Don Luis María de Ágreda, senador electivo, gracias al patrimonio e
influencia que tenía en su pueblo, era uno de los antiguos progresistas
obstinados en sobrevivir a su partido; de aquellos que ponían sobre todo
la Soberanía Nacional, y para quienes la España contemporánea no produjo
sino cuatro hombres de gran valer: Mendizábal, por la desamortización;
Espartero, por haber vencido al carlismo; Olózaga, por haber hablado
antes que nadie de los _obstáculos tradicionales_; y Prim, por seguir
sus huellas.
La fortuna de don Luis, con ser respetable, no era sino resto de lo
mucho que gastó su padre en conspirar contra Sartorius y Narváez; pero
lo que mejor heredó fue un grande amor al partido progresista, mucha
antipatía a la demagogia, que se le antojaba cosa pagada con el oro de
la reacción, y una repulsión invencible a moderados y carlistas. Los
trabajos de don Luis en juntas y comisiones del partido; los artículos,
proyectos y dictámenes que escribió, serían incalculables, e infinitas
las veces que proyectó terciar en los debates; pero jamás tuvo ánimo
para romper a hablar en público ni para enviar dos cuartillas a un
periódico. No era tonto y lo parecía, porque sin tener realmente
influencia entre los suyos, imaginaba que su consecuencia y lealtad
debían darle mayor importancia de la que gozaba, resultando algo
vanidoso. Como la palabra obedecía mal a su pensamiento, huía los
diálogos largos y las conversaciones en corro, limitándose a hacer
signos de afirmación o negación con la cabeza, y cuando más, a decir
frases concisas, que tomaban en sus labios tono de sentencias
pretenciosas. Muchos le consideraban como hombre formal, pero de cortos
alcances, y algunos le trataban de burro serio. Aquéllos andaban más
cerca de lo cierto; porque sin ser don Luis una inteligencia
privilegiada, era honrado y de carácter firme, aunque algo agriado, por
imaginar que debía brillar y bullir más en su partido.
Lo que constituía su verdadero título de gloria, para quien llegase a
saberlo, era la educación que dio a su hija. A los treinta y dos años
enviudó y se propuso que Paz, cuando él faltara, estuviese en
condiciones de vivir por sí, sin ajeno auxilio, que supiera manejar su
fortuna y aprendiese a conocer su corazón, para no dejarla expuesta a
rapacidades tutorescas ni a errores de su inexperiencia. Muchas veces la
dijo:--«Has de saber cuánto tienes, duro por duro; y has de pensar
siempre en lo que vayas a hacer, para que ni el prójimo te robe ni tú te
engañes.»
Paz estuvo una temporada de tres años en un colegio dirigido por monjas,
lo cual no era muy del agrado de su padre; pero ¿qué hacer, si no había
en Madrid otro linaje de casas de educación? Allí aprendió a escribir
con bonita letra, a hablar bastante bien en francés y rudimentos
incompletos de muchas cosas: de coser poco, de bordar algo y de rezar
mucho. Sin salir del colegio sabía también cuanto ocurría en Madrid,
hasta interioridades de familias que a nadie importaban; pero, por lo
visto, para _las madres_ no había secretos; así que, los domingos de
salida, don Luis se maravillaba escuchando a su hija cosas que él no oía
ni a los murmuradores del Casino. Esto, y un tantico de vanidad que se
fue despertando en el alma de Paz, indujeron a su padre a sacarla del
colegio-convento; mas aunque quiso hacerlo con gran tiento y
circunspección, tuvo por fin que ser enérgico, porque las santas mujeres
habían procurado atraerse la voluntad de la niña. ¿Les indujo a ello la
bondad de Paz? ¿Ambicionaron la conquista de su preciosa voz para la
capilla? ¿Prendáronse quizá del entusiasmo con que era de las primeras
en gastar sus ahorros de colegiala rica comprando, ya la sabanilla del
Cristo, ya la toca de la Virgen, ya el encaje para el paño del altar?
