas

paganas. Pepe miraba alternativamente a Paz y a la Virgen. ¡Qué

diferencia! La verdadera divinidad era aquélla. En sus ojos resplandecía

toda la vida que faltaba en los de la imagen. ¡Qué hermosa era la obra

de Dios! ¡Qué risible la labrada por el hombre!

Paz oía misa con recogimiento, volviendo tranquilamente las hojas del

devocionario, que a veces dejaba sobre la falda, pero sin alardes de

unción religiosa: su rostro no se entristecía con compunción exagerada,

ni tenía ese lento parpadear que es a los ojos lo que el estertor a la

respiración.

La misa pasó en un soplo; el cura volvió hacia la sacristía, haciendo

pausadas genuflexiones ante los altares, y cuando Pepe quiso salir halló

obstruida la puerta por un grupo de gente que se le había adelantado,

obligándole a detenerse. Ellas dos se dirigieron también a la salida. La

vieja no le vio; iba pugnando porque no la estrujaran, sin preocuparse

de otra cosa; pero Paz le sorprendió en el momento de levantar el seboso

cortinón de la puerta. Él, en cuanto puso el pie en la calle, se alejó

algo, siguiendo la línea de la acera; ellas salieron en seguida, y la

muchacha miró a derecha e izquierda, hasta que, al tropezar su vista con

Pepe, le saludó turbada en el instante de subir al coche. Después, Pepe

creyó notar que se levantaba la ventanilla trasera, y luego, igual que

la vez pasada, vio a Paz sacar la cabeza para volver a decirle adiós con

la mano.

El muchacho se fue a su casa como loco. Al ir a tirar del cordón de la

campanilla, tuvo que detenerse un momento y hacer propósito de que sus

padres no le conocieran en el rostro que le ocurría algo extraordinario.

Leocadia le dijo al verle entrar:

--¡Chico, vaya un capricho! ¿Te has puesto la mejor ropa que tienes para

salir tan temprano?

El enemigo · 第 8 / 47 题