Ello fue que un día de fiesta, no pudiendo don Luis ir a buscarla, envió
con el carruaje a una parienta, quien a la hora del almuerzo volvió
sola, refiriendo que la _buena madre_ había dicho que _mademoiselle_ Paz
no salía. Don Luis, pensando que su hija estaba mala, fue inmediatamente
a verla y, a disgusto de la superiora, hubo que traer la niña a
presencia del padre, quien pasó un rato muy malo observando que su Paz,
sin estar castigada, ni enferma, se allanaba de buen grado a permanecer
allí, en vez de irse a pasar el día con él. Por fin consiguió que su
hija le siguiese, y aquella noche no la permitió volver al colegio.
«Aquí no hay más _madres_ que yo»--dijo don Luis--y desde entonces se
consagró al cuidado y educación de su hija, sin perder por eso su
desmedida afición a la cosa pública. Las cartas de la superiora y las
embajadas del capellán, hicieron en vano esfuerzos por recobrar la oveja
descarriada, mas no lograron que tornase al redil. De allí en adelante,
don Luis toleró que Paz, de tarde en tarde, gastara algo en sabanillas,
mantos y encajes, pero no la dejó volver a poner los pies en el
convento. La mansedumbre, que es gran virtud, evitó que las monjas se
ofendieran: no salió de sus labios palabra de reproche, nada intentaron
para exacerbar la devoción naciente, quizá la vocación frustrada de Paz;
pero tampoco se olvidaron de recordarla en días determinados y
festividades solemnes que en un extremo de Madrid había una santa casa
que se honraba con haberla tenido por discípula y a la cual debía enviar
de cuando en cuando alguna limosna para obras de caridad, algún ramo de
flores para aquel altar, en cuyas gradas se arrodilló tantas veces.
Como Paz era buena, el tesoro de cariño que halló en su casa la hizo
olvidarse pronto del colegio, y aquella afición mongil se apagó como con
la mano. La libertad de acción, el sano orgullo de mandar en su casa
como dueña y, sobre todo, el habilidoso amor de padre, ahogaron a tiempo
el piadoso secuestro que pudo haber sobrevenido. Bastaron unas cuantas
semanas de esta vida, y el colegio, antes impregnado de cierta poesía
plácida, quedó reducido en la imaginación de Paz a un conjunto de
recuerdos fríos e incoloros. Al cabo de un año don Luis, escogiendo con
cautela las casas donde la llevaba, comenzó a presentarla en la titulada
buena sociedad, con lo cual sus galas y tocados la preocuparon mucho más
que antes la ropa de las santas imágenes: el gabinete lleno de primores
y el lecho mullido le fueron más gratos que el frío dormitorio y la
estrecha cama de colegiala; las flores que se ponía en el pelo cortadas
por su mano en el jardincito de la casa, destronaron a los ramilletes de
trapo de los altares; y para colmo de impiedad, la primer sinfonía de
Mozart que oyó tocar sonó en sus oídos más grata que las letanías,
salves y motetes.
La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casas
extrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrando
a reinar en su propio hogar. A poco de vivir con su padre, la enteró
éste de sus negocios, explicándola en qué consistía su fortuna,
ayudándose de ella para el manejo de intereses, con lo cual Paz llegó a
persuadirse de que don Luis era un hombre honrado, y el origen de cuanto
tenía decente y limpio. En cambio, comenzó a ver que ni todas las casas
ni todos los hombres eran como su casa y su padre. Aunque incompleto y
velado por la educación y la hipocresía, el mal llegó claro a sus ojos,
causándola una sensación parecida a la que sufriría quien, hecho sólo a
respirar aire puro, entrara de pronto en una atmósfera viciada. El
instinto suplió a la picardía, el ingenio a la malicia: no pudo la
imaginación desentrañar las causas de las cosas, pero vio los efectos y
fue bastante para que se le entrase al alma un miedo sano.
En su espíritu hubo dos impulsos simultáneos: el despertar a la
inquietud moral de la vida y la desconfianza de hacer a nadie partícipe
de sus emociones. Con su padre tenía toda la sinceridad posible; mas
esos misteriosos deseos, esas dudas ingenuas que la mujer reserva para
dichas en voz baja al elegido de su corazón, no salieron de sus labios.
Las frases galantes y las lisonjas la infundían una previsión
desasosegada, un terror vago que la impedía mostrarse complacida: era
semejante a un pájaro que tuviese miedo a la red. Cuando algún hombre
halagaba su oído con ternezas o la pedía esperanzas, ella,
involuntariamente, se acordaba de tantas infelices mal casadas y parejas
desavenidas, de los hogares que parecían fondas, donde marido y mujer
acusaban indiferencia, desvío, cuando no repugnancia. El amor propio no
la dejó renegar de su hermosura; pero su instinto la señaló un peligro
en su riqueza. Ser querida por sí, le pareció fácil: saber cuál amor
sería sincero, lo juzgó imposible. Hubiera querido disimular el
bienestar de su casa, y a veces sentía impulsos de extravagantes
humoradas, ansia de ocultar su facilidad de logro, a semejanza de esos
príncipes que viajan de riguroso incógnito para agradecer la simpatía
que inspiren y oír el lenguaje de la franqueza. «El mejor traje--solía
decir--es el que más disimula lo que cuesta.»
* * * * *
Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero como
de cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y de
aspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado,
le dijo:
--Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estos
muchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantas
mañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecho
los estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chico
juicioso, ¿eh?
--¿Oye Vd. esto?--preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero,
añadió.--Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración le
servirán a Vd. mucho. Casi es abogado...
El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban sus
años, le habló así:
--Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca le
viene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado?
¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?
--Sí señor, y haré lo posible por complacerle.
--Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos? porque yo lo tengo
allí todo revuelto.
--Cuando Vd. quiera.
--Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.
Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y le
preguntó quién era aquel señor.
--Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona. De estos que
no hablan nunca, y progresista a la antigua, pero muy rico. No hace más
que asistir a las votaciones, aunque está diciendo siempre que va a
hablar... y nunca habla.
Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.
V
Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañana
siguiente entraba Pepe en el _hôtel_ que aquél habitaba, situado al
final de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado,
subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estar
custodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, que
formaba parte de la planta baja.
El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo y
lujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden,
gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba bien
colocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia del
trabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sin
señales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era preciso
ordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscuro
rameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y el
peinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida como
rebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas que
conservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sin
haber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros.
La dama estaba peinada con el pelo hecho dos grandes ondas, muy
alisadas, y tenía las facciones parecidísimas a la retratada en el otro
lienzo; pero resultaba la belleza de la primera más completa y armónica.
A pesar de esta diferencia, se parecían tanto, que era fácil adivinar su
parentesco. Debían ser madre e hija, a juzgar por la edad que
representaba cada una y por la diferencia de los trajes. El retrato de
la más joven era una doble maravilla, por el modelo y la factura. Un
trozo de impalpable gasa la cubría los hombros, a modo de gola antigua;
tenía el rostro casi en sombra, los ojos ceñidos de un livor oscuro,
ligeramente inclinada hacia adelante la cabeza y puesta entre el pelo
una pluma de color de rosa, ingrávida, suelta, que parecía pronta a
moverse al más ligero soplo.
Los dos balcones del despacho daban al jardín y, a través de los
listones de las persianas caídas, se veía una pequeña estufa con plantas
de flores costosas, destinadas a morir en los búcaros de un gabinete o
prendidas en el pecho de una mujer bonita. Completaban el adorno de los
muros unos cuantos grabados ingleses, un retrato de Olózaga, en
litografía, con dedicatoria autógrafa, y un título de coronel honorario
de la Milicia Nacional del 54, encerrado en rica moldura y expedido a
favor del padre de Paz.
De pronto entró don Luis.
--Me gusta la puntualidad. Venga usted conmigo, y verá Vd. si hay aquí
para rato.
Penetraron en una habitación contigua, enteramente llena de libros,
donde tres estantes de roble nuevos y vacíos ocupaban otras tantas
paredes, mostrando sus enormes huecos de madera limpia, recién labrada e
impregnada del olor al barniz. En el centro había una gran mesa, también
llena de libros, y además libros por todas partes: en el suelo, encima
de las sillas y amontonados en los rincones, todos revueltos como en
casa donde anduvieran de mudanza.
Aquel día no ocurrió más sino que don Luis dio algunas instrucciones a
Pepe y éste comenzó a poner en orden los volúmenes, marchándose
enseguida con el tiempo preciso para almorzar antes de ir al Senado. Al
salir de la casa, tranquila la imaginación, sólo se hacía una pregunta:
«¿Qué gente será ésta?»
* * * * *
Tres mañanas llevaba Pepe de buscar tomos para juntar los de distintas
obras, colocando éstas luego lo mejor posible, cuando al cuarto día,
estando en el despacho despidiéndose de don Luis, oyó de pronto abrir
cautelosamente una puerta a su espalda y una voz de mujer preguntó:
--¿Puedo entrar?
Era la señorita del retrato, la de la pluma color de rosa. Llevaba
puesto un traje casero muy sencillo, blanco, corto, huérfano de adornos
y cuyas mangas descubrían los brazos: mostraba el cuello desahogado y
libre; el pelo húmedo hacia las sienes, y la tez algo encendida, como
azotada por el frescor del agua. La figura se destacó por claro sobre el
cortinaje oscuro, semejando personaje de dibujo fantástico. Sorpendida
al ver que don Luis no estaba solo, se detuvo un instante sin soltar el
tirador de la puerta, dudando si adelantar o volverse.
--¿Estorbo?
--No, hija, entra.
Pepe, que se disponía a marcharse, la saludo; contestole ella, y
cogiendo de sobre la mesa un periódico, se puso a leer. La escena fue
rápida, casi muda: el aparecer ella y el despedirse él, ocurrió en un
momento. «¡Qué bonita es!»--se decía luego Pepe al echar a andar, ya
fuera de la verja del jardinillo de la casa.
Durante las mañanas sucesivas, don Luis entró en varias ocasiones a ver
cómo llevaba el muchacho su trabajo, que cundía poco, porque el rato que
pasaba allí era corto. Los armarios se iban llenando, sin embargo, y don
Luis observó que, al mismo tiempo de guardar los libros, Pepe tomaba
nota de ellos en unas tarjetas grandes, para formar un índice. Esto le
gustó: el chico debía ser listo. Paz entró también alguna vez a buscar a
su padre, y llegó a cambiar con Pepe frases triviales. Un día hablaron
del tiempo, otro de un reciente y criminal atentado contra los Reyes. El
lenguaje de ella era el propio de una señorita bien educada que no se
desdeña de conversar con aquellos a quienes la fortuna no espropicia: el
de Pepe era respetuoso, casi tímido, de hombre no hecho a pisar casas
tan bien puestas ni a tratar con señoras de aspecto tan aristocrático.
Un día Paz, ya vestida para salir con su padre, estaba esperándole en el
despacho, mientras Pepe, con la puerta de comunicación abierta,
escribía en el cuarto de los libros papeletas para el índice. Paz leía
un periódico, en pie junto a un balcón; Pepe, aprovechando la ocasión,
la miraba disimuladamente, entre plumada y plumada. La muchacha era
preciosa. Su talle sin artificio que la oprimiera exageradamente, tenía
al cambiar de postura movimientos que acusaban formas esbeltas de curvas
admirables. El pelo, casi negro, recogido y alisado con extremada
modestia, avaloraba la blancura mate y dorada de la tez, vivificada por
venas finísimas y azuladas. Las facciones muy graciosas y menudas, sin
mezquindad, formaban una fisonomía móvil y animada, como la de aquellos
serafines de Goya, inspirados en los rostros picarescos de las hijas del
pueblo. Los ojos, de un azul oscuro y limpio, traían a la memoria el
cielo de las noches serenas de Granada, y los labios, que a veces
esmaltaba de blanco mordiéndoselos ligeramente con un movimiento
involuntario, parecían una flor de matiz encendido. La boca, roja como
herida reciente, y el azul límpido de los ojos, inspiraban ideas
distintas, siendo la severidad de su mirada, guarda puesta en defensa de
la dulzura de los labios.
No sintiendo Paz ningún ruido en el cuarto donde estaba Pepe, ni
siquiera chocar de libros contra tablas, ni el resbalar de la pluma
sobre el papel, dirigió la vista hacia el muchacho y le sorprendió
mirándola; él bajó la cabeza y prosiguió escribiendo, disgustado,
temeroso de que aquello la pareciese mal, y Paz se desvió un poco del
sitio donde leía, pero naturalmente, sin ademán de enojo. Al cabo de un
rato, al colocar Pepe unos libros en su sitio, volvió a mirarla sin que
ella entonces pudiera verle. En cambio él la contempló a su gusto; mas
de pronto se oyó la voz de don Luis que llamaba a su hija, y al soltar
ésta el periódico, por muy presto que quiso Pepe apartar los ojos, le
sorprendió Paz por vez segunda en flagrante delito de admiración, a
pesar de lo cual, al verle marchar poco después, no mostró enfado en
gesto ni en palabras, despidiéndose de él afablemente.
Pocos días después ocurrió casi lo mismo. Pepe, sólo por disfrutar de
aquél regalo de la vista, que la fortuna le ofrecía, miró varias veces a
Paz, y ella lo notó, sin dar señal de desagrado, antes al contrario,
sintiendo cierta tranquila complacencia con aquel homenaje mudo que la
rendía un hombre imposibilitado por su posición para adularla con
esperanza de lograr favores. Ella le miró también alguna vez a
hurtadillas, advirtiendo que el muchacho, no sólo no tenía mala figura,
sino que era lo que se llama un hombre guapo. Su fisonomía acusaba
inteligencia, sus ojos lealtad; es decir, reunía los dos rasgos
principales de la hermosura masculina. Entonces se despertó en Paz algo
de coquetería, no le parecieron mal aquellas miradas, y agradecida al
culto que empezaba a recibir, permaneció en el sitio donde estaba. En
días sucesivos entró varias veces al cuarto de los libros sin necesidad,
sólo por saborear aquel placer desconocido de aceptar un tributo que
halagaba su vanidad de niña bonita. Pero esta coquetería se le entró al
alma, sin que ella lo advirtiera, del mismo modo que Pepe se daba el
gusto de contemplarla sin segunda intención. Paz decía algunas veces
para sus adentros: «¡Pobre muchacho!» Pepe pensaba: «¡Parezco tonto!»
Ninguno advertía que aquel juego era peligroso. ¿Cómo había él de
imaginar que Paz estuviese al alcance de su deseo, ni quién se atrevería
a despertar en ella recelo de aquel desdichado?
Mas fue Dios servido--como decían los místicos--que comenzase a suceder
con las palabras lo mismo que con las miradas. Hablaron unas cuantas
veces de cosas indiferentes, y él, aun conteniéndose, por temor a
parecer atrevido, siempre halló ocasión de mostrar cortesía, ingenio y
gracia. Sus maneras carecían de atildamiento rebuscado y enfadoso, y sus
frases estaban exentas de esa vulgaridad que hace el lenguaje de un
hombre igual al de los demás: en lo que hablaba había siempre algo
original; su tristeza parecía sincera, su gracia tenía un dejo amargo.
Paz no podía analizar en qué estribaba ello, pero le gustaba hablar con
Pepe, quien siempre la llamaba señorita, expresándose mucho mejor que la
mayor parte de los caballeretes que por haberla visto una noche en un
baile la llamaban por su nombre de pila.
* * * * *
El arreglo de la librería tocaba a su término: unas cuantas mañanas más,
y todo quedaría en orden. Pudo haberse concluido antes, pero lo
estorbaron dos causas: la primera, que don Luis, cayendo en la cuenta de
que podía escribir al distrito por mano ajena, ni más ni menos que un
ministro, empleó a Pepe como amanuense; y la segunda, que las
conversaciones de éste con Paz fueron adquiriendo mayor desarrollo y
duración cada día. Oyéndole, se olvidaba ella de que era sólo algo más
que un criado: hablándola perdía él la noción de la distancia que les
separaba. Algunos de estos diálogos tomaron giro extraño.
--Hoy no le quitaré a Vd. tiempo. ¡Estoy más aburrida!... Voy de
tiendas, a escoger un regalo para una amiga que se casa, y no sé qué
comprar. Tiene diez y ocho años: fue compañera mía de colegio.
--Esa edad tiene precisamente mi hermana.
--No sabía que tuviera Vd. hermanos.
--Además, tengo otro hermano mayor, que es cura. Pero de fijo no me veré
yo en el apuro de comprar a Leocadia regalo de boda.
--¿Por qué?
--Las muchachas de la condición de mi hermana no hallan fácilmente quien
las ame.
--Pues ¿de qué condición es su hermana de Vd.?
--La vida de mi padre nos ha colocado en una situación muy modesta,
señorita, pero superior a la de los infelices que necesitan ganar un
jornal. Pertenecemos a esas últimas capas de la clase media que tocan de
cerca la pobreza, y las mujeres de esta clase son muy difíciles de
casar.
--No se me alcanza la razón.
--Es muy sencilla. No pueden casarse con un obrero, porque lo estorba la
diferencia de vida y de gustos, y es raro que lleguen a enamorar a un
rico. En cuanto a los hombres de posición análoga a la suya... a esos
les está vedado el matrimonio.
--¡Qué ideas tan raras!
--No; es frialdad para considerar las cosas. ¿Qué hogar puede crear, ni
qué existencia ofrecer a su novia un hombre que gana, por ejemplo, lo
que yo? Desengáñese Vd., señorita, el matrimonio no está al alcance de
todas las fortunas.
--¡Cuando digo que piensa Vd. cosas muy raras! ¿De modo que una muchacha
pobre no puede enamorar a un hombre rico, y viceversa?
--Lo primero no es tan difícil; pero el viceversa es punto menos que
imposible.
--Explíquese Vd.
--Los encantos de la mujer no necesitan la ayuda del dinero. Las
cualidades morales y la belleza lo pueden todo. La misión del hombre es
más difícil: primero, tiene que saber agradar, luego debe disponer de
medios para sostener una familia.
--¿Y si esos medios los lleva la mujer? ¿O es que Vd. no cree que deba
casarse el pobre con mujer rica? Pues lo estamos viendo a cada paso.
--Hay algo de eso. El amor y el oro hacen juntos grandes cosas; pero
¡que pocas veces se unen! Además, créame Vd., señorita, siempre resulta
sospechoso el hombre pobre que enamora a una rica. Las beldades
adineradas son para nosotros como los brillantes para las modistillas,
que cuando los lucen nadie los imagina honradamente ganados.
--Es decir, que hablando clarito, y sin dulcificar las cosas, en
nosotras la fortuna puede ser un obstáculo a la felicidad.
--Ha acertado Vd. mi modo de pensar. Nunca debe el hombre pedir amor a
la que puede enriquecerle. ¿Cómo creerá ella en su sinceridad? ¿Cómo
adquirirá la certeza de que es ella, ella misma, el objeto de la
adoración? A una divinidad que nada concede, le es dado creer en la
sinceridad de los que la rezan; pero un dios que pagara con oro las
oraciones, ¿cómo estaría cierto del amor que le ofrecieran?
--¡Qué sutilezas y qué modo de entender las cosas! Entonces, según Vd.,
la mujer rica no puede hallar sino marido rico. Pues no es así. Todos
los días se casan ricas con pobres.
--No: ocurre que señoritas más o menos acaudaladas se unen a pillos bien
vestidos, elegantes, instruidos y hasta bien educados; pero no habrá Vd.
visto nunca que una señorita rica se case con un hombre digno y
verdaderamente pobre.
--Según... Con un pobre, pobre, vamos, que no tenga donde caerse muerto,
no.
--Es natural. El oro inspira a la mujer desconfianza de la buena fe del
hombre. ¿Quién es capaz de descubrir la verdad en corazón ajeno? Por eso
no debe nunca exponerse nadie a que le culpen de ambicioso cuando sólo
pretende ser amado.
--Tristes verdades, si lo son, para las ricas.
Quizá nada tuvieran de extraordinario las frases de Pepe, pero ella no
había oído nunca hablar así.
Otro día compró Paz para su gabinete un espejo antiguo con marco de
talla, una verdadera obra de arte. Hojas de vid, tallos de yedra,
flores, acantos, cintas y volutas encerraban la luna de ancho bisel: fue
preciso restaurarlo, y cuando acabada la obra lo entregaron, mandó
dejarlo en el despacho para que lo viese su padre, y allí lo vio también
Pepe al descargarlo los mozos. Ella, con esa alegría infantil de quien
ostenta una adquisición nueva, le dijo:
--Mire Vd. mi compra. En todo Madrid no hay otro igual. Y barato. Cinco
mil reales.
Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.
--¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd. caro?
--No; es precioso.
--Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me ha
costado?
--Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos ni
aquilatar sus gustos?
--No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero? Cuando yo
tengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.
--El marco es hermoso y vale lo que cuesta.
--No es Vd. sincero.
--¿Por qué, señorita?
--Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd.
franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?
--¿Y con qué derecho podría yo pensar así?
--Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca para
que hable, vaya, que quiero que hable Vd.
Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo que
a ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.
--Lo que me ha dicho mi pensamiento--repuso Pepe tímidamente--es que el
dinero no tiene igual valor para todos.
--¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco mil
reales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.
--Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días de
vida.
--En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientras
hay quien se muere de hambre... pero así está el mundo. Sí, ya lo veo:
una locura como esta representa el bienestar de muchos.
--Y a veces, la vida de algunos.
--De modo--siguió Paz--que Vd. es de esos que dicen que todo debía
repartirse entre todos.
--No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también que
repartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no he
hecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos a
quienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.
--Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda la
culpa es mía.
--¿Por qué, señorita?
--No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído,
su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hay
injuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta,
¿verdad?
--Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban la
menor censura.
--No, si la mitad de la culpa es de Vd.
--No entiendo.
--La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversación
que yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar a
Vd. lo que no debía.
--¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?
--No, Pepe; eso me lastima.
Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardó
silencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaron
enojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modo
tenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido:
--Perdóneme Vd.; pero el error no es mío. Ha tomado Vd. como grito de la
pobreza escarnecida, acaso de una envidia inconsciente lo que ha sido
una observación sencillísima. ¿Cómo ha podido Vd. creer que yo me
atreviera a tanto? ¿Qué soy para Vd., señorita? Sólo dirigiéndome la
palabra me honra Vd. ¿Había de pagarla con descortesía o ligereza?
--No se hable más del caso. Lo que quiero, es saber que no le he
ofendido a Vd.--Y le tendió amistosamente la mano.
Ambos quedaron perplejos, y desde entonces fueron más reservados uno
para con otro. Paz se reconvino mentalmente, pareciéndole que hiriendo a
Pepe en el pudor de la pobreza había cometido una acción muy fea. Pepe
no acertó a definir lo que sentía.
Sus vidas comenzaban a unirse como en el lecho del río suelen juntarse,
arrastrados por la corriente, el grano de arena y la partícula de oro.